CHIMENTOS
“Pude haberme muerto”: el dramático giro en la vida de Pablo Alarcón

Pablo Alarcón, reconocido actor argentino con una extensa trayectoria en teatro, cine y televisión, vivió recientemente uno de los momentos más difíciles de su vida. A sus 77 años, el intérprete enfrentó una situación médica crítica que lo llevó a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia.
“Pude haberme muerto”, confesó con sinceridad y emoción, luego de superar un episodio cardíaco que lo dejó al borde del colapso mientras conducía su automóvil por las calles de Buenos Aires. El incidente ocurrió el 22 de julio, cuando Pablo Alarcón sufrió un síncope, una pérdida repentina de conciencia causada por una baja en la frecuencia cardíaca, mientras manejaba.
El actor se desvaneció al volante y chocó contra dos vehículos estacionados. Afortunadamente, no hubo heridos graves, pero el susto fue mayúsculo. “Sentí que me iba de cabeza, intenté frenar, pero no llegué a hacerlo”, relató conmovido. Fue trasladado de inmediato al Instituto Médico de Alta Complejidad (IMAC), donde permaneció internado varios días para someterse a estudios y recibir tratamiento.
Durante su internación, los médicos detectaron la necesidad de colocarle un marcapasos, un dispositivo que regula los latidos del corazón cuando la frecuencia cardíaca desciende peligrosamente. La operación, realizada bajo anestesia general, duró aproximadamente una hora y media y fue exitosa.

“Me siento bárbaro, como si no hubiese pasado nada”, expresó el actor con alivio y gratitud. El marcapasos, según explicó, es “como un bolsillo chiquito que te ponen en el pecho y emite pulsaciones” cuando el corazón lo necesita.
Esta no fue la primera vez que Pablo Alarcón enfrentó complicaciones de salud. Hace un año, también estuvo internado en el IMAC durante más de dos meses, luego de sufrir una neumonía que derivó en una cirugía a corazón abierto.
Momentos
En aquella ocasión, el actor vivió momentos de gran incertidumbre. “Pensé que quedaba ahí”, confesó. Incluso llegó a despedirse de sus hijas, Antonella y Agostina, y de la madre de ellas, Claribel Medina, con quien mantiene una relación cercana y profesional. “Les dije dónde estaban los papeles, las llaves del auto, de la casa. Pensé que no la contaba y acá estoy”, recordó Pablo Alarcón con emoción.
A pesar de los desafíos, Alarcón se mostró optimista y con ganas de retomar su vida. “Estoy bien y me siento muy bien. Estoy ansioso por volver a casa”, dijo horas antes de recibir el alta médica. Su espíritu resiliente lo llevó incluso a programar funciones de la obra Es complicado, que protagoniza junto a Claribel Medina, en la provincia de La Pampa. Esta actitud refleja no solo su pasión por el arte, sino también su determinación de seguir adelante, incluso cuando la vida le presenta obstáculos.
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PABLO ALARCÓN, CLARIBEL MEDINA
CHIMENTOS
JAF, el rockero que sigue en la ruta, habla de la música actual: “Ya no hace falta cantar, afinar, ni tocar”

Faltan pocos días para que JAF, nombre artístico de Juan Antonio Ferreyra, se presente en la sala Music Mansion del Teatro Premier, en la ciudad de Buenos Aires. La fecha, marcada para el 28 de febrero, reunirá a seguidores de varias generaciones, quienes esperan un repertorio cargado de clásicos y la oportunidad de descubrir temas inéditos.
El encuentro representa un nuevo capítulo para una figura emblemática del rock argentino, cuya carrera comenzó a sus quince años en una banda de barrio, la Banda Marrón y alcanzó un punto de inflexión al integrarse a Riff junto a Pappo y Vitico. Su trayectoria como solista consolidó una discografía de 14 álbumes, con distinciones como cinco discos de oro y uno de platino, y una influencia duradera entre músicos y público que no se limita a los más rockeros.
Con el material de su último disco «Nocivo“ aún fresco, la propuesta del show anticipa una unión entre pasado y presente. JAF presentará temas nuevos y contará con la participación de su hija Virginia Ferreyra en guitarra y voces, acompañada por músicos de confianza como el Griego Ricardo Alonso en batería y Hugo Mence en el bajo.
—El 28 de febrero te presentás en el Teatro Premier con tu banda. ¿Cómo llegás a esta cita y qué puede esperar el público?
—La verdad, es una situación profesional de alto nivel. Así que estoy preparando la banda, que la tengo hecha una uvita, para tocar cosas totalmente nuevas, cero kilómetro. Además, te cuento que voy a presentar un pequeño material nuevo, que es un avance del disco que, si Dios quiere, podré concretar este año 2026.

—Además de los temas del álbum “Nocivo”, habrá estrenos aún más recientes.
—Exactamente. Preparamos unos acompañamientos cibernéticos a nivel percusión, siempre con los graves recortados, porque los graves los tocan el bombo y el bajo. Así llevamos adelante los rock and roll y los rhythm and blues, de la manera más parecida posible a los sonidos de AC/DC de la primera etapa, con Bon Scott, y también al sonido de Riff.
—¿Cómo lográs ese ensamblaje entre instrumentos clásicos y recursos tecnológicos en el sonido de la banda?
—Eso no va a variar, ¿sabés? Mi sonido no varía. Todo lo contrario, es cada día más vintage, más clásico. Y cuando digo clásico me refiero a una Gibson o una Fender, a un Marshall o un Fender, equipos de fines de los sesenta y setenta. Son momentos donde aparecieron los sonidos que hoy se consideran clásicos. Si querés un sonido parecido al de Jimi Hendrix, tenés que usar una guitarra igual, un amplificador como él usaba y los mismos volúmenes. Así vas a tener el mismo sonido, aunque tocar como Hendrix es otra cosa.
—¿Cómo lográs que las pistas electrónicas no opaquen el carácter del grupo?
—Cuando reamplificás eso para meter una pista y que no desentone, hay que ser cuidadoso con las frecuencias de los instrumentos tocados a mano y lo que largás como pista. Por ejemplo, yo no tengo nada de grave ni de medio grave, y muy poco de medios en pista. Uso instrumentos de percusión; shaker, pandereta, cabazas, maracas, bongó y timbales, como usaba el Negro Rada. Así puedo hacer sonar todo junto y queda ensamblado. Se arma un tuco rítmico de altísimo nivel. Eso va a escuchar la gente el 28 de febrero. Soy afortunado y voy a presentar lo mejor de mí ese día, no te quepa la menor duda.
—¿Qué representa para vos el disco “Nocivo” y cuál fue el papel de tu hija Virginia en la producción?
—Es un disco de 11 temas, con composiciones líricas que me interesan, sentimientos y pensamientos que quiero mostrar a quienes escuchan. A veces son las mismas cosas que he dicho toda mi vida, pero eso es un símbolo de congruencia, porque si mantenés la misma cara toda la vida quiere decir que lo que decías al principio era la verdad. Eso me da gran seguridad de lo que canto.
Le encargué a Virginia, que entonces tenía 27 años, la producción artística de teclados, coros y guitarras rítmicas, además de la parte de percusión. Así surgió “Nocivo”, que todo el mundo puede escuchar en mis páginas de internet con el audio original. Siempre hago eso cuando presento un disco de producción independiente, porque quiero que la gente los escuche gratis en mis páginas tal como vinieron de fábrica. Después vendo los discos físicos en los recitales y son un souvenir firmado por mí.
Es un disco especial. Uso por primera vez cibernética para el acompañamiento rítmico y así encararé el disco nuevo, centrando la parte cibernética solo en lo rítmico. Funciona porque no estoy solo; hay artistas a mi lado. Cuando eso sucede, hay una unidad que la gente recibe con beneplácito. Se transmite una onda concreta del color que quiero mostrar.
—Has insistido mucho en la necesidad de la producción independiente. ¿Por qué tomaste ese rumbo y cómo viviste la salida de las compañías discográficas?
—Yo trabajé para una compañía discográfica. Hacía todo como siempre, con la misma dedicación, el mismo talento, el mismo esfuerzo, antes, durante y después de la compañía. Cuando hay que trabajar, a mí no me llaman dos veces. Lo hago rápido, con una sonrisa, porque además es algo que me gusta y es vocacional, como les remarco a los jóvenes: es el mejor trabajo del mundo porque hacés lo que amás.
En un momento, yo cumplía a rajatabla todo y, de repente, la compañía perdió el interés, no solo conmigo sino con muchos artistas. Esto fue desde 1995, y cambió todo hasta hoy.
—¿Cómo ves hoy lo que suena en el circuito comercial de la música?
—Está dirigido, indudablemente. Si deciden vender la lapicera que canta y baila, lo hacen. La gente que no tuvo la información cuando era joven no puede discernir y compra esa lapicera. Cuando se dan cuenta de que la lapicera no canta ni baila, el negocio terminó, pero ya vendieron todas. Total después venden el vaso que silba.
Desde la aparición de la tecnología digital, cuando apretás un botón y suena música, aparecieron nuevos negocios. Ya ni hace falta cantar o afinar, ni tocar guitarra ni batería.

—Ahora incluso hay músicos que componen con asistencia tecnológica avanzada. ¿Qué pensás de eso?
—Todo es válido. Todos los artistas que expresan sentimientos y pensamientos en cualquier forma artística tienen lugar, hay espacio para todos. Ahora, si basás la carrera solo en lo técnico o digital, va a haber setecientos cincuenta mil millones de personas haciendo lo mismo, porque la máquina lo hace.
Otra cosa es cantar con el micrófono, aunque salga desafinado; si es un sentimiento propio, sale con onda. Esa expresión no la va a poder copiar nadie, ni siquiera uno mismo la repite igual. Si es bueno, como lo que hizo Hendrix, Nino Bravo, Gardel, B.B. King, los Creedence Clearwater Revival, los Chalchaleros, José Larralde o Joan Manuel Serrat, se vuelve irrepetible y quien ama eso, vive por eso.
Quizás las nuevas generaciones tengan otras búsquedas, pero quienes vivimos la etapa anterior le damos un valor extra a lo hecho de esa manera.
También, lo que hacés hoy, mañana resulta obsoleto porque la técnica avanza hora tras hora. Así que para mí es mejor hacer una carrera como la de don José Larralde, que canta “Herencia para un hijo gaucho” hace sesenta años, igual que McCartney canta “Yesterday” hace sesenta años.
—Apelás a la autenticidad y al trabajo en vivo…
—Vas a tener una carrera larga si hacés todo a sangre y pulmón arriba del escenario. Si sos bueno, vas a destacarte; si no, igual tendrás trabajo, quizá más chico, pero trabajo al fin.
—¿Sentís que el reconocimiento actual del público está en sintonía con tu recorrido?
—Ayer toqué en Merlo y había unas ciento veinte personas, el boliche estaba explotado. Dentro había nueve chicos menores, la mayor tenía quince. Vinieron con sus padres y madres. Eso es el éxito, porque si los padres me eligen para que sus hijos me vean y escuchen en vivo, significa que primero me observan con lupa y deciden que yo no voy a ser nocivo para sus hijos. Ese es un gran honor y demuestra confianza.
Me cuentan que sus hijos están empezando a tocar guitarra y vienen a ver qué puedo decirles. Todos esperan algo útil, un dato, una ayuda. Si puedo hacer eso, soy un privilegiado. Esto no se compra con dinero ni con un disco de oro. Se consigue con una interminable serie de presentaciones donde lo único raro es tocar la guitarra y cantar; por el resto, soy uno más.
Si con 68 años tengo la cantidad de shows en vivo que tengo, sin una compañía detrás, estoy muy contento y satisfecho por las decisiones que tomé. Cuando los hechos dan resultados, positivos o negativos, son fruto de una decisión previa.
—¿Cómo hacés para mantener la voz y la energía a tus 68?
—Me cuido mucho. Juego pelota paleta, ando en moto todos los días. Estoy firme. Ando en bicicleta, hago un poco de estiramiento. Y sobre todo, cuando encuentro gente, me dan una energía positiva y un amor tan grande que eso es lo que me voy a llevar de este mundo.
—Transmitís esa experiencia como un legado para nuevas generaciones. ¿Sentís esa responsabilidad?
—Eso me hace afortunado, pero también tengo la obligación de marcarlo bien claro para las nuevas generaciones. Como si adelante tuyo en la ruta agarro un pozo, tengo que avisarte: “Cuidado con el pozo.” Quizás mi experiencia te sirve para que no se te rompa el vehículo y puede ser importante para vos.
—¿Quién fue para vos el que avisó por los baches y te marcó el camino en tu juventud musical? ¿Pappo, Vitico?
—Fueron mis padres. Cuando llegué a Riff tenía veintisiete años, pero a los quince ya tocaba y me pagaron; eso me hizo profesional. Para mí un profesional es quien realiza una actividad, cobra y lleva el dinero a la mesa de su casa. Tenía quince años y ya era profesional. A los veinte empecé en los café concert, y a los veintiuno o veintidós hacía al menos cincuenta shows por mes. No era porque fuera un capo, sino porque así era el trabajo en ese momento en Capital y el Conurbano. Me cruzaba con artistas que después fueron famosos y trabajaba con la Banda Marrón, haciendo de todo.
—¿Cómo fue el desembarco en Riff y esa etapa con figuras como Pappo y Vitico?
—Llegué a Riff luego de seis años y medio con unos cuatrocientos shows al año; tenía mínimo dos mil quinientos shows encima. Pappo y Vitico me vieron porque la Banda Marrón hacía ruido: llenábamos teatros y explotaban los lugares. Tocamos en el estadio de Quilmes, explotó la banda; luego en Lanús, y ellos vinieron a buscarme, necesitaban un músico para Riff.
Arrancó así mi historia conocida. Fui convocado en octubre del 85, me vieron el sábado, el domingo me llamaron y el lunes a la mañana ya estaba ensayando con Riff. En la batería estaba Oscar Moro. En seis días preparamos los seis temas que ellos tenían y agregué dos propios, conformando los ocho de “Riff VII”. Enseguida grabamos en ION con el portugués Da Silva y en tres o cuatro días mezclamos y salió a la luz el viernes de esa semana, porque debía salir rápido por CBS Columbia.
—Fue un punto de inflexión en tu carrera…
—Ese disco es único. El sonido también, porque ese grupo de músicos no volvió a grabar junto nunca más. Además, aparece una voz distinta a la de El Carpo, o de Vitico; yo canto “Elena X”, por ejemplo. Muchos decían que eso no era Riff porque no cantaba El Carpo, otros afirmaban que sí por la presencia de Vitico y El Carpo. Pero ahí es donde empiezo a ser conocido en el ambiente. Lo primero que hicimos fue tocar en Badía y Compañía en vivo. Yo había ido veinte veces con la Banda Marrón y nunca me habían dado espacio, aunque sonara bien, porque llevaban artistas consagrados. Había muchas bandas que queríamos tocar y no podíamos. Terminamos el disco y fuimos a tocar ahí.
Juan Alberto Badía, un gran comunicador, habló muy bien de mí en la primera entrevista, y eso me abrió puertas que nunca voy a olvidar. Muchas personas me ayudaron en momentos clave, y siempre estaré dispuesto a hacer lo mismo por quien lo necesite.
—Uno de tus momentos más recordados fue como telonero de Eric Clapton y la adaptación de “Maravillosa esta noche”. ¿Sabés si la escuchó?
—Nosotros grabamos eso en 1990. La canción está en el disco “Diapositivas”. La compañía RCA Víctor me pidió una balada para vender más discos. Preparé “Diapositivas”, el tema homónimo, y le dediqué un especial cuidado: si lo escuchás con buenos auriculares, vas a notar infinidad de detalles hechos a mano, como se hacía entonces.
Antes de grabar, me pidieron cantar el tema de Eric Clapton. Dije que no quería cantar ningún tema de él, aunque lo admiro como guitarrista, pero para mí siempre fue un aprendiz de los músicos negros que admiraba: B.B. King, Freddie King y todos esos. Nunca dejó de ser eso en guitarra. Me impusieron hacerlo porque fue una orden de la compañía; me dieron una traducción oficial que me pareció una porquería, no concordaba con la pluma original.
Entonces me dijeron que hiciera yo la adaptación. Así lo hice: no es traducción, es adaptación al castellano argentino. Canté esa canción cuando aquí nadie la conocía, porque a Clapton lo tenían solo como guitarrista de blues o rock and roll. La conocían los fanáticos únicamente. En 1990, fue la primera vez que Clapton vino a Argentina y yo fui el telonero. El 5 de octubre de ese año tocó en River Plate. La letra gustó muchísimo; la promocionaron un mes y medio y después la suspendieron porque había explotado. Mucha gente creyó o cree que el tema es mío, pero no.
Debíamos mandarlo a la editorial de Clapton para autorización. No sé si él la escuchó, pero seguro alguien de la editorial la oyó porque aprobaron la adaptación. Solo así se pudo editar. El tema funcionó y al año siguiente me extendieron el contrato y grabé “Salida de emergencia”, que también tiene una historia fuerte.
—Entre tus logros actuales y tu pasado en escena, ¿qué significa compartir ahora la banda con tu hija Virginia?
—Hay un lazo de sangre y de historia, pero eso no es lo más relevante. Todos saben que la madre da a luz, corta el cordón, y llega un tiempo de crianza. Cuando crece, el joven se independiza y arma su propia vida.
En este momento, aunque está a mi lado, observo su desarrollo social y artístico con ojo clínico, porque tengo que estar de acuerdo en que siga conmigo. Eso les pasa a todos los padres, pero soy afortunado: tengo cerca a mi descendencia en un lugar de privilegio y puedo nutrirme de su arte y talento.
Todo esto me hace sentir muy bien, complacido, pero también me recuerda épocas clave de mi carrera. A principios de los noventa, tenía el pelo largo, el público llenaba todo y venían muchas mujeres que arrojaban cosas al escenario. Siempre terminaba con una bolsa de objetos que me tiraban las chicas, una muestra de cariño.
Un día, en pleno show, me golpeó algo en la pierna: era un autito de juguete, pequeño y duro. Miré y adelante mío, entre la multitud, había un hombre con un nene a cococho y ambos me saludaron. Entendí que mis primeros fanáticos venían ahora con sus hijos.
—¿Ese momento cambió tu percepción frente al público joven?
—Hoy, después de más de treinta años, lo recuerdo como bisagra. Uno se comporta de una forma frente al adulto, pero si hay un chico al lado de un adulto, hay que ser más más responsable. Así de sencillo.
jaf
CHIMENTOS
El mensaje de la supuesta amante de Luciano Castro por el Día de los Enamorados

En pleno Día de los Enamorados, cuando las redes sociales se llenaban de declaraciones románticas, Sarah Borrell publicó una historia de Instagram que no pasó inadvertida. La imagen mostraba una habitación decorada con globos rojos en forma de corazón, globos blancos con detalles románticos y sobres colgando con pequeños corazones en el centro. Como fondo musical, sonaba “Can I Call You Rose?”.
Aunque no mencionó a nadie, el contexto hizo que muchos usuarios vincularan rápidamente el posteo con Luciano Castro, con quien fue relacionada en las últimas semanas en medio de un fuerte escándalo mediático. La historia llega en un momento especialmente sensible para el actor.
Días atrás se confirmó que Luciano Castro decidió internarse por voluntad propia en un centro terapéutico para atravesar un proceso personal, luego de semanas de alta exposición pública. Según trascendió, la decisión fue tomada por él mismo con el objetivo de “estar bien” y enfocarse en su salud emocional .
La internación se dio poco después de que se hiciera pública su separación de Griselda Siciliani. La ruptura estuvo rodeada de versiones cruzadas, rumores de terceros en discordia con los mismísimos audios a Sarah y el llamado “pasacalles gate”, episodio que alimentó aún más la polémica.
La exposición fue tal que cada movimiento en redes empezó a analizarse al detalle. Por eso, el posteo romántico de San Valentín no fue interpretado como una simple decoración festiva, sino como un posible mensaje indirecto. Mientras tanto, Castro permanece enfocado en su proceso personal.
Por su parte, Griselda Siciliani optó por el silencio en medio del revuelo, aunque en distintas entrevistas dejó en claro que su prioridad es su tranquilidad y su trabajo. Así, el romántico posteo de Sarah Borrell vuelve a sumar un nuevo capítulo a una historia que combina amor, ruptura, escándalo mediático e internación voluntaria.
¿Simple coincidencia por el 14 de febrero o mensaje con destinatario claro? En el universo del espectáculo, cada gesto cuenta. Y esta vez, una imagen con globos rojos fue suficiente para que el nombre de Luciano Castro vuelva a quedar en el centro de la escena.
Luciano Castro, Sarah Borrell
CHIMENTOS
Dani La Chepi, entre el miedo y la ovación: la vida detrás de Miranda en “Papá por siempre”

Las luces del Teatro Liceo se apagan y, por un instante, el murmullo expectante del público se vuelve un latido colectivo. En ese silencio previo a la música, a los cambios vertiginosos de escenografía y al vértigo de las transformaciones imposibles, Dani La Chepi respira hondo detrás del telón. No es solo otra función de Papá por siempre. Es, cada noche, una conquista personal. Una batalla íntima contra esa voz que la acompañó toda la vida susurrándole: “No sé si es lo mío”.
La comedia musical —basada en la novela de Anne Fine publicada en 1987 y popularizada mundialmente por Robin Williams en la película de 1993 dirigida por Chris Columbus— encuentra en esta versión argentina un despliegue artístico de alto voltaje. Bajo la dirección general de Ariel del Mastro, con la adaptación de Macarena del Mastro y Marcelo Kotliar, y la dirección actoral de Marcelo Caballero, el mismo equipo que marcó el pulso de éxitos como Escuela de rock vuelve a demostrar que el musical puede ser espectáculo y emoción a la vez. Proyecciones, efectos lumínicos, una orquesta en vivo que respira al compás de cada escena y cambios de escenografía que suceden casi a la vista del público convierten la obra en un engranaje perfecto. Pero, en el centro de esa maquinaria, hay algo más frágil y más humano: la verdad de quienes la habitan.
Campi brilla en el rol de Daniel Hillard y en su inolvidable transformación en Mrs. Doubtfire. Su composición es minuciosa, entrañable, técnicamente impecable. En cuestión de segundos pasa del padre desesperado y torpe a la niñera británica de acento impostado y ternura infinita. Es un desafío físico y actoral monumental. Y sin embargo, el corazón emocional de la historia late con fuerza en el personaje de Miranda, la madre que decide poner un límite y separarse. Allí está Dani.

En una chrla exclusiva con Teleshow, cuando de le pregunta cuánto tiene de su personaje, responde sin titubeos: “Todo”. Y en esa palabra cabe una biografía entera. .“Porque cada escena, cada cosa que le pasa a Miranda la vivo… O sea, voy analizándome también. Es algo muy extraño. Todo, hasta las discusiones del principio, de vivir con un hijo más, tener que maternar a un tipo, que es la historia de muchas”.
La obra, así, resuena en el público por la sinceridad de sus conflictos y la humanidad de sus personajes: “Con un tipo bueno que pierde trabajos todo el tiempo, que hace lo que quiere, que es muy egocéntrico. Que piensa en su carrera más que en su vida. La mina la está remando sola, está pidiendo ayuda y el chabón no la escucha”.
Miranda es la mujer que sostiene, que trabaja. La que siente que materna no solo a sus hijos sino también a su pareja. La que, agotada, pronuncia la frase que cambia todo: “Me quiero separar”. En la superficie, podría parecer la antagonista de la historia. Pero a medida que la trama avanza, la obra revela otra capa: la de una mujer que viene remando sola desde hace tiempo.

“Al principio parece la mala”, explica Dani. “Pero después te das cuenta de que la viene peleando hace rato. Que pidió ayuda. Que se cansó. Y eso le pasa a muchas”
Cada noche, cuando interpreta esas discusiones iniciales, algo se le mueve por dentro. Porque no actúa desde la teoría. Actúa desde la experiencia. Son nueve cambios de vestuiario los que atraviesa en la obra, una maquinaria aceitada en la que no hay un segundo que quede librado al azar.
Además de la obra son parte nombres como el de Albana Fuentes, quien luego del suceso que fue La Sirenita encarna a Lydia, la hija mayor, en tanto que Pablo Albella, figura de las redes sociales, debuta en el género como André.

El camino hasta ese escenario no fue lineal ni seguro. Cuando su representante le acercó la propuesta, su reacción fue casi automática: negarse. “Comedia musical lo mío no”, pensó. Después supo que el protagonista sería Campi: “Hipertalentoso, capocómico, una carrera intachable. Yo había visto la serie de Fito -donde el actro hace de padre del músico- y flashé, Yo decía: ‘No tengo chance’”.
Sin embargo, fue a la audición. Y después a otra. Y otra más. “En un momento dije: ‘Ya está, es todo lo que puedo dar’”. Hasta que llegó el llamado definitivo. Ariel del Mastro en persona convocándola a seguir. Y entonces, el vértigo se volvió real.
A partir de allí comenzó una transformación radical. Clases de canto con Seba Mazzoni. Ejercicios vocales con sorbete bajo la supervisión paciente y firme de Mery Hernández, su compañera de camarín y ahora también su profesora. Correcciones milimétricas. Disciplina alimentaria. Técnica corporal. La aparición de Macarena del Mastro con anotaciones precisas, el pianista marcando tonos, el equipo completo sosteniendo un estándar altísimo.

“Yo nunca había hecho comedia musical. Llamé a Seba y le dije: ‘No sé si voy a poder’. Y él me repetía: ‘Confiá’”. Esa palabra —confiar— fue la más difícil.
Durante años, Dani construyó una carrera marcada por la autogestión. “Yo soy muy independiente en todo sentido, en mi vida, criando a mi hija, todo. Me hice solita”.
“Mi mamá me mandó a danza por el pie plano”, rememoró. “Y yo ya era payasa en casa, siempre hacía reír ante las desgracias de la familia. Y cuando me mandó a danza tenía seis, siete años. Después me llevaban a una mega profesora, no sé dónde era Palermo, Caballito… y nos tomábamos tres colectivos para llegar o mi viejo me esperaba en la puerta y mi vieja obviamente me acompañaba. Yo fui un par de clases y dije: ¿Cómo hago para pagarme las clases de actuación? Y como empecé a laburar a los 16 en la tele, era trabajo, trabajo, trabajo y el colegio. Y después ya está, ya le di para adelante y me autogestioné“.

Mirando a ese pasado, destacó que “ahora me doy cuenta lo hermoso que es prepararte para lo que quieras ser. Por eso le digo a mi hija: ‘Vos sé lo que quieres ser’. Ahora empezó a estudiar canto. ‘Y tómatelo en serio, porque cuesta. Y todo cuesta, y te cuesta esfuerzo, y te vas a aburrir y vas a decir: Esto es una cagada’. Pero es como los jugadores. Para jugar en la Selección tienen que entrenar y tienen que jugar en un montón de equipos de mierda, mejores, y un día, si tenés la suerte, alguien te ve y dale para adelante”.
Empezó a trabajar a los 16, se abrió camino sola, se hizo fuerte en la radio, en la televisión, en las redes sociales. Pero el síndrome del “no sé si es lo mío” la acompañó siempre. “Me llaman para algo y veo el fracaso antes de empezar”, admitió.
Una frase de su hija de doce años —aprendida del psicólogo Gabriel Cartañá— la empujó a dar el salto: “Hacelo con miedo, pero hacelo”. Y lo hizo.

Las primeras funciones fueron pura adrenalina. “Ni miraba al público. Yo estoy acostumbrada a romper la cuarta pared, a ver las caras. Acá no. Recién ahora, después de varias semanas, estoy empezando a disfrutar”.
Ese disfrute tiene un momento preciso: el final. Cuando la historia revela que el amor no siempre alcanza si no se cuida. Cuando el personaje de Campi enfrenta sus errores y Miranda deja ver su vulnerabilidad. En ese instante, Dani espía al público.
“He visto nenas abrazadas a sus mamás llorando. Madres susurrándoles al oído. Y yo pienso: esto no es solo teatro”. A la salida, las palabras la conmueven. “Me dicen: ‘Lo que lloré con tu canción’. O ‘Yo vivo lo mismo con mi mamá’. Eso es mágico”.

Muchos descubren allí una faceta desconocida: la cantante. “No sabía que cantabas así”, le repiten. Y entonces recuerda a Cacho Castaña, quien durante años le insistía: “Manicomio, vos no sabés la voz que tenés. Cuidala. Estudiá”. Ella dudaba. Siempre dudaba.
“No vengo de una familia de elogios”, confiesa. Su padre, exigente, le decía que el tango se canta cuando se vive. “Cuando vivas, vas a saber cómo cantar ‘Uno’”. Hoy siente que empieza a entender esa frase.
Su madre, en cambio, la mira con lágrimas en los ojos desde la platea y luego recorre el barrio invitando a todos. Tiene 80 años y fue una joven que soñó con ser artista cuando esa palabra estaba mal vista. “Tocaba la guitarra, quería ser modelo. Es una belleza mi vieja. Y en ese momento ser artista era de puta. Trabajaba en una fábrica y tenía 30, sí, 30 y era la solterona. Y ahí conoció a mi papá, que la llevó la madre de ella, le dijo: ‘Este es el verdulero’ y se la encajó. Y lo conoció y a los seis meses se casaron. Yo creo que ella se ve en mí. Es un poco su sueño también”.

La niña de Boulogne que hacía reír en medio de las desgracias familiares hoy se para en un escenario histórico y sostiene un musical de gran despliegue técnico y emocional. Y, al mirar hacia atrás, se habla a sí misma: “Le diría que confíe más, que no se castigue tanto, que no se lastime tanto, que disfrute más de la vida y que disfrute cada cosa que le pasa. Porque se terminó enfermando. Y no está bueno”.
Esa caída la obligó a mirarse, a hacer terapia, a reconstruirse. Tal vez por eso hoy cada función tiene un sabor distinto. Las dobles funciones que antes la asustaban ahora la energizan. “Termina la primera y quiero hacer la segunda. Y si hay una tercera, la hago”.
Papá por siempre es espectáculo, es risa, es nostalgia. Es Campi desplegando su virtuosismo. Es un elenco joven que aporta frescura. Es una producción que combina técnica y corazón. Pero, para Dani La Chepi, es sobre todo el escenario donde dejó de preguntarse si era lo suyo y empezó a afirmarlo con el cuerpo entero.
Porque ahora, cuando cae el telón y las luces se encienden, ya no duda. Ahora sabe que está exactamente donde tiene que estar.
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