ECONOMIA
Acuerdo Mercosur-UE y la guerra del agro: por qué celebra el campo argentino y hay alerta en Europa

El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea no es solo un tratado comercial largamente demorado. Es, ante todo, una pieza política en un tablero global que cambió de forma acelerada en los últimos años. Su sola existencia refleja tensiones internas, ganadores y perdedores potenciales, y una nueva lógica de alianzas en un escenario marcado por guerras comerciales, conflictos geopolíticos y debilitamiento del multilateralismo.
Para Argentina y los países del Mercosur y en particular para sus sectores agroindustriales el acuerdo aparece como una oportunidad estratégica largamente esperada. Para buena parte de Europa, en cambio, representa una concesión incómoda, especialmente en aquellos países donde la producción agrícola tiene fuerte peso político y simbólico.
Las negociaciones entre ambos bloques comenzaron hace más de 25 años, en un contexto internacional muy diferente al actual. Desde entonces, el comercio global se volvió más inestable, crecieron las tensiones entre Estados Unidos y China, se fragmentaron las cadenas de valor y reaparecieron políticas proteccionistas incluso en economías desarrolladas.
En ese escenario, el acuerdo Mercosur–UE funciona como una señal política, donde dos bloques relevantes deciden apostar, aun con dificultades, por reglas compartidas y mayor integración. No es casual que el tratado haya avanzado en paralelo a una creciente incertidumbre global. Para Europa, representa una forma de recuperar protagonismo comercial en un mundo donde su peso relativo viene en declive.
Por qué al agro sudamericano le conviene
Desde la perspectiva del Mercosur, el acuerdo encaja de manera casi natural con su estructura productiva. La región es altamente competitiva en la producción de alimentos y materias primas agroindustriales, precisamente los sectores donde la Unión Europea enfrenta mayores costos y restricciones.
El tratado mejora el acceso a uno de los mercados más grandes y ricos del mundo, con reglas claras y previsibles. Para los productores sudamericanos, eso implica no solo vender más, sino reducir la incertidumbre que históricamente caracterizó el vínculo con Europa, marcado por barreras sanitarias, ambientales o administrativas cambiantes.
Además, el acuerdo consolida condiciones que resultan clave para países con alta volatilidad interna. La fijación de cronogramas, topes y procedimientos limita el margen de maniobra para decisiones discrecionales y aporta previsibilidad, algo especialmente valorado por las cadenas agroindustriales, como por el ejemplo los derechos de exportación (retenciones).
Luego de conocerse el proceso de votación que dejó al acuerdo a un paso de su concreción, diferentes voces del sector agropecuario manifestaron sus posturas. Coninagro, que representa a las cooperativas de todo el país, celebró en redes sociales: «Este es un primer paso importante, le dará al campo argentino mayor potencial y un desarrollo a futuro con previsibilidad. El acuerdo no es solo un tratado comercial, es un puente de oportunidades para que la producción agropecuaria y agroindustrial argentina, demuestren su capacidad de competir en las ligas mayores de la calidad alimentaria».
A su vez, los cooperativistas puntualizaron: «Para las economías regionales, esto representa una ventana histórica. Poder colocar nuestras carnes, cítricos y vinos en góndolas europeas con mejores condiciones arancelarias; es sinónimo de más trabajo y arraigo en el interior de Argentina».
En esa misma línea, Maximiliano Díaz, socio de Endógena Consultora, señaló que «el acuerdo UE-Mercosur no se limita a los granos; también abre un abanico de oportunidades para una amplia gama de productos de la canasta exportadora argentina y de economías regionales, tales como arroz, miel y ajo, entre otros productos«.
Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario detalló cuánto terreno hay para crecer en la UE. En los primeros diez meses del 2025, la Argentina destinó el 9,8% de sus exportaciones a los 27 países que hoy conforman la Unión Europea (UE). «Esta participación representa el menor peso de la UE en exportaciones argentinas en al menos 35 años. Asimismo, de enero a octubre de ese año, el 13,7% de las importaciones traídas al país se originaron en países del bloque europeo. Esto representó la segunda participación más baja en tres décadas y media, solo con el 2022 marcando una peor participación que lo que va del 2025″, señalaron.
El documento agrega que el 85% de las exportaciones argentinas a la UE son productos de las cadenas agroindustriales, tomando el promedio de los últimos 10 años. Dentro de ellas destacamos a la harina de soja, principal producto de exportación del comercio exterior argentino y a la Unión Europea.
«Además de la baja de precios internacionales de los últimos años, los máximos de importaciones de dicho producto de la UE se ubican en las campañas 2010/11 y 2014/15, cuando el bloque europeo superó los 10 millones de toneladas de importaciones de harina y pellets de soja, volumen que en las últimas cosechas promedia las 8 Mt. De esta manera, el peso de la Unión Europea en las exportaciones de harina de soja pasó de representar más del 50% a principios de siglo, hacia el 40% a mediados de la década del 2010 y en las últimas campañas por debajo del 30% del total exportado», alertaron los expertos de la entidad.
Por qué genera resistencia en Europa
El principal foco de conflicto en Europa no está en la industria ni en los servicios, sino en el agro. Los productores europeos, en especial de países como Francia, Irlanda o Polonia, perciben el acuerdo como una amenaza directa, que los pone a competir con alimentos producidos a menor costo y en mayor escala en Sudamérica.
Los agricultores europeos temen que la entrada de productos más baratos baje aún más los precios internos, especialmente para carne, azúcar y otros bienes sensibles; y que, además, fuerce a productores europeos a reducir producción o cerrar operaciones, dada la diferencia en costos de producción y regulaciones.
En este contexto, la agricultura en la UE está altamente subsidiada (con más de €50.000 millones anuales en pagos directos), reflejando que es un sector costoso de mantener sin apoyo estatal. Así, muchos agricultores sienten que los subsidios no compensan ni igualan las ventajas competitivas de los exportadores de Mercosur, especialmente en proteínas animales y productos básicos.
Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay exportaron a la UE en 2023 unos 18.400 millones en productos agrícolas, lo que representó el 12,6% del total de importaciones agrícolas de la UE. Si esos flujos aumentan con el acuerdo, los agricultores europeos enfrentarían más competencia con productos sudamericanos más baratos o con menores costos de producción.
Esa resistencia se expresa en protestas, presión política y exigencias adicionales, particularmente en materia ambiental. La discusión sobre deforestación, trazabilidad y estándares productivos se convirtió en una herramienta para equilibrar una apertura que muchos consideran inevitable, pero políticamente costosa.
En ese marco, las exigencias ambientales funcionan tanto como una convicción genuina de política pública como un instrumento defensivo. El acuerdo refleja ese delicado equilibrio: abre mercados, pero incorpora compromisos y condicionamientos que buscan contener el impacto interno en Europa.
En el Viejo Continente, los agricultores expresaron su preocupación tras conocerse que la Unión Europea aprobó el acuerdo con Mercosur, ya que conlleva a su juicio «un alto costo para la agricultura» y «carece de garantías».
«La UE nos ha vuelto a vender en tierra plana. Este acuerdo comercial, como tantos otros, utiliza la agricultura como moneda de cambio. Sin exigir reciprocidad a las importaciones sudamericanas, fomenta más competencia desleal que expulsará a los agricultores y ganaderos, ya que será la gota que colma el vaso», dijo un dirigente ruralista de Valencia, España.
Tensiones internas y negociaciones cruzadas
El acuerdo también expone tensiones dentro de cada bloque. En el Mercosur, obliga a coordinar posiciones entre países con estructuras productivas distintas y, en algunos casos, competitivas entre sí. La distribución de cuotas y beneficios será un proceso político en sí mismo, con negociaciones finas y disputas de intereses.
En la Unión Europea, el tratado reabre debates sobre soberanía comercial, política agrícola común y relación entre comercio y ambiente. No todos los países europeos miran el acuerdo de la misma manera, y su ratificación depende tanto de factores económicos como de equilibrios políticos internos.
Más allá de los sectores puntuales, el acuerdo redefine posiciones en el mapa global. Para el Mercosur, representa una carta de presentación ante otros socios potenciales y una señal de que el bloque puede cerrar acuerdos complejos después de años de parálisis.
Para Europa, es una forma de diversificar vínculos en un mundo donde Estados Unidos y China concentran buena parte de la disputa comercial y tecnológica. América del Sur aparece como un socio estratégico proveedor confiable de alimentos, energía y recursos naturales, en un contexto de creciente inseguridad global.
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ECONOMIA
Caputo y Milei festejan la menor inflación en 8 años pero al mercado le preocupa lo que dejó el IPC

Para Luis Caputo, el IPC sigue siendo un dato digno de festejo, aun cuando se registró el séptimo mes consecutivo de aumento mensual de la inflación. Su argumento en simple y pragmático para celebrar el 2,8% de diciembre y el 31,5% anual: con los elementos que jugaban en contra, podría haber salido todo mucho peor.
El ministro destacó que la inflación estuvo relativamente contenida pese a que hubo «un contexto de reacomodamiento de precios relativos, la implementación de una flotación cambiaria y una fuerte contracción en la demanda de dinero, producto del feroz ataque político que derivó en una dolarización cercana al 50% del M2″.
Lo llamativo de su argumento es que, después de las elecciones legislativas, la inflación siguió su tendencia ascendente, a pesar de que ya se había despejado el «riesgo kuka«, al que anteriormente se culpaba por las actitudes defensivas de comerciantes y ahorristas, que incrementaban su demanda de bienes y de dólares.
En noviembre y diciembre, se verificó una caída de las tasas de interés, luego de la gran turbulencia generada en los meses previos a la elección de octubre. Además, se redujo notablemente la compra de divisas por parte del público minorista, que pasó de un boom dolarizador de u$s5.000 millones en octubre a compras por apenas u$s1.590 millones en noviembre.
En otras palabras, se vio en el último bimestre el indicio de una recuperación en la demanda de dinero por parte del público, según los propios funcionarios del gobierno se ocupaban de enfatizar. Sin embargo, los hechos parecían contradecir las declaraciones. Así, en las licitaciones del Tesoro, lejos de dejar pesos «sueltos» para mejorar la liquidez, Caputo prefería absorber la mayor cantidad de dinero posible.
¿El dólar es inocente?
En cuanto al dólar, el anuncio de cambio de régimen -ahora con un techo de la banda que ya no se mueve al 1% mensual, sino al ritmo de la inflación- no supuso un movimiento importante de la cotización: el tipo de cambio oficial se movió en diciembre un 1%, mientras que el «contado con liquidación» lo hizo en 1,5%.
Pero, en todo caso, el argumento que siempre ha defendido Javier Milei es que no existe relación de «contagio» entre el dólar y los precios.
Según la tesitura de Milei, es en estos momentos cuando debería revelarse el «principio de imputación de Menger». Es decir, la teoría que defiende que son los precios los que determinan los costos, y no al revés.
Milei suele sintetizar ese postulado teórico en una expresión mucho más gráfica respecto de en qué parte de la anatomía de los comerciantes se guardarán los stocks de mercadería no vendidos. Y, por lo tanto, la visión oficial es que, ante la falta de convalidación de la demanda, debería registrarse una caída de los precios hasta ubicarse en el nivel aceptado por los consumidores.
Como suele ocurrir, los economistas no se ponen de acuerdo en este punto: para algunos, lo que está ocurriendo refleja que esa tesis es incorrecta, porque los precios dan señales de seguir subiendo. Pero otros argumentan que, si en medio de una turbulencia del dólar y las tasas, los precios apenas tuvieron una pequeña variación, es precisamente por la «ayuda de Menger».
El factor carne, uno de los culpables del repunte de la inflación
Hay más curiosidades en el festejo oficial: hace unos meses, el argumento de Milei y Caputo era que, aunque el IPC estuviera subiendo, lo importante era que se mantenía contenida la «inflación núcleo«, que excluye a los precios regulados y los de productos estacionales.
Ahora, ni siquiera queda ese consuelo: la inflación núcleo tuvo una variación de 3%, es decir, mayor a la del IPC, mientras que los productos estacionales apenas registraron aumentos del 0,6%.
Sí es cierto que hubo una fuerte incidencia en los servicios de precios regulados, que aumentaron un 3,3%. Pero ese dato tampoco trae tranquilidad a futuro, dado que el shock de los servicios no terminó en diciembre, sino que continuó en el inicio de año, con las subas tarifarias de la energía.
¿Qué pasó, entonces? Uno de los grandes culpables del repunte inflacionario de fin de año es la carne. Los números son contundentes: el asado aumentó un 13% en diciembre, mientras el corte de cuadril subió un 10,4%.
Es cierto que diciembre, por las fiestas, suele ser un mes de aumentos en los precios cárnicos, que tienen una fuerte incidencia en la canasta del Indec. Pero también es cierto que los expertos están advirtiendo que lo ocurrido no se trató de una excepción estacional, sino que es el síntoma de una reducción en la población vacuna del país.
En el sector ganadero, el debate del momento es el alto índice de faena de hembras jóvenes, lo que impide la reposición del stock y puede inducir a una menor oferta de carne en el mediano plazo. Hay quienes responsabilizan al gobierno, por la presión impositiva sobre los productores y la desregulación del peso mínimo de la faena.
Argumentos para los críticos de la política anti inflacionaria del Luis Caputo
Lo cierto es que los más críticos del plan económico están encontrando cada vez más motivos para poner en duda la eficacia de la política anti inflacionaria. Para empezar, porque esta tendencia ascendente del IPC ocurre en coincidencia con el superávit fiscal.
Además, ya pasó el famoso período de 18 meses que, según la teoría que defiende Milei, se demora para que la contracción monetaria se vea reflejada en las góndolas de los supermercados.
Esto lleva a dos posibles explicaciones, ambas difíciles de aceptar por el gobierno: o bien el superávit fiscal no es la condición suficiente para frenar la inflación, o son ciertas las críticas de quienes dicen que la contabilidad oficial tergiversa el resultado fiscal, al no contabilizar los intereses capitalizados de los bonos del Tesoro.
Y, a partir del próximo mes, ya entra en vigencia el nuevo sistema cambiario, con lo cual el techo de la banda correrá a 2,5% en enero y a 2,8% en febrero. Para quienes creen en el ancla fiscal -y, en los hechos, Caputo ha demostrado ser uno de ellos- se trata de una mala noticia.
Para que la inflación del 2026 se ubique en torno de 20%, como espera el gobierno, el IPC mensual promedio debería ser de 1,6%. Si, en cambio, se mantuviera el nivel inflacionario registrado en diciembre, no sólo no se reduciría la inflación de 2025, sino que se incrementaría hasta el nivel de 39%.
El peor dato para el Gobierno
Lo cierto es que parece más difícil que nunca el cumplimiento del pronóstico de Milei, quien había adelantado que en agosto de este año la inflación sería menor a 1%. El presidente volvió, como siempre, a colmar de elogios a su ministro de economía en las redes sociales. Sin embargo, esta vez se abstuvo de apelar a explicaciones técnicas para suavizar el hecho de que se registró el séptimo mes de inflación al alza y que el IPC se acerca peligrosamente al nivel de 3% mensual.
Y, acaso, el peor dato para el Fobierno no estuvo en el reporte de la inflación, sino en el de la canasta de pobreza y la de indigencia: ambas registraron aumentos de 4,1% en el último mes del año.
Así, ya van tres meses consecutivos en que estos indicadores se mueven más rápido que la inflación promedio, lo cual empaña el discurso oficial sobre la tendencia a la disminución de la pobreza.
Quienes ya tomaron nota de ese agravamiento son los dirigentes sindicales, que están revisando al alza sus peticiones de reajuste salarial, en su mayoría a negociarse en el primer trimestre del año.
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ECONOMIA
El Gobierno enfrenta un test clave de deuda en pesos: vencen $9,6 billones y hay expectativa por las tasas de interés

El Ministerio de Economía afrontará este miércoles una prueba clave en el mercado de deuda en pesos, con vencimientos por $9,6 billones. Se trata de la primera licitación en moneda local del año y llega inmediatamente después del pago del primer compromiso en moneda extranjera más significativo de 2026.
La operación estará a cargo de la Secretaría de Finanzas y tiene como objetivo principal renovar los compromisos que vencen, en su mayoría correspondientes a dos Letras del Tesoro capitalizables (LECAP). El resultado de la licitación permitirá medir el apetito de los inversores por los instrumentos en pesos y la capacidad del Tesoro para refinanciar su deuda sin convalidar un fuerte aumento del costo financiero.
La oferta diseñada para esta subasta contempla letras capitalizables, bonos ajustados por inflación, instrumentos vinculados al dólar y opciones a tasa fija. La estrategia oficial apunta a extender los plazos de vencimiento y, al mismo tiempo, reducir la tasa de interés implícita de la deuda.
La licitación se desarrollará en un escenario de “falta de pesos” en la plaza financiera, situación que se reflejó en un fuerte aumento de las tasas de interés en los últimos días. Para los especialistas, esta dinámica introduce un factor de incertidumbre adicional, ya que puede condicionar tanto el nivel de participación de los inversores como las tasas que el Tesoro deba convalidar para lograr un alto grado de renovación.
Los analistas siguen de cerca las decisiones que tomará el ministro de Economía, Luis Caputo, en esta licitación. Uno de los puntos centrales será el nivel de ofertas que reciba la Secretaría de Finanzas por parte de los bancos y otros inversores institucionales, así como el costo al que estarán dispuestos a prestarle pesos al Estado en un contexto de elevada volatilidad.
Emilio Botto, jefe de Estrategia de Mills Capital Group, explicó que “el Tesoro necesita lograr un alto nivel de renovación (rollover) y una buena demanda de los instrumentos ofrecidos, de modo que el mercado perciba que hay liquidez y voluntad de continuar financiando al Estado sin presiones adicionales de tasas o de dólar”. En ese sentido, advirtió que este resultado es clave “para sostener la confianza financiera y evitar que se disparen las primas de riesgo o el dólar financiero”. No obstante, señaló que “las tasas de corto plazo están muy volátil, lo que demostraría que la liquidez es escasa”.
Otro elemento que estará bajo análisis es el equilibrio que deberá buscar el equipo económico entre dos objetivos que, en el corto plazo, pueden resultar contradictorios. Por un lado, el Tesoro necesita absorber pesos para recomponer parte de los fondos utilizados recientemente en la compra de dólares para afrontar el fuerte vencimiento en moneda extranjera. Por otro, también requiere volcar pesos al mercado para contribuir a estabilizar las tasas de interés y monetizar la economía, en un contexto de restricción de liquidez.
Desde Aurum Valores destacaron que “el Tesoro Nacional licitará mañana instrumentos en pesos y dólares para renovar vencimientos por casi $10 billones”. Detallaron que el menú incluirá “3 LECAP (42, 91 y 185 días), 1 BONCAP (junio 2027), 1 Letra TAMAR (agosto 2026), 4 CER cupón cero (mayo 2026, noviembre 2026, junio 2027 y junio 2028) y 2 LELINK (febrero 2026 y marzo 2026)”. Para la consultora, esta será “la primera salida al mercado del Tesoro en el año en un contexto desafiante, marcado por la falta de liquidez del sistema”.
Una visión similar expresaron desde Max Capital, desde donde remarcaron que la licitación se da en un escenario complejo por la escasez de pesos en el sistema financiero. Según la firma, la composición del menú refleja el intento oficial de ofrecer alternativas para distintos perfiles de inversores, combinando instrumentos de corto y mediano plazo, con y sin ajuste por inflación o tipo de cambio.
En términos operativos, la Secretaría de Finanzas pondrá a disposición del mercado letras capitalizables en pesos con vencimientos en febrero, mayo y noviembre de 2026, así como un bono capitalizable con vencimiento en junio de 2027. También se ofrecerá una letra a tasa TAMAR con vencimiento en agosto de 2026. En el segmento ajustado por inflación, se licitarán letras y bonos CER con vencimientos que van desde mayo de 2026 hasta junio de 2028. Además, el menú se completa con letras vinculadas al dólar, con vencimientos en febrero y marzo de 2026.
Ignacio Morales, de Wise Capital, señaló que “la Secretaría de Finanzas intentará reabsorber mañana la totalidad de unos $9,6 billones en vencimientos de bonos y letras en manos de inversores privados, en un escenario marcado por la volatilidad de las tasas de interés y una fuerte concentración de compromisos en el corto plazo”. Para el analista, el resultado permitirá evaluar la capacidad del Tesoro para administrar el perfil de vencimientos en un contexto financiero exigente.
El foco del mercado estará puesto en el porcentaje de renovación que logre el Gobierno y en la señal que deje la tasa de interés convalidada en la licitación. Un alto nivel de rollover aliviaría las necesidades de financiamiento inmediato y podría contribuir a reducir tensiones en el mercado de pesos. En cambio, una demanda más débil o tasas significativamente más elevadas podrían reflejar las dificultades que enfrenta el Tesoro para refinanciar su deuda en un contexto de liquidez limitada.
La licitación de este martes se perfila así como un test clave para la estrategia financiera del Gobierno en el arranque del año. Más allá del resultado puntual, los inversores buscarán señales sobre la hoja de ruta oficial en materia de deuda en pesos, la administración de la liquidez y el manejo de las tasas de interés en los próximos meses.
Con información de NA
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ECONOMIA
Cómo quedó Argentina en el ranking de inflación frente a otros países del mundo y la región

El Gobierno celebró este miércoles el dato de inflación más bajo de los últimos ocho años, en un contexto en el que la economía argentina viene de arrastrar dos ejercicios consecutivos con registros anuales de tres dígitos. De acuerdo con la medición oficial, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) cerró 2025 con un alza del 31,5%, lo que marca una desaceleración significativa en comparación con años previos.
Sin embargo, pese a esa mejora, la Argentina volvió a ubicarse entre los países con mayor inflación de la región y del mundo.
La inflación anual más baja desde 2017: cómo quedó Argentina en el ranking
El INDEC informó este martes que la inflación de diciembre fue del 2,8% mensual, el valor más elevado desde abril, cuando se dispuso la flexibilización del cepo cambiario para ahorristas minoristas. Con ese registro, el incremento de precios acumulado a lo largo de 2025 alcanzó el 31,5% punta a punta.
Para encontrar un dato anual similar hay que retroceder hasta 2017, cuando la inflación fue del 24,7%. A partir de allí, la trayectoria fue claramente ascendente: 47,6% en 2018, 53,8% en 2019 y luego un descenso transitorio al 36,1% en 2020, un año atípico atravesado por la pandemia de Covid-19. El proceso inflacionario retomó fuerza en los años siguientes, con un 50,9% en 2021 y un salto al 94,8% en 2022. En 2023, la inflación cerró en 211,4%, superando por primera vez las tres cifras desde la última hiperinflación de comienzos de los años ’90. Ya en 2024, el primer año completo del gobierno de Javier Milei, el IPC retrocedió al 117,8%, para luego desacelerar con fuerza en 2025.
Aun con esa baja interanual, la inflación argentina continúa en niveles que solo un puñado de países comparte. Un caso comparable es Turquía, que terminó 2025 con un IPC acumulado del 30,89%. Por encima se ubica Irán, que en medio de un fuerte conflicto sociopolítico cerró el año pasado con una inflación del 52% anual, según datos de su centro estadístico.
Existen además países que liderarían el ranking global, aunque la falta de estadísticas oficiales confiables impide contar con cifras transparentes. De acuerdo con las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) incluidas en el informe de Perspectivas Económicas de octubre, Sudán habría cerrado 2025 con una inflación del 87,2%, Sudán del Sur con 97,5% y Venezuela con 269,9%, en un contexto de «apagón estadístico» que se arrastra desde mayo. El FMI también había estimado una inflación del 89% para Zimbabue, aunque el gobierno de ese país informó oficialmente un 15%, tras la introducción de una nueva moneda.
Si se toman como válidas las proyecciones del organismo internacional y se excluye a Zimbabue del ranking, la Argentina habría finalizado 2025 en el quinto lugar a nivel mundial:
- Venezuela: 129,9%
- Sudán del Sur: 97,5%
- Sudán: 87,2%
- Irán: 52%
- Argentina: 31,5%
No obstante, las perspectivas para 2026 muestran un escenario más alentador: el FMI prevé que la inflación local descienda hasta el 16,4% en los próximos 12 meses, lo que implicaría un retroceso de varios escalones en la comparación internacional.
Para el año próximo, por delante de la Argentina se ubicarían Zimbabue (18,2%), Yemen (18,5%), Nigeria (22%), Turquía (24,7%), Haití (26,2%), Burundi (26,3%), Myanmar (28%), Irán (41,6%), Sudán (54,6%) y Venezuela (682,1%), siempre según estimaciones del FMI.
A nivel global, el FMI proyectó que la inflación mundial fue del 4,2% en 2025 y que se moderará al 3,7% en 2026. «La inesperada resiliencia de la actividad y el escaso aumento de la inflación no solo reflejan que el shock arancelario resultó ser menos profundo de lo que se anunció originalmente, sino también una serie de factores que proporcionan alivio momentáneo, pero que no fortalecen los fundamentos económicos subyacentes», explicó el organismo.
El ranking de América Latina
Dentro de América Latina, la mayoría de los países cerró el año con inflaciones de un solo dígito. Las excepciones fueron Venezuela, la Argentina y Bolivia, que en este último caso acumuló un 20,4% en 2025, el nivel más alto en casi cuatro décadas. Más atrás se ubicaron Colombia (5,1%), Honduras (4,98%), Brasil (4,26%), México (3,69%), Uruguay (3,65%), Chile (3,5%), Paraguay (3,1%) y Ecuador (1,9%).
En Guatemala, los precios subieron 1,65% interanual, mientras que en Perú el avance fue del 1,51%. El Salvador, con una economía dolarizada, cerró el año con un IPC del 0,91%, y Costa Rica fue el único país de la región que registró deflación, con una caída interanual del 0,99%.
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