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Juampi González, del stand-up a la comedia romántica: “Es un juego distinto”

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El comediante habló en exclusiva con Teleshow sobre su desembarco en “Regla de tres simple”, la comedia romántica que protagoniza y el desafío de reinventarse más allá del stand-up (Agencia Coral)

Con una carrera que arrancó en el stand-up y se expandió al streaming, la televisión y las giras por todo el país, Juampi González se consagró como una de las voces más originales de la nueva comedia argentina. Dueño de un humor sagaz y una espontaneidad que cautivó a miles en las redes sociales, Juampi construyó un camino propio, saltando de los micrófonos de bares porteños a los teatros más importantes del país. En exclusiva con Teleshow, el actor y comediante habló de su presente profesional, el salto a nuevos desafíos y el aprendizaje constante que implica animarse a salir de la zona de confort.

A lo largo de los años, logró transformar su pasión por hacer reír en un fenómeno que trasciende formatos. Desde sus primeros monólogos hasta sus personajes virales y la interacción diaria con el público, supo capitalizar la cercanía con los fans y reinventarse en cada etapa. Hoy, lejos de conformarse con los logros alcanzados, González se anima a explorar matices diferentes en Regla de tres simple, la comedia romántica contemporánea que protagoniza junto a Nancy Gay y que lo pone a prueba en el escenario, más allá de los límites del stand-up tradicional.

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El regreso al teatro porteño, de la mano de esta obra escrita y dirigida por Hernán Krasutzky, no solo le permitió sumar nuevas herramientas actorales, sino también conectar con un público ávido de historias frescas, risas y emociones genuinas. Entre anécdotas de sus inicios, recuerdos de su familia, y la experiencia de alternar entre el humor más agudo y la reflexión sobre los vínculos actuales, el humorista comparte el detrás de escena de un presente vibrante, en el que la creatividad y el deseo de seguir creciendo son el motor para seguir apostando al arte y al encuentro con la gente.

Hombre joven y sonriente con barba, camisa azul claro y pantalón oscuro, sosteniendo un vaso con una bebida ámbar y hielo, apoyado en un pilar blanco con un fondo rosa brillante
González se anima a salir de su zona de confort y debuta como protagonista en la comedia romántica junto a Nancy Gay

—Vos venís del stand-up y las redes sociales. ¿Qué tiene el teatro para vos que esos formatos no?

—Yo vengo muy de la comedia estricta. Y ahora que me embarqué en una obra de teatro donde se ven otros matices, donde se juega con otras intenciones, también con el público, tiene su parte sensible, reflexiva, emotiva por momentos. Esto también es una novedad para mí: visitar esos lugares me gusta y me divierte, salirme solamente de la comedia. Creo que acá se le propone más un viaje al espectador, que tiene que comprar desde el minuto cero y después llevarlo al destino que queremos. Es mi primera vez proponiendo eso. Si bien con el stand-up hay una propuesta, la persona por ahí se puede desconectar en algún momento y volver, se va a enganchar igual. Acá la idea es que se embarque desde el primer momento y no perderlo hasta el final.

—¿Cuál fue el puntapié para decir: “Tengo ganas de probar teatro y dejar, no totalmente, la comedia que hacías, que no era tan estructurada”?

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—En parte, la propuesta me gustó porque me permitía continuar con ese lado. A la par, si bien ahora por el estreno y los ensayos puse en pausa un poco mi parte de comediante, este sábado arranco con el personal de vuelta y el mes que viene tengo gira. Algo que me gustó es intentar ponerme a prueba en esa dualidad. Yo venía con ganas de hacer teatro, mis personajes en los shows y en las redes son más caricaturas. El detonante principal fue que me presentaran la obra y me gustó, me divirtió, me reí de solo leerla. Con una frecuencia de chiste muy grande, la gente se ríe mucho. Además, que el contacto lo hiciera Nancy Gay, mi compañera de elenco, tremenda comediante y amiga de mucho tiempo, ayudó mucho. Fue un combo: mis ganas, el proyecto y el equipo.

—En tu pasado estudiaste ingeniería. ¿Cuándo dijiste: “Quiero dedicarme a la comedia y dejar ese mundo”?

Fue cuando terminé la cursada de la carrera. Ahí empecé a tener más tiempo libre y me animé a embarcarme más en la comedia. Más o menos tres años después de la muestra de fin de año del curso de stand-up que hice mientras cursaba ingeniería, ya habiendo terminado la cursada, acepté lo que venía sintiendo: que esto era para mí, que mi desarrollo iba por acá. Siempre sentí un disfrute muy grande en hacer reír, era un poco mi objetivo en los grupos en los que estaba. El rol de hacer reír. No lo concebía como una profesión hasta que vine a Buenos Aires, empecé a hacer cursos, actué, y ver que funcionaba, que me iba bien, que la gente me empezaba a elegir, fue clave. Las veces que funcionaba bien eran muchas más y siempre tuve mucha autoexigencia, así que fue por varios motivos que elegí este camino.

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Un hombre caucásico con barba y cabello castaño corto, vistiendo una camiseta blanca, pantalón oscuro, cadena, anillos y reloj, posa con manos entrelazadas sobre fondo beige
«No lo concebía como una profesión hasta que vine a Buenos Aires», asegura Juampi sobre su elección de seguir con el humor

—¿Qué fue lo más desafiante de dejar atrás lo estructurado de una carrera de grado y tirarte a la pileta de la comedia?

Romper con mandatos familiares y de amigos. Nadie en mi entorno había elegido algo artístico, el salto me quedaba más lejos. Terminé el colegio en Neuquén, donde lo artístico no se incentiva tanto como en Buenos Aires. Vine a estudiar a Capital, lo que facilitó encontrar cursos y ofertas. Lo más desafiante fue animarme y asumir la decisión, y después ver cómo hacer que eso rinda, porque lo artístico conlleva inestabilidad económica. Convertir esa linda sensación en un trabajo suficiente para mantenerme fue un desafío grande.

—¿La obra con Nancy te sacó de tu zona de confort?

Sí, totalmente. Ensayar, que me dirijan, todo me sacó a una incomodidad linda, que tenía ganas de vivir. Es distinto estar acostumbrado a estar solo en el escenario y ahora amoldarme a otro, generar química. Por suerte con Nancy es fácil porque tenemos un código de humor similar. Pero también fue desafiante. Estoy aprendiendo y supongo que esto será un camino largo, no es que a la cierta función ya está. En mis unipersonales rompo mucho los monólogos, interactúo con el público para divertirme y para que no sean todas iguales. Acá, aprenderme un guion que no escribí yo, es un juego distinto.

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—¿Se permiten improvisar o el texto es cerrado?

Por suerte la obra tiene un guiño al stand-up. No lo hacemos, pero los personajes rompen la cuarta pared y le hablan directo a la gente. Ahí nos sentimos cómodos, nos gusta. Pero todavía improvisar mucho, no nos dejan.

—La obra pone reglas para el amor. ¿Sos de poner condiciones o de tirarte al vacío en una relación? ¿Te conectás con el personaje?

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—Tengo conexión con el personaje, afortunadamente me queda cerca. Somos personas bastante calculadoras, medimos los efectos. En este caso, yo no pongo reglas determinantes, pero sí me encontré midiendo más, no tan estructurado como Isidro, que en la tercera cita quiere resolver todo para no enamorarse y no sufrir después.

Hombre barbudo con camisa azul claro y pantalones oscuros sosteniendo un vaso con bebida y hielo, sonriendo levemente. Fondo rosa con borde crema a la derecha
El actor, que conquistó al público en las redes, ahora busca sorprender con una obra que combina romance, reflexión y situaciones cotidianas

—¿Creés que el humor es una forma de hablar sobre temas incómodos como el rechazo, el desamor o los problemas para comprometerse?

Siempre convencido de que el humor es la mejor forma de comunicar y que un mensaje se reciba. Generás una apertura en el espectador y alivianás temas pesados. Reírse de los encuentros y desencuentros de pareja y de las estrategias absurdas para manipular sentimientos es clave. El humor nos permite reírnos de nosotros mismos y vernos en esas situaciones ridículas.

—Hoy con tanta hiperconectividad, ¿creés que el amor está más cerca del algoritmo que del destino?

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Creo que no. Intentamos que suceda, pero la realidad es otra. Buscamos que el algoritmo mande, pero lo que sucede, sucede. Las redes sociales hicieron que las opciones se multipliquen hasta el infinito. Antes era imposible, ahora se pude conocer a alguien de cualquier parte del mundo. Pero eso genera ansiedad y la sensación de que siempre te estás perdiendo algo. Para divertirme, sí fueron un beneficio, pero para vínculos profundos, creo que todo lo contrario: generan superficialidad y es difícil sostenerlo. Todo lo que vemos son relaciones perfectas y eso sube la vara de lo que uno espera, pero la realidad es distinta.

—Si tuvieras que definir la obra en una palabra o frase para el público, ¿cuál sería?

Una gran comedia romántica con un mensaje que genera debate. Después de la función, la gente se queda charlando, debatiendo. Es una comedia romántica que desenmascara algunas tramas de la actualidad.

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Un hombre barbudo con camisa celeste y pantalón oscuro posa pensativo con la mano en la barbilla, apoyado en una columna blanca sobre fondo rosa
En este nuevo proyecto, el humorista lleva su carisma del stand-up al teatro y explora nuevos matices en un unipersonal que desafía los límites del humor (Agencia Coral)

—¿Qué otros proyectos tenés para este año?

A partir de abril voy a estar en un programa de streaming, Viernes 13, que va a salir los viernes a la noche. Es un formato de entrevistas, sketch, bandas en vivo, algo bien de show y entretenimiento. También voy a tener una participación en una película que se filma ahora en abril, La navidad de los García, una comedia de actualidad, una especie de Esperando la carroza renovada. Un personaje bien cómico. Así que preparándome para eso también. Por el momento esas son las novedades.



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Paola Krum comparte su regreso al teatro: “Volver es enamorarme otra vez”

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La actriz destaca la importancia del reencuentro con la pasión por actuar tras su vuelta a los escenarios teatrales, con la obra Maldita Felicidad

“Volver al teatro me enciende. Es como volver al amor, otra vez me enamoré”, cuenta emocionada Paola Krum a Teleshow. La actriz protagoniza la obra Maldita Felicidad junto a Pablo Echarri, bajo la dirección de Daniel Veronese, con un elenco que también integran Carlos Portaluppi e Inés Palombo, en el Teatro Metropolitan.

La actriz vincula el trabajo con la búsqueda de la felicidad, sin separar la rutina diaria de ese anhelo. Desde su perspectiva, la industria audiovisual impacta en la vida de actores, técnicos y espectadores, atravesando rutinas y expectativas. Su regreso al escenario marca un reencuentro con la pasión por actuar y los desafíos que implica.

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Paola Krum, protagonista de Maldita Felicidad
Paola Krum celebra su regreso al teatro con la obra Maldita Felicidad, compartiendo escenario con Pablo Echarri

Paola Krum subrayó a Teleshow que los hábitos del público cambian, y que aferrarse a la nostalgia puede volverse un ancla. También agregó que aceptar nuevas realidades, es parte de la adaptación que impone la industria y la vida cotidiana. Es un terreno donde la felicidad y el trabajo se entrelazan, pero siempre bajo la premisa de aceptar lo que está en movimiento.

Un hombre canoso sentado en un sofá observa a una mujer de rojo inclinada sobre una mesa de centro con bebidas y documentos, frente a una estantería llena de libros
Krum subraya la fugacidad de la felicidad y la importancia de valorar los momentos simples y cotidianos con seres queridos

—¿Qué sentiste al volver al teatro?

—Tengo el registro de cuando empezamos a ensayar y la sensación de volver a actuar, de todo lo que me pasa en el cuerpo, es un encuentro amoroso con pasión, deseo, entrega…

—Compartís escenario con alguien muy cercano para vos…

—Es una enorme oportunidad y privilegio de estar con un elenco espectacular, donde está Pablo, que es mi amigo, mi compañero histórico, con quien trabajo espectacular. Nos queremos, nos reímos, tenemos un código, un lenguaje en común, con lo cual es un terreno ganado, y eso es buenísimo. Además un texto que me encanta, una autora argentina, Agustina Gatto, con la dirección de Veronese. No podría ser mejor proyecto.

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Paola Krum, protagonista de Maldita Felicidad
El elenco de Maldita Felicidad incluye a reconocidos actores como Pablo Echarri, Carlos Portaluppi e Inés Palombo

—¿Cómo se dió tu participación en la obra?

—La obra me llegó cuando todavía no estaba terminado de armar el elenco. Faltaba el personaje de Pablo y yo apenas lo leí dije: “Esto lo tiene que hacer Pablo”. Finalmente se armó con él, con Carlos Portaluppi, que es un genio, y un honor para mi trabajar con él, e Inés Palombo, que es también una enorme actriz.

—¿Qué te sugiere el título “Maldita felicidad”?

—Se arma justamente en esa contradicción. La búsqueda de la felicidad es permanente. Felicidad como la quieras llamar, paz interior, o algunos estar exorbitados y excitados en la búsqueda del éxtasis. Para cada uno es algo diferente. En el transcurso de la vida va transformándose lo que para cada uno es la felicidad. Para mí ahora la felicidad son los pequeños encuentros con mi hija, tomar un cafecito, una charla por teléfono, darnos un abrazo. Esos momentos en los cuales vuelvo a encontrar paz, sentirme dueña de mi vida, de mis cosas, de mis días. La contradicción con maldita es porque esos momentos son muy fugaces. Uno quisiera más permanencia en ese estado, en el estado de la felicidad, y es ahí es donde decís: “Qué maldita”.

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Paola Krum, protagonista de Maldita Felicidad
«Con Pablo, nos queremos, nos reímos, tenemos un código, un lenguaje en común», dice Paola Krum

—¿Antes qué te producía felicidad?

—Fue mutando. Según las circunstancias, según el momento histórico, pudo haberme puesto feliz…un amor o un trabajo. Nunca lo relacioné mucho con el éxito. Pero si ahora mi propósito es estar en paz, hoy tenía un día de notas y mi propósito era estar conectada conmigo y con lo que quería decir, y lo logré. Eso huele a felicidad. Fui exitosa en mi día. Ese sería el éxito diario. Si lo relaciono con el éxito a nivel de cuántos números, cuántas entradas, eso no depende de uno. Si uno va a aferrarse a esas cosas para sentirse feliz, sonaste, porque estás a merced de algo de lo que no tenés control.

—¿Todos los protagonistas de la obra buscan la felicidad?

—Cada uno está en la búsqueda de su propia felicidad. Mi personaje con el de Carlos, es un matrimonio, de opuestos. Ella es una sacada que un poco lo maltrata, desesperada por conseguir lo que quiere a cualquier costo, pero enamorada de su marido. Construyó con él algo que ama, que quiere, que necesita, a medida de su neurosis. El personaje de Pablo, que es el escritor, acaba de escribir una novela que se convierte en best seller. Pareciera que alcanzó el éxito, lo que siempre deseó… y está más deprimido, sacado, neurótico, alcohólico, narcotizado que nunca. Entra en una crisis brutal y está pensando en cuál va a ser su próxima novela. Decide que el tema es la felicidad. Eso funciona como disparador de lo que para cada uno significa la felicidad. Como son personas que se conocen mucho, empiezan ahí, sacan los cuchillos y lastiman donde más duele. Por eso se convierte en una comedia dramática.

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Cuatro actores, dos mujeres y dos hombres, se toman de la mano y se inclinan en un escenario teatral, con una biblioteca al fondo, mientras el público aplaude
La búsqueda de la felicidad es el eje central de Maldita Felicidad, una comedia dramática escrita por Agustina Gatto y dirigida por Daniel Veronese

—¿Cómo encontrás el equilibrio entre felicidad y tristeza?

—Esa es la búsqueda permanente. Todos atravesamos tristezas, dolores, angustias, imposibilidades, cosas que uno necesita trabajar porque siente que pueden mejorar. Ese es el trabajo del día a día. Cómo estar más cómodo con uno mismo. Sin tener que desdibujarse tanto, sin hacer cosas fuera de vos en pos de algo. También saber que la vida no es pura comodidad, puro confort. Mil veces voy a estar incómoda y mil veces voy a hacer cosas que no tengo tantas ganas de hacer, pero es en pos de algo.

—¿Extrañás la ficción nacional en televisión?

—Sí, yo veo que el público lo extraña, cambiaron los paradigmas. Esa comunión, los rituales, la gente se juntaba a una hora a ver el capítulo porque pasaba tal cosa, antes era así. Me acuerdo con Montecristo cuando se veía por primera vez, se juntaban todos los amigos a ver el capítulo. Esas cosas eran divinas y se perdieron porque todo cambió. También hay que aceptar que las cosas cambian y no quedarse en ese lugar de nostalgia porque se transfromar en resitimiento.

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Todo el elenco de Montecristo, recibió el Martín Fierro de Oro, año 2007
Todo el elenco de Montecristo, recibió el Martín Fierro de Oro, año 2007

—¿Puede volver?

—No, creo que no. Me encantaría que sí. Me gustaría que vuelva la ficción nacional en televisión abierta. Es un deseo porque era muy feliz. Hoy, cuando me fui a un canal por una entrevista, y me encontré con gente con la que trabajaba en Telefe, con técnicos, que tuvieron que buscarse nuevos lugares de trabajo. El otro día mi hija subió a un remis y el remisero era un técnico de esa época que yo adoraba. No solamente los actores, sino toda la parte técnica perdió su lugar de trabajo. La industria cayó muchísimo y por supuesto que extraño eso.

Paola Krum, protagonista de Maldita Felicidad
Paola Krum resalta el deseo del público de consumir historias locales, remarcando la vigencia de clásicos como Montecristo en plataformas digitales

—Hay nostalgia por los actores y las historias locales…

—También me asombra, que veo chicas muy jóvenes que me conocen porque ven Montecristo en Netflix o en YouTube. La gente tiene ganas de ver a sus actores, a los actores del país. Hay una remembranza y una nostalgia de verlos y tal vez algo no algo tan globalizado, volver a nuestras historias, nuestros paisajes, nuestras casas, nuestros decorados. Eso se extraña, porque era mi vida. Tenía la fortuna de pasar de una ficción a la otra, era como mi familia llegar a Canal 9 o a Telefe y encontrarme con mi gente y contar entre todos un cuento. Era muy hermoso.



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Rosario Ortega, la hija menor de Palito Ortega, confesó a sus 40 años que es bisexual: «Estuve con dos mujeres»

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Rosario Ortega decidió exponer públicamente a sus 40 años, su gusto por las mujeres, aunque sin encasillarse en una elección. Desde hace tiempo y por diferentes experiencias que tuvo, remarcó este punto que hoy siente importante en su vida.

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Planteando la bisexualidad como eje de la conversación, en una charla con Lola del Carril, expresó diferentes sensaciones que atravesó. En su charla de podcast, decidió sincerarse y se mostró muy firme en cuanto a las palabras, y términos que usó.

“Sí, creo que es una buena definición. Me parece que las etiquetas, no sirven mucho, ¿viste? Decir soy esto. Uno es hoy una cosa, mañana otra”, comenzó diciendo Rosario, explicando que a su vez no es algo que esté definido.

En su propia historia, la hija de Palito y Evangelina contó cómo lo fue viviendo. En ese aspecto, hubieron diferentes experiencias que la llevaron a este presente, y también especificó diferencias entre los hombres y las mujeres.

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“A juzgar por mi historial, estoy en un setenta, treinta. Hombres setenta. De acá en más no lo sé, ¿entendés? Entonces no me animo a decir soy esto. Pero sí, mi historial dice que sí y me parece más fácil por ahí es lo que más hice en mi vida. Me es más fácil por ahí relacionarme con un hombre”, deslizó Rosario.

ROSARIO ORTEGA SE SINCERÓ ACERCA DE SU SEXUALIDAD

Sus últimas relaciones afectivas, incluso fueron con personas de su mismo género: “Más que de larga, te diría como de yo sentir que estaba en una relación más seria. Estuve con dos mujeres más, pero más a los veintiocho, veintinueve años y lo sentí algo más tabú”.

Y después de ahí nunca más por más de diez años. Entonces ahí dije: ‘Cuando te pasan esas cosas que te dicen: ‘Ah, estás en esa fase’’. Y me creí un poco ese relato. ¿Y no puede ser que de repente te des cuenta que te gustan las dos cosas?. Y te puede pasar a los treinta años, a los cuarenta, a los cincuenta, veinte”, destacó Rosario.

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A nivel personal, ella misma se llegó a hacer diferentes replanteos y tuvo sus dudas: “A mí lo que me pasó fue decir: ‘Ah, fue toda mi vida una mentira’. Dije como: ‘En realidad yo soy gay, ¿y qué?, tuve novios y era todo…’ Pero porque era muy ingenua también. Tampoco se hablaba tanto, digo, era un poco más tabú. Pero igual yo dije eso como: ‘Ah, entonces no soy heterosexual y no me gustan los hombres’, y me lo tomé mal”.

 

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Rosario Ortega

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Paz Martínez, recuerdos de juventud y enseñanzas de sus padres: “Cantaba para mis amigos y soñaba con tocar el piano”

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Paz Martínez – Amor PIrata

En el pulso íntimo de la música popular argentina, donde cada canción parece guardar una historia que se transmite de generación en generación, hay nombres que no solo construyeron un repertorio, sino también una forma de sentir. Allí, en ese territorio donde la emoción es memoria viva, aparece el Paz Martínez, un artista atravesado por tres fuerzas que lo definen: la familia, la vocación y el recuerdo.

El próximo 1 de mayo, cuando vuelva a subirse al escenario del teatro Ópera, no será simplemente un show. Será, en esencia, un regreso a todo aquello que lo trajo hasta aquí.

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Porque antes del aplauso, antes de los discos de oro, antes incluso de tener un nombre artístico, hubo un niño en San Miguel de Tucumán que empezaba a construir, sin saberlo, su propia identidad. Nacido en 1948 como Norberto Alfredo Gurvich, “a los seis años, seis años y medio, mis viejos se vinieron para Buenos Aires…”, recordó, como si esa mudanza hubiera sido el primer gran quiebre de su historia. Y lo fue.

De Tucumán le quedaron imágenes sueltas, casi como fotografías gastadas: la plaza frente a los tribunales, las caminatas con su padre para escuchar la banda municipal, el sonido lejano de la música que ya empezaba a marcarle el pulso. Pero, sobre todo, le quedó una sensación. Una certeza emocional que se activa cada vez que regresa: “Bajo del avión, piso y me siento como armonizado… es como si fuera mi lugar”.

Paz Martinez se presentará el próximo 1 de mayo en el teatro Ópera (Gentileza: prensa Paz Martinez)

Después llegó Buenos Aires, con su ritmo, su vértigo y también con sus carencias. Primero el Barrio Justicialista, luego Ezeiza, en una Villa Guillermina que por entonces era puro campo. “Campo, campo, cielo, campo”, repite, como si todavía pudiera ver ese horizonte infinito donde creció.

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Allí aprendió lo esencial. Aprendió que la falta de cosas no siempre es falta de amor. Que una heladera vacía no duele tanto cuando hay una madre capaz de inventar milagros cotidianos. Fortunata, su madre, fue ese pilar silencioso. “Hacía lo imposible para que no nos demos cuenta”, dice. Y en esa frase cabe todo: la dignidad, el esfuerzo, la ternura.

“Pero sí me molestaba cuando, por ejemplo, me llamaban para jugar a la pelota y mi mamá no quería que vaya porque tenía un solo par de zapatillas. Y esas zapatillas eran para salir a pasear. Entonces, yo le decía que juego en patas. Y ella, que era orgullosa, tremenda, me decía: ‘Jamás un hijo mío va a jugar en patas’. Pero no me dejaba jugar de ninguna manera”, rememoró

Ella también fue la primera artista que conoció. Cantaba tangos con una precisión que lo deslumbraba. “Mi madre cantaba mejor que una profesional… afinaba nota por nota”, recuerda. Y no exagera: en su memoria, esa voz sigue siendo perfecta. Modista, cocinera, pintora, cantante. Todo eso era Fortunata, la mujer que pedía ser llamada Fortuna. Todo eso, de algún modo, también sería él.

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“Recuerdo que una vez, cuando yo ya era músico, le pregunté: ‘¿Y por qué nunca te dedicaste a cantar?’. Y mi vieja me dijo: ‘No, me ofrecieron muchas veces, pero las artistas eran mujeres de la vida’”.

Por eso, cuando llegó el momento de elegir un nombre artístico, no dudó. “Se llamaba Fortunata Martínez Paz. Entonces, cuando yo había recorrido un largo camino con la música, me ofrecieron grabar como solista. Se me ocurrió llevar los apellidos de mi mamá y ahí aparece Paz Martínez”. No es solo un seudónimo: es un homenaje. Es la manera que encontró de llevarla consigo para siempre.

Del otro lado estaba David, su padre. Hijo de inmigrantes rusos, atravesado por historias de guerra y exilio: “Mi papá era hijo de rusos. Mis abuelos paternos vinieron escapados de la Primera Guerra Mundial. No los conocí. Tampoco los conocí a los españoles, a los Martínez. Sé que mis abuelos paternos escaparon por las Islas Británicas y sé que mi abuelo estuvo preso en Siberia con algunas anécdotas muy interesantes. Eso es lo único que sé. De los españoles no sé nada, porque mi vieja nunca quiso hablar de su familia, de su padre, su madre, nada”.

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Su padre fue quien le enseñó el valor del trabajo. El esfuerzo sin pausa. La rutina que empieza antes del amanecer: “Se levantaba a las 4:20 de la mañana para ir a trabajar a Béccar. Hacía una excursión de tren, colectivo, subte para ir a laburar. Ese laburaba. Por eso yo digo que me siento un elegido”. Y fue también quien, sin saberlo, le cambió la vida para siempre. A los 14 años, le regaló su primera guitarra.

Paz Martinez
“Me encantaba la música, cantaba para todos mis amigos y soñaba con tocar el piano», recordó el Paz Martinez sobre su juventud

Pero antes de ese momento hubo otra escena, casi invisible, que dice mucho más: un chico que no podía tener un instrumento y que, sin embargo, lo inventaba.

Me encantaba la música, cantaba para todos mis amigos y soñaba con tocar el piano. Pero ¿piano? ¿Qué piano? Era imposible. Siempre me acuerdo de lo que me dijo una vez Javier Martínez, de Manal: ‘Te regalaron el piano de los pobres’. Y sí, porque lo que yo quería no se podía, pero las ganas estaban”, destacaría.

Fue entonces cuando, ya en el secundario, sus compañeras disfrutaban escuchándolo cantar, y mientras cierra sus ojos, su mente se dispara: “Un día, una de ellas llevó una revista Para Ti. En esa revista había dos páginas con enseñanza de guitarra: dos zambas, Alma de nogal y La atardecida. Estaba la letra y, debajo, los tonos”.

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“Le pedí a las chicas que me prestaran la revista. El fin de semana, como no tenía guitarra, fui a la verdulería y le pedí al verdulero un cajón de manzana. De ahí saqué una tabla y le dibujé seis cuerdas con las divisiones de los trastes. Así practicaba las posiciones que veía en la revista. Mi viejo y mi vieja me vieron”, y así llegaría ese instante nunca antes imaginado.

Paz Martínez – Con él, conmigo

Sus ojos se empañan de recuerdos: “Ha sido uno de los regalos más hermosos de mi vida. Ha sido uno de los regalos tremendos. Cuando abrí el estuche, la felpa roja, la guitarra nueva… dije: “¡Guau!”. Ese momento fue fundacional en mi vida”. El recuerdo sigue intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si ese instante siguiera latiendo en cada canción.

Desde entonces, nunca más se separaron. La música ya estaba ahí desde mucho antes. En su voz, en su oído, en su manera de mirar el mundo. A los cuatro años ya leía y escribía: “Mi padre era gráfico y tenía un diario en San Miguel de Tucumán. El olor a tinta y a papel nadie me lo saca del cerebro”.

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Aunque, si no hubiera sido músico, lo tiene claro: “Hubiera sido médico… seguro”. Pero el destino ya estaba escrito en otro idioma. Uno hecho de melodías.

Porque para Paz Martínez, componer no es un acto técnico. Es un acto visual. “Necesito una imagen… una foto”, explicó. Sus canciones nacen así: como escenas que después se vuelven palabras y música. “Muchos cineastas con los que he hablado me dicen: ‘Tus canciones son todas imágenes’. Y si te ponés a pensar, es así. Entonces, yo veo una pareja en un rincón, están tomando un café, y yo me doy cuenta enseguida si hay trampa o no hay trampa. Esa foto la tengo acá y va a al cerebro, después a mi mano y ya está”,

Paz Martínez canta en un escenario iluminado con luces azules, frente a una pantalla LED con efectos visuales y una multitud de espectadores
Paz Martínez ofreció un emotivo concierto en Rosario, cautivando a la audiencia con su repertorio y una puesta en escena vibrante.

Más de quinientas composiciones dan cuenta de ese universo. Y ninguna está completamente terminada. Porque siempre hay una palabra que puede cambiar. Una emoción que puede afinarse.

El reconocimiento por su parte, llegó, como suele pasar, de manera inesperada.

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Sus inicios profesionales fueron como integrante del Trío San Javier, hasta que en el año 1982 decide emprender su carrera solista. Y sobre ello explicó: “La compañía me hizo competir en un concurso. Nunca me gustaron ni me gustan . Porque lo más probable es que el que tiene que ganar no gana. Yo fui con una canción que estaba seguro que ganaba. Y como corresponde, competí y perdí . Pero esa canción tomó vuelo propio. Una canción que la canté durante tanto tiempo que no la quiero cantar ahora, pero sin embargo, el público me la pide: se llama Qué par de pájaros. Estaba seguro de ganar y perdí. Sin embargo, después el público me dio discos de oro, de platino, de doble platino por esa canción. Y ahí nace Paz Martínez”.

Pero la historia, esa del hombre que se entera de que su mujer lo engaña con su amigo, nació de otra forma: “En realidad, yo venía con el auto por la 9 de Julio y en el Obelisco, al mediodía vi a una chica muy jovencita acostada en el pasto, dormida, y alrededor de ella un montón de cajitas de Tetra Brick. Y escribí mentalmente: ‘Si te quieres matar, hubieras elegido otra manera’ . Y resulta, cuando empiezo a escribir la canción esta, me llaman los de la compañía discográfica explicándome que tenía que competir. Entonces tomo esa idea y la cambio. Y el inicio quedó ‘Si me quieres matar, hubieras elegido otra manera. Una manera limpia y elegante. Al menos, algo que no cause pena”.

Paz Martínez – Me das cada día más

“Es que me acordé de Chico Novarro, que tenía un chiste muy lindo que él decía siempre: “Para escribir un tango o un bolero es fácil. Necesitás un hombre, una mujer y el marido”. Entonces, cambió el personaje de la historia.

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Después llegó Amor pirata, para dejar en claro que su carrera no sería una más, y que ante los ojos del mundo comenzaba a vislumbrarse al gran compositor. Después “Qué ironía”, que popularizara Rodrigo, o muchos de los hits en la voz de Los Nocheros. Canciones que cruzaron generaciones. Que unieron abuelas, madres e hijas en una misma emoción. “Soy uno de los pocos artistas que logra eso”, dice. Y no suena a vanidad. Suena a constatación.

“‘Qué ironía’, en principio titulada ‘Con él, conmigo’, y Amor Pirata son dos de las tantas que hice con mi amigo Juanjo Novaira, a quien un día le dije ‘En todas las canciones que escribí con vos, nunca vos escribiste el estribillo. Bueno, pero él me decía: “Lo que yo te escribí adelante te disparó lo otro”. Y tiene razón. Él me daba letras, me decía: “Modificalas”. No había mucho que modificar, porque escribe muy bien. Pero venían sin estribillo las canciones, sin el gancho ese que necesita la canción, como ‘Nosotros somos un amor pirata’ o “Y mira qué ironía, querida’”.

Sus temas viajaron lejos. Fueron interpretados por artistas de todo el mundo. Incluso por voces impensadas. Y cada vez que eso sucede, vuelve a sentir lo mismo: que la canción ya no le pertenece.

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Paz Martínez canta en vivo sobre un escenario, vestido con camisa blanca. Una pantalla gigante detrás proyecta su imagen. Luces azules y naranjas y su banda son visibles
El reconocido cantante Paz Martínez ofrece una vibrante actuación en vivo en el festival de Cosquín, acompañado por su banda y con proyecciones visuales de fondo.

El recuerdo se dispara, por ejemplo, a 1995: “Yo estaba en México y me dice un amigo, “¿vos sabés que llegó un trabajo de Madonna de baladas en inglés compuesta por ella y David Foster? Una de estas quiere grabarla en español por el mercado. ¿Querés hacer la letra en español?” Es la única canción que tiene grabada en español Madonna, Verás. En inglés es You’ll See. Lo que me llamó profundamente la atención es que pensé que como ella tenía ascendencia italiana, se podía manejar bien con el idioma latino, español, ¿no? No habla una sola palabra de español, lo cual demuestra la capacidad formidable que tiene como artista. He escrito versiones también para Paul Anka, para Quincy Jones, pero sigo con el perfil bajo porque, porque yo soy así. Me gusta”.

A lo largo de los años también aprendió a correrse de ciertos lugares. La política, por ejemplo: “No tengo nada que ver con los políticos. Sí con la política. Me encanta la política y me gusta la historia y me gusta debatir sobre política», admitió, sin rodeos. Prefiere las ideas a las ideologías. Prefiere la independencia. Prefiere, en definitiva, seguir siendo quien es.

Desde que tengo uso de razón, por derecha y por izquierda, y por el centro y por adentro, siempre engañaron a la gente”, destacó.

En tiempos donde la industria de la música enfrenta transformaciones profundas, no esquiva el diagnóstico, pero tampoco se detiene en la queja. Habla desde la experiencia, desde una vida entera atravesada por la vocación, con la serenidad de quien ya transitó todos los caminos posibles.

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“Los artistas sabemos que el camino no es fácil. Nadie nos dijo que no iba a tener piedras, pero si tenemos voluntad, salimos adelante”, afirmó, sin énfasis impostado, como quien enuncia una verdad que no necesita ser subrayada.

Lejos de cualquier dependencia o condicionamiento, su recorrido se construyó desde la independencia. “Yo nunca necesité de ningún gobierno de turno para cantar”, agregó, con la firmeza de quien eligió siempre sostenerse en su propio oficio.

Y entonces vuelve a esa idea que atraviesa toda su historia: la música como una necesidad vital, más allá de cualquier escala o contexto. “Si yo no puedo cantar en un teatro grande y tengo ganas de cantar, voy a cantar en un bar. Si tengo ganas de cantar y no puedo hacerlo para tres mil quinientas personas, voy a cantar para setenta, para cien. Y no se me van a caer los anillos. Ya lo hice muchísimo tiempo a eso”.

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No hay nostalgia en sus palabras, sino memoria. Una memoria que no romantiza, pero que tampoco olvida de dónde viene. Por eso, cuando define el presente, lo hace con la claridad de quien ya atravesó otras tormentas: “Entonces, sé que es una época difícil, pero yo estoy acostumbrado a las épocas difíciles”.

Y en esa frase, dicha casi en voz baja, se condensa algo más que un diagnóstico: se revela, intacta, la esencia de un artista que aprendió a resistir sin perder nunca la pasión por cantar.

Paz Martínez
Su amor era el piano, pero por cuestiones monetarias abrazó primero a la guitarra

Hoy, a sus 77 años, el tiempo no aparece como un límite, sino como una perspectiva. La familia sigue siendo el centro. Los hijos, los nietos: “Creo que es posible la eternidad a través de ellos”, reflexionó. Y en esa frase hay una síntesis de todo. De lo vivido, de lo aprendido, de lo amado.

Por eso, cuando el telón del teatro Ópera se levante este 1 de mayo, no será solo un recital. Será una historia que vuelve a contarse. La de un chico que soñó con un piano imposible. La de una madre que cantaba como los dioses. La de un padre que trabajaba antes de que saliera el sol. Y la de una guitarra que, aparecida en un estuche de felpa roja, fue el incio de todo.

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