CHIMENTOS
La dolorosa muerte que golpeó a Rihanna en medio de su tercer embarazo: «Falleció a los 70 años Ronald Fenty, su papá»

Hay figuras internacionales de la talla de Rihanna que cuenta con una popularidad mundial muy grande. Lo hecho por la artista marcó para siempre un antes y un después, tanto en su vida como en su carrera artística.
Atravesando su tercer embarazo, la cantante viene de atravesar un dolor inmenso; hace dos semanas se confirmó el triste fallecimiento de su papá, Ronald Fenty, a sus 70 años. Si bien su vínculo no era el mejor, la realidad es que ella se acercó mucho a él.
Al igual que toda su familia, en lo que fueron los últimos días del hombre, lo acompañaron con mucho amor y cariño. Las causas de su muerte, la cual ocurrió durante la madrugada del 1º de junio en Los Ángeles, hasta el momento no fueron reveladas.
Sin embargo, según citaron varios medios internacionales, el papá de Rihanna hace tiempo venía luchando contra una dura enfermedad. A través de una información revelada por el Starcom Network News, la decisión de todos fue homenajearlo de forma privada en California.
RIHANNA SUFRIÓ LA MUERTE DE SU PAPÁ
El pasado 28 de mayo comenzaron a aparecer los primeros signos de alarma cuando Rajad Fenty, hermano de Rihanna fue visto entrando al Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, a donde estuvo internado Ronald y murió a los días.
Tanto para ella como su pareja, A$AP Rocky, este en un golpe muy duro que les toca vivir en medio del embarazo que atraviesa. Y si bien era un final que tristemente esperaban en la familia, la angustia aún persiste en la cantante y su marido.
El vínculo que Rihanna tenía con su padre estuvo marcada por una infancia dura, dado al problema de adicciones que tenía el hombre. Junto a Monica Braithwaite tuvo a Rihanna, Rorrey y Rajad, pero también otros tres hijos mayores de un matrimonio anterior; Kandy, Samantha y Jamie.
Rihanna
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El mensaje de la supuesta amante de Luciano Castro por el Día de los Enamorados

En pleno Día de los Enamorados, cuando las redes sociales se llenaban de declaraciones románticas, Sarah Borrell publicó una historia de Instagram que no pasó inadvertida. La imagen mostraba una habitación decorada con globos rojos en forma de corazón, globos blancos con detalles románticos y sobres colgando con pequeños corazones en el centro. Como fondo musical, sonaba “Can I Call You Rose?”.
Aunque no mencionó a nadie, el contexto hizo que muchos usuarios vincularan rápidamente el posteo con Luciano Castro, con quien fue relacionada en las últimas semanas en medio de un fuerte escándalo mediático. La historia llega en un momento especialmente sensible para el actor.
Días atrás se confirmó que Luciano Castro decidió internarse por voluntad propia en un centro terapéutico para atravesar un proceso personal, luego de semanas de alta exposición pública. Según trascendió, la decisión fue tomada por él mismo con el objetivo de “estar bien” y enfocarse en su salud emocional .
La internación se dio poco después de que se hiciera pública su separación de Griselda Siciliani. La ruptura estuvo rodeada de versiones cruzadas, rumores de terceros en discordia con los mismísimos audios a Sarah y el llamado “pasacalles gate”, episodio que alimentó aún más la polémica.
La exposición fue tal que cada movimiento en redes empezó a analizarse al detalle. Por eso, el posteo romántico de San Valentín no fue interpretado como una simple decoración festiva, sino como un posible mensaje indirecto. Mientras tanto, Castro permanece enfocado en su proceso personal.
Por su parte, Griselda Siciliani optó por el silencio en medio del revuelo, aunque en distintas entrevistas dejó en claro que su prioridad es su tranquilidad y su trabajo. Así, el romántico posteo de Sarah Borrell vuelve a sumar un nuevo capítulo a una historia que combina amor, ruptura, escándalo mediático e internación voluntaria.
¿Simple coincidencia por el 14 de febrero o mensaje con destinatario claro? En el universo del espectáculo, cada gesto cuenta. Y esta vez, una imagen con globos rojos fue suficiente para que el nombre de Luciano Castro vuelva a quedar en el centro de la escena.
Luciano Castro, Sarah Borrell
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Dani La Chepi, entre el miedo y la ovación: la vida detrás de Miranda en “Papá por siempre”

Las luces del Teatro Liceo se apagan y, por un instante, el murmullo expectante del público se vuelve un latido colectivo. En ese silencio previo a la música, a los cambios vertiginosos de escenografía y al vértigo de las transformaciones imposibles, Dani La Chepi respira hondo detrás del telón. No es solo otra función de Papá por siempre. Es, cada noche, una conquista personal. Una batalla íntima contra esa voz que la acompañó toda la vida susurrándole: “No sé si es lo mío”.
La comedia musical —basada en la novela de Anne Fine publicada en 1987 y popularizada mundialmente por Robin Williams en la película de 1993 dirigida por Chris Columbus— encuentra en esta versión argentina un despliegue artístico de alto voltaje. Bajo la dirección general de Ariel del Mastro, con la adaptación de Macarena del Mastro y Marcelo Kotliar, y la dirección actoral de Marcelo Caballero, el mismo equipo que marcó el pulso de éxitos como Escuela de rock vuelve a demostrar que el musical puede ser espectáculo y emoción a la vez. Proyecciones, efectos lumínicos, una orquesta en vivo que respira al compás de cada escena y cambios de escenografía que suceden casi a la vista del público convierten la obra en un engranaje perfecto. Pero, en el centro de esa maquinaria, hay algo más frágil y más humano: la verdad de quienes la habitan.
Campi brilla en el rol de Daniel Hillard y en su inolvidable transformación en Mrs. Doubtfire. Su composición es minuciosa, entrañable, técnicamente impecable. En cuestión de segundos pasa del padre desesperado y torpe a la niñera británica de acento impostado y ternura infinita. Es un desafío físico y actoral monumental. Y sin embargo, el corazón emocional de la historia late con fuerza en el personaje de Miranda, la madre que decide poner un límite y separarse. Allí está Dani.

En una chrla exclusiva con Teleshow, cuando de le pregunta cuánto tiene de su personaje, responde sin titubeos: “Todo”. Y en esa palabra cabe una biografía entera. .“Porque cada escena, cada cosa que le pasa a Miranda la vivo… O sea, voy analizándome también. Es algo muy extraño. Todo, hasta las discusiones del principio, de vivir con un hijo más, tener que maternar a un tipo, que es la historia de muchas”.
La obra, así, resuena en el público por la sinceridad de sus conflictos y la humanidad de sus personajes: “Con un tipo bueno que pierde trabajos todo el tiempo, que hace lo que quiere, que es muy egocéntrico. Que piensa en su carrera más que en su vida. La mina la está remando sola, está pidiendo ayuda y el chabón no la escucha”.
Miranda es la mujer que sostiene, que trabaja. La que siente que materna no solo a sus hijos sino también a su pareja. La que, agotada, pronuncia la frase que cambia todo: “Me quiero separar”. En la superficie, podría parecer la antagonista de la historia. Pero a medida que la trama avanza, la obra revela otra capa: la de una mujer que viene remando sola desde hace tiempo.

“Al principio parece la mala”, explica Dani. “Pero después te das cuenta de que la viene peleando hace rato. Que pidió ayuda. Que se cansó. Y eso le pasa a muchas”
Cada noche, cuando interpreta esas discusiones iniciales, algo se le mueve por dentro. Porque no actúa desde la teoría. Actúa desde la experiencia. Son nueve cambios de vestuiario los que atraviesa en la obra, una maquinaria aceitada en la que no hay un segundo que quede librado al azar.
Además de la obra son parte nombres como el de Albana Fuentes, quien luego del suceso que fue La Sirenita encarna a Lydia, la hija mayor, en tanto que Pablo Albella, figura de las redes sociales, debuta en el género como André.

El camino hasta ese escenario no fue lineal ni seguro. Cuando su representante le acercó la propuesta, su reacción fue casi automática: negarse. “Comedia musical lo mío no”, pensó. Después supo que el protagonista sería Campi: “Hipertalentoso, capocómico, una carrera intachable. Yo había visto la serie de Fito -donde el actro hace de padre del músico- y flashé, Yo decía: ‘No tengo chance’”.
Sin embargo, fue a la audición. Y después a otra. Y otra más. “En un momento dije: ‘Ya está, es todo lo que puedo dar’”. Hasta que llegó el llamado definitivo. Ariel del Mastro en persona convocándola a seguir. Y entonces, el vértigo se volvió real.
A partir de allí comenzó una transformación radical. Clases de canto con Seba Mazzoni. Ejercicios vocales con sorbete bajo la supervisión paciente y firme de Mery Hernández, su compañera de camarín y ahora también su profesora. Correcciones milimétricas. Disciplina alimentaria. Técnica corporal. La aparición de Macarena del Mastro con anotaciones precisas, el pianista marcando tonos, el equipo completo sosteniendo un estándar altísimo.

“Yo nunca había hecho comedia musical. Llamé a Seba y le dije: ‘No sé si voy a poder’. Y él me repetía: ‘Confiá’”. Esa palabra —confiar— fue la más difícil.
Durante años, Dani construyó una carrera marcada por la autogestión. “Yo soy muy independiente en todo sentido, en mi vida, criando a mi hija, todo. Me hice solita”.
“Mi mamá me mandó a danza por el pie plano”, rememoró. “Y yo ya era payasa en casa, siempre hacía reír ante las desgracias de la familia. Y cuando me mandó a danza tenía seis, siete años. Después me llevaban a una mega profesora, no sé dónde era Palermo, Caballito… y nos tomábamos tres colectivos para llegar o mi viejo me esperaba en la puerta y mi vieja obviamente me acompañaba. Yo fui un par de clases y dije: ¿Cómo hago para pagarme las clases de actuación? Y como empecé a laburar a los 16 en la tele, era trabajo, trabajo, trabajo y el colegio. Y después ya está, ya le di para adelante y me autogestioné“.

Mirando a ese pasado, destacó que “ahora me doy cuenta lo hermoso que es prepararte para lo que quieras ser. Por eso le digo a mi hija: ‘Vos sé lo que quieres ser’. Ahora empezó a estudiar canto. ‘Y tómatelo en serio, porque cuesta. Y todo cuesta, y te cuesta esfuerzo, y te vas a aburrir y vas a decir: Esto es una cagada’. Pero es como los jugadores. Para jugar en la Selección tienen que entrenar y tienen que jugar en un montón de equipos de mierda, mejores, y un día, si tenés la suerte, alguien te ve y dale para adelante”.
Empezó a trabajar a los 16, se abrió camino sola, se hizo fuerte en la radio, en la televisión, en las redes sociales. Pero el síndrome del “no sé si es lo mío” la acompañó siempre. “Me llaman para algo y veo el fracaso antes de empezar”, admitió.
Una frase de su hija de doce años —aprendida del psicólogo Gabriel Cartañá— la empujó a dar el salto: “Hacelo con miedo, pero hacelo”. Y lo hizo.

Las primeras funciones fueron pura adrenalina. “Ni miraba al público. Yo estoy acostumbrada a romper la cuarta pared, a ver las caras. Acá no. Recién ahora, después de varias semanas, estoy empezando a disfrutar”.
Ese disfrute tiene un momento preciso: el final. Cuando la historia revela que el amor no siempre alcanza si no se cuida. Cuando el personaje de Campi enfrenta sus errores y Miranda deja ver su vulnerabilidad. En ese instante, Dani espía al público.
“He visto nenas abrazadas a sus mamás llorando. Madres susurrándoles al oído. Y yo pienso: esto no es solo teatro”. A la salida, las palabras la conmueven. “Me dicen: ‘Lo que lloré con tu canción’. O ‘Yo vivo lo mismo con mi mamá’. Eso es mágico”.

Muchos descubren allí una faceta desconocida: la cantante. “No sabía que cantabas así”, le repiten. Y entonces recuerda a Cacho Castaña, quien durante años le insistía: “Manicomio, vos no sabés la voz que tenés. Cuidala. Estudiá”. Ella dudaba. Siempre dudaba.
“No vengo de una familia de elogios”, confiesa. Su padre, exigente, le decía que el tango se canta cuando se vive. “Cuando vivas, vas a saber cómo cantar ‘Uno’”. Hoy siente que empieza a entender esa frase.
Su madre, en cambio, la mira con lágrimas en los ojos desde la platea y luego recorre el barrio invitando a todos. Tiene 80 años y fue una joven que soñó con ser artista cuando esa palabra estaba mal vista. “Tocaba la guitarra, quería ser modelo. Es una belleza mi vieja. Y en ese momento ser artista era de puta. Trabajaba en una fábrica y tenía 30, sí, 30 y era la solterona. Y ahí conoció a mi papá, que la llevó la madre de ella, le dijo: ‘Este es el verdulero’ y se la encajó. Y lo conoció y a los seis meses se casaron. Yo creo que ella se ve en mí. Es un poco su sueño también”.

La niña de Boulogne que hacía reír en medio de las desgracias familiares hoy se para en un escenario histórico y sostiene un musical de gran despliegue técnico y emocional. Y, al mirar hacia atrás, se habla a sí misma: “Le diría que confíe más, que no se castigue tanto, que no se lastime tanto, que disfrute más de la vida y que disfrute cada cosa que le pasa. Porque se terminó enfermando. Y no está bueno”.
Esa caída la obligó a mirarse, a hacer terapia, a reconstruirse. Tal vez por eso hoy cada función tiene un sabor distinto. Las dobles funciones que antes la asustaban ahora la energizan. “Termina la primera y quiero hacer la segunda. Y si hay una tercera, la hago”.
Papá por siempre es espectáculo, es risa, es nostalgia. Es Campi desplegando su virtuosismo. Es un elenco joven que aporta frescura. Es una producción que combina técnica y corazón. Pero, para Dani La Chepi, es sobre todo el escenario donde dejó de preguntarse si era lo suyo y empezó a afirmarlo con el cuerpo entero.
Porque ahora, cuando cae el telón y las luces se encienden, ya no duda. Ahora sabe que está exactamente donde tiene que estar.
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¿Reconciliación o formalidad? así fue la incómoda y fría vuelta de Jimena Monteverde a la mesa de Mirtha Legrand

Después de semanas de rumores, versiones cruzadas y una despedida cargada de nostalgia, Jimena Monteverde regresó al programa de Mirtha Legrand. Sin embargo, lo que parecía un esperado reencuentro terminó dejando más preguntas que certezas.
La chef había dejado su participación habitual en La Noche de Mirtha tras comenzar una nueva etapa profesional al frente de su propio ciclo, La Cocina Rebelde, también en El Trece. El conflicto de horarios —y la decisión del canal de mantener su programa en vivo por el buen rating— hicieron imposible su presencia física en las grabaciones de los viernes.
La salida no fue sencilla. Días atrás, la propia Jimena confesó que la situación la afectó profundamente y que se sintió “tironeada” entre ambos proyectos. Incluso reveló que atravesó una crisis nerviosa al enterarse de que debía dejar los almuerzos, algo que la desbordó emocionalmente.
En ese contexto, trascendió que Mirtha habría pedido especialmente que Monteverde continuara vinculada al ciclo. La relación entre ambas siempre se mostró cercana, con intercambios espontáneos y bromas que se volvieron un clásico del programa. Pero el regreso no fue como muchos imaginaban.
EL INCÓMODO REENCUENTRO ENTRE MIRTHA LEGRAND Y JIMENA MONTEVERDE:
Durante la última emisión, La Chiqui lanzó el clásico: “¿Qué comemos hoy, Jimena?”, y en lugar de aparecer caminando hacia la mesa, salió al aire un tape pregrabado. Desde la cocina, Monteverde presentó el menú de la noche —revuelto gramajo reversionado, lomo con puré y flan de dulce de leche— con tono correcto y profesional.
Sin diálogo en vivo. Sin miradas cómplices. Sin chistes. La participación fue breve y estrictamente formal. Un regreso que cumplió con la presencia, pero que dejó en evidencia que la dinámica ya no es la misma. La frescura que caracterizaba sus intercambios quedó reemplazada por un formato grabado que, si bien resuelve lo operativo, enfría lo emocional.
Detrás del cambio también asoma la interna entre productoras: el ciclo de Jimena es de Kuarzo, mientras que los programas de Mirtha y Juana Viale pertenecen a Story Lab. Ambas estructuras conviven en el mismo canal, pero ya no trabajan con la misma sintonía que en el pasado.
Por ahora, todo indica que Monteverde continuará apareciendo en este formato grabado. Un acuerdo que mantiene el vínculo, pero que confirma que algo se rompió en el camino. ¿Es apenas una etapa de transición o la señal de una distancia definitiva? En televisión, como en la vida, los silencios también dicen mucho.
Jimena Monteverde, Mirtha Legrand
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