CHIMENTOS
El colectivero que se volvió viral por su parecido con Rodolfo Barili

Lo que parecía una jornada de trabajo común para Franco Narváez, chofer de la Línea 76 de colectivos en la ciudad de Buenos Aires, terminó convirtiéndose en uno de los episodios más comentados de la semana y se relacionó rápidamente con Rodolfo Barili.
Mientras realizaba su recorrido habitual, al pasar frente al Cementerio de Chacarita, vivió una experiencia que lo dejó helado: el timbre de descenso del colectivo sonó de forma inexplicable, a pesar de que la unidad estaba completamente vacía. Pero lo que comenzó como un fenómeno paranormal terminó derivando en una inesperada fama: su voz, según miles de usuarios en redes sociales, es idéntica a la del periodista Rodolfo Barili.
El episodio ocurrió el martes por la tarde, cuando Franco se detuvo frente al Cementerio de Chacarita para esperar el horario de salida. En ese momento, decidió grabar un video para TikTok, como ya había hecho en otras ocasiones. “Bueno, mirá, lo filmo para que me crean. El colectivo está vacío, ¿ven? No hay nadie, nadie, nadie”, dice en el video mientras recorre con la cámara el interior del vehículo.
Lo inquietante sucede segundos después: en medio del silencio absoluto, se escucha claramente el sonido del timbre de descenso. “¿Lo escucharon? No, no, no, es horrible”, agrega el chofer, visiblemente impactado. Según él, no es la primera vez que le ocurre algo así en ese punto del recorrido. “Paso por acá y tocan el timbre”, repite, como si no pudiera creer lo que está viviendo.
El video se viralizó rápidamente, superando los 4 millones de reproducciones en TikTok y acumulando miles de comentarios que mezclaban susto, humor y teorías sobrenaturales. Como suele ocurrir con este tipo de episodios, las redes sociales se dividieron entre quienes creen que se trata de un fenómeno paranormal y quienes buscan explicaciones más racionales.
Algunos usuarios sugirieron que podría tratarse de una falla eléctrica en el sistema del timbre, mientras que otros se animaron a pensar que el Cementerio de Chacarita guarda secretos que se manifiestan en momentos inesperados.
La voz que confundió a todos
“¿Un fantasma con tarjeta SUBE?”, ironizó un usuario. Otro comentó: “El fantasma: esta es mi casa, acá me bajo”. Incluso hubo quienes bromearon con que en la otra vida se sigue viajando en colectivo. El tono de los comentarios osciló entre el humor negro y la curiosidad genuina.
Pero lo más insólito del caso no fue el timbre fantasma, sino la reacción de los usuarios ante la voz del colectivero. Decenas de comentarios comenzaron a señalar el parecido de su tono con el del reconocido periodista Rodolfo Barili, conductor de Telefe Noticias. “Estamos más impactados por tu voz que por el timbre”, escribió un usuario. Otro agregó: “¿Qué hacés manejando un colectivo y no un micrófono?”.
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RODOLFO BARILI, FRANCO NARVÁEZ
CHIMENTOS
Paola Krum comparte su regreso al teatro: “Volver es enamorarme otra vez”

“Volver al teatro me enciende. Es como volver al amor, otra vez me enamoré”, cuenta emocionada Paola Krum a Teleshow. La actriz protagoniza la obra Maldita Felicidad junto a Pablo Echarri, bajo la dirección de Daniel Veronese, con un elenco que también integran Carlos Portaluppi e Inés Palombo, en el Teatro Metropolitan.
La actriz vincula el trabajo con la búsqueda de la felicidad, sin separar la rutina diaria de ese anhelo. Desde su perspectiva, la industria audiovisual impacta en la vida de actores, técnicos y espectadores, atravesando rutinas y expectativas. Su regreso al escenario marca un reencuentro con la pasión por actuar y los desafíos que implica.

Paola Krum subrayó a Teleshow que los hábitos del público cambian, y que aferrarse a la nostalgia puede volverse un ancla. También agregó que aceptar nuevas realidades, es parte de la adaptación que impone la industria y la vida cotidiana. Es un terreno donde la felicidad y el trabajo se entrelazan, pero siempre bajo la premisa de aceptar lo que está en movimiento.

—¿Qué sentiste al volver al teatro?
—Tengo el registro de cuando empezamos a ensayar y la sensación de volver a actuar, de todo lo que me pasa en el cuerpo, es un encuentro amoroso con pasión, deseo, entrega…
—Compartís escenario con alguien muy cercano para vos…
—Es una enorme oportunidad y privilegio de estar con un elenco espectacular, donde está Pablo, que es mi amigo, mi compañero histórico, con quien trabajo espectacular. Nos queremos, nos reímos, tenemos un código, un lenguaje en común, con lo cual es un terreno ganado, y eso es buenísimo. Además un texto que me encanta, una autora argentina, Agustina Gatto, con la dirección de Veronese. No podría ser mejor proyecto.

—¿Cómo se dió tu participación en la obra?
—La obra me llegó cuando todavía no estaba terminado de armar el elenco. Faltaba el personaje de Pablo y yo apenas lo leí dije: “Esto lo tiene que hacer Pablo”. Finalmente se armó con él, con Carlos Portaluppi, que es un genio, y un honor para mi trabajar con él, e Inés Palombo, que es también una enorme actriz.
—¿Qué te sugiere el título “Maldita felicidad”?
—Se arma justamente en esa contradicción. La búsqueda de la felicidad es permanente. Felicidad como la quieras llamar, paz interior, o algunos estar exorbitados y excitados en la búsqueda del éxtasis. Para cada uno es algo diferente. En el transcurso de la vida va transformándose lo que para cada uno es la felicidad. Para mí ahora la felicidad son los pequeños encuentros con mi hija, tomar un cafecito, una charla por teléfono, darnos un abrazo. Esos momentos en los cuales vuelvo a encontrar paz, sentirme dueña de mi vida, de mis cosas, de mis días. La contradicción con maldita es porque esos momentos son muy fugaces. Uno quisiera más permanencia en ese estado, en el estado de la felicidad, y es ahí es donde decís: “Qué maldita”.

—¿Antes qué te producía felicidad?
—Fue mutando. Según las circunstancias, según el momento histórico, pudo haberme puesto feliz…un amor o un trabajo. Nunca lo relacioné mucho con el éxito. Pero si ahora mi propósito es estar en paz, hoy tenía un día de notas y mi propósito era estar conectada conmigo y con lo que quería decir, y lo logré. Eso huele a felicidad. Fui exitosa en mi día. Ese sería el éxito diario. Si lo relaciono con el éxito a nivel de cuántos números, cuántas entradas, eso no depende de uno. Si uno va a aferrarse a esas cosas para sentirse feliz, sonaste, porque estás a merced de algo de lo que no tenés control.
—¿Todos los protagonistas de la obra buscan la felicidad?
—Cada uno está en la búsqueda de su propia felicidad. Mi personaje con el de Carlos, es un matrimonio, de opuestos. Ella es una sacada que un poco lo maltrata, desesperada por conseguir lo que quiere a cualquier costo, pero enamorada de su marido. Construyó con él algo que ama, que quiere, que necesita, a medida de su neurosis. El personaje de Pablo, que es el escritor, acaba de escribir una novela que se convierte en best seller. Pareciera que alcanzó el éxito, lo que siempre deseó… y está más deprimido, sacado, neurótico, alcohólico, narcotizado que nunca. Entra en una crisis brutal y está pensando en cuál va a ser su próxima novela. Decide que el tema es la felicidad. Eso funciona como disparador de lo que para cada uno significa la felicidad. Como son personas que se conocen mucho, empiezan ahí, sacan los cuchillos y lastiman donde más duele. Por eso se convierte en una comedia dramática.

—¿Cómo encontrás el equilibrio entre felicidad y tristeza?
—Esa es la búsqueda permanente. Todos atravesamos tristezas, dolores, angustias, imposibilidades, cosas que uno necesita trabajar porque siente que pueden mejorar. Ese es el trabajo del día a día. Cómo estar más cómodo con uno mismo. Sin tener que desdibujarse tanto, sin hacer cosas fuera de vos en pos de algo. También saber que la vida no es pura comodidad, puro confort. Mil veces voy a estar incómoda y mil veces voy a hacer cosas que no tengo tantas ganas de hacer, pero es en pos de algo.
—¿Extrañás la ficción nacional en televisión?
—Sí, yo veo que el público lo extraña, cambiaron los paradigmas. Esa comunión, los rituales, la gente se juntaba a una hora a ver el capítulo porque pasaba tal cosa, antes era así. Me acuerdo con Montecristo cuando se veía por primera vez, se juntaban todos los amigos a ver el capítulo. Esas cosas eran divinas y se perdieron porque todo cambió. También hay que aceptar que las cosas cambian y no quedarse en ese lugar de nostalgia porque se transfromar en resitimiento.

—¿Puede volver?
—No, creo que no. Me encantaría que sí. Me gustaría que vuelva la ficción nacional en televisión abierta. Es un deseo porque era muy feliz. Hoy, cuando me fui a un canal por una entrevista, y me encontré con gente con la que trabajaba en Telefe, con técnicos, que tuvieron que buscarse nuevos lugares de trabajo. El otro día mi hija subió a un remis y el remisero era un técnico de esa época que yo adoraba. No solamente los actores, sino toda la parte técnica perdió su lugar de trabajo. La industria cayó muchísimo y por supuesto que extraño eso.

—Hay nostalgia por los actores y las historias locales…
—También me asombra, que veo chicas muy jóvenes que me conocen porque ven Montecristo en Netflix o en YouTube. La gente tiene ganas de ver a sus actores, a los actores del país. Hay una remembranza y una nostalgia de verlos y tal vez algo no algo tan globalizado, volver a nuestras historias, nuestros paisajes, nuestras casas, nuestros decorados. Eso se extraña, porque era mi vida. Tenía la fortuna de pasar de una ficción a la otra, era como mi familia llegar a Canal 9 o a Telefe y encontrarme con mi gente y contar entre todos un cuento. Era muy hermoso.
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CHIMENTOS
Rosario Ortega, la hija menor de Palito Ortega, confesó a sus 40 años que es bisexual: «Estuve con dos mujeres»

Rosario Ortega decidió exponer públicamente a sus 40 años, su gusto por las mujeres, aunque sin encasillarse en una elección. Desde hace tiempo y por diferentes experiencias que tuvo, remarcó este punto que hoy siente importante en su vida.
Planteando la bisexualidad como eje de la conversación, en una charla con Lola del Carril, expresó diferentes sensaciones que atravesó. En su charla de podcast, decidió sincerarse y se mostró muy firme en cuanto a las palabras, y términos que usó.
“Sí, creo que es una buena definición. Me parece que las etiquetas, no sirven mucho, ¿viste? Decir soy esto. Uno es hoy una cosa, mañana otra”, comenzó diciendo Rosario, explicando que a su vez no es algo que esté definido.
En su propia historia, la hija de Palito y Evangelina contó cómo lo fue viviendo. En ese aspecto, hubieron diferentes experiencias que la llevaron a este presente, y también especificó diferencias entre los hombres y las mujeres.
“A juzgar por mi historial, estoy en un setenta, treinta. Hombres setenta. De acá en más no lo sé, ¿entendés? Entonces no me animo a decir soy esto. Pero sí, mi historial dice que sí y me parece más fácil por ahí es lo que más hice en mi vida. Me es más fácil por ahí relacionarme con un hombre”, deslizó Rosario.
ROSARIO ORTEGA SE SINCERÓ ACERCA DE SU SEXUALIDAD
Sus últimas relaciones afectivas, incluso fueron con personas de su mismo género: “Más que de larga, te diría como de yo sentir que estaba en una relación más seria. Estuve con dos mujeres más, pero más a los veintiocho, veintinueve años y lo sentí algo más tabú”.
Y después de ahí nunca más por más de diez años. Entonces ahí dije: ‘Cuando te pasan esas cosas que te dicen: ‘Ah, estás en esa fase’’. Y me creí un poco ese relato. ¿Y no puede ser que de repente te des cuenta que te gustan las dos cosas?. Y te puede pasar a los treinta años, a los cuarenta, a los cincuenta, veinte”, destacó Rosario.
A nivel personal, ella misma se llegó a hacer diferentes replanteos y tuvo sus dudas: “A mí lo que me pasó fue decir: ‘Ah, fue toda mi vida una mentira’. Dije como: ‘En realidad yo soy gay, ¿y qué?, tuve novios y era todo…’ Pero porque era muy ingenua también. Tampoco se hablaba tanto, digo, era un poco más tabú. Pero igual yo dije eso como: ‘Ah, entonces no soy heterosexual y no me gustan los hombres’, y me lo tomé mal”.
Rosario Ortega
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Paz Martínez, recuerdos de juventud y enseñanzas de sus padres: “Cantaba para mis amigos y soñaba con tocar el piano”

En el pulso íntimo de la música popular argentina, donde cada canción parece guardar una historia que se transmite de generación en generación, hay nombres que no solo construyeron un repertorio, sino también una forma de sentir. Allí, en ese territorio donde la emoción es memoria viva, aparece el Paz Martínez, un artista atravesado por tres fuerzas que lo definen: la familia, la vocación y el recuerdo.
El próximo 1 de mayo, cuando vuelva a subirse al escenario del teatro Ópera, no será simplemente un show. Será, en esencia, un regreso a todo aquello que lo trajo hasta aquí.
Porque antes del aplauso, antes de los discos de oro, antes incluso de tener un nombre artístico, hubo un niño en San Miguel de Tucumán que empezaba a construir, sin saberlo, su propia identidad. Nacido en 1948 como Norberto Alfredo Gurvich, “a los seis años, seis años y medio, mis viejos se vinieron para Buenos Aires…”, recordó, como si esa mudanza hubiera sido el primer gran quiebre de su historia. Y lo fue.
De Tucumán le quedaron imágenes sueltas, casi como fotografías gastadas: la plaza frente a los tribunales, las caminatas con su padre para escuchar la banda municipal, el sonido lejano de la música que ya empezaba a marcarle el pulso. Pero, sobre todo, le quedó una sensación. Una certeza emocional que se activa cada vez que regresa: “Bajo del avión, piso y me siento como armonizado… es como si fuera mi lugar”.
Después llegó Buenos Aires, con su ritmo, su vértigo y también con sus carencias. Primero el Barrio Justicialista, luego Ezeiza, en una Villa Guillermina que por entonces era puro campo. “Campo, campo, cielo, campo”, repite, como si todavía pudiera ver ese horizonte infinito donde creció.
Allí aprendió lo esencial. Aprendió que la falta de cosas no siempre es falta de amor. Que una heladera vacía no duele tanto cuando hay una madre capaz de inventar milagros cotidianos. Fortunata, su madre, fue ese pilar silencioso. “Hacía lo imposible para que no nos demos cuenta”, dice. Y en esa frase cabe todo: la dignidad, el esfuerzo, la ternura.
“Pero sí me molestaba cuando, por ejemplo, me llamaban para jugar a la pelota y mi mamá no quería que vaya porque tenía un solo par de zapatillas. Y esas zapatillas eran para salir a pasear. Entonces, yo le decía que juego en patas. Y ella, que era orgullosa, tremenda, me decía: ‘Jamás un hijo mío va a jugar en patas’. Pero no me dejaba jugar de ninguna manera”, rememoró
Ella también fue la primera artista que conoció. Cantaba tangos con una precisión que lo deslumbraba. “Mi madre cantaba mejor que una profesional… afinaba nota por nota”, recuerda. Y no exagera: en su memoria, esa voz sigue siendo perfecta. Modista, cocinera, pintora, cantante. Todo eso era Fortunata, la mujer que pedía ser llamada Fortuna. Todo eso, de algún modo, también sería él.
“Recuerdo que una vez, cuando yo ya era músico, le pregunté: ‘¿Y por qué nunca te dedicaste a cantar?’. Y mi vieja me dijo: ‘No, me ofrecieron muchas veces, pero las artistas eran mujeres de la vida’”.
Por eso, cuando llegó el momento de elegir un nombre artístico, no dudó. “Se llamaba Fortunata Martínez Paz. Entonces, cuando yo había recorrido un largo camino con la música, me ofrecieron grabar como solista. Se me ocurrió llevar los apellidos de mi mamá y ahí aparece Paz Martínez”. No es solo un seudónimo: es un homenaje. Es la manera que encontró de llevarla consigo para siempre.
Del otro lado estaba David, su padre. Hijo de inmigrantes rusos, atravesado por historias de guerra y exilio: “Mi papá era hijo de rusos. Mis abuelos paternos vinieron escapados de la Primera Guerra Mundial. No los conocí. Tampoco los conocí a los españoles, a los Martínez. Sé que mis abuelos paternos escaparon por las Islas Británicas y sé que mi abuelo estuvo preso en Siberia con algunas anécdotas muy interesantes. Eso es lo único que sé. De los españoles no sé nada, porque mi vieja nunca quiso hablar de su familia, de su padre, su madre, nada”.
Su padre fue quien le enseñó el valor del trabajo. El esfuerzo sin pausa. La rutina que empieza antes del amanecer: “Se levantaba a las 4:20 de la mañana para ir a trabajar a Béccar. Hacía una excursión de tren, colectivo, subte para ir a laburar. Ese laburaba. Por eso yo digo que me siento un elegido”. Y fue también quien, sin saberlo, le cambió la vida para siempre. A los 14 años, le regaló su primera guitarra.
Pero antes de ese momento hubo otra escena, casi invisible, que dice mucho más: un chico que no podía tener un instrumento y que, sin embargo, lo inventaba.
“Me encantaba la música, cantaba para todos mis amigos y soñaba con tocar el piano. Pero ¿piano? ¿Qué piano? Era imposible. Siempre me acuerdo de lo que me dijo una vez Javier Martínez, de Manal: ‘Te regalaron el piano de los pobres’. Y sí, porque lo que yo quería no se podía, pero las ganas estaban”, destacaría.
Fue entonces cuando, ya en el secundario, sus compañeras disfrutaban escuchándolo cantar, y mientras cierra sus ojos, su mente se dispara: “Un día, una de ellas llevó una revista Para Ti. En esa revista había dos páginas con enseñanza de guitarra: dos zambas, Alma de nogal y La atardecida. Estaba la letra y, debajo, los tonos”.
“Le pedí a las chicas que me prestaran la revista. El fin de semana, como no tenía guitarra, fui a la verdulería y le pedí al verdulero un cajón de manzana. De ahí saqué una tabla y le dibujé seis cuerdas con las divisiones de los trastes. Así practicaba las posiciones que veía en la revista. Mi viejo y mi vieja me vieron”, y así llegaría ese instante nunca antes imaginado.
Sus ojos se empañan de recuerdos: “Ha sido uno de los regalos más hermosos de mi vida. Ha sido uno de los regalos tremendos. Cuando abrí el estuche, la felpa roja, la guitarra nueva… dije: “¡Guau!”. Ese momento fue fundacional en mi vida”. El recuerdo sigue intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si ese instante siguiera latiendo en cada canción.
Desde entonces, nunca más se separaron. La música ya estaba ahí desde mucho antes. En su voz, en su oído, en su manera de mirar el mundo. A los cuatro años ya leía y escribía: “Mi padre era gráfico y tenía un diario en San Miguel de Tucumán. El olor a tinta y a papel nadie me lo saca del cerebro”.
Aunque, si no hubiera sido músico, lo tiene claro: “Hubiera sido médico… seguro”. Pero el destino ya estaba escrito en otro idioma. Uno hecho de melodías.
Porque para Paz Martínez, componer no es un acto técnico. Es un acto visual. “Necesito una imagen… una foto”, explicó. Sus canciones nacen así: como escenas que después se vuelven palabras y música. “Muchos cineastas con los que he hablado me dicen: ‘Tus canciones son todas imágenes’. Y si te ponés a pensar, es así. Entonces, yo veo una pareja en un rincón, están tomando un café, y yo me doy cuenta enseguida si hay trampa o no hay trampa. Esa foto la tengo acá y va a al cerebro, después a mi mano y ya está”,
Más de quinientas composiciones dan cuenta de ese universo. Y ninguna está completamente terminada. Porque siempre hay una palabra que puede cambiar. Una emoción que puede afinarse.
El reconocimiento por su parte, llegó, como suele pasar, de manera inesperada.
Sus inicios profesionales fueron como integrante del Trío San Javier, hasta que en el año 1982 decide emprender su carrera solista. Y sobre ello explicó: “La compañía me hizo competir en un concurso. Nunca me gustaron ni me gustan . Porque lo más probable es que el que tiene que ganar no gana. Yo fui con una canción que estaba seguro que ganaba. Y como corresponde, competí y perdí . Pero esa canción tomó vuelo propio. Una canción que la canté durante tanto tiempo que no la quiero cantar ahora, pero sin embargo, el público me la pide: se llama Qué par de pájaros. Estaba seguro de ganar y perdí. Sin embargo, después el público me dio discos de oro, de platino, de doble platino por esa canción. Y ahí nace Paz Martínez”.
Pero la historia, esa del hombre que se entera de que su mujer lo engaña con su amigo, nació de otra forma: “En realidad, yo venía con el auto por la 9 de Julio y en el Obelisco, al mediodía vi a una chica muy jovencita acostada en el pasto, dormida, y alrededor de ella un montón de cajitas de Tetra Brick. Y escribí mentalmente: ‘Si te quieres matar, hubieras elegido otra manera’ . Y resulta, cuando empiezo a escribir la canción esta, me llaman los de la compañía discográfica explicándome que tenía que competir. Entonces tomo esa idea y la cambio. Y el inicio quedó ‘Si me quieres matar, hubieras elegido otra manera. Una manera limpia y elegante. Al menos, algo que no cause pena”.
“Es que me acordé de Chico Novarro, que tenía un chiste muy lindo que él decía siempre: “Para escribir un tango o un bolero es fácil. Necesitás un hombre, una mujer y el marido”. Entonces, cambió el personaje de la historia.
Después llegó Amor pirata, para dejar en claro que su carrera no sería una más, y que ante los ojos del mundo comenzaba a vislumbrarse al gran compositor. Después “Qué ironía”, que popularizara Rodrigo, o muchos de los hits en la voz de Los Nocheros. Canciones que cruzaron generaciones. Que unieron abuelas, madres e hijas en una misma emoción. “Soy uno de los pocos artistas que logra eso”, dice. Y no suena a vanidad. Suena a constatación.
“‘Qué ironía’, en principio titulada ‘Con él, conmigo’, y Amor Pirata son dos de las tantas que hice con mi amigo Juanjo Novaira, a quien un día le dije ‘En todas las canciones que escribí con vos, nunca vos escribiste el estribillo. Bueno, pero él me decía: “Lo que yo te escribí adelante te disparó lo otro”. Y tiene razón. Él me daba letras, me decía: “Modificalas”. No había mucho que modificar, porque escribe muy bien. Pero venían sin estribillo las canciones, sin el gancho ese que necesita la canción, como ‘Nosotros somos un amor pirata’ o “Y mira qué ironía, querida’”.
Sus temas viajaron lejos. Fueron interpretados por artistas de todo el mundo. Incluso por voces impensadas. Y cada vez que eso sucede, vuelve a sentir lo mismo: que la canción ya no le pertenece.

El recuerdo se dispara, por ejemplo, a 1995: “Yo estaba en México y me dice un amigo, “¿vos sabés que llegó un trabajo de Madonna de baladas en inglés compuesta por ella y David Foster? Una de estas quiere grabarla en español por el mercado. ¿Querés hacer la letra en español?” Es la única canción que tiene grabada en español Madonna, Verás. En inglés es You’ll See. Lo que me llamó profundamente la atención es que pensé que como ella tenía ascendencia italiana, se podía manejar bien con el idioma latino, español, ¿no? No habla una sola palabra de español, lo cual demuestra la capacidad formidable que tiene como artista. He escrito versiones también para Paul Anka, para Quincy Jones, pero sigo con el perfil bajo porque, porque yo soy así. Me gusta”.
A lo largo de los años también aprendió a correrse de ciertos lugares. La política, por ejemplo: “No tengo nada que ver con los políticos. Sí con la política. Me encanta la política y me gusta la historia y me gusta debatir sobre política», admitió, sin rodeos. Prefiere las ideas a las ideologías. Prefiere la independencia. Prefiere, en definitiva, seguir siendo quien es.
“Desde que tengo uso de razón, por derecha y por izquierda, y por el centro y por adentro, siempre engañaron a la gente”, destacó.
En tiempos donde la industria de la música enfrenta transformaciones profundas, no esquiva el diagnóstico, pero tampoco se detiene en la queja. Habla desde la experiencia, desde una vida entera atravesada por la vocación, con la serenidad de quien ya transitó todos los caminos posibles.
“Los artistas sabemos que el camino no es fácil. Nadie nos dijo que no iba a tener piedras, pero si tenemos voluntad, salimos adelante”, afirmó, sin énfasis impostado, como quien enuncia una verdad que no necesita ser subrayada.
Lejos de cualquier dependencia o condicionamiento, su recorrido se construyó desde la independencia. “Yo nunca necesité de ningún gobierno de turno para cantar”, agregó, con la firmeza de quien eligió siempre sostenerse en su propio oficio.
Y entonces vuelve a esa idea que atraviesa toda su historia: la música como una necesidad vital, más allá de cualquier escala o contexto. “Si yo no puedo cantar en un teatro grande y tengo ganas de cantar, voy a cantar en un bar. Si tengo ganas de cantar y no puedo hacerlo para tres mil quinientas personas, voy a cantar para setenta, para cien. Y no se me van a caer los anillos. Ya lo hice muchísimo tiempo a eso”.
No hay nostalgia en sus palabras, sino memoria. Una memoria que no romantiza, pero que tampoco olvida de dónde viene. Por eso, cuando define el presente, lo hace con la claridad de quien ya atravesó otras tormentas: “Entonces, sé que es una época difícil, pero yo estoy acostumbrado a las épocas difíciles”.
Y en esa frase, dicha casi en voz baja, se condensa algo más que un diagnóstico: se revela, intacta, la esencia de un artista que aprendió a resistir sin perder nunca la pasión por cantar.

Hoy, a sus 77 años, el tiempo no aparece como un límite, sino como una perspectiva. La familia sigue siendo el centro. Los hijos, los nietos: “Creo que es posible la eternidad a través de ellos”, reflexionó. Y en esa frase hay una síntesis de todo. De lo vivido, de lo aprendido, de lo amado.
Por eso, cuando el telón del teatro Ópera se levante este 1 de mayo, no será solo un recital. Será una historia que vuelve a contarse. La de un chico que soñó con un piano imposible. La de una madre que cantaba como los dioses. La de un padre que trabajaba antes de que saliera el sol. Y la de una guitarra que, aparecida en un estuche de felpa roja, fue el incio de todo.
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