• Mié. Abr 14th, 2021

En su condición de anfitrión de la cumbre virtual celebratoria del 30 aniversario del Mercosur, el presidente Alberto Fernández no debió haberse permitido la respuesta destemplada a las inquietudes de su par uruguayo Luis Lacalle Pou, en el cruce de frases que dejó expuestas las grietas que sufre el bloque regional, pero además mostró a nuestro país aislado respecto de sus socios y vecinos.

Lacalle Pou llevó las voz cantante de la posición que tienen además los gobiernos de Brasil, Paraguay, de flexibilizar la actual estructura arancelaria para llevar la unión aduanera a un esquema más cercano a la zona de libre comercio.

Puede ser que esa alternativa no sea la que más contribuya al fortalecimiento del mercado común, que se conformó con la idea de alcanzar una verdadera coordinación macroeconómica y hoy muestra un archipiélago de realidades nacionales que corren cada una por su lado. Pero plantear el desacuerdo existente como una discusión entre modelos rígidos u opción dicotómica absoluta es, además de un error estratégico, una muestra de debilidad relativa que deja al país en franca minoría dentro del bloque.

Expertos en relaciones internacionales de Uruguay, Brasil y Paraguay, reunidos por la Fundación Foro del Sur en estos días, coincidieron en que es necesario un diálogo constructivo entre los miembros del Mercosur para sostener el bloque, que existen problemas de competitividad y asimetrías que afectan su inserción en el mundo.

El cruce de palabras entre Fernández y Lacalle Pou, menor y anecdótico, quedará registrado como episodio significativo de las diferencias existentes. El mandatario uruguayo reclamó que el Mercosur “no se convierta en un lastre o corset”. El Presidente argentino recogió el guante y respondió en forma airada “no queremos ser un lastre para nadie… y si somos un lastre, que tomen otro barco”.

En una sola frase expuso varios fallidos que han hecho de nuestro país un caso de estudio, y en este caso no por las mejores razones (vg. Malvinas, 1982): mostrar fortaleza -y hasta una cierta arrogancia- en condiciones de debilidad, anteponer la política doméstica al interés nacional, y las cruzadas ideológicas a las políticas de Estado, fijar desacuerdos y diferencias por sobre acuerdos y coincidencias.

La“patria chica” de los nacionalismos estrechos le gana a la declamada “patria grande” cuando los líderes no saben sobreponerse a las señales desafiantes del contexto global y regional con una visión estratégica compartida y superadora.

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