ECONOMIA
La razón por la cual no hubo «fiesta bursátil» y se diluyó rápido la euforia post condena a Cristina Kirchner

La puja política del momento consiste en imponer el «relato» sobre quién es el responsable del elevado índice de riesgo país argentino. Como era previsible, en el gobierno se celebró la suba marginal de los bonos de deuda soberana -implicó caída de 4 puntos en el índice EMBI- como una consecuencia directa de la prisión de Cristina Kirchner.
Sin embargo, en el mercado se escuchan muchas voces discrepantes sobre esa relación lineal entre la condena a la líder de la oposición y una percepción de menor riesgo crediticio para Argentina.
Para empezar, porque la reacción del mercado no mostró movimientos drásticos. De hecho, entre las acciones de empresas locales que cotizan en Wall Street predominaron las caídas, con pérdidas de hasta 5,6% en las cotizaciones. Y en la bolsa local, el Merval, luego del rebote del martes, tuvo un «regreso a la normalidad».
En tanto, en el universo de los bonos en dólares, los resultados fueron mixtos, con mejoras marginales en los títulos de legislación extranjera y caídas en los de legislación local.
En principio, es una reacción que no justifica el festejo que las huestes de Javier Milei trataron de instalar en las redes. El «desplome» del riesgo país implicó, después de todo, un regreso al nivel de mediados de mayo y todavía está lejos del mínimo alcanzado durante la gestión «libertaria» -560 puntos básicos en enero pasado-.
No faltan quienes, desde la línea oficialista, afirman que la verdadera reacción de los mercados a la condena de Cristina había ocurrido el martes -cuando se pasó de 686 a 655 puntos básicos. Pero la realidad es que hasta último momento circularon fuertes versiones sobre una eventual postergación de la decisión, que podría permitirle a la ex presidente inscribir su candidatura.
Por lo tanto, resulta difícil atribuirle al mercado una reacción por adelantado sobre un hecho político que no se había consumado.
¿Se festejó la «marcha atrás» de Caputo?
Más bien, hay cierto consenso de los analistas respecto de que el rebote de las cotizaciones que se vio el martes estuvo vinculado con los anuncios económicos, y principalmente el reconocimiento, por parte de Toto Caputo, de que el gobierno buscará la forma de comprar dólares dentro de la banda sin inyectar pesos a la economía -mediante la licitación de u$s1.000 millones por mes en bonos del Tesoro-.
Ese anuncio había sido hecho en la noche del lunes por un comunicado del Banco Central, y luego, en la mañana del martes, la plana mayor del equipo económico hizo anuncios tranquilizadores, que incluso fueron interpretados como una «marcha atrás de definiciones previas». Por caso, Caputo aclaró expresamente que no es intención del gobierno forzar una caída del tipo de cambio hasta el piso de la banda de flotación, y hasta reconoció que una situación de ese tipo agravaría los problemas de competitividad de economías regionales.
Además, hubo un anuncio controvertido -la eliminación del «parking» obligatorio de seis meses para inversores extranjeros-, que generó críticas por la laxitud regulatoria pero que, en definitiva, va en el sentido de favorecer el ingreso de divisas y, por lo tanto, de cumplir el reclamo de que el BCRA acumule reservas.
En julio, el calendario financiero marca vencimientos por u$s4.800 millones, y hasta los últimos anuncios -que incluyen el ingreso de u$s2.000 millones por préstamos en modalidad «repo»- persistían las dudas sobre qué tan sólida era la posición oficial como para cumplir con sus compromisos sin sufrir un desplome en las reservas.
¿Es Cristina o son las reservas?
La ecuación «kirchnerismo es igual a riesgo país» ha sido una constante durante la gestión Milei, pero tomó especial fuerza en las últimas semanas, cuando se notaron evidentes señales de incertidumbre en el mercado, a pesar del levantamiento del cepo cambiario.
El centro de la polémica era la negativa del Banco Central a comprar dólares, con el argumento de que eso implicaría poner un «piso dentro de la banda» y que, además, se corría el riesgo de inyectar pesos al mercado que no necesariamente respondieran a un genuino aumento en la demanda de dinero.
Economistas muy influyentes en el mercado -y a quienes nadie puede acusar de afines al kirchnerismo- como Ricardo Arriazu, Domingo Cavallo, Martín Redrado y Ricardo López Murphy, se mostraron críticos de la nueva fase del plan económico.
Y lo que agravó la situación fue un artículo escrito por el propio Milei en el que minimizaba la gravedad del déficit en la cuenta corriente. Su argumento era que, a diferencia de otros momentos en los que ese «rojo» derivó en crisis devaluatorias, esta vez la situación era diferente por la presencia del superávit fiscal.
Pero el mercado no pareció tranquilizarse con esas definiciones, sobre todo cuando el déficit para este año se estima en u$s8.000 millones y las exportaciones sufren el castigo de la caída de precios en el mercado global.
Fue así que el índice de riesgo país tocó los 700 puntos a inicios de junio. Pero desde el gobierno ya tenían preparada la explicación para el malestar de los mercados, y no tenía que ver con el rumbo económico sino con el kirchnerismo.
Ocurre que para esa fecha Cristina Kirchner había confirmado su intención de participar en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, en la lista a diputada por la tercera sección del conurbano. En la visión oficialista, ese solo anuncio bastó para que se generase el temor a un fortalecimiento político del kirchnerismo, y por eso los inversores reaccionaron con actitudes defensivas.
Se fundaba esa acusación en los proyectos de ley que ponen en riesgo el superávit fiscal -como la aprobada extensión de la moratoria previsional-, en la negativa a reconocer la legalidad del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional o en el aviso de que, si el peronismo vuelve al poder, se considerará como evasores a los ahorristas de dólares «amnistiados» por el nuevo régimen tributario.
En la expectativa del gobierno, un resultado favorable en la elección legislativa de octubre que le otorgue una mayoría propia en el Congreso, impulsaría la baja del índice EMBI hasta la zona de 450 puntos.
La guerra de relatos financieros
Lo cierto es que, cuando se plantea en términos de «guerra de relatos», el análisis suele simplificarse demasiado. Los veteranos del mercado saben que la percepción de riesgo crediticio de un país depende de muchos factores, de los cuales la situación política forma parte importante pero no es la única. También, naturalmente influyen indicadores clave, como el ratio de deuda respecto del nivel de exportaciones y la cantidad de reservas en el Banco Central.
Durante la jornada financiera del miércoles, varios analistas dejaron entrever su decepción por el hecho de que no se haya producido una reacción alcista en el mercado de capitales cuando no solamente pesaba el «factor Cristina» sino que además se oficializaba el ingreso del «préstamo repo» por u$s2.000 millones.
Esto fue lo que llevó a los más escépticos sobre el programa oficial a señalar que no alcanza con un relativo fortalecimiento en la posición política del gobierno, sino que para que Argentina pague tasas más bajas se necesita un programa cambiario sostenible, algo sobre lo que está lejos de haber consenso.
Además, hay movimientos que ni siquiera dependen de Argentina sino del mercado global, como los ajustes de las tasas de la Reserva Federal y las fluctuaciones en el precio de las materias primas.
De hecho, un análisis de la gestora de fondos Adcap muestra que la caída del índice registrada durante la gestión de Milei coincidió con medidas desregulatorias, pero sugiere además que parte de la mejora estuvo influenciada por la baja de tasas en el escenario global.
Una mirada al pasado reciente puede ayudar a entender ese punto. En 2007, el índice de riesgo país argentino era de 200 puntos. Gobernaba Néstor Kirchner, el país tenía un récord de juicios en el tribunal del Ciadi por parte de los accionistas de empresas privatizadas y la cuarta parte de los acreedores de la deuda pública habían rechazado el plan de canje de la deuda con una fuerte quita del capital y litigaban en tribunales de Nueva York.
Cristina Kirchner y el riesgo país
Durante el primer mandato de Cristina, el riesgo país se mantuvo en torno a los 400 puntos, y recién subió con fuerza tras la instauración del cepo.
Con la llegada de Mauricio Macri al poder y el arreglo con los «fondos buitres», se reabrió el mercado de crédito, lo que llevó a un paulatino descenso del índice EMBI. El punto más bajo se produjo a fines de 2017, cuando se alcanzaron los 342 puntos. Puede atribuirse ese logro a la victoria del macrismo en las legislativas de medio término, pero también es cierto que había u$s55.000 millones en las reservas del BCRA y que el PBI había retomado el crecimiento.
No fue necesario que Cristina Kirchner empezara a subir en las encuestas para que el índice subiera: ya con la saga de devaluaciones de 2018 se volvió al entorno de los 600 puntos, y se alcanzó un pico de 1.000 puntos básicos en mayo de 2019. Probablemente haya influido el anuncio de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner, pero lo cierto es que el mercado de crédito ya estaba cerrado para el país, que dependía absolutamente del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.
El momento que sí justifica la argumentación de que un cambio político puede agravar la percepción de riesgo ocurrió tras la derrota macrista en las PASO, en agosto. El índice tuvo un salto desde 871 puntos previo a los comicios hasta un nivel de 1.741 puntos. En simultáneo, se retiraron del sistema bancario el 10% de los depósitos en apenas un día.
Durante la mayor parte del período peronista el índice se mantuvo en torno de 2.000 puntos, y recién cayó por debajo de 1.000 puntos en octubre de 2023, cuando Milei se empezó a perfilar como ganador de la elección. Aun así, en lo que va de la gestión libertaria no se logró que el riesgo volviera a los niveles de hace 10 años.
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ECONOMIA
Obligaciones negociables: una inversión segura con altos rendimientos de hasta 10% en dólares

En un escenario donde el ahorrista argentino sigue buscando alternativas para proteger su capital en moneda dura, las obligaciones negociables (ON) vuelven a ganar protagonismo como una de las inversiones más atractivas del mercado.
Emitidas por empresas privadas, con rendimientos en dólares que superan ampliamente a los instrumentos tradicionales y con un riesgo acotado, las ON se consolidan como una opción cada vez más elegida tanto por inversores sofisticados como por pequeños ahorristas.
Las obligaciones negociables son títulos de deuda corporativa mediante los cuales las empresas se financian en el mercado de capitales. A cambio, se comprometen a pagar intereses periódicos y a devolver el capital al vencimiento. A diferencia de las acciones, no otorgan participación en la compañía, pero sí ofrecen previsibilidad en los flujos y una rentabilidad conocida desde el inicio.
Desde Balanz sostienen que «es un instrumento que se comercializa en el mercado de capitales tanto local como internacional».
A lo anterior, agregan: «Es un activo de renta fija, ya que representa una promesa cierta de repago futuro tanto de su capital como del interés».
En lo que hace a los fundamentos de las mismas, «son una fuente de financiamiento para la empresa emisora y una posibilidad de inversión para los inversores», concluyen.
Uno de los principales atractivos de las ON es su rentabilidad en dólares. Mientras los plazos fijos en moneda extranjera pagan tasas de interés que en el mejor de los casos llegan al 5,5% anual, las ON hoy ofrecen retornos que pueden llegar al 10% anual en dólares, e incluso más en algunos casos puntuales. Este diferencial explica por qué crecieron con fuerza en las carteras conservadoras y moderadas.
A esto se suma que la mayoría de estas emisiones corresponden a empresas líderes, con ingresos dolarizados o vinculados a sectores estratégicos como energía, petróleo, gas, telecomunicaciones y agroindustria. Compañías como YPF, PAE, Vista, Tecpetrol, Telecom o Arcor han recurrido en reiteradas oportunidades al mercado para financiar proyectos de expansión, lo que refuerza la percepción de solidez detrás de estos instrumentos. A manera de ejemplo, a continuación se menciona algunas de ellas con la tasa de interés anual, que por lo general pagan en forma semestral:
- Mastellone Clase G: 10,9%
- Edenor Clase 3: 9,75%
- Telecom Clase XXI: 9,7%
- Pampa Energia Clase 9: 9,13%
- Vista Energy: 8,5%
Cómo se invierte en ONs
Desde IOL aportan que «se puede invertir en las suscripciones que participe IOL tanto para nuevas Obligaciones Negociables como para reaperturas de ONs que ya fueron emitidas. Se debe tener en cuenta que tienen fechas límite, pero se puede conocer de antemano toda la información como el monto mínimo, la tasa de interés y el riesgo de la empresa».
Pero, además, agregan que «se puede comprar y vender Obligaciones Negociables en el mercado secundario cualquier día hábil con pesos o dólares en horario de rueda, para lo cual es conveniente seguir de cerca como evolucionan las cotizaciones y la liquidez».
Qué las diferencia de otros instrumentos
Otro punto clave es la seguridad relativa que ofrecen frente a otras alternativas en dólares. Si bien ninguna inversión está exenta de riesgo, las ON cuentan con mayor respaldo que los bonos soberanos y, en muchos casos, incluyen cláusulas de protección para el inversor, como garantías, fideicomisos de pago o prioridad de cobro frente a otros acreedores. Además, al tratarse de deuda corporativa, su desempeño está más vinculado a la salud financiera de la empresa que a la volatilidad política o fiscal del país.
Desde el punto de vista operativo, las ON también resultan accesibles. Se pueden comprar y vender en el mercado secundario a través de un bróker, en pesos o en dólares, y algunas emisiones permiten ingresar con montos relativamente bajos. Esto democratizó el acceso a un instrumento que durante años estuvo reservado a grandes inversores institucionales.
En términos de liquidez, si bien no todas las ON tienen el mismo volumen de operaciones, las más negociadas permiten salir antes del vencimiento sin mayores inconvenientes. Esto les da flexibilidad frente a otros instrumentos de renta fija que obligan a inmovilizar el capital durante largos períodos.
El contexto macroeconómico también juega a favor. Con un escenario de mayor estabilidad cambiaria, expectativas de inflación estable o en el mejor de los casos a la baja y una reconfiguración del mercado financiero local, las ON aparecen como un puente ideal para dolarizar carteras sin necesidad de recurrir al dólar billete ni asumir riesgos excesivos. Para muchos inversores, representan un equilibrio atractivo entre seguridad, rendimiento y previsibilidad.
No obstante, los especialistas recomiendan analizar cada emisión en particular: evaluar el perfil crediticio de la empresa, el plazo, la tasa, la moneda de pago y las condiciones legales. Diversificar entre distintas ON y sectores también es clave para reducir riesgos.
En síntesis, las obligaciones negociables se posicionan como una de las mejores alternativas para quienes buscan invertir en dólares, con rendimientos altos y un riesgo controlado, en un mercado que vuelve a ofrecer oportunidades para el ahorrista argentino. En tiempos de incertidumbre, la renta fija corporativa vuelve a ocupar un lugar central en las estrategias de inversión.
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ECONOMIA
Cambios en la tarjeta de crédito: se usa menos para financiar compras y más para llegar a fin de mes

El uso de la tarjeta de crédito por parte de los consumidores argentinos tiene más relación con la necesidad de llegar a fin de mes ante aprietos económicos que con su intención de mejorar sus consumos. El hábito de tarjetear, de esa manera, es una señal de alarma en la “situación financiera desgastada” antes que un signo de optimismo, según un informe de D’Alessio IROL.
La morosidad en el financiamiento con tarjetas alcanzó el 8% y eso, asegura el reporte, “es una señal temprana de fatiga económica en una clase media que sigue pagando, pero cada vez con menos margen de error. En este contexto, la tarjeta deja de ser un instrumento de conveniencia para convertirse en una herramienta defensiva. Se usa para llegar, no para crecer».
Pagar con plástico, de esa forma, se volvió “una forma de administrar el límite y estirar el mes. Cuando el ajuste se prolonga, esa estrategia empieza a mostrar desgaste”.
El Estudio Sistemático de Medios de Pago elaborado por D’Alessio IROL revela que en 2025 el 35 % de los argentinos enfrenta dificultades para afrontar las deudas crediticias, las de tarjeta de crédito en particular, un fenómeno que afecta especialmente al grupo de entre 35 y 45 años que recién comienza a formar familia, sin distinción de nivel socioeconómico. Además, el informe detalla que 2 de cada 10 encuestados destina el 75 % de sus ingresos al pago de deudas.
La investigación indica que 6 de cada 10 personas observan cada vez más obstáculos para “mantener su economía personal en la calidad de vida respecto al año anterior”, y que el ajuste económico ”dejó de ser coyuntural para volverse parte de su vida cotidiana“. Y en lo que hace al dinero plástico destacó que, según datos oficiales, el 90,7% de las operaciones con tarjeta se hacen en un solo pago. Por ello, el uso de la tarjeta como vía de financiamiento para el consumo se ve reducido a atrasar el pago para transitar el fin de mes con mayor holgura.
Frente a este panorama, el estudio afirmó que el 81% de los argentinos ha modificado sus hábitos de consumo para adaptarse a la coyuntura, con estrategias que combinan de planificación, flexibilidad y búsqueda activa de ahorro. A la hora de comprar, el 44 % opta por la adquisición semanal en supermercados, mientras que el 36 % alterna compras grandes con pequeñas transacciones, eligiendo entre supermercados y comercios chinos, motivados por la búsqueda de promociones y descuentos.

Este escenario se enmarca en un contexto en el que, según la investigación de D’Alessio IROL, un 61% de los encuestados dijo en diciembre pasado que su situación económica personal es peor que un año atrás mientras que solamente el 34 aseguró estar mejor.
En base a estos datos, el estudio concluyó que en la Argentina actual la tarjeta de crédito funciona como puente de liquidez y no como motor de crecimiento de la economía personal.
“El riesgo ya no es solo la morosidad, sino la fatiga financiera silenciosa. El crédito no se usa para crecer, se usa para llegar a fin de mes”, señaló el estudio.
Destacó además que la utilización de tarjetas de crédito alcanza una presencia dominante en todos los niveles socioeconómicos de la población argentina, con porcentajes elevados en todos los casos de usuarios que informan haberlas utilizado para compras en el último mes, de acuerdo con el Estudio Sistemático de Medios de Pagos de D´Alessio IROL.
Una tendencia reflejada es la multiplicidad de opciones: solo el 10% de los usuarios utiliza un único medio de pago, mientras que, en promedio, cada persona dispone de al menos 5 alternativas para pagar y utiliza de manera habitual 4 de ellas. Este panorama marca un giro fundamental en la relación con el sistema financiero, “donde se privilegia la evaluación constante de cada medio de pago sobre la exclusividad de un solo proveedor».
El 89% de los usuarios consultados en la investigación dijo no abandonar su medio de pago principal, aunque sólo el 30% lo prioriza frente a otras alternativas. Lejos de atarse a la fidelidad de una determinada tarjeta o aplicación, las múltiples opciones dieron paso a una elección continua en cada transacción.
ECONOMIA
Caputo no dejó pesos sueltos en el mercado, pero tuvo que resignarse a pagar una tasa mucho más alta

Luis Caputo había llegado a su primera licitación del año más necesitado de liquidez que nunca. Con apenas $3 billones en la cuenta del Tesoro, no podía darse el lujo de dejar en la calle una cantidad importante de pesos, que necesita para comprarle dólares al Banco Central. Por otra parte, el dato de la inflación de diciembre confirmó las sospechas sobre la persistencia de una baja demanda de dinero por parte del público.
Una situación muy diferente a la de hace tres meses, cuando el ministro, en ese momento preocupado por la aguda falta de liquidez del sistema financiero, había renovado apenas un 45% de los vencimientos.
Pero en ese lapso muchas cosas cambiaron: el BCRA volvió a comprar dólares, con lo cual inyecta pesos al mercado, y las tensiones inflacionarias ya resultan inocultables.
En consecuencia, no resultó sorpresivo que consiguiera un «rolleo» casi total de los $9,6 billones que vencían este miércoles. La renovación del 98% implica que dejó en el mercado $0,2 billones.
Lo que sí resultó sorpresivo, en cambio, es el alto nivel de tasas de interés que el ministro tuvo que convalidar para que los bancos renovaran. En los títulos de renta fija a plazos más cortos fue donde se acumuló el grueso de la demanda. Por ejemplo, la Lecap que vence a fines de febrero, ofreció una tasa de 3,39% efectiva mensual, equivalente a una tasa anual efectiva de 49,16%.
Esto implica un quiebre de tendencia, dado que en la segunda mitad del año pasado se estaba constatando una disminución paulatina del costo de financiamiento para el Tesoro: desde el pavoroso 75,6% que se llegó a pagar en pleno pánico del mercado luego del desarme de régimen de las LEFIs -que le daban refugio «overnight» a la liquidez bancaria- hasta el 37,5% logrado sobre fin de año.
Malo, pero no tanto
Es cierto que, pese a la suba en las tasas, no resultó una licitación mala para el Gobierno. Primero, en los títulos con vencimiento de mediano plazo el mercado aceptó tasas más alineadas con las previsiones del gobierno. Por caso, en la Lecap que paga en noviembre, la tasa efectiva mensual cae a 2,5%. Es decir, sigue siendo una tasa elevada si se la compara con las proyecciones de inflación oficiales -20% para todo el año- pero que, de todas formas, prevé una tendencia a la estabilización.
Por otra parte, los inversores no mostraron interés por los títulos «dólar linked» -ajustables por el tipo de cambio oficial-, lo cual parece confirmar que en el mercado no hay una expectativa de que el dólar experimente un impulso al alza que lo haga traspasar el nuevo techo de la banda de flotación. Es una situación que contrasta con la previa a las elecciones legislativas, cuando había un marcado temor por un salto del dólar y, ante la demanda por cobertura devaluatoria, más de la mitad de la deuda que colocaba el Tesoro era en títulos dólar linked.
Tampoco hubo gran interés por los bonos CER -que ajustan con la inflación más un premio-. Es un tipo de inversión típicamente defensiva en momentos de alta volatilidad, cuando resulta arriesgado hacer proyecciones de inflación a largo plazo. Esta vez, apenas tuvieron demanda por un 13% del monto de deuda a renovar.
Luis Caputo cumplió con el objetivo de corto plazo
En términos generales, la licitación cumplió con el objetivo de corto plazo del Gobierno. Pero, de todas formas, no deja de tener un sabor agridulce. Porque confirma que el célebre «Punto Anker» prácticamente dejó de existir.
En el equipo de Caputo llamaban así al momento en el que la demanda por crédito en el sector privado subía de tal forma que resultaba natural que los bancos no renovaran el 100% de los vencimientos de deuda, ya que necesitaban esa liquidez para acompañar los requerimientos de una economía en crecimiento.
Por eso, la tónica del 2024 y el inicio del año pasado fue la de celebrar cada vez que en las licitaciones quedaba un «sobrante» de pesos. La interpretación oficial era que esa situación era normal, en el contexto de superávit fiscal y una recuperación del crédito. Según la célebre definición de Caputo, «los bancos vuelven a trabajar de bancos».
Sin embargo, hace ya varios meses que el sector público se queda con la mayor parte del ahorro, en detrimento de los préstamos bancarios para la producción y el consumo. Es, justamente, lo que Caputo y su equipo le reprochaba al gobierno peronista.
Dicho de otra forma, el Gobierno se vio en la dura disyuntiva de tener que elegir entre priorizar el crédito o la recomposición del Tesoro para manejar el exigente calendario de deudas. Y priorizó lo segundo.
De hecho, uno de los mayores temores de los analistas es que Caputo termine echando mano a los depósitos que el Tesoro tiene en la banca pública, donde hay unos $14 billones producto del superávit fiscal. En teoría, esos pesos podrían ser usados para comprar divisas. Pero el costo de esa decisión limitaría el margen de acción de los bancos estatales, que quiere estimular la actividad en el rubro hipotecario y tienen prestada la mayor parte de esos depósitos del Tesoro.
Los próximos vencimientos de deuda
Lo que viene en el corto plazo no será fácil. El calendario de la deuda en pesos emitida por el Tesoro indica vencimientos desafiantes en un mercado donde los bancos se siguen quejando de la falta de liquidez.
A fin de mes habrá vencimientos por $11,5 billones, y en febrero $15,8 billones. El promedio de los vencimientos mensuales hasta junio es de $12 billones.
La contracara de la situación del Tesoro es la caja del Banco Central, que el mismo miércoles de la licitación compró su mayor volumen de dólares del año: u$s187 millones en una sola jornada, en la que hubo muy poca demanda por parte de los inversores privados. Los más optimistas ven en este hecho un síntoma de que se mantiene la demanda de dinero por parte de los argentinos.
Lo cierto es que en lo que va del año el BCRA lleva comprados u$s515 millones. O, visto desde otro punto de vista, volcó al mercado unos $0,7 billones. Es un tema que está generando creciente polémica, porque si bien es cierto que había un clamor para que se acumularan reservas, aprovechando el momento de calma financiera, también hay quienes creen que esa política agravará la presión inflacionaria.
También ha generado críticas la intervención del BCRA en el mercado de bonos dólar linked y en el del dólar futuro. Ambas operaciones son consideradas formas de contener la demanda de divisas en el corto plazo, pero con un costo financiero a mediano plazo.
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