INTERNACIONAL
Vivir y trabajar sin miedo es un derecho humano esencial

Escribo estas líneas en mi viaje de regreso de El Salvador. Han sido días muy provechosos para los temas que hoy concentran nuestra atención en Perú.
Perú y El Salvador son países distintos, con normas, leyes y actualidades diferentes, pero comparten una misma visión: con los criminales el orden no se negocia, se impone. La receta puede no ser la misma, pero el ingrediente central sí lo es: decisión y valor para terminar con los delincuentes. En la lucha contra el crimen, no puede haber grises ni tibieza.
Como dije durante el viaje, vamos a garantizar los derechos humanos de todos los peruanos; pero tiene que quedar muy claro que vamos a priorizar los derechos humanos de las personas inocentes, de las personas de bien. A ellos tenemos la responsabilidad de cuidarlos de los delincuentes. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer.
El Salvador ha logrado en pocos años una reducción extraordinaria de la criminalidad, devolviéndole la paz y la libertad a su población. Un cambio de esa magnitud tiene que analizarse y, en todo lo posible, utilizarse para los objetivos de cada país, de cada pueblo, que ansía lo mismo: tranquilidad y seguridad para quienes cumplen las normas y que el poder del Estado se ejerza contra quienes cometen crímenes atacando a la población.

Cada realidad tiene su propia respuesta. El tema de fondo es cómo nosotros podemos también recuperar territorios dominados por organizaciones criminales, cómo vamos a garantizar la capacidad operativa del Estado y cómo le vamos a devolver a los ciudadanos el derecho a vivir sin miedo, a trabajar y producir en paz y libertad. Por eso es importante entender y analizar los instrumentos empleados, los costos, los desafíos institucionales y la sostenibilidad de las medidas en el tiempo.
A diferencia de El Salvador, el territorio peruano es más grande, nuestra población es mayor. La geografía, la extensión de las fronteras y las diversas realidades sociales y culturales plantean desafíos muy distintos para la presencia del Estado y el control territorial. No cabe duda que no existen recetas automáticas y menos aún para asuntos tan complejos. Sin embargo, tenemos que evaluar las medidas que sí funcionaron y adaptarlas a nuestra realidad. Por ejemplo, tenemos que:
Adecuar nuestra legislación. El crimen organizado evoluciona más rápido que nuestras leyes, desarrolla nuevas modalidades delictivas y aprovecha los mecanismos de la economía formal para ocultar sus actividades ilícitas.
Necesitamos un marco legal que responda a estas amenazas y fortalezca la capacidad del Estado para investigar, perseguir a las organizaciones criminales y privarlas de los recursos que sostienen sus operaciones. Debemos entender que esto no es la demanda de un gobierno, o de un partido político; es la demanda de la mayoría de los ciudadanos del Perú que votaron por el orden.
Aislar a las cabezas criminales. Es inconcebible que líderes de organizaciones delictivas sigan comunicándose con el exterior, dirigiendo extorsiones y ordenando crímenes desde las cárceles. Control efectivo, bloqueo de comunicaciones como empezamos a hacerlo hace varias semanas, personal suficiente y separación de los líderes de las organizaciones criminales son reformas importantes y envían el mensaje adecuado. Además, los reos tendrán que trabajar para resarcir a la sociedad. Por eso es clave una infraestructura penitenciaria que permita el aislamiento indispensable para impedir la operación criminal.
Promover la cooperación internacional. El crimen organizado es transnacional. No conoce ni respeta fronteras. Tiene recursos, armamentos y logística que en ocasiones supera a la de los Estados, por lo que no hay manera de enfrentarlo con respuestas exclusivamente nacionales. Es por eso que el Perú es parte del Escudo de las Américas, una alianza hemisférica para responder juntos y con contundencia a la amenaza más grave que viven nuestros países.

Recuperar el orden desde la base. Como comenté durante mi visita, el orden no se reduce a policías y cárceles. Comienza en las escuelas y las familias; con disciplina, autoridad y valores. Sobre ello profundizaré en una próxima columna.
Como Presidenta, he asumido el compromiso de tomar todas las decisiones y medidas necesarias para que vuelva el orden a nuestro país. Hemos avanzado con los mecanismos y las leyes existentes. No nos hemos quedado cruzado de brazos mientras nos otorgaban la facultades. Ahora vamos a ejercer nuestro legítimo derecho a la defensa de todos los peruanos. Vamos a hacer el uso legítimo de la fuerza: la fuerza de la ley; la fuerza de la Constitución; la fuerza del orden.
Los peruanos merecemos vivir y trabajar sin miedo, y es la obligación del Estado asegurar que así sea. Nuestro país sabe que es posible lograrlo; lo hicimos en el pasado y lo volveremos a hacer.
Keiko Fujimori,Nayib Bukele,El Salvador,Perú
INTERNACIONAL
Las cinco claves de las elecciones en EE.UU. que pueden cambiar el tramo final del mandato de Trump

Donald Trump pondrá en juego este martes los dos últimos años de su segundo mandato en las elecciones de medio término.
Sabe que los comicios marcarán casi con seguridad el fin del control republicano del Congreso -hoy tiene mayoría en ambas cámaras-, aunque la clave estará en preservar al menos el Senado.
No es algo inédito para los oficialismos estadounidenses perder las “middle-term”. El propio Trump lo sufrió en su primer gobierno (2017-2021). Se trata de un verdadero referéndum para el presidente de turno, aunque su nombre no aparezca en ninguna boleta.
The American Presidency Project, de la Universidad de California, puso esta evidencia en números: el oficialismo perdió 26 escaños en promedio en la Cámara de Representantes y cuatro en el Senado en las últimas 20 elecciones de medio término desde 1946.
Trump, según encuestas coincidentes, no será una excepción. Solo Bill Clinton y George W. Bush lograron sortear esa maldición.
Las cinco claves de las elecciones de medio término en Estados Unidos
En un escenario político marcado por una fuerte polarización generada por el estilo explosivo del presidente republicano, sobresalen cinco claves que serán fundamentales en estos comicios.
- ¿Qué se elige este martes? Este 3 de noviembre se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes. En total, son 435 miembros de la cámara baja del Congreso. También se elegirán 35 de los 100 escaños del Senado, la cámara alta.
Hoy el partido Republicano tiene 219 bancas en la Cámara de Representantes contra 214 en poder Demócrata. En el Senado, el oficialismo cuenta con 53 senadores contra 47 de la oposición.
Además, gran parte de los estadounidenses elegirá a sus representantes estatales. De hecho, 36 estados escogerán gobernador, entre ellos California, Florida, Texas, Nueva York, Georgia, Michigan, Pensilvania y Ohio.
En forma paralela, habrá 145 referendos sobre temas que oscilan entre el derecho al aborto y una reforma impositiva. En California se vota una propuesta que exige a los residentes con un patrimonio superior a los U$S 1000 millones pagar un impuesto del 5% sobre el valor total de su fortuna.
- ¿Qué está en juego en estas elecciones? Trump está en una situación difícil. Viene de gobernar los primeros dos años con un control absoluto del Congreso. Ahora, parece un hecho que perderá la cámara baja y la lucha se concentra en conservar el Senado.
Si pierde ambas cámaras, el gobierno enfrentará un final de mandato sin poder legislativo y bajo una enorme presión opositora.
Trump
INTERNACIONAL
La historia del hombre con 24 identidades que fue acusado de violar a tres mujeres y evitó ir a la cárcel

El 27 de octubre de 1977, un joven de 22 años fue detenido en Ohio, Estados Unidos, acusado de secuestrar, robar y abusar de tres estudiantes universitarias. Sin embargo, cuando los investigadores comenzaron a reconstruir los hechos, el sospechoso negó tener recuerdos claros de los ataques.
En un principio, se creyó que lo que estaba haciendo William “Billy” Milligan era una estrategia judicial, aunque luego los psiquiatras que lo examinaron aseguraron que tenía un trastorno de identidad disociativo. De esta manera, sostuvieron que distintas identidades podían tomar el control de su cuerpo.
Durante las evaluaciones, los especialistas describieron un cuadro que incluía 24 identidades diferentes. Algunas eran hombres, otras mujeres y varias correspondían a chicos. Cada una tendría características, recuerdos y formas de comportarse propias.
Los ataques que llevaron a su detención
Los hechos que desencadenaron la investigación ocurrieron entre agosto y octubre de 1977, en las inmediaciones de la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus. Durante ese período, varias estudiantes denunciaron ataques con un patrón similar: habían sido abordadas, obligadas a conseguir dinero y trasladadas a otros lugares, donde fueron agredidas sexualmente.
Las denuncias llevaron a la Policía a investigar una serie de secuestros y robos que generaron preocupación entre los estudiantes. Durante la investigación, una de las víctimas identificó a Milligan a partir de fotos policiales y otras pruebas permitieron vincularlo con los hechos.
En octubre de ese año, los investigadores lo detuvieron y lo acusaron de secuestro, robo agravado y abuso sexual. La causa incluía tres víctimas y varios cargos por los ataques.
Milligan tenía antecedentes penales, por lo que, al principio, su caso no parecía presentar mayores particularidades.
Sin embargo, durante las primeras entrevistas y evaluaciones psicológicas, su comportamiento llamó la atención de los especialistas. Milligan afirmaba que no se acordaba de los hechos y que no había sido él quien los había cometido.
En lugar de atribuir esa falta de memoria a una estrategia de defensa, la fiscalía comenzó a investigar si existía un trastorno mental que pudiera explicar sus respuestas.
Quién era Billy Milligan
William Stanley Milligan había nacido el 14 de febrero de 1955, en el estado de Florida, Estados Unidos. Su infancia estuvo atravesada por dificultades familiares y, según los relatos que reconstruyeron posteriormente su historia, por experiencias traumáticas.
El padre de Milligan se suicidó cuando él era aún muy chico. Luego, su madre volvió a casarse con otro hombre y toda la familia se mudó a Ohio.
Según el testimonio de Billy, su padrastro lo golpeó y abusó sexualmente de él durante su infancia. También habló sobre episodios de violencia y amenazas que, según su versión, lo habían llevado a ocultar lo que pasaba con su mamá. Su padrastro negó las acusaciones de violación que se le atribuyeron.
Los especialistas que lo evaluaron consideraron que esas experiencias podían estar relacionadas con el desarrollo de su trastorno. De acuerdo con la explicación que sostuvieron durante el proceso, Milligan habría desarrollado distintas identidades como una forma de afrontar situaciones traumáticas que no podía procesar.
Las 24 identidades que describieron los psiquiatras
Durante las evaluaciones, Milligan comenzó a presentar comportamientos que los profesionales interpretaron como cambios entre distintas identidades. En una de las entrevistas iniciales, cuando una psicóloga se dirigió a él como Billy, respondió que Billy estaba dormido y que él era David. A partir de episodios como ese, los especialistas profundizaron sus estudios.
Entre los profesionales que participaron de las evaluaciones se encontraba la psiquiatra Cornelia Wilbur, conocida por su trabajo en otro caso de identidades múltiples que había alcanzado notoriedad pública. Junto con otros especialistas, examinó a Milligan e intentó determinar si sus cambios de comportamiento respondían a un trastorno genuino.
Las primeras evaluaciones identificaron menos identidades, pero con el tiempo los especialistas llegaron a describir 24. Según sus informes, no se diferenciaban solamente por los nombres: también presentaban variaciones en la voz, los gestos, los conocimientos, las habilidades y las reacciones emocionales.
Entre ellas estaba Arthur, descrito como un hombre británico, racional y metódico, que habría asumido el control en situaciones que requerían planificación. Ragen, por su parte, era presentado como una identidad masculina de carácter agresivo, con acento eslavo, a la que se atribuían conductas violentas. También figuraba Adalana, una identidad femenina a la que la defensa vinculó con las agresiones sexuales investigadas.
El juicio que cambió el rumbo del caso
El proceso judicial debía determinar si Milligan podía ser considerado penalmente responsable de los delitos que se le imputaban. La defensa se apoyó en los informes de los psiquiatras, que sostenían que padecía un trastorno mental que le impedía comprender o controlar sus acciones durante los ataques.
El caso generó una discusión excepcional para la época. Los abogados de Milligan argumentaron que no correspondía tratarlo como a un delincuente que había actuado conscientemente, mientras que la gravedad de las acusaciones alimentaba las demandas de que recibiera una condena.
A pesar de ello, el 4 de diciembre de 1978, el juez Jay C. Flowers resolvió declarar a Milligan no culpable por razones de enfermedad mental.
La decisión se basó en las conclusiones psiquiátricas presentadas durante el proceso y convirtió al caso en un precedente ampliamente citado: Milligan fue reconocido como uno de los primeros acusados en Estados Unidos en conseguir ese resultado.
La resolución no significó que el tribunal hubiera determinado que los ataques no ocurrieron ni que las denuncias fueran falsas. Tampoco implicó que Milligan quedara inmediatamente en libertad. La decisión estableció que no debía ser condenado penalmente, pero su situación quedó bajo control de las autoridades de salud mental.
psicológicos
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La neurociencia que explica por qué una canción nos define más de lo que creemos

Susan Rogers y Ogi Ogas abren su libro con una pregunta que parece sencilla y resulta imposible de responder con exactitud: ¿por qué una canción puede detener el tiempo para una persona y pasar completamente inadvertida para otra? La respuesta que construyen a lo largo de El pensamiento musical es que la conexión con la música no es azarosa ni universal, sino el resultado de un perfil de escucha individual, compuesto por siete dimensiones que combinan la arquitectura neurológica de cada oyente, su historia personal y sus asociaciones emocionales.
El libro aborda preguntas que cualquier oyente se ha hecho sin respuesta: por qué ciertas melodías transportan al pasado en cuestión de segundos, qué ocurre en el cerebro cuando la música emociona, activa o consuela, cómo es posible que una canción provoque piel de gallina. A través de historias de estudio y hallazgos de la neurociencia cognitiva, Rogers propone que todos los oyentes poseen un perfil único y que la capacidad de comprender la música se amplía cuando se aprende a escucharla con mayor atención.
El modelo que proponen, al que denominan Perfil del Oyente, funciona como una cartografía de los “puntos óptimos” musicales de cada persona: los elementos sonoros —un ritmo, una textura, un timbre específico— que generan una respuesta intensa y que varían de manera sustancial entre individuos. Rogers, formada en neurociencia cognitiva, llega a ese planteamiento desde un ángulo poco habitual para un académico: pasó años como ingeniera de sonido de Prince durante la era de Purple Rain y trabajó con artistas como Geggy Tah y Barenaked Ladies. Esa trayectoria le permite anclar las observaciones científicas en experiencias concretas de estudio, y el libro oscila entre ambos registros.

La popularidad musical vive entre lo conocido y lo desconocido
Una de las ideas más productivas del libro es la curva que Rogers traza entre novedad y popularidad. En un extremo del espectro se ubican las obras más simples y familiares; en el otro, las propuestas que desafían las convenciones establecidas. La popularidad alcanza su punto más alto en una zona intermedia, donde conviven elementos reconocibles con otros que el oyente todavía no ha procesado del todo.
Lo que el libro añade a esa intuición es una dimensión histórica: la forma de esa curva se mantiene entre generaciones, pero se desplaza. Lo que hoy suena experimental puede ser recibido como familiar en el futuro, una vez que el público asimila determinadas innovaciones sonoras. Rogers llama a ese mecanismo de detección “cerebro productor discográfico”, y lo presenta como algo que opera de forma automática en cada oyente, por debajo del juicio consciente.
El perfil tampoco es estático. Puede modificarse con la edad, con los vínculos afectivos y con los distintos momentos de la vida. El libro conecta esa maleabilidad con algo más amplio: la elección musical como expresión de identidad. Cambios visibles en los géneros preferidos, sostienen los autores con respaldo en investigaciones empíricas, suelen ser leídos por el entorno como señales de una transformación personal más profunda.

La vergüenza por una canción revela más sobre la identidad que la canción misma
El concepto de “placer culpable” es uno de los ejes más sugerentes del libro. La reacción espontánea ante una canción puede entrar en conflicto con la imagen que alguien quiere proyectar, y esa tensión —entre lo que se siente y lo que se considera aceptable— es, para Rogers y Ogas, un dato revelador sobre el oyente.
El libro conecta esa idea con la distinción del psicoanalista Donald Winnicott entre el verdadero y el falso yo. Bajo esa lectura, la incomodidad por disfrutar cierta música no respondería a la música en sí, sino a la distancia entre una respuesta emocional genuina y una identidad pública moldeada por expectativas sociales o jerarquías de prestigio cultural.
Rogers cuenta que, en los momentos tranquilos del estudio, acostumbraba a preguntarles a los productores por su placer culpable: “Un disco que te daría vergüenza admitir que te gusta”. Esas confesiones, señala, podían revelar aspectos de la identidad musical que las personas preferían mantener ocultos. El propósito del Perfil del Oyente es precisamente ese: identificar por qué un ritmo o una voz resultan atractivos, antes de que intervenga su valoración social.
Una anécdota recogida en la obra condensa esa idea. “Una vez me dijeron que ‘a nadie le gusta tu música’”, recuerda la autora, antes de señalar que esa frase puede ser literalmente cierta desde la lógica del modelo: no existe un oyente promedio ni una combinación idéntica de experiencias, recuerdos y predisposiciones neurológicas. Cada perfil es, en ese sentido, singular e irrepetible.
El libro cierra su argumento en el mismo lugar donde lo abre: en la experiencia de enamorarse de una canción sin saber del todo por qué. La respuesta que Rogers y Ogas ofrecen no disuelve ese misterio, pero sí lo hace más legible.
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