CHIMENTOS
Oriana Sabatini lució su pancita en el casamiento del Peque Schwartzman: La reacción de Paulo Dybala

Oriana Sabatini atraviesa uno de los momentos más felices de su vida, disfrutando de su primer embarazo junto a Paulo Dybala. En las últimas horas, la cantante y actriz compartió una serie de fotos desde el casamiento de Diego Schwartzman y Eugenia de Martino, donde se robó todas las miradas con su look y su pancita.
La artista asistió a la ceremonia sin su pareja, ya que el futbolista de la Roma debía cumplir compromisos deportivos en Italia. Sin embargo, eso no impidió que Dybala estuviera presente de manera virtual: apenas vio las fotos de Oriana en Instagram, le dejó un comentario que derritió a sus seguidores.
“Dios mío… mamasita”, escribió el delantero, junto a emojis de fuego y corazones. El romántico mensaje se llenó rápidamente de likes y respuestas de los fans, que celebraron la complicidad entre ambos. Incluso Cathy Fulop, mamá de Oriana, sumó su toque de ternura al escribir: “Bebita hermosa con bebé a cassette”.
En las imágenes, la hija de Catherine Fulop y Ova Sabatini lució un vestido negro de Marcelo Giacobbe, largo, ajustado al cuerpo y con detalles plateados que resaltaban su figura. El diseño, con espalda descubierta y un toque de elegancia minimalista, fue el centro de atención de la noche.
Además, Dybala aprovechó su último partido con la Roma para dedicarle otro gol tanto a su mujer como a su hija en camino. “Estaba deseando celebrarlo así, sobre todo porque mi mujer me presionaba. Tenía que hacerlo”, confesó entre risas en la conferencia posterior al encuentro.
Oriana, que está cursando su quinto mes de embarazo, contó hace algunas semanas que su bebé nacerá en Italia. La decisión tiene que ver con la estabilidad profesional de Dybala, quien firmó contrato de por vida con el club romano.
Respecto al nombre de la pequeña, la pareja todavía no lo reveló, aunque Oriana deslizó que le gustaría que tenga alguna referencia al universo de Harry Potter, su saga favorita. “Me haría mucha ilusión”, contó entre risas, aunque admitió que a Paulo no lo convence del todo la idea.
Las fotos de Oriana Sabatini mostrando su pancita:




Oriana Sabatini, Paulo Dybala
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Andrea Frigerio y su vuelta al teatro junto a Guillermo Francella en Desde el jardín: “Rechazarlo era decirle ‘no’ a la Selección”

Andrea Frigerio dejó en claro que, aunque había prometido priorizar a su familia, el llamado del teatro sigue siendo irresistible. En una conversación con Teleshow, compartió detalles sobre el dilema entre sus deseos personales y el compromiso con los suyos.
Es que durante mucho tiempo, Frigerio se había planteado no regresar a las tablas. “Yo había tomado casi una decisión de no hacer más teatro, porque es muy sacrificado”, admitió la actriz, al referirse al esfuerzo y la dedicación que implica cada proyecto escénico. Sin embargo, el reencuentro con Guillermo Francella en un vuelo y una posterior charla cambió el rumbo de sus planes. Cuando él le propuso formar parte de la obra “Desde el jardín”, Frigerio sintió que no podía rechazar la oferta. “Es como que te llamaran para jugar en la selección, no podés rechazarlo”, contó con una enorme sonrisa. Y añadió: “Estoy feliz de volver al escenario con esta obra”.
Así, la pasión por el hecho artístico prevaleció sobre las promesas previas. Frigerio explicó que la decisión de volver surgió luego que Francella le presentara la adaptación de la clásica historia. Su regreso con “Desde el jardín” representa, para ella, una oportunidad única de reencontrarse con el público y de disfrutar el proceso creativo en el escenario. Con produción de Adrián Suar, la obra se presenta en el Teatro Metropolitan.
—¿Por qué decidiste volver al teatro después de tanto tiempo?
—Hacía muchos años que no estaba en teatro, casi que había decidido no hacer más, porque es muy sacrificado. Uno deja de tener presencia en la familia. Yo además de hijos, tengo nietos, y me gusta estar, como dice Mirta Legrand: “La vida está hecha de presencias, y no de ausencias”. El teatro es muy demandante, uno se va muchas horas, ni hablar si te vas de gira o a otro país.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión y aceptar este proyecto?
—Empecé a trabajar con Guillermo, a quien admiro mucho y quiero mucho porque siempre fue muy generoso conmigo. Hicimos televisión, dos películas, siempre estamos en contacto. El año pasado, yendo a los Premios Sur de la Academia de Cine, él me contó que estaba entusiasmado comprando los derechos de la obra “Desde el jardín”. Me dijo: “¿Te acordás del libro?”. Yo había leído el libro de chica, y fue transversal. Cuando me propuso hacer la obra, no podía decir que no.

La relación de Andrea con Guillermo y Marcos Carnevale
—¿Cómo es tu vínculo con Guillermo en el trabajo y en lo personal?
—Él dice: “Yo a esta la crié”. Nos conocemos hace muchos años, tenemos un diálogo rápido de miradas, sabemos cómo somos. Me encanta ponerme en sus manos, porque tiene una sensibilidad actoral muy particular, y yo le doy permiso para decirme todo lo que quiera. Soy una esponja.
—Marcos Carnevale, otro referente fundamental para el equipo…
—Con él también trabajé hace muchos años. Es la combinación perfecta, porque Guillermo es el talento, la disciplina y la mirada aguda, y Marcos es el talento, la disciplina y la sensibilidad. Es muy lindo lo que pasa conmigo particularmente, tengo esa relación con ambos muy disfrutable.
Características y desafíos de la obra “Desde el jardín”
—¿Cómo fue tu acercamiento a la obra y al personaje?
—Volví a leer el libro, volví a ver la película muchas veces. La adaptación que hizo Carnevale es perfecta. La puesta es muy ambiciosa, con un nivel de producción importante. Tiene la estructura de un musical, muchos cuadros, cosas que entran y salen. Lo que ves en Broadway lo vas a ver en calle Corrientes.

—Un personaje muy especial…
—El personaje principal tiene una condición que limita su manera de hablar, y lo que queda es la interpretación de todos los demás respecto a su forma de ser. La obra es muy actual, porque hay personajes que uno pensaría que jamás podrían ocupar ciertos lugares, y sin embargo están, no solo en Argentina, sino en el mundo. La obra tiene muchas capas: se puede ver desde lo superficial y lo divertido, pero también desde la profundidad de lo que está pasando en la historia. Es para todo público, y disfruto mucho que pase eso.
—¿Y tu personaje?
—Es extraordinario, yo tengo un par de escenas que (risas) que divierten mucho. Es una mujer muy particular. Estoy durante toda la obra, pero hay un par de escenas muy geniales y disfruto tanto…. Ya tengo una determinada edad que elijo un montón. Por suerte, tengo trabajo y todo lo que hago, es porque de verdad lo quiero hacer. Por suerte tengo esa dicha.
—¿En qué proyectos de cine estás trabajando?
—Todo el tiempo estoy recibiendo guiones de cine y los leo al instante. Después me entero que no es tan común hacer devoluciones tan rápido, pero yo a los dos días te llamo y te digo si me gustó o no. Tengo proyectos de libros que me han mandado y que están gestionándose. El cine se cocina a fuego lento, todo es muy lento. Que un proyecto se concrete pasan dos años como mínimo.

—¿Algún proyecto propio?
—Tengo, y que estoy llevando adelante como productora ejecutiva. Es una historia que se me ocurrió a mí y la escribió Emanuel Diez. Estamos en proceso de ver si podemos concretar la película.
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Revelaron cómo trabajaba Fini Lanusse, la médica que organizaba fiestas con droga robada: “Sedada y…”

El escándalo que sacude al mundo médico suma capítulos y cada detalle que aparece no hace más que alimentar el misterio. En medio de la investigación por el robo de anestésicos en el Hospital Italiano, todas las miradas apuntan a Delfina “Fini” Lanusse, la joven residente que quedó en el ojo de la tormenta.
Con apenas 29 años y una carrera en pleno ascenso, la médica formaba parte del área de Anestesiología y llevaba adelante su residencia desde 2023. Sin embargo, su nombre pasó de los pasillos del hospital a los titulares policiales tras quedar imputada en una causa que investiga el presunto desvío de drogas de uso estrictamente médico.
Pero mientras la Justicia avanza, comenzaron a salir a la luz aspectos poco conocidos de su rutina laboral. Según trascendió, Lanusse se mostraba en su trabajo con un perfil relajado, en sintonía con una generación que mezcla lo profesional con lo cotidiano, incluso dentro del ámbito hospitalario.
Según consta en declaraciones, al menos tres residentes advirtieron a las autoridades del servicio tras haber visto a Lanusse en “estado de sedación” mientras se encontraba en el hospital. Ese dato fue clave para activar una intervención interna.
ASEGURAN QUE FINI LANUSSE TRABAJABA SEDADA
En ese contexto, se conoció que la joven solía desenvolverse con naturalidad en su entorno, interactuando con colegas y registrando momentos de su día a día. Esa exposición, que en otro momento hubiera pasado desapercibida, hoy cobra otra dimensión a partir del escándalo que la tiene como protagonista.
La causa en la que está involucrada no es menor. Todo se destapó tras la muerte de un anestesiólogo, que derivó en una investigación por el uso indebido de sustancias como propofol y fentanilo fuera del circuito legal. Ese episodio dejó al descubierto una trama que incluye fiestas privadas y el presunto uso recreativo de drogas hospitalarias.
Lanusse, conocida como “Fini” en su círculo íntimo, fue señalada junto a otros profesionales por su posible participación en este circuito. Aunque negó los cargos ante la Justicia, su situación procesal sigue siendo delicada y está bajo análisis judicial.
Fini Lanusse,
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Martín Bossi: “No quiero vender entradas con mi intimidad”

La escena previa al telón expone el pulso íntimo de uno de los referentes actuales del teatro argentino. En el camarín del teatro Astral, Martín Bossi ajusta los últimos detalles antes de subir al escenario como protagonista de “La cena de los tontos”, la comedia que protagoniza junto a Gustavo Bermúdez y Laurita Fernández y ha reforzado su nombre como sinónimo de humor en el mundo artístico.
En esta etapa de su carrera, Bossi se detiene a reflexionar sobre su oficio, sus ideas frente al auge de la cultura digital y la forma en que marca límites entre la vida pública y privada.
Espera puntual la cita con Teleshow luego de llegar desde la grabación del programa de Mirtha Legrand, de saco y pantalón negro y remera blanca. Se presenta con su nuevo look de bigote finito, casi una “anchoíta”, y bromea con que ahora es comisario. La nueva apariencia, sabe, cuenta con la aprobación de algunos, pero también tiene detractores. Ya explicará, durante la charla, los motivos para dejárselo.
El camarín no está atiborrado de recuerdos o fotografías: apenas dos, familiares, un cuadro con el escudo de Los Andes, algunas botellas de agua mineral, lo necesario para maquillarse, una alfombra gris, mullida, un sofá de tres cuerpos y dos sillas blancas. Allí, antes de cada función, se mueve un poco para relajarse: “Caliento el cuerpo, bailo, hago ejercicios de voz, me tomo un café y hago abdominales en la alfombra. Necesito preparar el instrumento; no me gusta entrar desde la calle directamente al escenario”.

Luego de las fotos, Bossi se sienta en el sofá y comienza la charla.
—¿Cómo sigue el presente de “La cena de los tontos” y cuál es tu perspectiva de este éxito?
—Vamos a seguir cuatro meses acá. Empezamos pensando en estar solamente ocho semanas, pero por la venta que se está dando, nos propusieron quedarnos unos cuatro meses. Y después, casi seguro, arrancaremos una gira por todo el país. La obra ya suma más de doscientos diez mil espectadores y es la más vista de las que están en carteler, combinando Buenos Aires y Mar del Plata. Sigue sorprendiéndome lo que pasa. Es una gran obra y lo ves en la reacción del público cada función.
—¿A qué atribuís ese fenómeno? ¿Por qué tanta gente conecta con esta propuesta ahora?
—Creo que hoy hacer reír es un acto profundo de rebeldía. Subirse al escenario y proponer humor, conseguir que la gente viva una aventura diferente y apague el celular durante casi dos horas, es un lujo. Ahora están de moda todos los shorts, TikTok, los videos cortos, los clips de veinte o treinta segundos, todo muy automático. El teatro, en contraste, es una aventura casi analógica: sentarte a mirar, dejarte llevar y no depender de una pantalla. Es algo que ha quedado de las épocas en que éramos muy felices. El teatro resiste para aquellos que miran a través de los ojos y no de un algoritmo.
—¿No convivís con el universo digital, TikTok o los reels de Instagram?
—Uso redes. Pero para mí es como el chocolate: si lo comés está bien, pero si te empachás te hace mal. Tiene ventajas, pero detrás de todo esto está el ser humano, y el ser humano es un bicho al que le tengo desconfianza. La nueva religión es el algoritmo. Y el algoritmo no quiere que tengas cultura ni que recibas buena información, lo que hace es bajarte la cultura para venderte cualquier cosa. Lo mismo pasa en la industria del entretenimiento en todo el mundo: inundar el consumo con productos baratos de bajo costo cultural y alto precio. No digo todos.
—¿Creés que el algoritmo moldea los gustos del público?
—Es claro que todo está direccionado. Te muestran siempre los mismos diez o quince personajes y eso te llena la cabeza. Aunque no todo es negativo, también hay gente talentosa. La tecnología tiene partes positivas y trato de aprovechar esas ventajas.

—Tus videos en redes suelen viralizarse, como el de Freddie Mercury versus Bad Bunny. ¿Cómo surgió?
—Eso ya lo hacía antes, en 2014, con Emilio Tamer en nuestros espectáculos: mezclábamos música clásica y reguetón. De hecho, teníamos un show en una plataforma que se llama “Teoría de la Involución”, donde refutábamos a Darwin, jugábamos con la “involución” cultural y cuestionábamos si realmente evolucionamos. El video que se viralizó lo grabé en Miami y allá fue polémico porque Bad Bunny es casi una religión. Pero fue solo una opinión, nada más.
—¿Te impactó ver que llenó River varias noches?
—No juzgo los gustos. Pero creo que para que algunos estén considerados entre los más importantes, hay que trabajar mucho sobre la cultura de la gente. Eso es tarea del algoritmo y del marketing, se nota bien claro hacia dónde llevan todo.
—¿Te influye el contexto social al crear tus espectáculos?
—Sí cuando hago algo personal, ahí se siente el pulso del país. “La cena de los tontos” es para disfrutar, no para analizar cada función, pero mis otros espectáculos parten más de mi mirada, ahí el entorno pesa más.

Trayectoria, televisión y el impacto de las nuevas plataformas
—En tu carrera alternaste el teatro, principalmente, con algo de cine. ¿Y la televisión? ¿Qué lugar tiene para vos, si es que hay algún espacio para los actores?
—La última vez que hice televisión fue en 2009. A partir de ahí decidí que mi contenido lo decido yo y elegí el teatro como plataforma central. Siempre digo que soy un “teatragramer”. No es que rechace la televisión, pero hoy hay menos espacios y tampoco es que reciba propuestas todo el tiempo. Algunas llegan, como ser jurado de algún reality. Y yo, con el respeto que le tengo a todos los formatos, no soy quién para juzgar a nadie. Soy un alumno más. Entonces, ponerme en el lugar de decir: “Esto está bien, esto está mal”, no. No tengo autoridad para hacerlo, de ninguna manera.
—¿Te hubiera gustado tener un gran espacio en la televisión de antes, de los ‘80 o los ‘90?
—En otra época era el camino. Hoy tal vez subo un video en redes y lo ven tres millones de personas. Después llega mucha gente al teatro por eso. Para mí la televisión sigue siendo útil para promocionar, pero el show propio ya no es esencial. Me entusiasman los formatos audiovisuales. Ahora, por ejemplo, estoy a punto de filmar una serie; no puedo contar nada aún, ni siquiera la plataforma. Pero hacer series me gusta mucho.
—El bigote llama la atención. ¿Te lo dejaste por ese proyecto?
—Sí, es por lo próximo. El director me pidió que me dejara bigote para el personaje. Yo, si tengo que engordar para un papel, lo hago. Si tengo que pelarme, me pelo. En cine o series se pueden usar postizos, pero a veces es mejor hacerlo natural. La gente pregunta mucho por el bigote, pero todo forma parte de la caracterización actoral.
—¿Y en general, los que te ven levantan el dedo o te lo bajan?
—Muchos lo levantan, otros no. Las redes, ¿viste? Si yo le diera bola al bullying de las redes… Decí que ya estoy formado y me chupa un huevo las cosas que me dicen. Tan feas, tan lindas, pero tan feas a veces. Por suerte entiendo el juego, si no, imaginate.
—¿En la serie vas a ahondar en la veta del humor o vas a hacer un drama?
—No es de humor. Pero no puedo decir más.

De imitador a protagonista del humor teatral
—El salto de imitador a showman y actor marcó tu trayectoria. ¿Cómo fue ese proceso?
—Fue una decisión difícil. Era fácil quedarse cómodo imitando toda la vida, y a los 50 años hacer a Messi o a Fito Páez, pero entendí que quería buscar otras cosas y dejar esa zona de confort. No juzgo a quienes siguen con la imitación, está bien. Pero vivir detrás de una máscara no era justo en mi caso: quería mostrar el mundo según mi visión, con mis personajes y mis shows. Me incliné más hacia el showman que hacia la imitación. Hago comedia y comicidad. Si tengo que usar la imitación como recurso, la uso, pero ya no me define. Hubo un momento en que tuve que soltar eso. Ahora hago humor, doy mi opinión, no me escondo más detrás de nada. Hoy soy yo, sin máscaras.
—¿Pensás explorar el drama o cambiar el tono?
—No, no tengo esa idea ahora. Estoy disfrutando de la comedia. Si surge un papel dramático en cine, lo haré; pero no pienso (imposta la voz) “ahora hago drama para mostrar otra faceta”. Esa huevada de decir “ahora soy un actor serio” no la tengo en la cabeza. Simplemente dejé de jugar al nene escondiéndome atrás una máscara y huyendo compulsivamente de la verdad con una máscara en la cara, porque en realidad lo que yo hacía era huir. Era mentir para decir la verdad. Me ponía una máscara para contar mi verdad. Bueno, me saqué la máscara, puse pelotas.
—¿Cuál es el feedback que más te importa: el del público o el de tus colegas?
—Bueno, yo amo a mis colegas, pero no les creo nada. Ellos tampoco me creen a mí, así que estamos a mano. Claro, si trabajo con alguien como Laurita Fernández o Gustavo Bermúdez, escucho sus consejos y los valoro. Porque hay colegas y colegas. Estoy siendo un poco injusto, porque algunos me ayudaron mucho, y a otros muy zalameros los ves venir. Pero el público me importa más. Acá, cantidad de gente del medio me ha dicho, horrorizada, “vos rompés la cuarta pared, eso no se hace”. Y me río. Si yo tengo que romper la cuarta, la quinta o la sexta pared, lo hago: tengo mi forma de trabajar. No soy Oscar Martínez ni Julio Chávez, soy un showman haciendo comedia.

—¿En la vida diaria, tenés buen humor? Porque hay un estereotipo del humorista cuando baja del escenario…
—Es un cliché eso. Esa cosa snob de antes de: “yo soy un payaso, pero afuera soy retraído. Pero cuando se prende la cámara, hay algo que sucede que yo soy un payaso”. Me parece vergonzoso. No, uno es como es. En el escenario tengo el humor que tiene el personaje que estoy haciendo. En la vida soy yo desde que nací. Si se muere alguien importante, no voy a tener buen humor. Si me deja mi novia, no voy a tener buen humor. Si pierde Los Andes como el otro día contra Temperley en el último minuto, no tengo buen humor. Pero en líneas generales no soy un tipo hosco. No me creo especial por trabajar de esto, ni hago la parodia del artista. Le huyo a las fiestas, a las inauguraciones, a los premios y a todo ese “show business”, aunque me lo cuestione mi prensa. Yo iba a todas las entregas de premios, me ponía un esmoquin y agradecía a Dios. Iba todos los sábados a una premiere, la fiesta de la revista esta, la fiesta de la revista otra. Y vamos acá, y vamos para allá. Y siempre me cruzaba con la misma gente y siempre lo mismo. Y un día dije: “Pará, quiero estar donde quiero estar”. ¡Qué paja aparecer con tu novia de la mano y que todos te saquen fotos en los banners! Esas cosas no las consumo. Y no me siento especial por tener este trabajo; actúo porque me gusta y después tengo una vida muy común.
Familia, vida personal y la intimidad fuera del escenario
—Tu vida personal suele ser un enigma. ¿Eso fue decisión propia?
—Un poco sí y un poco no. La única relación “viral” fue cuando estaba en VideoMatch, con Momi, porque no existía Instagram en ese momento. Después de eso, cerré filas sobre mi vida privada. En más de veinticinco años de carrera, tal vez tuve relaciones largas, de cinco años, y nadie se enteró. Me han vinculado con gente y preguntado: “¿Por qué no formás una familia? Y mi novia comiendo pochoclos, cagándose de risa en su casa, esperándome. Entonces digo: “Nunca van a saber”. No lo quiero compartir, pero no porque sea algo especial, porque lo guardo para mí y porque no quiero vender entradas con mi intimidad. Viste que hay una línea de actores que la noticia es si se separó, si no se separó, si se tatuó, si se compró un perro, si engañó a la novia, si llora, si se quiebra, si como sano y que el posteo llorando y bueno… Y está muy bien.
—Este verano te vincularon con Alicia Barbasola, pero no dijiste ni un si ni un no…
—Y ahora, hace un mes, me fui de vacaciones con un grupo de amigos y me vincularon con una amiga. Y hace cuatro meses con Laurita. Lo que pasa es que se van olvidando. Y después me vincularon con Sabrina Rojas. Y hace ocho años me fui de vacaciones con Fede Hope y me vincularon con Hope. Me vincularon con la señora de Carna, me vincularon con… Y ya pierde seriedad. Yo me río y sigo. Porque también entendí que somos socios con los medios: potencian lo que hago y después inventan historias sobre mi vida personal. Hace poquito se ve que un colega tuyo estaba por ahí tomando un daiquiri, y le mandó un mesaje a una chica de un programa: “Lo vi a Bossi llegar con una mina, mirá”. Y la foto es yo caminando con una piba. Es como si me vieran entrando a un banco y dijeran: “fue a robar un banco”. Para mi familia y amigos es casi un chiste, porque la división entre mi vida pública y privada es total. Para mi es como si hablaran de otra persona.

—¿Mantenés rutinas fuera del teatro, te reunís seguido con amigos o familia?
—Sí, soy familiero, juego al tenis, conservo mis amigos de siempre, tengo una vida completamente normal. Pero bueno, elegí la mejor parte de esto que es el escenario y tengo la posibilidad de poder evitar algunas cosas que antes, cuando era más chico, no podía, porque tuve que hacer todos los deberes.
Aprendizaje y vocación: de la escuela al teatro
—Antes de empezar la charla hablábamos del caso que sucedió en un colegio de Santa Fe y del bullying en la adolescencia. ¿Cómo fue tu experiencia escolar y cuánto te marcó?
—Fue traumática. La secundaria, sobre todo en el colegio de curas al que fui, fue lo peor. Prefiero no nombrar el lugar ni a los directivos, pero viví muchas situaciones difíciles: discriminación, autoritarismo. Mi papá tenía Parkinson, estaba muy enfermo y yo me llevaba materias y no podía enfrentar la realidad de encararlo y decirle que me estaba llevando materias. Pedí ayuda y no me la dieron. Y repetí. Y por no querer enfrentar a mi papá, andaba dando vuelta por la calle en cuarto año. Y un día, bueno, me encontraron en la calle. Y me acuerdo que mi mamá les dijo: “Por favor, no lo echen del colegio, reincorpórenlo, es un chico que está hace mucho tiempo acá”. Las autoridades, no me olvido más, tres autoridades que prefiero no nombrarlas, le dijeron a mis padres que yo era un especulador y que en la vida nunca iba a lograr nada y que en el instituto no querían gente tan mediocre. Yo tenía catorce o quince años.
—¿Eso te definió artísticamente, te motivó a buscar tu camino?
—Mucho. No me gustaban las formas rígidas, cuestionaba la religión y la autoridad. Encontré mi lugar al pasar a un colegio estatal muy humilde, el Vicente Sierra, cerca de Pasco y Salta (Barrio San José, Temperley). Allí, profesoras como Nancy Erretti, de Lengua me acercaron a “Cien años de soledad” de García Márquez y me dieron amor y contención. Y ahí hice mi primer show y descubrí mi vocación artística.
Fotos: Gustavo Gavotti
martín bossi
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