CHIMENTOS
Sabrina Rojas junto a sus hijos en medio de la internación de Luciano Castro: “Son mi lugar”

Mientras el nombre de Luciano Castro vuelve a ocupar titulares por su reciente internación voluntaria en un centro de rehabilitación, Sabrina Rojas eligió otro camino: el del silencio, la distancia y la conexión absoluta con sus hijos. Lejos del ruido, la actriz y conductora decidió refugiarse en la Costa argentina junto a Esperanza y Fausto, en unas vacaciones que combinan playa, mates al atardecer y una contundente declaración sobre su presente emocional.
Las postales que compartió en sus redes sociales hablan por sí solas. Arena, cielo anaranjado, buzos oversize y abrazos largos frente al mar. En una de las imágenes más tiernas, Sabrina posa con sus hijos durante la hora dorada. Él, con la camiseta de entrenamiento de Boca Juniors; ella, con un buzo estampado; Esperanza, a su lado, con un hoodie negro y pollera blanca. Los tres miran a cámara con una mezcla de serenidad y complicidad. El mensaje que acompañó la publicación fue directo y sin vueltas: “Son mi lugar”.

La frase no fue casual. En medio de un contexto familiar atravesado por cambios y exposición, Rojas dejó en claro cuáles son hoy sus prioridades. La decisión de viajar llegó poco después de que se conociera la internación de Castro, padre de sus hijos, en un momento personal complejo tras su mediática separación de Griselda Siciliani. Sin mencionar directamente al actor, Sabrina eligió correrse del foco y proteger a sus hijos del ruido externo.
Las vacaciones no comenzaron sin sobresaltos. Según mostró en sus historias de Instagram, hubo cambios de hotel y algunos inconvenientes con las valijas que transformaron el primer día en una jornada agotadora. Sin embargo, lejos de dramatizar, la modelo se lo tomó con humor y dejó en evidencia que el objetivo era claro: descansar y disfrutar.

Las imágenes posteriores reflejan ese espíritu. Caminatas por la playa, selfies divertidas al atardecer y sesiones improvisadas de fotos familiares que rápidamente se viralizaron. El escenario fue Mar del Plata, con sus playas amplias y el clásico paisaje de sombrillas al fondo, teñido por un cielo naranja intenso.
Pero no todo fue introspección y calma. También hubo espacio para la vida social. En algunas historias nocturnas, Sabrina mostró encuentros con amigos, demostrando que el viaje con sus hijos también incluye momentos propios. Sonrisas, mesas compartidas y la sensación de que la soltería puede vivirse con disfrute y sin culpas.

Esa idea ya había quedado clara el 14 de febrero. En pleno Día de los Enamorados, Rojas publicó una historia con la fecha marcada en su teléfono y una frase que no pasó desapercibida: “Mi teléfono me recuerda que una vez más paso el Día de los Enamorados sin estar enamorada. Y eso también me recuerda qué feliz soy”. El mensaje fue leído como una forma de reafirmar que su bienestar no depende de una relación de pareja.
En la playa, esa introspección parece encontrar equilibrio. Las fotos muestran una Sabrina relajada, con looks cómodos, sin producción excesiva, abrazando a sus hijos o capturando el momento con su celular. En una de las imágenes más cariñosas, madre e hija se toman una selfie mientras el sol cae detrás de ellas, generando un halo dorado que envuelve la escena. En otra, los tres aparecen abrazados, formando una postal que sintetiza el espíritu del viaje.

El contexto no es menor. La internación voluntaria de Luciano Castro generó repercusiones inmediatas en los medios y redes sociales. Sin embargo, Sabrina optó por no emitir declaraciones públicas al respecto. Su respuesta fue otra: mostrarse fuerte, presente y enfocada en la contención familiar.
La actriz viene de cerrar una etapa laboral en SQP (América TV), lo que le permitió disponer de tiempo para planificar esta escapada. El viaje no solo funcionó como descanso, sino también como estrategia para alejar a Esperanza y Fausto de la mediatización.
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CHIMENTOS
La cena de Angus Young en un exclusivo restaurante de Buenos Aires: sonrisas y autógrafos en una noche memorable

Este lunes, AC/DC volvió a hacer historia en Argentina al presentarse en el estadio Monumental a 17 años de su última visita. A lo largo de dos horas de show, la banda enloqueció a sus fans con sus hits en el primero de sus tres recitales en Buenos Aires. En ese marco, a la espera de reencontrarse con sus seguidores en su próxima fecha, Angus Young recorrió la ciudad y cenó en un exclusivo restaurante.
Con un look elegante, pero descontracturado, Young fue visto saliendo del restaurante con muy buen humor. El músico lucía un saco azul sobre una remera rosa. Además, completaba su outfit con jeans y zapatillas urbanas. Justamente, en la página de las entradas frías del menú, el histórico guitarrista dejó su firma, agradeciendo al local Piegari por su servicio y la buena comida.
“Una noche que queda en la memoria. Gracias, Angus Young, por elegir Piegari en tu paso por Argentina con AC/DC y por dejar tu firma en nuestra carta”, escribió el restaurante junto al video que publicó en sus redes sociales. Días antes, Matt Laug y Stevie Young habían ido a comer a ese mismo lugar tras el alta del guitarrista.
De esta manera, los integrantes de AC/DC se preparan para su segunda fecha en el estadio de River Plate este viernes. La banda volvió al Estadio Monumental y reactivó un lazo histórico con el público argentino. Diecisiete años después de sus presentaciones en 2009, la banda australiana retomó una relación que nunca se interrumpió por completo: la de una conexión directa con una audiencia que la siente propia.
Desde horas antes del inicio, las inmediaciones del estadio se llenaron de camisetas negras, banderas y familias de distintas generaciones, todas reunidas en torno a un mismo ritual. Dentro del Monumental, la ansiedad se reflejaba en cada sector. Durante la espera, sonaron acordes de Black Sabbath, como homenaje a Ozzy Osbourne, mientras miles de cuernos rojos se encendieron en las tribunas, recreando imágenes que forman parte del imaginario colectivo.
A las 21, el escenario cobró vida sin anuncios ni artificios. Angus Young, con su característico uniforme escolar, abrió la noche con “If You Want Blood (You’ve Got It)”, seguido por la voz potente de Brian Johnson. El estadio respondió de inmediato, sobre todo cuando inició “Back in Black”, que provocó una ovación y un canto unificado de la multitud.
La formación actual, con Angus y Johnson acompañados por Stevie Young, Matt Laug y Chris Chaney, mantiene la solidez y la energía del grupo. Cada riff y golpe de batería reafirmó la vigencia de la banda sobre el escenario.
El repertorio recorrió los clásicos: “Thunderstruck” transformó el estadio en una tormenta eléctrica y la campana de “Hells Bells” generó una ovación generalizada. La selección de temas no sorprendió, pero reafirmó el valor de la memoria compartida, donde cada canción funciona como un himno colectivo.
“Highway to Hell” marcó el punto culminante de la noche. El público acompañó cada estrofa con intensidad, consolidando el vínculo entre AC/DC y la audiencia argentina, una relación que resiste el paso del tiempo.

El público, desde el campo hasta las plateas más altas, participó con entusiasmo. Familias, grupos de amigos, seguidores históricos y nuevos fans compartieron la misma pasión. Brian Johnson mantuvo una comunicación fluida con los presentes, generando una interacción que también se reflejó en redes sociales.
El “Power Up Tour” optó por una puesta en escena clásica, sin excesos. La electricidad de “Thunderstruck”, la atmósfera de “Hells Bells” y la sobriedad del escenario pusieron el foco en la música y la energía de la banda.
El regreso de AC/DC al Monumental representó un reencuentro esperado y una celebración que suma un nuevo capítulo a la relación entre la banda y el público argentino. Al finalizar la noche, con el estadio a oscuras y los últimos acordes aún resonando, la expectativa ya apunta a las próximas funciones, previstas para el 27 y 31 de marzo.
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CHIMENTOS
La historia de Rodrigo De Paul y el repartidor de comida que hizo hablar a todos: el sánguche, el pedido de fotos y los dólares

Nunca se saben las vueltas ni las sorpresas de la vida. ¡Digánselo a Walter Ortiz, un repartidor de 35 años a quien en un instante lo gris se volvió de color dorado! Más bien, de celeste y blanco. Es que antes de terminar su jornada laboral para una importante cadena de entregas se llevó una gran e inolvidable sorpresa.
El muchacho en cuestión trataba de recolectar dinero y le faltaba un viaje para completar los 12 pedidos del día y así acceder a un bono de 15 mil pesos. En ese contexto tomó un pedido en «El Bodegón del 9», un clásico club de barrio en Boulogne.
Y al ver el nombre del cliente leyó Rodrigo De Paul. “Lo primero que me salió fue reírme y pensar quién fue el boludo que se puso así para joder. Entro al local y digo que vengo a buscar un pedido de Rodrigo, no quería decir De Paul por si me cargaban”, explicó.
De esa forma, Walter llevó el sándwich de milanesa con papas fritas al domicilio que figuraba y a 50 metros apareció un hombre que le hacía señas. ¡Era el mismísimo novio de Tini! Y sobre eso remarcó: “Un campeón del mundo podría mandar a otro, pero el tipo se fue hasta la puerta a recibirme. Me bajé y lo primero que le pedí fue si me podía sacar una foto”.
PANZA LLENA CORAZÓN CONTENTO PARA EL REPARTIDOR QUE ATENDIO A RODRIGO DE PAUL
Fue entonces que Rodrigo le dio un billete de 100 dólares y le dijo ´pero quedátelo´. “Agradezco a Dios que me dio la fortaleza de tratar de hablar y ahí pedirle un saludo para mi hijo. Yo temblaba, no podía decir una palabra. Le doy el sánguche y le digo con todo respeto si le puedo dar un abrazo”, recordó Ortiz.
Finalmente, el repartidor, quien luchó contra las adicciones y la rema a diario aseguró que no piensa gastar el billete porque ya lo considera un amuleto y agregó: “Quedé encantado con la sencillez del chabón, que se tomó el tiempo de salir de su casa, me esperó afuera y se quedó charlando conmigo.
Rodrigo De Paul
CHIMENTOS
De la comedia al drama, Nazareno Casero se la juega con Bebé Reno en el teatro argentino: “Es un trabajo empático”

Nazareno Casero está acostumbrado a saltar al vacío: lo hizo de chico en la tele junto a su padre, lo repitió en el cine con papeles consagratorios y ahora, en uno de los desafíos más intensos de su carrera, se sube solo al escenario para encarnar Bebé Reno, el unipersonal de Richard Gadd que conmovió a millones y aterriza en Buenos Aires con una impronta local. Esta vez, Nazareno no solo juega con la exposición y la incomodidad, sino que se zambulle en la mente de un hombre acosado, obsesionado y vulnerable, en una obra que mezcla el humor y el horror con la honestidad brutal de lo vivido en carne propia. En exclusiva con Teleshow, el actor cuenta cómo es transitar este fenómeno teatral desde adentro, el vértigo de enfrentar a la platea solo y lo que significa llevar su propio apellido al límite del riesgo.
Habituado a los universos delirantes y a los saltos de género, desde los sketches de Cha Cha Cha junto al mítico Alfredo Casero, hasta los reconocimientos por Crónica de una fuga y largometrajes como Arizona sur, Nazareno se prepara de cara al estreno de Bebé Reno con una mochila cargada de experiencia, pero también con la humildad de quien se sabe ante una propuesta distinta a todo lo anterior. La obra, que tiene fecha de estreno el próximo 28 de abril en icónica sala Pablo Neruda del Paseo la Plaza, exige un cuerpo a cuerpo con el dolor, la risa y el tabú: el actor debe sostener la historia, el ritmo y la tensión sin red, mientras el público oscila entre el nerviosismo, la empatía y la carcajada.
En este presente, donde los Casero siguen marcando agenda, Nazareno se anima a romper el molde y a desafiar el legado familiar bajo la dirección de Indio Romero. Bebé Reno no es solo un salto artístico, sino también un viaje personal: un espacio donde lo incómodo y lo universal se dan la mano, y donde el actor se enfrenta a un público que, más que nunca, espera salir del teatro tan conmovido como sorprendido. Con la energía de quien nunca elige el camino fácil, el actor vuelve a demostrar que el escenario es, para él, el mejor lugar para reinventarse.

—¿Cómo te sentís con la propuesta de “Bebé Reno”? ¿Qué fue lo primero que pensaste al leerla?
—Al principio, cuando te llega una propuesta así es algo que está buenísimo, porque es una obra muy compleja, que requiere mucho del actor y de ejecutar eso, pero también por lo que significa hacer un unipersonal, pasar la página. Para mí es un halago, un mimo muy grande. Cuando empezás a meterte en la obra y hacés el guion te das cuenta de lo compleja que es, es un gran laburo. Es alucinante lo que escribió Richard Gadd.
—¿Tomaste como un desafío tener que ponerte en la piel de un personaje tan complejo y con una historia tan personal como la de Gadd?
—Sí, además la historia es muy puntiaguda, porque toca para todos lados. Habla de comportamiento humano, de relaciones humanas. Y no solo eso, sino que la serie fue un éxito, entonces claramente genera un interés en el público.
—¿Te pareció difícil abordar vivencias tan extremas como las que cuenta Gadd, especialmente el caso de acoso que dispara el unipersonal?
—Es una historia muy personal la que él cuenta. Uno tiene la suerte de no haber vivido algo tan propio como lo que vive el protagonista, pero en su historia también uno ve situaciones familiares. El argentino tiene algo con el espacio personal del otro. Somos cariñosos, nos interesa lo que le pasa al otro, nos metemos, somos chusmas. Hay una familiaridad en el aire, independientemente de si vivís o no una situación de acoso de tal magnitud.

—¿Sentís que hay un choque cultural en el trato, considerando que Gadd es escocés y los argentinos somos distintos para vincularnos?
—Nosotros somos bastante especiales. Tuve la suerte de viajar y conocer otras culturas, y la verdad es que tenemos una manera de ser que genera mucha curiosidad en el extranjero. Nuestros límites son muy difusos. Entre amigos nos decimos barbaridades, pero lo hacemos con cariño y confianza. En otros lugares del mundo eso se ve distinto. Tenemos una tolerancia a muchas cosas, somos resilientes, lo que nos fue llevando la vida y la coyuntura. De alguna manera, vivimos situaciones que naturalizamos.
—¿Cómo fue el proceso de ensayo y preparación para un personaje tan complejo, que mezcla temas difíciles con humor?
—Creo que el humor está en todos lados. Hay definiciones que dicen que el humor son cosas correctas puestas en el lugar incorrecto. Incluso podés encontrar humor en un velorio. Obviamente ante el dolor propio o ajeno se interpone eso, pero el humor está aunque no te genere una carcajada. Cualquier situación, si la descontextualizás, puede ser graciosa y terrible a la vez. Él desde su óptica puede contar lo que le pasa absorbiendo el impacto, lo que le sucede a Gadd le cambia la vida, pero tiene la fortaleza de encontrar comicidad en algo tan grave.
—¿Estás buscando volcar algo de vos o tu mirada al personaje, o seguís estrictamente el original?
—Ahora lo más importante es la cantidad de texto que tiene el personaje. Hay mucho texto y uno tiene que aprenderse la letra, no le podés escapar. Si no sabés la letra, no le podés dar el significado que tiene la obra. Hay que trabajar mucho lo emocional, lo actoral, lo performático, y es un esfuerzo que tiene su peligro porque me voy solo al escenario por más de una hora. Pero estoy feliz, porque sin duda es el desafío más grande que me toca hacer desde que actúo, y dentro de todo ese trabajo hay mucho goce.

—¿Te ayuda a ponerte en los zapatos de otro, a empatizar con historias que no viviste en carne propia?
—Sí, es un trabajo empático. La definición es esa: sentir lo que el otro vive sin tener que vivirlo uno mismo. Poder jugar ese rato a estar en esa situación, sentirlo y hacerlo sentir a otros, es de lo que más agradezco de actuar. Y estoy aprendiendo mucho junto al director Indio Romero y el equipo, tomando clases y resolviendo cosas nuevas para poder manejar todo este mundo. Es una aventura increíble y me siento muy afortunado.
—¿Qué te genera compartir cartelera porteña con tu hermana Minerva, que estrena Anastasia casi a la par de tu debut con Bebé Reno?
—Me encanta. Minerva es muy talentosa, muy dulce y es muy buena. Me parece que está bárbaro lo que va a hacer, me contó y me encantó lo que me contó. Es un laburo soñado, va a estar buenísimo y me encanta poder verla crecer. Somos muy unidos y estoy muy contento, muy contento con ella.

—¿Qué expectativas tenés de este proyecto y qué te gustaría que el público se lleve después de verte en el escenario?
—Hay una frase que dice: “La expectativa genera sufrimiento”. Aprendí que no puedo poner demasiadas expectativas porque si no, ni me subo al escenario. Sí creo que es una obra que tiene mucho para contar, una montaña rusa de situaciones y emociones. Lo que espero es poder transmitirle a la gente el significado de la historia y que quienes vengan se vayan tocados, ya sea porque les gustó, porque les impactó, o porque se identificaron. La obra tiene mucho para dar y estamos trabajando para que el público se lleve lo mejor.
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