POLITICA
El sable del Libertador y los silencios del bronce

Una reciente solicitada exigiendo el regreso al Museo Histórico Nacional del sable corvo del General José de San Martín, donado a fines del s. XIX por la familia Terrero descendiente de quien lo recibiera en guarda de Juan Manuel de Rosas, sacudió la memoria del Padre de la Patria. El Libertador lo había enviado al despótico “Restaurador de las Leyes” desde Francia en homenaje a su defensa contra el bloqueo anglo francés sobre la Confederación Argentina (1845/1850). Hoy se exhibe de nuevo en el museo del regimiento escolta presidencial abierto al público, donde había sido depositado por seguridad luego del doble robo de 1963 y 1965 por militantes de la resistencia peronista.
Entregado en 1967 al Regimiento de Granaderos a Caballo por el dictador Juan Carlos Onganía, en 2015 sobrevino su devolución al Museo Histórico Nacional por decisión de la expresidenta Cristina Kirchner. Ella prefería al “doctor” Manuel Belgrano soslayando su condición de “general”. Pero San Martín no era un militarote iletrado. Y Don Manuel, el creador de las dos banderas nacionales, dotado de una generosa austeridad que adornaba su personalidad, el mayor contraejemplo de nuestras corruptas castas de vidas fastuosas.
La decisión del presidente Javier Milei, en febrero del 2026, de devolverlo al glorioso Regimiento de Granaderos -aduciendo una “reparación histórica”, un capítulo de la batalla cultural- es al menos contradictoria. Ya que Bernardino Rivadavia, primer presidente argentino auténticamente “liberal” y el primero en recurrir a un préstamo externo, había recibido con desconfianza y frialdad el ofrecimiento de servicios militares de un americano recién llegado de Londres, cuando era miembro del Triunvirato que en 1812 regía a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Era el teniente coronel retirado del ejército español, con uso de uniforme y fuero castrense, y sin sueldo, Don José Francisco de San Martín. Quien contra viento y marea creó ese mismo año el Regimiento de Granaderos. Primera unidad profesional del ejército patrio. Lo acompañó desde San Lorenzo a Chile y Perú, y luchó en Ecuador y Ayacucho. Fue disuelto por Rivadavia en 1826 al regreso de menos de 80 granaderos con 14 años de servicio, como el negro soldado “trompa” de San Lorenzo, sin honores ni retribuciones. .
“Héroe” por su capacidad para realizar hazañas, sufrido y excepcional ser humano, puesto de relieve en el dramático devenir de una atribulada existencia desde niño, San Martín consumió su juventud en las guerras peninsulares y empleó su madurez en una misión subcontinental que cumplió en lo esencial sin concluirla. San Martín pagaría su legítima ambición de gloria y de una confortable vida en su tierra al retiro (que el padre no tuvo al regresar de América en 1784 con su familia). Regresó en 1824 al destino precoz de nómade transatlántico, 40 años después de arribar a Cádiz con 6 años cumplidos. Frustrado su deseo cultivar, criar potros, leer, pintar paisajes y pulsar en patria criolla la guitarra andaluza con la que enamoraba en España.
El mismo San Martín que en 1816, preparando el cruce de los Andes en el Plumerillo, se quejaba y decía: “todo lo tiene que hacer éste hijo de puta”; que exclamaba desalentado “maldita sea mi estrella que no hace más que promover desconfianzas!”; y mellado por las calumnias confesaba “sí, mi amigo, porque para un hombre de virtud he encontrado dos mil malvados”. Ya en su ostracismo europeo, escribía: “Mi alma siente un vacío, ausente de mi patria”. (“San Martín confidencial: correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido, 1816-1838“, Patricia Pasquali). Emergía así el espíritu profundo de quien forjara en las filas del ejército borbónico su precoz estrella guerrera. Al mismo tiempo que frecuentaba lecturas en francés de autores de la Ilustración prohibidos por la Inquisición. Convencido a la postre de que la educación era más crucial que las necesarias batallas para la liberación americana.
Si uno observa las facciones marciales y apoteóticas en las numerosas estatuas del Libertador –la del Cerro de la Gloria en Mendoza exalta su hazaña andina- es difícil percibir algún eco de su previa vida como soldado español, curtido bajo el sol mediterráneo africano-franco-hispano-portugués. O aterido en los altos Pirineos catalanes/franceses donde aprendió la guerra de montaña. O en los tórridos campos de batalla de Andalucía, la lucha contra la fiebre amarilla y la defensa contra el cerco francés en Cádiz, y la campaña final contra Napoleón en el Portugal bajo dominio inglés.
La excepción es una estatua casi escondida en el parque de un pueblecito de Jaén, al que lleva la calle Argentina. En ella, el Capitán 2do. de Infantería San Martín, de 30 años, está montado de apuro en un equino ajeno espantado por el estruendo del combate (el suyo mal herido lo había arrojado al piso). Aferra con la mano izquierda las riendas, la espada caída no está en su diestra y tampoco señala con el dedo a la posteridad. De a pie, detrás del anca donde apoya su mano derecha, extiende su brazo solidario el soldado raso que le ha cedido su caballo. El rostro de aquel joven San Martín nos refleja al hombre de carne y hueso, consciente del inminente riesgo de morir o quedar mal herido en la refriega. En su mirada de agradecimiento a los ojos de Juan de Dios, el húsar del Regimiento de Caballería de Olivenza desmontado, no se vislumbra la inmediata gloria que logrará en Arjonilla en la primavera de 1808, imprevista primera victoria del ejército español sobre la caballería franca. La carga “a degüello” que ordena y encabeza con sus 40 infantes montados y que excede la misión de sólo explorar, entablando un combate de avanzadillas previo a la batalla de Bailén (julio de ese año), pone en fuga a un número superior de coraceros franceses que sufren muchas bajas contra un solo caído español.
Su éxito lo asciende no sólo al grado de capitán primero, con pase al Regimiento de Caballería Borbón, y ayudante de campo de uno de los dos jefes del ala izquierda española que decide la gran victoria, sino también al pedestal de héroe popular en la prensa de Sevilla. Promovido enseguida por su eficaz ayudantía a teniente coronel (nominal) ¿Es acaso en ese momento que, empapado de adrenalina y sudor, y seducido por la gloria, se da cuenta de que otro destino lo llama? ¿Habrá sentido en medio de los vítores que o bien escuchaba lo que empezaba a sentir en su alma y decidía lo que “había que hacer” -volver a sus raíces americanas- o sino “no sería nada”? Apenas un hidalgo militar “indiano” de rango medio, e hijo de un campesino/soldado congelado como oficial subalterno. Y por tanto, privado del generalato en la España nobiliaria y prebendaria. San Martín nunca ejerció el mando de un batallón como le correspondía, anclado en el magro sueldo de capitán en lugar de percibir el de teniente coronel “vivo”, o sea con mando efectivo.
Largos y tediosos años había pasado el joven San Martín en el servicio del cuartel, interrumpidos por las campañas terrestres. También navales en el Mediterráneo al mando de “fusileros de navales” a la caza de los piratas bereberes y en la guerra contra la Royal Navy.
Su salud acosada por marchas de hasta 400 kilómetros como adolescente cadete con su pesado equipo y armamento. Carrera iniciada en 1789 en un batallón del Regimiento Infantería de Línea de Murcia (El Leal) sito en Málaga. Y ya entre 1792/1793 con 15 y 16 años de edad, como subteniente en la campaña del Rosellón, en los valles alpinos de la “costa roja” francesa contra el ejército de ciudadanos de la Convención republicana, guillotinado el borbón Luis XVI. Luego de iniciales victorias, derrotado su ejército caerá prisionero. Destinado hacia fin del s. XVIII en la guarnición de San Roque cercana al peñón de Gilbraltar británico, como primer teniente del Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor, luego de la breve Guerra de las Naranjas en Portugal, venía sufriendo largo retraso en sus ascensos.
Mientras sus pares españoles, nobles y ricos, ascendían rápidamente aún sin experiencia guerrera. Al mismo tiempo seguía haciendo paciente acopio reservado de lo que sería una extensa “librería” (biblioteca) enciclopédica con grandes obras filosófico políticas de la antigüedad greco romana –sobre todo de la escuela estoica- y del Siglo de las Luces. Incluía libros de todas las ciencias y artes conocidas. En el fuerte de Cartagena, luego de haber caído prisionero de los ingleses en Menorca y con promesa de no volver a combatirlos hasta no ser “canjeado” por prisioneros ingleses, o al fin de la guerra, pintaba acuarelas marinas en abanicos que vendía a las damas para reforzar sus atrasados sueldos, mientras aprendía a pulsar la guitarra en las fondas del cante jondo. De sus amoríos, destaca el que tuvo en Cádiz con la “Pepa”… quien por carta al Chile liberado le rogará por un amado prisionero español.
Aquel oficial de acento andaluz, muy respetado por sus jefes, se fue formando a golpes de hacha en cuerpo y espíritu. Como la grave herida de arma blanca en el tórax producida por cuatro salteadores en Cubo de la Tierra del Vino, diminuto pueblito en la ruta del camino a Santiago. Allí, en 1801, lo dejaron por muerto y sin la bolsa real cuando reclutaba soldados entre Salamanca y Valladolid. La misiva al monarca pidiendo el perdón por la pérdida del dinero, esgrimiendo su defensa a sablazos y heridas, y avalado por un superior que lo vio tendido en casa de unos campesinos, es el primer escrito de puño y letra que se le conoce. Y en la Cádiz de 1808, previo a la gesta de Bailén, pesó mucho en su alma sentir para toda la vida el horror a las turbamultas ante la brutal agresión sufrida por una turba a la caza de sospechosos de “afrancesados”. Linchado su mentor, el gobernador de Andalucía, general Francisco Solano y Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro, descendiente de la nobleza española venezolana, amigo y cófrade de San Martín, nuestro futuro prócer es atacado por otro grupo de matones soltados de la cárcel que lo habrían tomado por Solano por su parecido. Superado, corre y salva su vida en una iglesia con auxilio del cura párroco, hasta que se refugia en casa su jefe de regimiento. Previa escala en Ronda, se integra al ejército que triunfará sobre Napoleón.
El Libertador vivió desde los 5 hasta los 33 años -durante 28 de sus 72 años y medio de vida- en la convulsionada e invadida España de los dos borbones, padre e hijo, que a caballo de los s. XVII y XIX aceleraron la decadencia de la antigua potencia imperial. Con esfuerzo y arrojo, demasiados sinsabores y pocas alegrías, San Martín desenvolvió su sagaz personalidad guerrera y su autoformación en el legado liberal. Los forjó a lo largo de 22 años. Iniciándose a partir de 1790/1791, entre los 13 y 14 años, como galardonado combatiente en una Compañía de Granaderos a pie, en el Orán africano. Para culminar su experiencia profesional en 1810/1811 en las líneas fortificadas de Torres Vedras, Portugal, al norte de Lisboa. Siendo allí también ayudante de campo del general Antonio Malet, Marqués de Coupigny, quien lo había ascendido en Arjonilla y Bailén, a la sazón jefe del estado mayor español en la coalición hispano-británica-portuguesa.
Donde San Martín aprendió de la genialidad estratégica del futuro Duque de Wellington, vencedor de Bonaparte en 1815. Y conoció a Carr Beresford, jefe de las tropas portuguesa, el invasor de Buenos Aires derrotado por Santiago de Liniers en 1806. Será su última campaña peninsular, antes de navegar en enero de 1812 al Río la Plata, previa estadía de tres meses en Londres donde compra el histórico sable. Allí participa en la fundación de la Logia de los Caballeros Racionales nro. 7, en cuya Logia nro. 3 se había iniciado en Cádiz invitado por Carlos María de Alvear. Cofradías secretas independentistas de la “Gran Reunión Americana” liderada por el venezolano Francisco Miranda, secundado en Londres por Andrés Bello, educador de Simón Bolívar. En el viaje a su patria natal San Martín cumple 34 años, transitada casi la mitad de su vida. Arrojada decisión no improvisada que lo define.
Con una mano atrás y otra adelante y más de 700 volúmenes -que salvo varios textos de matemáticas y ciencias cedidos al primer colegio secundario que inaugura en Mendoza- donará a la Biblioteca Nacional del Perú, que funda en 1822, llega a una desconocida y lejana tierra natal, sin fortuna ni familia.
Sin duda lo creyó mejor que terminar su vida sin arrojarse en brazos de la fuerza de su misión. Cumplida hasta que la suerte le fue esquiva lo esperaba “la soledad de la gloria”. Título de una obra biografía de P. Pasquali. A la expatriación de su hogar cultural donde queda su madre y hermanos, sucederán las de los países sudamericanos donde había liderado el grito de libertad. Aislado en el Perú por disidencias político estratégicas con sus mejores generales y la negación de apoyo armado de Simón Bolívar, tampoco permaneció en Chile a tiro de las insidias del ambicioso corsario de Su Majestad, Lord Cochrane. Para la España realista fue un militar traidor, y finalmente en la Argentina sufrió traición, calumnias y hasta conspiración para asesinarlo camino a Buenos Aires. Cuando ya frisaba los 46 años (hoy serían unos 56 o más años), y sin recibir un peso como brigadier general del gobierno patrio, arriba a Gran Bretaña en marzo de 1824. Viudo y acompañado de su hija Merceditas, a quien hará educar en Londres, Bruselas y París, y de su criado peruano Eusebio Soto. Rehace su vida en la Europa de la II Revolución Industrial, cuyos avances tecnológicos lo cautivan.
Si la boca en el rostro del Libertador esculpido en nuestras estatuas y en muchos países del mundo pudiese con su voz atravesar el pétreo silencio para opinar sobre la mejor ubicación del legendario sable corvo, ¿qué podríamos oír? Sin duda, sería coherente con su sabiduría en febrero de 1829. Llegado de Bruselas a fin de ofrecer su sable en la conflicto con el Brasil imperial, al tiempo de ver la posibilidad de asentarse en su chacra “La Tebaida”, cercana a la ciudad capital de su Mendoza querida, se lamentaba que la hostilidad Unitarios vs. Federales siguiera y más sanguinaria. Más aun cuando involucraba a dos de sus mejores oficiales de la Independencia: el general Juan Lavalle, golpista unitario y victimario del gobernador de la provincia de Buenos Aires, y el coronel federal Manuel Dorrego, su víctima. Así rechaza el clamor de sus amigos para ponerse al frente de una facción. Y al repudiar la obligación de tener que verter sangre de compatriotas con su sable para aniquilar una de las facciones y lograr la paz de los cementerios, se niega a desembarcar. De regreso y luego de una estadía de tres meses en Montevideo, donde no había podido recalar primero a la espera de noticias de Buenos Aires por razones climáticas navieras, volvía a Europa acariciado por los honores del pueblo oriental para no volver jamás. Fallece en Boulogne Sur Mer en 1850, al final de 26 años de exilio.
Muchas veces el espíritu sanmartiniano se hace presente en lugares inesperados. Como a principios de marzo del presente año en la playa del Viejo Hotel Ostende, fundado por belgas a mediados de la segunda década del siglo XX a imagen y semejanza del balneario europeo. Donde San Martín habría tomado baños de mar recetados por sus dolores. Allí una señora, chozna del enemigo íntimo de San Martín, Carlos M. de Alvear, de quien su abuela María T. Tomkinson Casares de Gonnet era bisnieta (y su abuelo Raúl B. Gonnet ministro de obras públicas de la provincia de Buenos Aires), compartió con el que escribe una idea original para cerrar el contencioso sobre la ubicación del sable.
Quizás Don José, a la luz de la donación post mortem de Rosas a su amigo Terrero, y la de Manuelita Rosas de Terrero al Museo Histórico Nacional, creado en 1889, inexistente en vidas de San Martín y Rosas, la hubiese aprobado. Depositarlo en lugar preferencial del Museo de la Casa Rosada bajo llave y guardia de honor de la sección del Regimiento de Granaderos de turno. Y así evitar que el máximo símbolo patrio que representa el arma no sea un objeto más del contumaz y agrietado conventilleo argentino, incapaz de todo signo de unión nacional. Contiguo a la histórica de Plaza de Mayo sería más accesible a un nutrido público turístico nacional y también extranjero, más numeroso que la sede del MHN en Plaza Lezama o el edificio del RGC de la avenida Las Heras. Espléndido. Pero ¿quién le desmonta el cascabel al gato de la Argentina facciosa?
El autor es sociólogo
San Martín,Conforme a,San Martín,,San Martín. Denuncian a un juez y a un exfiscal por querer cobrar una coima a una familia de carniceros para no encarcelarlos,,»¡Ayuda!». Un repartidor se salvó de milagro cuando dos ladrones le dispararon a matar para robarle la moto,,Tenía antecedentes de violencia. Un hombre mató a su pareja de varias puñaladas y fue detenido
POLITICA
El golpe del 76 | Las particularidades de un experimento tenebroso

Es imposible comprender el período histórico que se abre el 24 de marzo de 1976, con el establecimiento de la última dictadura, sin advertir que ese experimento estuvo plagado de peculiaridades. Por muchos motivos aquel gobierno militar no obedeció a varias características notorias de su género.
Las razones principales por las cuales los militares volvieron a intervenir en el juego democrático son bastante conocidas. La más obvia es que era muy habitual que lo hicieran. Desde 1930 la política argentina estuvo corroída por sucesivas crisis de representación que se intentaban liquidar con el recurso a las Fuerzas Armadas. Esos desembarcos castrenses en la vida pública se inspiraron casi siempre en una concepción de raigambre católica, fundamentalista, elaborada durante la gran crisis internacional del liberalismo de los años 20 y 30. Una de sus formulaciones más tempranas fue el discurso que pronunció Leopoldo Lugones en Lima, en una conmemoración del centenario de la batalla de Ayacucho que él tituló “La hora de la espada”. Fue el 11 de diciembre de 1924. Un año después de que en España se estableciera la dictadura de Miguel Primo de Rivera. En el marco de esa ideología las Fuerzas Armadas se atribuyeron la custodia del “ser nacional” y, con ella, el derecho a arbitrar en el sistema político. En los extremos de esta visión, la dictadura no era un recurso al que había que resignarse. Era un modelo de gobierno.
En 1976 los militares tomaron otra vez el poder para resolver la gran inestabilidad económica que se hizo incontrolable después del “rodrigazo” de junio de 1975, durante el cual el país conoció por primera vez una inflación anual superior al 100%. Para marzo del año siguiente, el ministro Emilio Mondelli dispuso un aumento de salarios del 12% y un ajuste tarifario del 100%.
Vapuleado por presiones corporativas, entre ellas las reivindicaciones salariales del propio sindicalismo peronista, el gobierno de María Estela Martínez de Perón intentó incorporar al sector castrense a sus filas. El Ejército se acercó a “Isabel” a través de una de sus líneas, la del “profesionalismo integrado”. En agosto de 1975 el general Alberto Numa Laplane llegó a la jefatura de la fuerza, y el coronel Vicente Damasco, al Ministerio del Interior. El ensayo duró poco: el 25 de agosto Numa Laplane fue destituido por el “profesionalismo prescindente” del general Jorge Rafael Videla.
Esta militarización era la respuesta al fenómeno sobresaliente de la vida pública de aquellos años: el avance de la violencia guerrillera. Sin recordar este factor es imposible comprender el apoyo que tuvo el golpe en un sector muy amplio de la sociedad. Como sostiene Eric Hobsbawm, los historiadores suelen hacer más daño con el anacronismo que con la mentira. Muchas veces se cae en el error de valorar esa solidaridad de muchísimos argentinos con el golpe de Estado suponiendo que conocían de antemano las atrocidades sanguinarias que se iban a cometer bajo ese régimen. En la estela de la revolución cubana, la guerrilla no sólo justificó la violencia como forma de resistencia a un gobierno ilegítimo, sino que la vio como el método más eficaz para alcanzar la socialización de la riqueza. Al igual que había sucedido con los golpes, ya no era un recurso extremo, era un modelo de gobierno. En ese clima mental, organizaciones como Montoneros y ERP aceleraron su militarización aun después del restablecimiento de la democracia, en 1973. El asesinato de José Ignacio Rucci, dos días después de las elecciones que reinstalaban a Juan Domingo Perón en el poder, expresa ese mesianismo revolucionario que Pablo Giussani definió como “la soberbia armada”.
La radicalización de la izquierda fue respondida con la radicalización oficial, aun en vida de Perón. Así se explica la creación de una fuerza parapolicial como fue la Triple A, que el general puso en manos de José López Rega. Durante 1975, las organizaciones guerrilleras atacaron innumerables blancos militares, policiales y civiles. El presidente provisional del Senado, Italo Luder, emitió el 5 de febrero de 1975 el decreto que disponía “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos” que asolaban Tucumán.
Entre todas esas acciones hubo una decisiva. Fue la “Operación Primicia”, que realizó el flamante Ejército Montonero en el Regimiento de Monte 29 de Formosa, el 5 de octubre de 1975. En el ataque, para el que se secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas, fueron asesinados varios conscriptos. Al día siguiente Luder firmó tres nuevos decretos de “aniquilamiento”, extendiendo el alcance de la represión a todo el territorio nacional.
La “Operación Primicia” fue el principal disparador del golpe. Sobre ella, sobre su agresividad, pesa un enorme interrogante. Hay quienes leen esa secuencia en términos conspirativos e interpretan que los Montoneros actuaron en complicidad o, tal vez, inducidos por un sector de las Fuerzas Armadas que pretendían sustituir a la administración de la viuda de Perón. El jefe de la Armada, Eduardo Massera, era quien ejercía la presión más intensa. ¿Actuaron los Montoneros en combinación con Massera? La pregunta puede resultar insólita. Pero entre el almirante y esa organización guerrillera hubo varias convergencias. La más importante tiene que ver con la también irracional “Contraofensiva Montonera”, que se realizó al cabo de varias reuniones de Massera con jefes guerrilleros en París. Informar sobre este contubernio le costó la vida a la diplomática Elena Holmberg, desaparecida el 20 de diciembre de 1978. ¿Los indultos de Carlos Menem, que beneficiaron a los jefes de la dictadura y a los líderes de las organizaciones armadas, fueron parte del mismo pacto negro? Carlos Manfroni lo sugiere en el título de su libro Montoneros, soldados de Massera.
Lo relevante es que el ataque a la unidad militar de Formosa abrió el camino del golpe de Estado. Algunos episodios fueron claves para la adopción de un método represivo que se volvió atroz. Uno de ellos ocurrió en España. Fue el fusilamiento de dos militantes etarras y tres insurgentes antifascistas que dispuso un Consejo de Guerra establecido por Francisco Franco, el 27 de septiembre. La decisión levantó una ola de protestas dentro y fuera del país, que incluyó un pedido de clemencia realizado desde la Santa Sede por el papa Pablo VI. Los militares argentinos creyeron encontrar una lección en esa crisis. Había que evitar que la eliminación de guerrilleros tuviera carácter público. Así se concibió la inconcebible estrategia de la desaparición de personas.
El otro antecedente que sirvió para modelar las acciones represivas fue el descubrimiento de que las Fuerzas Armadas podían ser “infiltradas”. Fue la forma de leer un descubrimiento que comenzó en 1973 con la muerte del militante montonero Juan Carlos Alsogaray en un enfrentamiento con policías cordobeses. Se trataba del hijo del general Julio Alsogaray y sobrino de Álvaro Alsogaray. La posibilidad de que hubiera guerrilleros en el seno de familias militares aconsejó radicar el “exterminio” fuera del organigrama oficial castrense. Así se idearon Grupos de Tareas, es decir, escuadrones de la muerte que actuarían de manera descentralizada, agregando clandestinidad a un combate que ya era irregular.
Son características de la represión que ya están presentes en las operaciones llevadas adelante por el gobierno peronista. Es la razón por la cual la ley de autoamnistía que dicta el general Reynaldo Bignone el 22 de septiembre de 1983, antes de que los militares abandonen el poder, absolvía los delitos cometidos entre el 25 de mayo de 1973, fecha de la asunción de Héctor J. Cámpora, y el 17 de junio de 1982, que fue el último día de la gestión de Leopoldo Galtieri.
La derechización cada vez más aguda de la gestión encabezada por Isabel Perón ayuda a entender otro rasgo atípico del golpe de Estado de 1976: no tuvo una participación ni directa ni importante de los Estados Unidos. Es decir, fue una asonada muy distinta de otras que ocurrieron en América latina, en especial de la que llevó al poder a Augusto Pinochet en Chile, en 1973. Para explicar esta atipicidad hay que recordar que estas intervenciones militares ocurrían en plena Guerra Fría. Es decir, durante el enfrentamiento entre dos bloques: el occidental, liderado por Washington, y el comunista, liderado por Moscú. La proliferación de regímenes castrenses se entendía como el resultado de la urgencia por limitar el avance de gobiernos de izquierda en la región.
El gobierno que los militares voltearon en 1976 en Buenos Aires era un gobierno de derecha que combatía al comunismo. Así se explica que desde Washington no se haya visto como urgente su desplazamiento. Esta pasable prescindencia podría explicar también las relaciones posteriores entre las administraciones norteamericanas y argentinas. Por ejemplo, como consta en los archivos del Departamento de Estado, desde muy temprano la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires comenzó a recibir denuncias por la desaparición de personas. Apenas había transcurrido un año del golpe, James Carter envió a la Argentina a Patricia Derian, su subsecretaria de Estado para los Derechos Humanos, para recabar datos que permitieran calibrar la dimensión de la represión ilegal. Esa visita, que formó parte de una campaña internacional, contrastó con la casi indiferencia de Moscú frente a los desbordes del régimen militar. En 1980, después de la invasión soviética a Afganistán, Carter dispuso un embargo comercial contra la Unión Soviética y pidió la solidaridad de sus aliados. Pero la Argentina no se plegó. La afinidad con los Estados Unidos ya se había repuesto en 1981, como demuestra un detalle: a fines de ese año el asesor en Seguridad de Ronald Reagan Richard Allen, describió al jefe del Ejército, Leopoldo Galtieri, como un “general majestuoso”. Una versión corriente afirma que el elogio envalentono a Galtieri no sólo para voltear a Viola; también para invadir Malvinas.
La conducta de Galtieri nos lleva a otra nota peculiar del gobierno de facto inaugurado: la de haber sido una dictadura inestable. No sólo porque los militares habían fragmentado el poder entre las tres armas. Un motivo más profundo de esa inestabilidad fue que en esos gobiernos convivían, en tensión, dos proyectos distintos. El golpe y la revolución. Un sector del régimen pretendía que la toma del poder se limitara a restaurar el orden republicano-democrático que se había ido degradando durante la última experiencia peronista. Otro sector quería algo más, y era esto: una remodelación radical de la sociedad y, sobre todo, de la economía. Esta segunda ala fue la que bautizó el experimento: Proceso de Reorganización Nacional. Con acento en “Reorganización”. El contrapunto entre estas visiones acompaña toda la trayectoria del régimen.
Si hubiera que encarnar estas dos almas de la dictadura, se podría apelar a un par de nombres. Uno es el de José Villarreal, secretario general de Videla. Simpatizante del radicalismo, Villarreal siempre pensó que había que pacificar y, cuanto antes, dar una salida electoral. Por sus propias vinculaciones pero, sobre todo, por la proximidad con Ricardo Yofre, tenía interlocutores interesantes en el campo político. Uno de ellos fue Raúl Alfonsín. Pablo Gerchunoff, en El planisferio invertido, reconstruye el plan que Alfonsín negoció con los militares para que se formara una Asamblea Constituyente, se diseñara un nuevo Estado y se abriera una transición cívico-militar breve, encabezada por el propio Videla.
Una versión muy confiable asegura que un viernes le llevaron la propuesta a Videla, que prometió estudiarla. El lunes siguiente la rechazó. Villarreal se encargó de averiguar con quiénes había estado el Presidente durante el fin de semana. Le informaron que el ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, y su esposa, habían visitado la residencia de Olivos. Martínez de Hoz personificaba el curso de acción alternativo al de Villarreal. El de los que creían que la dictadura debía servir para una gran reforma capitalista. Esta pretensión se enfocaba sobre todo en la vida sindical. Martínez de Hoz, como otros funcionarios de aquel régimen, consideraban que el punto de llegada de sus políticas no debía ser el aplastamiento de la guerrilla. Había también que sofocar o neutralizar a la izquierda radicalizada pero no violenta, que convulsionaba la vida de las fábricas.
Eran las fuerzas sindicales que habían salido ganado la escena con el Cordobazo. Eran las fuerzas sindicales con las que había convivido el ministro cuando estaba al frente de Acindar. Martínez de Hoz había sido presidente del directorio de esa siderúrgica, una de las más importantes del país, fundada por Arturo Acevedo en 1942. Es una información significativa. Por un lado, porque quiere decir que él llegó al Ministerio de Economía desde la conducción de una compañía que gozaba de una altísima protección estatal. Por otro lado, porque en su última etapa al frente de Acindar a Martínez de Hoz le tocó hacer frente a uno de los conflictos sindicales más agresivos de esa época: el “Villazo”, llamado así porque ocurrió en Villa Constitución, donde estaba la sede de la compañía. Fue un enfrentamiento de los dueños y ejecutivos de esa siderúrgica con un sector radicalizado de la Unión Obrera Metalúrgica, que se extendiò varios meses entre 1974 y 1975. Para terminar con la crisis, el gobierno de Isabel Perón lanzó un gran operativo represivo que para numerosos historiadores fue un antecedente de la dureza con que se trató al sindicalismo combativo después del golpe de 1976. La relación de los Acevedo con el Ejército era muy estrecha. Por eso no debe sorprender que el reemplazante de Martínez de Hoz haya sido el general Alcides López Aufranc. La gravitación de este caudillo militar era de tal magnitud que ejecutivos de aquella época comentan que, cuando López Aufranc tenía que comunicarse con el presidente Videla, el que esperaba en la línea telefónica era Videla.
¿El de Martínez de Hoz fue sólo un rol técnico, destinado a alcanzar un inventario de objetivos económicos? Hay quienes creen que no. Que el ministro cobijaba una fantasía política: convertirse en candidato a presidente cuando hubiera una salida electoral. El famoso Joe venía de una familia muy ligada al poder, la de su madre, los Carcano, importantísimos en la vida del Partido Demócrata en la provincia de Córdoba. Esta hipótesis da derecho a sospechar de intenciones tambén personales que podrían haber aconsejado a Martínez de Hoz desaconsejar a Videla de tomar el camino trazado por Alfonsín en aquel proyecto de transición.
Este enfoque menos convencional de la figura del ministro de Economía de Videla podria explicar la orientación de su programa. Hay que volver a Gerchunoff y la columna que publicó en el pasado sábado 14, en la que explica que Martínez de Hoz fue un gradualista. Las razones pueden ser variadas: ¿su experiencia al frente de una empresa industrial protegida?, ¿el temor a un desborde social?, ¿sus recónditas ambiciones de candidato? Gerchunoff explica que la adhesión de Joe a una política más severa de shock fue el gesto desesperado de quien, ante el filo del fracaso, prefirió aceptar una receta elaborada desde el Banco Central.
El bloqueo a una salida temprana, como la que proponía Alfonsín en contacto con Villarreal y Yofre, no fue sólo una consecuencia de los objetivos que se había fijado Videla, inspirado por Martínez de Hoz. Había en el seno de la dictadura un bloque sanguinario que soñaba con un poder eterno. Lo integraban Massera, Camps, Suárez Mason. Esos alineamientos sostenían distintos proyectos de poder para cuando se normalizaran las instituciones. Una fragmentación que acentuaba la que ya había introducido el reparto tripartido de funciones de las Fuerzas Armadas. Sobre ese mapa básico tomaban partido algunas organizaciones civiles. Por ejemplo, los sindicalistas que podían acercarse más a la Marina o al Ejército. Hasta la Iglesia estaba fisurada: la línea política de la Nunciatura, encarnada al comienzo en la figura eminente de Pio Laghi, estaba expuesta al disenso de obispos jóvenes que comenzaron a denunciar las violaciones a los derechos humanos que se cometían desde el poder.
Con el reemplazo de Videla por Roberto Viola se produjo otro vaivén expresivo de esas divergencias internas. Llegó Lorenzo Sigaut al Ministerio de Economía y, sobre todo, Horacio Tomás Liendo al del Interior. Liendo fue importantísimo en esa gestión porque su cartera se convirtió en una membrana osmótica con la clase política proscripta y, sobre todo, con la dirigencia sindical. En este aspecto hay que rescatar otro rasgo de aquél experimento castrense y es que desde temprano se intentó incorporar al sistema de poder a dirigentes políticos. Sin ir más lejos, el canciller de Viola fue el dirigente desarrollista Oscar Camilión. El énfasis se puso en acercar a figuras que habían tenido responsabilidades de gobierno a nivel local. Por eso en numerosas intendencias se repuso a los jefes comunales del período anterior, algunos procedentes de la UCR y otros del Partido Socialista. El procedimiento tenía un lejano aire de familia con lo que sucedió en Brasil, donde el gobierno militar alentó la participación de dirigentes partidarios en ciudades y gobernaciones, fundando inclusive un partido político, Arena, que funcionó al mismo tiempo que la administración seguía en manos de uniformados.
Como ya se consignó, la gestión de Viola fue derribada, alegando problemas de salud, por Galtieri. Un golpe dentro del golpe. Con Galtieri regresó una visión liberal ortodoxa de la economía, encarnada por uno de los principales representantes de esa corriente: Roberto Alemann.
Galtieri abrió la puerta a través de la cual la dictadura caminaría hacia su cancelación. La guerra de Malvinas. Ese conflicto determinó otra nota peculiar del régimen militar argentino, que ha explicado con mucha lucidez Natalio Botana. El final por colapso. Que ese final fuera una catástrofe imprimió una lógica a toda la transición democrática. A diferencia de lo que sucedió con otras normalizaciones, la democracia argentina se precipitó. No fue la construcción que habría resultado de una negociación racional entre el poder que se iba y el poder que llegaba, como sucedió en España, Uruguay o Chile.
La derrota militar consumió el último monto de una legitimidad de ejercicio que la dictadura había consumido en sucesivos fracasos económicos. El 24 de marzo de 1976 fue el resultado de un ciclo convulsivo que fue desangrando la capacidad de representación hasta el debilitamiento terminal del gobierno de la viuda de Perón. Ese crepúsculo patético impide rescatar la dignidad con que Isabel enfrentó su destino político. Se le ofrecieron varias negociaciones muy convenientes para su futuro personal, que ella rechazó. Tuvo una alta consciencia de lo que representaba su investidura, aun en medio de un aislamiento cada vez más asfixiante. Esa virtud explica su final.
Sobre el filo de la medianoche del martes 23 de marzo de 1976, María Estela Martínez de Perón abordó en la azotea de la Casa Rosada el helicóptero que debía llevarla a Olivos. Minutos antes, su ministro de Defensa, José Deheza, le había comunicado que el golpe de Estado, sobre el que la había alertado José López Rega desde España, no se iba a producir.
Isabel volvía más tranquila hacia la residencia, acompañada por su secretario, Julio González, y su custodia. Dos minutos después de levantar vuelo, uno de los policías tomó su arma y gritó: “¡Nos están llevando hacia otro lado, estamos sobre el río!”. El edecán naval adujo un desperfecto: “Señora, debemos aterrizar en Aeroparque”. La presidenta giró hacia González: “No se preocupe, doctor. Es pura acción psicológica”.
Un vicecomodoro esperaba en la pista y condujo a Isabel a las oficinas del jefe de la base. Llegados allí, la hicieron pasar. En cambio, González fue detenido por un empellón: “Lo siento, doctor”, dijo el aeronauta. La presidenta de la Nación había sido secuestrada. Y fue necesario secuestrarla por temor a que resistiera en la Casa Rosada con los granaderos, obligando a un desenlace mucho más dramático. La calidad de la dirigencia política ha descendido tanto en estos días que aquella conducta de Isabel adquiere contornos ejemplares.
Con su captura comenzó el 24 de marzo. Es decir, comenzó una dictadura tenebrosa, signada por un brutal atropello a derechos elementales y por la exposición abierta de la violencia física. Esas características hacen que sea más dificultosa la percepción de algunas continuidades entre aquel pasado autoritario y este presente democrático. Una de ellas es la dificultad para dotar a la tarea de gobierno de una organización estable para el manejo del poder. La ausencia de partidos, entonces por proscripción, en estos días por aletargamiento, es una de las claves de esta indigencia.
Hay una evidencia para celebrar. La sociedad argentina, como las de otros países de América latina, se curó de la propensión a resolver sus crisis con golpes de Estado. Es alentador. Hay enfermedades colectivas que pueden curarse. Sin embargo, esa misma sociedad sigue amenazada por una inclinación repetitiva a caer en crisis de representación. Y otra tendencia recurrente: la de suponer que existe un modelo operativo, que no es el de los militares, pero podría ser el de los empresarios, los tecnócratas o los personajes de la farándula, que podría rescatar a la política de las miserias de la política. Ese espejismo produce un daño grave: posterga la regeneración que la vida colectiva está pidiendo a gritos y que explica el ascenso de un outsider como Javier Milei.
la columna que publicó en LA NACION el pasado sábado 14,Carlos Pagni,Derechos Humanos,Golpe de estado de 1976,María Estela Martínez de Perón,Conforme a,Derechos Humanos,,La Perla. La hermana de dos desaparecidas le escribió una carta a Milei para que los forenses sigan con la investigación,,Dictadura. Revelaron los nombres de los 12 desaparecidos identificados en el campo de detención clandestino La Perla,,»Princesas» e influencers. Quiénes son las nietas del último sha de Irán: moda, miles de seguidores y activismo político
POLITICA
Una batalla tras otra: Milei busca retomar una agenda que parece imposible

Manuel Adorni aún no había pisado territorio argentino cuando explotaron las nuevas revelaciones del caso Libra. Desde que comenzó el escándalo por los viajes del jefe de Gabinete (más las posteriores denuncias penales), la agenda mediática salió del control que tuvo el Poder Ejecutivo desde el triunfo electoral en octubre del ’25. Un verdadero problema para el relato libertario que busca ser figura central de cada aspecto de lo que se dice y lo que no. Y para peor, el primer escándalo golpeó de lleno al funcionario de mayor confianza de Karina Milei. “No puedo creer que haya sido tan p…”, dijo un ministro en reuniones reservadas con equipos de trabajo al ver la imagen de Adorni subiendo al avión privado una y otra vez.
El segundo directamente puso a los hermanos otra vez en la lupa judicial. En el escándalo Libra, el Presidente había dicho que solo había difundido un emprendimiento y que desconocía los detalles. El peritaje informático sobre el teléfono de Mauricio Novelli demostró todo lo contrario. Hubo cruce de llamados hasta un minuto antes del lanzamiento del tuit. “No estaba interiorizado”, “lo difundí como cientos de cosas”, “ante la duda, quité el tuit”, repitió. El peritaje demostró que ese 14 de febrero Milei y Novelli hablaron 7 veces por un total de 13 minutos y 10 segundos. Karina Milei participó en otras 6 llamadas. ¿Cuál será esta vez la estrategia del Gobierno?

La aparición del flamante ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, ofrece una primera conclusión de manual en Comodoro Py: Apuntar a encontrar inconsistencias en el proceso para voltear la investigación: “Como vengo sosteniendo en todas las entrevistas yo no hablo de causas en trámite”, dijo. Pero al instante agregó: ”Si quiero aclarar para que quede claro, hay dos causas: la causa $LIBRA y la que está investigando la filtración de parte de un informe que aparentemente habría sido extraído del celular de Novelli”, dijo. Y agregó: “Es grave que se haya filtrado esa información”. Mahiques sentenció: “La cadena de custodia no está garantizada”. El martes el ministro se reunió por primera vez con la Corte Suprema e insistió en la necesidad de cubrir vacantes judiciales. Lo hizo luego de la jura de su segundo, Santiago Viola, como representante del Consejo de la Magistratura por parte del Poder Ejecutivo. Karina se encargó de que estuvieran sus protegidos en ese acto. Se observó a su armador bonaerense y diputado nacional, Sebastián Pareja.
El otro problema para el Gobierno es la interna entre quienes rodean a Milei. Su hermana -jefe máximo- pasó de afiliar en vivo en un móvil de televisión a Patricia Bullrich a desconfiar de la senadora que mantiene relaciones en el Ministerio de Seguridad. Al mismo tiempo quiere terminar con el poder de Santiago Caputo. Hay que ir por partes. Sobre la senadora, competencia de Adorni para ir por la jefatura de gobierno porteño en 2027, pesa ahora una sospecha casi imposible de cortar. El jefe de gabinete habló de una operación interna por la filtración del vídeo en San Fernando. No detalló si apuntaban a Bullrich o a Caputo, más allá de algún tuit aclaratorio. La SIDE está en manos de Caputo. La PSA está en órbita de Bullrich. ¿Y si ninguno de ellos fue? Ya es tarde. Además de ARCA y Legal y Técnica, en las últimas horas la hermana del Presidente puso la lupa en el ministerio de Salud, dirigido por Mario Lugones. Los ruidos por ciertos desmanejos y la imposición a gremios intervenidos para que contraten empresas vinculadas a funcionarios del área volvieron a correr por los despachos de Casa Rosada. Ayer, tras la reunión de la mesa política, el Gobierno se apuró a mostrar acción en la agenda parlamentaria con distintos proyectos. Minutos más tarde se conoció la salida del titular de ANSES, Fernando Bearzi. Su lugar fue ocupado por Guillermo Arancibia, quien ya venía trabajando dentro del organismo.
A los problemas internos se le agrega un escenario internacional tan movido como impredecible. Y el ruido afuera golpea de lleno dentro. En el Gobierno todos miran el dato de inflación y la discusión gira en torno a dos posibilidades. Relajar la meta y bajar la tasa de interés para intentar una reactivación de la actividad o darle un nuevo shock subiendo ahora que el aumento de los combustibles inyectará más nerviosismo. “Los dos caminos traerán una mala noticia, pero en Argentina no se gestionan las buenas, sino las menos malas”, explicó un economista que supo trabajar para el ministro de Hacienda cuando estaba en el sector privado. Luego de que la semana pasada el INDEC diera a conocer que la inflación de febrero fue 2,9% el techo de las paritarias que aceptará el ministerio de Trabajo pasaron del ya famoso 1% mensual a 2%. Se duplicó. Así y todo está muy por debajo del alza mensual. El primero en acatarlo fue ni más ni menos que Hugo Moyano (Camioneros). Su gremio firmó aumentos del 2% en marzo, 1,8% en abril, 1,7% en mayo, 1,6% en junio y 1,5% en julio. ¿Creerá el histórico dirigente sindical que en agosto el número del INDEC arrancará con 0%? Difícil. Fue Milei en Córdoba quien habló de reconversión a su estilo. Dijo el Presidente: “Y ahí ustedes tienen dos dimensiones: tienen una dimensión a lo Schumpeter, que es la idea de la destrucción creativa. El día que Edison inventó la lamparita, bueno, los fabricantes de velas si no se ajustaban iban a tener problemas, iban a terminar quebrados. Ahora acá nos estamos iluminando todos con luz eléctrica. O a alguien se le ocurre ir a llorar por los puestos de los carteros porque apareció el email”. El mensaje para los que sufren la parálisis de la economía sigue siendo “reconviértanse”. La frase en un escritorio es interesante. Sin embargo, la realidad tiene un impacto distinto: “No hay instrumentos para la reconversión, ese es el problema”, explicó días atrás el economista Federico Poli en Infobae a las nueve.

Y si no hay reconversión, habrá presión. Al menos eso siente Madanes Quintanilla. Desde que decidió cerrar Fate, el Gobierno hizo lo imposible por entorpecer el procedimiento. Como nunca antes decidió meterse. Primero con una conciliación obligatoria y luego con un pedido informal, para que el empresario dueño de Aluar reubique a los 920 despedidos en otras empresas del grupo. Madanes dijo, por ahora, que no. ¿Aguantará? Quienes lo vieron durante los últimos días contaron a este medio que estaba dispuesto a dar la pelea. El Presidente lo apuntó en todo lugar donde le dieron un micrófono. Primero en X, su lugar en el mundo. Luego en cadena nacional en el Congreso. A mediados de marzo, en Nueva York frente a posibles inversores extranjeros y por último el fin de semana en España.
El nerviosismo oficial baja cuando reaparece Cristina Kirchner. Ahora no por cuestiones políticas o por un mensaje que ella busque sino por cuestiones judiciales. La expresidenta tuvo que presentarse ante Comodoro Py. Al salir, en la vereda de su departamento estaban dirigentes de La Cámpora y el kirchnerismo. El gobernador Axel Kicillof no fue. Si estaba su mano derecha, “Carli” Bianco. Su ausencia no pasó desapercibida: “No le da el coraje”, dijo un dirigente del riñón de Máximo Kirchner. La respuesta del entorno del mandatario bonaerense llegó por otra vía, más electoral: “Los enfrentamos en 16 distritos el domingo. Ganamos en 10”, soltó un funcionario.
Anniversaries,South America / Central America,BUENOS AIRES
POLITICA
La tormenta impensada que complica el best seller que imagina Milei

Escoltado por Victoria Villarruel, a quien no le había podido sostener la mirada en el saludo protocolar al llegar al Congreso, y por su hermana Karina, Javier Milei escribió el 1° de marzo en los libros de honor de ambas cámaras: “La moral como política de Estado. Volvamos a los valores de Occidente: la filosofía griega, el derecho romano, la actitud de los estoicos y los valores judeo-cristianos”. Tomó en sus discursos posteriores, incluso en el último, anteanoche en Tucumán, el concepto de la moral para anunciar que será el eje de su próxima obra editorial tras la publicación del año pasado, La Construcción del Milagro.
Desde aquella presentación en la apertura de la Asamblea Legislativa a hoy pasaron 20 días en los que el Gobierno quedó atrapado en contradicciones que pusieron en duda su relato sobre la austeridad, la ética y la transparencia, y en los que dejó en evidencia su escasa vocación de informar. Fueron casi tres semanas de dilapidación en tiempo récord de valores que lo diferenciaban ante la sociedad de la política tradicional, según describen recientes estudios de opinión pública.
Surgieron en estos días revelaciones comprometedoras en la causa judicial $LIBRA, en la que el Presidente y su hermana son investigados por haber sido parte de una presunta mega estafa. Manuel Adorni está bajo sospecha por el presunto giro en su nivel de vida y haber mezclado los negocios de su esposa con los del Estado, y crece la preocupación en la Casa Rosada ante las versiones de que el exfuncionario Diego Spagnuolo pueda ventilar en tribunales detalles de lo que habría sido el supuesto esquema de cobro de coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis). Son tres frentes abiertos que inquietan a Milei justo cuando el plan económico también empieza a ser cuestionado por la inflación y las caídas consecutivas de los niveles de empleo y producción.
En el corazón del gabinete hierven las sospechas desde que Adorni denunció un complot interno por la filtración del video de él y su familia subiendo a un jet privado para pasar un fin de semana en Punta del Este en la casa de un amigo que tiene contratos con la TV Pública, otra de sus áreas de control. “Hay algunos que están con la interna, otros nos mantenemos al margen y seguimos con la gestión”, buscaron tomar distancia dos ministros consultados por .
La secuencia de traspiés comenzó hace casi dos semanas, cuando Milei mudó a medio Gobierno a Nueva York para la Argentina Week, una apuesta para captar inversores que quedó opacada por los escándalos y que tuvo por ahora dudosa recepción entre el empresariado, más allá de los elogios de ocasión de algunos hombres de negocios aliados de la gestión libertaria. Los industriales no quedaron conformes. Tampoco los 11 gobernadores a los que Milei invitó a Wall-Street como una escenificación de su capacidad de acuerdo y poder. Con ellos, el vínculo está guiado por la mercantilización de los apoyos en el Congreso: dinero a cambio de votos, como sucedió con la reforma laboral.
La Argentina Week tampoco tuvo una gran repercusión en la prensa internacional: los grandes diarios estadounidenses no cubrieron las jornadas y solo las agencias Reuters y Bloomberg publicaron cables en sus servicios informativos. Las noticias más incómodas para el relato libertario se dieron extramuros del Bank of America y de los salones de JP Morgan. Todo comenzó cuando se conoció que Adorni subió a su esposa, Bettina Angeletti, al avión presidencial como parte de la comitiva oficial que acompañó a Milei a Miami y Nueva York. La secuencia después ya es conocida: se filtró el video del jefe de Gabinete abordando un taxi aéreo a Punta del Este; comenzaron a aparecer contratos de Angeletti en su rol de “coach ontológica” con empresas vinculadas a YPF, la petrolera estatal de la que su esposo es director, y, ¿por último?, se reveló que ella registró en 2024 una casa en un country en Exaltación de la Cruz que él no incluyó en su declaración jurada patrimonial pública. Hoy tanto la declaración jurada de Angeletti como el detalle de clientes y facturación de su agencia +BE, que fue creada también en 2024 después de que Adorni haya jurado como vocero presidencial, son documentos que podrían complicar aún más al funcionario.
A Milei se lo percibe incómodo y agresivo. Lanza ataques permanentes a empresarios y periodistas, y en medio de esta tormenta tal vez impensada, visitó cuatro países distintos en tan solo diez días: Estados Unidos, España, Chile y está desde ayer en Hungría, invitado por Viktor Orban, el primer ministro que lleva 16 años en cadena en el poder y que ganó notoriedad internacional por sus intentos de controlar a la prensa y prohibir las manifestaciones del colectivo LGTB+.
Durante la Argentina Week, el Presidente delegó en Sandra Pettovello de modo interino la Jefatura de Gabinete. El rol de la ministra de Capital Humano pasó casi de inadvertido entre la agenda estadounidense y las polémicas de Adorni. Sin embargo, en el mega ministerio que está bajo su órbita, que abarca Educación, Trabajo y Seguridad Social, se dio en paralelo un cimbronazo que podría derivar en más cambios de nombres y nuevos dolores de cabeza.
Hace dos semanas reveló una supuesta maniobra irregular en la Secretaría de Trabajo para habilitar Procedimientos Preventivos de Crisis (PPC) a empresas de seguridad privada. Con el aval de la secretaría, que es la que debe acreditar la situación de crisis, decenas de empresas sellaron convenios con el gremio del sector, en este caso la Unión Personal de Seguridad (Upsra). Al acceder al PPC, se facilitan las suspensiones del personal, la posibilidad de rebajar salarios y aportes patronales y hasta avanzar con indemnizaciones a menor costo.
Hay una denuncia judicial en curso en el Juzgado N°12, a cargo de Julián Ercolini, en la que se investiga si existió una operación fraudulenta entre empresarios, gremialistas y funcionarios de la cartera laboral para hacerse de una caja millonaria con los aportes de los trabajadores. La denuncia judicial, que salpica al secretario de Trabajo, Julio Cordero, será ampliada por Marcelo Greco, un dirigente opositor de Upsra, que dice reunir pruebas para demostrar que la habilitación de PPC a empresas que no acreditan situación de crisis se extiende a otros rubros más allá de la seguridad privada. Están en la mira compañías de limpieza y una conocida cadena de kioscos que están abiertos las 24 horas. Greco también solicitó que intervenga la Oficina Anticorrupción, aunque todavía no obtuvo respuesta.
En el entorno de Pettovello vinculan el caso a la interna y señalan sin dar precisiones a los primos Menem, Martín y Eduardo, quienes conservan nexos y gente de confianza en la cartera laboral y en los sindicatos. No habría sido casual la abrupta salida de Eugenia Cortona, la subsecretaria de Empleo y Formación Laboral despedida cuando estaba de vacaciones. Cortona, una suerte de número dos de Cordero, pretendía mantener el sistema de capacitaciones en mano de los gremios, pero Pettovello decidió quitarles esa caja y les cedió el manejo de los cursos a las empresas. Con el cierre del programa Volver al Trabajo, que tenía 900.000 beneficiarios que cobraban $78.000, la ministra piensa redireccionar los fondos al sistema de vouchers para capacitaciones y a la ampliación horaria del plan de alfabetización. Esta medida terminaría de cortar una histórica cadena de pagos por los cursos de formación de la que se beneficiaban sindicalistas y punteros, la mayoría de ellos, siempre ligados al oficialismo de turno. A los Menem, a cargo de la estrategia de ampliación territorial de La Libertad Avanza, no les cayó del todo bien la decisión de la ministra, según supo de fuentes confiables.
La pulseada entre los Menem y Pettovello está lejos de disiparse. Llegó esta semana a la cúpula de la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) Guillermo Arancibia, un técnico de largo recorrido en la actividad pública que tuvo a su cargo la gestión operativa de los beneficios que reciben millones de jubilados y receptores de asignaciones. Pettovello asegura que fue ella la que definió la designación de Arancibia en lugar de Fernando Bearzi. Pero hay otras fuentes oficiales que deslizan que se trató de una imposición de Karina Milei, la jefa de los Menem.
Con raíces en Pro y terminales en la justicia porteña, Arancibia ingresó a la gestión libertaria de la Anses de la mano de Osvaldo Giordano, de quien fue su jefe de asesores. Antes había pasado por la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, donde anudó relaciones con las compañías de seguros a las que supuestamente debía auditar. Giordano fue desplazado tras denunciar los contratos irregulares del Estado con Nación Seguros y de que su esposa, la diputada Alejandra Torres, rechazara la Ley Bases. “El negocio de la Anses con los seguros es de dimensiones astronómicas”, dijo un exfuncionario del área al que no le sorprende el salto de Arancibia hacia la cima del organismo. En la Anses, alguno lo llaman “el persa”. Las razones de ese apodo son por ahora incomprobables. Tuvo hasta hace poco a su cargo la supervisión de las prestaciones, lo que incluye la coordinación de las unidades de atención (Udai). Las Udai sirvieron de herramienta para hacer política en la provincia de Buenos Aires durante el año electoral. Las manejó la tropa de Sebastián Pareja a través de punteros, barrabravas y dirigentes distritales de PAMI y Anses.
Detrás del ascenso de Arancibia surgen dos objetivos de un sector del Gobierno agazapado en construir más poder. Uno es el de tener el manejo del multimillonario Fondo de Garantía Sustentable (FGS), un atajo para financiar al tesoro con la compra de bonos, como lo hizo el ministro de Economía, Luis Caputo. El otro propósito es avanzar hacia la privatización del sistema jubilatorio y allanar el camino para el regreso de las AFJP. Pero antes de retomar la fase reformista, el Gobierno deberá despejar los interrogantes morales y éticos que abrieron los casos $LIBRA, Andis y la sucesión de polémicas que involucran a Adorni. El best seller que imagina Milei tal vez pueda esperar.
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