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Navidad en familia: cómo sobrevivir a las reuniones si los vínculos son conflictivos

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Las reuniones familiares en Navidad pueden reactivar viejos conflictos y heridas emocionales, según especialistas en terapia familiar (Imagen Ilustrativa Infobae)

En Navidad, las celebraciones involucran a familiares de diversas edades y características. Ante este panorama, surgen dudas sobre cómo afrontar estas reuniones cuando la relación en familia no es buena. Lo cierto es que el contexto social agrega presión a quienes desean evitar conflictos o sentimientos negativos en estas fechas.

En muchas familias, la Navidad activa antiguos desencuentros o heridas emocionales. Personas que mantienen relaciones conflictivas durante el año pueden experimentar frustración, soledad y distancia afectiva. La idealización de la armonía familiar puede no coincidir con la realidad y acentuar estas sensaciones.

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Según especialistas, consultados por Heraldo, cada persona llega a las fiestas con expectativas propias. La presidenta de la Asociación Aragonesa de Terapia Familiar, Lola Fatás García, expuso que si los vínculos ya presentan dificultades previas, “basta una simple cena para que todo se active, aun con amor y los mejores propósitos posibles”.

La presión social y la
La presión social y la idealización de la armonía navideña generan frustración y soledad en quienes tienen vínculos familiares conflictivos (Imagen Ilustrativa Infobae)

De acuerdo con la Asociación Aragonesa de Terapia Familiar, las fiestas navideñas “tocan temas muy sensibles para todos”, como la pertenencia y el reconocimiento. Cuando estos pilares están dañados, cualquier pequeño desacuerdo puede provocar malestar intenso. Por eso, resulta frecuente que surjan discusiones, distancias e incluso sensación de soledad.

Lola Fatás García señala que las reacciones emocionales varían considerablemente. Algunas personas buscan conexión y compañía, mientras que otras prefieren protegerse de conflictos y optan por el silencio o el aislamiento. Ambos modos -de funcionar- son legítimos y necesitan aceptación sin juicios.

En ese sentido, la psicóloga sugiere que hablar con antelación sobre los propios límites y necesidades puede facilitar que los miembros cercanos de la familia se apoyen entre sí.

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Poner límites y comunicar necesidades
Poner límites y comunicar necesidades personales ayuda a proteger el bienestar emocional durante las fiestas de Navidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

La experta indica que una opción eficaz consiste en acotar el tiempo de participación en las reuniones. No es necesario permanecer durante horas si esto supone un sufrimiento o tensión excesiva. Además, evitar temas que suelen generar conflicto es otra recomendación útil.

Asimismo, abordar cuestiones delicadas puede esperar a momentos más adecuados y tranquilos, fuera de las celebraciones.

Fatás agrega que permitir pausas, salir a respirar aire fresco o simplemente alejarse brevemente del grupo ayuda a recuperar la calma. En ocasiones, conviene evitar conversaciones profundas y centrarse en preservar la estabilidad emocional.

Decidir no participar en una reunión también constituye una posibilidad válida si se considera necesario. La especialista aclara que este acto no representa una agresión, sino una medida legítima de autocuidado.

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Decidir no asistir a una
Decidir no asistir a una cena de Nochebuena es una medida legítima de autocuidado y no implica rechazar a la familia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según la psicoterapeuta, a veces la culpa está relacionada con mandatos sociales o familiares que presentan la convivencia en estas fechas como obligatoria e inmune a problemas. La lealtad y el bienestar personal empiezan por no exponerse a situaciones que generan daño.

En tal caso, aconseja informar la decisión de forma simple y sosegada, como: “Este año necesito descansar y no vendré a la cena de Nochebuena. Os deseo una buena celebración y nos vemos en Reyes”.

El hecho de poner límites durante la Navidad no implica rechazar a la familia, sino practicar el respeto propio. Fatás señala que no hace falta justificar en exceso la decisión si se toma con serenidad y claridad. Además, la idea universal de armonía navideña es, en muchos casos, un ideal cultural que no se corresponde con la realidad de cada hogar.

En España y otros países mediterráneos, los lazos familiares suelen tener un peso relevante, pero esto no siempre garantiza el cuidado mutuo ni la ausencia de heridas emocionales.

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La culpa por no participar
La culpa por no participar en celebraciones navideñas suele estar relacionada con mandatos sociales y expectativas culturales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La psicóloga resalta que las familias atraviesan pérdidas, distancias y desencuentros que afectan la convivencia en estas fechas. Admitir que cada persona hace lo mejor posible con su historia y sus capacidades es clave para aliviar la presión social y el sentimiento de culpa.

Para hallar un equilibrio en los vínculos durante la Navidad, la recomendación es preguntarse qué necesidad personal debe cuidarse; no se debe actuar solo en función de expectativas ajenas. Al poner límites, también es importante reconocer que otros miembros del grupo tienen necesidades diferentes que merecen respeto.

Fatás concluye que los encuentros navideños no constituyen el momento apropiado para abordar o resolver asuntos familiares complejos.

Las conversaciones profundas sobre conflictos
Las conversaciones profundas sobre conflictos familiares deben posponerse para contextos más adecuados y no durante la Navidad (Gemini)

Las conversaciones profundas sobre conflictos pendientes requieren otros contextos, mayor privacidad y tiempo. La Navidad puede activar el duelo tanto por personas ausentes como por ideales familiares no alcanzados. Entender estas dinámicas permite cultivar la compasión hacia los demás y hacia uno mismo.

De acuerdo con la Asociación Aragonesa de Terapia Familiar, el equilibrio emocional en estas fechas depende de la capacidad de reconocer los límites propios, de comunicar de forma asertiva y de aceptar la realidad particular de cada familia. Estas acciones permiten cuidar la salud emocional y favorecer relaciones más sanas, incluso cuando la armonía no es completa.

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Alguna vez los EE.UU. advirtieron sobre la amenaza rusa. Ahora es el turno de los europeos.

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MÚNICH — Hace cuatro años, funcionarios estadounidenses llegaron a la Conferencia de Seguridad de Múnich con fotografías satelitales de tropas rusas concentradas e interceptaciones de conversaciones entre generales rusos, argumentando la inminencia de una invasión de Ucrania.

La mayoría de los altos funcionarios europeos desestimaron las pruebas, declarando que el presidente ruso, Vladímir Putin, estaba fanfarroneando.

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La guerra por Ucrania, que esta semana entra en su quinto año, comenzó unos días después.

Este año, los papeles se han invertido en gran medida.

Los pocos funcionarios estadounidenses presentes, encabezados por el secretario de Estado Marco Rubio, solo afirman que están negociando para detener la matanza antes de pasar a otros temas.

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Y ahora son los europeos quienes argumentan que ni siquiera un alto el fuego ni un acuerdo de paz pondrán fin a la campaña de sabotaje de Putin en toda Europa, y que es poco probable que sus apetencias territoriales se detengan en la frontera con Ucrania.

Las disputas del año pasado entre Washington y Europa —sobre aranceles, Groenlandia, la libertad de expresión de los partidos políticos de derecha y la declaración de la administración Trump de que Europa se encamina hacia una «extinción civilizatoria» a menos que controle sus fronteras— han eclipsado un cambio más fundamental.

Los líderes de varias naciones europeas afirmaron que, tras esa serie de conmociones, hablan de «reducir el riesgo» de Estados Unidos.

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Es un término que antes se reservaba para describir una estrategia destinada a evitar la dependencia excesiva de China o las frágiles cadenas de suministro de petróleo o minerales críticos rusos.

Ahora se aplica a Estados Unidos.

Los europeos advierten ahora de amenazas que los estadounidenses, en sus discursos ante la conferencia, nunca reconocieron.

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Entre ellas se encuentra la imprevisibilidad del presidente Donald Trump.

En su discurso del sábado, Rubio intentó disipar algunos de los temores de Europa, adoptando un tono mucho más diplomático que el del vicepresidente J.D. Vance hace un año desde el mismo escenario.

«Siempre seremos hijos de Europa», dijo, centrándose en la profundidad y la historia de la colonización europea de Norteamérica, en lugar de sermonear sobre la represión de los grupos de extrema derecha.

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Si bien se mencionaron algunos de los temas de Vance, la presentación más suave facilitó mucho la comprensión del público, mayoritariamente europeo.

Pero Rubio apenas mencionó a Rusia, la fuente de las mayores preocupaciones de seguridad de los europeos, y no ofreció ninguna advertencia a Putin, a pesar de que habló solo horas antes de que varios aliados de EE.UU. acusaran al Kremlin de usar una toxina prohibida para asesinar a Alexei Navalny, el líder de la oposición rusa, en prisión hace dos años.

Varios diplomáticos señalaron más tarde ese mismo día que la ausencia del visto bueno de Washington a la información de inteligencia era reveladora.

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Daños

Al mismo tiempo, la evidencia del daño causado durante el último año era evidente.

Los daneses, aún atónitos por la rapidez con la que surgió la posibilidad de un conflicto militar con Estados Unidos en diciembre y enero, están negociando públicamente con Washington.

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Pero aquí en Múnich, seguían preguntando a los estadounidenses si creían que Trump podría revivir repentinamente su exigencia de que Estados Unidos posea, y no arriende, las 836.000 millas cuadradas de Groenlandia cubiertas de hielo.

(Es muy probable, según le dijeron varios estadounidenses a la primera ministra danesa, Mette Fredericksen).

El canciller alemán, Friedrich Merz, reprendió el viernes en un discurso a sus compatriotas europeos por su excesiva dependencia de Estados Unidos durante demasiado tiempo, haciéndose eco de la vieja queja de Washington sobre Europa.

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La más pura cristalización de la preocupación de Merz subyace en su conversación de un año con el presidente francés, Emmanuel Macron, sobre si Alemania debería estar amparada por el paraguas nuclear francés.

Merz ha reiterado que cualquier acuerdo para que Francia ofrezca la máxima protección a Alemania se coordinaría con la OTAN y Estados Unidos.

Pero en la raíz de la iniciativa nuclear de Merz reside un evidente nerviosismo ante la posibilidad de que Washington ya no arriesgue Nueva York mientras protege Berlín.

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Merz ve claramente la necesidad de un Plan B nuclear.

Esto podría tardar un tiempo: no es seguro que la pequeña e independiente fuerza disuasoria nuclear de Francia sea lo suficientemente grande como para proteger a Alemania, y quizás también a Polonia, ni que Francia esté dispuesta a arriesgar París para salvar Berlín.

El tipo de negociación a puerta cerrada que Merz lleva a cabo nunca se planteó durante la Guerra Fría ni en la era posterior, según expertos nucleares.

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Pero la lenta separación de Washington se hace más evidente en cómo los europeos hablan de la amenaza rusa, cuatro años después del inicio de la guerra con Ucrania.

Los líderes de muchas de las mismas naciones europeas que argumentaron hace cuatro años que Putin no se arriesgaría a invadir Ucrania ahora advierten que podría no detenerse en sus fronteras.

Y citan los actos de sabotaje cada vez más audaces en su territorio como prueba de que Putin está librando una guerra en la sombra activa en territorio de la OTAN, una amenaza que Rubio tampoco mencionó en su discurso del sábado.

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Indicios

Los ataques han incluido misteriosas explosiones en patios de ferrocarril, cables submarinos de fibra óptica cortados, ciberataques e incursiones con drones en la frontera con Polonia.

El primer ministro británico, Keir Starmer, declaró que la invasión rusa de Ucrania y sus «amenazas híbridas» contra Europa dejaron al continente con «una sola opción viable».

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Los europeos, añadió, «debemos fortalecer nuestro poder duro, porque es la moneda de cambio de nuestra época.

Debemos ser capaces de disuadir la agresión y, sí, si es necesario, debemos estar listos para luchar».

Estas reacciones parecen bien para la administración Trump, que argumenta que Europa finalmente ha captado el mensaje —gracias a la presión de Trump y la agresividad de Putin— de que necesita ocuparse de su propia defensa en todos los ámbitos de la guerra «convencional».

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(Washington seguiría conservando la responsabilidad de la disuasión nuclear y, de ser necesario, de la respuesta nuclear, según declaró Elbridge Colby, el funcionario de mayor rango del Pentágono que asistió a la conferencia, en un discurso antes de llegar a Múnich).

Pero no cabe duda de que estadounidenses y europeos ven la amenaza actual de forma muy distinta.

«En Londres y otras capitales, los europeos siguen hablando como si estuviéramos en 1939», mientras el continente se encaminaba hacia la guerra, afirmó Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense y exasesor del senador John McCain.

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«Nadie en Estados Unidos piensa que estamos en 1939».

Preocupación

Quizás la mayor preocupación expresada por los funcionarios europeos ahora es que Trump aceptará casi cualquier tipo de acuerdo sobre Ucrania para proclamarse vencedor, incluso si eso prepara a Putin para futuros ataques.

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El presidente checo, Petr Pavel, declaró:

«Una paz muy rápida no resultará en un Premio Nobel de la Paz», sino en «otra agresión».

Frederiksen, la primera ministra danesa, planteó un tema similar. «Un mal acuerdo de paz en Ucrania abrirá la puerta a más ataques de Rusia, ya sea en Ucrania o en otro país europeo», declaró el sábado.

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Otros funcionarios europeos señalaron que la administración Trump ya está negociando posibles acuerdos comerciales con Moscú, especialmente en el sector energético, presumiblemente después de que se negocie un acuerdo de paz.

Los europeos, en cambio, se preparan para uno o dos años más de guerra, y el fin de semana pasado conversaron con el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, sobre nuevas defensas aéreas y una empresa conjunta para construir drones en una nueva fábrica cerca de Múnich. (

Zelensky recibió el mismo aplauso atronador en Múnich el sábado por la mañana que antes había escuchado en Washington, pero que no ha recibido recientemente).

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Un tema recurrente de conversación en Múnich es la composición de una «garantía de seguridad» europea y estadounidense para Ucrania, en caso de que se alcance un acuerdo.

Algunos de los lineamientos de la fuerza se están volviendo claros:

Consistiría en unas dos brigadas, o entre 7.000 y 10.000 soldados.

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Esto no sería suficiente para detener una reinvasión rusa a gran escala, pero se apuesta a que podría bastar para disuadirla.

Sin embargo, aún no está claro dónde se ubicaría: dentro o fuera de Ucrania. Moscú ha insistido firmemente en que no aceptará ningún acuerdo que exija el envío de tropas europeas a Ucrania.

Rubio fue mucho más cauteloso que Trump sobre la posibilidad de un acuerdo. Trump insiste en que Putin «quiere un acuerdo».

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Pero Rubio claramente tiene sus dudas.

«No sabemos si los rusos hablan en serio sobre el fin de la guerra», dijo, y añadió que Estados Unidos seguirá presionando a Rusia con sanciones y vendiendo armas que, en última instancia, Ucrania utilizará en su defensa.

Lo que no podemos responder, pero que seguiremos probando, es un resultado con el que Ucrania pueda vivir y Rusia pueda aceptar.

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Eso ha sido difícil de alcanzar hasta ahora.

c.2026 The New York Times Company

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Australia Hanukkah terror attack suspect seen for first time in prison

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

The man accused of carrying out a Hanukkah terror attack in Sydney, Australia, was seen publicly for the first time Monday, appearing by video link from Goulburn Supermax prison during a hearing at Downing Center Local Court.

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7NewsAustralia reported that Naveed Akram, 24, spoke only briefly during the less than 10-minute hearing as a suppression order protecting the names of some victims was extended.

«Did you hear what just occurred?» Deputy Chief Magistrate Sharon Freund asked. «Yep,» Akram replied.

«Your solicitor will call you, OK?» Freund said.

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FAMILIES MOURN LOVED ONES LOST IN BONDI BEACH TERROR ATTACK: ‘NO WORDS CAN DESCRIBE THE PAIN’

A court sketch depicts accused Bondi shooter Naveed Akram appearing via video link from Goulburn Supermax prison at Downing Centre Local Court in Sydney, Monday, Feb. 16, 2026. (Rocco Fazzari/AAP Image via AP)

«Yeah,» responded the shooting suspect.

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Akram has been charged with one count of committing a terrorist act, 15 counts of murder, 40 counts of attempted murder, and additional firearms and explosives offenses, according to the Commonwealth Director of Public Prosecutions website. 

The most serious charges carry potential life imprisonment.

ISRAELI DIASPORA MINISTER SAYS AUSTRALIA SHOULD HAVE SEEN ‘WRITING ON THE WALL’ BEFORE TERROR ATTACK

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Inset of three victims of the Bondi Beach attack with flowers, candles, and mourners in the background.

Rabbi Eli Schlanger, 10-year-old Matilda and French national Dan Elkayam were victims of the Bondi Beach attack.  (Audrey Richardson/Getty Images/Facebook/Eli Schlanger/GoFundMe/Project Volta)

Akram’s lawyer, Ben Archbold, told reporters it was too early to indicate how his client would plead, according to 7NewsAustralia.

«There’s a client that needs to be represented. And we don’t let our personal view get in the way of our professional application,» Archbold said.

His next court appearance is scheduled for April 8.

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Police officers stand near Bondi Beach as they secure the area following a deadly terrorist attack during the first night of Hanukkah.

Police teams take security measures at Bondi Beach in Sydney, Australia, after a terrorist attack targeting the Jewish community during the first night of Hanukkah. ( Claudio Galdames A/Anadolu via Getty Images)

CLICK HERE TO DOWNLOAD THE FOX NEWS APP

The 24-year-old is accused of carrying out Australia’s deadliest terror attack targeting a Jewish «Hanukkah by the Sea» celebration at Bondi Beach in December. 

His father, Sajid Akram, 50, was shot and killed in a gun battle with police at the scene.

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Australian Prime Minister Anthony Albanese described the Bondi attack as an «ISIS-inspired atrocity,» saying at a press conference at Parliament House in Canberra late last year that the government had been informed by the Office of National Intelligence of an ISIS online video feed reinforcing that assessment.



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Vivieron 23 años como vecinos ejemplares, pero eran espías rusos: la historia que sacudió EE.UU.

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27 de junio de 2010. La familia Hetfield- Foley festeja el cumpleaños de su hijo mayor Tim. Cumple 20 años. Almuerzan en uno de los mejores restaurantes de Cambridge, brindan con un champagne caro, comen rico, se ríen. Vuelven a su casa para terminar de preparar todo para la fiesta de la noche. De pronto escuchan fuerte golpes en la puerta, algún grito ininteligible. Alex, el hijo menor de 16, cree que son los amigos del hermano que lo vienen a felicitar, una de esas bromas ruidosas de jóvenes. Hasta que la puerta se abre de manera abrupta. Alguien la rompió de una patada. En un segundo todo se vuelve confuso, impreciso. Hay corridas, gritos, órdenes, golpes, muebles volcados.

Ingresan casi veinte hombres con uniformes y chalecos antibalas. Están armados. Son agentes del FBI. Cuando Alex se repone de la sorpresa y entiende que el FBI ha invadido su casa, piensa que se equivocaron de dirección. Uno de los agentes lo aparta con amabilidad. Le pide que se quede sentado en una silla. Él no opone resistencia. No parece tener miedo, lo domina la perplejidad. Del otro lado de la mesa, ve a su hermano mayor también sentado. Busca con la mirada a sus padres.

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Ann Foley, su madre, está tirada en el piso, boca abajo, esposada. Cuando quiere decir algo le gritan que debe permanecer callada. Ella de todas maneras le habla a sus hijos, se esfuerza para que la voz le salga serena: “Tranquilos chicos, vamos a estar bien”. Al padre, Donald Heathfield, lo descubre en la cocina. También está en el piso esposado; uno de los agentes tiene puesta una rodilla en su espalda. Primero se llevan a la mujer; luego, al hombre. Consiguieron que no hablen entre ellos. En la casa quedan sólo los dos chicos y una decena de agentes que revisa cada rincón y va llenando cajas con papeles, carpetas, computadoras y algunos otros implementos tecnológicos que requisan.

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Se habla poco. Alguna orden de un superior o la pregunta de ¿Esto también lo llevamos? de algún agente. Hasta que Alex se pone de pie y se acerca al hombre que comanda el operativo. Trata de disuadirlo de que están cometiendo un error, de que se equivocaron de casa. El hombre lo mira y de a poco la dureza se va de sus gestos. Con cierta compasión le dice: “Estamos investigando una red de espías rusos en Estados Unidos. Seguro, en un rato, alguien te va a informar mejor”.

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Ann Foley y Donald Hetfield no se llamaban así. Sus verdaderos nombres eran Elena Stanislavovna Vavilova y Andrey Bezrukov. Tampoco eran canadienses nacidos en Montreal tal como decían sus documentos y como creían sus dos hijos. Eran espías rusos infiltrados en Estados Unidos desde hacía más de dos décadas. Ese día de junio de 2010 se realizaron otros operativos y detenciones simultáneas en distintas ciudades norteamericanas.

Elena Vavilova y Andrey Bezrukov se conocieron en 1982 mientras estudiaban en la Universidad Estatal de Tomsk en Siberia, Rusia. (Foto: AFP)

La noticia provocó una gran conmoción. Una red de espionaje desbaratada de rusos que habían logrado mimetizarse de manera casi perfecta con el American Way of Life. Más que una noticia, más que una historia real, parecía un capítulo de una novela de John Le Carré, el maestro de las novelas de espionaje. Tanto es así que cuando los creadores de The Americans, la serie que se inspiró en Foley y Heathfield, no situó a sus personajes en el Siglo XXI sino en medio de la Guerra Fría y su tensión siempre a punto de explotar.

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El plan

Elena y Andrey se habían conocido a principios de la década del 80 en Tomsk, una ciudad de la región de Siberia. Estudiaban historia en la universidad. Se enamoraron y se pusieron de novios. Una tarde, al salir de clases, un hombre se acercó a ellos. Tenía anteojos negros, un sobretodo oscuro con las solapas levantadas, el gesto hosco. Parecía una caricatura de un agente de la KGB, pero era un agente real. Les pidió que lo acompañaran. La pareja aceptó de inmediato porque entendió la situación de manera muy veloz. No se trataba de una invitación, el hombre había emitido una orden que no admitía una negativa. Llegaron a un edificio macizo, sin gracia, una mole rústica y desnuda, soviética.

Les ofrecieron sumarse a la KGB como agentes encubiertos. Los tentaron con un buen sueldo y les aseguraron que el entrenamiento les daría herramientas para realizar con probidad su tarea. Les recordaron que la traición se pagaba con la vida; y hasta dieron a entender que también, en caso de defeccionar, peligraban sus seres queridos. A partir de ese momento recibieron adiestramiento durante varios años. Más allá del uso de armas, de tácticas de ocultamiento, de elementos para codificar mensajes, una de las enseñanzas más importantes era la del idioma. Debían aprender a hablar inglés como un nativo, eliminar de su acento la dureza metálica del ruso. Debían convertirse en norteamericanos en su aspecto, en su cultura, en su habla. En medio del entrenamiento se casaron.

En 1987 viajaron a Canadá de manera separada. Se radicaron en Montreal. Adoptaron la identidad de dos personas que habían muerto hacía muchos años al poco tiempo de nacer, gente que tendría la edad de ellos en ese momento. Se anotaron en la universidad y buscaron trabajo. Simularon conocerse allí mientras cursaban y enamorarse. Se volvieron a casar ahora ante la ley norteamericana. De a poco se introdujeron en sus nuevas vidas. Tuvieron hijos, hicieron amigos, progresaron en sus trabajos, día a día espiaron para la Unión Soviética. Hasta que el imperio colapsó y el gigante implosionó en decena de naciones. La Guerra Fría parecía haber terminado con la caída de la Unión Soviética y la pareja de espías parecía haberse quedado sin trabajo. Nadie les daba órdenes, nadie requería sus informes, nadie los protegía y ni los abastecía. Habían quedado aislados, desguarnecidos, olvidados.

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Elena Vavilova y Andrey Bezrukov no eran canadienses nacidos en Montreal tal como decían sus documentos y como creían sus dos hijos. (Foto: AP)

Elena Vavilova y Andrey Bezrukov no eran canadienses nacidos en Montreal tal como decían sus documentos y como creían sus dos hijos. (Foto: AP)

Había dos tipos de espías soviéticos (y luego rusos). Los Legales eran los que tenían trabajos oficiales en embajadas, consulados, empresas rusas; no ocultaban su origen, utilizaban su verdadero nombre y hablaban sin camuflar su acento. Los Ilegales eran, como el matrimonio Foley-Heathfield, rusos camuflados en Estados Unidos o Canadá que se apropiaban de una identidad que no era la de ellos, que actuaban todo el tiempo clandestinamente y que si sucedía algo quedaban librados a su suerte. Los Legales siempre tenían la posibilidad de guarecerse tras la inmunidad diplomática.

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Este mes se publicó en el país Los Ilegales (Salamandra) de Shaun Walker, una monumental investigación sobre el espionaje soviético-ruso en Estados Unidos. Un tratado de historias reales de espionaje que cubre más de un siglo. Walker es uno de los pocos que pudo entrevistarse con Ann Foley/Elena Stanislavovna Vavilova y toda su familia.

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Volvamos a la historia de la pareja Foley. Heathfield o Vavilova-Bezrukov. Después de Montreal, la familia se radicó en Boston, donde Heathfield comenzó a dar clases en Harvard. Mientras tanto abrió por su cuenta una consultora de negocios a la que le fue muy bien. Ann era, según se definió ella misma tiempo después, una Soccer Mom, una madre que se encargaba de la crianza de sus hijos, que los llevaba a las actividades extra escolares, que se encargaba de poner la casa en funcionamiento mientras el marido trabajaba afuera. Lo que nadie sabía era que por las noches, Ann bajaba al sótano de su casa y se pasaba horas encriptando mensajes para mandar a Moscú y decodificando los que les enviaban a ellos.

A la izquierda, Matthew Rhys, de la serie The Americans, donde encarnó a Andrey Bezrukov. (Foto: AP y FX)

A la izquierda, Matthew Rhys, de la serie The Americans, donde encarnó a Andrey Bezrukov. (Foto: AP y FX)

Nadie conocía su doble condición. Ni sus padres y tíos que habían quedado en Siberia ni sus hijos que vivían convencidos de que eran una familia canadiense como tantas otras. En su casa nunca se hablaba de Rusia y jamás hablaron en ruso delante de sus hijos; los chicos desconocían que sus padres hablaban ese idioma.

A principios del nuevo siglo, el SVR (Servicio de Inteligencia Exterior ruso) los volvió a contactar y su condición de espías renació, fueron reactivados. Donald Heathfield seguía creciendo en su trabajo. Se compraron una casa de tres pisos y vivían totalmente integrados a la sociedad.

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Vladimir Putin, con pasado como agente de la KGB, tenía mucho interés en el programa de espionaje, lo fomentaba y pedía a sus funcionarios que lo tuvieran al tanto de todo lo que ocurría. Más allá de la información por conseguir, lo subyugaba la humillación que significaba para su rival que les implantaran agentes en sus entrañas.

Mientras tanto el FBI, que durante años sintió que perseguía fantasmas, (sabían que eran altas las chances de que tuvieran agentes rusos en su país pero no podían dar con ninguno de ellos) dio un paso fundamental. Consiguió que Aleksandr Poteyev pasara a sus filas y se convirtiera en un doble agente. Poteyev era un funcionario de alto rango en el SVR y develó la identidad y ubicación de 11 agentes rusos infiltrados en Estados Unidos bajo la apariencia de ser ciudadanos norteamericanos. Tanto el FBI como la CIA al principio del seguimiento no creían que esas familias fueran rusas. La investigación fue profusa. Pusieron micrófonos en sus trabajos y casas, revisaron sus cajas fuertes mientras ellos no estaban, revolvieron su basura, intervinieron los teléfonos, escucharon conversaciones de sus hijos con los amigos, rastrearon todos sus contactos y actividades financieras.

A la izquierda, Keri Russell, de la serie The Americans, en la piel de Elena Vavilova. (Foto: AP y FX)

A la izquierda, Keri Russell, de la serie The Americans, en la piel de Elena Vavilova. (Foto: AP y FX)

Los atentados del 11 de septiembre hicieron que la persecución de los espías rusos dejara de ser prioridad, se reasignaron recursos y agentes. Un par de años después volvieron a ser puestos en la mira. Poteyev seguía ascendiendo en el servicio secreto ruso y actualizaba la información mes a mes. Con esos datos cada paso de los espías era seguido y hasta anticipado. En 2008, las más altas autoridades del FBI y la CIA tuvieron una reunión con Barack Obama. Le informaron al presidente, por primera vez, lo que habían descubierto y le dijeron que estaban en condiciones de detenerlos a todos en simultáneo. En pocos meses el presidente ruso Dimitry Medvedev visitaría Estados Unidos en gira oficial en un tiempo en el que las relaciones entre ambos países mostraban un acercamiento. Obama pidió que para no complicar esos avances diplomáticos la operación de desguace de la red se postergara.

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Si bien Foley y Hetfield estaban totalmente integrados y era muy difícil descubrir su origen ruso, otros de los integrantes del programa, en cambio, eran menos hábiles, se movían con más torpeza y dejaban sus huellas marcadas en varias de las operaciones.

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Recién en junio de 2010 se decidió detener a los espías rusos. Operativos simultáneos que provocaron un cimbronazo. Todos fueron puestos en prisión y permanecieron mucho tiempo incomunicados.

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Elena Vavilova Andrey Bezrukov con identidades falsas. (Foto: AP)

Elena Vavilova Andrey Bezrukov con identidades falsas. (Foto: AP)

Los hijos de la pareja Foley- Heathfield fueron informados en ese momento de la verdadera identidad de sus padres. A las pocas semanas viajaron a París desde donde agentes rusos los llevaron a Moscú mientras los chicos trataban de salir del estado de azoramiento. Allí les presentaron a una mujer anciana. Les dijeron que era su abuela. No pudieron comunicarse porque ella no hablaba inglés y los jóvenes no entendían ni una palabra en ruso.

Unos meses después hubo intercambio de detenidos. Estados Unidos liberó a los once espías a cambio de cuatro disidentes rusos detenidos en Moscú.

Al volver a Rusia, los espías recuperaron su verdadera identidad. Fueron recibidos como héroes, condecorados y la mayoría fue nombrada en puestos ejecutivos en empresas estatales rusas. Un reconocimiento a su labor en el extranjero, una acomodada jubilación anticipada.

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Los hijos de Ann y Donald (o de Andrey y Elena) fueron despojados de la ciudadanía canadiense. Pero accionaron ante los tribunales de Montreal para recuperarla. Alegaron que ellos no eran responsables de las acciones de sus padres, que ellos habían nacido en tierra canadiense y vivido allí varios años. El juez les dio la razón y restituyó la ciudadanía.

Aleksandr Poteyev escapó a Ucrania días antes de las detenciones. Allí fue rescatado por miembros de la CIA y trasladado a Estados Unidos donde residió hasta su muerte. Fue protegido por el estado, tuvo un buen pasar económico y votaba por los republicanos en cada una de las elecciones. De todas maneras, su vida posterior no fue tranquila. Tenía custodia permanente y se movía con muchísima cautela. Putin había puesto precio a su cabeza y, hace poco, se supo que pagó varias expediciones a Estados Unidos para que sicarios rusos mataran a Poteyev, el traidor.

Una historia real que inspiró una gran serie. Una gran historia de espías.

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