INTERNACIONAL
Era médico, ganó un Oscar y fue la última víctima de una de las guerras civiles más sangrientas de la historia

Haing Somnang Ngor
Todo el mundo conocía a Haing Somnang Ngor. ¡Cómo no! Había ganado un brilloso premio, nada menos que la estatuilla del Oscar como mejor actor de reparto en 1984. Increíble. Ngor no era actor sino médico, especialista en ginecología y cirugía. Su vida mezclaba tragedia y aventura, dolor y superación. Había estado en la ciénaga y había salido, solamente él, casi nadie más, ni siquiera su mujer, My-Huoy. En el cine, había participado en la ficción de su propia tragedia. La estatuilla la tenía en una repisa al lado de una gran estatua de Buda.
El 25 de febrero de 1996, conducía su Mercedes Benz color dorado hacia su casa, un pequeño departamento en el Chinatown de Los Angeles, donde vivía solo. Estacionó el automóvil en una cochera ubicada en un callejón de paredes decoradas con grafitis, a la vuelta de su hogar. Era una noche fría y lluviosa, como todas las noches que la literatura se encarga de sombrear cuando los devenires son lúgubres.
Un escenario secundario de la guerra
En 1964, Haing era un estudiante de 24 años en la ciudad de Phnom Penh, capital de Camboya, su país natal. Hasta ese año, Camboya era un escenario secundario de la guerra que se desarrollaba en el vecino Vietnam. Entonces, el Vietcong, brazo armado de los comunistas de Vietnam del Norte, invadió zonas fronterizas con el propósito de abrir un segundo frente contra los estadounidenses fortificados en Vietnam del Sur.
Leé también: El caso Lewinsky, el escándalo sexual que jaqueó la presidencia de Clinton en EE.UU. y tuvo en vilo al mundo
La situación se agravó cuando en 1969 Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, ordenó bombardear Camboya sorpresivamente, sin declaración de guerra. Durante cuatro años, los estadounidenses lanzaron 108.000 toneladas de explosivos y mataron alrededor de 120.000 personas, la gran mayoría civiles. Un año después, el rey de Camboya, Norodom Sihanouk, aprovechó una gira internacional y no volvió a su país. El ejército lo depuso y proclamó la República Khmer.
La región era un infierno. El Partido Comunista Camboyano fue creciendo con la ayuda de Vietnam del Norte, y las guerrillas al mando de Pol Pot y Leng Sary, entre otros, que hostigaban con atentados a la reciente República Khmer a la vez que permitían el paso de las tropas norvietnamitas hacia Vietnam del Sur. El temible Pol Pot, autor del genocidio de Camboya.
Pol Pot había estudiado literatura francesa en París, donde se relacionó con los comunistas franceses. De regreso a Camboya, ya con 28 años, dio clases privadas de francés aún sin haber obtenido ningún diploma. Y se acercó a los comunistas vietnamitas, es decir al Viet Cong. Pol Pot adoptó sus técnicas de violencia y silencio. Elevó a la etnia jemer, predominante en Camboya, y sus seguidores se llamaron jemeres rojos.
Estados Unidos salió derrotado de Vietnam del Sur en 1973. Inmediatamente el país fue conquistado por Vietnam del Norte. El gobierno de Camboya quedó aislado y en una grave situación con relación a la guerrilla de los jemeres rojos, compuesta entonces por 80.000 hombres que avanzaban hacia la capital. La evacuación de estadounidenses y aliados camboyanos de Phnom Penh se produjo el 12 de abril de 1975. Cinco días después los Jemeres Rojos entraron en la capital y le volvieron a cambiar el nombre al país por el de “Kampuchea Democrática”.
Ruralización forzada, violencia criminal y regreso a la Edad de Piedra
Haing Ngor ejercía como ginecólogo en Phnom Penh cuando entraron los jemeres. Al inicio nada parecía que podía ser peor a la situación que los ciudadanos habían vivido con el rey Norodom Sihanouk ni con la República Khmer que lo sucedió. Pero iba a ser peor, mucho peor. Ni la paz ni la civilización tal cual se conocían estaban en los planes de Pol Pot.
A las horas de establecido el régimen se anunció la “ruralización forzada” de toda la poblaciones urbanas: el 18 de abril Pol Pot ordenó la evacuación de los dos millones y medio de habitantes de Phnom Penh, incluyendo heridos y enfermos y todo personal del estado y privado que atendiese infraestructuras esenciales para el funcionamiento de la ciudad. Todos marcharon en amplísimas columnas hacia el campo, en una brutal marcha que marcó el inicio del llamado Año Cero, a partir del cual renacería el país. Nada de lo conocido hasta ese momento quedaría en pie, ni siquiera la memoria.
La violencia de los jemeres contra profesionales de todas las disciplinas, artesanos y obreros fue criminal. No es posible ni aún hoy calcular la cantidad de asesinados, tampoco de los despojados de toda sus pertenencias. Ellos, es decir todo el pueblo camboyano debía ser reeducado. En la imaginación de los Jemeres rojos, el antiquísimo reino de Angkor, con sus emperadores despóticos, era su modelo. Camboya, de la mano de Pol Pot, volvió a la Edad de Piedra: las ciudades fueron abandonadas, toda actividad que no fuera la agricultura, perseguida, ya no hubo electricidad, ni gas, ni comunicaciones, ni transporte. Llevar anteojos era razón suficiente para ser ejecutado en el acto, y al final de la época Jemer, tan sólo se encontró un abogado con vida en toda Camboya. Como en toda tiranía, los privilegios eran para unos pocos en el círculo de mando de los jemeres.
El médico Haing Ngor buscó ocultar su educación
Con su esposa, My-Huoym, marchó a paso forzado hacia el campo, junto con los millones de habitantes de Phon Phem. Sin embargo descubrieron que era un hombre instruído y por ello un fiel exponente de la “podredumbre occidental”. Separaron a la pareja de la columna a los empujones, a pesar de que su mujer estaba embarazada, y la enviaron a un campo de concentración. Llegado el momento del parto, Ngor se dio cuenta que su esposa necesitaba una cesárea. Era 1978 y el matrimonio estaba en una encrucijada mortal. Si la operación no se realizaba, su mujer moriría y probablemente también el bebé. Si, en cambio, Haing revelaba su condición de médico, los dos serían ejecutados de inmediato. Ahí, en ese campo de concentración, quedó el alma de Haing. Un hombre limpia un cráneo cerca de una fosa común en el campo de tortura de Chaung Ek, dirigido por los Jemeres Rojos.
Pol Pot, hacia fines de 1978, comenzó a sospechar de sus antiguos aliados norvietnamitas a causa de la alianzas de estos con la Unión Soviética en contra de China, mientras los jemeres rojos obtenían apoyo de Beijing. Pol Pot se volcó al maoísmo chino. Los viejos aliados se convirtieron en enemigos, y las purgas se extendieron dentro de la propia organización del partido contra los que querían continuar la alianza con los comunistas de Vietnam.
Un cálculo aproximado del genocidio camboyano alcanza una cifra de 1.700.000 a 2.000.000 de muertos, la cuarta parte de la población. Las cifras, sin embargo, son aún más dramáticas según el sexo: uno de cada tres hombres camboyanos murió a manos de los jemeres rojos. La ruralización forzada se materializó en campos de trabajo donde solo se descansaban cuatro horas al día, con un día de descanso cada diez, y donde un número incalculable de personas murió de hambre o de puro agotamiento. En las ciudades abandonadas, el régimen creó prisiones y centros de exterminio como la famosa prisión de Tuol Sleng, dirigida por un siniestro personaje conocido como “Duch”, donde se dice que fueron torturados y asesinados 20.000 prisioneros, y de la que sólo escaparon doce personas con vida.
Tuol Sleng se hizo famosa por su brutalidad
Los prisioneros recibían palizas diarias, se les aplicaba la picana eléctrica, se los ahogaba y colgaba; a veces se les hacía comer sus propias heces y beber su propia orina. Varios internos fueron utilizados en experimentos “médicos” sádicos: se los sometía a cirugía sin necesidsad y no se les aplicaba anestesia, removían sus órganos y se los desangraba gota a gota para señalar el momento exacto de la muerte. Como Tuol Sleng existían más de 150 prisiones similares. El afiche del film multipremiado.
El régimen de los jemeres había aplastado a su propio pueblo, pero tenía en su raíz una idea expansionista y no descuidó atacar a aldeas fronterizas, de vietnamitas. La brutalidad que empleaban los jemeres no se limitaba a sus conciudadanos sino que el salvajismo empleado en los ataques a los campesinos de Vietnam, hacia mediados de 1978, espantó de tal forma a sus aliados más poderosos que incluso China se convenció que había que terminar de una vez con la marioneta maoísta de Pol Pot.
La represión contra los jemeres no la harían soldados chinos sino que el “barrido” militar correspondería a Vietnam, que en 1979 arrasó con Pol Pot y su numerosísima banda de asesinos. Entonces los vietnamitas, con el fin de ganarse a la opinión pública occidental, publicaron imágenes y datos sobre las atrocidades del régimen camboyano. No tuvieron mucho éxito. En Estados Unidos, no tuvo gran repercusión y, por tanto, en occidente tampoco. No hubo preocupación por atrapar y juzgar a los responsables.
Haing Ngor pasó cuatro años prisionero de los jemeres. En 1979, trabajó como médico en los campos de refugiados que se levantaron en la frontera con Tailandia, asistiendo a los que huían de los jemeres, que, de todos modos, seguían teniendo poder en el interior de Camboya. Haing fue, además, un defensor temprano y firme de la conformación de un tribunal internacional que juzgara a los Jemeres Rojos, un proyecto que él no vería realizado. Abrió un orfanato en Phnom Penh, construyó una escuela rural y entregó suministros médicos y humanitarios a los campos de refugiados.
Haing Ngor, ciudadano norteamericano premiado
Haing viajó a los Estados Unidos en 1980 y seis años después se convirtió en ciudadano estadounidense. En la comunidad camboyana de ese país, era una persona muy reconocida. A pesar de no tener ninguna experiencia como actor, fue elegido para interpretar al periodista de la vida real Dith Pran en el film “The Killing Fields” (en español se conoció como “Los gritos del silencio”).

Una escena del film con los dos protagonistas.
Se trata de una película biográfica de 1984 sobre el régimen de los Jemeres Rojos en Camboya, dirigida por Roland Joffé (también dirigió “La Misión”, con Robert de Niro) basada en las experiencias de dos periodistas, el camboyano Dith Pran y el estadounidense Sydney Schanberg durante el régimen de los jemeres. El actor Sam Waterston interpretó a Schanberg y el médico y sobreviviente Haing Ngor al periodista Pran. El film ganó varios Oscars, entre ellos uno para Ngor como mejor actor de reparto.
En 1988 escribió “Haing Ngor: A Cambodian Odyssey”, en el que describió su vida bajo el régimen de Pol Pot.
Para entonces, todos los jefes de los jemeres rojos estaban en libertad y muchos al mando de sus tropas, aunque a la defensiva y divididos. Pol Pot, considerado uno de los déspotas más brutales de la era moderna, fue derrotado por un ala de los jemeres y cayó prisionero de sus propios hombres, antes leales, en 1997. Lo condenaron a prisión perpetua. La sentencia se debió a diferencia ideológicas y tácticas, no por sus crímenes contra la humanidad, pues todos los habían cometido.
Un año después, dijeron que Pol Pot había muerto de un ataque al corazón mientras dormía. El periodista independiente Nate Thayer, estadounidense, el único que entrevistó a Pol Pot, suministró la versión no comprobada de que Pot se había suicidado cuando supo el plan de su enemigo, el general Ta Mok, antiguo aliado jemer, de entregarlo a Estados Unidos. Según Thayer, Pol Pot se envenenó. Su cuerpo fue colocado sobre unos neumáticos e incinerado por disposición de su esposa. Antes de morir, Pol Pot se enteró del asesinato de Haing Ngor en Los Angeles, en 1996. ¿Lo mandó a matar? ¿Qué vinculación tenían? Ninguna, salvo una película, que hizo conocidos a los jemeres rojos y a Pol Pot como asesinos de masas.
La muerte de Ngor
Dos años antes de la muerte de Pol Pot, en una noche fría y lluviosa de febrero de 1996, Haing Ngor, de 55 años, descendió de su auto a la vuelta de su casa, en el barrio chino de Los Angeles, donde solía estacionarlo. Se acercaron unos tipos. Dijeron que le exigieron el reloj Rolex de oro que llevaba en la muñeca. Dijeron que él se los dio y que lo amenazaron para que les entregara un collar relicario que contenía una fotografía de su esposa My-Huoy. Lo llevaba debajo de su ropa, o sea no estaba visible. ¿Cómo lo vieron? ¿Fueron a buscar ese relicario como una prueba de que lo habían matado? Haing se negó a quitárselo, dijeron. Entonces lo balearon dos veces en el pecho. ¿Quién dijo todo esto? No hubo testigos y nunca se recuperó lo robado. En los bolsillos de Haing, quedaron 2900 dólares. El relicario que el médico y actor siempre llevaba colgado del cuello en uno de los afiches de la película.
Por el crimen, fueron detenidos tres presuntos miembros de una pandilla callejera llamada “Oriental Lazy Boyz”. Jason Chan y sus amigos Indra Lim y Tak Tan, estaban en la casa de Indra, a más de 400 metros de la escena del crimen. Los testigos que la Policía reunió se contradijeron. La razón fundamental para vincularlos con el crimen es que tenían anteedentes de robos menores. Los sospechosos de siempre. Los tres fueron condenados a prisión perpetua.
Los abogados defensores afirmaron que el asesinato fue por motivos políticos, perpetrado por simpatizantes del Jemer Rojo.
Leé también: El fallido golpe de Estado que catapultó a Adolf Hitler a la fama para someter al mundo a un sufrimiento atroz
Doce años después, se realizó un juicio en Phnom Penh, a cargo de un tribunal internacional, contra el torturador Kaing Guek Eaw, uno de los más despiadados jefes de los jemeres rojos, también conocido como “Camarada Duch”. Fue el comandante de la unidad S-21 a cargo de las prisiones y director de la cárcel de Tuol Sleng, donde fueron torturadas y asesinadas 14.000 persanas. “Duch” reconoció su responsabilidad y pidió perdón a las víctimas, aunque afirmó que sabía que nadie lo perdonaría. También afirmó que Haing Ngor fue asesinado por orden de Pol Pot, a causa de su actuación en la película “Los gritos del silencio”.
criminales históricos
INTERNACIONAL
Las memorias feroces y sin épica de la danesa Tove Ditlevsen: miseria, desenfreno, literatura y adicciones

Advertencia al lector: lo que sigue es un artículo escrito bajo el influjo de una lectura inesperada y deslumbrante. Cada tanto sucede que cuesta salir de un libro aunque hayamos llegado al final. Hay algo en los personajes que nos acompañaron, en la propia escritura o en los hechos que se narran que no terminan de irse de nuestro lado. Cada tanto sucede que es todo eso junto –los personajes, la escritura, los hechos–, que no nos abandona ni nos permite leer otra cosa. Precisamente ahí estoy, a la espera de que se apague el calor de la lectura para poder ingresar a otro universo. Es desde ese pasaje, y todavía conmovida, que escribo lo que sigue.
Tove Ditlevsen (19917-1976) era una criatura cuando supo que lo único que le interesaba en la vida era la literatura. Quería leer y quería escribir pero para eso necesitaba espacio y silencio y en el miserable departamento en el que vivía no había nunca ni silencio ni espacio. Durante sus primeros años durmió con sus padres, en la misma habitación. Solo escapaba de la opresión por las noches, cuando se sentaba en el alféizar y miraba por la ventana hacia el cielo, por encima las calles mugrientas de Vesterbro, la zona roja de Copenhague. Cuando su hermano cumplió los 18 y huyó de casa, ella pasó a ocupar el sofá de la sala a la hora de dormir: perdió la ventana pero ganó intimidad algunas horas. Entonces comenzó a registrar por escrito lo que ocurría a su alrededor y también lo que le pasaba a ella misma, una mujer extremadamente sensible, adelantada a su tiempo y con ambiciones definitivamente por fuera de su clase.
El drama fue siempre parte de su historia y también de su escritura. Su primer poema narraba en verso el duelo de una mujer por la muerte de su hijito. Cuando murió, o mejor, cuando eligió morir, tenía 58 años y era una celebridad en Dinamarca, con treinta libros publicados entre poemarios, novelas, cuentos, memorias y relatos infantiles. Además, había escrito columnas en periódicos, por lo que todos en su país la conocían, sobre todo las mujeres.
Durante décadas Ditlevsen fue una escritora clave para generaciones de lectoras danesas pero su centralidad no atenuaba la incomodidad que provocaba su literatura. El canon de la época no estaba en condiciones de procesar una obra producida a partir de la vida doméstica, el matrimonio, la maternidad, la dependencia emocional y química y el deseo de escribir como tabla de salvación, todos temas considerados menores. Era, claro, una época que no podía procesar una literatura escrita por la mayoría de las mujeres.

Tove Irma Margit Ditlevsen nació en Copenhague en 1917 y se suicidó en 1976. Aunque practicó todos los géneros (incluso los textos a pedido para ser leídos en eventos y ocasiones especiales, habilidad que explotaron todos sus superiores en los trabajos precarios que emprendió para sobrevivir), son sus memorias las que, a partir de la traducción al inglés y luego al español en los últimos años, le dieron a su nombre trascendencia en todo el mundo. Esas memorias fueron pensadas como tres libros diferentes, Infancia, Juventud y Dependencia, que fueron publicados entre 1967 y 1971.
Décadas después, hubo un editor que advirtió que los textos componían un relato único: la historia de una niña criada en la pobreza y con una madre fría y calculadora; la de una joven que se niega a cumplir el destino miserable que se avizora y quiere escribir pese a que “las chicas no escriben poesía”, como le repite su padre, un fogonero socialista; y la de una mujer adulta atrapada en matrimonios complicados, una maternidad asfixiante y, sobre todo, adicciones peligrosas que la borran del mundo cada vez por más tiempo. Fue ese editor visionario el que decidió reunir en inglés las memorias en un solo libro, el audaz y apabullante Trilogía de Copenhague (publicado en español por Seix Barral).

En Infancia Ditlevsen construye una de las figuras maternas más perturbadoras de la literatura autobiográfica del siglo XX: una mujer desangelada, irritable y violenta que desaprueba todo. “El mundo era frío y peligroso porque la ira oscura de mi madre siempre terminaba en una bofetada”, escribe Ditlevsen. La casa es una cárcel, la lectura aparece como sorpresa y la escritura es una forma de escape, una salida secreta del tormento. La realidad que se avecina para Tove no es una promesa de felicidad y por eso las palabras por escrito actúan como desahogo.
En Juventud la narradora cuenta el pasaje a la adultez con cierto desapego y sin épica: trabajos de oficina poco estimulantes, el mismo abrigo y las medias corridas, habitaciones alquiladas (la ocupación nazi aparece en algunas escenas importantes pero siempre la crisis de la protagonista está en el centro), vínculos frágiles, la sensación persistente de no encajar. Muy alta y muy delgada, algo excéntrica, siempre aparece la idea de que no es atractiva. Esto le dicen en su casa y también las amistades ocasionales del barrio. Crecer pensando que no vas a gustarle a nadie no parece un buen comienzo para una vida esplendorosa.
La prosa de Ditlevsen es seca, sin afeites, algo distante (en algún sentido, hay algo de este estilo que se encuentra en la obra de la húngara Agota Kristof). No hay belleza ni en el retrato del ascenso social, al que llega como escritora exitosa y a través de su primer matrimonio, ni en las relaciones amorosas que se sucederán, algunas más sexuales que otras. Si hay algo que insiste en el libro es la ambición literaria siempre en tensión con su inseguridad. También es una constante la dependencia de los hombres que son quienes validan o impiden que se concrete su deseo de escribir. La escritura es una necesidad vital que siempre se ve amenazada por algo o por alguien.

“Para mí, escribir es como en mi infancia, algo secreto y prohibido, vergonzoso, algo que uno se esconde en un rincón para hacer cuando nadie más está mirando”.
Su primer marido es Viggo F., el editor de la revista que publica su primer poema, cuando ella tiene 22 años. El hombre es mucho mayor y solitario, tiene dinero, ama a los artistas, viste de verde y vive en una casa en la que todo es verde como su ropa, desde las paredes hasta las copas.
“Todo en la sala de estar es verde: la alfombra, las paredes, las cortinas… y siempre estoy dentro, como en un cuadro.”
Pero lo que más la sorprende y excita a Tove cuando conoce esa casa es que en el baño de Viggo F. hay una ducha. Tímidamente, casi en un beboteo, le pide permiso para usarla.
Viggo sabe que ella es joven y la induce a vincularse con otros autores de su edad, lo que le abre a Tove la puerta a nuevas amistades y posibles relaciones amorosas. Ebbe será su segundo marido, un hombre joven y hermoso, atrapado por la familia y por su imposibilidad para resolver su futuro. Estudia economía pero ama la literatura. Y fundamentalmente no puede abandonar el alcohol. Con Ebbe llegarán el amor real, la primera hija de Tove y el esfuerzo por adaptarse a una vida tradicional en una Dinamarca ocupada por los nazis. La maternidad y los primeros cuidados de la bebé le roban a Tove el deseo sexual y Ebbe comienza a sentirse abandonado. El centro romántico de las memorias están en esta relación de pareja, que no tendrá un final feliz aunque ambos mantendrán un hilo amoroso invisible hasta el final.
“Algo ha salido mal para cada uno de nosotros, y creo que nuestra juventud ha desaparecido junto con la ocupación”.

El tercer volumen, Dependencia, es el libro el que terminó de consolidar su prestigio internacional en estos últimos años y es, si se me permite, desesperante por lo que narra y por cómo lo hace. Ditlevsen narra 25 años de su vida aunque se detiene largo rato en su matrimonio con Carl (su tercer esposo), un médico con antecedentes de enfermedad psiquiátrica que la inicia en el uso de opioides y la conduce al descenso progresivo a la adicción al Demerol.
Con él tendrá otro hijo y también se hará cargo de un hijo que el hombre tuvo con otra mujer. También casada con él y completamente dependiente de las drogas se someterá a una cirugía de oído para poder seguir inyectándose. No estaba realmente enferma, era la excusa para seguir drogándose y él, en su delirio, alimentaba esa supuesta enfermedad. Nunca recuperará la audición de ese oído. Tove se hunde, deja de escribir, olvida su cuidado personal, ya no sale de su habitación y es la niñera la que queda a cargo de los chicos. Tove ya no reconoce las unidades de tiempo: “Una hora podría ser un año, y un año podría ser una hora. Todo depende de cuánto haya en la jeringa”.
Fríamente hablando, en su vida habrá cuatro matrimonios, cuatro divorcios, tres hijos y dos abortos. Sí, Tove Ditlevsen escribía literatura sobre partos, abortos y también sobre los efectos de la menopausia (cuando habla de su madre y de su tía), temas que, siempre supimos, resultan menores y poco sugerentes para los diseñadores de cánones.
“Me enamoré de un líquido transparente en una jeringa”, escribe cuando cuenta que, en realidad, abandonó a su anterior marido por la droga y no por otro amor. El título original del libro en danés significa a la vez “casada” y “veneno”, una ambigüedad que condensa el eje de esta historia. A propósito de la primera experiencia de la narradora con el Demerol, en la New York Review of Books Deborah Eisenberg escribió: “Ninguna película de terror que haya visto —por potentes que sean sus imágenes o metáforas— se ha acercado al resto del libro en cuanto a puro terror”.
El manipulador Carl pelea con sus fantasmas y también con la necesidad de controlar a su mujer: la droga, en inyecciones o como pastillas de metadona, se convierte en la herramienta para sedar las ambiciones de independencia de Tove y mantenerla en casa. En Los Angeles Review of Books, la crítica Nina Renata Aron destacó el tratamiento del tema en este libro como un gesto de vanguardia ya que estamos acostumbrados a leer estas vidas dependientes en relatos escritos por hombres, no por mujeres. Haber dedicado un fragmento tan extenso de sus memorias a la adicción fue “un acto radical para una mujer, en cualquier lugar del mundo, en 1971”, escribió Aron.

Ditlevsen no habla desde el arrepentimiento ni se posiciona como víctima. Tampoco busca romantizar la caída y si bien el final de Dependencia la muestra casi recuperada y con su nuevo marido, no hay final feliz, no puede haberlo. Victor es editor de un diario, un hombre que la admiraba como escritora, un hombre enamorado que asume el cuidado de su mujer; el que la persuade para irse a vivir fuera de la ciudad y el que habla uno por uno con todos los médicos del pueblo para que no le receten opioides a Tove, acostumbrada a manipular a los profesionales y a falsificar recetas. Consigue distanciarla de la droga y viven juntos más de dos décadas: casi una vida normal, pero también ese matrimonio terminará en divorcio.
En la vida real, y no en sus memorias, la pareja tuvo una relación turbulenta, desquiciada. Luego de divorciarse y ser la comidilla del ambiente literario, alejada de todo pudor la escritora publicó un anuncio anónimo, aunque reconocible, en el diario de su ex marido. Decía así:
Tras escapar de un matrimonio largo e infeliz, me siento sola en este mundo donde todos están en pareja. Tengo 52 años, mido 1,72 metros, soy delgada y rubia. Tengo un apartamento de ocho habitaciones en Copenhague y una preciosa casa de verano. No me falta dinero, solo amor. Me he labrado un nombre en la literatura, pero ¿de qué sirve si echo de menos a una pareja leal y cariñosa de una edad adecuada, preferiblemente que sepa conducir? Intereses: literatura, teatro, gente y felicidad doméstica. Por favor, envíen una fotografía y detalles de su situación personal.
A lo largo de sus memorias, Tove pasará cortas y largas temporadas en diferentes hospicios y sanatorios (algunas páginas me recordaron Un ángel en mi mesa, de Janet Frame, la novela en la que se basó Jane Campion para filmar su película del mismo nombre). Hay en el modo en que encara las peripecias de su vida una distancia, una mirada clínica, como de entomólogo, aunque nunca abandona las descripciones que ponen al cuerpo en escena. Esa combinación de frialdad formal y emociones intensas es una de sus marcas de estilo. Me gusta algo que escribió Parul Sehgal en The New York Times, quien habla de una prosa “plana, casi enmascarada”, que le añade inquietud a la abyección de lo que se narra, como si el propio lenguaje se mostrara reticente a ofrecer alguna clase de consuelo.
Esa idea es también, a su manera, formulada por Hilton Als en The New Yorker, cuando señala que la obra de Ditlevsen produce un efecto de extrañamiento constante: escribe desde dentro de las instituciones —el matrimonio, la familia, la maternidad— pero como si nunca terminara de pertenecer a ellas, es decir, como si todo el tiempo permaneciera en el umbral.
“Me rescataron de mis muchos años de adicción, pero desde entonces, la sombra de mi antiguo anhelo sigue regresando débilmente si tengo que hacerme un análisis de sangre o si paso por la ventanilla de una farmacia. Nunca desaparecerá por completo mientras viva”.
El reconocimiento internacional de Tove Ditlevsen llegó 45 años después de su muerte. La publicación en inglés de Trilogía de Copenhague promovió la lectura de toda su obra y la instaló como figura clave de patria literaria de la época: la literatura del yo o la autobiografía moderna. Es notable, leí en estos días muchos artículos sobre su vida y su obra y en casi todos en algún momento la señalan como antecedente de muchas de las obras de autores que se destacaron en estos años en la literatura confesional, como Annie Ernaux, Lucia Berlin, Karl Ove Knausgard o Rachel Cusk pero también, al menos cierta zona de los primeros tomos de la trilogía, hacen pensar directamente en la ficción, como es el caso de La amiga estupenda, de Elena Ferrante. El Nápoles de Ferrante tiene bastantes similitudes con el Vesterbro de Tove.
No es una sorpresa pero sí es una pena que los críticos norteamericanos o europeos no hayan leído aún Memorias por correspondencia, el maravilloso libro escrito por la artista colombiana Emma Reyes (1919-2003), que sin dudas, incluso por cuestiones cronológicas, tiene puntos de contacto con la autobiografía de Ditlevsen, sobre todo por el modo sobrio aunque brutal —y hasta con humor, por momentos– con el que cuenta el drama de su vida sin victimizarse.

Un artículo de Nina Siegal en The New York Times, recuerda que Ditlevsen llegó a escribir su propio obituario, en el que se muestra convencida de que sus memorias iban a ser la parte de su obra por la que se la recordaría en el futuro. No se equivocó. Sin embargo, aunque esas páginas dialogan con discusiones del presente acerca de temas de género, salud mental y literatura del yo, no es posible decir que quedan reducidas a una agenda: son literatura plena.
“Los que tenemos más miedo a la vida que a la muerte tenemos una dimensión extra”, escribió Tove Ditlevsen en un ensayo citado por Siegal y la frase podría funcionar muy bien como una clave de lectura de la trilogía. Y es que escribir fue, para alguien en constante pelea con su voluntad como ella, una pasión, sí, pero también una manera de demorar la salida de este mundo, algo que terminó haciendo por propia mano cuando, en lugar de apelar a la metadona para dejar de ver una realidad oprobiosa, atrapó en un puño una cantidad importante de pastillas para dormir, las bebió sin pausa y ya no despertó.
Cuentan que una multitud asistió a su funeral. En el prólogo a uno de sus libros de poemas, la novelista y poeta danesa Olga Ravn añade un dato que no sorprende. Cuenta Ravn que las fotografías de su cortejo fúnebre mostraban “un mar de mujeres trabajadoras siguiendo su ataúd por las calles de Copenhague”.
Tove Ditlevsen
INTERNACIONAL
Congressional commission warns China’s Pacific infrastructure projects could pose a military threat

NEWYou can now listen to Fox News articles!
FIRST ON FOX: Chinese-funded infrastructure projects across the Pacific Islands may appear civilian on the surface but could provide future military access for Beijing, senior members of a bipartisan congressional advisory commission warned in an exclusive interview with Fox News Digital.
Senior members of the U.S.-China Economic and Security Review Commission said runways, ports and other facilities financed by the People’s Republic of China are often «dual use» and part of a broader strategic pattern that blends economic investment with long-term security objectives.
«When you see a broader trend of militarization of the region… you see a lot of activities that suggest there are at least some security and military-related interests involved,» commission chair Randall Schriver said. «Even if it’s declared for civilian use… it is by its very character dual-use and could be used for military purposes.»
CHINA INFILTRATES KEY PACIFIC TERRITORY OF MICRONESIA WITH INFRASTRUCTURE PROJECTS AS US URGED TO ACT
The groundbreaking ceremony for the Woleai runway project in Yap State. Representatives of a Chinese company hold a banner on stage. May, 2025. (Cleo Paskal)
Schriver warned that China’s investments in the Pacific should not be viewed in isolation. «We know that China is very ambitious. We know that even civilian infrastructure projects often have strings attached,» he said. «In many instances, those involve access for the Chinese military.»
Commission Vice Chair Michael Kuiken said Beijing frequently pairs infrastructure financing with financial leverage. «There’s a cycle of debt diplomacy here,» Kuiken said. «China loads these islands up with debt and then uses their position of weakness to gain access… to build runways, to do things with respect to ports.»
«It’s a cycle that we see over and over again,» he added, calling it «a flywheel of debt diplomacy. There’s a vicious rinse-and-repeat cycle here. And whether it’s Taiwan, Palau, Micronesia or the Solomon Islands, it is a playbook that the Chinese go back to every time.»
CHINA’S GLOBAL AGGRESSION CHECK: TAIWAN TENSIONS, MILITARY POSTURING, AND US RESPONSE IN 2025

Image shows an LRAD being tested in Guam, Dec. 2025. (U.S. Navy photo by Mass Communication Specialist Seaman Angel Campbell)
US response came too slowly, commission says
Schriver acknowledged Washington was slow to recognize the security implications of China’s expansion in the region.
«In a word, yes,» he said when asked whether the U.S. reacted too slowly.
He noted the timing coincided with major U.S. military investments in Guam, even as Chinese projects advanced nearby. «While this was happening, the Chinese were making inroads in the Pacific Islands … with great proximity to Guam,» he said, describing the island as central to U.S. logistics and combat operations.
Asked what would signal a shift from civilian infrastructure to operational military use, Schriver said some warning indicators are already visible.

Chinese labourers work at a construction site. June 22, 2005. (Claro Cortes IV CC/CCK/Reuters)
«The practice of undersea cable cutting… has been very provocative,» he said, describing it as activity that could be tied to military contingencies.
He also warned that visible deployments of Chinese military aircraft to Pacific facilities would mark a major escalation, citing a pattern previously seen in the South China Sea.
US TURNS TO FINLAND TO CLOSE ARCTIC ‘ICEBREAKER GAP’ AS RUSSIA, CHINA EXPAND POLAR PRESENCE

The runway at Woleai in Yap State, part of a Chinese-backed infrastructure project in the Federated States of Micronesia. (Cleo Paskal)
«We’ve seen a particular pattern that wouldn’t surprise us at all to see in other parts of Oceania,» Schriver said.
Kuiken urged lawmakers to increase scrutiny and transparency. «The thing members can do most easily is just ask the intelligence community for imagery and for intelligence reports … raise the alarm, shine a light on it and expose the activities,» he said.
Kuiken also revealed the future hearing focused on undersea infrastructure and security risks in the region.
«Data is the lifeblood of the global economy these days,» he said. «Those cables are a vital source of information… and those are really quite aggressive actions and need to be exposed.»
Policy recommendations and next steps
The commission has proposed a broader U.S. response, including increased Coast Guard cooperation and expanded support for Pacific Island nations to strengthen resilience against security threats and economic pressure.
CLICK HERE TO DOWNLOAD THE FOX NEWS APP

Palau- October 6, 2015: Palau is an island in the Philippine Sea, Northern Pacific Ocean. (iStock)
Schriver referenced a «Pacific Island Security Initiative» recommendation aimed at combining economic, law enforcement and defense engagement.
Kuiken described the approach as «a layered cake.» «We want there to be a civilian aspect… a law enforcement piece… and a military piece,» he said. «You sort of need to do all of them in order to really be effective and really to combat the influence of the Chinese in this space.»
china,pacific,congress,national security,military
INTERNACIONAL
Renunció un histórico político de Francia: su nombre aparece 673 veces en los documentos del caso Epstein

Un histórico político de Francia quedó en el centro de la polémica en Francia luego de que su nombre apareciera en los documentos sobre el caso Epstein. Se trata de Jack Lang, exministro de Cultura y de Educación, que tuvo que renunciar a la presidencia del Instituto del Mundo Árabe (IMA) en París. Si bien niega las acusaciones, se abrió una investigación judicial por sus supuestos vínculos con el financiero y delincuente sexual Jeffrey Epstein. Desde el Gobierno de Emmanuel Macron dijeron que la situación era «insostenible».
Lang, de 86 años, es una personalidad muy fuerte de la cultura de Francia y una de las personalidades de más alto perfil que aparecen en los documentos publicados por la justicia de Estados Unidos sobre Epstein.
El reconocido financiero neoyorquino fue condenado en 2008 por solicitar prostitución a una menor de edad. Lo encontraron muerto en prisión en 2019, cuando iba a ser juzgado por explotación sexual de mujeres, incluidas menores.
El Gobierno de Francia aceptó la renuncia de Lang y celebró la dimisión. «Ha tomado la única decisión posible, la única decisión deseable en esta situación. La situación era, a mi juicio, insostenible«, afirmó la portavoz, Maud Bregeon, en la emisora France Info.
El Instituto del Mundo Árabe, una institución cultural que también tiene un papel diplomático, está bajo la tutela del Ministerio de Exteriores.
Lang, que ocupaba la presidencia del IMA desde 2013, es una figura histórica del Partido Socialista francés, conocido por su labor como ministro de Cultura durante la presidencia de François Mitterrand en los años ochenta y noventa. Pero, desde la publicación de los documentos quedó bajo la mira, aunque él insiste en que es inocente de cualquier delito.
Su abogado, Laurent Merlet, declaró a la cadena BFM TV que su cliente estaba «muy triste» por dejar el IMA pero que «no permitirá que las calumnias ganen terreno».
El viernes, la Fiscalía francesa anunció la apertura de una investigación preliminar contra él y su hija, Caroline Lang, por «blanqueo de capitales procedentes de fraude fiscal agravado» debido a sus presuntos vínculos financieros con Epstein.
Previo a la dimisión, Jack Lang se defendió públicamente: «Acusaciones infundadas»
Antes de darse a conocer su renuncia, Lang había declarado a la agencia AFP que las acusaciones en su contra eran «infundadas» y se mostró favorable a la investigación de la Justicia.
«Aportará mucha luz sobre las acusaciones que cuestionan mi probidad y mi honor», afirmó Lang, cuyo nombre aparece al menos 673 veces en los documentos que fueron publicados recientemente.
El ahora exfuncionario negó cualquier irregularidad y asegura que solo recurrió a Epstein en su condición de filántropo.
El pasado lunes había sido su hija Caroline la que había renunciado a la presidencia de un sindicato de productores de cine, tras las revelaciones sobre una sociedad offshore que había fundado en 2016 junto con el propio Epstein.
Caroline Lang también estaba apuntada por la justicia ya que figuraba en el testamento de Epstein como beneficiaria de cinco millones de dólares, según el medio de investigación, Mediapart.
Sin embargo, la mera mención de Lang dentro de los archivos no implica irregularidad alguna. Según el diario Le Monde y Mediapart ningún documento publicado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos sugiere que Lang o su hija estuvieran implicados en los delitos sexuales en los que era investigado Epstein.
Jack Lang es muy recordado en Francia por impulsar la Fiesta de la Música («Fête de la Musique»), una gran celebración en la calle que persiste hasta hoy y que otros países copiaron.
También supervisó grandes proyectos de arquitectura moderna, como la construcción de la Pirámide del Louvre y la Ópera de la Bastilla.
Tras la desclasificación de los documentos Epstein, la presión pública sobre Lang aumentó a lo largo de la semana pese a su insistencia en que «no había cometido ninguna falta y en que desconocía el comportamiento delictivo de Epstein».
ECONOMIA2 días ago¿La revancha de Don Chatarrín?: acuerdo Trump-Milei puede favorecer a Rocca ante el avance asiático
CHIMENTOS3 días agoDesconcertada y sin la China Suárez: así reaccionó Magnolia tras el maltrato de un guardaespaldas
CHIMENTOS1 día agoNatalie Weber contó toda la verdad del coqueteo de Sabrina Rojas a Mauro Icardi en un boliche: “Yo sé lo que pasó esa noche y te puedo decir que Sabrina no fue”

















