INTERNACIONAL
Juan José Becerra: “Como escritor, no llego ni a rozar la sombra de lo que quise alcanzar”

La primera sorpresa: Juan Becerra no acaba de publicar una novela sino dos. La segunda: las novelas no son independientes, o sí, se proponen como una lectura conjunta, es más, se venden juntas. Sin embargo las historias tienen sentido autónomo y hasta podrían inspirar un juego, el del orden de la lectura, ver cuál de las dos novelas elegimos leer primero. Una herencia Rayuela, podríamos decir.
Es periodista, es escritor, es guionista, es ensayista y es sin dudas uno de los grandes y celebrados autores argentinos: Juan José Becerra nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en el año 1965. Es autor de ensayos como Grasa, La vaca, Fenómenos argentinos, novelas como Santo, El espectáculo del tiempo, El artista más grande del mundo, Felicidades y Amor. Editorial Seix Barral acaba de publicar las dos novelas breves de Juan que componen un díptico. Sus nombres son tan elementales como ambiciosos, Un hombre y Dos mujeres. Y aunque tienen diferentes narradores y puntos de vista se conectan con mucho más que la ilustración de las tapas y el Cadillac que puede verse partido por la mitad en una y otra nouvelle y que recién se completa viendo una tapa al lado de la otra: Un hombre a la izquierda, Dos mujeres, a la derecha.
Hay, también, otra conexión y es una escena puntual. Ocurre en una ruta; el protagonista de Un hombre conduce su auto, las protagonistas de Dos mujeres van caminando y se da una breve situación de encuentro, sobre todo entre dos de ellos. Esa clase de encuentros que pueden torcer destinos. O no.
El consumo, la insatisfacción, el rol del dinero, la comida, el confort, la familia y el paso del tiempo son temas centrales de ambas novelas aunque también hay temas propios de cada uno de los relatos, que a su manera se vinculan con las diferencias de género, “diferencias de especie”, dirá Becerra, cuando lleguemos a ese punto en la charla plena de guiños y risas que usted podrá leer enseguida, una conversación en la que el escritor hablará de su imperiosa necesidad de “lengua suelta” en su escritura y del modo en que considera un valor la emoción en la literatura y en el arte, en general. Esto ocurrirá cuando hable de un concepto que llama “literatura del afecto”, con un especial recuerdo a aquel Juan de 12 años enamorado de Marilina Ross y sufriente con el final de Piel Naranja, la novela de Alberto Migré.

Inesperadamente, hacia el final, sin risas, Becerra explicará lo que describe como decepción con la obra propia, aquella que soñó transformadora de realidades a través del. lenguaje. Y ahí llegará la frase sombría, despiadada: “Como escritor no llego ni siquiera a rozar la sombra de lo que quise alcanzar”.
— Venís jugando en los últimos tiempos, en tus últimas propuestas. En Amor jugás con la aparición de un Juan Becerra que escribe la historia de amor que tuvo lugar un siglo atrás, por ejemplo. Tal vez no es juego, pero percibo una búsqueda.
— No sé, quizás búsqueda es más seria como palabra para la pretensión que, por otro lado, no sé muy bien cuál es, porque yo no la asocio a un programa. Lo que veo, porque vos nombrás la novela anterior, es que siento como una incomodidad con el libro. No cuando leo libros de otros. Con esa relación no tengo ningún problema, es la de siempre. Pero cuando escribo un libro mío, el libro, como continente, empieza a generarme una inquietud. De hecho el libro anterior, Amor, estaba listo como para que saliera en un formato y yo lo pedí, lo abrí…
— ¿Lo expandiste?
— Alan Pauls me dice: Ah, hijo de puta, lo vanguardizaste. Porque lo abrí, le metí cosas, le agregué. Todo lo del principio del libro es como agregado. Pero para mí el asunto no es la voluntad vanguardista.
— ¿O sea que lo que ocurre un siglo después en la trama es lo que le agregaste?
— Claro. El libro era la novela que es toda la parte final, que es como un bloque, no sé, si hablamos de porcentajes, el 70, 80% del libro.
— Sí.
— Entonces eso ya estaba y así se iba a publicar. E iba a tener un título que iba a ser Otra novela de amor. Y a mí había algo que no me resultaba asimilable con la escritura del libro, con cierta voluntad de desborde que yo empiezo a sentir en los libros que escribo desde hace algunos años. En los últimos, te diría. Entonces, el libro me parecía como demasiado escultórico para el movimiento interior que yo pretendía.
— Dijiste “continente” antes, ¿no? Como que hay algo con el continente que no se estaría correspondiendo con el contenido.
— O sea, para decirlo en términos bien boludos y que no suene una frase pretenciosa: lo veo como represivo al libro con la lengua que contiene y yo creo que el asunto tiene que ver con una cosa muy antigua que empieza a pesar en mí como escritor, como persona que escribe, no como lector, y es que cuando escribo anhelo un poco de lengua suelta. De suciedad. De desborde.
— ¿Y cuánto tiene que ver eso con el Becerra periodista y guionista?
— No, yo creo que casi nada, te diría. Casi nada. Porque en eso soy muy obediente. Se trabaja en otro código. Entonces siempre hay como una especie de fantasma empleador, por más que uno se sienta libre haciendo lo que hace.
— Pero ponele que no en el guion, ¿y en las columnas por ejemplo? ¿Ahí no hay una soltura que a lo mejor se acerca a esto?
— Sí, pero no siento la presión del continente, digamos. Sí la siento en los libros que hago. Y en los últimos libros que hago, sobre todo, que digo: puta, qué mal que todo tenga que ir a parar a un libro cuando en realidad la lengua es una actividad incesante, aun cuando esté cristalizada en la escritura. Lo que me incomoda es la cristalización de la lengua en la escritura, siento que hay una pérdida. Y no es una pérdida en el sentido de la terminación, al contrario, es porque hay una terminación que siento la pérdida y entonces empiezo como a anhelar una literatura pre bibliófila, digamos.

— El relato.
— Hablar. Quiero decir, escribir con la libertad con la que uno habla y al mismo tiempo con todos los problemas que surgen cuando uno habla. Los errores de sintaxis. Las lagunas. Los malentendidos. O sea, la suciedad de la lengua y sobre todo, digamos, lo mejor que tiene eso que es la cosa orgánica de la lengua. Ese artificio que sale del cuerpo pero que tiene una relación con el cuerpo y que se pierde en la escritura cuando ya se fija. Boludeces, ¿no? Te lo avisé al principio.
— No, no son boludeces. Publicaste las novelas Un hombre y Dos mujeres, cuyas tapas componen una misma imagen que está partida en dos. Las novelas tienen puntos de vista diferentes y narradores diferentes. En Un hombre tenemos a un señor de mucho dinero, coleccionista y fanático de los autos, más precisamente de determinados autos y de determinada época; un hombre que se va encerrando adentro de una especie de fortaleza que construye para albergar esos autos. Al mismo tiempo empieza a salir a partir del contacto que entabla con otros hombres que son muy diferentes a él. En el caso de Dos mujeres, lo que tenemos es un personaje que alguna vez tuvo lo que llamaríamos una vida cómoda pero empezó a estar incómoda con eso y decidió abandonar a su familia y ese supuesto bienestar. Hay otra mujer que un día la ve y se fascina con el personaje y la empieza a escuchar. Hay vasos comunicantes entre ambas novelas, no solo la tapa. Hay incluso un momento de contacto entre los personajes de las novelas. No quiero avanzar mucho pero percibí esta idea de la insatisfacción que vos estás mencionando ahora.
— Sí. Creo que todos mis personajes se van a la mierda. En algún momento se van. Evidentemente es una fantasía que tiene que ver con cierta actividad mental mía. Digamos…
— No solo tuya.
— La de mucha gente. Y yo creo que acá ocurre lo mismo, o sea, son personajes que en algún momento cortan por lo sano la vida cotidiana en la que, bueno, se sostienen por algún tipo de confort, por algún tipo de calma, yo te diría un desentendimiento de las complicaciones materiales de la vida.
— Sí, el confort. Confort es la palabra.
— Están salvados. Están acomodados, más que salvados. Pero yo creo que los impulsos son diferentes. Son impulsos que son de especies diferentes, no de géneros diferentes. Y yo creo que ahí hay un abismo entre el hombre y la mujer. El hombre no sabe muy bien cuál es el impulso que lo arrastra a otro consumo. Es decir, es un tipo satisfecho, un acumulador de cosas, de dinero en primer lugar, y después, bueno, vamos a decir así, placeres. Y encuentra en la colección de autos un placer nuevo que lo podría llevar a otro, podrían ser relojes, podrían ser, no sé, lo que no tenga. Si uno hace la lista de lo que no tiene, te imaginás, no termina más. Sobre todo si lo puede solventar desde el punto de vista material y decir: bueno, esta lista la tacho, paso a otra. Pero es como medio bobo el programa porque es un programa masculino y tiene que ver con la acumulación. Si se desvía de ese programa es porque alcanza a ver, perforando lo que tabica su clase con el resto del mundo, una oferta vitalista, digamos, de vitalismo pobre, que tiene como un repertorio existencial mucho más rico que el del rico. O sea, ¿qué no puede resolver el rico desde el punto de vista material? El pobre es cada día casi un hecho artístico, en el sentido de que hay que poner en funcionamiento una maquinaria creativa para ver cómo se hace para que ese día no sea un día de sufrimiento. Entonces, las herramientas intuitivas que tiene un pobre son mucho más sofisticadas que la de un rico, que de última hace una transferencia bancaria y ya está. Entonces, él se fascina con ese mundo porque ve la selva. Ve la vida. Pero la encuentra medio de casualidad; en realidad, la encuentra por error. O por contigüidad geográfica. Del otro lado de su mansión…

— Son sus vecinos, sí, sí.
— Digamos, al lado de qué mansión no hay una pobreza. Entonces él encuentra ahí su programa vital y empieza como a vivir muchas vidas. Empieza a cambiar de disfraces, que es un poco también la fantasía del que se va. O sea, quiero ser uno, después quiero ser otro, después quiero ser otro más, porque lo que no se tolera en el programa de la vida cotidiana es ser una sola cosa. Y la mujer es otro mundo para mí, es un mundo como mucho más sabio. No es que encuentra algo: se va porque se tiene que ir y hay algo en su corazón que le indica el plan de fuga, que es mucho más inteligente, mucho más natural, mucho más animal.
— A mí me impresiona mucho en Dos mujeres el modo en que lo que aparece eso que llamás “el programa de fuga”, que contempla cuidados. Un programa que contempla que no haya sufrimiento por esa partida.
— Es típico de las mujeres.
— Eso me impresionó y me conmovió mucho. La imagen que se va y mira a la distancia para asegurarse que sigue todo bien, ¿no? No me necesitan tanto. O sea, con lo que les enseñé se arreglan para sobrevivir sin mí.
— Por eso digo que es como una salida animal, bestial, en el mejor sentido, física, de esa red de acero en la que está atrapada la mujer y que son como los hilos que tejen el confort. Y es un poco también la esclavitud. La cristalización de aquello con lo que uno se identifica. O sea, yo tengo que hacer un esfuerzo muy grande para pensar qué cosa tienen las mujeres en la cabeza pero para mí siempre fue un hecho fascinante ese saber que opera en la cabeza de las mujeres, que no tiene nada que ver con la del varón. Te digo esto porque la última vez que vine, vos me dijiste que yo era como demasiado…
— (Risas) Machista.
— Del otro bando. Y me quedó el rencor típico del machista. (Risas)
— Y por eso fuiste y escribiste esto. No, en serio: acá hay algo en el personaje de la mujer que deja el confort y decide vivir con lo mínimo. Es fantástico cómo está logrado ese proceso, Juan.
— Es que nadie quiere vivir con lo mínimo. Es rarísimo eso. Es decir, vos planificas vivir con lo mínimo. Entonces, primero lo que se borra de ahí, del programa, es la autoexigencia. Y la histeria que implica la autoexigencia. Una cosa y después otra. Ella no necesita nada. Lo que necesita lo encuentra porque el mundo está lleno de cosas que sobran, al mismo tiempo está lleno de cosas que faltan. Y lo que tiene es una sabiduría muy como biológica, en el sentido de que a mí me interesa también ver hasta dónde pueden responder biológicamente los personajes. Pienso en las personas, en realidad, cuando escribo. Y el hecho de que una mujer diga: bueno, mis hijos no me necesitan más, y que la formulación de esa sabiduría sea irrefutable, sea insobornable, porque ella sabe que los hijos no la necesitan más.
— Vos hablabas antes de especie. Ella dice que por naturaleza no la necesitan más porque aprendieron lo que tenían que saber para arreglarse solos.
— ¿Pero por qué una madre le tiene que hacer la comida a un boludo de 20 años, me podés explicar?
— Porque nos gusta (risas). Porque en algún punto nos gusta.
— No te veo a vos.
— ¿Diciendo: “arreglate solo” o cocinándole?
— No, no, no. Pero me parece que lo que tiene es un poco como… no es una decisión dañina, quiero decir, porque ella, la mujer, entra en los cuidados de transición de un mundo al otro, del mundo en el que lo tiene todo (entre comillas) al mundo en el que no necesita nada. Y con esa nada le alcanza para vivir. Ella lo que hace también es decidir de una manera muy, muy meticulosa la transición para no dejar…

— Para no dañar.
— Para no dañar, digamos ¿no?
— Sí, sí.
— Es decir: eso es una madre. Una madre que responde al rótulo cultural que se le exige.
— Cuando te leía pensaba –y alguna vez escribí también sobre el asunto–, muchas veces, cuando a uno le toca viajar solo, dejando justamente todo lo que te acompaña día a día, que no es solo la casa sino las personas, la familia, muchas veces existe esa fantasía de esfumarse. Y, de hecho, conocemos historias de gente que un día se fue por un rato y no volvió más.
— Claro. Sí, sí, sí.
— Existe esa fantasía de: ¿y qué pasaría? ¿Cómo seguiría todo sin mí? Pero no porque me muero sino porque me fui.
— Mirá, el otro día me contaron una anécdota de una mujer existente en la vida material que dijo la famosa frase masculina: che, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Y era una mujer, una madre. Desapareció del mapa. Bueno, es la fantasía de Wakefield (N. de la R.: el relato clásico del autor estadounidense Nathaniel Hawthorne).
— Totalmente, sí.
— Primero, hay varios recursos de ausencia, ¿no? Por ejemplo, hacerse el muerto. Desaparecer, en el sentido de qué le pasaría al mundo, no al mundo en general sino al mundo en el que vivo sin mí.
— Leía el otro día que un marido de Olivia Newton-John hizo eso en 2005.
— ¿En serio? ¿La dejó a Olivia?
— Estaban en el barco y de pronto él desapareció y durante años creyeron que estaba muerto y en realidad tenía deudas y se había esfumado.
— Bueno, yo creo que es una fantasía que en algún momento supongo que todo el mundo la debe tener, la de cómo sigue la vida sin mí. Pero ahí lo que pasa es que también están las diferentes posiciones frente a eso. Vos podés tomar esa decisión conservando la posición de contemplador de lo que abandonás para ver cómo funciona la máquina sin esa pieza que le falta.
— Una máquina que armaste vos, por otra parte.
— Pero funcionaría igual: las máquinas se reemplazan. Se rompe una pieza y se reemplaza con otra. Sería bastante triste ver esa política del reemplazo que funciona sin uno, no sé si triste, qué sé yo, pero me parece que sí. O sea, es interesante experimentar eso. Poder verlo.
— Bueno, vos por lo pronto lo escribiste. Pensaba que tu novela anterior se llamó Amor, título tan simple y tan ambicioso, al mismo tiempo, ¿no? Y ahora, algo parecido: Un hombre. Dos mujeres.
— Sí, los rótulos parecen muy megalómanos pero yo creo que me animo a situarlos en la tapa de los libros por lo que tiene de insuficiente el trabajo que puedo hacer respecto de esas referencias, de esos asuntos. Son como campos para desplegar sobre todo la ignorancia propia, ¿no?
— Antes mencionabas que el título de Amor cambió. ¿Cuando empezás a trabajar no tenés título para las novelas?
— Le pongo título al documento de Word. No me acuerdo, creo que uno se llamaba El coleccionista de autos y lo de las chicas no me acuerdo cómo se llamaba, algo vinculado a la noche, como si te dijese una cosa medio rembrandtiana, no sé, ponele Ronda nocturna. Pero no exactamente así.
— Leía las novelas y pensaba en Saer, sobre todo por la caminata en Dos Mujeres, pero en Un hombre, esa manera de referenciar al personaje todo el tiempo de otro modo (“el empresario”, “el coleccionista”) me hizo pensar: en algún momento va a ser “el matemático”.
— El asesino. El parrillero.
— Por eso, todo el tiempo aparece así, como cambiando la imagen de la figura. Y en el caso de las mujeres esa caminata. Esas calles, esos cruces inexistentes, inventados. Sos muy lector de Saer pero tu prosa no es heredera de la prosa de Saer.
— No. Yo fui, soy un admirador de Saer y mi vínculo con su lectura desde el primer momento fue un vínculo de fascinación. No tanto de emulación porque yo creo que siempre fui, desde muy joven, un lector medio retobado. Como medio hinchapelotas. Como medio; y esto le falta algo. Quiero decir, por encima de la admiración. O sea, al margen de que me fascinaran, Saer es uno de los escritores que más adoro, pero yo digo: puta, le falta un poco de humor. Por decir algo, ¿no?

— ¿Lo ves solemne?
— Y lo veo como un poquito agrandado, obviamente tiene con qué. Pero quizás haya como un porte de seriedad que le quitaría la comedia que incluso él mismo pudo haberle dado a su propia literatura porque no era que le faltaba chispa.
— No, en absoluto.
— Pero, digo, no se entregaba a esa cosa y eso para mí me resultaba como muy del orden de la cosa policial, de lo que uno puede hacer con lo propio. Pero es cuestión de gustos y es cuestión, también, del ejercicio de la libertad personal hasta dónde uno la quiera llevar, si es que la quiere utilizar o si es que le sirve para escribir lo suyo. El reproche no era tanto a Saer sino era decirme a mí: mirá, vas a escribir una primera novela, ojo con lo que hacés. O sea, cualquier cosa menos literatura edípica. Ese fue mi primer juramento. Cualquier cosa menos solemnidad.
— ¿Qué extrañás de esa primera etapa de Becerra escritor?
— Bueno, la fe en el lenguaje. Una fe desproporcionada en el lenguaje. Que el lenguaje iba a solucionarme todos los problemas, a mí, al mundo, a las personas que yo quería. Tenía la solución y esa solución era el lenguaje. Ahora, te imaginarás que por la edad que tengo estoy totalmente decepcionado. Lo que digo es: puta, esto no sirve para nada, para qué me metí en esto. Como escritor, no llego ni siquiera a rozar la sombra de lo que quise alcanzar. Pero la decepción tiene mucho que ver también con la ilusión del origen. Pero mi fascinación inicial era con el lenguaje.
— ¿Estás insatisfecho? A ver, quiero decirlo bien, ya que estamos hablando del lenguaje. Porque sos un autor al que le va bien: tenés lectores y sos celebrado por la crítica, algo que no siempre pasa al mismo tiempo. Lo que puede pasar es que, de pronto, uno diga: todo bien, pero yo no estoy conforme.
— Mirá, no te quiero exagerar, Hinde, voy a poner una cifra pero para no exagerarte. Estoy desilusionado en un 100%. Te juro, a veces parece joda cuando lo digo. No me creen. Hay mucha gente que no me cree, me dicen: ay, no, pará. Pero el tema es lo que uno siente cuando está escribiendo. Y yo siento: soy un desastre. Me pasa lo mismo cuando digo cómo soy viviendo. Otro desastre. Capaz que no es tan así, pero la sensación es esa. Es una sensación de inutilidad. Primero, lo que empiezo a ver con los años es el recorte que yo empleo del supuesto campo infinito del lenguaje. Es una proporción muy pequeña de los usos del lenguaje lo que una persona puede hacer.
— ¿De los recursos? ¿Del vocabulario? ¿De los temas?
— De la parte que me toca y todo eso que decís. De mi repertorio. De cuál es mi lenguaje y cuáles son mis asuntos respecto de lo disponible. Es infinitesimal la proporción. Entonces es muy desilusionante y no tiene tanto que ver con la sensación de repetirme…
— Bueno, no, porque de hecho hay obras que a uno como lector le encantan y que lo que quiere es justamente que el autor siga pronunciando aquello sobre lo que va.
— Sí. Yo lo traduzco a falta de poder. No tengo poder. Es muy pequeño el poder que yo…
— Para cambiar el mundo con tu literatura (risas).
— Para hacer un libro como la gente. Arranquemos por el principio.
— ¿Estos libros eran libros separados o siempre fueron dos libros en paralelo?
— No, siempre fueron dos libros separados con una escena que por una cuestión de amnesia se repetía en algún momento y dije: bueno, la produzco como una verdadera escena común, que estaba ya, y separo los libros. Porque en principio la idea de la editorial era juntarlos, porque no tiene mucho sentido decir: son dos novelas cortas. Podés poner Un hombre, una mujer, o Tres mujeres como puso Musil, y ya tenés resuelto el asunto. Pero para mí se quedaba corto, o sea, yo me quedaba corto con la sensación que tengo del libro como continente y que no da abasto a lo que le pide el lenguaje que hay en su interior. Y como había ese cruce como de cadenas causales, bueno, que haya una encrucijada en la que los personajes sigan su camino con la melancolía de que podrían haberse detenido en el otro libro, como pasa habitualmente con nosotros cuando nos detenemos o seguimos de largo en situaciones en las que decimos: qué hago. Me parecía que había como una inserción del carácter vital de la literatura o de la vida a la que la literatura le puede dar cierta prestación artística y decir: che, mirá, están separados los libros porque las vidas de las personas están separadas. Y así como podrían reunirse con la vida de otras personas que pasan de largo en nuestra vida, podrían haberse quedado ahí. Entonces, me parece que, como maqueta de lo que sería una literatura con aspiraciones a, no sé, intentar extraer algo de la vida material, el chiste se daba con los libros separados y no con los libros juntos.
— ¿Vos viste la película coreana Vidas pasadas? La de la escritora coreana que llegó a Canadá de chica y que se separó del que era su gran amigo, a quien vuelve a ver.
— No.
— Ah. Porque ahí aparece otro de los temas que también siempre lo tengo en la cabeza que es: “qué habría sido de nosotros si…”. Que es esto de lo que estás hablando. Bah, lo tengo yo en la cabeza, todos lo tenemos en la cabeza.
— Todos lo tenemos en la cabeza. Aparte, viste cómo es, te detuviste y decís: pero por qué no seguí. Y seguiste y decís…
— Bueno, en Un hombre, eso, sigue de largo. En Dos mujeres se ve cómo se ve eso que él hace. Él dice algo así como: no puedo, sigo de largo, y del otro lado ellas ven cómo sigue de largo y al toque, como si se arrepintiera.
— Pero tarde, ¿no? Típico del hombre.
— Pero lo que me interesa es que hay como una forma Becerra del teleteatro en esa escena.
— Bueno, sí, mi formación literaria viene de Alberto Migré.
— Por eso. Me gusta, me gusta.
— Mirá, yo recuerdo un hecho por supuesto muy anterior a leer a Puig. Muy anterior. Que Puig también es otro de mis escritores, así como Saer.
— Y cómo no, por favor.
— Me fascina. Aparte es un escritor de pueblo. Yo que soy de un pueblo, más o menos un pueblo, digamos, comprendí siempre el código de Puig. No lo admiré como si fuese, no sé, el Wharhol de la literatura. No, lo admiré como un telenovelista. O un cinenovelista, en su caso. Pero yo tengo el recuerdo del primer relato de amor del que me sentí muy atraído, muy atrapado, y yo tendría 12 años. Fue con Piel naranja, la novela con Arnaldo André y Marilina Ross. Yo estaba totalmente enamorado de Marilina Ross pero de una manera, con 12 años… Y ese amor que termina en tragedia, esa vuelta de tuerca.

— Sufrimos mucho.
— No sé vos, yo sufrí muchísimo.
— Muchos sufrimos tremendamente con esa novela y ese final.
— Y la plataforma en la que sucedía eso era lo que yo llamaría la literatura del afecto. Que yo quizás en los primeros libros lo he querido reprimir porque “a ver si todavía a mi libro lo lee Beatriz Sarlo y no le gusta”. Que era un poco lo que lel pasaba al escritor de mi generación. Yo tardé un poquito en…
— En soltarte ahí.
— Sí. Pero estaba seguro, seguro, que iba hacia la literatura del afecto.
— Bueno, Amor tiene mucho eso y a mí me gustó mucho también por eso. Explicame un poco la idea de “literatura del afecto”.
— Lo llamo así en el sentido de creo que hay que sentir algo cuando uno escribe. No sé si tiene mucha onda pensar. Entonces, los puntos de reunión entre el ejercicio de escribir y lo sensual, el hecho afectivo, para mí es muy importante que ocurran. Es decir, no me veo escribiendo sin puntos de reunión entre estos dos campos aparentemente dislocados que son, o que se encastran de manera forzada. Para mí se encastran de una manera muy natural. Escribir de algún modo tiene que darme algo del orden de lo afectivo.
— ¿Por qué decís afectivo y no emocional?
— Bueno, sí, es lo mismo. Digamos que se pueden intercambiar esas palabras. Sí, emocional, cómo no. Me interesa porque como lector por supuesto me interesan las ideas, pero…
— Pero también te gusta conmoverte cuando leés.
— Es que creo que es lo que más me gusta. Lo que más me gusta son esos momentos del libro en los que no sé muy bien qué hacer. Por ejemplo, si seguir o quedarme en el libro. Me pasa con un cuadro. Me pasa con cualquier cosa. Con una película. En el sentido de: puta, me la pusieron. Estos tipos, el que hizo eso o la persona, el hombre o la mujer que hizo eso con su obra, con su objeto.
— La escena es ésta. (N. de la R.: hago la mímica de cerrar un libro y quedarme con el libro cerrado entre las manos, mirando hacia la nada)
— Esto me está liquidando. Sí, cerrás el libro. No podés seguir. Decís: esa lectura está pasando en un orden que no es el de la lectura, es otro orden. Como que perforó el compartimiento. O sea, perforó lo que divide la vida del arte. Entonces se produce una especie de anegación, de inundación, de filtración. Y lo sentís, no es que lo pensás. Por supuesto, después, cuando te preguntan qué pasó en ese momento del libro que tanto te fascinó, empezás a utilizar recursos más racionales para poder explicar lo que te pasó.
— Tratás de analizar.
— Pero lo que te pasó es: bueno che, esto me tocó. No sé cómo decirlo.
— A mí la verdad que lo que más me gusta de esa literatura que vos bien decís “esto me toca o esto me tocó” es cuando eso ocurre con textos contenidos, o con textos que van en otra dirección. Cuando vos no lo ves como el efecto que se buscó.
— Vos decís cuando aparece como que se le escapa al autor.
— Sí. Que de alguna manera eso se escapó y el relato vuelve en todo caso después a un tono. Que puede ser un tono muy serio o puede ser un tono más jocoso. Pero que hay un momento en donde eso, no lo sabría explicar, tendría que buscar ejemplos. Pero en estas dos novelas hay momentos así.
— Es que para mí la emoción es un valor en la literatura y en el arte. Porque te deja medio boludo. Te deja medio pelotudo. Te deja como que no sabés muy bien dónde estás. Hay como una confusión de dimensiones que no sabés dónde estás, no sabés cómo te llamás. El otro día leí la mejor respuesta sobre quién es uno, digamos. Ante la pregunta de “quién te parece que sos”, viste que entonces uno empieza a describirse. Pero hay que tener ganas, realmente. Y la mejor respuesta a esa pregunta que escuché fue cuando David Lynch se la hizo a Harry Dean Stanton, no sé si la viste.
— No.
— Lynch le preguntó: y vos cómo te consideras, quién pensás que sos. Y el otro le dijo: Nada, no hay yo.
— Bueno, en un actor decir eso…
— Pero aparte es como dar en la tecla. Y yo digo: pero en qué momento vos podés decir eso. En los momentos en los que te sentís identificado con la imagen que das o que los demás reciben de vos, por esa confusión que hay de que Fulano es tal cosa y Fulano es tal otra. O podés responder en el momento en el que verdaderamente sentís que estás perdido. Entonces, en ese momento emotivo de la lectura no sé dónde estás, pero no estás en lo que sos siempre.

— Te corriste por un momento de lo que sos.
— Sí.
— Te hago la última pregunta porque me quedé pensando. Si Juan Becerra se fuera, si abandonara su vida habitual y se convirtiera en otra persona, ¿qué vida te imaginás para vos?
— Yo me imagino caminando. Es como lo único que me imagino. Me imagino caminado al ritmo que camino cuando camino solo, por lo general me gusta mucho caminar solo. Viendo cosas. Encontrando como una velocidad personal que no es la de todos los días porque la velocidad de todos los días uno ya la perdió. Es la velocidad de la que hablaba Barthes, la velocidad fascista del biorritmo del poder. Te empuja. Medio que te meten el dedo en el orto y uno tiene que ir a mil kilómetros por hora. Y eso es totalmente antinatural para cualquiera. Quiero decir, ser lento o ser rápido, que son cosas como de la cultura, que es lo que impone la velocidad, no tiene nada que ver con la velocidad de cada uno. Y me gustaría caminar hacia el campo, digamos, ¿no? O sea, un poco me iría caminando a Junín (risas).
— Pensé, pensé que iba por ahí.
— A qué, no sé.
— Volverías, digamos.
— Claro. A qué, no sé. Pero caminaría para aquel lugar, para el Oeste.
INTERNACIONAL
Nos fuimos y estalló el drone: así grabamos el documental de TN Morir en guerra ajena

La realización de Morir en guerra ajena, el documental de TN sobre soldados argentinos que combaten en Ucrania contra Rusia, estuvo atravesada desde el inicio por una certeza: cubrir una guerra desde adentro implica asumir riesgos permanentes, incluso cuando se cumplen todos los protocolos.
Meses de preparación, diálogo con los entrevistados, gestiones con autoridades, pedidos de permisos y acreditaciones, consultas sobre hojas de ruta y planes de contingencia no alcanzan para garantizar seguridad plena en un conflicto activo, de alta intensidad y con un uso extendido de drones y misiles.
Leé también: Morir en guerra ajena: la historia de los argentinos que combaten en Ucrania
El equipo de TN viajó a Ucrania en septiembre del año pasado, cuando la invasión rusa a gran escala estaba próxima a cumplir cuatro años. Allí se encontraron con un país de contrastes marcados. Por un lado, la vida cotidiana en la capital y en las ciudades alejadas del frente, donde durante el día se mantiene una relativa normalidad que se interrumpe al caer la noche con el toque de queda y el sonido de las sirenas antiaéreas ante ataques con drones o misiles. Por el otro, la realidad del frente de batalla: pueblos arrasados, destruidos, sin civiles, donde la única presencia humana es la militar. Los nuevos soldados tienen cerca de un mes de entrenamiento antes de combatir en el frente de batalla. (Foto: Leandro Heredia / TN).
En esas zonas, incluso a 20 o 30 kilómetros de la llamada “línea cero” (la línea de combate), el riesgo es constante. “Uno está a tiro de recibir el impacto o la amenaza de drones”, relatan los propios militares, que instruyen a quienes llegan sobre protocolos básicos de supervivencia. Entre ellos, cómo evacuar ante la aparición de un dron: si un dron kamikaze se dirige a un vehículo, todos los ocupantes deben bajar y correr en direcciones distintas para reducir las probabilidades de impacto. El equipo de TN viajó a Ucrania en septiembre del año pasado, cuando la invasión rusa a gran escala estaba próxima a cumplir cuatro años. (Foto: TN/Leandro Heredia)
Se trata además de regiones totalmente minadas, donde la ocupación rusa y la posterior recuperación por parte de Ucrania dejaron un escenario devastado: casas destruidas, rutas inexistentes, puentes caídos, tendidos eléctricos rotos.
En ese contexto, la comunicación también se vuelve un problema de seguridad. Los celulares, en la mayoría de los casos, no funcionan, y mucho menos los de origen extranjero. Según explican en el terreno, drones rusos de vigilancia y monitoreo buscan captar señales para tareas de inteligencia y para dirigir ataques más precisos, además de identificar líneas internacionales, como las argentinas. Por ese motivo, los nuevos reclutados deben mantener los teléfonos apagados, retirar los chips con los que llegaron desde la Argentina y conectarse, si es necesario, a antenas Starlink o directamente adquirir equipos nuevos.
Leé también: Del conurbano a sobrevivir de milagro en Ucrania: la historia de uno de los argentinos que lucha en la guerra
La fragilidad de cualquier decisión quedó expuesta durante la propia grabación. El equipo de TN tenía previsto pasar una noche con nuevos soldados en una zona ubicada a unos 40 o 50 kilómetros de la línea de combate, en un campamento donde vivían cientos de militares recién llegados a Ucrania. Por cuestiones logísticas y por el riesgo de movilizarse hacia puntos que eran atacados de manera constante, se decidió adelantar un día la visita.
En ese campamento, las condiciones de vida reflejan la lógica de la guerra. Durante la noche, las casas y los espacios donde duermen los voluntarios están completamente tapiados para evitar que se filtre cualquier línea de luz hacia el exterior. No hay contacto con el mundo de afuera. No se puede orinar en los árboles, ante la falta de baños, porque la acumulación de orina puede ser detectada por drones con sensores infrarrojos que identifican el calor. La rutina se limita a armas, entrenamiento, fusiles AK-47 y la vida mínima de un campamento en el corazón del conflicto.

El documental muestra el día a día del batallón de los argentinos en Ucrania. (Foto: TN / Leandro Heredia).
Esa decisión de adelantar la grabación fue determinante. A la mañana siguiente, pocas horas después de que el equipo de TN se retirara del lugar, un dron de fabricación iraní impactó durante el proceso de formación. Murieron nueve colombianos. Un argentino perdió un ojo y estuvo a punto de perder una pierna. Otros dos argentinos quedaron internados en grave estado, con quemaduras y riesgo de amputaciones. Fue una demostración brutal de que en una guerra de estas características la seguridad absoluta no existe y lo que parece seguro en un instante puede dejar de serlo al siguiente.
El documental también expone el cambio que atraviesan los combatientes. Los nuevos soldados reclutados en la zona del frente no eran los mismos que el equipo había conocido en la Argentina, en la comodidad de sus casas o barrios, en Buenos Aires o en sus provincias de origen. Antes de viajar se sentían confiados, convencidos de estar preparados para enfrentar lo que imaginaban como una guerra. Pero en el frente, cuando se escucha el zumbido de los drones y se empuñan los fusiles de los que depende la supervivencia, los rostros cambian. Aparecen las dudas, aunque la convicción inicial persiste, al menos hasta que llega el ataque.
Leé también: María Corina Machado denunció el secuestro de un dirigente opositor que había sido liberado en Venezuela
Después del impacto del dron, muchos de los soldados con los que convivieron los periodistas advirtieron que no estaban preparados para esa situación extrema, para la sensación cotidiana de que la muerte acompaña cada movimiento. La rutina previa (levantarse ordenados, tomar mate, comer lo que ofrece el batallón, entrenar) quedó quebrada. La mayoría comenzó a pedir la baja, a reclamar que no tenían sus pasaportes y que no podían salir de Ucrania. Algunos lograron hacerlo; otros continuaron en servicio.
Morir en guerra ajena muestra así las dos caras de una misma realidad: la conciencia brutal que surge al ser testigo directo de la muerte y la inconsciencia previa con la que, a miles de kilómetros de distancia, desde el living de una casa, se planea ir a poner en juego la vida (o perderla) en un conflicto ajeno.
Ucrania, Rusia, Guerra Rusia Ucrania, todo noticias
INTERNACIONAL
The surprising reason why Americans could face high beef prices for years

NEWYou can now listen to Fox News articles!
Beef prices are soaring — and economists warn Americans shouldn’t expect relief anytime soon, as the U.S. cattle herd shrinks to its smallest size in 75 years.
The massive decrease in cattle numbers has been caused by years of drought, soaring costs and an aging ranching workforce. Agricultural economists and ranchers alike say rebuilding herds will take years, meaning beef prices aren’t likely to ease anytime soon.
«The biggest thing has been drought,» said Eric Belasco, head of the agricultural economics department at Montana State University.
Years of dry weather have wiped out grasslands across the West and Plains, leaving ranchers without enough feed or water to sustain their herds. Many have been forced to sell cattle early, even the cows needed to produce the next generation of calves, making it difficult to rebuild America’s herds.
THE COST OF THIS GROCERY STAPLE IS NEARING RECORD HIGHS — AND AMERICANS CAN’T GET ENOUGH
Cattle look at a rancher who inspects them on a farm from a truck. (Jonne Roriz/Bloomberg/Getty Images)
Data from the Kansas City Federal Reserve found that with each incremental increase in drought severity, cattle-producing regions see about a 12% drop in hay production, a 5% rise in hay prices, a 1% reduction in herd size and a 4% decline in farm income.
That slow recovery isn’t just economic — it’s biological, according to Derrell Peel, a professor of agricultural economics at Oklahoma State University.
«The fact of the matter is there’s really nothing anybody can do to change this very quickly,» Peel said. «We’re in a tight supply situation that took several years to develop, and it’ll take several years to get out of it.»
Peel, who specializes in livestock marketing, said it takes roughly two years to bring cattle to market and several years to rebuild herds — leaving little room for short-term relief.
THE SINGLE CRUSHING PROBLEM AMERICAN CATTLE RANCHERS WISH TRUMP WOULD FIX INSTEAD

Ranchers and agricultural economists alike say rebuilding the cattle inventory will take years. (Ricky Carioti/The Washington Post/Getty Images)
And once herds shrink, the loss is hard to reverse.
That reality is unfolding deep in ranch country. Cole Bolton, owner of K&C Cattle Company, whose pastures stretch along the soft edge of the Texas Hill Country, said the cattle industry is still in the early stages of recovery.
«I think it’s going to take a while to fix this crisis that we’re in with the cattle shortage,» Bolton told Fox News Digital. «My message to consumers is simple: folks, be patient. We’ve got to build back our herds.»
About 1,000 miles away, Will Harris, a fourth-generation cattleman in Bluffton, Georgia, said the ripple effects of the shrinking cattle herd are now landing squarely on consumers.
«The American cattle herd is smaller than it has been since the 1950s and that contraction has pushed beef prices to historic highs. Demand is strong, but domestic supply simply isn’t meeting it and that gap is being felt most by consumers,» said Harris, owner of White Oak Pastures.
According to U.S. Department of Agriculture data, the average price of beef in grocery stores climbed from about $8.40 per pound in March to $10.10 per pound by December 2025, a roughly 20% increase.
IN TEXAS CATTLE COUNTRY, ONE RANCHER WELCOMES TRUMP’S FOCUS ON DECADES OF THIN MARGINS
Despite rising prices, Americans haven’t blinked. In 2025, shoppers spent more than $45 billion on beef, buying more than 6.2 billion pounds, according to data from Beef Research, a contractor for the National Cattlemen’s Beef Association.
Spending jumped about 12% from a year earlier, while the amount of beef sold rose more than 4% — a sign consumers aren’t just paying more, they’re buying more.
CLICK HERE TO GET THE FOX NEWS APP
The revelation comes as President Donald Trump temporarily expands beef imports from Argentina to blunt high grocery prices, while also laying out longer-term plans to bolster the U.S. cattle industry.
While imports could ease pressure at the grocery store in the short term, ranchers and economists alike say they are no substitutes for rebuilding the domestic cattle supply.
economy,trade,texas,food
INTERNACIONAL
Trump, Netanyahu to meet at White House in high-stakes talks on Iran, Gaza plan

NEWYou can now listen to Fox News articles!
Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu will meet President Donald Trump at the White House on Wednesday in a visit expected to center on Iran, as Washington weighs diplomacy against the threat of military action and Israel pushes to shape the scope of negotiations.
Trump has signaled the Iranian file will dominate the agenda. In a phone interview with Axios, the president said Tehran «very much wants to reach a deal,» but warned, «Either we make a deal, or we’ll have to do something very tough — like last time.»
Netanyahu, speaking before departing Israel for Washington, said he intends to present Israel’s position. «I will present to the president our concept regarding the principles of the negotiations — the essential principles that are important not only to Israel but to anyone who wants peace and security in the Middle East,» he told reporters.
IRAN PUSHES FOR FRIDAY NUCLEAR TALKS IN OMAN AMID RISING TENSIONS WITH US FORCES: SOURCE
US President Donald Trump (R) greets Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu (L) upon arrival at Trump’s Mar-a-Lago residence in Palm Beach, Florida, on December 29, 2025. (Jim WATSON / AFP via Getty Images)
The meeting comes days after U.S. and Iranian officials resumed talks in Oman for the first time since last summer’s 12-day war, while the United States continues to maintain a significant military presence in the Gulf — a posture widely viewed as both deterrence and for holding leverage in negotiations with Tehran.
From the U.S. perspective, Iran is seen as a global security challenge rather than a regional one, according to Jacob Olidort, chief research officer and director of American security at the America First Policy Institute. «It’s an important historic time of potentially seismic proportions,» he told Fox News Digital.
«Iran is not so much a Middle East issue. It’s a global issue affecting U.S. interests around the world,» he added, calling the regime «probably the world’s oldest global terror network… [with] thousands of Americans killed through proxies.»
Olidort said the administration’s strategy appears to combine diplomacy with visible military pressure. «The president has been clear… should talks not be successful, the military option cannot be off the table,» he said. «Military assets in the region serve as part of the negotiation strategy with Iran.»

Iranians gather while blocking a street during a protest in Tehran, Iran on Jan. 9, 2026. (MAHSA / Middle East Images / AFP via Getty Images)
ISRAELI UN AMBASSADOR SENDS STARK WARNING TO IRAN AMID GROWING UNREST
For Israel, the main concern is not only Iran’s nuclear program but also its ballistic missile arsenal and regional network of armed groups.
Trump indicated to Axios that the United States shares at least part of that view, saying any agreement would need to address not only nuclear issues but also Iran’s ballistic missiles.
Israeli intelligence expert Sima Shein has warned that negotiations narrowly focused on nuclear restrictions could leave Israel exposed. «The visit signals a lack of confidence that American envoys, Witkoff and Kushner, alone can represent Israel’s interests in the best way. They were in Israel just a week ago — but Netanyahu wants to speak directly with Trump, so there is no ambiguity about Israel’s position,» she added.

Iran’s Supreme Leader Khamenei makes first public appearance in weeks with fresh U.S. threats. (Office of the Iranian Supreme Leader Credit/ASSOCIATED PRESS)
TRUMP SAYS IRAN CALLED ‘NUMEROUS’ TIMES TO MAKE DEAL AS CARRIER ENTERS MIDDLE EAST WATERS
Shein says Iran may be stalling diplomatically to see whether Washington limits talks to nuclear issues while avoiding missile constraints. Her analysis further suggests that a sanctions-relief agreement that leaves Iran’s broader capabilities intact could stabilize the regime at a moment of internal pressure while preserving its military leverage.
«An agreement now would effectively save the regime at a time when it has no real solutions to its internal problems. Lifting sanctions through a deal would give it breathing room and help stabilize it,» she said.
«If there is an agreement, the United States must demand the release of all detainees and insist on humanitarian measures, including medical support for those who have been severely injured. Washington would need to be directly involved in enforcing those provisions.»
IRAN DRAWS MISSILE RED LINE AS ANALYSTS WARN TEHRAN IS STALLING US TALKS

Troops from the Givati Brigade, under the command of the 162nd Division, are operating in the area of Jabaliya in the northern Gaza Strip as part of Operation «Gideon’s Chariots». (IDF Spokesman’s Unit)
Netanyahu said before leaving Israel that he and Trump would discuss «a series of topics,» including Gaza, where a U.S.-backed postwar framework and ceasefire implementation remain stalled.
According to Israeli reporting, Netanyahu plans to tell Trump that phase two of the Gaza peace plan «is not moving,» reflecting continued disputes over disarmament, governance and security arrangements.
The timing of Netanyahu’s visit may also allow him to avoid returning to Washington the following week for the inaugural session of the Board of Peace, Shein said, noting the initiative is controversial in Israel’s parliament.

Hamas terrorists stand in formation as Palestinians gather on a street to watch the handover of three Israeli hostages to a Red Cross team in Deir el-Balah, central Gaza, on Feb. 8, 2025. (Majdi Fathi/NurPhoto via Getty Images)
«Israel is deeply concerned about the presence of Turkey and Qatar on the board of peace and their malign influence on other members as well as on the Palestinian authority’s technocratic government,» Dan Diker, president of the Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs, told Fox News Digital.
«Hamas’s control of Gaza has not weakened, while international commitments to disarm Hamas have appeared to weaken,» he added, «The longer the U.S. waits before taking action against the Iranian regime, the more compromised Israel is in its ability and determination to forcibly disarm Hamas, both of which require the sanction and the blessing of the new international structures on Gaza.»
CLICK HERE TO DOWNLOAD THE FOX NEWS APP
«The prime minister’s deep concern is the stalled state of affairs both against the Iranian regime and apparently in Gaza. Timing is critical on both fronts. And for Israel, the window seems to be closing,» Diker said.
donald trump,benjamin netanyahu,national security,iran,israel,hamas
ECONOMIA3 días agoEl sector industrial advierte que la apertura económica exige eliminar las distorsiones internas
POLITICA1 día agoAcuartelamiento policial en Santa Fe: reclamo salarial y temor a un conflicto nacional de seguridad
ECONOMIA3 días agoArgentina usa la canasta más vieja de la región: así mide el INDEC frente a países vecinos











