CHIMENTOS
Crónica de un día de rodaje con Wanda Nara: risas, confesiones y el desafío de convertirse en actriz

A las cinco de la madrugada de un jueves de mayo, mientras el cielo anuncia una jornada de lluvia y temperaturas bajas, Teleshow se embarca con destino a Montevideo para acompañar desde adentro el rodaje de ¿Querés ser mi hijo?, la película protagonizada por Wanda Nara y Agustín Bernasconi. La propuesta es pasar una jornada completa junto al equipo, conocer el detrás de escena y observar cómo la empresaria se prepara para interpretar a Lucía, un personaje que la obliga a correrse de la conducción, de la publicidad y de la imagen pública que el público conoce. La película se estrena en cines el 22 de octubre. Aquí un viaje en el tiempo para ir palpitando cómo Wanda Nara consigue cada cosa que se propone.
El viaje a Montevideo comienza con una tenue lluvia otoñal y el movimiento del río como compañía. A medida que Buenos Aires va quedando atrás, la expectativa por llegar al set se mezcla con la incertidumbre propia de una filmación: nadie puede anticipar cuánto demorará cada escena, cuántas tomas serán necesarias ni en qué momento aparecerá Wanda frente a las cámaras. El destino final es un hotel boutique del elegante barrio montevideano de Carrasco, donde se ha montado parte de la producción. Son unos 30 minutos en auto desde el puerto hacia un sitio en el que el clima obliga a moverse entre interiores, tierra mojada al punto de convertirse en barro, luces artificiales y ventanas empañadas por el frío.
Al llegar al hotel, el set ocupa el salón principal de madera oscura y con un balcón interno repleto de bibliotecas, donde sucederá la magia en las primeras horas. Los camarógrafos se desplazan con sus equipos, los vestuaristas buscan las prendas que necesitan los actores y el personal de maquillaje y peinado termina de ajustar los últimos detalles. Parte del elenco que integran también Charo López y Jean Pierre Noher espera las indicaciones de Hernán Gerschuny, el director, mientras se verifican los colores, la iluminación y la posición de las cámaras. La producción está integrada por unas 30 personas, que trabajan alrededor de una escena y repiten cada movimiento hasta encontrar la forma ideal para llevar a cabo la escena. Y de repente aparece ella, con esa energía inevitable, y todos los ojos se direccionan en un único sentido.
La entrada de Wanda Nara al set parece congelar por unos segundos el ritmo laboral. Aparece con una bata de Hello Kitty, saluda al equipo y se acerca a los actores antes de comenzar el ensayo. Luego se ubica en el piso superior y le lanza su teléfono a una asistente como quien se libera de una carga: “Te aviso que voy a grabar”, le dice de manera juguetona, mientras deja atrás la bata para mostrar el atuendo de su personaje.
La flamante actriz se mueve entre el maquillaje, el peinado y las indicaciones del equipo, especialmente por parte de su coach actoral, Pablo Ini, quien la acompaña desde cerca. Mientras le retocan el pelo, también bromea con uno de sus compañeros con un spray, en un intento de romper con la seriedad que acompaña la jornada gris. La escena que se preparan para filmar muestra a Lucía intentando ganarse a su jefe, y Wanda debe ubicarse dentro del nivel superior de la habitación, mientras sus compañeros recitan sus líneas. El equipo ajusta las luces, revisa los movimientos y acomoda los elementos del espacio. “¿Cuándo entro?”, pregunta ella, atenta al momento exacto en el que debe comenzar su participación.
Cuando se pone en posición, tal como le indica el director y su coach, Nara empieza a desplazarse por la habitación con movimientos suaves. Repite sus líneas, escucha las correcciones y acepta los cambios que surgen durante el ensayo. En una parte de la escena, su personaje demuestra conocimientos relacionados con el fútbol, un aspecto que la actriz puede abordar desde una familiaridad que también forma parte de su vida pública. No parece un guiño casual del guion. El equipo vuelve sobre algunos detalles y ella repite las frases con paciencia, mientras afuera la lluvia sigue cayendo sobre Montevideo, omo si fuera algo inevitable.

Pasadas las 12.30, comienzan con una primera prueba de cámara de la escena. Tan solo 10 minutos más tarde, llega la primera toma para practicar el desenvolvimiento del elenco. El salón, que hasta ese momento había estado ocupado por voces, movimientos y ajustes, queda en silencio cuando se encienden las cámaras. Wanda empieza a decir sus diálogos y entra en el personaje con una energía distinta a la que había mostrado durante los momentos previos. La escena avanza sin que necesite interrumpirse para recibir indicaciones, y durante unos minutos la empresaria deja de ser la figura que había llegado al hotel con su bata y su teléfono para convertirse en el personaje de Lucía.
Cuando termina el ensayo, el silencio vuelve a instalarse en la habitación. Wanda queda rodeada por sus estilistas y por Pablo Ini, el coach actoral que trabajó con ella durante la preparación. El equipo revisa la toma y le da nuevas indicaciones. “Vamos con el ensayo dos”, anuncia la propia Wanda antes de volver a ubicarse. La segunda toma se interrumpe por una carcajada de la actriz, que vuelve a empezar después de recomponerse y, por su lado, Ini aprovecha para alejarse un poco del rodaje y sincerarse sobre su trabajo con la flamante actriz.

En el jardín, donde el olor a pasto mojado se mete a la fuerza en la filmación, Ini cuenta que hace tiempo quería llevar a cabo una historia como esta: “Yo tengo un proyecto de llevar a Wanda al cine hace tres años”, explica Ini a Teleshow. Pudo haber sido un proyecto en España que no se dio: tenía que ser en este Uruguay gris y otoñal: “El objetivo era trabajar con alguien que no fuera actriz y transformarla en una actriz de cine”.
El primer ensayo ocurrió cuando Wanda regresó de un viaje de Japón. Durante esa jornada, Ini observó que los métodos habituales no serían suficientes y que debía buscar otra forma de acompañarla. “Empecé a ver algunas cosas que ella tenía y dije: ‘Tengo que usar caminos no tradicionales’”, explica. Formado en Actor’s Studio y con trabajos como director de casting, su intuición lo llevó a improvisar con un personaje como Wanda para potenciar todo lo que tenía para dar. “Al tercer día ella me dijo: ‘Si vos no estás conmigo en el rodaje, yo no voy’”, relata el coach actoral, quien sigue de cerca a la protagonista en cada uno de sus pasos.
La preparación incluye análisis de texto, ejercicios para comprender qué necesita cada escena desde el punto de vista emocional y una revisión de los recursos que Wanda incorporó durante años en la pantalla chica. “Tiende a una forma de hablar quizás más comercial, más hacia arriba”, señala Ini, quien deja asomar gran entusiasmo en su tono de voz.

“Nosotros queremos que sea algo verdadero, íntimo, de pecho y muy cinematográfico”, explica. Para Ini, primero fue necesario trabajar sobre la persona, y después sobre el oficio. Por ello, Wanda tuvo que modificar la entonación, la respiración y la manera de sostener una frase. También se llevó tarea para el hogar: ver películas, estudiar los textos de manera monocorde, sin puntos ni comas, y hacer ejercicios de relajación y respiración. El resultado llegó cuando logró sostener los ojos cargados de lágrimas sin llegar a llorar. “En el cine lo más precioso y poderoso es cuando el actor contiene la emoción”, dice Ini, que reconoce emocionarse ante las lágrimas al verla actuar. “Es una hormiguita trabajadora”, la define.
Después de la primera parte del rodaje, el trabajo continúa durante el almuerzo. Pasadas las 15, Teleshow comparte una mesa con Wanda, Bernasconi, Gerschuny y otros medios, a pocas cuadras del hotel. El restaurante se encuentra en una zona turística de Montevideo y la comida llega mientras los periodistas hacen preguntas y los integrantes del equipo conversan sobre las escenas grabadas. En la mesa hay pesca del día, pastas y carnes rojas. El ruido de los cubiertos acompaña las respuestas y, entre miradas rápidas y comentarios sobre el rodaje, Wanda deja por un momento la dinámica del set y se dispone a enfrentar las preguntas como tantas otras veces, pero por primera vez como actriz protagonista de una ficción.
Ante la mirada atenta de sus colegas y el progresivo acercamiento de los celulares para grabar su voz con mayor nitidez ante la música alta de los parlantes del restaurante, Wanda recuerda el proyecto trunco en España. Al día siguiente, Pablo Ini le propuso ser Lucía y se entusiasmó. Cuenta que había visto la versión original mexicana junto a una de sus hijas y su hermana, Zaira, y notó algo que no le suele pasar: “A mí me cuesta mucho quedarme mirando algo, me aburro al instante y cambio. Y me quedé hasta el final viendo la película”, explica, antes de dar un sorbo de limonada y recargar energías para seguir contando su historia que, como tantas otras veces, encuentra un límite delgado entre la realidad y la ficción.

“Yo estuve casada dos veces, y a veces dejás un poco postergados tus sueños para complacer al otro y, sin darte cuenta, vas avanzando y estás metida en una vida que está muy alejada de lo que era tu esencia”, reflexiona. Para Wanda, Lucía se encuentra en una situación similar: es una mujer que debe volver a conectarse con su personalidad, sus deseos y sus proyectos. “El mensaje tiene que ver con la libertad que te da poder realizarte como mujer con lo que a vos te guste”.
La empresaria también habla sobre los prejuicios relacionados con las diferencias de edad, ya que su personaje es mayor a su novio en la ficción. “El hombre tiene a veces muchas más cosas permitidas que la mujer. Mi personaje permite poner en discusión esas diferencias y mostrar cómo una mujer puede recuperar la libertad de elegir, sin quedar condicionada por las decisiones de su pareja”.
Mientras Wanda se toma un momento para continuar su almuerzo, es Gerschuny quien toma la batuta y define al proyecto como un desafío hermoso. “Wanda no duda, se entrega, confía evidentemente en nosotros y en el equipo”, señala el director con orgullo. En este camino, uno de los desafíos que se propuso fue deswandizar a la protagonista. A través de Lucía, el director buscó recuperar zonas que el público no siempre conoce, especialmente aquellas vinculadas con la fragilidad. “No íbamos a poner a la Wanda siempre excepcional, siempre linda y siempre con filtro”, ejemplifica.
Wanda interviene y ratifica lo que sintió al mirarse al espejo con la ropa de Lucía: “Me agarró una angustia, me largué a llorar y no paraba. Me vi vestida como muy de señora”. Agrega que la imagen le recordó a momentos de su vida más íntimos, frágiles, lejanos de la exposición pública. Según el director, este tipo de momentos fueron importantes para construir a Lucía como una mujer real y no como una versión idealizada de Wanda.
El vínculo con Bernasconi también ocupa buena parte de la conversación. El joven actor cuenta que formó parte de un casting de unas 60 personas hasta encontrar al indicado y por un rato, los grabadores apuntan a él “Durante toda la etapa de MYA estuve como diez años sin actuar”, explica respecto al dúo pop que integró con Maxi Espíndola. Lo que lo esperaba era una propuesta que cobró forma recién durante el último callback, cuando supo que compañera iba a ser Wanda Nara.

Quienes estuvieron presentes aseguran que la química entre ambos apareció desde el principio. “En el primer encuentro me puse nerviosa y empecé a tartamudear”, reconoce Wanda, casi en el personaje imperfecto de Lucía. Ni hablar cuando llegó ese momento clave de cualquier comedia romántica: “Creo que no sé besar”, le dijo a Bernasconi, quien apeló a su experiencia para hacerla pasar como una escena más.
En este sentido, Wanda cuenta que trabajó junto a Rodrigo, el coordinador de intimidad, un rol que no conocía antes de comenzar la película. “Me parece súper importante”, afirma. El profesional mantuvo conversaciones individuales con ella y con Bernasconi, además de trabajar junto al director para definir qué se puede mostrar, qué límites tiene cada escena y qué acciones están permitidas.
El regreso al set para el segundo turno de filmación se ve interrumpido por unas fanáticas que le piden fotos. Es una escena como tantas otras antes de subir al auto y regresar al hotel boutique. Aquí Wanda repite las líneas, escucha las correcciones y, cuando finaliza una escena, busca rápidamente la mirada de sus compañeros y de su coach. La evolución se puede advertir entre una pasada y otra: al principio necesita más indicaciones, pero luego bastan dos palabras para modificar por completo la intención de una escena.

Pasadas las 17.30, el equipo sigue trabajando. Afuera, la luz del día comienza a ser un recuerdo y la lluvia continúa sobre Montevideo, pero dentro del hotel las cámaras siguen encendidas. Las escenas se repiten, las luces se ajustan para disimular la inminente oscuridad que se avecina y los actores vuelven a ocupar sus posiciones después de cada corte. El rodaje avanza sin que los errores, las risas o las tomas fallidas interrumpan el objetivo de terminar el trabajo que incluye al hall del hotel y una escena central de la trama como el encuentro de Wanda y su antagonista
La jornada de Teleshow termina entrada la noche pero el equipo de ¿Querés ser mi hijo? continúa con sus tareas. Wanda ya pasó de la bata de Hello Kitty a la concentración de una escena; del ensayo con su coach a una conversación sobre sus miedos; de las risas con Bernasconi a las pausas que exige el cine. Lo que haya pasado antes y después, es parte de la magia del cine y se verá desde el 22 de octubre. Es hora de emprender el regreso a casa y la llovizna no para, como si fuera parte de esta crónica con guion paralelo, que cuenta la historia de una mujer que se propuso cumplir cada uno de sus sueños.
CHIMENTOS
¡Se terminó! Tras 6 años juntos, la tremenda separación que sacude al mundo del espectáculo: “Es una decisión”

Sonaba en el ambiente, esa versión de un desenlace conclusivo se esparcía por el aire y causaba picazón, una sensación de extrañeza absoluta. La idea de una separación de ese binomio lucía descabellado, como una posibilidad improbable, pero acaba de suceder.
Hace varios meses, Ángel de Brito sorprendió al informar que Rodrigo Lussich y Adrián Pallares culminarían una etapa, que ya no funcionarían más como una dupla. Empero, los conductores de Intrusos desbarataron esas teorías.
Ahora, el uruguayo rompió con todos los esquemas y se animó a confirmar que se terminó la relación con Pallares. ¿Qué pasó? En una entrevista en Blender, con José María Listorti, el famoso dejó a todos asombrados al comunicar este cierre.
«El día que me vaya de Intrusos…», expresó Rodrigo, lo que provocó que Listorti le pregunte si existe la chance de bajarse del programa. Así, Lussich admitió: «No lo sé, no está definido. Cuando eso pase, seguramente no voy a hacer otro programa de chimentos, porque no hay nada mas arriba que Intrusos».
LUSSICH CONFIRMÓ QUE YA NO TRABAJARÁ CON PALLARES
Y esa revelación, el uruguayo encendió la cerilla de la bomba al comunicar que se acabó para siempre el vínculo profesional. «Tuve la posibilidad de conducirlo con Adrián, veremos cómo se sigue. La dupla no va a seguir, como dupla terminamos el 31 de diciembre con Adrian», contó.
«¿Uno de los dos no sigue?», consultó José María, lo que activó en Lussich la confesión del origen de esta tajante determinación. «No es una decisión nuestra, es una decisión del canal», aseveró.
Rodrigo Lussich
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Bersuit Vergarabat celebra los 25 años de “Hijos del Culo”: “Esas canciones siguen teniendo mucha actualidad”

Hay discos que se convierten en parte de la historia de una banda y otros que terminan por narrar a toda una generación. “Hijos del Culo” pertenece a esa segunda categoría: desde su lanzamiento en el año 2000, el disco de Bersuit Vergarabat construyó una galería de personajes barriales —el gordo motoneta, el porteño de ley, el grasún, el viejo de arriba, la negra murguera, la petisita culona— que cualquiera podía reconocer en su propia cuadra. Esa capacidad de contar historias cotidianas desde una mirada irreverente y crítica, atravesada por una fuerte impronta social, es lo que convirtió al álbum en un clásico que combinó rock, cumbia, murga, chacarera y electrónica bajo la producción de Gustavo Santaolalla, y que obtuvo Doble Platino con temas como “Desconexión Sideral”, “Toco y me voy”, “Negra Murguera” y “La Bolsa”.
A 25 años de aquel lanzamiento, la banda vuelve a meterse en ese universo con una producción especial de 20 canciones grabadas en vivo, acompañada por una selección de artistas invitados que le dan nuevas miradas y sonidos a las canciones históricas: Lali Espósito, Luck Ra, Nahuel Pennisi, Francisco Charco, Willy Bronca, Lisandro Aristimuño, Los Pérez García y Cucuza Castiello, entre otros. El resultado conecta distintas generaciones y confirma la vigencia de un repertorio que sigue encontrando nuevas formas de ser contado.

Y para que el círculo de este cuarto de siglo cierre perfecto, hasta la tapa del disco aniversario repite, a la misma protagonista de la edición original del 2000: se trata de Agustina, sobrina del fotógrafo Salvador Batalla, autor de aquella foto y colaborador habitual en distintas producciones visuales de la banda. “Fue fácil ubicarla, pero no estaba en la Argentina. Igual volvió, y aceptó hacer la foto. Ahora creo que tiene 33 años y es médica”, le contó Juan Subirá, el miembro más antiguo de la banda, a Teleshow.
La celebración tiene su cierre este martes 3 de noviembre, a las 19, en el Movistar Arena, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, después de una gira aniversario que incluyó dos funciones agotadas en el Microestadio de Ferro y presentaciones en España, Ecuador, Uruguay, México y Colombia. Bersuit planea continuar el recorrido por Perú y Chile en los próximos meses.
Subirá, tecladista y compositor histórico del grupo, repasó el origen de las canciones, los episodios personales detrás de algunos temas, el vínculo con el fútbol, el recuerdo de Diego Maradona, la experiencia con Andrés Calamaro y el estado actual de su relación con Gustavo Cordera.

— ¿Cómo se están preparando para este nuevo show en el Movistar Arena por los 25 años de “Hijos del Culo”?
— Lo venimos festejando desde el año pasado. Hicimos dos microestadios de Ferro y después estuvimos también en el Movistar. Se extendió a este año porque había muchos lugares que no habíamos llegado: fuimos a Chile, Perú, Colombia, México, y también al interior, a muchas ciudades que no habíamos ido. Creo que le vamos a dar un cierre ahora en este Movistar, que es un lugar muy lindo para tocar.
— ¿Qué encontrás en las canciones de “Hijos del Culo” hoy que no veías cuando las grabaron en el 2000?
— Cuando hicimos los demos, entre fines del 99 y principios de 2000, alquilamos una quinta y nos metimos. Algunas canciones habían nacido ahí nomás, entonces estaban muy frescas y costaba encontrarles trasfondo. Con el tiempo te vas involucrando, hay canciones que te gustan más y les encontrás otros costados. Por ejemplo, “Caroncha” es bastante hermética y rara en su forma, pero con el tiempo le fui encontrando un trasfondo, porque habla de la violencia intrafamiliar y del castigo que recibe un niño que de grande se convierte en un ser violento. Y pasa también lo contrario, que otras te gustan menos con el tiempo.
— Alguna vez dijiste que “Hijos del Culo” y “Libertinaje” retrataban a la Argentina acercándose a la crisis del 2001. ¿Sentís que hay letras que dialogan con este presente?
— Un poco sí, porque hay muchas cuestiones que se parecen demasiado, lamentablemente, cuando uno quisiera que fueran procesos ya superados como país, como sociedad. Hay muchas cosas que se parecen mucho y creo que muchas de las historias, tanto de “Libertinaje” como de “Hijos del Culo”, siguen teniendo mucha presencia y mucho sentido en la actualidad.
— Sos autor de “Toco y me voy”, que ya es un clásico. También hay canciones como “El viejo de arriba” y “Canción de Juan”, que surgieron de un episodio muy violento y personal. ¿Cómo convertiste esa experiencia en material artístico?
— En el disco pude escribir varias canciones sobre experiencias personales, también “Negra Murguera” y “Desconexión Sideral”. “El viejo de arriba” es una experiencia muy personal mía, y “Canción de Juan” es algo que también me pasó a mí, pero no la escribí yo, aunque se llame así. Lo de “El viejo de arriba” fue un episodio violento en el barrio de La Boca, cuando vivíamos ahí con mi hermano y en esa casa también ensayaba Bersuit, que era además un centro neurálgico de reuniones y fiestas. Era un clima agotador para la vecindad. Un fin de semana hubo una de esas fiestas interminables, y días después un vecino empezó a gritar desde el balcón de su casa. Le pedí que bajara, y bajó armado: primero me pegó un culatazo en la cabeza y después me disparó entre los pies, sentí el ardor de la bala que había rebotado en el piso. Cuando un amigo, el Pelado, se bajó de un auto, el hombre le dijo “vos no cantás más”. Empecé a caminar hacia el Argerich sangrando de la cabeza y del pie, y escuché dos disparos más al aire a mis espaldas. Pocos días después se convirtió en esa canción emblemática. Nos fuimos de esa casa poco tiempo después. Unos años más tarde, en un festival en Villa La Angostura, un ex jugador de fútbol que no voy a nombrar, se acercó a pedirme disculpas en nombre de aquel vecino y del barrio. Ahí se cerró la historia.

— Bersuit incorporó ritmos como la cumbia y la murga, poco habituales en el rock de esa época. ¿Cómo cuajó eso dentro de la banda?
— Con Carlitos (Martín, baterista), Pepe (Céspedes, bajista) y Charly (Bianco), que estuvo en los primeros años en la guitarra, éramos amigos y compañeros de música desde antes de Bersuit, en Barracas, donde nos juntábamos a tocar y a jugar. En ese ejercicio ya aparecían candombe, murga y cumbia, dentro de lo que podría llamarse jazz fusión. Pero cuando armamos Bersuit, en 1988, la idea fue hacer más una banda de rock, y esos ritmos quedaron tapados varios años. En 1996 pasó algo casual: un amigo subía la escalera de una sala de ensayo, escuchó que estábamos tocando una cumbia como divertimento y abrió la puerta diciendo “¿qué es esto? Está buenísimo”. Ese tema, “Comando Culo Mandril”, tenía años guardado. Fuimos a una radio y lo tocamos, y después apareció un candombe que ya rondaba. Fue como liberarnos y despojarnos de nuestros prejuicios.
— El disco de esta celebración por los 25 años de “Hijos del Culo” reúne invitados de géneros muy distintos: Lali, Cucuza Castiello, Luck Ra, Aristimuño, Pennisi. ¿A qué corresponde cada colaboración, a la búsqueda de un público nuevo o a una afinidad artística?
— Esta banda es tan rara y diversa en lo estilístico que eso le da la posibilidad de conectarse con artistas de géneros muy variados. Con Cucuza tengo una relación de varios años, voy a verlo al Faro y he cantado con él; participó en “El Darién” y en “Porteño de ley”, temas que tienen algo de lo que él mismo hace. Aristimuño eligió “Veneno de humanidad”, que le queda bien a su forma de decir y de cantar; es un artista muy fino, una especie de Spinetta moderno. Lali eligió ella misma la canción que cantó, le gusta la banda; es una chica muy sencilla y humilde, vino a los ensayos y a los dos shows de Ferro. Históricamente fuimos una banda cerrada en ciertos aspectos, y en estos últimos años nos abrimos mucho; creo que ganamos todos en ese intercambio.

— ¿Qué conexión puede tener un pibe como Luck Ra, bastante joven, con una canción creada hace 25 o 26 años?
— La canción es anterior a él mismo. Lo charlamos: él nos llamó porque tenía ganas de hacer una versión de “Toco y me voy”. Nos contó que quienes escuchaban Bersuit eran sus padres, y que de ahí mamó la canción y la banda. Estuvimos un día en su estudio trabajando con eso, después él la siguió con sus músicos y armó esa versión, que generó que muchos chicos conocieran el tema a través de él y no de nosotros.
— Construyeron una relación muy particular con la cultura del fútbol. ¿Por qué creés que consiguieron una conexión tan fuerte con ese público?
— Es medio misterioso. Tenemos algunas canciones futboleras, como “Toco y me voy” y “El baile de la gambeta”, y en otros temas pueden aparecer guiños. Pero además pasa algo con las melodías que la hinchada toma y adapta con su propia letra, incluso en temas que no tienen nada que ver, como “Todavía cantamos” o “Sobreviviendo” (de Víctor Heredia). Una vez, en la cancha, una hinchada cantaba “Todavía cantamos” y la otra le contestaba con “Sobreviviendo”. Es un fenómeno que no tiene una explicación muy lógica. Fuimos a tocar a un evento organizado por Rosario Central y cantaron varios temas nuestros.

— Una vez contaron que Maradona entró al camarín y les preguntó qué tenía que hacer para que fueran a tocar a su programa. ¿Qué dimensión tiene ese recuerdo con el paso del tiempo?
— Tiene una dimensión épica, porque es el Diego, y es diferente a todos, no solo en lo futbolístico sino como ser. Habíamos tenido una primera comunicación con él en 2001 o 2002, cuando quería que tocáramos en los 15 de una de sus hijas, pero se suspendió por un problema de salud que tuvo. En 2005, cuando estábamos con una agenda muy complicada entre Calamaro, cuando fuimos su banda, y Bersuit, Diego llamaba a nuestro manager para ir a “La noche del 10” y, como se venía postergando, entró directamente al camarín en un show nuestro y nos dijo “¿qué tengo que hacer para que venga a tocar a mi programa?”. Fuimos, y esa noche él se subió al escenario e hizo jueguitos con una pelotita de tenis mientras sonaba “El baile de la gambeta”. Fue un programa espectacular, tocaron Los Piojos y Los Ratones Paranoicos, hubo un homenaje a Rodrigo y estaba Mike Tyson.
— Siempre se dijo que la gira con Calamaro no terminó del todo bien. ¿Cuál es tu visión ahora que pasó tanto tiempo?
— Tuvimos un año muy bueno con él. Empezamos en 2004, primero para charlar, porque Andrés venía de muchos años de ostracismo y estaba muy para adentro. Después empezamos a escuchar sus canciones para tocarlas, a versionar acordes y letras, y eso llevó varios meses. Fue un proceso muy lindo, aunque raro, porque éramos una banda que estaba en un gran momento. El gran registro que quedó es el disco “El regreso”, con veinte o veintidós temas, aunque llegamos a tener un repertorio de cuarenta o cincuenta canciones. Con él la relación fue muy buena y no terminó mal; después Gustavo (Cordera) tuvo idas y venidas mediáticas de comentarios, pero nosotros no. Él había sido además padrino de nuestra banda en 1991, en un ciclo de bandas nuevas en el Teatro de las Provincias. Vino a vernos a Oliverio Mate Bar, nos fuimos a tomar unos tragos al Astral, y esa noche lo acompañé en versiones de “Mi caramelo” y “Nuestro Vietnam”. Esa noche vino también Javier Martínez, que terminó tocando un par de temas, enloquecido con la batería de Carlitos.

— ¿Cómo está hoy la relación con Gustavo Cordera?
— Hace tiempo que no hablo con él, pero en los años que pasaron siempre tuvimos una conexión. Hay otros compañeros míos que no volvieron a hablar nunca más con él, y yo respeto todas las posturas y los sentimientos. En su momento le dije que si quería volver a la banda tenía que comunicarse con sus compañeros, cosa que no pudo hacer.
— ¿Qué posibilidad hay de que en algún momento vuelvan a compartir un escenario?
— Mi opinión, que no puedo extender a los demás compañeros, es que teóricamente era posible, pero el tiempo me fue demostrando que es bastante difícil. Ya pasaron 17 años de todo esto. Igual, imposible no lo veo.
— ¿Cómo viviste en lo personal la época de la cancelación de Cordera tras una entrevista?
— Lo viví con dolor, porque siempre lo sentí un compañero, un amigo. Nos afectó mucho como banda porque, más allá de la distancia y las diferencias, nunca dejaron de relacionarnos con él. Pasamos juntos 20 años. Siempre lo voy a tener en el corazón.
Bersuit Vergarabat
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Thiago Medina volvió a sufrir un accidente tras el choque en el que casi muere: la foto que encendió las alarmas y su drástica decisión

La vida volvió a poner a prueba a Thiago Medina. Poco más de un año después del brutal accidente en moto que lo dejó al borde de la muerte, el exparticipante de Gran Hermano sufrió un nuevo percance, esta vez mientras entrenaba boxeo. El episodio le provocó una dislocación de hombro y lo llevó a mostrar en sus redes sociales cómo quedó después del mal movimiento.
El influencer había comenzado a practicar esta disciplina recientemente, con la intención de fortalecer su cuerpo. Sin embargo, lo que arrancó como una rutina de entrenamiento terminó de la peor manera cuando, durante una práctica de sparring, realizó un movimiento incorrecto y se lesionó.
“A veces el deporte te pone a prueba de la manera menos esperada. Empecé haciendo sparring y terminé con el hombro fuera de lugar”, explicó Thiago en una publicación que compartió en su cuenta de Instagram, donde mostró las consecuencias del accidente y dejó ver que deberá tener cuidado con la recuperación.
De todos modos, Medina buscó llevar tranquilidad a sus seguidores y aclaró que, pese al susto, no se trata de una lesión de gravedad. “Son cosas que pasan”, expresó, antes de remarcar que el episodio no modificó sus ganas de continuar con la actividad física. “Las ganas de seguir creciendo siguen intactas. Esto también es parte del camino. Está todo más que bien, no es nada de riesgo”, aseguró.
THIAGO MEDINA TUVO UN ACCIDENTE Y SE SACÓ EL HOMBRO DE LUGAR
Pero el accidente también reavivó el recuerdo de aquel choque en moto contra un auto que, hace poco más de un año, lo dejó al borde de la muerte. Por eso, cuando un seguidor le recomendó que no volviera a subirse a una moto, Thiago respondió sin vueltas y dejó en claro que tomó una determinación al respecto.
“No, tranqui, no me subo más”, contestó el mediático, tajante. La frase llamó la atención por el antecedente que arrastra y por el impacto que tuvo aquel episodio en su vida.
Mientras atraviesa las consecuencias de esta nueva lesión, Thiago intenta seguir adelante con sus proyectos y su entrenamiento. Esta vez, el accidente no tuvo la gravedad de aquel choque que conmocionó a sus seguidores, pero volvió a poner su salud en el centro de la escena.

Thiago Medina
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