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Vialidad: la desesperada defensa de Cristina ahora pide indultos o tribunales internacionales

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Tras la ratificación de la Corte de las condenas por corrupción en la causa «Vialidad», buena parte del peronismo unificó su defensa en una única perjudicada por esa decisión judicial: Cristina Kirchner. Ninguno de los otros exfuncionarios incluidos en esta sentencia firme, que incluye penas de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por los delitos cometidos, es aludido por la dirigencia que decidió nuclearse solo en la figura de la expresidenta.

Uno de los peronistas condenados en el mismo caso, como el exsecretario José López, en sus tiempos de apogeo venerado por los jefes territoriales del Justicialismo, no es siquiera mencionado en discursos de voceros secundarios en esta trama. Ya en el pasado había sido estigmatizado por los propios, todo después de ser encontrado en flagrancia con bolsos que contenían nueve millones de dólares en efectivo. Su caso es parecido al del millonario súbito Lázaro Báez, uno de los mejores amigos de Néstor Kirchner y su socio comercial en infinidad de operaciones que mezclaron el dinero público con el enriquecimiento privado: a pesar de que afirma con orgullo su militancia en el PJ ortodoxo y de que es un protagonista central de la historia penal de la expresidenta, no hay defensa corporativa ni partidaria para él.

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Todos los argumentos expuestos al debate público por la dirigencia K en este caso involucran únicamente «a Cristina»: solo ella es la supuesta beneficiaria del intento por «blindar» su inevitable destino penitenciario. La dirigencia afín a Kirchner, al menos por ahora, ensaya métodos defensivos desesperados, con nulo peso jurídico o incluso hasta contradictorios.

Esta singular situación incluye hasta a los abogados de la expresidenta. Fueron ellos los que dejaron trascender que apelarán el caso ante tribunales internacionales, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), mientras que, al mismo tiempo, juristas de total afinidad con los Kirchner, como Raúl Zaffaroni, explicaron que una decisión en ese sentido «no servirá de nada» debido a que el caso carece de los fundamentos esenciales para que sea tratado en esos estrados del extranjero, cuyas resoluciones son de cumplimiento obligatorio para nuestro país.

Las defensas de los Kirchner y sus aliados se reducen solo a cuestionar políticamente la ratificación de la condena por corrupción a Cristina Kirchner. Ni ella ni sus representantes más fieles, como los dirigentes de La Cámpora, atacaron las pruebas documentales o testimoniales expuestas en el juicio oral y público de la causa «Vialidad». Ni siquiera Kirchner intentó construir durante el proceso una defensa técnica. Su abogado, Carlos Beraldi, debió ensayar un método poco efectivo cruzando escritos jurídicos mientras su clienta eludió atenerse a esa lógica durante el desarrollo de la causa.

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La expresidenta, por ejemplo, utilizó siempre sus declaraciones indagatorias, su derecho a la defensa, para expresar con palabras (y hasta gritos) que el juicio solo la tenía como acusada por su condición de presidenta primero y, en el debate oral, ya en calidad de vicepresidenta electa. El 6 de diciembre de 2015, Kirchner se sentó como imputada ante el estrado del Tribunal Oral Federal 2 (TOF 2). No desmintió ninguna de las denuncias ni el material probatorio que la comprometía desde el punto de vista penal. Atacó a gritos a los tres jueces, se paró cuando ella lo determinó y se retiró a paso rápido hasta que se escuchó otra voz que preguntó: «¿La imputada va a responder preguntas?». Era el fiscal Diego Luciani. Kirchner enfureció aún más, volvió al estrado pero, sin sentarse, tomó el micrófono y elevó el tono: «¿Preguntas? ¡Preguntas van a responder ustedes!».

Dos años después, ante una inminente sentencia condenatoria, la vicepresidenta en ejercicio del poder se quejó porque, según ella, no se le había permitido hacer uso de la palabra hasta ese último tramo dramático del juicio. El fiscal Luciani y los jueces tomaron esa indagatoria como lo que fue: ella no se defendió ni descalificó las pruebas.

Entre otras variables que después la complicarían, Kirchner no desmintió el lazo comercial que tenía con Lázaro Báez. Así lo expuso Luciani en su alegato. Después de describir ese vínculo como trascendental para el desarrollo de lo que identificaría como una maniobra de corrupción «monumental», el fiscal repitió varias veces que Báez y los Kirchner eran amigos «íntimos», que hicieron múltiples negocios juntos, y explicó que «esto no está controvertido en el juicio, la misma Cristina Kirchner lo omitió en su declaración indagatoria».

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Ayer, con la condena por corrupción cada vez más cerca de oficializarse, diferentes dirigentes K expresaron ante la prensa otro tipo de defensa. Ninguna podrá ejecutarse. Son hasta contradictorias por diversas razones.

El senador nacional y referente de La Cámpora, Eduardo «Wado» de Pedro, hizo declaraciones que buscaron funcionar como presión para un próximo gobierno. Alentó a que un nuevo presidente beneficie a Kirchner con un indulto. «La primera condición es Cristina libre», dijo. El jefe de bloque de los legisladores K en la Cámara Alta, José Mayans, hizo una alusión directa al «indulto» para la expresidenta: «Un posible próximo gobierno, si es del peronismo, debería indultar a Cristina».

La expresidenta fue condenada en la causa «Vialidad» por haber cometido el delito de administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública. La pena es de seis años de prisión y conlleva, sí o sí, una inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos.

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La contradicción de la dirigencia K respecto a esta cuestión es notable. Un indulto dictado por el Poder Ejecutivo, en caso de que la figura pueda ser una herramienta legal en esta cuestión puntual, supone un «perdón» de la pena, pero siempre sostiene la admisión del delito. ¿La Cámpora busca que un presidente libere a Cristina aunque eso signifique que sea culpable de la corrupción, como lo es de acuerdo con todos los tribunales que actuaron en la causa «Vialidad»?

El pedido de indulto es, entonces, brutal y demuestra desesperación: la expresidenta aún ni siquiera se notificó de la sentencia firme en su contra, y sus allegados ya piden que sea indultada. El laberinto penitenciario empieza a encerrar a los voceros de la defensa K.

Ayer, de modo sorpresivo, el exvicepresidente Amado Boudou, quien cumplió su condena de cárcel por corrupción dictada en la causa «Ciccone», intentó defender a Kirchner argumentando que la condena en su contra se debe a la instauración de un régimen dictatorial alineado a los intereses «del capital», como si él no hubiera militado en la derecha de la UCeDé o no se hubiera transformado en un referente del anticapitalismo. Creyendo quizás que le hacía un favor a su exjefa, Boudou agregó que la condena ratificada por la Corte «fue amañada, trucha, televisiva».

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Los memoriosos en los tribunales recordaron que, cuando Boudou fue llamado a declarar en indagatoria en la causa «Ciccone», tanto él como el gobierno K de entonces intentaron presionar al magistrado para que esa instancia de defensa pudiera ser filmada, es decir, televisada.

Estas defensas singulares se sumaron a otras, ya repetidas por la propia Kirchner en el pasado reciente y no tan reciente: se intenta instalar que la Corte Suprema busca «proscribir» una candidatura de Cristina; o que todos sus infortunios, ya penitenciarios más que penales, se deben a que no existe más democracia en la Argentina, por lo que el presidente Javier Milei es identificado como un dictador.

Palabras vacías para la Justicia.

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Hay eslóganes ya ensayados en el pasado que solo se refieren a consignas que adolecen de cualquier rigor: «Cristina fue condenada por los medios», «todo es culpa del poder económico», «si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar…».

Son más sofisticados, pero también faltos de sustento, los conceptos que aseguran que en la causa faltaron pruebas contundentes. Fue exactamente lo contrario a lo que pensaron todos los jueces y fiscales que utilizaron material probatorio que fue in crescendo para condenar a la expresidenta en todas las instancias posibles.

Quien repite esas ideas nunca alude de modo puntual a fallas específicas en el expediente «Vialidad» o a lo acumulado en ese sentido en el juicio oral y público sobre el caso.

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Los fundamentos de la condena del Tribunal Oral Federal 2 sobre la sentencia contra Cristina ocupan mil seiscientas dieciséis páginas. El juicio oral y público empezó el 21 de mayo de 2019 y culminó el 6 de diciembre de 2022, con un lapso de interrupción por la pandemia. Se presentaron ciento catorce testigos en ciento veintidós audiencias.

Cristina Kirchner tuvo todas las garantías procesales para defenderse. En ninguna de ellas, nunca, dijo siquiera ésto , primordial y básico: «Soy inocente» Nada menos. Ni nada más.

Cristina Kirchner,Corte Suprema de Justicia

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Adorni apuntó contra la CGT en las primeras horas del paro

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El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, cruzó este jueves a la cúpula de la CGT por el paro nacional al asegurar que “no hay nada más extorsivo y en contra de la libertad y de la democracia que lo que están haciendo los sindicalistas”.

“Por algo la gente los odia, tienen 80% de imagen negativa porque lo único que hacen es complicarle la vida al trabajador”, indicó el funcionario libertario.

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Tras ello dijo en declaraciones a La Casa Streaming que la medida perjudica a los trabajadores que desean asistir a sus empleos: “Acá el problema es cómo le explican a un trabajador por qué no lo dejan llegar a su lugar de trabajo. El acatamiento al paro es bastante perverso porque si te cortan el medio de transporte por más ganas que tengas de ir a trabajar, no podés hacerlo”.

Por otra parte, hizo una comparación con el anterior gobierno. “Con Alberto Fernández tenías 200% de inflación, 60% de pobres, un país devastado y no había paros. Evidentemente las motivaciones para que los sindicalistas se despierten son extrañas o inentendibles”, enfatizó.

Paro General por la reforma laboral.
Constitución
Martín Cossarini

La medida de fuerza, que durará 24 horas, es contra la reforma laboral impulsada por el oficialismo, que se tratará hoy, a partir de las 14, en la Cámara de Diputados. No hay subtes, trenes ni vuelos y sólo funcionan algunas líneas de colectivos. A la huelga adhirieron -además de los gremios del transporte- trabajadores estatales y empleados de comercio, aunque hay negocios abiertos.

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Paro General por la Reforma Laboral.
Aeroparque
Martín Cossarini

Sí funcionan algunas líneas de colectivo porque la empresa DOTA no se sumó al paro y abrieron supermercados, aunque con personal limitado. Los bancos están cerrados y sólo funcionan en la modalidad homebanking o con personal jerárquico.

La jornada arrancó con algunos focos de tensión por sectores de izquierda y manifestantes que se desmarcaron de la CGT -que llamó a un paro sin movilización- y decidieron salir a la calle. Algunos de los trabajadores despedidos de la planta de Fate cortaron por unos minutos la Panamericana, mientras que otros grupos interrumpieron los accesos a la ciudad de Buenos Aires con bloqueos en el Puente Pueyrredón y en Puente La Noria. En todos los casos intervinieron fuerzas federales.

corte en la subida al puente Pueyrredón, sobre avenida Mitre, en Avellaneda.
Paro general por la reforma laboral
Sebastián Hipperdinger

La cuarta huelga contra la gestión de Javier Milei había sido anticipada días atrás y fue ratificada este miércoles, cuando se confirmó que la reforma laboral será tratada en la Cámara baja. En este contexto, 13 gremios se sumaron a la medida de fuerza de la central obrera.

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Además de referirse al paro general, el jefe de gabinete habló sobre el conflicto con la empresa Fate, que cerró sus puertas y dejó a más de 900 trabajadores sin empleo en la previa del tratamiento de la reforma laboral.

“Llama la atención que una empresa que hace quince años está en conflicto, que tuvo paros salvajes, incluso del propio sindicalismo que hoy reclama o se pregunta por qué cerró, cierre sus puertas de un día para el otro antes del tratamiento de la reforma laboral”, expresó.


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Villarruel defendió los aranceles de Trump y criticó la apertura económica: “Favorece la dependencia de China”

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La vicepresidenta Victoria Villarruel, en ejercicio del Poder Ejecutivo por el viaje de Javier Milei a Estados Unidos, cuestionó las políticas de liberación de importaciones de la administración libertaria.

Sus declaraciones surgieron tras el fallo de la Corte Suprema estadounidense que revocó la decisión de Donald Trump de imponer aranceles globales para proteger la industria local. Para la funcionaria, la anulación de esos gravámenes “implica un golpe a las políticas de producción y establecimiento de empresas en Estados Unidos”, trazando un paralelo con la situación económica argentina tras el reciente cierre de la fábrica FATE.

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Villarruel defendió la postura proteccionista del mandatario republicano y advirtió sobre los riesgos de la desregulación comercial. “Sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno. Sin industria, se pasa a depender hasta en lo más mínimo de China, un país comunista”, expresó.

En este sentido, marcó una diferencia de principios con la gestión nacional al sentenciar que “para Trump primero está Estados Unidos, para mí, primero está la Argentina”, posicionándose en favor del fortalecimiento del sector industrial frente a la competencia externa.

La mandataria profundizó su crítica al proceso de apertura económica que fomenta el ingreso de productos del exterior, señalando que esta dirección profundiza las crisis internas. “La apertura total y libre de las importaciones solo favorece la dependencia de China y profundiza las emergencias económicas y sociales”, cuestionó.

Finalmente, Villarruel instó a no conformarse con un modelo económico limitado, afirmando que el país tiene “todo para ser una potencia mundial”. Según su visión, el debate de fondo en la actualidad política y económica se resume en una elección de soberanía productiva: “No debemos conformarnos con ser un país de servicios. En definitiva estamos hablando de Nacionalismo o Globalismo”.

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Un régimen penal juvenil para la opinión pública

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El jueves 12 la Cámara de Diputados dio media sanción al nuevo régimen penal juvenil. Dos narrativas se disputan la explicación sobre lo sucedido. La primera, la de los impulsores del proyecto, es que la política ha “saldado una deuda histórica” con la sociedad, que en porcentajes abrumadores inundaba las encuestas con respuestas afirmativas a la pregunta de si bajar la edad de imputabilidad a 13 o 14 años. La segunda, proveniente del progresismo, achaca a los representantes haber sucumbido ante la ira de una turba punitivista e irreflexiva.

Ambas narrativas comparten una premisa discutible: que los diputados se hayan limitado a hincarse ante la opinión pública. Las encuestas, con un 60, 70, 80% de respuestas a favor de bajar la edad, pueden parecer terminantes. Sin embargo, el tránsito de una encuesta a una política pública no es lineal: una ardua tarea interpretativa separa las dos o tres respuestas binarias que pueden obtenerse de una encuesta y la complejidad de una política pública que debe enfrentar los dilemas del mundo real. La opinión pública es genérica y abstracta; la redacción de una ley, en cambio, exige definiciones, especificaciones, detalles. Sobre estas decisiones, entonces, deberemos juzgar al Congreso.

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Hagamos el ejercicio de tomar las encuestas por lo que dicen que valen: una enorme mayoría de los encuestados cree que a los 13 o 14 uno entiende la criminalidad de ciertos actos y puede recibir un reproche estatal al respecto. No sabemos por qué hechos, con qué garantías, ni con qué penas, y hasta donde sé no ha habido un esfuerzo serio por entenderlo. Es difícil, entonces, guiarse por estas encuestas al momento de diseñar un sistema concreto.

Nos queda, entonces, lo que han dicho los miembros del Gobierno que se han erigido en voceros de este reclamo. Sus figuras más visibles han militado este proyecto con un eslógan sin mucho sentido: Delito de adulto, pena de adulto (¿cuáles serían los “delitos de niño”?). Cuando buscan explicarlo, sin embargo, siempre lo ejemplifican con los mismos delitos: homicidio y robo con armas. Una asesora presidencial lo dijo con todas las letras: “Se aplica a delitos graves. No estamos hablando de una simple travesura, sino de delitos graves como robo a mano armada, violaciones, asesinatos… Delitos que del otro lado tienen una víctima real que merece justicia”. Evidentemente, de lo que se trata aquí es de castigar delitos gravísimos.

Otros aspectos del discurso oficialista dan más pistas sobre el tipo de ley que, en su concepción, debería sancionarse. Por ejemplo, ha sido muy frecuente la apelación a unirse a otros países de la región, que han fijado su edad de punibilidad en 12, 13 o 14 años. Además, la mayoría de los diputados oficialistas han enfatizado la necesidad de “resocializar” a los adolescentes que han cometido delitos, permitiéndoles salir de su situación y encontrar un lugar legítimo en la sociedad.

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Si estas motivaciones son sinceras, sin embargo, el proyecto votado no las honra. La Cámara Baja ha sido víctima de una dinámica política patológica, conocida como polarización de grupos: cuando un grupo ha adoptado una decisión, se premia a quienes impulsen ir en esa dirección y se castiga a los que planteen prevenciones o matices. El Senado tiene una oportunidad de mejorarlo; no para acercarlo a lo que piden sus detractores sino, precisamente, para hacerlo más parecido a lo que ellos mismos dicen defender.

En primer lugar, ¿por qué no limitar la pena de prisión a los delitos más graves? Alcanza con imaginar las infracciones al Código Penal que podría cometer cualquier adolescente de cualquier estrato social para darnos cuenta de que su aplicación automática sería ilógica: un graffiti podría ser delito de daños; truchar consumiciones en un boliche, delito de estafa; lastimar a alguien en una pelea en un boliche, lesiones graves, y así. Es difícil asumir que una mayoría cree que la pena de prisión para estos casos sea una respuesta racional o proporcionada.

Sin embargo, el proyecto actual mantiene la pena de prisión para todos los delitos del Código Penal. Es cierto que se prevén algunas salvaguardas para que los adolescentes puedan evitar la prisión, por ejemplo, si es su primera imputación, pero está siempre como amenaza incluso para los delitos más leves. El proyecto prevé, también, que los fiscales puedan optar por no perseguir ciertos delitos (el llamado “principio de oportunidad”), pero, inexplicablemente, lo hacen de tal modo que es más severo con los adolescentes que con los propios adultos. El Senado fácilmente podría corregir estos aspectos. Si es necesario, podría invocar incluso justificaciones presupuestarias o pragmáticas: un proyecto que prevé castigar todos los delitos, incluso los más leves, no solamente es más irracional, también es más lento y caro.

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En segundo lugar, si es necesario acercar la legislación argentina a la de los países vecinos, podrían imitarse otros aspectos tanto o más importantes que la edad de imputabilidad. El proyecto, por ejemplo, mantiene las escalas de pena de los adultos, con un límite superior de 15 años de prisión. Esta asimetría es paradójica: se reduce, de hecho, la pena de los delitos más graves, mientras la de los más leves se mantiene igual. En contraste, los países que suelen mencionarse como modelo no solo tienen máximos más bajos (tres años en el caso de Brasil, cinco o diez en Chile y Uruguay, ocho en Colombia), sino que también reducen proporcionalmente la pena junto con la edad. El Senado podría proponer imitar a nuestros vecinos también en esto.

Finalmente, si la vocación de la mayoría es lograr la resocialización de los adolescentes que han cometido delitos, la clave estará en la partida presupuestaria (hoy insuficiente) que permita la implementación del proyecto, especialmente por parte de las provincias con la deseable asistencia del Estado Nacional. Sin embargo, hay una modificación que puede incluirse fácilmente: prohibir que los adolescentes conserven un registro de antecedentes penales, que lo obligaría a dar explicaciones a cualquier empleador futuro cuando realmente esa posibilidad de resocialización exista.

Se trata de reformas concretas, poco ambiciosas y fácilmente justificables para legisladores de cualquier partido político. Se trata también, uno puede permitirse creer, de normas que serían apoyadas por una mayoría de la sociedad si existiera un debate público robusto al respecto, y no simplemente una lectura temerosa de las encuestas.

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