INTERNACIONAL
Infografía: en qué consiste el plan de paz propuesto por el enviado de Donald Trump para Ucrania

El enviado de Estados Unidos para Ucrania, Keith Kellogg, presentó los detalles de su propuesta para lograr la paz, una solución que recuerda al mapa geopolítico de la Berlín de posguerra, según sus propias palabras.
En una entrevista concedida al periódico británico The Times, el general retirado sugirió un acuerdo que implicaría la presencia de fuerzas de paz occidentales en el oeste de Ucrania y tropas rusas en el este, separadas por una zona desmilitarizada a lo largo del río Dnipro.
“Casi podría parecerse a lo que pasó con Berlín después de la Segunda Guerra Mundial, cuando había una zona rusa, una zona francesa, una zona británica y una zona estadounidense”, explicó Kellogg. Su propuesta se enmarca en un intento de Trump por delinear una salida negociada al conflicto que, tras más de tres años, continúa sin perspectivas claras de resolución.
Aunque aclaró en un mensaje posterior en la red social X que no se trataba de “una partición de Ucrania”, sino de “una fuerza de resistencia posterior al alto el fuego en apoyo de Ucrania”, la analogía provocó malestar en Kiev y otras capitales europeas.

La idea de Kellogg contempla que tropas británicas y francesas se ubiquen al oeste del río Dnipro, mientras el este permanecería bajo control ruso. Además, sugirió una zona desmilitarizada de unos 29 kilómetros, con cada parte retrocediendo unos 15 kilómetros desde las líneas de contacto actuales.
Kellogg insistió en que esta presencia militar anglo-francesa “no sería provocativa en absoluto” para Moscú, aunque reconoció que el Kremlin podría no aceptar la propuesta. El propio ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, advirtió el mes pasado que su país no aceptaría tropas de paz de la OTAN bajo ninguna circunstancia.
En la entrevista, el enviado reveló otros elementos de la estrategia de Trump para Ucrania. Según Kellogg, Washington indicó a Kiev que deberá renunciar a parte de su territorio ocupado por Rusia, una posición que implicaría, de facto, el reconocimiento del control ruso sobre zonas del este del país.
La propuesta, además, no implicaría el envío de tropas estadounidenses, algo descartado por el propio Trump.
El enviado también sugirió que, tras un alto el fuego, se convoquen a elecciones en Ucrania. “Creo que si se llega a un alto el fuego, habrá elecciones. Porque ya casi ha pasado un año desde que debieron convocarse. No se convocaron. Pero creo que Zelensky (el presidente ucraniano) está dispuesto a hacerlo una vez que se logre un alto el fuego y se logre una resolución. Pero esa es una petición del pueblo ucraniano en el parlamento ucraniano. No nuestra”, explicó Kellogg.
En paralelo, Steven Witkoff, emisario especial de Donald Trump para Rusia, viajó este viernes a San Petersburgo para mantener un encuentro con Vladimir Putin, el tercero en los últimos meses. Mientras tanto, el mandatario estadounidense presionaba públicamente a su par ruso desde su red Truth Social: “Rusia tiene que ponerse en marcha. Demasiadas personas están muriendo, miles a la semana, en una guerra terrible y sin sentido, una guerra que nunca debería haber ocurrido, y que no habría ocurrido si yo hubiera sido presidente (en el momento en que empezó)”, expresó.
En cuanto al respaldo económico, Kellogg sostuvo que las relaciones entre Washington y Kiev se han “encaminado de nuevo”, y puso como ejemplo la reanudación de negociaciones sobre un acuerdo de acceso a minerales críticos como el litio, titanio y uranio.
“La última vez que alguien hizo un estudio geológico fueron los soviéticos”, dijo el general, que reconoció que el proceso había sido más complejo de lo esperado.

Por su parte, los aliados europeos avanzan en los preparativos para un posible despliegue de tropas de paz en Ucrania, pese a la incertidumbre sobre el apoyo de Estados Unidos a la iniciativa, que representa una parte clave del operativo.
La iniciativa, que comenzó a tomar forma en las últimas semanas, cuenta ya con el trabajo técnico de más de 200 expertos militares y fue respaldada el pasado jueves por varios ministros de Defensa del continente.
«Debemos estar preparados para cuando llegue esa paz. Por eso es tan vital el trabajo de esta coalición“, expresó el ministro de Defensa del Reino Unido, John Healey, durante un encuentro con sus pares europeos.
La propuesta, según detalló, busca establecer un mecanismo de garantía sobre los términos de un eventual acuerdo con Rusia mediante la presencia de tropas internacionales en territorio ucraniano.
Aunque el proyecto aún no ha sido oficializado y depende del texto final que se logre consensuar, se contempla el despliegue de entre 10.000 y 30.000 efectivos a unos pocos kilómetros de la frontera, con el objetivo de funcionar como elemento disuasorio ante cualquier posible agresión.

“Las fuerzas de paz en Ucrania serían un acuerdo de seguridad comprometido y creíble para garantizar que cualquier paz negociada traiga lo que el presidente Trump ha prometido: una paz duradera para Ucrania”, agregó Healey, aludiendo a una promesa central de campaña del presidente norteamericano.
No obstante, la participación de Estados Unidos sigue siendo uno de los puntos más frágiles del esquema. La administración de Donald Trump adoptó una postura reticente sobre el involucramiento en conflictos lejanos y, según fuentes diplomáticas, funcionarios de la Casa Blanca no suelen asistir a las reuniones de la coalición que impulsa el operativo.
La ausencia de un compromiso claro de Washington genera preocupación entre los socios europeos, dado que el éxito de la misión depende en buena medida de recursos que solo Estados Unidos puede proveer: asistencia militar, capacidades de vigilancia satelital e inteligencia. “Estados Unidos sigue siendo un actor crucial para garantizar una seguridad duradera”, advirtió la ministra de Defensa de Finlandia, Annit Häkkänen.
En esa misma línea, el ministro sueco Pal Jonson sostuvo que la estrategia no podrá implementarse correctamente sin “alguna forma de compromiso estadounidense”, mientras que la jefa de Política Exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, reconoció que los esfuerzos del bloque están concentrados en “intentar mantener a Estados Unidos a bordo” del plan.
Pese a ello, varios gobiernos se mantienen cautelosos respecto al compromiso que implica una misión de esta envergadura. El ministro de Defensa de los Países Bajos, Ruben Brekelmans, planteó interrogantes centrales: “¿Cuál será la eventual misión? ¿Cuál será su objetivo? ¿Cuál es su mandato? ¿Qué haríamos en diferentes escenarios, por ejemplo, si se produjera una escalada con Rusia?”, se preguntó.
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Un abecedario para restablecer la democracia: segunda parte

En días pasados planteamos la necesidad de “Un Abecedario para restablecer la democracia”, convencidos de que a pesar de sus incontables beneficios se le “zarandea” de un lado a otro no pasando, por lo menos, en algunos cuantos países por su mejor momento. Entiéndase lo analizado como “Consideraciones preliminares” y que a partir de ahora se analizarán en este y posteriores ensayos el contenido de las letras del Abecedario. Empezamos, por consiguiente, con el:
Letra “A”
Capítulo I
A la cual calificamos en las “Consideraciones preliminares” como “aquella integrada por diputados elegidos por el pueblo en votación universal y secreta, a fin de que en ejercicio de la potestad que al último, como es bien sabido, le es soberana y a través de una constitución se estatuya, organice, discipline al Estado y se reafirmen los fines que le son propios y que realmente se hagan realidad. Al texto constitucional, en atención a su jerarquía, como ley superior de un país, se le denomina, asimismo, “Carta Magna, Ley Suprema y Ley de Leyes. Acotamos, también, con relación a Venezuela, que no ha escapado de la tendencia propia de los países de América Latina, a los cuales “erga omnes” les ha costado crearse, componerse y estabilizarse con la eficiencia debida con arreglo a lo estatuido por la asamblea constitucional, a la cual, incluyendo sus consecuenciales derivados, más bien se le ha asumido como una pelota de futbol que va y viene de arco en arco, pero sin entrar en ninguno de los dos. Ha de atribuirse, por tanto, significado, como se les ha ocurrido a estudiosos del tema, a la frase “la necesidad constituyente”, ilustrativa en lo concerniente a que si no nos enseriamos, alrededor de la burla proseguiremos con la diversión. Nosotros, conscientes del “caos constitucional”, hablaríamos más bien de “una determinante urgencia de la necesidad”. Pues, ha de realzarse la urgencia, por demás imperativa, del tratamiento que la crisis demanda.
Nos inclinaríamos, igualmente, en aras de una mayor precisión, por afirmar que “el propósito” de una Asamblea Constituyente “es la de edificar a una república”, lo cual no deja de complementar la apreciación con respecto al “balón de futbol”, pues, para la Academia de la Lengua Española “el sustantivo “propósito”, está referido al “ánimo o intención de hacer algo”, pero, asimismo, “el no hacerlo”, hipótesis no ausente en nuestra historia, ya que a lo largo de ella nos cuesta y bastante constatar una profusa diversidad de intentos por edificarnos como “república”, lo cual pareciera conducir a que no han sido “asambleas constitucionales serias”, más bien, tentativas alimentadas por el “ánimo o intención de no hacer algo”. Esto es, la segunda interpretación que al sustantivo “propósito” atribuye la Real Academia.
Algunas lecturas, por demás interesantes, entre ellas, la del Doctor en Ciencia Política de México, Sergio Ortiz Leroux (República y republicanismo, enero-abril 2007), sustentan que la creación de una república se ha confrontado con dos tipos de “republicanismo”, el “democrático-radical”, conforme al cual no se teme a la democracia y se sustenta que la idea del bien común es coincidente con la ecuación “el gobierno del, para y por el pueblo”. Se le identifica, asimismo, como “el de los pobres”. La segunda aproximación, el gobierno de los ricos, se alimenta en la oligarquía, en la autocracia y en “un único líder o grupo de individuos”, por lo que es escasa “la tolerancia al pluralismo político”. En lo conexo a la república se escribe que más bien ha de asociársele con la defensa de la libertad, a fin de “decidir quiénes y cómo queremos ser”, excluyendo, por tanto, la dominación, esto es, a ser gobernado por otro. No serlo conduce a autogobernarnos.
Esta segunda tipología de “republicanismo”, para Ortiz Leroux, es la de “una sociedad de propietarios”, y por tanto, de quienes dependen aquellos que no lo son, hipótesis a la que se cuestiona “que quien vive a merced de otro no es libre sino esclavo”, por lo que la ciudadanía a edificar, además de proporcionarnos derechos vinculados a la libertad, nos reclame obligaciones. En el republicanismo liberal-democrático, el bien común está asociado con el gobierno de las leyes y con la noción moderna de representación. La participación del pueblo es, por supuesto, importante, pero limitada a la elección de los gobernantes. No participa directamente en el gobierno, apreciación que conduce a preguntarse si pueden existir “repúblicas no democráticas”.
En esta modalidad republicana se reafirma la autonomía del individuo frente al Estado y el predominio de sus derechos individuales, particularmente, la propiedad, lo cual se evidencia al indagar con respecto a sus deberes para con la comunidad, limitados, en principio, al interés de sus propios derechos mediante el sufragio. La participación de los individuos en la esfera pública se reduce, consecuencialmente, a la mera expresión de los intereses privados mediante el voto, terciando las preferencias de los electores en puestos de representación. En la asamblea obviamente los derechos de los pudientes tendrán preferencia.
Las consideraciones anteriores corroboran que “edificar a “una república” es cosa seria”, por lo que, también, ha de serlo “una Asamblea Constituyente”. Y no menos determinante la representación popular que la componga. Consecuencialmente, ha de concluirse en que “no todos los países son repúblicas o que, por lo menos, las hay distintas y hasta opuestas”.
Ante el escenario tengamos en cuenta “la problemática en la cual se ha desenvuelto “la asamblea constituyente” en Venezuela”, cuyo análisis, al analizarse la numerosa diversidad de tentativas provoca determinar si han sido sinceras o “disfrazadas”. En efecto, desde nuestra independencia en 1811 hemos tenido formalmente 25 constituciones, si incluimos nuestra Acta de Independencia de 5 de julio de 1811 y la Constitución de la Gran Colombia de 1821. Se acota al respecto que el Acta de Independencia no se clasificaría como una Constitución, sin embargo, para estudiosos del tema sí lo es, pues es la que nos constituye como pueblo, manifestada aun antes de la independencia (Grupo de estudio integrado por el profesor de derecho constitucional, Gustavo Planchart Manrique, su coordinador y Manuel Caballero, Marianela Ponce, Manuel Pérez Viva Vila, Nikita Harwich Vallenilla, Fundación Empresas Polar).
En aras de la apreciación, leemos que la referida Acta de Independencia lleva incita dos providencias, derivadas del ejercicio de la soberanía: 1. Poner término al régimen colonial español y 2. La determinación de principios conforme a los cuales nos apartaríamos del estatus de colonia, para instituirnos en “república”. Circunstancias que en criterio de respetados analistas coadyuvan a calificar a la referida “acta” como derivada de “una asamblea constituyente”. La primera, deberíamos pensarlo, de una cadena sucesiva que ilustran a nuestra historia, tantas, que resulta por demás difícil encontrar una respuesta idónea al ¿Por qué? Un largo debate con el cual coexistimos desde 1811 hasta nuestros días.
Es recomendable, pues, admitir que los venezolanos hemos propendido, como en un número importante de países, a “una institucionalidad republicana”. Y, asimismo, aceptamos que la metodología ha sido “una asamblea constituyente” y en todos los supuestos, a pesar de que así, formalmente, no se le haya calificado. Esto es, que aplicando el criterio material (libertad, igualdad, dignidad y justicia) no otra conclusión pareciera posible.
En el compendio “Constituciones de Venezuela”, digno de elogiar, se hace una adecuada selección de los textos constitucionales a lo largo del acontecer venezolano, en procuración de “una república” seria, estable y eficiente. Estamos seguros de que el excelso profesor venezolano Allan Brewer Carías, coordinador del trabajo, así como los integrantes del equipo que le acompañó, han debido preguntarse ¿Por qué tantas constituciones? Lamentablemente no deja de ser difícil contestar, no obstante, estar a las puertas del año 2026 del presente siglo. Pero, asimismo, con respecto a las razones para haberse tirado por la ventana, hecha añicos, la Constitución de 1961, cuya estabilidad se prolongó durante 4 décadas y con ella la democracia más estable y próspera con la cual hemos contado. Sustituyó, como leemos, a la del 11 de abril de 1953 y refleja las tendencias todavía actuales de la democracia occidental al tomar en cuenta:
1. Las necesidades contemporáneas han orientado hacia un socialismo intervencionista, en búsqueda de un equilibrio estable y fructífero con el antiguo fondo liberal,
2. El espíritu de la nueva Carta traduce un liberalismo totalmente ausente de la Constitución anterior, que concretaba la cabal expresión de una dictadura,
3. Ha de advertirse que fue aprobada por un “congreso” electo popularmente, a raíz del fin del régimen antidemocrático.
No cuesta, por consiguiente, mucho esfuerzo para que concluyamos que atendiendo a un criterio material, la Constitución democrática de 1961 fue resultado del ejercicio de la función constituyente. Esto es, “el Congreso ejerció la función constituyente”. Cómo que hubiese sido una “asamblea”.
Es por demás conocido que esa constitución fue derogada por “una asamblea constituyente”, la cual establecería una sociedad democrática, participativa y protagónica, un Estado de justicia, la consolidación de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley, el aseguramiento del derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la justicia social y a la igualdad… La República, pasó a llamarse “Bolivariana” y… fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional… Venezuela, nominalmente, se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores … la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político… El gobierno… es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables…. la Constitución es la norma suprema y el fundamento del ordenamiento jurídico.
Venezuela, cuesta dudarlo, está hoy a las puertas de una nueva “Asamblea Constituyente” y para el mismo fin, o sea, la elaboración y promulgación de una, también, nueva, Constitución, la número 26. Pensábamos, incluyendo a unos cuantos asambleístas de la de 1999, que la de 1961 sería la última, pues las cartas magnas requieren del tiempo necesario para consolidarse, acudiéndose a las enmiendas y a las reformas con la finalidad de adecuarlas a situaciones reales que vayan surgiendo. No un “plumazo” fue suficiente, hábito en Caracas, donde el escribano lo ha hecho nada más y menos que en 25 ocasiones. Y que lo más grave es preguntarnos ¿por qué y para qué?
Las respuestas, lamentablemente, más que difíciles, por no pensar que parecieran no existir. Las causas para ser como somos, si es que allí pudiera encontrarse algún motivo de “nuestra incontinencia institucional”, algunos estudiosos la han identificado en las limitaciones que nos impusiera la colonización española, argumentación refutada duramente en el libro “Nada por lo que pedir perdón”, de la autoría de Marcelo Gullo Omodeo, en cuyo prólogo escrito por Carmen Iglesias, Directora de la Real Academia de la Historia, manifiesta que el autor está en lo cierto cuando afirma que “los españoles llevaron a América su cultura, su religión, su lengua, su organización social, los valores de la civilización occidental, todo lo que eran y tenían”. Portaron consigo un cuerpo legislativo, las leyes de Indias y otras Disposiciones sucesivas, que permitían recurrir ante los tribunales de justicia a los súbditos del Rey, bajo la potente protección de la Monarquía Hispana, también, denominada Española. En la lectura de Don Marcelo pareciera inferirse que somos nosotros quienes deberíamos hacer genuflexiones a los españoles y no lo opuesto.
Las complejidades derivadas de la lucha entre unos y otros, etiquetadas desde antaño en la Asamblea Nacional de Francia, como “la derecha y la izquierda”, parecieran que hubiesen sido estatuidas más bien por un Ser Superior y para la eternidad. Pues, se les sigue usando y en lo que respecta a Caracas en más de una ocasión. En rigor, no han dejado de enredarnos y no dejaría de ser objetivo expresar que no nos han afectado. Aunque parezca mentira se le prosigue usando y que transcurridas ya tantas centurias, en las definiciones de los poderosos y afincados fuertemente en principios religiosos y profesionalmente mejor preparados y en el denominado proletariado, al cual integra “el trabajador que no posee medios de producción y que obtiene su salario de la venta del propio trabajo”, para unos cuantos, “el verdadero pueblo”, titular de la soberanía y de la constitucionalidad.
El próximo ensayo estaría referido, conforme a las pautas del abecedario, a “la Constitución, Ley Suprema y Ley de Leyes”. Genuina manifestación de la “Asamblea Constituyente”. Capítulo II del ensayo.
@LuisBGuerra
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