INTERNACIONAL
El hielo se rompe: la nueva guerra fría del Ártico

A veces las fronteras cambian sin que nadie las trace. El deshielo avanza, y con él, las ambiciones. Sobre la superficie inestable del Ártico, donde antes solo el silencio y el hielo tenían autoridad, ahora desembarcan las grandes potencias, sedientas de rutas, minerales y poder.
En los mapas antiguos, el Ártico era un vacío blanco. En los nuevos, está lleno de trazos estratégicos: corredores marítimos, yacimientos de gas, zonas de seguridad, bases militares. China, que se autodefine como “estado casi ártico”, planea su Ruta de la Seda Polar; Rusia, dueña de la mitad del litoral ártico, despliega submarinos y bombarderos; Estados Unidos, Noruega, India, Suecia, Finlandia, Canadá… todos observan, miden, proyectan.
La lógica es simple: lo que antes estaba sepultado bajo el hielo ahora puede ser extraído, patrullado, explotado. El calentamiento global, que algunos ven como tragedia, para otros es apertura. Un nuevo mapa del mundo se dibuja desde el frío.

Magnus Mæland asumió como alcalde de Kirkenes y, en cuestión de semanas, tres delegaciones chinas golpearon su puerta. Llegaron con sonrisas, folletos y propuestas. Querían invertir, comprar, establecer presencia. Había una certeza en sus modales: el Ártico era también suyo.
Desde Harbin, al norte de China, hasta las aguas que rozan Svalbard, la narrativa oficial de Beijing insiste en que no hay distancia entre el mapa político y el deseo. Se llaman a sí mismos “near-Arctic state”, aunque su latitud no toca el círculo polar. Pero el término no importa tanto como la voluntad.
Han intentado comprar puertos en Noruega y Suecia, un aeropuerto en Groenlandia, establecer centros de investigación científica que quizás también sirvan para otras cosas. Cada rechazo europeo ha sido una pequeña herida en su proyecto de legitimidad polar. Así, China ha girado hacia Rusia, donde el interés comercial coincide con la necesidad. Inversiones en gas, colaboración militar, patrullajes conjuntos.
Pero ni Moscú los abraza del todo, ni Beijing olvida a Occidente. Hay entre ellos una alianza táctica, no una confianza verdadera. China necesita el Ártico, pero no al precio de quedar atrapada entre sanciones y sospechas. Por eso juega en múltiples tableros, con un pie en cada hemisferio, como quien observa su reflejo en un hielo que no termina de romperse.

Miyuki Daorana nació en el norte de Groenlandia. Cuando era niña, jugaba con sus primos cerca de las grietas de hielo que crujían al paso de los perros. Ahora viaja por el mundo hablando de colonialismo verde. “Nos quieren salvar, pero lo que buscan es quedarse con lo que queda”.
Desde hace siglos, los Inughuit, los Sámi, los Nenets, y otros pueblos del Ártico han vivido entre las estaciones, los animales, el viento. Sin mapas, sin permisos, sin tratados. Hoy, esos mismos territorios son codiciados por gobiernos que se presentan como defensores del clima, pero que perforan el suelo buscando gas y cobre.
A Miyuki la escuchan en cumbres diplomáticas. Aplauden sus palabras, toman notas. Pero al volver al Ártico, lo que encuentra es maquinaria, ruido, cercas. La promesa de un futuro verde ha llegado como una nueva forma de despojo.
“Antes era el oro, ahora es el litio. Antes era por religión, ahora por el clima. Pero el patrón se repite”, dice. Y cuando Donald Trump propuso comprar Groenlandia, rieron. Ahora ya no ríen. “El Ártico no es un tema. Es nuestra casa”.
La nieve ha dejado de caer, pero el silencio sigue ahí. En Kirkenes, los días transcurren entre ventanas rotas, talleres cerrados y un puerto sin barcos. Las fachadas de los antiguos depósitos mineros se han vuelto gris azulado, deshaciéndose bajo el viento marino. Pareciera que todo hubiese quedado suspendido.
Y sin embargo, el futuro se imagina aquí.
Terje Jørgensen, director del puerto, habla de convertir Kirkenes en el Singapur del Norte. Carga mapas, gráficos, una visión. Cree que, si los hielos continúan cediendo, los cargueros que crucen el Ártico desde Asia podrían hacer su primera parada europea en estas aguas. Lo llama “puerto de transbordo intercontinental”.
No quieren vender terreno a nadie. Ni a chinos, ni a ingleses, ni a fondos noruegos. La nueva ley lo impide. El miedo es que en un gesto cualquiera, por una venta más, se filtre una potencia extranjera bajo el disfraz del capital.
Pero Kirkenes está vacía. Se necesitan inversores, operarios, barcos. Se necesita algo que ya no está. El dilema es concreto: cómo crecer sin rendirse. Cómo atraer sin ceder. Cómo no volver a ser un satélite de potencias que solo miran el norte cuando el sur empieza a tambalearse.

La mañana es diáfana en Longyearbyen. Las casas de colores parecen alinearse para una fotografía de calendario. Una bandera noruega flamea en cada rincón. Es el Día Nacional de Noruega, y en las calles hay desfiles, canciones, niñas con trenzas y abrigos brillantes. Todo sugiere orgullo, pertenencia, una isla que afirma su identidad.
Pero al otro lado del valle hay otra historia.
En Barentsburg, el asentamiento ruso, marchan bajo la bandera soviética para conmemorar la victoria en la Segunda Guerra. No hay provocación abierta, pero el gesto es claro. En el Ártico, los símbolos pesan más que las palabras.
Más allá, en una planicie blanca, la estación de investigación china parece igual a cualquier otra. Antenas, paneles solares, un laboratorio. Pero los rumores dicen que también capta señales, que no todo es ciencia. Nadie lo confirma, nadie lo niega. “Sería ingenuo creer que no hay inteligencia en estos centros”, dice el alcalde local. Y asiente.
Svalbard es territorio noruego, pero está regido por un tratado que permite la entrada de cualquier ciudadano de los países firmantes. Un oasis legal. Un laboratorio diplomático. Un espejo roto donde todos se miran pero nadie se toca. Aunque algunos, quizás, estén tocando sin ser vistos.

La roca es blanca y sólida. En Bodø, dentro de una montaña de cuarzo, se esconde una ciudad subterránea. No hay ruido. Solo puertas blindadas, túneles que descienden, monitores. Desde aquí, Noruega observa el Ártico.
Cada embarcación, cada cambio de temperatura en el agua, cada señal sin explicación, es registrada. Lo llaman “infraestructura crítica submarina”: cables de comunicación, gasoductos, sensores. El temor no es una guerra declarada, sino el sabotaje discreto, el accidente intencionado, la anomalía que nunca se firma.
Los submarinos rusos cruzan por aguas que deben atravesar Noruega si quieren llegar al Atlántico. Los radares detectan movimientos que a veces no tienen nombre. Las señales GPS fallan en el norte del país desde hace dos años. Algunos vuelos comerciales deben cambiar de ruta.
Col. Jørn Kviller, al borde del río Pasvik, dice que han aumentado los casos de espionaje. No se trata solo de agentes, sino de ondas, frecuencias, interferencias. La frontera está allí mismo: un poste amarillo y otro, a diez metros, rojo y verde. Entre ellos, nada.
Cada miércoles, a las cuatro de la tarde, se establece una llamada de rutina con la Flota del Norte rusa. Un ritual de guerra fría rehecho en clave digital. Se saludan, intercambian coordenadas, mantienen abierta la línea.
Nadie quiere un conflicto abierto. Pero el frío, como la historia, congela las tensiones sin resolverlas.

En el norte, las alianzas se sienten más que se anuncian. No hay desfiles de tanques ni marchas triunfales. Hay radares. Hay satélites. Hay líneas de fibra óptica que serpentean bajo el mar. Hay acuerdos que se actualizan en secreto, como mapas invisibles.
Desde que Finlandia y Suecia se unieron a la OTAN, el cerco occidental alrededor de Rusia en el Ártico se ha cerrado casi por completo. Todos los países con costas árticas, salvo Moscú, están dentro del mismo pacto. Un hecho simple, casi administrativo, pero con un peso tectónico.
Para Vicealmirante Rune Andersen, comandante del centro conjunto noruego, el Ártico ya no es solo un flanco de vigilancia, sino parte integral de la defensa del hemisferio occidental. “No se trata solo de Europa —dice—. Es también una cuestión de seguridad nacional para Estados Unidos”. Porque desde las profundidades árticas, un submarino ruso podría lanzar un misil en dirección a Washington o París sin ser detectado.
Los ejercicios conjuntos han aumentado. Las simulaciones también. Pero no hay estruendo. Es una coreografía cuidadosa: cada movimiento debe parecer normal, cada maniobra debe poder explicarse. Y al mismo tiempo, cada gesto está cargado de advertencia.
La guerra abierta no está en los planes. Pero el equilibrio se vuelve más frágil cuando todos temen al error. Un avión que se acerca demasiado. Un radar que malinterpreta una señal. Un accidente que no lo es.
El Ártico, que una vez fue símbolo de colaboración científica y diplomacia silenciosa, se ha vuelto escenario de una rivalidad contenida, donde la alianza no siempre significa confianza, y donde los aliados también espían, también calculan, también temen.
En el hielo no hay fronteras visibles. Pero todos saben dónde terminan sus palabras y comienzan sus sospechas.

La península de Kola no aparece en las postales. No hay turistas, ni cruceros, ni pistas de esquí. Pero es el corazón oculto del poder ruso en el norte. Bajo sus colinas de tundra y su cielo casi inmóvil, se oculta un arsenal: submarinos nucleares, silos de misiles, radares que giran como ojos metálicos.
Desde Kirkenes, basta con conducir diez minutos hacia el este para sentir su cercanía. El límite es apenas un paso. Un río. Un poste. Pero lo que separa es mucho más que territorio. Es la historia congelada de una frontera que nunca dejó de ser frontera.
Durante la Guerra Fría, la zona era un tablero de ajedrez. Hoy, es una reserva estratégica. Aquí, Rusia entrena reclutas, lanza bombarderos, vigila al mundo. No lo esconde. El mensaje es explícito: este es su bastión, su línea roja, su fondo del mapa.
Pero incluso en Kola hay incertidumbre. Moscú coquetea con China, pero sin entregarse. No quiere depender, no quiere compartir. Las inversiones se aceptan, pero la infraestructura crítica —la verdadera— no se negocia. En el Ártico, la confianza se mide en distancias y en megatones.
Hubo un tiempo en que se hablaba de excepcionalismo ártico. Se decía que, en esta región, la política se diluía como la luz en los glaciares. Ocho países, múltiples comunidades indígenas, observadores externos… todos reunidos en torno a una idea: preservar lo inhabitable, compartir lo invisible.
Había tratados, foros, cafés con pasteles de canela en Svalbard. China participaba como observador. Rusia colaboraba con Canadá. Los pueblos indígenas eran parte de la conversación. Se hablaba más de hielo marino que de petróleo. Más de ciencia que de defensa.
Eso ya no existe.
La cooperación se ha vuelto excepción. Tras la invasión rusa de Ucrania, los foros se han congelado, los puentes están rotos. Cada país actúa solo, como si el Ártico fuera una bolsa de recursos a disputarse, no un ecosistema por proteger.
Los intereses estratégicos han desplazado a las promesas. Las estaciones científicas vigilan. Las rutas de comercio se planifican con militares. Lo que era común se fragmenta. Y lo que era invisible se convierte en codiciado.
Una mujer empuja un cochecito bajo la luz del mediodía en Longyearbyen. Su bufanda roja flamea entre la bruma, junto al azul y blanco de la bandera noruega. Un niño ríe dentro del abrigo. El hielo cruje a lo lejos. Todo parece en paz.
Pero la pregunta persiste: ¿a quién pertenece el Ártico?
Al clima, que lo deshace. A los gobiernos, que lo parcelan. A las empresas, que lo extraen. A los estrategas, que lo patrullan. A las comunidades indígenas, que lo sienten en la piel, en el idioma, en el recuerdo.
O quizás no pertenezca a nadie.
Quizás el Ártico esté allí para recordarnos que no todo puede poseerse sin desaparecer. Que hay territorios donde el poder no puede construirse sin violencia. Y que, entre la ambición y el hielo, el verdadero peligro no es el conflicto, sino el olvido.
En cada conversación diplomática, en cada ejercicio militar, en cada estación científica, el Ártico se defiende en silencio. No dice nada. Solo espera. Quizás no nos necesite. O quizás ya no nos crea.
INTERNACIONAL
La “batalla del agua” en Medio Oriente: las monarquías del Golfo temen un ataque iraní a sus plantas desalinizadoras

Las monarquías del Golfo son reinos de petróleo, gas y agua salada.
Son Estados supermillonarios, pero tienen una gran debilidad. Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Omán carecen de suficiente agua potable natural.
Nadan en petróleo, pero no en agua dulce. Dependen, con diferentes matices, necesidades y urgencias, de las numerosas plantas desalinizadoras construidas en la región.
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Irán lo sabe. Esa es una carta marcada que los ayatollah guardan en su búnker más secreto. Mientras buscan incendiar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del comercio petrolero mundial, el objetivo es extender el caos económico a todo el mundo.
El domingo pasado dio una primera muestra de lo que podría venir: bombardeó una planta desalinizadora en Bahréin, un país que alberga a la Quinta Flota de los Estados Unidos.
“La interrupción intencional de la infraestructura hídrica constituye una clara violación del derecho internacional humanitario y, ante todo, una carga para los civiles, quienes carecen de iniciativa y capacidad de decisión en esta guerra”, alertó a TN el científico iraní Kaveh Madani, exsubdirector del Departamento de Medio Ambiente de Irán y actual director del Instituto para el Agua, el Ambiente y la Salud (INWEH) de las Naciones Unidas.
El agua, el recurso más preciado
El agua es otra batalla estratégica para presionar a las monarquías del Golfo, aliadas de Estados Unidos. Es un recurso esencial. Irán también tiene enormes problemas hídricos por una extensa sequía que llevó a las autoridades a pensar en trasladar Teherán, la capital.
“Todo el mundo piensa en Arabia Saudita y en sus vecinos como petroestados. Pero yo los llamo reinos del agua salada. Son superpotencias hídricas creadas por el ser humano y alimentadas por combustibles fósiles. Es a la vez un logro monumental del siglo XX y una forma particular de vulnerabilidad”, resumió Michael Christopher Low, director del Middle East Center de la Universidad de Utah, citado por Euronews. Mujeres iraníes se manifiestan en Teherán en apoyo al gobierno de los ayatollah (Foto; EFE)
El académico Abdullah al-Arian, de la Universidad de Georgetown, en Qatar, advirtió a TN que “el riesgo de una escalada” de este tipo está latente y más aún si se extienden los ataques estadounidenses e israelíes.
“Irán busca aumentar los costos de esta guerra para los países vecinos e incluso para la economía global, en un intento de obligar a Estados Unidos a retractarse de su política de cambio de régimen y, en última instancia, a poner fin a sus ataques”, afirmó.
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Al-Arian, especialista en historia de la política estadounidense hacia Medio Oriente, dijo que “las represalias iraníes intentaron reconfigurar el panorama de seguridad en los países del Golfo y perturbar cada vez más los viajes, el comercio e incluso la vida cotidiana en países que actúan como importantes centros de la economía global”.
“Este tipo de ataque supondría una gran presión sobre el suministro de agua de estos países y requeriría planes de contingencia para fuentes alternativas de agua», indicó.
La dependencia hídrica de los países del Golfo
Irán atacó en los últimos días infraestructura energética de los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait que causaron daños a plantas desalinizadoras. El domingo un dron iraní había golpeado a una planta en Bahréin, según denunció el gobierno de ese país. Teherán también denunció ataques de este tipo en su territorio.
Un informe del Centro Árabe de Washington, citado por el diario El Mundo, reveló que los estados del Consejo de Cooperación del Golfo producen el 40% del total de agua desalinizada del mundo.
Según el reporte, el país más vulnerable del área es Kuwait. El 90% de sus recursos hídricos sale de sus complejas plantas desalinizadoras que toman el agua de mar, la procesan y la convierten en agua dulce. Omán lo sigue con un 86% y Arabia Saudita con el 70%. El menos dependiente es Qatar. Religiosos chiítas paquistaníes portan imágenes del asesinado guía supremo iraní Ali Jamenei y su hijo y sucesor, Mojtaba Jamenei (Foto: REUTERS/Imran Ali)
En el área del Golfo hay 450 plantas desalinizadoras que surten a unas 100 millones de personas. Según el periódico español, las monarquías del área gastaron más de U$S 50.000 millones en inversiones en este sector entre 2004 y 2024.
Otro blanco posible: el sistema financiero y bancario
Pero no solo el agua está en la mira de Irán. También el sistema bancario y financiero.
Las Fuerzas Armadas iraníes acusaron el miércoles a Estados Unidos e Israel de atacar un banco estratégico del país utilizado para pagar salarios a efectivos del ejército.
Según advirtió el mando unificado de las Fuerzas Armadas, este ataque “ilegítimo y no convencional” podría tener una “respuesta recíproca y dolorosa”.
Además, pidió a la población en Medio Oriente a no aproximarse a un kilómetro de bancos estadounidenses o israelíes.
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La amenaza fue tomada muy en serio en las monarquías del Golfo.
El grupo financiero estadounidense Citi y numerosas empresas occidentales, como la consultora Deloitte, pidieron a sus empleados evacuar sus oficinas en el Centro Financiero Internacional de Dubái (DIFC), reveló AFP.
La consultora británica PwC anunció que cerrará hasta nuevo aviso sus oficinas en Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.
Irán, Israel, Donald Trump
INTERNACIONAL
Israel hits back after coordinated Iran-Hezbollah missile, drone strikes, urges Beirut to rein in terrorists

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JERUSALEM: Iran proxy Hezbollah fired some 200 missiles and drones into the Jewish state overnight and into Thursday in what Israeli media described as an «integrated Hezbollah and Iran joint attack.»
The attacks prompted fierce retaliatory strikes from the Israeli Defense Forces into Hezbollah strongholds in the Beirut suburbs.
The Israel Defense Forces said, «The IDF is operating with determination against the Hezbollah terrorist organization following its deliberate decision to attack Israel on behalf of the Iranian regime. The IDF will not tolerate any harm to Israeli civilians and will forcibly respond against any threat posed to the State of Israel.»
Calling its new operation «Eaten Straw,» the terror group claimed to have targeted Israeli military sites in the suburbs of Tel Aviv, among other targets.
ISRAEL-HEZBOLLAH BORDER TENSIONS RISE AS TERROR GROUP REARMS, RESISTS US- BACKED CEASEFIRE
Hezbollah members salute and raise the group’s yellow flags during the funeral of their fallen comrades Ismail Baz and Mohamad Hussein Shohury, who were killed in an Israeli strike on their vehicles, in Shehabiya in south Lebanon on April 17, 2024. (AFP via Getty Images)
Matthew Levitt, a leading scholar on Hezbollah from the Washington Institute, told Fox News about Eaten Straw. «The term comes from a Koran verse about destroying one’s enemies to the point that they are destroyed like grains of straw husks. In fact, it is going to lead to a massive Israel response.»
Just days prior to Wednesday’s attacks, Lebanon’s President Joseph Aoun charged Hezbollah with pushing Lebanon into becoming «a second Gaza.»
An Israeli security expert from the Israel Alma Research and Education Center, Sarit Zehavi, told Fox News Digital, that «I think that Hezbollah is trying to scare Israel from launching further operations and I truly hope that we will not be afraid, and our government will do what it has to do.»
IRAN COULD ‘ACTIVATE’ HEZBOLLAH IF US TARGETS REGIME, TRUMP’S INNER CIRCLE TO DECIDE: EXPERT

A fireball rises from the site of an Israeli airstrike that targeted an area in Beirut’s southern suburbs overnight March 10 to 11, 2026. (Fadel itani / AFP via Getty Images)
The Lebanese armed forces also failed to meet President Trump’s deadline to disarm Hezbollah terrorist organization in 2025.
The Lebanese government announced on Tuesday that it is interested in direct talks with Israel to end the current conflict with Hezbollah, yet one Israeli official claimed Beirut was not «affecting Hezbollah’s behavior in any way,» the Times of Israel cited a report from news site Y-Net reported.
Israel’s U.N. Ambassador Danny Danon, speaking Wednesday, told members of the United Nations Security Council in New York that, «Lebanon now faces two options: either the Lebanese government takes real actions and restrains Hezbollah, or Israel uses its force to dismantle this terrorist organization. There is no other option.»
Edy Cohen, a Lebanese-born Israeli scholar of Hezbollah, dismissed the Lebanese government overtures to Israel as political theater. He referenced the 2006 war between Israel and Hezbollah that concluded with United Nations Security Council Resolution 1701, requiring the Lebanese state and army to disarm Hezbollah, as a failed effort.

A woman uses a mobile phone as she lies on a mattress in a railway station used as an underground bomb shelter in Tel Aviv on March 10, 2026. (Olympia De Maismont/AFP via Getty Images)
Cohen told Fox News Digital: «I don’t believe the Lebanese government. It is a game between them and Hezbollah. The Lebanese offered, for the first time since 1982, it would agree to dialogue with Israel. The first condition is a ceasefire. Hezbollah told the Lebanese government give the Israelis this offer. Hezbollah wants to stop this war. And that is how the government of Lebanon jokes about us.»
Speaking during a meeting of the United Nations Security Council meeting on Wednesday, Lebanese Ambassador Ahmad Arafa told the council, «The Lebanese people do not want war, and the Lebanese government is moving forward in implementing its decisions and will not backtrack,» The National reported.
According to the National report, Arafa said, «In our modern history, no Lebanese government has demonstrated this level of courage and determination to reclaim the state authority, to restrict weapons to legitimate state institutions and to extend the state’s control exclusively through its own forces over all Lebanese territory.»
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An Israeli official told the Times of Israel that «The Lebanese government needs to get a grip on their country or Hezbollah parts of Beirut will soon look like Gaza.»
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ICE busts human smuggling ring that kidnapped family, sexually assaulted pregnant woman

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U.S. Immigration and Customs Enforcement agents busted a South Texas human smuggling ring, resulting in the arrests and sentencing of gangbangers who kidnapped a family and sexually assaulted a pregnant mother.
Rodolfo Daniel De Hoyos, 22, a human smuggler who goes by the nickname «Rufles,» was sentenced to more than 14 years in prison on Monday for conspiracy to harbor illegal aliens, causing serious bodily injury and placing lives in jeopardy. The sentencing was announced by the U.S. Attorney’s Office for the Western District of Texas on Tuesday.
De Hoyos is the fifth of nine human smugglers arrested in Kinney County, Texas, as a result of an investigation by ICE Homeland Security Investigations (HSI) with the cooperation of the Texas Department of Public Safety and several other law enforcement agencies. The investigation is part of the Trump administration’s Operation Take Back America.
According to the U.S. Attorney’s Office, De Hoyos was involved in the kidnapping and attempted extortion of a family of illegal immigrants, consisting of a man, a pregnant woman and a seven-year-old child. The office said the smugglers sexually assaulted the pregnant woman and held the family for ransom. They obtained at least $1,000 from a relative and further threatened to kill the seven-year-old child and sell the unborn baby if additional payments were not made.
ILLEGAL IMMIGRANT’S TWO DECADES OF UNLAWFUL VOTES EXPOSE THE REAL ‘THREAT’ TO DEMOCRACY: EXPERTS
U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) agents, along with other federal law enforcement agencies. (Christopher Dilts/Bloomberg via Getty Images)
De Hoyos was first arrested in 2021 by a Texas Department of Public Safety trooper who observed him transporting three passengers wearing dirty clothing, hiking boots and camouflage backpacks. At the time, De Hoyos admitted the three passengers were illegal aliens and that he was being paid $1,500 to transport them to Del Rio. He was arrested again in August 2023 in relation to the kidnapping of the family.
Besides De Hoyos, four others have been sentenced. Texas man Juan Antonio Flores, 36, was sentenced to more than 17 years for his role in coordinating the smuggling trips. Two other co-conspirators, Tomas Estrada-Torres, 47, and Nelson Abilio Castro-Zelaya, received sentences of more than 12 years and 15 years, respectively.
Meanwhile, a 23-year-old Guatemalan national, Edwin Alfredo Barrientos-Mateo, nicknamed «Waches,» was sentenced to 30 years in prison in connection with the smuggling ring.
According to Simmons’ office, four other co-conspirators — Ambar Obregon, Pedro Ruiz Gonzalez, Armando Garcia-Martinez and Anthony Ballones Jr. — have pleaded guilty and are awaiting sentencing.
EXCLUSIVE: ICE SAYS EL PASO DETENTION FACILITY WILL STAY OPEN UNDER NEW CONTRACTOR AFTER $1.2B DEAL SCRAPPED

ICE Homeland Security Investigations and Enforcement and Removal Operations officers during an immigration enforcement operation in the Houston area. (U.S. Immigration and Customs Enforcement)
Besides ICE HSI and the Texas Department of Public Safety, U.S. Border Patrol, the Eagle Pass Police Department, the Austin Police Department, the Houston Police Department, and the Comal County Sheriff’s Office also assisted with the investigation.
In a word of caution to would-be illegal aliens, U.S. Attorney for the Western District of Texas Justin Simmons said that «alien smuggling organizations care nothing about the hopes and dreams of those they smuggle.»
«When they look at an illegal alien, all they see is a dollar sign,» he went on, adding, «Do not trust them with your life because the only life they really care about is their own.»
This week, Simmons’ office also announced that 36-year-old Mexican national Pedro Luis Martinez-Jaquez was sentenced to more than 30 years in prison for his leadership role in a conspiracy to transport hundreds of illegal aliens, resulting in at least one death.
Simmons called Martinez-Jaquez «one of the most prolific facilitators of alien smuggling in the last decade.» He said that over the course of an 18-month operation, Martinez-Jaquez made hundreds of thousands of dollars transporting illegal aliens into the U.S.
BORDER PATROL CHIEF BOVINO SAYS CHICAGO EFFORTS ‘VINDICATED’ AFTER COURT REVERSES ORDER RESTRICTING OPERATIONS

President Donald Trump visits the U.S.-Mexico border during his first term in Otay Mesa, Calif., on Sept. 18, 2019. (NICHOLAS KAMM/AFP via Getty Images)
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Both stings were the result of Operation Take Back America, a nationwide initiative launched by the Trump administration last year to «achieve total elimination of cartels and transnational criminal organizations.»
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