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“Ahora tengo el pelo largo, por los hombros”: adelanto de “Los nuevos”, la nueva novela de Pedro Mairal

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“Los nuevos” /(Emecé) la nueva novela de Pedro Mairal

El escritor argentino Pedro Mairal presenta una nueva novela que explora el paso de la adolescencia a la adultez en Buenos Aires. Desde los puntos de vista de tres jóvenes, la obra se adentra en los vínculos, las pérdidas y las transformaciones que atraviesan quienes empiezan a construir su identidad en una ciudad atravesada por contrastes.

Los nuevos, publicada por Emecé (Planeta), narra la experiencia de Thiago, Pilar y Bruno, tres amigos que experimentan rupturas, duelos familiares y desafíos emocionales mientras buscan su lugar en el mundo. El relato describe el esfuerzo de adaptarse a nuevas realidades y sostiene la tensión entre pertenencia y desapego, ante un entorno donde los adultos aparecen distantes o en conflicto con sus propios hijos.

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Con el trasfondo de los lazos de amistad y el impacto de las ausencias, Pedro Mairal vuelve a la novela tras el éxito de La uruguaya. Su abordaje de temas universales como la identidad y el deseo propone un retrato contemporáneo sobre una generación que, ante la incertidumbre, sostiene sus vínculos como única certeza.

Nacido en Buenos Aires en 1970, Mairal saltó a la fama con su novela Una noche con Sabrina Love, que recibió el premio Clarín en 1998 y fue llevada al cine. Publicó además las novelas El año del desierto y Salvatierra, el volumen de cuentos Breves amores eternos, y los libros de poesía Tigre como los pájaros, Consumidor final y Pornosonetos. En 2013 publicó la novela en sonetos El gran surubí. Sus crónicas y columnas están reunidas en Maniobras de evasión y Esta historia ya no está disponible. Se ha traducido a más de catorce idiomas.

Pedro Mairal vuelve a publicar
Pedro Mairal vuelve a publicar una novela luego del éxito de «La uruguaya» (Foto: EFE)

A continuación, un fragmento de Los nuevos:

Me llamo Thiago Vinter. Mi mamá falleció el año pasado. En unos días voy a cumplir diecinueve y casi no espero que nadie venga a visitarme por mi cumpleaños. Las únicas dos personas que querría ver son mi amigo Bruno, que se mudó a la Era del Hielo, y mi hermanito Vini, que solo aparecería si lo traen, porque tiene cinco años.

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Ese podría ser un comienzo para el cuaderno. Aunque tal vez convendría empezar con el viaje del último verano, justo en el momento en que la brigada antinarcóticos de la provincia estaba apostada en la ruta 3, a mitad del campo. Con perro antidrogas y todo, frenaban autos y ómnibus al azar, según intuición o experiencia policial. Ese último auto al que dejaron pasar sin inspección, por pura casualidad, era el nuestro, el Megane gris de mi viejo. Yo vi la escena por la ventana, me puse pálido.

O podría contar el viaje a modo de infografía: en la ruta, el auto dibujado con líneas transparentes y flechas señalando a cada personaje y objeto. Al volante, mi padre (52 años); de copilota, su pareja (43 años); atrás, su hijo mayor (18), su hijo menor (5). En el baúl: sombrilla, pelota, inflador, sillas de playa, linterna con panel solar, una bolsa con alimentos no perecederos para veinte días, una valija con bikinis, vaporizador de cannabis, algodón, tampones, libro de yoga, bolsito con protector solar, dos pomos de gel íntimo, un dildo negro. El bolso de mi padre: ropa, talco, speedo de natación que no va a usar, blísteres de Viagra, gorra de Columbia University, Kindle que funcionará una semana, libro de neuroantropología. La mochila de mi hermanito con peluches, juguetes, una pala de jardinería, gorro de marinero y marcadores. Mi bolso: ropa y una larga soga náutica azul para Aguirre. Mi mochila negra inseparable: batería extra para el celular, lata de Nescau con cogollos, minibolsas ziploc, auriculares y una bolsa de Musimundo con el alma de mi mamá.

La bolsa secreta. ¿Qué lleva ahí, joven? Es asunto mío. Y en ese cuadro el auto esquiva controles policiales a 120 kilómetros por hora rumbo a la costa. El cielo estaba enorme, las nubes parecían montañas. Apenas se distinguía el campo, todo era plano y verde. De tanto en tanto Vini gritaba “¡Molino!”: teníamos la competencia de ver quién veía más molinos en la ruta. Yo solía perder porque me distraía pensando. Cuando tuve la edad de Vini, mi mamá estiraba el brazo y me acariciaba la cabeza. Me dormía o simulaba dormir mientras escuchaba las conversaciones de adelante. Recuerdo su mano, a veces me decía Triguito, mi apodo secreto. De chico era rubio, ahora tengo el pelo largo, por los hombros. Siempre decían que había salido a mi madre. Una amiga de ellos una vez murmuró “se le transparenta la mamá” y me marcó. Soy flaco, poco deportivo; logré que me mudaran de rugby a vóley en el colegio. Mis gestos llamaban la atención, intenté corregirlos, imitaba a los más firmes, controlaba mi risa, endurecí la voz. A los trece o catorce quise volverme menos vulnerable, inhibí las formas que me delataban, aunque en ciertos momentos, entre amigas, volvían a surgir. Después dejó de importarme. Bruno era mi amigo, ya formábamos parte de los invisibles del aula. Organizábamos bromas, los grandotes las ejecutaban. Una vez sugerí que la puerta se salía de las bisagras si se abría del todo, Lovric la quitó y la dejó apoyada, nos sentamos hasta que llegó el profesor y la puerta terminó en el suelo. ¿Quién fue? Nadie.

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Antes de llegar a Necochea, paramos en una estación de servicio que mi papá conocía bien y donde siempre había un perro negro echado al sol, dispuesto a dejarse acariciar. Parecía más viejo, pero seguía allí. “Cuando me muera quiero reencarnar en perro de estación de servicio”, pensé. Ver pasar familias, camioneros, gente de ómnibus, deambular entre chatarra, correr liebres, dormir años. “¿Cómo se llama?”, pregunto Vini. Le digo que le pregunte él. “¿Cómo te llamás?”, pregunta. El perro bosteza. “Se llama Sueño”, invento. Vini lo acaricia. El perro cierra los ojos, como si supiera todo y lo hubiera olvidado. “No lo dejes tocar el perro, hay que lavarle las manos”, dice papá. Vamos al baño, papá y Side Boob nos esperan en el auto. Ella compró galletas de chocoarroz, las menos tentadoras del quiosco. Bruno la rebautizó Side Boob porque usa ropa que muestra los laterales del pecho. Se llama Mónica, es la pareja de papá y la madre de Vini. Desde ese verano, ella me va a odiar, o temer, y algo de razón tendrá. Bruno tiene talento para los sobrenombres y logra que queden instalados.

Papá puso música, acto temido: su playlist incluye las dos canciones más deprimentes de la historia, “Creep” y “On Melancholy Hill”. Radiohead tiene un momento en el que el sonido estalla y parece romperse todo. Es el punto en que la música mundial dejó de tener sentido y siguió solo por inercia. La canción de Gorillaz es peor, porque se pega. Side Boob prefiere dubstep, música de gimnasio, propagandas de bebidas. Vini elige María Elena Walsh. Con el turno democrático, tu cabeza queda destrozada. Cuando me toca a mí, pongo a Zitarrosa. Su melancolía uruguaya los desarma. Bruno se ríe de que me guste, pero a mí me fascina la sonoridad intensa. En mi segunda oportunidad paso a Chico Buarque. Papá se seca una lágrima y pide que cambiemos. Me arrepiento, pero ya está.

Paulina María Costa Bixú. Pau. El fantasma de Pau. ¿Venía custodiando el auto en la ruta? Hija de un embajador, nacida en Brasil, criada en Río, Montevideo y Buenos Aires. Paulina, con túnica naranja, ¿quedaba a la zaga del coche, apartando autos, despertando a camioneros dormidos, haciéndonos invisibles para los controles, despejando la ruta? ¿Protegía a su ex, a la mujer de su ex –que se ocupaba de la música y podría haber sido su amiga–, a su hijo y al hijo de su ex, mi hermanito, mi hermanastro, mi hermanoide?

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La Diablada de Píllaro: la fiesta de demonios que cada enero reinventa la identidad andina de Ecuador

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(Ecuador Travel)

Cada año, entre el 1 y el 6 de enero, una pequeña ciudad andina del centro de Ecuador se transforma por completo. Las calles de Píllaro, en la provincia de Tungurahua, se llenan de figuras demoníacas de enormes cuernos, máscaras rojas y negras, música estridente y danzas ininterrumpidas que se prolongan durante horas. No se trata de una celebración religiosa en el sentido tradicional ni de un carnaval al uso. Es la Diablada de Píllaro, una de las manifestaciones culturales más singulares del país y, al mismo tiempo, una de las menos conocidas fuera de sus fronteras.

Para un observador extranjero, la escena puede resultar desconcertante: diablos bailando en pleno Año Nuevo, familias enteras disfrazadas, niños y adultos compartiendo el mismo rito, y una comunidad que parece celebrar al demonio. Sin embargo, la Diablada no exalta el mal ni la transgresión religiosa. Al contrario, es una fiesta de identidad, memoria y renovación, profundamente arraigada en la historia local y en las formas de resistencia cultural de los pueblos andinos.

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El origen de la Diablada de Píllaro se remonta a la época colonial y está envuelto en varias versiones transmitidas oralmente. Una de las más difundidas sostiene que los indígenas de la zona se disfrazaban de diablos como forma de burla y protesta frente a los abusos de los hacendados y la imposición religiosa española.

(Viceministerio de Cultura y Patrimonio)
(Viceministerio de Cultura y Patrimonio)

Vestirse de demonio era, en ese contexto, una manera simbólica de rechazar el poder colonial y apropiarse de aquello que la Iglesia condenaba. Otra versión atribuye el nacimiento de la tradición a conflictos entre comunidades vecinas, cuando jóvenes pillareños se disfrazaban de diablos para ahuyentar a pretendientes foráneos que cortejaban a las mujeres del pueblo. Más allá de la anécdota, todas las narraciones coinciden en un punto: la Diablada nació como un acto de resistencia y afirmación colectiva.

Con el paso del tiempo, aquella expresión espontánea se convirtió en una celebración estructurada que ha sobrevivido durante más de un siglo. En 2009, el Estado ecuatoriano la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial, reconociendo su valor histórico y simbólico.

(Viceministerio de Cultura y Patrimonio)
(Viceministerio de Cultura y Patrimonio)

Desde entonces, lejos de folklorizarse o diluirse, la fiesta ha ganado fuerza y participación, consolidándose como un ritual identitario que atraviesa generaciones.

La Diablada se celebra durante seis días consecutivos, del 1 al 6 de enero. En ese periodo, más de una decena de comunidades rurales y barrios de Píllaro organizan comparsas, conocidas localmente como partidas, que recorren las principales calles del cantón. Cada partida puede reunir entre cientos y miles de participantes. No hay espectadores pasivos: el pueblo entero se involucra, ya sea bailando, tocando música, preparando comida o recibiendo a los visitantes.

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(Ecuador Travel)
(Ecuador Travel)

El personaje central es el diablo pillareño, fácilmente reconocible por su máscara artesanal. Estas máscaras, elaboradas a mano con papel, engrudo y secadas al sol, se adornan con cuernos y colmillos reales de animales, además de pintura brillante y rasgos exagerados. No hay dos iguales. Cada una es una obra única que puede tardar meses en completarse y que refleja la creatividad de su portador. El traje suele ser rojo, con flecos dorados, capa, medias del mismo color y un látigo que acompaña los movimientos del baile.

Pero la Diablada no es solo de diablos. A su alrededor aparecen otros personajes que completan la escena: las guarichas, hombres disfrazados de mujer que representan la picardía y la abundancia; los capariches, que barren simbólicamente el camino para “limpiar” las malas energías del año anterior; las parejas de línea, que bailan de forma continua y coordinada durante todo el recorrido; y figuras cómicas que interactúan con el público. Cada rol tiene un significado y una función dentro del ritual colectivo.

La música es constante. Bandas populares interpretan ritmos tradicionales andinos como sanjuanitos, albazos y pasacalles, marcando el paso de los bailarines durante horas. El baile no se detiene: es parte esencial del sentido de la fiesta. En la cosmovisión andina, moverse, danzar y hacer ruido es una forma de activar la vida, de espantar la desgracia y de empezar el nuevo ciclo con energía.

(Ecuador Travel)
(Ecuador Travel)

Desde el punto de vista simbólico, la Diablada funciona como un rito de renovación. Los participantes “entregan” al diablo las penas, conflictos y frustraciones del año que termina, para iniciar uno nuevo con esperanza. Por eso se celebra en enero, en coincidencia con el calendario cristiano, pero desde una lógica cultural propia, marcada por el sincretismo entre creencias indígenas y tradiciones coloniales.

En las últimas décadas, la Diablada de Píllaro también se ha convertido en un potente atractivo turístico. Miles de visitantes nacionales y extranjeros llegan cada año atraídos por la singularidad del evento. La ciudad alcanza ocupación hotelera plena, los restaurantes y comercios locales incrementan sus ingresos y la fiesta se proyecta como una vitrina cultural del Ecuador andino. Sin embargo, para los pillareños, el turismo es un efecto secundario, no el objetivo principal. La prioridad sigue siendo mantener viva la tradición y transmitirla a las nuevas generaciones.

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corresponsal:Desde Quito

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La era del Gran Desapego

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(Pexels)

Cuando tenía 17 años, me enamoré perdidamente. Habíamos sido amigos casuales durante algunos años, pero el 5 de mayo de 1979, mientras estábamos alrededor de una fogata con otros compañeros de último año de secundaria, ella deslizó su mano en la mía, y esa fue mi primera sensación de pura dicha. Atesoraba ser consejero en el campamento, pero ese verano me quedé en casa y trabajé como conserje en un cine para poder ir todos los días al mostrador del Howard Johnson’s y conversar con ella mientras trabajaba.

Estuvimos separados un año en universidades diferentes, pero luego ella se transfirió a la Universidad de Chicago para reunirse conmigo, donde, al cabo de unos meses, me dejó. Mi posterior agonía estaba impregnada de la vanidad de un joven. Sufría, pero también me sentía algo orgulloso de mí mismo por ser capaz de sufrir tanto. Recuerdo haber ido al centro comercial de Water Tower Place y comprar cigarrillos franceses para poder sufrir como Albert Camus.

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Fui transformado por mi tiempo en las aulas universitarias, pero ese romance quizá haya sido la experiencia educativa más importante de mi juventud. Me enseñó que existen emociones más alegres y dolorosas de las que jamás supe que existían. Me enseñó cómo es cuando el yo se descentra y aquello más valioso para ti está en otro. Incluso aprendí algunas cosas sobre el arte complejo de estar cerca de otra persona.

Lo más importante es que esa relación me fue enseñando gradualmente que una de las preguntas más importantes que puedes hacerle a alguien es: “¿Qué amas en este momento?” Todos necesitamos fuentes de energía para impulsarnos a través de la vida, y el amor es la fuente de energía más poderosa que conoce el ser humano.

El amor es un estado motivacional. Puede ser amor por una persona, un lugar, un oficio, una idea o lo divino, pero algo externo al yo ha tocado algo profundo dentro del yo y ha provocado una reacción nuclear. Quieres aprender todo lo que puedas sobre aquello que amas. (Dicen que el amor es ciego, pero el amor es lo opuesto a ciego). Quieres cuidar y servir aquello que amas. Tu amor te impulsa por uno u otro camino. Buscas la comunión con aquello que amas.

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“La necesidad más profunda del hombre, entonces”, escribió una vez el psicólogo Erich Fromm, “es la necesidad de superar su separación, de salir de la prisión de su soledad”. Imagina a una pareja besándose, a un carpintero absorto mientras trabaja en su oficio, a un astrofísico contemplando el cosmos con toda su atención, a una monja en oración. Esas son personas que trascienden los límites del yo.Carecer de amor es estar en piloto automático y desconectado de la vida. El amor, en cambio, alimenta el compromiso total. “La vida de una persona solo puede ser significativa”, escribió una vez la filósofa Susan Wolf, “si le importan bastante algunas cosas, solo si está cautivada, emocionada, interesada, comprometida, o como dije antes, si ama algo”. Presta atención a esas palabras: “importan”, “cautivada”, “emocionada”, “comprometida”, “ama”. Una gran manera de vivir es ir por ahí con una postura tan generosa de corazón que encuentres cosas por las que estar completamente entregado.

Si quieres saber de mí, conoce las cosas que amo: mis hijos, mi esposa, Estados Unidos, Dios, los amigos, la ciudad de Nueva York, los Mets, la escritura, la bahía de Chesapeake, la lectura de historia intelectual, jugar deportes con mucho entusiasmo y pocos talentos, Montana, la enseñanza. Mi lista sigue y seguro tú tienes la tuya.

He llegado a apreciar a las personas apasionadas por la vida. Parafraseando a ese gran filósofo del amor, San Agustín: Dame a un hombre o a una mujer enamorados. Dame a alguien que pueda estar lejos, en el desierto, pero que anhele y tenga sed de los manantiales de la pasión. Dame a ese tipo de persona. Ella sabe a qué me refiero. Pero si hablo con una persona fría, sospechosa, desconfiada o calculadora, simplemente no entiende de qué estoy hablando.

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Compuse este pequeño homenaje al amor porque parece que los estadounidenses tienen cada vez menos de él. Piensa en las cosas que la gente más suele amar: su cónyuge, hijos, amigos, Dios, nación y comunidad. Ahora mira las tendencias sociales. Las tasas de matrimonio rondan mínimos históricos y el porcentaje de personas de 40 años que nunca se han casado está en máximos históricos. (Las tasas de convivencia han subido, pero no llegan a compensar la disminución del matrimonio).

Los estadounidenses tienen menos hijos. Tienen menos amigos que antes y pasan menos tiempo con los que tienen. Las tasas de asistencia a iglesias y sinagogas han estado cayendo durante décadas. El porcentaje de estadounidenses que dice sentirse patriota por su país ha bajado, especialmente entre los jóvenes. De 1985 a 1994, la participación activa en organizaciones comunitarias cayó aproximadamente a la mitad y no hay señales de recuperación.

En 2023, una encuesta del Wall Street Journal/NORC preguntó a las personas qué valores eran “muy importantes” para ellas. Desde 1998, los porcentajes de estadounidenses que dijeron valorar mucho el patriotismo, la religión, tener hijos y la implicación en la comunidad se han desplomado. El único valor al que los estadounidenses dieron más importancia, según la encuesta, fue ganar dinero.

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Maryam Muhammed, 17, una de
Maryam Muhammed, 17, una de las jugadoras de la Model Queens Football Academy, entrena en Ilorin Central, Kwara State, Nigeria: «Amo el deporte, tengo una gran pasión y nada podrá detenerme» (REUTERS/Sodiq Adelakun)

Podríamos llamar a esto el Gran Desapego. Observa lo que pasa, por ejemplo, con las citas en la secundaria. La evidencia muestra claramente que menos jóvenes están recibiendo el tipo de educación profunda que yo recibí al final de la secundaria. El porcentaje de alumnos de 12º grado que afirman haber salido en citas cayó de aproximadamente 85 por ciento en la década de 1980 a menos del 50 por ciento en los primeros años de la década de 2020.

Mi propia experiencia sugiere que la mayoría de los jóvenes quieren una conexión amorosa, pero sienten ansiedad sobre cómo lograrla, en parte porque nunca han tenido práctica alguna. Pero parte del declive en el romance se debe simplemente a la falta de interés. En 1993, según un análisis del Estudio Monitoreando el Futuro, el 83 por ciento de las alumnas de 12º grado dijeron que probablemente elegirían casarse. Para 2023, solo el 61 por ciento de las chicas de 12º grado dijo eso, una disminución de 22 puntos porcentuales.

Y algunas de las causas de la recesión romántica son sociales y económicas. En las últimas cuatro décadas, el porcentaje de personas en una relación ha caído el doble de rápido entre quienes no tienen título universitario, en comparación con quienes sí lo tienen. Aproximadamente la mitad de los hombres menores de 40 años que nunca fueron a la universidad están desvinculados románticamente. Las personas sin título universitario tienen menos potencial de ingresos que los graduados universitarios y tienen 2,4 veces más probabilidades de decir que no tienen amigos.

Pero las fuerzas económicas no lo explican todo. Estas tendencias no se tratan solo de con quién se quiere salir o casar; estamos viendo un debilitamiento sistemático de los vínculos amorosos que mantienen unida a la sociedad: hacia la comunidad, la nación, los amigos, y así sucesivamente. ¿Qué está ocurriendo?

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Mi respuesta breve sería que puedes construir una cultura en torno a los compromisos amorosos, o puedes construir una cultura en torno a la autonomía individual, pero no puedes hacer ambas cosas. En los últimos sesenta años más o menos, elegimos la autonomía, y como resultado, hemos emprendido un viaje colectivo de la autonomía al logro y de ahí a la ansiedad.

En las décadas de 1960 y 1970, los estadounidenses se rebelaron contra el conformismo de los años 50. Pusieron un gran énfasis en la libertad personal, pero también pusieron un gran énfasis en el amor. Piensa en John Lennon y Yoko Ono y todas esas canciones melosas: “Todo lo que necesitas es amor”.

(Annie Leibovitz)
(Annie Leibovitz)

Luego, en las décadas de 1980 y 1990, los estadounidenses enfocaron ese deseo de libertad individual en el ámbito donde es más fácil sentir autonomía: la carrera profesional. En 1990, el Dr. Seuss publicó un libro que aún hoy suele regalarse como obsequio de graduación. Se llama “¡Oh, los lugares a los que irás!”, y trata sobre un niño que sube la escalera del éxito a lo largo de su vida. En el camino, uno nota que no tiene familia, ni amigos, ni vínculos con un lugar. Para 1990, esto pareció a muchos una forma normal de imaginar una vida buena. Solía preguntar a mis alumnos universitarios por qué no tenían relaciones románticas, y su respuesta número uno era que no tenían tiempo; trabajaban demasiado.

Luego, en este siglo, ha habido una gran pérdida de fe. Una pérdida de fe en la rutina laboral. Una pérdida de fe en los demás, lo cual se refleja en niveles de confianza social en picada. Esto ha producido los bien documentados aumentos de ansiedad, soledad y miedo a la intimidad emocional, especialmente en los adultos jóvenes. Como escribió recientemente Faith Hill en The Atlantic, “Los investigadores generacionales han descrito a la Generación Z como un grupo especialmente preocupado por la seguridad, averso al riesgo y lento en confiar, por lo que tiene sentido que muchos adolescentes de hoy duden en lanzarse a una relación, o incluso en admitir que les importa si su aventura continúa la próxima semana”.

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“La esencia misma del romance es la incertidumbre”, observó Oscar Wilde. Las personas ansiosas tienden naturalmente a no buscar voluntariamente más vulnerabilidad en sus vidas. La cruzada por la máxima libertad individual parecía liberadora en Woodstock, pero en el último medio siglo la hemos llevado hasta sus últimas consecuencias, y ha producido lo que el periodista Derek Thompson llama el siglo antisocial.

Cuando se observan estas tendencias a través de una lente política, el poder del ethos de la autonomía se vuelve más claro. En general, los conservadores creen en la libertad económica (bajos impuestos, menos regulaciones) pero en obligaciones sociales (fe, familia, bandera). Los progresistas tienden a favorecer obligaciones económicas para reducir la desigualdad, pero más autonomía social para vivir el estilo de vida que elijan.

Como era de esperarse, los liberales tienden más a valorar la libertad moral y a vivir sus valores auténticos de la forma que consideran adecuada, mientras que los conservadores tienden más a vincularse a las fuentes tradicionales de comunidad moral. Los conservadores son más propensos a unirse a congregaciones religiosas, a considerarse muy patriotas, a ser voluntarios en sus comunidades y a donar a obras de caridad.

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Estas actitudes diferentes hacia la autonomía aparecen especialmente en el ámbito del matrimonio y la procreación. En la década de 1980 había muy poca diferencia entre el porcentaje de mujeres liberales y conservadoras de 25 a 35 años que tenían hijos, según la Encuesta Social General. Pero para la década de 2020, el 71 por ciento de las mujeres conservadoras en ese grupo de edad tenían hijos, en comparación con solo el 40 por ciento de las mujeres liberales. Esa es una asombrosa diferencia de 31 puntos porcentuales.

Una encuesta de NBC News pidió a los jóvenes que nombraran los objetivos de vida que eran importantes para su definición personal de éxito. Desafiando viejos estereotipos, los hombres jóvenes eran más propensos que las mujeres jóvenes a priorizar metas familiares como casarse y tener hijos. El contraste entre los hombres jóvenes que votaron por Donald Trump y las mujeres jóvenes que votaron por Kamala Harris fue especialmente marcado. Para los hombres de 18 a 29 años que votaron por Trump, el objetivo de vida más importante era tener hijos. El cuarto objetivo de vida más importante para estos hombres votantes de Trump era casarse. Para las mujeres de ese mismo grupo de edad que votaron por Harris, en cambio, casarse estaba en el puesto 11 de su lista de objetivos de vida importantes, antepenúltimo. Tener hijos aparecía en el puesto 12, el penúltimo. (Volverse famoso fue el objetivo de vida menos importante para ambos grupos).

Según una encuesta de Pew Research, el 52 por ciento de los conservadores dijeron que el descenso en los matrimonios era un desarrollo negativo para Estados Unidos. Esa opinión solo la compartía el 23 por ciento de los liberales.No, no digo que todo el mundo deba casarse. El matrimonio no es para todos. La vida es compleja y muchas personas que buscan casarse simplemente no encuentran a la persona adecuada. Todos conocemos muchos adultos solteros que llevan vidas densamente conectadas y maravillosamente plenas.

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Pero en promedio, las personas casadas son más felices que las no casadas. El sociólogo de la Universidad de Virginia W. Bradford Wilcox, la psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego Jean Twenge y sus colegas redactaron un informe para el Institute for Family Studies, que encontró que las mujeres casadas de 25 a 55 años tenían muchas más probabilidades de decir que la vida era disfrutable la mayor parte del tiempo. Las mujeres casadas con hijos tenían solo la mitad de probabilidades que las solteras de decir que a menudo se sentían solas.

Según la Encuesta Social General, el 93 por ciento de las mujeres liberales que estaban casadas con hijos dijeron que eran felices. Solo el 63 por ciento de las mujeres liberales que eran solteras y sin hijos dijeron ser felices. Como Wilcox me escribió en un correo electrónico: “Ahora estamos viendo una sorprendente diferencia de 30 puntos porcentuales en la felicidad entre las mujeres liberales que están casadas y con hijos, y las que están solteras y sin hijos”.

Lo mismo se aplica, en términos generales, a los hombres.

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Quiero reiterar algo. Estos son promedios. Ten cuidado al aplicar los datos de la ciencia social a tu vida individual, porque tu vida está llena de cosas que la ciencia social no puede ver: tus circunstancias particulares, gustos, espíritu.

Lo que digo es que la sabiduría antigua y la investigación moderna no están equivocadas. Si quieres llevar una vida plena, llénala de vínculos amorosos. George Vaillant estudió el desarrollo humano durante una larga carrera mientras dirigía el Grant Study en Harvard. La conclusión central de su vida fue bastante básica: “La felicidad es igual a amor, punto final”. No tienes que comprometerte con uno solo de esos vínculos, ni siquiera con el matrimonio, pero si quieres prosperar, tienes que priorizar los vínculos amorosos por encima de la autonomía individual, y en las últimas generaciones, nuestra cultura ha olvidado esa verdad fundamental.

Si llevas una vida diseñada para maximizar la independencia personal y la autonomía, podrás vivir una vida relativamente sin restricciones. Pero es más probable que vivas una vida de baja energía, más lento para albergar esos grandes amores hacia personas, lugares, Dios, vocación y nación que despiertan pasiones fervientes y producen vidas apasionadas.

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Si, en cambio, resistes el ethos de la autonomía y pones la pasión amorosa en el centro de tu filosofía de vida, te encontrarás atado por todo tipo de obligaciones: hacía cosas como un cónyuge, los hijos, la comunidad, Dios y una vocación. Pero tu amor por esas cosas encenderá fuegos en el corazón, generando gran vitalidad, compromiso total, un aumento en la fuerza personal. Es una de las extrañas paradojas de la vida: que las restricciones que eliges son las que te liberan.



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El amor y la amistad triunfan sobre la mitología en el emotivo final de ‘Stranger Things’

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Tráiler del episodio final de la serie «Stranger Things»

*Atención: contiene spoilers sobre el final de la serie.

Stranger Things cree en la reparación.

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La serie que comenzó con niños jugando Calabozos y Dragones ha hecho muchas cosas bien a lo largo de sus nueve años. Creó una galería de personajes memorables. Presentó un impresionante rango de monstruos diversos. Entregó sabores de terror que van desde lo físico hasta lo psicológico, lo sobrenatural y lo simplemente geopolítico. Y ha logrado, de manera bastante constante, superponer tres géneros: película de aventuras infantiles, terror adolescente y thriller para adultos, sin enredarse demasiado. Sobre todo, capturó esa sensación de los años 80. El centro comercial. La moda. La rusofobia de la Guerra Fría. Las bicicletas. Y, lo más importante, cómo se sentían las historias de esa década, aunque los argumentos no siempre tuvieran sentido. Había tanta oscuridad, tanto horror —incluso y especialmente en las películas infantiles— pero también la suficiente comedia, ligereza y amistad como para hacer que ese viejo dicho fuera cierto: realmente se sentía que el verdadero tesoro eran los amigos que hicimos en el camino.

Los hermanos Duffer respetan esas viejas fórmulas lo suficiente como para repetir más que innovar. Las resoluciones de la serie siempre han tendido a reafirmar los lazos emocionales, y restaurar los dulces y mundanos ritmos de la vida cotidiana después de enfrentar horrores indescriptibles, con más éxito que al abordar preguntas de mitología (o incluso de coherencia narrativa básica).

‘Stranger Things’ combina aventuras infantiles, terror y thriller en un homenaje a la cultura pop de los años 80

Llevaron ese modo aún más al extremo en el final, que dedicó los últimos 45 de sus 125 minutos a explicar cómo están las cosas 18 meses después de que el grupo derrotó a Vecna (y al Azotamentes). El tono varía entre lo conmovedor y lo empalagoso. Dustin canaliza a Eddie en la graduación. Los chicos mayores hacen promesas condenadas y conmovedoras de no perder el contacto al comenzar sus vidas adultas. Hopper le da a un Mike roto y afligido una dura charla motivacional sobre la pérdida y la resiliencia. Y le propone matrimonio a Joyce. Hubo vacíos: Murray no tuvo su momento. Tampoco Mike y Holly, quienes realmente lo merecían. Los graduados disfrutan de una última campaña de Calabozos y Dragones que termina con Mike (que no había hecho nada en toda la temporada) improvisando por fin un final alternativo muy emotivo sobre lo que realmente sucedió. Si todo eso funcionó para ti depende de si compras el núcleo emocional que la serie está vendiendo, o de si te importa la mitología.

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Si lo segundo es lo más importante, probablemente el final fue una decepción. Yo siempre supuse que los hermanos Duffer estaban inventando la cosmología de la serie sobre la marcha, y eso era parte de la diversión: Calabozos y Dragones tiene mucho de eso. Y claro, baja las apuestas colectivas de la serie, pero la proliferación de teorías y tópicos es parte del juego. Nadie espera que diferentes campañas se fusionen en una megahistoria que tenga perfecto sentido. ¿Por qué la temporada de Freddy Krueger debería encajarse a la fuerza en el horror botánico submarino que inicialmente caracterizaba al Otro Lado?

Quedó claro en la cuarta temporada que la serie, en efecto, intentaba organizar un poco sus monstruos. Dustin y otros empezaron a teorizar que Vecna, el Gran Villano que Eleven estaba entrenando para enfrentar, quizá en realidad era el general de cinco estrellas del Azotamentes, o viceversa. Eso parecía una declaración de ambiciones formales. ¿Intentarían los hermanos Duffer meter a los numerosos villanos de la serie en una jerarquía del mal y explicar cómo estaban conectados, y por qué todos estaban en Hawkins? ¿El Azotamentes, Vecna, el Otro Lado, el Dr. Brenner, el Proyecto Filadelfia, el Abismo y todo lo demás de repente formarían parte de un mega-esquema ordenado, siniestro y coherente?

La última temporada de 'Stranger
La última temporada de ‘Stranger Things’ apuesta por una trama que prioriza la nostalgia sobre la coherencia narrativa

Digamos que la serie tomó otro rumbo.

Stranger Things dedicó su última temporada a proliferar alegremente nuevas formas de horror, incluyendo materia exótica que licúa todo (¿excepto puertas?) hasta que, arbitrariamente, se detiene. Y una tierra de maravillas en technicolor situada enteramente en la mente de Vecna. Era encantador, en ese estilo propio de la serie. También resultaba algo inclemente. La temporada se burla un poco de lo infundadas que son las explicaciones de los personajes para todas estas cosas (incluso hacer que Dustin se equivoque sobre la pared es un punto de la trama). Pero también potencia el volumen de especulación—y de fenómenos ambiguamente extraños—hasta que la causalidad de todo se vuelve bastante difícil de rastrear. (No podría decir cómo las aventuras de Holly y Max resultaron en la epifanía de Max sobre cómo salir de la prisión mental de Henry, o por qué esa solución funcionó para ella pero no para Holly).

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No es fácil conectar la lógica onírica y los traumas al horror físico, el agujero de gusano, la materia exótica, el colapso interdimensional. O a los demoperros, las armas y los monstruos. Esperaba que el grupo tuviera una charla post-partida para descifrar exactamente qué significaba todo después de la batalla final. ¿Por qué, por ejemplo, se guardó un trozo del Azotamentes en un maletín, y quién era el tipo que Henry mató? ¿Qué pasó con la Dra. Kay y toda la presencia militar después de la desaparición de El? ¿Hay una entidad suprema planeando esto, o es todo (como todos repetían) “magia oscura”? Yo no soy una supervillana, pero si es lo primero, parece un poco enrevesado que la mega-araña junte dos mundos reclutando a Vecna (vía infección por una roca de maletín) para aprovechar la credulidad infantil en una recreación idílica de la casa de la infancia donde mató a su familia.

Esta temporada se sentía como si los diferentes sabores del terror finalmente chocaran y se estrellaran entre sí, en lugar de complementarse. Aunque Jamie Campbell Bower interpretó brillantemente tanto a la versión humana como a la llena de ramas puntiagudas de Vecna, su manifestación humana me pareció mucho más aterradora. Y aunque resultó refrescante que Henry rechazara la súplica de Will para volver del lado oscuro, su historia terminó sintiéndose incompleta: su humanidad apareció tan brevemente. ¿Por qué no dejarla respirar un poco? La serie ni siquiera amplió un poco su origen con el Dr. Brenner, o su contacto inicial con Eleven y cómo se sintió al darse cuenta de que ella tenía sus poderes. Extraño que ninguno de esos traumas se manifestara en el palacio mental donde Max pasó tanto tiempo. (Además, esperaba que el hecho de que Joyce, Hopper y los Wheeler conocían a Henry en la secundaria saliera a relucir). De manera similar, Kali y la Dra. Kay de Linda Hamilton parecían armas que la serie nunca supo cómo usar.

El final de la serie
El final de la serie dedica sus últimos minutos a mostrar la vida de los personajes 18 meses después de la derrota de Vecna y el Azotamentes

Incluso la inteligencia emocional de la serie, que siempre ha sido su superpoder secreto, parecía, como Eleven, que necesitaba un baño y algo de comida chatarra. La tragedia de Eleven fue durante mucho tiempo el ancla de la serie, pero esta temporada quedó relegada a un segundo plano. Su relación con Kali necesitaba más desarrollo; el rescate, la discusión y el desacuerdo estuvieron tan comprimidos que su muerte no tuvo el impacto que debía. El reencuentro de Eleven con Max, su mejor amiga, apenas se notó. Incluso su relación con Hopper careció de intensidad, lo que hizo que su ligereza de ánimo tras la desaparición de ella se sintiera insensible, cuando la serie claramente pretendía mostrar que por fin había superado viejos patrones tóxicos. El maravilloso descubrimiento de Will de que tenía un superpoder —lo que sugería que finalmente había logrado transmutar su trauma en agencia y elección— se degradó extrañamente a que él seguía siendo solo un recipiente para los sentimientos y percepciones de otros. (Por cierto, ¿qué pasó con Vickie? ¿Llegaron ella y Robin alguna vez a Enzo’s?)

Aun así, fue acertado que la serie se tomara su tiempo. Aprovechó nuestra nostalgia, no solo por los años 80, sino por cada uno de los nueve años que llevamos viendo, al desplegar montajes, flashbacks y megahits como “Heroes”, “Purple Rain” y “Landslide”. ¿Dustin y Steve abrazándose? ¡Lágrimas! Las cicatrices de la Sra. Wheeler. Incluso el nuevo peinado de Nancy. Y, por supuesto, el trágico intento de Mike de ayudar a todos a sentirse un poco mejor contando una muy buena historia. Por supuesto que la serie termina con Holly y Derek comenzando su primera campaña de Calabozos y Dragones. Es exactamente lo correcto para ese momento. Como Eleven, Stranger Things todavía puede asestar un buen golpe, incluso si no está funcionando a toda máquina.

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[Fotos: prensa Netflix]

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