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El fallido golpe de Estado que catapultó a Adolf Hitler a la fama para someter al mundo a un sufrimiento atroz

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Alemania había tocado fondo

Muchos alemanes creían que habían ganado la Primera Guerra Mundial en el campo de batalla pero que habían sido vendidos en la mesa de negociaciones por políticos traidores. Para 1923, los franceses y belgas habían ocupado grandes zonas rurales. Las indemnizaciones de guerra que debía pagar el país a los vencedores eran enormes. Había industrias que quebraban, la economía se había hundido y la inflación ahogaba a todos. El gobierno imprimía dinero a lo loco para compensar la caída del salario. Se necesitaban miles de millones de marcos (la moneda vigente) para igualar el valor de un 1 dólar. En diciembre, el tipo de cambio era de 6.700.000.000 de marcos por dólar. Con la moneda inexistente, los agricultores se negaron a vender sus cosechas, lo que provocó disturbios por la comida y huelgas de hambre. Todo era un desastre.

Al terminar la guerra en 1918, los políticos socialdemócratas reunidos en la pequeña ciudad de Weimar, en el centro de Alemania, sancionaron una constitución democrática que preveía un régimen de gobierno parlamentario. Se la llamó “La República de Weimar”. Le tocó lidiar con la derrota militar, las multas de guerra, la bancarrota financiera y el surgimiento de grupos de extrema derecha e izquierda que se enfrentaban continuamente y debilitaban el escaso poder de la nueva constitución.

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Mientras los comunistas alcanzaban más del 10% de los votos, uno de los más extremistas grupos de derecha, el Partido Nacional Socialista Democrático de los Trabajadores, es decir los nazis, apoyaba un golpe violento contra la República de Weimar, fogoneados por la inflamada verba de su líder, Adolf Hitler, y la violencia de su grupo de matones, las SA o tropas de asalto.

La cervecería Bürgerbräukeller

Alfred Rosemberg era el editor del periódico del Partido Nacional Socialista. El 8 de noviembre de 1923, Hitler le encargó una edición especial solo para alertar a la prensa extranjera que a la noche iba a ocurrir un importante acontecimiento político en la cervecería Bürgerbräukeller, ubicada a un kilómetro y medio del centro de Munich. La reunión de los nazis en la cervecería sería a las 19.

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A Hitler le gustaba beber cerveza de la marca Hofbräuhaus, que se elaboraba en la propia ciudad de Munich desde 1589. Por supuesto, tenía su propio local. Era tradición en el país que las cervecerías tuvieran grandes dimensiones, y en ellas se realizaba todo tipo de eventos, reuniones políticas y sociales. Es decir, estaban preparadas para recibir multitudes. Hitler no convocó a los suyos a la cervecería Hofbräuhaus sino a la Bürgerbräukeller. La razón era que en la noche del 8 de noviembre estarían en ella funcionarios del gobierno del estado de Bavaria, cuya capital es justamente Munich, y empresarios de la región. Hitler pretendía destituir el gobierno bávaro y marchar luego hacia Berlín para dar un golpe de Estado que terminaría con la República de Weimar.

A las 20, el público desbordaba la Bürgerbräukeller. Habría unas 3000 personas, que también ocupaban la calle. El bullicio era tal que los concurrentes se comunicaban a los gritos. A esa hora, llegó un Mercedes Benz rojo del que bajó Hitler. Se abrió paso entre la gente y llegó al salón de banquetes, donde una orquesta tocaba un típico ritmo del Oktoberfest (“festival de octubre”), una fiesta muy popular en Munich. Las camareras iban y venían haciendo malabares con las jarras de cerveza.

El momento en que los golpistas deciden marchar al centro de Munich.

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Hitler y Rosemberg se estacionaron en un vestíbulo desde donde observaban el discurso que estaba dando Gustav von Kahr, jefe de gobierno de Baviera. Las palabras de Kahr eran una durísima crítica hacia los males del marxismo.

En las afueras de la ciudad, 125 hombres de la Sturmabteilung o SA o sección de asalto, recibían fusiles, ametralladoras y granadas de mano supervisados por el comandante de la unidad, Josef Berchtold. Junto a él, con un casco de acero adornado con una esvástica, se encontraba el líder de la fuerza de “protección” de Hitler, Hermann Göring. Berchtold y Göring ordenaron a los hombres que subieran a cuatro camiones. Cuando llegaron a la entrada principal de la Bürgerbräukeller, Göring y 24 hombres entraron a la carrera gritando “¡Heil, Hitler!”.

Un centenar más corría por el salón, cubrieron ventanas, cortaron teléfonos, bloquearon salidas y se apostaron contra las paredes, apuntando sus armas hacia los concurrentes. Mientras esto ocurría, Hitler dio el último sorbo a su jarra de cerveza y entró en el salón de banquetes. Se subió a una mesa, sacó una pistola y disparó dos tiros al techo. “¡Silencio!”, gritó. Luego se dirigió hacia el podio donde estaba Kahr.

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Hitler, dispuesto a todo

Hitler gritó a la multitud: “¡La revolución nacional ha comenzado! Seiscientos hombres armados ocupan esta sala. Nadie puede salir. ¡Los gobiernos de Baviera y Berlín han sido derrocados! ¡Los cuarteles del Ejército y la jefatura de Policía están ahora bajo el control del partido!”. Nada de esto era cierto.

Se dirigió a Kahr, al general Otto von Lossow y al coronel Hans Ritter von Seisser, que era también jefe de Policía de Baviera, y los llevó de prepo a una sala aparte. Fue terminante: lo apoyaban o morían con él ahí mismo; su arma, afirmó, tenía cuatro balas, una para cada uno de los presentes. Hitler tenía el arma en su mano y se apuntó a su propia cabeza para demostrar que estaba dispuesto a todo. De golpe bajó la pistola, salió raudo del lugar y fue directo a hablar con la multitud. Le dijo que su revolución era contra el gobierno de Berlín, no contra el de Kahr, en Baviera. El público deliró. Lo aclamaron y aprobaron el plan de marchar sobre Berlín.

La cervecería Bürgerbräukeller.

La cervecería Bürgerbräukeller.

Hitler regresó donde estaban Kahr, Lossow y Seissr, es decir sus rehenes, rodeados de nazis, y los conminó a que se comprometieran con la revolución que el pueblo les reclamaba. En ese momento, Hitler creyó que ganaba la partida: llegó el general Erich Ludendorff, héroe de la Primera Guera Mundial y nazi de corazón, que apuró a los presentes para que se plegaran al golpe. “Los deseos de su excelencia son mis órdenes”, dijo Kahr frente a Lunderdorff, aunque tiempo después lo negaría. Era ese el momento. Hitler los llevó a todos a la sala, frente al público. Todos se dieron la mano y el futuro führer del pueblo alemán anunció que al día siguiente marcharían sobre Berlìn. “¡Heil, Hitler!”, fue la respuesta repetida y atronadora.

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El líder nazi se fue de la cervecería hacia la estación de trenes de Munich. Quería supervisar la toma de la estación por sus paramilitares. “Debo hacerlo en persona para evitar que la chusma de judíos racialmente extranjeros del Este se cargue con divisas”.

Otros planes

Mientras, el general Ludendorff dejó ir al jefe de gobierno Kahr, al genertal von Lossow y al coronel von Seisser, bajo la promesa de continuar con el golpe. Pero esos tres tenían otros planes. Lanzarían un contragolpe para neutralizar a Hitler. Ordenaron a las emisoras de radio de la ciudad que difundiesen un comunicado en el que repudiaban el golpe de Estado de Hitler y aclararon, por las dudas, que las expresiones de apoyo que habían dado habían sido arrancadas a punta de pistola. Declararon ilegal al partido nazi, confiscaron sus propiedades y ordenaron detener a Hitler.

La ciudad era un caos porque las tropas de choque nazis destrozaron las oficinas de un diario socialdemócrata y escaparates de comercios pertenecientes a judíos. En la propia cervezería Bürgerbräukeller las SA acorralaron a 74 judíos y los mantuvieron cautivos.

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Hitler dejó la estación de trenes y volvió a la cervecería. Se lo veía demacrado, su viejo impermeable más raído que en otros momentos, sin afeitar y el cabello revuelto. Sus hombres estaban perdiendo los edificios públicos que antes habían tomado, superados por los soldados. Hitler dio la siguiente orden: sus hombres se reunirían y marcharían por la ciudad exhortando a los ciudadanos a que se les unieran en el golpe. Había pasado ya la noche, la madrugada y la mañana. Antes de las 13 del 9 de noviembre, las columnas nazis se dirigían hacia el centro de Munich entonando un himno partidario, con sus banderas con svásticas. Muchos los vitoreaban.

Cuando llegaron a un puente sobre el río Isar, antes del centro de la ciudad, los esperaban 30 policías con ametralladoras, pero las tropas de asalto de Hitler los vencieron en una lucha cuerpo a cuerpo y tomaron a 28 agentes como prisioneros. Los nazis eran ya 2000 e iban al mando del general Ludendorff. Se volvieron a enfrentar con la Policía al llegar a la Odeonplatz (la Plaza del Odeón). Entonces no fueron trompadas y patadas sino que hubo disparos.

El enfrentamiento de los nacionalsocialistas con los soldados. Fue en el centro de Munich el 9 de noviembre de 1923.

El enfrentamiento de los nacionalsocialistas con los soldados. Fue en el centro de Munich el 9 de noviembre de 1923.

Hitler iba en segunda fila del brazo con Max Scheubner. Un tiro en el pecho, otros dos en ambos muslos y el cuarto en el brazo derecho, derribaron a Scheubner, que cayó muerto arrastrando a Hitler. El líder nazi se luxó un hombro en esa caída. Herman Göring recibió un disparo en el muslo y otro en la ingle. El tiroteo duró dos minutos. Al terminar, en la calle había 20 cadáveres, 15 pertenecían a camisas pardas, es decir las SA o tropas de asalto hitlerianas, 4 eran de policías y el cuerpo de un mozo que cruzó la calle a destiempo para ir a trabajar. Mas de 100 hombres quedaron heridos.

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La caza de los nazis golpistas

El golpe de Estado o “Putsch de la Cervecería” como pasó a la historia, había terminado. Hitler escapó de la Odeonplatz en el auto de un amigo médico. Pero la Policía lo pudo ubicar a 56 kilómetros de Munich. El 11 de noviembre lo detuvieron. Estaba en la terraza de la casa, vestido con un pijama blanco, una bata azul y el brazo vendado. Lo llevaron a la prisión de Landsberg. Hitler se convirtió en el prisionero número 45, ocupante de la celda 5, un espacio muy cómodo, reservado a celebridades. Le permitieron seguir vistiendo con ropa de calle y recibir visitas.

El juicio contra los golpistas no tendría jurados pero sí cinco jueces profesionales. Además de los acusados Hitler, Göring y Ludendorff, estaban Ernst Rohm (futuro jefe de las SA), Wilhelm Bruckner y Wilhelm Fricke entre otros. El delito era “alta traición” y la pena que arriesgaban era la perpetua. El gobierno de Baviera prefería un juicio rápido y discreto, pero Hitler quería mucha publicidad para difundir sus ideas y largos discursos.

El primer día, el 26 de febrero de 1924, la sala estaba repleta. El proceso se desarrollaba en el segundo piso de la Escuela de Infantería del Reichswehr. Había 120 asientos y la mitad estaba asignada a la prensa, la mayoría extranjera. Hitler se sentó en una pequeña mesa con el general Ludendorff. El presidente del tribunal fue Georg Neithardt, un hombre conservador que se reveló muy indulgente con Hitler. Le permitió pronunciar largos discursos (su declaración inicial fue de 4 horas), interrogar a los testigos e interrumpir los testimonios de los testigos del fiscal.

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Una vieja foto de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial (Foto: Archivo Nacional polaco/EFE)

Una vieja foto de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial (Foto: Archivo Nacional polaco/EFE)

Hitler culpó al gobierno de Berlín de la crisis económica; afirmó que le había robado al pueblo “sus últimas migajas”. Dijo: “¡La política no se hace con la palma, sino con la espada!”. Y en su alegato final exclamó que su objetivo era destruir el marxismo. Desafiante, terminó así: “¡Llegará la hora en que las masas que se paran en las calles bajo nuestra bandera con la esvástica se unirán a quienes nos dispararon!”. Algunos en la sala lloraron.

Cinco años de prisión

El 1º de abril Hitler y tres secuaces fueron condenados a 5 años de prisión, la pena mínima. En pocos meses, saldrían libres. A los demás, les aplicaron penas en suspenso y al general Ludendorff lo absolvieron. Cuando Hitler regresó a su habitación (pues no estaba en una celda) salió al balcón a saludar a sus seguidores. Una multitud reaccionó al verlo con: “¡Heil, Hitler!”.

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En julio, Hitler trabajaba arduamente en una obra que sería a la vez autobiografía y manifiesto político. La obra se llamaría Mein Kampf . En el libro, desarrolló los dos grandes temas que marcarían su política posterior. Primero, definió la historia mundial como una lucha entre razas y consideró a los arios como la raza creadora de cultura y a los judíos como la raza destructora de cultura. Segundo, expuso los argumentos a favor de la imperativa expansión territorial alemana hacia el este, a la que llamó “espacio vital” para los alemanes o Lebenstraum.

El Tribunal Supremo de Baviera le concedió la libertad condicional después de cumplir ocho meses de su condena a 5 años. El juicio fue muy beneficioso para Hitler. De ser un personaje de segunda línea en la política local, después del proceso se convirtió en un mártir patriótico y en una figura prominente en la política alemana. Ya estaba en condiciones de infligir un tremendo e inédito sufrimiento al mundo.

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Del conurbano a casi morir en Ucrania: la increíble historia de uno de los argentinos que combate en la guerra con Rusia

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Julián Nieto tiene 30 años, es de Merlo y hasta hace poco su vida transcurría lejos del frente de batalla: trabajaba en una fábrica de muebles y en el acondicionamiento de sucursales para grandes empresas multinacionales. Hoy, su nombre se sumó a la lista de argentinos que viajaron como voluntarios a Ucrania para combatir en la guerra contra Rusia, la historia que cuenta Morir en guerra ajena, el documental de TN.

A los pocos días de haber llegado, un ataque con drones cambió su historia para siempre: perdió un ojo, estuvo a punto de perder una pierna y sobrevivió de milagro.

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Nieto tenía experiencia militar previa. Había sido soldado del Ejército Argentino y, según él mismo relata, su decisión de ir a una guerra no fue algo largamente planeado. “¿Si había pensado antes alguna vez en ir a una guerra? No, es la primera vez que me lo planteé en serio y pelear por otro país que no es el tuyo”, explicó a TN.

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En ese punto, su motivación aparece atravesada por una idea que repite a lo largo de su testimonio: “Yo soy un defensor de la libertad y cada uno defiende la libertad desde donde puede, pero a veces no de donde quiere. Yo tengo la oportunidad de hacerlo ahora desde donde quiero y desde donde puedo”.

Antes de viajar, su vida estaba anclada en el conurbano bonaerense. “No tengo hijos, no tengo mujer, tengo a mi mamá y mis cuatro hermanos”, contó. Sobre el impacto de su decisión en su familia, fue directo: “Yo sé que mi mamá siente dolor, tristeza, porque creo que ella sabe que yo no voy mentalizado en volver”.

Merlo perdió un ojo durante el ataque. (Foto: TN)

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El ataque que casi lo mata ocurrió apenas días después de su arribo al frente. Nieto lo reconstruye con precisión. “De pronto estábamos hablando, esperando, formando. Uno de los comandantes recibe una alerta por radio. No entiendo su idioma, pero lo único que dijo fue ‘drone, dron”, recordó. Como líder de grupo, dudó en ponerse a salvo primero. “Quedaba mal que yo saliera corriendo primero. Saqué a todos los muchachos del árbol, a uno lo manoteé, lo revolé, le dije que corra. No sé quién era”.

Cuando todos comenzaron a huir, él también lo hizo, pero no llegó lejos. “No llegué a ser más de 10 metros corriendo. Cuando vi que el impacto era inminente, me tiré al suelo. Caí con todos los protocolos, con la boca abierta para no reventarme los tímpanos”. La explosión fue inmediata. “Siento la explosión y no siento nada en el cuerpo”, relató. Segundos después, al incorporarse, se dio cuenta de la gravedad de las heridas: “Cuando abro los ojos no veía de uno y empiezo a gotear sangre en las manos. Ahí sí empecé a sentir el dolor”.

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El fuego y la metralla hicieron el resto. “Creí que me estaba prendiendo fuego porque sentí un ardor en todo el cuerpo, sobre todo en la pierna. Me doy vuelta y tenía la pierna que me estaba saliendo muchísima sangre”. Intentó ponerse de pie, pero cayó nuevamente. “En ese momento que caigo, una explosión más”. Logró arrastrarse hasta que apareció uno de sus hermanos, que también combate allí. “Me arrastro boca arriba y me encuentra mi hermano”, contó. La asistencia de sus hermanos y compañeros fue clave para salvarle la vida.

El ataque dejó un saldo devastador. “Básicamente el ataque hubo muchísimos muertos, lamentablemente, además de los heridos”, dijo. También tuvo un impacto psicológico en el resto de la tropa. “La otra consecuencia fue que muchos soldados se dieron cuenta que no estaban preparados para este tipo de guerra. Muchos pidieron irse”. En su caso, el golpe no quebró su decisión. “A mí en lo personal no me afectó y el hecho de haber perdido un ojo tampoco. Yo todavía estoy con la moral muy alta y espero la hora de recuperarme”, aseguró.

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La historia de Nieto se conoce en un contexto marcado por nuevas muertes de argentinos en el frente ucraniano. En las últimas horas se confirmó el fallecimiento de Cristian Airala, un misionero de 27 años que combatía como voluntario en una unidad de asalto del ejército de Ucrania y murió durante un ataque ruso con drones y misiles en la región de Járkiv. En el mismo episodio también murieron dos combatientes colombianos.

Airala, conocido por la chapa de guerra “Machete”, tenía formación previa en el Ejército Argentino y se desempeñaba como instructor de tiro. Su muerte se suma a una lista creciente de argentinos que perdieron la vida desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, hace más de tres años y medio, ya que los voluntarios extranjeros suelen ser destinados a unidades de asalto, las más expuestas del frente. No existen cifras oficiales, pero distintos episodios confirmados en los últimos meses dan cuenta de la magnitud del fenómeno.

Guerra Rusia Ucrania, Rusia, Ucrania

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North Korea executed teens for listening to K-pop, watching ‘Squid Game’: report

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

North Korean authorities executed teenagers for watching the South Korean television series «Squid Game» and listening to K-pop, human rights researchers announced in early February.

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Amnesty International cited testimony from an escapee with family ties in Yanggang Province who said people, including schoolchildren, were executed for specifically watching the popular survival drama series.

It also separately documented accounts of forced labor sentences and public humiliation for consuming South Korean media elsewhere in the country, particularly for those without money or political connections.

«Usually when high school students are caught, if their family has money, they just get warnings,» said Kim Joonsik, 28, who was caught watching South Korean dramas three times before leaving the country in 2019.

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WATCHDOG HIGHLIGHTS NATIONS WHERE CHRISTIANS FACE PERSECUTION AROUND THE GLOBE

A leaflet containing a U.S. dollar bill beneath USB drives loaded with K-pop music is seen during an interview with North Korean defector Park Sang-hak in Seoul, South Korea, on June 25, 2024. (Anthony Wallace/AFP via Getty Images)

«I didn’t receive legal punishment because we had connections,» he told Amnesty International in an interview.

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NORTH KOREA MISSILE LAUNCH THAT PUT SOUTH KOREA, JAPAN ON HIGH ALERT ENDS IN FAILURE

Joonsik said three of his sisters’ high school friends were given multi-year labor camp sentences in the late 2010s after being caught watching South Korean dramas, a punishment he said reflected their families’ inability to pay bribes.

«The authorities criminalize access to information in violation of international law, then allow officials to profit off those fearing punishment. This is repression layered with corruption, and it most devastates those without wealth or connections,» said Sarah Brooks, Amnesty International’s deputy regional director.

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Uniformed singers perform onstage during a diplomatic concert in Pyongyang.

Members of the North Korean Military Choir sing a Russian song during a concert following Russian–North Korean talks in Pyongyang, North Korea, on June 19, 2024. (Contributor/Getty Images)

RUSSIA’S TURN TO NORTH KOREA FOR MUCH-NEEDED AMMO A ‘LAST RESORT’ IN UKRAINE CONFLICT: ‘HITTING THE DREGS’

«This government’s fear of information has effectively placed the entire population in an ideological cage, suffocating their access to the views and thoughts of other human beings,» she added. «People who strive to learn more about the world outside North Korea, or seek simple entertainment from overseas, face the harshest of punishments.»

K-pop fans gather inside a large venue for a music convention.

Fans of Korean pop music attend the KCON convention in Newark, New Jersey, on June 23, 2018. (Stephanie Keith/Getty Images)

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Several defectors told the human rights organization that they were required to witness public executions while still in school, describing the practice as a form of state-mandated indoctrination designed to deter exposure to foreign culture.

«When we were 16, 17, in middle school, they took us to executions and showed us everything,» said Kim Eunju, 40. «People were executed for watching or distributing South Korean media. It’s ideological education: if you watch, this happens to you too.»

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Las memorias feroces y sin épica de la danesa Tove Ditlevsen: miseria, desenfreno, literatura y adicciones

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Tove Ditlevsen fue célebre en Dinamarca y el reconocimiento internacional llegó hace unos años, con la traducción de sus libros. La crítica de su tiempo consideraba menores los temas de su literatura.

Advertencia al lector: lo que sigue es un artículo escrito bajo el influjo de una lectura inesperada y deslumbrante. Cada tanto sucede que cuesta salir de un libro aunque hayamos llegado al final. Hay algo en los personajes que nos acompañaron, en la propia escritura o en los hechos que se narran que no terminan de irse de nuestro lado. Cada tanto sucede que es todo eso junto –los personajes, la escritura, los hechos–, que no nos abandona ni nos permite leer otra cosa. Precisamente ahí estoy, a la espera de que se apague el calor de la lectura para poder ingresar a otro universo. Es desde ese pasaje, y todavía conmovida, que escribo lo que sigue.

Tove Ditlevsen (19917-1976) era una criatura cuando supo que lo único que le interesaba en la vida era la literatura. Quería leer y quería escribir pero para eso necesitaba espacio y silencio y en el miserable departamento en el que vivía no había nunca ni silencio ni espacio. Durante sus primeros años durmió con sus padres, en la misma habitación. Solo escapaba de la opresión por las noches, cuando se sentaba en el alféizar y miraba por la ventana hacia el cielo, por encima las calles mugrientas de Vesterbro, la zona roja de Copenhague. Cuando su hermano cumplió los 18 y huyó de casa, ella pasó a ocupar el sofá de la sala a la hora de dormir: perdió la ventana pero ganó intimidad algunas horas. Entonces comenzó a registrar por escrito lo que ocurría a su alrededor y también lo que le pasaba a ella misma, una mujer extremadamente sensible, adelantada a su tiempo y con ambiciones definitivamente por fuera de su clase.

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El drama fue siempre parte de su historia y también de su escritura. Su primer poema narraba en verso el duelo de una mujer por la muerte de su hijito. Cuando murió, o mejor, cuando eligió morir, tenía 58 años y era una celebridad en Dinamarca, con treinta libros publicados entre poemarios, novelas, cuentos, memorias y relatos infantiles. Además, había escrito columnas en periódicos, por lo que todos en su país la conocían, sobre todo las mujeres.

Durante décadas Ditlevsen fue una escritora clave para generaciones de lectoras danesas pero su centralidad no atenuaba la incomodidad que provocaba su literatura. El canon de la época no estaba en condiciones de procesar una obra producida a partir de la vida doméstica, el matrimonio, la maternidad, la dependencia emocional y química y el deseo de escribir como tabla de salvación, todos temas considerados menores. Era, claro, una época que no podía procesar una literatura escrita por la mayoría de las mujeres.

"Trilogía de Copenhague", de Tove
«Trilogía de Copenhague», de Tove Ditlevsen, fue traducido al español por Seix Barral.

Tove Irma Margit Ditlevsen nació en Copenhague en 1917 y se suicidó en 1976. Aunque practicó todos los géneros (incluso los textos a pedido para ser leídos en eventos y ocasiones especiales, habilidad que explotaron todos sus superiores en los trabajos precarios que emprendió para sobrevivir), son sus memorias las que, a partir de la traducción al inglés y luego al español en los últimos años, le dieron a su nombre trascendencia en todo el mundo. Esas memorias fueron pensadas como tres libros diferentes, Infancia, Juventud y Dependencia, que fueron publicados entre 1967 y 1971.

Décadas después, hubo un editor que advirtió que los textos componían un relato único: la historia de una niña criada en la pobreza y con una madre fría y calculadora; la de una joven que se niega a cumplir el destino miserable que se avizora y quiere escribir pese a que “las chicas no escriben poesía”, como le repite su padre, un fogonero socialista; y la de una mujer adulta atrapada en matrimonios complicados, una maternidad asfixiante y, sobre todo, adicciones peligrosas que la borran del mundo cada vez por más tiempo. Fue ese editor visionario el que decidió reunir en inglés las memorias en un solo libro, el audaz y apabullante Trilogía de Copenhague (publicado en español por Seix Barral).

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Tove Ditlevsen escribió poesía, novelas,
Tove Ditlevsen escribió poesía, novelas, cuentos y literatura infantil. En sus memorias no se victimiza y narra hechos brutales con cierta distancia y sin instalarse en el lugar de la víctima.

En Infancia Ditlevsen construye una de las figuras maternas más perturbadoras de la literatura autobiográfica del siglo XX: una mujer desangelada, irritable y violenta que desaprueba todo. “El mundo era frío y peligroso porque la ira oscura de mi madre siempre terminaba en una bofetada”, escribe Ditlevsen. La casa es una cárcel, la lectura aparece como sorpresa y la escritura es una forma de escape, una salida secreta del tormento. La realidad que se avecina para Tove no es una promesa de felicidad y por eso las palabras por escrito actúan como desahogo.

En Juventud la narradora cuenta el pasaje a la adultez con cierto desapego y sin épica: trabajos de oficina poco estimulantes, el mismo abrigo y las medias corridas, habitaciones alquiladas (la ocupación nazi aparece en algunas escenas importantes pero siempre la crisis de la protagonista está en el centro), vínculos frágiles, la sensación persistente de no encajar. Muy alta y muy delgada, algo excéntrica, siempre aparece la idea de que no es atractiva. Esto le dicen en su casa y también las amistades ocasionales del barrio. Crecer pensando que no vas a gustarle a nadie no parece un buen comienzo para una vida esplendorosa.

La prosa de Ditlevsen es seca, sin afeites, algo distante (en algún sentido, hay algo de este estilo que se encuentra en la obra de la húngara Agota Kristof). No hay belleza ni en el retrato del ascenso social, al que llega como escritora exitosa y a través de su primer matrimonio, ni en las relaciones amorosas que se sucederán, algunas más sexuales que otras. Si hay algo que insiste en el libro es la ambición literaria siempre en tensión con su inseguridad. También es una constante la dependencia de los hombres que son quienes validan o impiden que se concrete su deseo de escribir. La escritura es una necesidad vital que siempre se ve amenazada por algo o por alguien.

Para Tove Ditlevsen escribir fue
Para Tove Ditlevsen escribir fue en un comienzo una tabla de salvación y siembre la posibilidad de una fuga. Su vida está retratada en sus memorias.

“Para mí, escribir es como en mi infancia, algo secreto y prohibido, vergonzoso, algo que uno se esconde en un rincón para hacer cuando nadie más está mirando”.

Su primer marido es Viggo F., el editor de la revista que publica su primer poema, cuando ella tiene 22 años. El hombre es mucho mayor y solitario, tiene dinero, ama a los artistas, viste de verde y vive en una casa en la que todo es verde como su ropa, desde las paredes hasta las copas.

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“Todo en la sala de estar es verde: la alfombra, las paredes, las cortinas… y siempre estoy dentro, como en un cuadro.”

Pero lo que más la sorprende y excita a Tove cuando conoce esa casa es que en el baño de Viggo F. hay una ducha. Tímidamente, casi en un beboteo, le pide permiso para usarla.

Viggo sabe que ella es joven y la induce a vincularse con otros autores de su edad, lo que le abre a Tove la puerta a nuevas amistades y posibles relaciones amorosas. Ebbe será su segundo marido, un hombre joven y hermoso, atrapado por la familia y por su imposibilidad para resolver su futuro. Estudia economía pero ama la literatura. Y fundamentalmente no puede abandonar el alcohol. Con Ebbe llegarán el amor real, la primera hija de Tove y el esfuerzo por adaptarse a una vida tradicional en una Dinamarca ocupada por los nazis. La maternidad y los primeros cuidados de la bebé le roban a Tove el deseo sexual y Ebbe comienza a sentirse abandonado. El centro romántico de las memorias están en esta relación de pareja, que no tendrá un final feliz aunque ambos mantendrán un hilo amoroso invisible hasta el final.

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“Algo ha salido mal para cada uno de nosotros, y creo que nuestra juventud ha desaparecido junto con la ocupación”.

Tove Ditlevsen no se sentía
Tove Ditlevsen no se sentía atractiva y tuvo una infancia miserable y una juventud en la que se vio obligada a emplearse en trabajos precarios y poco estimulantes.

El tercer volumen, Dependencia, es el libro el que terminó de consolidar su prestigio internacional en estos últimos años y es, si se me permite, desesperante por lo que narra y por cómo lo hace. Ditlevsen narra 25 años de su vida aunque se detiene largo rato en su matrimonio con Carl (su tercer esposo), un médico con antecedentes de enfermedad psiquiátrica que la inicia en el uso de opioides y la conduce al descenso progresivo a la adicción al Demerol.

Con él tendrá otro hijo y también se hará cargo de un hijo que el hombre tuvo con otra mujer. También casada con él y completamente dependiente de las drogas se someterá a una cirugía de oído para poder seguir inyectándose. No estaba realmente enferma, era la excusa para seguir drogándose y él, en su delirio, alimentaba esa supuesta enfermedad. Nunca recuperará la audición de ese oído. Tove se hunde, deja de escribir, olvida su cuidado personal, ya no sale de su habitación y es la niñera la que queda a cargo de los chicos. Tove ya no reconoce las unidades de tiempo: “Una hora podría ser un año, y un año podría ser una hora. Todo depende de cuánto haya en la jeringa”.

Fríamente hablando, en su vida habrá cuatro matrimonios, cuatro divorcios, tres hijos y dos abortos. Sí, Tove Ditlevsen escribía literatura sobre partos, abortos y también sobre los efectos de la menopausia (cuando habla de su madre y de su tía), temas que, siempre supimos, resultan menores y poco sugerentes para los diseñadores de cánones.

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“Me enamoré de un líquido transparente en una jeringa”, escribe cuando cuenta que, en realidad, abandonó a su anterior marido por la droga y no por otro amor. El título original del libro en danés significa a la vez “casada” y “veneno”, una ambigüedad que condensa el eje de esta historia. A propósito de la primera experiencia de la narradora con el Demerol, en la New York Review of Books Deborah Eisenberg escribió: “Ninguna película de terror que haya visto —por potentes que sean sus imágenes o metáforas— se ha acercado al resto del libro en cuanto a puro terror”.

El manipulador Carl pelea con sus fantasmas y también con la necesidad de controlar a su mujer: la droga, en inyecciones o como pastillas de metadona, se convierte en la herramienta para sedar las ambiciones de independencia de Tove y mantenerla en casa. En Los Angeles Review of Books, la crítica Nina Renata Aron destacó el tratamiento del tema en este libro como un gesto de vanguardia ya que estamos acostumbrados a leer estas vidas dependientes en relatos escritos por hombres, no por mujeres. Haber dedicado un fragmento tan extenso de sus memorias a la adicción fue “un acto radical para una mujer, en cualquier lugar del mundo, en 1971”, escribió Aron.

Tove Ditlevsen y Victor Andreasen,
Tove Ditlevsen y Victor Andreasen, su último marido.

Ditlevsen no habla desde el arrepentimiento ni se posiciona como víctima. Tampoco busca romantizar la caída y si bien el final de Dependencia la muestra casi recuperada y con su nuevo marido, no hay final feliz, no puede haberlo. Victor es editor de un diario, un hombre que la admiraba como escritora, un hombre enamorado que asume el cuidado de su mujer; el que la persuade para irse a vivir fuera de la ciudad y el que habla uno por uno con todos los médicos del pueblo para que no le receten opioides a Tove, acostumbrada a manipular a los profesionales y a falsificar recetas. Consigue distanciarla de la droga y viven juntos más de dos décadas: casi una vida normal, pero también ese matrimonio terminará en divorcio.

En la vida real, y no en sus memorias, la pareja tuvo una relación turbulenta, desquiciada. Luego de divorciarse y ser la comidilla del ambiente literario, alejada de todo pudor la escritora publicó un anuncio anónimo, aunque reconocible, en el diario de su ex marido. Decía así:

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Tras escapar de un matrimonio largo e infeliz, me siento sola en este mundo donde todos están en pareja. Tengo 52 años, mido 1,72 metros, soy delgada y rubia. Tengo un apartamento de ocho habitaciones en Copenhague y una preciosa casa de verano. No me falta dinero, solo amor. Me he labrado un nombre en la literatura, pero ¿de qué sirve si echo de menos a una pareja leal y cariñosa de una edad adecuada, preferiblemente que sepa conducir? Intereses: literatura, teatro, gente y felicidad doméstica. Por favor, envíen una fotografía y detalles de su situación personal.

A lo largo de sus memorias, Tove pasará cortas y largas temporadas en diferentes hospicios y sanatorios (algunas páginas me recordaron Un ángel en mi mesa, de Janet Frame, la novela en la que se basó Jane Campion para filmar su película del mismo nombre). Hay en el modo en que encara las peripecias de su vida una distancia, una mirada clínica, como de entomólogo, aunque nunca abandona las descripciones que ponen al cuerpo en escena. Esa combinación de frialdad formal y emociones intensas es una de sus marcas de estilo. Me gusta algo que escribió Parul Sehgal en The New York Times, quien habla de una prosa “plana, casi enmascarada”, que le añade inquietud a la abyección de lo que se narra, como si el propio lenguaje se mostrara reticente a ofrecer alguna clase de consuelo.

Esa idea es también, a su manera, formulada por Hilton Als en The New Yorker, cuando señala que la obra de Ditlevsen produce un efecto de extrañamiento constante: escribe desde dentro de las instituciones —el matrimonio, la familia, la maternidad— pero como si nunca terminara de pertenecer a ellas, es decir, como si todo el tiempo permaneciera en el umbral.

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“Me rescataron de mis muchos años de adicción, pero desde entonces, la sombra de mi antiguo anhelo sigue regresando débilmente si tengo que hacerme un análisis de sangre o si paso por la ventanilla de una farmacia. Nunca desaparecerá por completo mientras viva”.

El reconocimiento internacional de Tove Ditlevsen llegó 45 años después de su muerte. La publicación en inglés de Trilogía de Copenhague promovió la lectura de toda su obra y la instaló como figura clave de patria literaria de la época: la literatura del yo o la autobiografía moderna. Es notable, leí en estos días muchos artículos sobre su vida y su obra y en casi todos en algún momento la señalan como antecedente de muchas de las obras de autores que se destacaron en estos años en la literatura confesional, como Annie Ernaux, Lucia Berlin, Karl Ove Knausgard o Rachel Cusk pero también, al menos cierta zona de los primeros tomos de la trilogía, hacen pensar directamente en la ficción, como es el caso de La amiga estupenda, de Elena Ferrante. El Nápoles de Ferrante tiene bastantes similitudes con el Vesterbro de Tove.

No es una sorpresa pero sí es una pena que los críticos norteamericanos o europeos no hayan leído aún Memorias por correspondencia, el maravilloso libro escrito por la artista colombiana Emma Reyes (1919-2003), que sin dudas, incluso por cuestiones cronológicas, tiene puntos de contacto con la autobiografía de Ditlevsen, sobre todo por el modo sobrio aunque brutal —y hasta con humor, por momentos– con el que cuenta el drama de su vida sin victimizarse.

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Las memorias de Ditlevsen dialogan
Las memorias de Ditlevsen dialogan con discusiones del presente acerca de temas de género, salud mental y literatura del yo pero son literatura plena.

Un artículo de Nina Siegal en The New York Times, recuerda que Ditlevsen llegó a escribir su propio obituario, en el que se muestra convencida de que sus memorias iban a ser la parte de su obra por la que se la recordaría en el futuro. No se equivocó. Sin embargo, aunque esas páginas dialogan con discusiones del presente acerca de temas de género, salud mental y literatura del yo, no es posible decir que quedan reducidas a una agenda: son literatura plena.

“Los que tenemos más miedo a la vida que a la muerte tenemos una dimensión extra”, escribió Tove Ditlevsen en un ensayo citado por Siegal y la frase podría funcionar muy bien como una clave de lectura de la trilogía. Y es que escribir fue, para alguien en constante pelea con su voluntad como ella, una pasión, sí, pero también una manera de demorar la salida de este mundo, algo que terminó haciendo por propia mano cuando, en lugar de apelar a la metadona para dejar de ver una realidad oprobiosa, atrapó en un puño una cantidad importante de pastillas para dormir, las bebió sin pausa y ya no despertó.

Cuentan que una multitud asistió a su funeral. En el prólogo a uno de sus libros de poemas, la novelista y poeta danesa Olga Ravn añade un dato que no sorprende. Cuenta Ravn que las fotografías de su cortejo fúnebre mostraban “un mar de mujeres trabajadoras siguiendo su ataúd por las calles de Copenhague”.



Tove Ditlevsen

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