POLITICA
La versión libertaria del plan platita

En los años impares a todo presidente argentino se le aparece sobre la mesa un pacto con el diablo. La oferta es tan simple como irresistible: gane ahora y pague después.
La energía del gobierno se subordina, en consecuencia, a las necesidades electorales a costa de desequilibrios futuros. La costumbre desarrolló una ética para explicar esta anomalía recurrente. El triunfo en las urnas se asume como la única garantía de que las reformas en curso no vayan a revertirse en lo sucesivo. En un año se gana, en el otro se gobierna. La fórmula esconde un gigantesco autoengaño, que suele saltar a la vista cuando terminan los festejos y toca acomodar lo que se desordenó en la campaña.
Javier Milei se jactó de ser “el único presidente en la historia de las democracias modernas” que no caía en esta “lógica de la casta”, porque no aplicó una política fiscal y monetaria expansiva al encarar un año de elecciones. Es cierto que no inventó nuevos subsidios, no regaló el consumo de gas ni salió a repartir colchones o heladeras en los barrios populares. La tentación, sin embargo, también vino a buscarlo.
A medida que se acerca la hora de votar queda más en evidencia la decisión del Presidente y su equipo económico de condicionar su programa a la finalidad de mantener un tipo de cambio bajo y, de ese modo, empujar a la baja la tasa de inflación.
Él -a diferencia de sus antecesores peronistas- no vende distribución del ingreso sino estabilidad. El dólar barato a toda costa constituye la contracara libertaria del “plan platita”.
La obsesión mileísta del año impar ha sido construir cuántos puentes hiciera falta para llegar a finales de octubre sin sobresaltos en el mercado de cambio. Cuando el propósito tambaleó consiguió el apoyo del Fondo Monetario Internacional (FMI), que lo ayudó a evitar una devaluación brusca en abril. Empezó así lo que llamó la “fase 3″ del programa económico. Después pergeñó el plan “colchón” en busca de dólares fuera del sistema y que no terminan de emerger. Se eliminaron regulaciones para alentar el ingreso de inversores especulativos. Y más tarde se lanzó a tomar deuda a tasas considerables para disimular la incapacidad de juntar reservas en el Banco Central sin provocar un movimiento cambiario.
Es muy inusual que coincidan Cristina Kirchner y Mauricio Macri en un diagnóstico económico. Y aun así la expresidenta desde su prisión domiciliaria y la Fundación Pensar –la usina de ideas del Pro- han alertado en las últimas semanas sobre el peligro al que se expone el Gobierno con su actual política cambiaria.
El déficit externo del primer trimestre –5191 millones de dólares- acentuó las dudas sobre la sustentabilidad del modelo. Milei da la batalla: sostiene que lo importante es que el Estado gaste menos de lo que ingresa y que el resto es cuestión de los privados. El viceministro de Economía, José Luis Daza, dijo esta semana que anualizado el rojo será del 2% del PBI este año, cuando la previsión registrada en el acuerdo con el FMI era de -0,4%. Lo adjudicó a un efecto esperable en una economía en crecimiento y dijo que ya habrá tiempo de juntar reservas. Luis Caputo acotó: “Es hasta sano para la economía”.
Los técnicos podrían discutir hasta el infinito sobre lo que implica este síntoma. La experiencia acumulada es aguafiestas: siempre que una cena en Roma costó menos que en Caballito a la larga asomó una crisis.
El boom del turismo en el extranjero chirría. Más de 6,7 millones de argentinos salieron del país por placer entre enero y mayo. La tendencia no parece frenarse sino todo lo contrario, como sugiere la invasión argentina en el Mundial de Clubes que se disputa en Estados Unidos. Acaso Milei, en vez de insultarlo, debería agradecerle a su odiado Juan Román Riquelme por la temprana eliminación de Boca Juniors.
La Casa Rosada tiene confianza plena de que podrá sostener el actual esquema económico hasta las elecciones legislativas de octubre. Sus opositores también lo descuentan.
Los caminos se bifurcan cuando se piensa en el día posterior.
La hoja de ruta que traza Milei tiene como punto de partida el triunfo electoral. “Presidente que pierde no gobierna”, sintetiza, sin miedo a la exageración, uno de sus asesores políticos. El relato libertario califica de inmoral el despilfarro de fondos públicos para ganar unas elecciones, pero lo diferencia de lo que está haciendo ahora el Gobierno con el manejo del dólar. Cree que el mercado hará las correcciones “cuando lo considere necesario”. Una victoria de La Libertad Avanza (LLA) -en ese razonamiento- sería la inyección de confianza que permitiría un acomodamiento indoloro después de las elecciones.
La secuencia sería: triunfo electoral, baja del riesgo país, regreso a los mercados de deuda a tasas razonables y transitar con relativa calma el período previo a que la producción de Vaca Muerta y la explotación minera aporten un flujo de dólares capaz de terminar con la histórica restricción externa de la Argentina.
La clave reside en cómo conseguir dólares el año que viene. La bala de plata del FMI ya la usó este año. En abril, cuando rubricó el acuerdo, Milei dijo que tendría 50.000 millones de dólares de reservas en mayo. Terminó el mes por debajo de 37.000 millones. Digno de “un mandril”, para usar su nomenclatura. Ajustó entonces el discurso. La cantidad de reservas no importa, argumentó mientras autorizaba a su equipo a endeudarse para conseguir dólares y cumplir las metas comprometidas con Washington. Sabe muy bien que no hay antecedente de un plan de estabilización exitoso con un Banco Central quebrado.
Por actitud personal y por el contexto que le tocó en suerte, el Presidente ha mostrado una gran capacidad para adaptarse a las circunstancias. Se ata al superávit fiscal y a la ambición desreguladora. Son las dos señales inequívocas que envía a los actores económicos. El resto es pragmatismo y habilidad para comunicar. Un rubro en el que hace uso a discreción del insulto, la descalificación y la hipérbole.
Esta semana se atragantó con la decisión de la calificadora Morgan Stanley Capital International (MSCI) de mantener a la Argentina en la lista de países de mayor riesgo en el mundo para la inversión financiera. Jugamos en la liga de Nigeria, Palestina o Zimbabue. Las razones responden a la continuidad de las restricciones a la salida de capitales (el cepo que sobrevive más allá del relato) y la idea es que eso cambie en un futuro cercano. Pero sería necio no preocuparse por la imagen que devuelve ese espejo.
La mochila de desconfianza que carga el país hace más peligroso el tránsito por un mundo que es muy distinto al que Milei imaginó cuando llegó al poder. Las guerras y el proteccionismo trumpista moldean un presente de incertidumbre y volatilidad. El dólar se debilita, pero las tasas de interés no bajan. Los precios de los productos primarios navegan en la inestabilidad.
La obsesión electoral –que hermana a Milei con sus antecesores- tapa por el momento la pregunta obligada sobre la etapa que se abre cuando pase octubre. ¿Cómo hará un país de economía abierta que necesita inversiones para acumular dólares en un mundo cada vez más cerrado y que está todo el tiempo a las puertas de un evento disruptivo?
Milei se enfrenta a la trampa del ganador. Está haciendo todo lo necesario para imponerse en las elecciones de este año, mientras se construye a sí mismo la valla que le tocará saltar en la siguiente.
Desde 2011 ningún oficialismo logró la reelección. No hubo tampoco dos años seguidos de crecimiento económico sostenido. ¿Podrá Milei torcer el ciclo de esperanza y frustración que aquejó a sus precursores?
Esta vez es distinto porque hay superávit fiscal, repite el mantra oficialista. ¿Alcanzará? Todavía no se vislumbra quién será el prestamista que aporte los dólares que el modelo demanda ni tampoco de qué manera piensa Milei construir un oficialismo eficiente que lleve a cabo las transformaciones legislativas que requiere su revolución de libre mercado.
Milei no esconde su aversión al acuerdo. Basta con observar el destino del Pacto de Mayo, reflotado esta semana: el Gobierno puso el texto y eligió a los representantes de “la oposición”. Negociar así es una delicia. La fijación por pintar de violeta las listas de candidatos que negocia con el Pro hacen juego también con esa ambición hegemónica.
El contraste con el kirchnerismo es otra herramienta vital de la campaña. “La gente entendió que ajustar al fisco es devolverles el dinero. ¿La crueldad? Sí, soy cruel. Soy cruel, kukas inmundos. Soy cruel con ustedes: los gastadores, los empleados públicos, los estatistas, los que les rompen el culo a los argentinos de bien», gritó el Presidente el miércoles en un acto en Puerto Madero. La romantización de la crueldad sigue la estela de la exaltación del odio que naturaliza el discurso oficial.
Polarizar contra el abismo rinde, aunque puede tener un doble filo. Los mercados miran quién gana las elecciones y también quién es la alternancia posible. Lo que llaman “el riesgo político”.
Son amenazas del largo plazo en el reino de las urgencias. La baja de la inflación y la estabilidad cambiaria le dan a Milei la pole position de la carrera electoral, a pesar de la suba de la tasa de desempleo, las dificultades de la industria y el sufrimiento social que se desprende del ajuste en el sector público.
“En los primeros dos años la vamos a pasar muy mal”, había advertido Milei al asumir. Ahora alimenta la ilusión con promesas muy concretas sobre el porvenir. Por ejemplo, que “a mediados de 2026 la inflación estará terminada”, que “vamos a ser el país más libre del mundo” y que se viene un proceso de crecimiento sostenido de entre el 6 y 8% anual.
Primero hay que ganar y después evitar que el éxito no engendre una derrota futura. El objetivo de una economía estable, competitiva y con capacidad de generar trabajo genuino habrá que resolverlo de alguna manera con la “fase 4” del programa. Todo marcha de acuerdo al plan.
POLITICA
Senado: Se agudiza la interna peronista y cada vez hay más ruido de ruptura en el kirchnerismo

Así como no todo lo que reluce es oro, el voto de los senadores peronistas contra la reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei no implica una señal de unidad en el PJ sino que, por el contrario, encubre un hervidero de internas que amenazan con hacer volar por los aires la más que endeble unidad del conglomerado que conduce José Mayans (Formosa).
Que el peronismo pasa por su peor momento en la Cámara alta es una verdad que ya no se puede ocultar. Qué un oficialismo que apenas tiene 21 senadores haya logrado aprobar una reforma que flexibiliza de las leyes laborales en el Senado hubiese sido inimaginable hace menos de un lustro atrás y es toda una señal del retroceso que vienen registrando los seguidores de Cristina Kirchner.
Pero las señales siguen acumulándose. Desde diciembre, el conglomerado peronista en el Senado se ha dividido en tres bloques, tras la última elección el kirchnerismo tocó la cota más baja de bancas desde que devino en el sector hegemónico del partido fundado por Juan Domingo Perón y, como si fuera poco, su intención de seguir imponiendo su agenda y estrategias ha convertido en una olla a presión al interbloque rebautizado “Popular”. Si hasta el nombre, elegido por la conducción kirchnerista, molestó a varios legisladores por considerar que no expresa nada.
La tensión interna alcanzó su pico más alto en la previa a la sesión por la reforma laboral cuando el gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, denunció en público al kirchnerismo por llevar a cabo “aprietes” y “presiones” para imponer por la fuerza su postura de rechazo cerrado al proyecto.
“Hay gobernadores, senadores y diputados que han sido hasta amenazados, diciéndoles que les iban a intervenir el Partido Justicialista en sus distritos -como ya lo han intervenido en Salta, en Misiones, en Jujuy- de acuerdo a cómo votaban ese día los legisladores, sabiendo que el PJ es la única herramienta electoral que tienen en sus provincias”, afirmó Sáenz, que lleva años enfrentado con la conducción de Cristina Kirchner.
En un despacho de la Cámara alta avalaron los dichos de Sáenz, pero fueron un poco más allá y equipararon la situación con las purgas de la desaparecida Unión Soviética. “Como ven que está perdiendo poder el kirchnerismo está haciendo estalinismo puro y duro, expulsando a todo aquel que disiente con ellos”, se quejó un legislador que hace rato viene amenazando con abandonar el sector kirchnerista de la bancada, pero que siempre encuentra una razón para no hacerlo.
Las palabras del mandatario salteño también encontraron eco durante el debate de la reforma laboral, cuando la jujeña Carolina Moisés se quejó en pleno recinto por las presiones y la persecución que viene sufriendo como consecuencia de su enfrentamiento interno en Jujuy con Leila Chaher, referente de La Cámpora con llegada directa a la expresidenta que cumple condena por corrupción.
“Llevo más de un mes aguantando una campaña tremenda, con aprietes espantosos, de parte de algunos que se dicen compañeros, atacándome y tratando de doblar mi voluntad, poniendo en duda por qué voto lo que voto”, denunció Moisés.
La senadora acusó al kirchnerismo de haberla expulsado del PJ de Jujuy “por las decisiones” que tomó en el ejercicio de su cargo. “La verdad es que no les tengo miedo; mi voluntad está conducida no por una persona ni un partido, sino por la voluntad de los jujeños que me pusieron en esta banca”, desafió.
Moisés votó en contra de la reforma, dando por tierra con versiones periodísticas que la ubicaban apoyando el proyecto. “Eso querían ellos para tener una razón para expulsarnos. Nos vamos a ir, pero cuando lo dispongamos nosotros, y cuando lo hagamos nos vamos a llevar a varios de los que hoy están con los kirchneristas”, advirtió a un allegado al bloque Convicción Federal, molesto por la estrategia adoptada por el kirchnerismo de negarse a participar del debate y obligar a sus senadores a tomar posturas extremas, sin grises.
Convicción Federal es uno de los tres bloques en que se divide el interbloque “Popular” y está integrado por Moisés, Fernando Rejal (La Rioja), Fernando Salino (San Luis), Sandra Mendoza (Tucumán) y Guillermo Andrada (Catamarca), todos críticos de la praxis política y del modelo de conducción del kirchnerismo.
El grupo acaba de dar otra señal fuerte de disidencia interna, aceptando integrar las comisiones de Acuerdos y de Relaciones Exteriores a contramano de la estrategia de la conducción del interbloque, que se niega a designar representantes en los cuerpos de trabajo legislativo en protesta porque no se le respeta el número que, aseguran, les correspondería en un reparto proporcional.
El mapa peronista del Senado se completa con la mayoría kirchnerista, aglutinada en el Bloque Justicialista y que conducen la troika conformada por Mayans, Juliana Di Tullio (Buenos Aires) y Anabel Fernández Sagasti (Mendoza), todos con llegada directa a San José 1111; y los dos miembros del boque del Frente Cívico de Santiago del Estero, que lidera el exgobernador Gerardo Zamora.
Por el momento no hay fecha de ruptura porque nadie quiere dar el primer. Pero la tensión viene en aumento, con gestos de desafíos internos y un tema en la agenda futura del Senado que podría convertirse en el detonante de la ruptura: la elección de los jueces de la Corte Suprema.
El Gobierno ya ha tomado nota de que el kirchnerismo cayó a 21 legisladores puros y, por lo tanto, perdió la llave del tercio del cuerpo (24 legisladores) que lo convertía en factor clave a la hora de negociar los nombres de los candidatos a ocupar las dos vacantes en el máximo tribunal.
En otras palabras, en la Casa Rosada saben que todavía necesitarán de votos peronistas para conseguir los dos tercios que exige la Constitución para darles acuerdo a los magistrados, pero también tienen claro que Cristina Kirchner ya no tendrá que estar necesariamente sentada en esa mesa. Todo un golpe para la expresidenta.
Gustavo Ybarra,Conforme a
POLITICA
Financiamiento universitario: el Gobierno confía en reunir mayoría en Diputados y apunta a aprobar la ley en marzo

El Gobierno nacional intensificó las gestiones políticas para avanzar con un nuevo esquema de financiamiento universitario y asegura contar con respaldo suficiente en la Cámara de Diputados para aprobar la iniciativa. Sin embargo, pese al optimismo oficial, la discusión legislativa no se concretaría durante las sesiones extraordinarias y quedaría postergada para el inicio del período ordinario.
En Balcarce 50 sostienen que el número de votos está prácticamente garantizado gracias al acompañamiento de bloques dialoguistas y legisladores provinciales. De acuerdo a estimaciones oficiales, el proyecto podría alcanzar un piso cercano a la mayoría simple necesaria para la media sanción.
La intención inicial era tratar el texto esta misma semana: primero obtener dictamen en comisión y luego llevarlo al recinto. Pero los tiempos parlamentarios y la necesidad de seguir negociando cambios técnicos obligaron a aplazar la votación. La estrategia ahora apunta a marzo.
Qué propone la reforma
La iniciativa no elimina la normativa vigente aprobada por el Congreso el año pasado, sino que busca modificar su mecanismo central: la actualización automática de partidas presupuestarias. El Ejecutivo pretende reemplazar ese sistema por incrementos escalonados y revisiones periódicas.
Según explican fuentes oficiales, el objetivo es evitar que el gasto universitario quede atado de forma permanente a la inflación y genere compromisos fiscales difíciles de sostener. En su lugar, la propuesta prevé ajustes programados y una evaluación a mitad de año para revisar el impacto de la evolución de precios.
El esquema incluiría una recomposición inicial para gastos operativos de las universidades respecto de los fondos asignados en 2025, junto con una instancia de revisión en junio para comparar la actualización otorgada con el Índice de Precios al Consumidor.
Negociaciones con las universidades
Paralelamente al armado político en el Congreso, funcionarios del área educativa mantuvieron encuentros con autoridades del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), organismo que reúne a los rectores de las universidades públicas. Las reuniones abordaron salarios docentes, funcionamiento institucional y previsibilidad presupuestaria.
Desde el Gobierno aseguran que buscan un acuerdo técnico que reduzca la conflictividad y evite nuevas crisis de financiamiento. Las casas de estudio, en tanto, reclaman garantías de estabilidad para sostener el calendario académico y el pago de sueldos.
El debate universitario se convirtió en uno de los ejes más sensibles de la agenda política durante el último año, con marchas masivas y cruces entre el oficialismo y la oposición. En este contexto, la Casa Rosada considera clave mostrar capacidad de negociación y avanzar con una ley propia.
Financiamiento universitario: el Gobierno apeló la cautelar judicial y busca frenar la actualización salarial
El escenario parlamentario
El oficialismo apuesta a construir una mayoría con aliados circunstanciales, especialmente legisladores de provincias que condicionan su apoyo a la incorporación de cláusulas específicas. Por eso, el texto aún permanece abierto a modificaciones.
Aunque el Gobierno asegura tener los votos, en el Congreso reconocen que el resultado final dependerá del nivel de consenso que logre el Ejecutivo con rectores y gobernadores. La discusión, por lo tanto, continuará en las próximas semanas y se proyecta como uno de los primeros grandes debates legislativos del año político.
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Cámara de Diputados,financiamiento universitario,Javier Milei,universidades nacionales
POLITICA
Las relaciones cárnicas: de Roca-Runciman a Milei-Trump

El debate sobre el acuerdo con Estados Unidos ha estado dominado por discusiones económicas sobre su impacto sectorial, su potencial para promover cadenas de valor y pormenores técnicos de derecho comercial.
El foco del debate es curioso porque los acuerdos pueden hacerse o deshacerse si la política no acompaña y su éxito o fracaso dependerá fundamentalmente de desarrollos geopolíticos.
Cualquier economista reconocería que las instituciones son endógenas a las estructuras de incentivos y estrategias de los actores. De allí que una pregunta eminentemente política se encuentre en el candelero ¿Es un acuerdo tan asimétrico una estrategia acertada dadas las dinámicas de poder entre Estados Unidos y China?
El acuerdo sería un error si, como sostienen algunos, coincidimos más de lo debido a una hegemonía norteamericana declinante. El paralelismo más sugerente es con el tratado Roca-Runciman de mayo de 1933 en el cual Argentina, entonces enfrentada al proteccionismo británico, aseguró una cuota de 390.000 toneladas de carne a cambio de concesiones que el nacionalismo interpretó como coloniales.
Aquel acuerdo (como este) fue notablemente asimétrico—nos obligaba a vender carne de frigoríficos británicos, pagar con ello deuda contraída en Londres y dar trato preferencial a otros productos. Sin embargo, la conclusión de que Argentina cometió un error por atarse a una potencia declinante—cuando Estados Unidos estaba en plena depresión y Gran Bretaña poseía el mayor imperio de ultramar de la historia, abarcando aproximadamente un cuarto de la tierra y su población—es anacrónica.
El destino del Imperio Británico distaba de ser evidente en ese entonces. En la larga cadena de contingencias imprevisibles que lo fue develando, una ironía notable se dio cuando, tras el hundimiento del Graf Spee en diciembre de 1939, el canciller José María Cantilo propuso al embajador británico Sir Esmond Ovey romper relaciones con Berlín, pero Londres concluyó que la neutralidad argentina era más funcional para que el suministro de carne—la cuota asegurada por Roca (h)—pudiera sortear a los submarinos alemanes y la propuesta fue descartada. Así, aquellas relaciones cárnicas tuvieron consecuencias terribles para la Argentina, pero las razones son mucho más complejas e imprevisibles de lo que la historiografía revisionista presupone.
Aun cuando históricamente imprecisa, la analogía con el tratado Roca-Runciman permite formular la más relevante de las preguntas geopolíticas por detrás de este acuerdo ¿Se está alineando Argentina otra vez con un hegemón en declive?
Aunque China hoy duplica la producción y el comercio manufacturero de Estados Unidos—como este duplicaba a Gran Bretaña en el período de entreguerras—por entonces la economía norteamericana triplicaba a la británica y ya igualaba su productividad per cápita. Pekín, en cambio, incluso con las mediciones más favorables, apenas iguala el producto global de su rival pese a tener una población cuatro veces mayor. A diferencia del período de entreguerras, el 65 por ciento de la economía mundial hoy se concentra en los servicios, mientras que las manufacturas—ámbito en el que el gigante asiático ha logrado destacarse—representan apenas una quinta parte. Medida en términos per cápita, esta ventaja en riqueza y productividad es tres veces mayor a la que el Reino Unido jamás tuvo sobre los Estados Unidos.
Pero para anticipar quién prevalecerá no basta la economía: el equilibrio militar es decisivo. La transición entre el Reino Unido y Estados Unidos sólo fue sellada tras dos guerras mundiales. En este sentido, aunque China haya podido ponerse a la par en algunos aspectos económicos, esto la ha convertido en un rival prodigioso en el Pacífico y desatado dinámicas geopolíticas que pueden llegar a detener su ascenso.
Hoy Estados Unidos no enfrenta ningún desafío a su hegemonía militar—al menos nada remotamente comparable al desafío que Alemania representó para Gran Bretaña. El gasto en defensa de Washington es cuatro veces el de Pekín en términos absolutos. Militarmente, China está contenida por tres portaviones y bases estadounidenses en la primera cadena de islas frente su costa, apoyadas en alianzas estrechísimas con Seúl, Taipéi y Tokio—sin considerar el control de rutas marítimas más allá.
Más aún, aislado por dos océanos y sin rivales inmediatos en su vecindario, Estados Unidos podría cómodamente replegarse y dejar que los vecinos de China—desde Japón hasta la India, e incluso Rusia en el largo plazo—tomen cuenta de su contención. Estados Unidos está mejor posicionado para jugar en el Asia del siglo XXI un papel similar al que desempeñó en la Europa del siglo XX, emergiendo como árbitro estratégico.
Claro, si China siguiera creciendo pacíficamente, cuadruplicando sus cifras actuales de productividad per cápita y gasto militar, llegaría un punto en el cual igualaría a los Estados Unidos. Quizás entonces podría sobreponerse a sus poderosos vecinos y al cerco norteamericano. Frente a este escenario la pregunta del millón es si Washington puede frenar el ascenso chino. Claramente, el intento actual de aislar económicamente a Pekín responde a esta preocupación.
Algo es casi seguro: mientras China no abandone sus ambiciones, Estados Unidos no dejará de intentar frenarla. Esta observación es, quizás, central para la planificación estratégica de países como la Argentina en el mediano plazo. Este año, Pekín logró una tregua momentánea al intento de desacople norteamericano por su control sobre la producción de tierras raras, pero Estados Unidos volverá a la ofensiva. Como lo declaró Marco Rubio, Argentina viene a jugar un papel central en la estrategia de Washington de diversificar estos suministros y esto se refleja en el acuerdo.
Sin dudas, el acuerdo Milei-Trump fue asimétrico. Como en todos los acuerdos de este tipo firmados recientemente—por Guatemala, Ecuador y El Salvador—Washington requirió concesiones unilaterales en acceso a mercados, reducción de trabas burocráticas, propiedad intelectual y la exclusión de China de ciertas áreas.
Sin dudas, con mejores equipos negociadores se podría haber obtenido un resultado más decoroso en aspectos que van desde el tono del acuerdo, hasta los mecanismos adoptados para efectivizar las concesiones políticamente acordadas—como la ausencia de la cuota, la mayor concesión norteamericana, en el mismísimo acuerdo. Pero una crítica honesta requiere consistencia lógica y una dosis de realismo respecto de las alternativas sobre la mesa. De lo contrario, las críticas ideológicas incurren en contradicciones espectaculares, como quienes rechazan el tratado Roca-Runciman desde el antiimperialismo y defienden el alineamiento con otra potencia hegemónica, o quienes critican el acuerdo con Trump por su impacto en nuestro tejido industrial y proponen vínculos con China basados en nuestra mayor complementariedad como exportadores de materias primas. En definitiva, un acuerdo solo puede evaluarse en relación con las alternativas disponibles.
En las Américas, frente a Trump, no parece haber hoy en día muy buenas alternativas. Sin siquiera considerar la delicada situación de Delcy Rodríguez, los casos de Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro demuestran que las concesiones que no se ofrecen inicialmente, se consiguen a través de los palos. Mientras Lula (como von der Leyen) inició la partida bajo aranceles del 50 por ciento, Milei (como Takaichi y Starmer) prefirió aceptar la asimetría desde un inicio ates que sumarle a esta los costos adicionales de la confrontación. Se verá si ser un aliado confiable en el hemisférico occidental es una buena estrategia, pero la primera mano, en términos comparados, no se ve tan mal.
En el escenario doméstico, el tratado sin dudas ha tenido un saldo positivo y provee de un ancla comercial y geoestratégica que se suman a la monetaria, cambiaria y fiscal.
La diplomacia de las relaciones cárnicas deberá ser procesada domésticamente también en lo que puede ser una caja de Pandora, por los intereses que toca—que ya se han cobrado dos cancilleres.
No deberíamos olvidar que tras el acuerdo Roca-Runciman la polarización en torno al infame escándalo de las carnes ensangrentaría las bancas del Congreso; una tragedia que, esperemos, no se repita ni siquiera como farsa.
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