SOCIEDAD
Los argentinos que sobrevivieron al ataque de Hamas a Israel: el terror tras una puerta y el día que volvieron al kibutz

Se cumplen dos años del ataque de Hamas en el sur de Israel. La invasión de esa mañana causó 1200 muertos y 251 personas secuestradas en los kibutz y en una fiesta electrónica que se desarrollaba en la zona cercana a la frontera de la Franja de Gaza. Todavía quedan 48 secuestrados, de los cuales tres son argentinos.
Más allá de las cifras, hay miles de historias de sobrevivientes. De familias que tuvieron que reconfigurar su vida tras el ataque terrorista.
La vida después del horror
Sergio Kohan llegó a Israel con su familia (esposa y dos hijos) en 2019. Allí, ya vivían el hermano y el papá de Sergio, que se habían instalado en Israel durante la década del 80 y del 90 del siglo pasado. En diálogo con Infobae, intentó reconstruir esas horas de terror en la que la fortaleza con la que se construyó el cuarto de seguridad de su hogar salvó a todos los suyos de una muerte segura.
Tras salvarse del ataque de tres miembros de Hamas que estuvieron dentro de la casa de los Kohan en el kibutz Ein Hashlosha, la familia comenzó un éxodo que incluyó una temporada en un hotel hasta poder volver a la casa familiar recién en agosto de este año.
“Los primeros seis meses vivimos en un hotel en Eilat. Pudimos llegar hasta allí luego de pasar por Beer Sheva en el auto de la familia. ‘Nos robaron muchas pertenencias durante el ataque del 7 de octubre, pero no pudieron llevarse mi coche. Lo encontré con sangre en el techo y con los paneles arrancados. Igual pudimos usarlo para arrancar este viaje’, recuerda Sergio en diálogo telefónico con Infobae.
Sergio, su esposa y sus dos hijos vivieron durante seis meses en un hotel de Eilat, una ciudad portuaria del sur de Israel sobre el mar Rojo. “Mi pareja era docente de nivel inicial en el kibutz y reorganizó las clases en uno de los salones del hotel para todos los chicos”.
En tanto, Sergio también necesitaba ocupar su tiempo con algo para dejar de pensar en lo que había vivido el 7 de octubre de 2023. “Hablé con el gerente del hotel porque quería ayudar con algo. Así, me pasaba unas cuatro horas por día en la lavandería doblando toallas como una forma de terapia ocupacional”, explica Kohan.

Su hijo mayor se recibió en la universidad en estos dos años. Es licenciado en ciencias políticas, historiador y profesor de historia. “Se especializa en estudios de la Shoá y de Medio Oriente”, cuenta Sergio.
Mía, la menor de la familia Kohan, fue la primera en contar en las redes sociales lo que habían vivido hace dos años. “Tres terroristas entraron a nuestra casa gritando, riéndose, con la intención de asesinarnos. Rompieron todo lo que veían a su vista, robaron también todo lo que pudieron. Rompieron fotos familiares, con amigas mías de Argentina y de acá. Dieron vuelta toda la casa, nos desvalijaron todo”, escribió la chica de 18 años en aquel momento.
Relato del terror
La joven contó cómo vivió el momento en que estuvo a pocos pasos de los terroristas y de la muerte. “Mi mamá y mi hermano llorando y rezando. Yo intentándolos callar para que no nos escuchen”, cuenta Mía en una carta que posteó su papá Sergio.
La chica terminó el secundario con su grupo del kibutz en un internado al que concurría tres días por semana en la zona del mar Muerto. “Lo pidieron los jóvenes como una forma de seguir juntos – explica Sergio-, porque Hamas asesinó a varios de sus compañeros de colegio durante el ataque”.

Mía ahora entró al ejército y se dedica a su pasión, la fotografía. “Se encarga de hacer imágenes, tanto videos como fotos, de los soldados que entran o salen de la Franja de Gaza en su reencuentro con familiares o en diferentes momentos de su vida cotidiana”, cuenta Kohan entusiasmado.
La puerta que separó la vida de la muerte
Sergio vuelve en muchos momentos del día a lo que pasó la mañana del 7 de octubre de 2023. Ese sábado la familia se iba a juntar con otros vecinos. Era el final de las celebraciones luego del Año Nuevo y el Día del Perdón. Iba a haber música y comida en los parques que rodean las casas del kibutz. Todo estaba preparado, cada casa aportaría lo suyo. Desde knishes, pletzalej con pepinos y pastrón y otras delicias de la cocina judía. Es más, los Kohan recibieron la visita de su hijo mayor que en ese momento todavía estudiaba en la universidad de Beer Sheva, la tercera ciudad de Israel. La fiesta iba a ser completa.
Pero cuando toda la familia aún dormía, empezaron a escuchar las señales de alerta en los altoparlantes y saltaron las alarmas en las aplicaciones de seguridad de sus teléfonos. Eran las 6 de la mañana y el sol apenas se asomaba en los bosques que rodean al kibutz. Medio entresueños, los Kohan entraron en el cuarto de seguridad. Esperaban que el escudo antiaéreo otra vez hiciera explotar en el aire los cohetes de Hamas. Un día más de rutina en esa zona del sur de Israel antes de la fiesta con los vecinos. Pero nada fue parecido a los otros fines de semana.
Tras las primeras explosiones, salieron del cuarto de seguridad, que en realidad es la habitación del matrimonio Kohan, que tenía puerta y ventanas blindadas a prueba de balas. Entonces, por WhatsApp empezaron a recibir las primeras informaciones de los terroristas infiltrados. “Supimos que habían bombardeado las cámaras de seguridad de la frontera, habían derribado el muro con topadoras y entraron a territorio israelí en caravanas de camionetas”, relata Sergio.

Los Kohan reciben mensajes en los que les pedían que se quedaran encerrados en sus casas. La familia se pone a ver la TV y empiezan a llegar las primeras informaciones de las incursiones de los terroristas de Hamas. Sergio pensó que eso no podría estar sucediendo. Ya nadie dormía en las casas del kibutz. Los mensajes iban y venían en el grupo de WhatsApp para tratar de poner claridad a la situación.
Cerca de las 10 de la mañana, la familia escuchó voces en árabe que hablaban cerca del jardín de su casa. La esposa de Sergio se asomó por una de las ventanas y los vio. Eran tres hombres a cara descubierta. Del shock, la mujer no recuerda si estaban armados. No llegó a verlo o negó en su mente esa posibilidad. Quizás una negación de supervivencia. Los Kohan corrieron nuevamente hacia la habitación de seguridad. “Esta vez apagamos la tele, las luces y les pedí a todos que pusieran sus celulares en mute -cuenta Sergio-. Empezamos a mandar mensajes de alerta por WhatsApp a la policía y el ejército. Nos respondían que ya estaban en camino y nos daban aliento para resistir”.
Los terroristas en la casa
La tensión seguía. Las voces de los hombres, esas que Sergio y los suyos nunca se podrán sacar de la cabeza, estaban cada vez más cerca. Luego, escucharon el estruendo de un vidrio que se rompió en mil pedazos. Dentro del cuarto se miraron con susto. No podían, ni debían hablar. De eso dependía sobrevivir.
Mientras seguían enviando mensajes en busca del rescate, escuchan los pasos que se acercan a la puerta. Quizás el momento más difícil que vivieron dentro del cuarto de seguridad. Sergio agarra fuerte el picaporte y del otro lado estaban los terroristas de Hamas, apenas separados por una puerta. La tensión cede por un momento. Se profundiza un silencio que hace sospechar a los Kohan. “Teníamos miedo de que estuvieran preparando una emboscada. De salir y tenerlos agazapados en la cocina o en otro lugar de la casa”, explica el hombre.

Volver a casa
Hace menos de dos meses, los Kohan volvieron a la casa de su kibutz. “No voy a mentir. Hay veces que tengo miedo que vuelva a pasar algo parecido. Estamos muy cuidados con dos unidades del ejército que conviven con nosotros en la comunidad. Además, si antes había cuatro familias que pidieron permiso privado para usar armas, ahora son unas 60”, admite Sergio.
Kohan retomó su trabajo en la fábrica de encuadernaciones que queda muy cerca de su casa, en la que trabajaba antes del ataque. Sin embargo, todavía resuenan en su cabeza los sonidos del 7 de octubre de 2023. “Me cuesta dormir y sigo con tratamientos con psicólogo y psiquiatra -cuenta Sergio-. Es una herida que va a quedar abierta por mucho tiempo”.
,israel
SOCIEDAD
Margaret Hamilton, la ingeniera que transformó los errores del Apolo 11 en la base de la informática

Mucho antes de que «software engineer» sonara a empleo estrella, Margaret Hamilton ya lideraba en MIT el equipo que escribió el software de vuelo del programa Apolo para la NASA. Por aquel entonces, la misión pedía una cosa rarísima, ya que confiaban en un ordenador con recursos mínimos y su fiabilidad… pero a 384.000 kilómetros de distancia y sin un botón de reiniciar al alcance.
El día que saltaron las alarmas
En toda la problemática que vivió el Apolo 11, la clave estuvo en que el sistema supo priorizar tareas críticas en lugar de colapsar cuando saltaron las alarmas de sobrecarga. El enfoque basado en «si algo va mal, seguimos hacia delante» se ha convertido en el corazón de la ingeniería de software moderna gracias a la detección de errores, la recuperación y las prioridades, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de una época en la que fallar era mucho más fácil.
La NASA destaca este logro como parte del esfuerzo que llevó el software del Apolo a funcionar en un entorno extremo, una situación sin glamour, pero con consecuencias históricas para su sector. Hamilton, por su parte, popularizó el término «ingeniería de software» para que el código se tratara con la misma seriedad que el hardware. Al principio se rieron, luego copiaron todas sus enseñanzas.

Hoy todos hablan del ray tracing, pero casi nadie sabe por qué se inventó en 1979
Así, la imagen icónica de Hamilton junto a una torre de listados de código es la prueba de la importancia de su invento, ya que se trata de la demostración física de una era en la que el software ocupaba tanto espacio como paciencia. El mérito, por tanto, no fue «escribir mucho», sino diseñar bien. Por ello, tenían que conseguir que el sistema mostrara alarmas útiles, diera decisiones claras y permitiera seguir aterrizando sin improvisar.
Hoy, cuando un sistema se satura o decide qué recortar con cabeza, detrás de la clásica pantalla congelada se puede llegar a esconder una parte de las innovaciones de Hamilton. De esta forma, su historia se trata de una forma de ver cómo el software del pasado sigue transformando el futuro, ya que muchas veces trabajando en silencio en evitar que todo explote cuando la situación aprieta más que nunca.
Imagen principal de NASA
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La noticia
Margaret Hamilton, la ingeniera que transformó los errores del Apolo 11 en la base de la informática
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3DJuegos
por
Abelardo González
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SOCIEDAD
Tiene 18 años y creó una aplicación para que su abuela con ELA pueda volver a comunicarse

A Marissa la diagnosticaron en marzo de 2024, después de varios meses con síntomas extraños. Los médicos confirmaron que tenía ELA bulbar, una variante que ataca primero la garganta y compromete el habla.
Ese verano, mientras estaba de viaje con su familia, notaba que tenía mucha tos y se le iba la voz. Hablaba y parecía como si estuviese afónica. Empezó a hacer ejercicios para entrenar la garganta porque se dio cuenta de que cada vez le costaba más comunicarse y sabía que la situación iba a empeorar rápidamente.
“Algo hay que hacer”, pensó Andrés Herscovici, su nieto. En ese momento, con apenas 16 años, reunió a su familia para buscar alguna solución. “El mayor problema era cómo se iba a comunicar. En la mayoría de los pacientes, la ELA afecta el sistema nervioso y provoca parálisis, pero en este caso, afectaba a la garganta y a la respiración, era un problema grave”, recordó el joven en diálogo con TN.
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Sin dudarlo, Andrés se puso a investigar qué aplicaciones había disponibles. Entre las opciones, una usaba el texto y lo reproducía con voz de robot y otra, que podía usar el mismo timbre de la persona, costaba miles de dólares. La clave no era solo tecnológica, era emocional. “Esa la suelen usar en casos de ELA muy avanzada, pero el sistema era complicado y muy caro. Además, la gente no se siente cómoda hablando con un robot”, detalló.
Él no sabía programar, pero en los primeros años de secundaria tomó clases y tenía un entendimiento básico de IA, lo que le permitió saber a dónde apuntar la búsqueda: “Comencé a averiguar si se podía armar una app que pase de texto a voz y encontré un software de una compañía que se dedica a eso. Lo usan para las películas, clonás la voz y te ayuda a convertirlo”.
Después de descubrir esa aplicación, había que adaptarla a su necesidad. Técnicamente se podía usar, pero no estaba hecha para el día a día. “Era medio compleja. Mi abuela con más de 70 años no iba a poder usarla en lo cotidiano”, planteó.
El primer desafío fue la voz. Para que sonara realista, necesitaba al menos 30 minutos de audio de su abuela. No era tan simple, pero Marissa mandaba muchos mensajes grabados por WhatsApp, así que la familia emprendió la recolección para alcanzar el mínimo de tiempo.
Unas semanas después llegaron a acumular una hora y media de grabaciones y Andrés pudo clonar su voz. Lo que ninguno se imaginaba era que en la primera prueba iban a poder escuchar nuevamente la voz de la abuela.
“Cuando la presentó, escuchar el primer mensaje y que fuera identificable… Hacía meses no la escuchábamos, fue una emoción para todos”, expresó conmovida Marcela, la mamá de Andrés e hija de Marissa.
El siguiente paso era efectivamente transformarla en una herramienta cotidiana. Así, el joven creó un sitio web que traducía el texto en voz: su abuela escribía en el teléfono y el dispositivo reproducía su propio timbre.
Tardó cuatro o cinco meses en programar la primera versión. En agosto de 2025, Marissa comenzó a usarla para acostumbrarse. “Iba a ser un cambio muy grande pasar de hablar todos los días a usar la app para comunicarse. Así que decidió usarla aunque todavía podía hablar, porque le requería mucha energía”.
Sin embargo, la enfermedad avanzó y hoy Marissa puede hablar gracias a la app. Cada vez que la visita, se emociona al verla usarla. “Creé la app y no sabía cuánto la iba a usar. La creé para ayudarla. Pero ver que ella realmente la usa y que la ayuda de manera tan efectiva me motivó a que se expanda para otra gente”, manifestó.
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En ese sentido, Marcela relató: “La enfermedad es muy cruel. No se le gana. Es tan progresiva que no hay nada de lo que uno hace para que mejoren. Cada día es peor, los hijos y nietos lo ven. Es muy triste. Se alimenta con botón gástrico. Y cuando perdió la voz, la tratamos de interpretar, pero necesitábamos algo más”.
Por eso, la aplicación no fue solo una herramienta: fue una forma de devolverle identidad. Y fue bautizada como “Marissapp”.
Una herramienta para todos
Lo que inició como un gesto íntimo se fue difundiendo entre familiares de personas con ELA. De hecho, la familia ofreció que otras personas que padecen la enfermedad puedan probar la plataforma.
“Me llegaron diez o quince mensajes pidiendo que los ayude. De ahí cada vez son más”, indicó Andrés. Pero el proceso no es automático: hay que reunir los audios, clonar la voz, conectar cuentas. “Mucha gente no tiene alguien que les dé una mano. Mi abuela nos tenía a nosotros, pero hay otras personas que no tienen hijos o alguien a quien acudir. Fue emocionante poder ver cómo los podía ayudar”.
A partir de eso, Herscovici recibe mensajes no solo de personas con ELA, también de personas con cáncer de lengua u otras patologías que afectan el habla. Algunas no tienen audios suficientes para clonar su voz y usan versiones estándar, pero aun así encuentran una herramienta para comunicarse.
“Hay soluciones parecidas, pero salen entre US$180 y US$200. No todos pueden pagarlo y no saben si les va a resultar. Mi objetivo es crear una solución para todos, sencilla de usar y que sea gratuita”, sostuvo.
De todas formas, Andrés sueña en grande: quiere transformar el sitio web en una app móvil con un agente de inteligencia artificial que guíe paso a paso el proceso de clonación, automatice el “onboarding” y permita que cualquiera pueda hacerlo sin depender de un familiar experto. “Mi idea es que todo el proceso sea más simple para poder expandir mucho más”, explicó.
Su madre, orgullosa de su hijo y del resto de los nietos, manifestó: “La creación de esto es cómo se debe vivir en familia. Lo que más admiro es la naturalidad de colaborar genuinamente. Que un chico que está en el colegio haga esto, fue muy especial”.
“No poder comunicarse, perder esa capacidad, es muy tremendo. Pero Andy logró construir un puente”, reflexionó la mujer. Un puente que la mantiene viva y comunicada a Marissa, y que puede ser un puente para cientos de personas con las mismas afecciones.
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De todas formas, Andrés sueña en grande: proyecta transformar el sitio web en una aplicación móvil que incorpore un agente de inteligencia artificial capaz de guiar, paso a paso, el proceso de clonación, automatizar el “onboarding” y permitir que cualquier persona pueda utilizarla sin depender de un familiar con conocimientos técnicos. “Mi idea es que todo el proceso sea más simple para poder expandir mucho más”, explicó.
Su madre, orgullosa de él y de sus nietos, destacó el valor familiar detrás del proyecto: “La creación de esto refleja cómo se debe vivir en familia. Lo que más admiro es la naturalidad de colaborar genuinamente. Que un chico que todavía está en el colegio haya hecho esto fue muy especial”.
“No poder comunicarse, perder esa capacidad, es algo tremendamente duro. Pero Andy logró construir un puente”, reflexionó. Un puente que hoy mantiene viva y comunicada a Marissa, y que podría convertirse también en una salvación para cientos de personas que atraviesan las mismas afecciones.
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Cinco conversaciones que hay que tener con los padres que están envejeciendo

Randall ya es senador en esa escena final de This Is Us, y si siempre habló grandilocuente ahora suena casi impostado. O no. Tal vez suena como un hijo varón en un momento delicado de su madre. “Ella tenía buenas intenciones cuando nos sentó y nos dijo sus deseos, pero no podía saber entonces lo que sentiríamos hoy, esta profunda necesidad de pagarle lo que hizo por nosotros”. Dicho así, suena altruista y hasta generoso, pero Kevin logra protestar: “¿y eso vale para anular sus deseos?”.
La escena podría escalar y escalar alrededor de la cama de Rebecca, pero Kate desarma todo en un instante cuando los obliga a acercarse a ella. Randall, peinala, despacio, se le hacen nudos. Kevin, pasale crema, está seca. “Ustedes tienen que ser capaces de mirarla, hoy. Ya no la ven. Todavía no se dieron cuenta que no es aquella mujer magnífica y todopoderosa. Nos toca a nosotros decidir”.
Me acordé de esa escena esta semana, leyendo en The New York Times un artículo titulado “Cinco conversaciones que hay que tener con los padres que están envejeciendo”. Cinco conversaciones que, según geriatras, terapeutas familiares y especialistas en planificación financiera, conviene tener antes de que una habitación como esa obligue a decidir en nombre de alguien que ya no puede explicarse. El texto no está escrito en tono dramático; propone empezar temprano, cuando todavía hay autonomía plena, y hablar en momentos cotidianos para evitar que la primera vez sea en una guardia hospitalaria.
No es casual que estas recomendaciones aparezcan con insistencia en medios internacionales. Vivimos más años que cualquier generación anterior y, sin embargo, seguimos hablando de la vejez como si fuera un accidente y no una etapa probable y extensa. La expectativa de vida se estiró, pero la cultura de la planificación emocional no acompañó con la misma velocidad. El resultado es esa escena repetida en miles de habitaciones: hijos adultos decidiendo en nombre de padres que ya no pueden explicar lo que querían.
Las conversaciones que enumera parecen sencillas: salud, dinero, vivienda, redes de apoyo y legado emocional. Sin embargo, cada una implica atravesar una resistencia afectiva profunda. La primera no se limita a revisar estudios médicos, sino que exige preguntar qué significa calidad de vida para esa persona, qué límites no querría cruzar, qué tipo de intervenciones aceptaría. En Estados Unidos existe incluso un marco legal para dejar asentadas esas decisiones anticipadas; pero más allá de los papeles, formular la pregunta en la intimidad familiar supone reconocer que el cuerpo puede dejar de responder y que la voluntad puede necesitar intérpretes.

La charla sobre dinero tampoco trata solo de herencias. Se trata de saber dónde están los documentos, qué coberturas médicas existen, quién conoce las claves digitales que hoy administran casi toda la vida económica. En contextos como el argentino, donde jubilaciones erosionadas conviven con ahorros frágiles y propiedades únicas, hablar de estos temas es casi una confesión de vulnerabilidad. Muchos padres sostienen la ficción de autosuficiencia; muchos hijos colaboran en silencio. El cajón cerrado con papeles acumulados es, a menudo, el síntoma de una conversación postergada.
La cuestión de la vivienda agrega otra capa. “Quiero quedarme en mi casa hasta el final” es una frase habitual, pero pocas veces se analiza si esa casa está preparada para un cuerpo que envejece. Escaleras, baños angostos, barrios sin transporte accesible. La expectativa de vida aumentó, pero la infraestructura no siempre acompañó. Decidir quedarse no es solo una elección sentimental; es también una decisión económica y urbana.
Cuando el artículo del New York Times aborda las redes de apoyo, sugiere una pregunta incómoda: si algo sucede, ¿a quién se llama? En sociedades que aún idealizan la familia extensa, la soledad no elegida crece en silencio. Hijos que viven en otras ciudades, vecinos que cambian, amistades que se reducen con los años. Mapear esa red antes de que sea imprescindible puede evitar decisiones precipitadas.
La última conversación, la del legado emocional, es quizá la más simple y la más difícil. No se trata de bienes materiales, sino de historias. Qué aprendiste, de qué te arrepentís, qué querés que recordemos. La médica estadounidense Louise Aronson, autora de Elderhood, sostiene que la vejez no es un mero declive, sino una etapa con lógica propia que requiere planificación y reconocimiento. Escuchar esas historias antes de que la memoria se vuelva bruma es parte de ese reconocimiento.

Aronson propone algo más incómodo todavía: dejar de pensar la vejez como una pendiente descendente y empezar a entenderla como una etapa con identidad propia, con conflictos, aprendizajes y tareas específicas. En Elderhood sostiene que así como la adolescencia necesitó un nombre para ser comprendida como una fase singular de la vida, la vejez requiere un cambio cultural que la saque del territorio del deterioro y la ubique en el de la experiencia. Pero para que esa etapa exista con dignidad no alcanza con buena voluntad médica: hace falta conversación, planificación y reconocimiento mutuo. Sin esas conversaciones, la vejez queda reducida a emergencia.
En la habitación de This Is Us, lo que está en juego no es solo un protocolo médico, sino la dificultad de aceptar que la madre ya no puede arbitrar el conflicto. Kevin y Randall discuten con argumentos distintos, pero ambos evitan el mismo gesto: mirar el presente sin nostalgia. Kate los obliga a hacerlo, y en ese movimiento sintetiza lo que el artículo del New York Times intenta prevenir. Cuando la conversación llega demasiado tarde, lo que queda es interpretación. Cada hijo reconstruye lo que cree que ella hubiera querido, y la voluntad se vuelve territorio de disputa.
Hablar antes no elimina el dolor ni la incertidumbre, pero reduce la improvisación y la culpa. Permite que la decisión no sea una competencia de amor, sino el cumplimiento de un acuerdo. En el episodio final de la serie, mientras Rebecca recorre el tren imaginario donde puede despedirse con claridad, sus hijos permanecen en la habitación real con la conciencia de que el tiempo ya no se puede negociar. La ficción ofrece una despedida luminosa; la vida rara vez concede ese orden narrativo.

Lo que incomoda de estas conversaciones no es solo la idea de la muerte. Es la inversión del orden. Durante años los padres preguntaron, decidieron, organizaron. Sentarse ahora a preguntarles qué quieren para el final es aceptar que la dirección cambió. Que ya no son ellos quienes sostienen el mundo. Y que algún día alguien hará las mismas preguntas del otro lado de la mesa.
Las cinco conversaciones propuestas por el New York Times no garantizan finales perfectos. Ofrecen, en cambio, la posibilidad de llegar a ese cuarto —si llega— con menos preguntas pendientes. Mirar a los padres cuando todavía pueden responder, preguntar antes de que el silencio sea irreversible, aceptar que el centro de gravedad cambia sin que el vínculo pierda dignidad. En última instancia, no se trata solo de prepararse para su vejez, sino de ensayar la propia. Porque la escena alrededor de la cama no es una excepción dramática: es una posibilidad estadística en sociedades que viven más tiempo del que aprendieron a planificar.
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