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POLITICA

La clase media que fuimos ya no se reconoce en el espejo

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“La clase media en la Argentina es una gran construcción simbólica, un lugar de llegada y de pertenencia. Una fuente de identidad, una aspiración, una razón de ser. Una luz en la oscuridad de todos los túneles por los que ha cruzado esta sociedad golpeada y maltratada hasta el hartazgo.” — Guillermo Oliveto

Hay frases que no solo enuncian una idea: la iluminan. La voz de Guillermo Oliveto, uno de los grandes lectores del alma argentina contemporánea, flota como un eco cálido y severo en los estudios de Radio Mitre, donde el escritor y periodista Jorge Fernández Díaz le ofrece el marco justo: “Nosotros podríamos decir que alguna vez tuvimos una patria, y la perdimos. En el sentido de que esa clase media… la perdimos”.

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Ambos se entienden sin necesidad de teorías. Comparten una memoria afectiva, una historia vivida desde adentro. Oliveto, formado en administración pero transfigurado por la observación antropológica del consumo, ha dedicado décadas a descifrar el pulso cultural de un país en estado de mutación constante. En su nuevo libro, “Clase media. Mito, realidad o nostalgia”, publicado por Paidós, propone detenerse en esa figura movediza, desgastada y aún central: la clase media como signo, como anhelo, como refugio.

Durante mucho tiempo, en la Argentina, decir que uno era de clase media no era una categoría económica: era un modo de estar en el mundo. Ser clase media implicaba pertenecer a algo mayor que uno mismo. Había un proyecto en marcha, una promesa implícita: si hacías las cosas bien, había premio. Un trabajo estable, vacaciones en Mar del Plata, una heladera en el living, el guardapolvo blanco de los hijos en la escuela pública. No era opulencia: era dignidad.

La portada del libro en el que Guillermo Oliveto analiza profundamente el pasado, presente y futuro de la clase media argentina

La pertenencia se construía sobre un sistema de valores heredados. Oliveto los enumera como si repasara un altar familiar: esfuerzo, mérito, educación, sacrificio, abnegación. El ascenso social no era un golpe de suerte sino un camino trazado. El objetivo no era volverse rico, sino ser alguien. Tener cultura, tener casa, tener palabra. Había una ética de la decencia. Había orgullo.

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La clase media, dice Oliveto, es “una frágil fortaleza”. La imagen es simple y precisa. Se parece a un nido: alberga, protege, permite crecer. Pero ante el viento —una crisis, una inflación, una enfermedad— puede deshacerse sin dejar rastros. Esa fragilidad no le quita poder simbólico: al contrario. Su fuerza radica en que todo lo que se alcanza dentro de ella parece ganado a pulso.

Por eso duele tanto cuando se rompe. Porque no se rompe solo una economía: se resquebraja una identidad. Cuando se pierde el trabajo, o se pierde la escuela, o se pierde la confianza en el futuro, lo que se desvanece no es un ingreso, sino una forma de vida.

El consumo, muchas veces banalizado por la macroeconomía, es en realidad —según Oliveto— una forma de identidad simbólica. Lo que se compra, se desea o se exhibe es una forma de narrarse. En una sociedad obsesionada con la comparación, la clase media se constituyó mirándose en el otro. No había tradición ni casta. Todo era nuevo. La heladera, el auto, el walkman. Todo contaba algo. Todo era una marca del esfuerzo. Una forma de decir: “Yo también pertenezco”.

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Fernández Díaz lo recuerda con una mezcla de melancolía y lucidez: el país bueno era ese donde el que se compraba un auto tocaba bocina al llegar al barrio. Hoy, en cambio, el que muestra progreso es sospechado: “¿A quién habrá currado?”. En esa frase, medio en broma, se condensa la erosión moral que ha corroído el prestigio del mérito.

Las vacaciones en Mar del Plata, uno de los símbolos de la clase media argentina

La clase media argentina, dice Oliveto, es más que una franja estadística: es el corazón cultural del país. Y su mayor tragedia es que ya no se ve a sí misma. Se mira al espejo y duda. Ya no dice “soy clase media”. Dice: “Soy trabajadora”, “soy remadora”, “estoy sobreviviendo”, “soy pobreza intermitente”. Cuando cambia el lenguaje, cambia el lugar en el mundo.

Y sin embargo, la imagen resiste. Aunque haya sido golpeada, fragmentada, despreciada por un discurso político que la llamó “clase mierda” o “medio pelo”, la clase media aún pulsa en el imaginario nacional. Tal vez por inercia. Tal vez por fe. Tal vez porque, como dice Oliveto, es una luz que nunca se apaga del todo. Una esperanza realista que sobrevive a pesar de todo. O, justamente, por todo.

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La memoria del “país bueno”

Alguna vez, Argentina fue un país bueno. No perfecto, no próspero, no milagroso. Bueno. En el sentido más elemental y difícil: un lugar donde se podía vivir sin miedo al abismo, sin la certeza de la pérdida, sin el escepticismo como único horizonte.

Jorge Fernández Díaz lo dice como se dice lo irreparable: “Alguna vez tuvimos una patria, y la perdimos”. Como si se hablara de un cuerpo amado que ya no está. En ese país había una clase media robusta, homogénea, orgullosa. Se celebraba un crédito hipotecario como una conquista moral. Se discutía en familia si las vacaciones iban a ser en la Costa Atlántica o en las sierras de Córdoba, no si iban a poder ser.

Guillermo Oliveto le pone números a la emoción: 4% de pobreza, un índice de desigualdad similar al de Francia o Alemania, una cohesión social rara en el continente. Pero eso es solo el andamiaje. Lo verdadero, lo que vuelve como una bruma, son los gestos cotidianos que construían identidad. El padre que planchaba su camisa blanca para ir a la oficina. La madre que acompañaba a los hijos a la escuela pública. El orgullo de tener libros en casa. El televisor nuevo, el walkman, la heladera. El ascenso era lento, pero era posible. Había una escalera. Hoy apenas quedan escombros.

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Los hijos en la escuela público, uno de los símbolos que también fue perdiendo la clase media argentina

La nostalgia no es el pasado: es el dolor por la ausencia de sentido. En aquel país, el progreso era una narrativa compartida. No era un privilegio, era un deber. Se trabajaba para vivir mejor, sí, pero también para ser alguien. El esfuerzo tenía recompensa. Y la recompensa era mostrable, no vergonzante.

Hoy, cuando alguien mejora su situación, la pregunta es “¿qué currito se habrá armado?”. El éxito se volvió sospechoso. El mérito, un malentendido. “En la Argentina nadie hace la plata trabajando”, se repite como un mantra derrotado. Pero Oliveto insiste: esa frase define al país malo. No al real. No al que aún respira debajo de los escombros.

La distancia entre aquel país y este no es solo estadística. Es emocional. Es moral. En la conversación con Fernández Díaz, Oliveto recuerda que el guardapolvo blanco era algo más que un uniforme: era el símbolo de la homogeneidad inicial, de la posibilidad de empezar desde el mismo punto, sin importar cuánto había en la billetera familiar. Esa Argentina se pensaba como un proyecto de todos, no como una suma de fragmentos.

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La clase media de entonces tenía conciencia de sí misma. Sabía que empujaba el país hacia arriba. Que si ella crecía, todos lo hacían. Esa conciencia se perdió. En su lugar quedó una percepción quebrada, entre el desencanto y la supervivencia. La nostalgia aparece no solo por lo que fue, sino por lo que alguna vez pareció natural y hoy suena delirante: una sociedad con valores compartidos, con premios merecidos, con futuro.

La mutación identitaria

Hay transformaciones que no se ven. No son visibles en las fotos, ni en los discursos, ni en las estadísticas. Pero están. Se filtran en el lenguaje, en la forma en que uno responde a la pregunta más sencilla y más íntima: “¿Quién sos?”.

Guillermo Oliveto lo llama con precisión clínica: una mutación genética. No en el cuerpo, sino en la cultura. En lo más hondo de la identidad argentina. Durante décadas, generaciones enteras se miraron al espejo y vieron a una persona de clase media. Aun en la pobreza material, aun sin crédito, sin obra social, sin casa propia. El imaginario era más fuerte que los hechos.

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Hoy, eso se deshace. Un día alguien deja de decir “soy clase media”. No porque haya cambiado su ingreso, sino porque ha cambiado el modo en que se piensa. Aparecen nuevas palabras, nuevos nombres, nuevas autodefiniciones: “clase trabajadora”, “remadora”, “luchadora”. Todas tienen algo en común: el trabajo no es un medio para progresar, sino una forma de resistencia.

Peor aún es cuando no se dice nada. Cuando alguien responde con una mueca o un suspiro. O con una frase que se multiplica en las encuestas, en las entrevistas, en las charlas informales: “Depende del mes”. Hay meses en los que se es clase media. Y otros en los que no. Pobreza intermitente. Una expresión nueva, brutal, precisa. No designa un número, sino un modo de habitar la incertidumbre.

Esa mutación no solo es social. Es existencial. Cambia la forma en que una persona se relaciona con el tiempo, con el deseo, con el otro. La clase media histórica —dice Oliveto— soñaba hacia arriba y temía hacia abajo. Hacia arriba estaban los símbolos del progreso. Hacia abajo, el origen que no se quería repetir. Pero hoy ese abajo no está lejos. Está en la calle. Está en la mirada de alguien que rebusca entre residuos. Está en uno mismo, cuando llueve y no hay changa, o cuando la inflación se come lo que parecía seguro.

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Mientas la clase media crece en el mundo, en la Argentina retrocede

Lo más inquietante es que la mutación ocurre en silencio. No hay anuncio. No hay frontera. Solo un desplazamiento lento, como si alguien se deslizara fuera de su propia historia sin notarlo. El espejo ya no devuelve la misma imagen. El lenguaje deja de alcanzar.

El INDEC habla de empleo, pero el 42% de los trabajos son informales. Hay trabajo, sí. Pero no hay estabilidad, ni previsibilidad, ni acceso real al crédito, ni certezas. Ser pobre no es solo no tener dinero. Es no poder proyectar. Es no saber si ese ingreso de hoy será ingreso mañana. Es vivir con el cuerpo tenso, como quien duerme al borde de una cornisa.

Esta nueva clase media —si todavía se puede llamar así— no comparte los códigos simbólicos de la anterior. Ya no hay orgullo en el consumo, ni prestigio en el esfuerzo, ni épica en la acumulación lenta. Solo hay un presente que se estira, se achica, se vuelve frágil. Y un futuro que no se dice.

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La clase media como antídoto contra el autoritarismo

En la Argentina, hay algo que nunca termina de romperse. Una línea, una forma, una persistencia. No siempre está visible. A veces parece apenas un murmullo. Pero cuando todo parece desbordar —el poder, el miedo, la rabia— esa línea reaparece. Se llama clase media.

No como sector. Como barrera. Como límite moral. Como esa pared invisible que impide que lo impensable se vuelva cotidiano. Guillermo Oliveto lo dice con claridad: “Mientras tengamos clase media, no vamos a ser Venezuela”. No es una frase ideológica. Es una constatación antropológica. Un reflejo histórico. La clase media argentina, incluso herida, rota, desprestigiada, aún cumple una función: detener lo que podría devorarlo todo.

La propiedad privada no es solo un bien material. Es un símbolo. En la clase media, ese símbolo no se negocia. Porque lo que se tiene fue ganado. A fuerza de años, de cuotas, de renuncias. Un auto, una casa, una jubilación. Nada de eso es herencia: es trayecto. Por eso, cuando la política amenaza con avanzar sobre lo privado, se encuentra con un muro. El del orgullo, el del trabajo, el de la legitimidad.

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Esa es la diferencia. El que hereda, puede ceder. El que construyó, defiende. A veces con voto, a veces con silencio, a veces con rechazo sordo. Pero defiende.

La clase media no es revolucionaria. Es centrista. Y en esa aparente tibieza reside su potencia. No pide todo. Pide orden, previsibilidad, libertad, educación. No quiere refundar el país: quiere que funcione. Pero cuando ve que eso está en riesgo, reacciona. Se planta. Se convierte —sin proclamarlo— en un actor político.

Por eso, dice Oliveto, el deterioro de la clase media no solo es económico: es institucional. Si ese colectivo desaparece como sujeto, lo que queda es la intemperie. Y en la intemperie, todo puede pasar. Desde el miedo, desde el hambre, desde la desesperación, surgen los extremos.

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Hay momentos en los que el país se asoma al borde. Y en ese borde, no son los partidos, ni los tanques, ni las consignas lo que frena el salto. Es otra cosa. Una multitud silenciosa que paga sus impuestos, que educa a sus hijos, que se endeuda para seguir creyendo. No hay épica. No hay himno. Solo una lógica íntima: “Esto es mío, y no me lo vas a sacar”.

Esa es la trinchera real de la democracia. No está en los discursos, está en los hábitos. En la obstinación de seguir adelante. En la negativa a perder lo que se consiguió sin hacer ruido. En la dignidad de no querer nada más que lo justo.

Presente de ajuste, futuro en disputa

Durante 15 meses, la clase media resistió. No por convicción ideológica. No por entusiasmo. Resistió como quien cruza un invierno, sabiendo que al otro lado está su casa. Como quien camina con frío y hambre porque cree que alguien dejó la luz encendida.

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Guillermo Oliveto lo dice sin adornos: “El año pasado fue el de la macroeconomía. El 2025 tendría que ser el de la micro”. La frase es simple. Lo que implica, no. Porque entre una y otra hay una espera cargada de cuerpo, de cuentas postergadas, de platos más pequeños, de decisiones suspendidas.

Las escuelas estuvieron cerradas durante varios meses durante la pandemia de covid-19. Foto: Maximiliano Luna

Hubo un corte. Un antes y un después. El dolor de la pandemia, el enojo con el Estado que cerró escuelas, que se metió con lo moral, que “rompió el pacto”. Después vino la decisión de romper con todo. Un voto que eligió a Javier Milei no desde la esperanza, sino desde el hartazgo. No porque prometiera un milagro, sino porque prometía un bisturí.

Y la clase media —acostumbrada a perder sin anestesia— aceptó. Supo que venía el ajuste. Sabía que iba a doler. “Pero esta vez lo elegimos nosotros”, repiten muchos. Esa es la diferencia con otras crisis. Esta tiene una narrativa propia: una épica silenciosa de la paciencia.

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El 2024 fue brutal. Consumo en caída libre. Alimentos y bebidas: -14%. Construcción: -30%. Y aun así, el termómetro político no estalló. ¿Por qué? Porque, dice Oliveto, la gente aún cree que “esto nos va a sacar de acá”. Porque el pasado reciente fue peor que el presente hostil. Porque ahora hay un relato nuevo, y eso —en Argentina— siempre tiene valor.

Pero el tiempo empieza a pesar. Ya no alcanza con repetir “hay que esperar”. La esperanza no es un dogma. Es una energía limitada. Se gasta. Se consume. Y, sobre todo, se fragmenta.

En las encuestas, los índices de aprobación bajan. 60. 55. 47. 45. La curva no es una catástrofe. Es una advertencia. Una sociedad que aún cree, pero que empieza a mirar el reloj. ¿Cuándo me toca a mí? ¿Cuándo pasa algo en mi vida, en mi casa, en mi mesa?

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La macro está en orden. La micro, no. Y en esa distancia habita el malestar sordo. Ese que no grita, pero no olvida. Ese que no milita, pero no perdona. Ese que acompaña hasta que deja de hacerlo, sin avisar.

Oliveto habla de un auto flamante que empieza a rayarse. De una esperanza que sigue, pero condicionada. La clase media no pide todo. Nunca lo hizo. Pide poder proyectar. Pide crédito. Trabajo en blanco. Un mínimo de estabilidad. Volver a soñar sin vergüenza. Volver a decir, sin ironía, que “si hacés las cosas bien, hay premio”.

El impacto de la tecnología y la hipertrofia del deseo

Nunca hubo tanto para mirar. Nunca fue tan difícil alcanzar algo. Guillermo Oliveto lo explica con una imagen inquietante: la tecnología no solo muestra lo que existe, sino lo que falta. No estimula el deseo: lo hipertrofia. Cada pantalla, cada red, cada algoritmo nos empuja hacia algo nuevo, inmediato, disponible… y fuera de alcance.

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En la clase media, ese juego se vuelve cruel. Antes bastaba con imaginar. Con ver la heladera del vecino, el televisor del primo, las vacaciones del amigo. Hoy, el umbral del deseo es infinito. Se ve todo. Todo el tiempo. Lo lejano es íntimo. Lo inaccesible es cotidiano. Un joven de Laferrere puede seguir la vida de alguien en Oslo. Pero no puede comprarse unas zapatillas nuevas.

El deseo, dice Oliveto, ya no nace de la necesidad, sino de la exposición permanente. Y eso, en una sociedad que ya no puede sostener el consumo como símbolo de pertenencia, genera frustración. Silenciosa, corrosiva, constante.

En los ochenta, los íconos del progreso eran modestos y visibles: el walkman, la televisión color, el viaje a Mar del Plata. Había un límite claro. Y ese límite contenía. Todos sabían hasta dónde se podía llegar. Y si se llegaba un poco más lejos, era un logro.

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Hoy, el límite desapareció. Todo es deseable. Nada es suficiente. Lo nuevo nace viejo. El celular de ayer ya fue superado. El algoritmo no permite descansar. Y el que no puede seguir el ritmo, se queda solo. O peor: invisible.

En ese escenario, la clase media se desdibuja. Porque ya no tiene nada claro que exhibir, ni marcas de ascenso que mostrar. El consumo ya no ordena. Divide. Clasifica. Excluye. No hay orgullo posible en la comparación permanente.

Antes, los bienes eran símbolos. Hoy, son señales de derrota. El que no tiene, siente que falla. Y el que tiene, siente que es poco. La lógica de los espejos digitales no es aspiracional. Es brutal.

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Y, sin embargo, nunca hubo tanta clase media en el mundo. 50% de la población global. Una paradoja. En el momento en que el planeta produce más acceso, la Argentina retrocede. De 75% a 43%. Del orgullo a la duda. De la pertenencia al esfuerzo, a la supervivencia entre algoritmos.

La frustración no es una emoción. Es una estructura. Se construye. Se alimenta. Se viraliza. Y cuando se vuelve masiva, ya no es frustración. Es malestar. Y en el malestar, todo puede empezar de nuevo. Para bien o para mal.

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POLITICA

Un fiscal rechaza cerrar la causa de evasión contra la AFA y buscan los balances en la sede de la provincia

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Mientras el fiscal ante la Cámara en lo Penal Económico Gabriel Gómez Barberá se opuso a cerrar la causa por evasión contra la AFA y su presidente Claudio Chiqui Tapia, la Justicia realizó este miércoles un procedimiento en dependencias bonaerenses de la entidad para hacerse con los últimos balances de la organización.

La AFA y Tapia son investigados en múltiples expedientes. El caso de evasión se inició por una denuncia de la ARCA en el fuero penal económico. Ya fueron indagados la semana pasada Tapia, el tesorero Pablo Toviggino y parte del comité ejecutivo.

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El organismo recaudador nacional les reclama una deuda de 19.000 millones de pesos por apropiación de aportes patronales y evasión. Ahora corren los plazos para que el juez Diego Amarante decida si procesa o no a los acusados y a la organización del fútbol.

El predio donde se construirá una sede de la AFA en PilarMartín Cossarini

Mientras tanto, la AFA reclamó que se anule todo el caso porque argumenta que no debía depositar aportes ni pagar tributos, pues una resolución del Gobierno autorizaba a no hacerlo. Y además explicaron que luego pagaron lo adeudado.

En primera instancia, el fiscal Claudio Navas Rial y el juez Amarante rechazaron esta pretensión de anular todo y dijeron que hubo delito, porque cuando la AFA debía pagar, no lo hizo.

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La AFA apeló esa decisión y le reclamó a la Cámara en Penal Económico que anule la causa. El fiscal de Cámara Gabriel Pérez Barbera compartió la opinión de su colega Navas Rial y se opuso al cierre del caso.

En su dictamen, presentado ante la Cámara, dijo que no corresponde sobreseer por inexistencia a Tapia y Toviggino. Argumentó Pérez Barbera que “si la AFA retuvo dinero que no le pertenece y no lo depositó en las fechas legales, entonces eso no ‘desaparece’ por obra de una mera tregua administrativa”.

Por eso reclamó avanzar con la causa y confirmar el fallo de Amarante, que rechazó sobreseer por inexistencia de delito. “La consumación se produce cuando, vencido el plazo, el obligado omite efectuar su depósito”, dijo el fiscal, en una frase casi calcada a los argumentos de su colega de primera instancia.

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Ahora debe resolver la sala A de la Cámara de Apelaciones en lo Penal Económico, que está vacante, por lo que deben intervenir los jueces Carolina Robiglio y Roberto Hornos.

El camarista Roberto Enrique HornosArchivo

El fiscal dijo que nunca hubo una prórroga de los vencimientos. “La normativa en cuestión no dispuso prórroga alguna de los plazos de ingreso” sino que “se limitó a regular el ejercicio de determinadas facultades administrativas del organismo recaudador”, explicó.

“La consumación se produce cuando, vencido el plazo el obligado omite efectuar su depósito”, sostuvo el fiscal. Destacó Pérez Barbera que no era plata de la AFA, sino de los empleados. Por eso la retención “reviste un carácter particularmente intenso”.

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En tanto, el juez federal de Campana Adrián González Charvay, que investiga a los verdaderos dueños de la quinta de Pilar, que se adjudica a la AFA pero también quiere quedarse con todos los casos contra el organismo por fraude y lavado de dinero, buscó ahora los balances de la organización.

La AFA sostiene que mudó su sede social a la provincia de Buenos Aires, buscando la protección del Gobierno bonaerense de Axel Kicillof. Por eso se negó a entregar sus balances a la Inspección General de Justicia (IGJ), el organismo nacional que controla a las sociedades sin fines de lucro.

Chiqui Tapia con Kicillof, de quien obtuvo respaldo político para asumir al frente del CeamseMariano Sandá

En febrero pasado, el gobierno de Kicillof avaló la llegada de la AFA a territorio bonaerense para sustraerlo de las investigaciones administrativas de los organismos nacionales. Sin embargo, la IGJ rechazó el pedido de la AFA para mudarse a Pilar, bajo jurisdicción bonaerense, pues allí hay un terreno alambrado.

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El organismo de control tomó la decisión luego de que sus funcionarios visitaran el lugar al que la AFA pretendía mudarse y concluyeran que allí no había oficinas ni instalaciones de la asociación. Nunca hubo un traslado real de domicilio de la AFA, sino un intento por cambiar de jurisdicción.

“La AFA ha fijado para ese cambio de domicilio una sede social falsa, en un espacio físico y territorial en el cual se ha verificado de modo incontrastable que allí la AFA no está, no se encuentra, no tiene instalación alguna, ni funciona tampoco en ese predio la administración y gobierno de la entidad”, dijo entonces la IGJ.

Por eso es que ahora el Ministerio de Justicia a cargo de Juan Bautista Mahiques nombró veedores en la AFA por 180 días para que analicen sus balances, sus cuentas, los giros desde el exterior, su frustrada universidad y los negocios de la empresa TourProdEnter y Faroni.

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El juez federal de Campana Adrián González Charvay

En paralelo, el juez González Charvay envió una orden de presentación a la Dirección de Personas Jurídicas de la provincia de Buenos Aires para conseguir esos balances.

El juez de Campana investiga la denuncia de fraude por supuesto desvío de fondos recibidos por la AFA mediante la sociedad extranjera TourProdEnter, que dirigen Faroni y Erica Gillette, su mujer. Se trataría de unos 400 millones de dólares.

Ahora se trata de establecer si ese dinero, percibido por acciones de marketing de la Selección nacional en el exterior, fue declarado en los balances por la organización. González Charvay investiga si TourProdEnter desvió dinero a sociedades fantasma en Florida, Estados Unidos.

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Hernán Cappiello,Conforme a

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El Gobierno reconoció que “si lo solicitara Estados Unidos” podría enviar apoyo militar a Irán

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El Gobierno no descartó el envío de tropas o buques al Estrecho de Ormuz en caso de que Estados Unidos lo solicite para enfrentar el bloqueo de Irán, en el marco del recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente.

El secretario de Comunicación, Javier Lanari, afirmó al diario El Mundo: “Si lo solicitara Estados Unidos, sí. Cualquier ayuda que ellos consideren se dará”, aunque reconoció que actualmente no existe un pedido formal. Sin embargo, fuentes castrenses minimizaron la posibilidad al considerar que el país no se encontraría en “condiciones” técnicas ni operativas para una misión de tal magnitud.

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La tensión geopolítica aumentó tras las declaraciones de Marc Zell, dirigente republicano, quien aseguró en redes sociales que “Argentina está enviando unidades navales para ayudar a Estados Unidos a salvaguardar el tráfico marítimo internacional en el Estrecho de Ormuz”.

Esta afirmación surge en un contexto de alineamiento irrestricto de Javier Milei con la administración de Donald Trump, recordando el antecedente de los años 90 cuando Carlos Menem envió buques al Golfo Pérsico. No obstante, jefes militares aclararon que aquella intervención “se hizo con el paraguas de la ONU y fueron muchos países lo que aportaron fuerzas”.

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Durante su reciente visita a Nueva York, el presidente Milei definió a Irán como “nuestro enemigo” y vaticinó la victoria de sus aliados en el conflicto bélico. “Vamos a ganar la guerra”, se entusiasmó el jefe de Estado, quien también ratificó su plan de trasladar la embajada argentina en Israel a Jerusalén como gesto de apoyo.

Pese al entusiasmo presidencial, el Ministerio de Defensa no brindó confirmaciones sobre un despliegue inminente de la Armada hacia la zona de conflicto, manteniendo la cautela sobre las capacidades reales del país para intervenir.

La entrada El Gobierno reconoció que “si lo solicitara Estados Unidos” podría enviar apoyo militar a Irán se publicó primero en Nexofin.

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Estados Unidos,Estrecho de Ormuz,Irán,Medio Oriente

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Impulsan un proyecto de ley para fijar un tope a las tasas de interés en tarjetas de crédito y préstamos bancarios

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El senador nacional por Santa Fe, Marcelo Lewandowski, presentó un proyecto de ley que propone volver a establecer límites a las tasas de interés en tarjetas de crédito y préstamos bancarios, en un intento por contener el endeudamiento de las familias argentinas.

La iniciativa plantea fijar “límites razonables” a los intereses, restringir los cargos punitorios considerados abusivos y restituir herramientas de control al Banco Central (BCRA). Entre sus puntos centrales, establece que los intereses punitorios no podrán superar en más de un 25% a la tasa compensatoria.

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Según consignó el diario El Litoral, el proyecto también busca introducir un tope “lógico” en el pago mínimo de las tarjetas de crédito, en un contexto en el que, debido al peso de los intereses, muchos usuarios no logran cubrir siquiera ese monto sin que la deuda continúe creciendo. La propuesta surge como respuesta a los efectos combinados de la desregulación del sistema financiero y la crisis económica, que llevaron a que cada vez más hogares recurran al crédito —principalmente— para afrontar gastos básicos como la compra de alimentos.

La iniciativa plantea fijar “límites razonables” a los intereses, restringir los cargos punitorios considerados abusivos y restituir herramientas de control al Banco Central (BCRA)

El trasfondo de la iniciativa está vinculado a un deterioro sostenido de los indicadores financieros de los hogares. De acuerdo con datos del BCRA, la deuda con tarjetas de crédito creció un 55% interanual, mientras que la morosidad se triplicó en el último año. Además, uno de cada cuatro deudores presenta dificultades para cumplir con sus obligaciones y, en muchos casos, las familias destinan hasta un tercio de sus ingresos al pago de deudas.

En paralelo, en el Congreso avanzan otros proyectos orientados a abordar el problema del sobreendeudamiento. Los diputados socialistas Pablo Farías y Esteban Paulón, del bloque Provincias Unidas, impulsan una modificación de la ley de concursos y quiebras para incorporar la figura del “sobreendeudamiento pasivo”, definida como la imposibilidad manifiesta de afrontar obligaciones tanto con bancos como con fintech.

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La iniciativa habilita a los jueces a anular créditos abusivos y establece que, en caso de deudores que hayan actuado de buena fe, podrán ser liberados del pasivo residual en un plazo máximo de un año, además de fijar esquemas de pago que no superen los tres años.

Lewandowski impulsa la iniciativa como una herramienta para frenar la escalada del endeudamiento y la morosidad, y reclamó su tratamiento en el SenadoHernán

Por su parte, el diputado de Unión por la Patria y ex titular de la Aduana, Guillermo Michel, promueve la creación de un “Programa de Desendeudamiento de las Familias Argentinas”. El proyecto contempla que jubilados, trabajadores, monotributistas y beneficiarios de programas sociales puedan acceder a créditos de la Anses para cancelar deudas con tarjetas, plataformas digitales y otros operadores financieros.

En este contexto, Lewandowski impulsa la iniciativa como una herramienta para frenar la escalada del endeudamiento y la morosidad, y reclamó su tratamiento en el Senado a partir del inicio de las sesiones ordinarias. El legislador advirtió que la situación responde, en parte, a la desregulación financiera posterior al DNU 70/2023, que —según cuestionó— permitió a bancos y emisoras de tarjetas fijar tasas sin controles efectivos.

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“Esto es una necesidad real de quienes nos trajeron a esta banca”, afirmó. También señaló que “liberaron a los bancos y a las tarjetas de crédito para que le cobren a la gente los intereses que crean conveniente, sin ningún tipo de regulación”, y describió el impacto social del fenómeno: “El poder adquisitivo ha caído, la gente pierde el trabajo y no puede afrontar sus compromisos. Estamos en una economía frenada, en un contexto de estanflación”.

Finalmente, insistió en la necesidad de avanzar con el debate legislativo sin dilaciones y abrir la iniciativa a aportes de otros sectores. “La gente está desesperada, las deudas se comen el sueldo y no hay respuestas. Tenemos que atender esta realidad”, concluyó.


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