CHIMENTOS
Eleonora Wexler: “Vivía atrapada en la mujer y la madre que debía ser”

Que “los personajes saben ser oportunos” ha sido una vieja intuición que hoy –y luego de mucho preguntarse “¿Qué tengo que contar? ¿Qué debo encarnar?”– rubrica entre las tantas certezas que aquí irá desplegando. Entonces su Lona Hessel –de una impronta que siquiera Ibsen discurrió jamás– empuña discursos de justicia y verdad que rasgan la trama de Los pilares de la sociedad, una pieza de 1877 que “compendia palabras tan resonantes en el presente que penosamente delatan lo poco que hemos evolucionado como especie”. Es así que entre analogías, y desde este lado de esa piel que le propone este clásico que desnuda de un tirón la hipocresía social sobre el escenario del Presidente Alvear, Eleonora Wexler (51) se atreve a recorrer esos episodios de su propia historia que la empujaron a ajusticiar su identidad a la voz de los “¡¿Quién soy?!” más que estridentes.


Podríamos decir que el primer gran replanteo, tan precoz como su carrera, fue a los catorce. Por entonces tenía la experiencia de ocho roles en terrenos del cine, el teatro y la televisión, y también “una pesada sensación” que se le hizo duda. “Siempre fui una niña corrida, muy distinta. Y algo en torno a mi ‘ser actriz’ ya no generaba deseo. Había perdido la pulsión. Tal vez, en ese ‘adolescer’, no sabía definir qué quería, pero sí lo que ya no. Y no quería trabajar, tampoco estudiar teatro”, lee a la distancia y sin quitarle mérito al maestro Hugo Midón (1944-2011) ni a su Río Plateado. “Esa era una emoción hasta corporal… Como un ‘no quiero, ya no quiero’. Y… ¿Sabés? Creo que me había olvidado de jugar”, define. “Y ligo esto a lo que pasó en el ensayo de esta obra. Desde el primer día, Jorge Suárez (62) en su rol de director, se encargó de arrojarnos a juego sin red. ‘¡No importa el resultado, yo los quiero al borde!’, decía. “Entonces entendés que ese miedo a ‘no fallar’ es lo que detiene el juego”. Un juego sacro y motor para el actor.

A propósito de ese permiso, Eleonora cuela que acaba de terminar un curso de clown al que arribó “buscando otras herramientas en territorios en los que no sabía cuál sería mi forma de expresión”. Y fue en las clases de Gabriel Chame Buendía (64) que dice haber aprendido a “jugar con y desde el fracaso”. Parte de “toda una teoría maravillosa con clave en el error. Porque el payaso encuentra y desarrolla su modo de contar siendo ‘loser’”, explica con fascinación “de este viaje alucinante” y confirmándose, una vez más, que nunca hubiese encontrado “un plan B” de haber quedado al costado del camino aquella vez. Sí, podría haber sido estudiante de cine, por su fascinación. Podría haber sido escritora, como aficionada al ejercicio que fue abandonando al crecer. “Podría aprender lo que fuese para sobrevivir, claro… Pero a nada podría ponerle el cuerpo como a esta vocación”.

En definitiva, y de regreso a esa primera introspección de la que hablamos, Wexler “sentía que no lograba encajar o pertenecer a ningún contexto. Y justamente en el inicio de la escuela secundaria, buscaba desesperada una adolescencia más ‘normal’ o al menos ‘parecida’ a la de mis pares”, analiza. La posibilidad de reemplazar a Liliana Simoni en Alta sociedad (1986) dispersó la crisis. Fue por una semana, mismo lapso que se tomó para decidirlo. “Y pisar ese escenario fue una cuestión sensorial. Todo volvió a encender…”, recuerda respecto de esa llama que, finalmente, no solo haría cenizas varias etapas sino también la experiencia de un viaje de egresados. “Hoy sé que ese tránsito fue parte del intento de encontrarme a mí misma y por primera vez en mi vida”, refiere este pasaje que resulta el prólogo de un portazo que coronaría su búsqueda.




Habla del “poder inexplicable” de las vocaciones en los ámbitos menos afines. Y antes de dar un vistazo a la casa de los Wexler en Parque Patricios (nuestro próximo stop), la pasión de su hija servirá de introducción. “Es un misterio que pude entender viendo a mi hija”, dice Eleonora. “Cuando en el barrio (Vicente López) no había plazas, con las madres del jardín nos reuníamos en el Hípico, donde los chicos tenían jueguitos para pasar la tarde. Y ya a sus dos años y pico, Miru (Miranda Wassington, 21) con una convicción que asustaba, insistió hasta lograr dar una vuelta en pony… ¡Nunca más se bajó!”, relata señalando a esta amazona elegida “por su actuación, presentación, disciplina y estilo” en el Sudamericano de Equitación de Porto Alegre 2023, para citar solo un ejemplo de sus logros en la metier. “¿De dónde nació su pasión? ¿Cuál sería el origen de su fascinación por los caballos?… No lo sé. Pero entendí de qué va ese fuego encendido observándola a ella”. Y ese ‘observar’ será quid en su próximo relato.


Ricardo Wexler fue visitador médico, comercializó computadoras, hoy es productor de seguros y “capaz de venderte hasta lo inimaginable”, bromea Eleonora. Pero, y principalmente, un gran observador. “Él supo verme por primera vez. Él miró a esa nena-petardo, que imitaba a Mirtha Legrand y a Raffaella Carrá en las reuniones, que bailaba en cualquier situación, asustaba con sus saltos mortales entre los muebles del living, que soñaba con protagonizar una serie de época –“como hasta el día de hoy”— y que no lograba concentrarse en los argumentos de los espectáculos a los que asistía por las desesperadas ansias de ser llamada a participar en el escenario”, cuenta.

Hasta que a puertas del Lola Membrives, y luego de haber probado a más de dos mil chicas en el casting que buscaba a la Annie nacional, el coreógrafo Oscar Lobera anunció: “¡Esto ya cerró!”. Claro, pero hablaba con un Wexler. Nada desanimaría a Ricardo y mucho menos si llevaba a su hija tomada de la mano. “Dale, hacéla pasar porque va a quedar”, vaticinó seguro. Así comenzó todo, con el protagónico del emblemático musical estrenado en Broadway en 1977 y arribado al país en 1984 con producción de Lidia Pinky Satragno (1935-2022). No había que ser Juan Carlos Mesa (1930-2016) ni Gustavo Yankelevich (75) para advertir un futuro en esa chiquita, y Mesa de noticias (ATC, 1983-1985) la acunó para siempre en las pantallas.
Recuerda “un hogar con perfume de arte”, con música de fondo, con tareas de colegio alternadas con guiones, con planes de cine y paseos por calle Lavalle en las tardes de películas, “porque mi viejo tenía una historia ahí: Él dice que el cine salvó su vida”, anticipa. “Vino de una infancia complicada, criado en la calle y añorando la familia calentita que luego supo formar. Y en aquellos tiempos, en los que tanto faltaba, encerrarse en una sala de cine era un buen refugio para él… Hasta dice que aprendió a hablar inglés con los continuados”, dispara conmovida. Ya llegarían los tiempos en los que al viejo se le expandiera el pecho al verla trabajar con “los grandes que siempre admiré”, como dijo Ricardo alguna vez referenciando a Alfredo Alcón (1930-2014), su compañero en La tempestad (2000) o a Oscar Martínez (76), con quien protagonizó la obra El descenso del monte Morgan (2010) y Noche y día (Eltrece, 2014), por citar algún ejemplo.


Cristina, en cambio, “siempre fue más retraída. Tímida y, tal vez, acomplejada en términos de sacar su leona interna”, pinta Eleonora a esta maestra de grado. “Pero con el paso del tiempo, y a pesar de esos conflictos con ella misma, supo lograr una apertura, una sabiduría, una evolución que hoy admiro y disfruto. Las dos pudimos reencontrarnos mucho más desde que fui mamá. Recién entonces pude abrazarla y comprenderla en su totalidad”, cuenta. “Realmente agradezco tener a mis padres cerca… ¡Muchísimo! Porque mirá que los he peleado demasiado”, suelta dando inicio a ese episodio que adelantamos al mencionar el portazo definitorio que dio al irse de casa con apenas dieciocho, cuando “la capacidad de juego se perdió entre las exigencias que siempre marcaron a mi familia”.


Da cuenta de haber atravesado “una adolescencia compleja, una etapa torturada”, que relampagueaba fatal entre los suyos. “Y a eso agrégale cierto defecto, capacidad o lo que fuese, de irme en cada personaje. Con esto quiero decir que en el afán de encarnar los roles, los incorporaba. Hablaba o reaccionaba como otra persona…¡Me iba! Y los jugaba en cada uno de mis ámbitos. ¡Era un montón! Fui brava, realmente brava”, se define esta “noviera” que vivió su primer noviazgo a los quince y con un hombre de veintiuno. Es así que en medio de esas tormentas, “sentí que no podía crecer”, recuerda Eleonora. “Que vivía demasiado observada, controlada, juzgada”, suma quien paradójicamente creció expuesta a la mirada pública. Pero la crítica familiar pesaba “distinto”, dice creyendo, hoy, que “tal vez el tema era más de ellos con ellos que conmigo. Con lo que hubiesen querido ser y no se atrevieron, o no quisieron, o no pudieron en el plano de sus deseos”. A fin de cuentas, Wexler se percibió “limitada y hasta presionada para hacer todo muy bien, en casa y sobre cualquier escenario”. La exigencia “fue una gran maestra”, claro. “Pero la sobreexigencia muchas veces me llevó hacia un lugar de frustración. Porque nunca terminaba de ‘alcanzar’ nada. Y eso me costó demasiado”.

“Fue de repente. Así, tan impulsiva como siempre, pensé: ‘Ya no quiero esto para mí’. Hice un bolso y me fui. Pero me fui sin decir una palabra”, cuenta Wexler revisando aquella tarde del 92. “Era brava, contestataria, con independencia económica para alquilarme un departamento en pleno barrio de Once y tan picante, mucho más que ahora, como para cortar el diálogo con mis padres durante un montón de veces”, dice. “Imagino su dolor, lo que habrán sentido: ‘¿Qué se hace? ¿Cómo se hace? ¿Qué hicimos mal? ¿En qué fallamos?’ Pero… A veces son caminos y cada uno hace lo que mejor que puede. Eso pude entenderlo recién al crecer”. Eleonora comenzó así a vagar “un mundo adulto, peligroso, donde vi de todo y en el que pude haberme perdido”, describe. “Pero en el que también confirmé la importancia de los valores firmes y de la protección que nos dan las bases construidas en casa”, dice sumando a eso la “fundamental disciplina que da el deporte”, en su caso la gimnasia deportiva, desde los siete a los doce años, en Club GEBA (Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires). “Así forjé el sentido del compromiso hacia los objetivos. Ese ‘estar fresca para rendir al máximo’”, que luego llevó a los sets. “Simplemente buenas herramientas… ¿No? Como las que intento darle a mi hija para enfrentar sus decisiones”.
Claro que hubo situaciones turbias que debió sortear con todo aquel legado. Y, entre tanto, aflora un recuerdo hasta entonces solapado. Wexler habla de cierto director de cine y una cita espeluznante “con la excusa de hablar acerca de una película”, relata. “Fue en un colegio enorme. Un lugar rarísimo. Y, de repente, en una sala había una mesa raramente dispuesta como otros tantos objetos, como si todo estuviese ‘preparado para’. No sé, va apareciendo en mi memoria a medida que te lo cuento… Fue una situación muy confusa y enseguida tuve una extraña sensación: ‘No habría ninguna charla sobre una película’… Nunca fui miedosa, pero ese día puedo asegurarte que sentí terror”, asegura Wexler. “Y me fui. Escapé. ¿Qué había sido todo eso? ¿Dónde hubiese terminado? ¿Qué hacía yo, inocentemente, inserta en esa situación?”, se pregunta a la distancia.

De nada se arrepiente. Es de quienes creen que “todo es útil para crecer”. Hasta que alguien decidió ceder. Con quien sabe qué excusa por el barrio, “el primero en buscarme fue papá. Supongo que mamá estaría más dolida”, cuenta. “Recuerdo que tocó el timbre, subió al departamento, hubo una cercanía pero el abrazo… El abrazo llegó mucho después”, cuenta. Fue a inicios de sus treinta, recién entrada su relación con el empresario Leonardo Wassington que, sostiene, “apareció un sentido de construcción muy diferente”. Según señala: “Corrí el foco de mí. Dejé de lado el ‘yo, yo, yo’. Entonces empecé a ser y estar menos ‘individual’, y a abrazar la idea de ‘un otro’. Lección que se coronaría con el nacimiento de Miru”, apunta en referencia a la hija de ambos, fruto de un vínculo de catorce años.


Por supuesto que la maternidad marcó un punto de inflexión en su historia personal: “Antepuso para siempre la figura del otro por sobre la mía. Y así pude volver a revisar mi contexto e iniciar un entramando más potente, de compañía legítima, de entendimiento, de respeto y, en conclusión, de aceptación. Finalmente, el amor”, analiza. De hecho, subraya, “hasta cambió el vínculo distante que había mantenido con mi hermana”. Eleonora se refiere a la Dra. Luciana Wexler (49), especializada en cirugía de cuello y cabeza, hoy volcada a la medicina estética, “un campo más liviano o amable. Decisión que también tuvo que ver con la sensibilidad que desató la llegada de mis sobrinos y la necesidad de no enfrentarse ya a la crudeza de determinadas situaciones”.



Nunca registró fantasía alguna, deseo o necesidad de ser mamá. “Hasta que un día, en el séptimo año de relación con el papá de Miru (con quien se casó el 2000 al sentir “un impulso de celebración”) dije: ‘Ey, algo está pasando… Creo que quiero’. Entonces fui respetando esas emociones que asomaban al natural. El embarazo se dio casi sorpresivamente y tan plácidamente que me sentí poderosa, hermosa, enérgica, activa. Nada, ni siquiera ninguna de las propuestas laborales que me acercaban, pudo correrme de ese eje de felicidad”, relata la, por entonces, cultora de la corriente filosófica de la kinesióloga alemana Brígida Morgenroth, fundadora de la primera Sociedad de Psicoprofilaxis para el Parto y difusora de la Gimnasia Especial para Embarazadas, método de trabajo adaptado a las posibilidades reales de cada cuerpo durante la gestación.
“Al principio, la maternidad se dio en el marco de una gran expansión profesional y de algunas dudas”, señala. “Miru era pequeña y, a su modo, dejaba entrever algún reclamo. No es dato menor que se tratase de una hija única, con un gran idilio por un padre presente y una madre expuesta… Algún día voy a preguntarle si a ella le pesaron esas consecuencias, pero yo intenté acompañar. Sé que lo hice…”, revisa. Miranda (o “mi amazona”, como la llama mamá) tiene 21 años, “un carácter complejo, varias búsquedas, una franqueza admirable y claridad en sus deseos”, describe Eleonora. Y más allá de su afición a los equinos, estudia Gestión deportiva (UADE). “Todo se trató de ir encontrándome en el rol… Sí, no me resultó nada fácil ser mamá. Porque amerita un trabajo enorme de conocimiento, de entender que tu hijo a veces tiene mucho que ver con vos y otras, absolutamente nada”.


Wexler apunta al fin de su relación con Wassington. “Yo me separé cuando mi hija tenía siete años y eso significó para mí un costo inmenso”, asegura en torno de un divorcio con algo de raíz en cierto rechazo que su carrera (“y este medio”) provocaban al empresario. “Sentí culpa por la ‘pérdida’ de la familia. Sentí culpa por ser actriz. Sentí culpa por no ser una mamá ‘normal’. Dudaba respecto de lo bien que pudiese estar Miranda, de si tenía el colchón de contención que ella necesitaba… De si yo era buena madre. Se jugaba en mí algo de la propia aceptación que también se daba en el ámbito de mis parejas”. Dice que afirmar “Esta soy yo”, fue resultado de un extenso trabajo. No sólo a través de la terapia convencional (en la que se había embarcado a sus quince años, incursionando además en la corriente EMDR), sino “de todo camino que me ayudase a evolucionar”. La meditación, la Swásthya Yoga (sistematizada por el Maestro DeRose, basada en el Yôga Antiguo o Preclásico que procura el desarrollo integral del individuo), la biodecodificación, la astrología de la que es gran adepta o mismo las sesiones de Ballroom Jazz, “a través de las que encuentro una perfecta conexión”, también contribuyeron a “encontrarme”, señala esta “busca” nata. “Existe un campo energético inimaginable, tanto como el mundo a descubrir en nosotros mismos. Y soy muy curiosa para omitirlo”.
Y, entre paréntesis, su paso por Goa y Calcuta, en La India (2015, 2017 y 2024), como invitada al Festival Internacional de Cine, no han sido despreciables en esta ecuación. Porque, como asiente, nadie regresa con la misma mirada con la que se ha ido. “Encontré personas de inmensa profundidad. Vi comunidades funcionantes y fusionadas. Descubrí ‘otra pobreza’, entendí el desapego material y aprendí de ‘entrega’. Pero de entrega genuina”, repasa. Indefectiblemente se activó en ella, según expresa, “otra conciencia” y “cierta paz espiritual”. Lecciones que acomodó en el arte de valorar y conectar con lo más simple. “Hoy procuro mis momentos de silencio. Disfruto de mi espacio, de mi casa, de mi verde, de mis rituales con piedras, de aromas, de la naturaleza que me resulta indispensable (dice tener “buena mano para el jardín” y diálogos con sus plantas), y de mis animales”, enumera sin dejar de mencionar a Afrodita, la gata que llegó a celebrar veintitrés años, sus perros y hasta a Dolce y Gabbana, los cobayos que llegaron en pandemia. “Me gusta, me hace bien, me reconforta estar sola conmigo. De a ratos es una gran necesidad”.

Cuenta que ya no debe “vender nada” y linkea ese ‘vicio’, tal vez, a la suerte de un trabajo infantil que la situó en la dependencia del aplauso: “Como si la necesidad de aprobación o de complacer, en casa y los escenarios, hubiese quedado sellada”, reflexiona hoy, “más liviana”. Finalmente, Eleonora pudo gritar: “Esta soy yo: la mamá posible, la mujer posible”. Y eso significa reconocer y asumir “todo eso que tengo para ofrecer”. Porque como explica: “Cuando intentás ser alguien que no sos, quedás atrapada. Y creo que durante muchísimo tiempo estuve atrapada en ‘la madre que debía ser’, en ‘la mujer que debía ser’, en lo que ‘debía’ haber hecho. Y esta soy: la que te habla, la que ves. Ésta, con una vocación marcada, una pasión definida, mis luces y mis sombras… Y no ha sido fácil aceptarme”.
Es en ese mismísimo tren que asoma el último de los episodios en su camino de los ‘¿Quién soy?’: la década sin amor. O, mejor dicho, los diez años en los que Wexler no se ha logrado enamorarse. “¡Y sobreviví!”, bromea. “Por ahí estuve medio enamorada… Pero lo que no experimenté en todo ese tiempo fue la posibilidad de una construcción que me hiciera sentir plena. Fue complejo. No es que sufría… Bueno, hubo momentos en los que sí sufrí”, corrige con gracia. Pero en balance, y en tiempos en los que irremediablemente la mirada vuelve a uno, “aprendí”, asegura. “Aprendí a estar conmigo, a acomodar los miedos a la entrega, a que me lastimasen, a ese ‘no ser elegida’. Porque me habían lastimado, sí. Fue desarmando ese bloqueo en trabajo conmigo misma, en un espacio en el que validé esto de lo que hablábamos: el amor es no intentar vender nada ni quedar sujeta a un rol que cumplir ni, por todo eso, sentirse perdida”. Ya no necesito venderme ante nadie. Hoy me paro ante cualquiera: ‘Esta soy. Me tomas o me dejas’”.


El productor teatral Sebastián Blutrach (56) no ha dudado una décima de segundo. “Entonces ya ‘soy quien soy’, compartiendo la vida con otro”, dice. Eleonora y el propietario del Teatro Picadero, además presidente de AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales) y padre de dos hijos adultos, se conocieron en 2013, “y luego nos hicimos muy amigos”, relata. Hasta, claro está, se miraron diferente. ¿Qué vio Wexler? “Un amor diferente. Un gran tipo, un profesional admirable, un compañero que sabe escuchar, con quien puedo conversar y desnudarme en los sentimientos, a veces, más terribles. Y entonces aquí vamos, acompañándonos en estos senderos de compartir, de completar, de construir, de hacernos mejor personas. Algo que había ya había olvidado”. Aunque para algo sí reserva una memoria de elefante: no ceder ante la convivencia. “Y eso tiene mucho que ver con el camino de la honestidad, de la autenticidad de mi sentir”, explica. “Todavía hay algo de ese mundo personal, privado, silencioso, que me gusta demasiado. Supongo que a él también… Y está bueno salir a buscarnos”.
Cincuenta y un año después, ¿quién es Eleonora Wexler? “Ésta”, responde sin pausa. “Esta que va de encuentros con una hija adulta, con un oficio que me enciende y el privilegio de ejércelo en estos tiempos, con menos expectativas puestas en los ‘debería’, con más consciencia en el disfrute y un compañero que tanto esperé”, enumera. Es entonces que una línea de Ibsen en la voz de su Lana se nos hace oportuna, tanto como le es el personaje: “Sin justicia, sin honestidad y sin amor, no hay sociedad posible”, recita. A la que hoy, remata tan aprendida: “…Ni vida”.
CHIMENTOS
La gravísima amenaza de Robertito Funes Ugarte a una estrella que hizo saltar a Fernanda Iglesias: «Saliste con el dueño»

Después de algunos meses de calma y silencio, Robertito Funes Ugarte vuelve a ser noticia. Quizás por primera vez en lo que va de 2026 después de un «veinteveinticinco» muy agitado y donde el mote callejero de «rosca floja» se hizo mega viral y probablemente se haya transformado en compañero indeleble de su figura, rompió el molde con una acusación recontra fuerte contra una famosa. Tan fuerte que hasta Fernanda Iglesias, la reina de la información picante de la tele, se terminó involucrando.
«¡Se quién es, Robertito Funes!» le avisó Iglesias desde su cuenta de Instagram haciéndose eco de un video muy pesado de RFU. ¿Qué había dicho el ex bailarín y actual notero y conductor? Mirando a la cámara que lo filmó para el programa «Despierta la casa» en uno de los tantos streaming que pululan hoy día (¿Cómo se hace para seguirlos habiendo tantas plataformas?) disparó con todo contra una estrella.
«Voy a hablar. Te abusaste de todos tus compañeros» tiró Robertito señalando con una birome que no paraba de mover con sus manos, como si fuera la mira telescópica de un arma de alta precisión. «Hiciste abuso de poder -siguió- porque salías primero con el dueño, después con el CEO y después con no se quien, y jorobaste a toda la gente que trabajaba con vos».
Posteriormente, enumeró los rubros afectados por el accionar supuestamente malicioso de esta estrella. «Jorobaste a camarógrafos, periodistas, vestuaristas, productores». Como si todo eso no fuera suficiente, Robertito recargó y siguió dandole metralla a su enemiga. «Te creés una lady y no oss ninguna lady. Vos sabés por qué te la tengo jurada». ¿Para tanto?
GRAVE AMENAZA DE ROBERTITO FUNES UGARTE CONRTA UNA FAMOSISISMA QUE INVOLUCRO A FERNANDA IGLESIAS
Sin ánimo de dar ni recibir tregua, Robertito le dijo a su rival que «si yo me enteró que vamos a compartir «stage», preparate porque voy a contar todo. Tengo horas, fechas, lugares, hoteles y restaurantes, porque ¿Sabés qué mi amor? El que reservaba todo para vos y a los que te llevabas por ahí para conseguir trabajo? Lo reservaba yo. Y después tuviste la osadía de pasarte de viva conmigo». Para algún desprevenido, «stage» quiere decir «escenario», y en la jerga televisiva se puede considerar también «piso», «estudio» o «set de filmación».
Si bien un poco se estaba incriminando «en el lore» al decir eso (quizás no aplique mucho para este caso, pero la palabrita se puso de moda y había necesidad de usarla en algún lado), Robertito siguió como si nada. «Voy a contar todo, estás avisada» y le mandó un besito con uno de sus dedos. ¿Terminó? Parecía, pero no, porque después hubo música. Puso la canción cuya letra dice «Rata de dos patas, te estoy hablando, porque un bicho rastrero aun siendo el mas maldito, comparado contigo se queda muy chiquito» y la cantó a viva voz. Se ve que no la queire ni un poquito. Y si Fernanda Iglesias sabe… tic-tac, tic-tac.
Robertito Funes Ugarte, Fernanda Iglesias
CHIMENTOS
Gloria Carrá contó la anécdota con su hija Ángela Torres cuando coincidieron en un boliche : “Guardé mis formas”

En plena emisión, Gloria Carrá habló sobre la emoción que le genera el presente de su hija, Ángela Torres (Urbana Play)
El presente de Ángela Torres no deja de sumar motivos de orgullo y emoción para su entorno más cercano. Desde que brilló como telonera en el histórico show de Shakira en Vélez, la artista multiplica proyectos, recibe elogios y disfruta de un presente profesional que la confirma como una de las voces jóvenes más potentes de la música nacional. Pero detrás de cada logro, hay una familia que la acompaña y celebra cada paso, especialmente su mamá, Gloria Carrá. La actriz no pierde oportunidad para expresar lo que siente por su hija y compartir anécdotas que muestran la complicidad única que las une. En su reciente paso por Vuelta y Media (Urbana Play), la actriz volvió a abrir su corazón y a hablar de la profunda conexión que tiene con Ángela.
La charla, descontracturada y divertida, arrancó con una pregunta directa de Sebastián Wainraich: “¿Ángela te da bola, Gloria?”. “Re”, respondió Carrá entre risas, y explicó que, aunque su hija ya tiene 27 años, están en uno de los momentos de mayor cercanía. “Es el momento que más juntas estamos, por suerte”, confesó. Tanto es así que Gloria no se pierde ningún show de la joven. “Siempre la voy a ver. Me emociona mucho. A veces me dicen que hay una sorpresa y yo siento como que hay algo en mí que ya sabía, porque la veo desde siempre, desde que era chiquitita y te armaba unas entradas cuando venían mis amigas, y se las daba y decía: ‘En media hora empieza’, y tenías que ir a su cuarto a escucharla bailar y cantar”, recordó, entre orgullo y nostalgia.
La conversación derivó en el vínculo generacional y la particular conexión entre madre e hija. “Ángela tiene justo la edad… Tiene 27, yo la tuve a esa edad, entonces me parece que eso también…”, explicó Carrá, haciendo hincapié en el lazo que las une y en cómo, a pesar del paso del tiempo, siguen compartiendo experiencias y momentos de aprendizaje mutuo.
Además, Gloria relató una divertida anécdota sobre una noche en la que coincidieron en un conocido boliche de Mar del Plata y cómo, a pesar de sentirse joven y disfrutar de la fiesta, no dejó de cuidar las formas por respeto a su hija. “Me encararon y yo tipo: ‘No’. Por adentro dije: ‘La pu… madre, la que me perdí’. No le dije al pibe eso, obvio. Pero no, me fui”, contó entre risas, y Wainraich no tardó en bromear: “A ese chico le queremos hablar, que encaró a Carrá. Queremos decirte que Gloria no podía esa noche, pero hoy sí puede”.
El orgullo de Gloria por Ángela no es nuevo, y cada tanto encuentra eco en las redes sociales. Tras el show de Shakira, la actriz se sinceró con sus seguidores: “¡¡Mi chiquita gigante teloneando a Shakira en Vélez!! Feliz y emocionada, no solo por verla cumplir sus sueños, también porque últimamente la veo reír y eso me llena el corazón de amor. ¡¡Vamos Ange, esto recién empieza!! El último video me encanta, ella y sus amigos siempre”, escribió.

El ida y vuelta no tardó en sumar más ternura. “Te amo mamáaaa, gracias por acompañarme y por ser luuuuzzz”, comentó Ángela, a lo que Gloria respondió: “¡¡Vos sos mi luz!! Te acompaño a donde me pidas. Te amo”. El intercambio siguió en tono humorístico, confirmando la complicidad y el amor que las une. “Jajaja el final fue ronda de chismes, que se sepa”, bromeó Torres, mientras su mamá replicaba con emojis y otra declaración de cariño.
Ese vínculo cercano y sincero se refleja en cada paso de Ángela, que no solo se anima a crecer profesionalmente, sino que también cultiva una relación de confianza y apoyo con su madre. Carrá, por su parte, reconoce que, más allá del éxito y la exposición, lo que la emociona es ver feliz a su hija y sentir que, aun adulta, sigue siendo esa nena que bailaba y cantaba en el living de casa.
CHIMENTOS
Juana Repetto contó que uno de sus hijos enfrenta un delicado problema de salud: «Lo tenemos que resolver con el pediatra»

Juana Repetto viene de estar en el ojo de la tormenta por sus recientes explosivas declaraciones contra Sebastián Graviotto, el padre de dos de sus tres hijos. Y en estas últimas horas, también profundizó acerca del drama de salud que atraviesa uno de ellos.
La actriz es muy habitué de las redes sociales y allí contó el problema que atraviesa. Si bien optó por no especificar qué sucede particularmente, sí contó que es un tema que se encuentra tratando con el médico.
“No los levantan a las 7 de la mañana sin haber dormido toda la noche por estar amamantando al bebé, no se cagan de sed y no están hablando en este preciso momento con su pediatra por un tema importante de salud que tiene uno de los chicos y que tenemos que resolver”, expuso Juana.
A modo de respuesta contra aquellos usuarios que las critican constantemente y más por todo el revuelo que armó con Graviotto, Repetto salió con los tapones de punta. Si hay algo que nadie puede recriminarle, es lo excelente madre que es y lo presente que está en la vida de ellos.
QUÉ OCURRE CON EL HIJO DE JUANA REPETTO
“Entiendo que el que habla y los que opinan no les pasó por el cuerpo, entonces quizás no saben lo que significa, y no viven con dos chiquitos 24/7 No se ocupan de saber cuáles son sus turnos con el pediatra, cuáles son sus medicamentos”, sostuvo Repetto.
Y sobre el final del tema, contó: “Qué homeopatía toman todos los días, qué tres snacks saludables llevan al colegio, la tarea que tienen que hacer, cómo se llaman sus médicos, cómo se llaman sus maestras, cuándo tienen cumpleaños”.
Alejada de la mediatización que se generó con su ex pareja, luego de responderle de forma muy contundente, su atención está 100% en sus hijos. Hoy petende ocuparse de este problema y quiere resolverlo cuanto antes.
Juana Repetto, Sebastián Graviotto
POLITICA3 días agoNuevas críticas de Marcela Pagano contra los Milei: “Karina es la que gobierna”, aseguró
POLITICA1 día agoDos jubiladas que le habrían prestado dinero a Manuel Adorni negaron conocerlo
POLITICA2 días agoQuiénes son las dos acreedoras del préstamo con el que Adorni compró su departamento en Caballito












