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ECONOMIA

Plazo fijo de bancos versus Mercado Pago: cuál paga más ahora

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El plazo fijo está en la mira de los ahorristas, ya que tras la baja de la tasa de referencia de política monetaria que empezó a regir el 31 de enero pasado, los rendimientos ofrecidos por los bancos y las billeteras virtuales, como Mercado Pago, comenzaron a bajar de diferente manera. Así, las propuestas digitales se posicionan como claros ganadores.

Cabe recordar que la tasa de referencia disminuyó desde el previo 32% hasta el actual 29% de tasa nominal anual (TNA). Es decir, cayó unos 300 puntos básicos, en línea al descenso de la inflación.

En concreto, ese interés representa 2,38% cada 30 días, un nivel que supera al último dato oficial de inflación mensual, que fue de 2,2% en enero pasado.

Ahora bien, en el caso de los plazos fijos tradicionales, la renta ofrecida es inferior y en los bancos líderes se ubica entre el 25% y 27% de TNA. Esto representa una ganancia de un rango de 2,05% a 2,22% cada 30 días.

En la mayoría de las entidades, como en Santander, BBVA, Galicia, Banco Nación o Banco Ciudad, entre otros, la tasa es de 25% anual. En tanto, en Banco Provincia y Macro se ubican en torno al 26,5%.

Al respecto, en este contexto las billeteras digitales están brindando un rendimiento más elevado que las entidades bancarias, debido a que muestran cierto retraso en trasladar la baja de las tasas de referencia.

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Esto se debe a que las cuentas remuneradas que poseen colocan el dinero en un fondo común de inversión (FCI) compuesto por instrumentos como plazos fijos de bancos y cauciones. Por ende, a medida que se realizan las renovaciones de esto depósitos va impactando la tasa de interés de referencia, que es inferior a la que hoy le brindan a los clientes. 

Y por eso, las tasas que pagan las fintech a sus clientes clientes también oscilan en el día a día, hecho que no garantiza un rendimiento preestablecido. Algo que sí permiten hacer los plazos fijos bancarios.

En cifras precisas, Mercado Pago paga en la actualidad una tasa nominal anual (TNA) de 28,3%, que es superior a la brindada por los principales bancos en sus colocaciones, y representa 2,33% a 30 días, en caso de equiparar el tiempo de encaje mínimo requerido en un plazo fijo tradicional.

O bien, se puede obtener hasta 29,2% en Personal Pay, que equivale a ganar 2,4% en un mes.

¿Plazo fijo o Mercado Pago?: cuál conviene ahora

La principal diferencia entre una billetera digital, como Mercado Pago, y un plazo fijo tradicional bancario es que la primera permite disponer o utilizar los fondos invertidos en cualquier momento.

En cambio, una colocación bancaria requiere un tiempo mínimo de permanencia de 30 días. Algo que dificulta la liquidez del ahorrista pero le asegura una ganancia predeterminada.

Al momento de igualar el tiempo de permanencia de ambas opciones de inversión, suponiendo que la tasa efectiva mensual se mantiene sin cambios a lo largo de un mes, se hace notorio el mayor rendimiento de las fintech.

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Por ejemplo, si se dejan invertidos $500.000 en Mercado Pago por 30 días, como si fuera un plazo fijo, se puede obtener en ese período un capital total de $511.630.

En cambio, en un plazo fijo tradicional se gana en el mismo tiempo con el monto considerado en este caso testigo de un total de $510.274.

En resumen, en la billetera digital de la empresa fundada por Marcos Galperín se obtienen $1.356 adicionales por mes para un capital inicial invertido de $500.000.

Así, Mercado Pago brinda en la actualidad una proyección de 2,33% cada 30 días, cifra que supera al 2,2% de inflación mensual, por lo que es una tasa positiva para el ahorrista, pero pierde frente al dólar libre, que se despertó en febrero y en el caso del MEP (Bolsa) avanza 4,1% en todo el corriente mes.



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ECONOMIA

Cambio clave en la exportación ganadera agrava la grieta política entre Milei y el peronismo

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En un país en el que los políticos hacen campaña electoral con la promesa del «regreso del asadito» y en el que la abundancia de carne vacuna forma parte del propio imaginario nacional, era inevitable que se produjera polémica política por el anuncio de que se volverá a exportar ganado en pie.

La medida fue anunciada por Federico Sturzenegger, quien dejó sin efecto un decreto de 1973 -durante la presidencia de Héctor Cámpora-. El ministro de la desregulación argumentó que aquella medida se había tomado en el marco de una situación excepcional, por una caída en el abastecimiento, pero que, como «en Argentina no hay nada más permanente que lo transitorio», se extendió durante 50 años.

Ni bien se dio a conocer el regreso de la exportación en pie, surgieron acusaciones y protestas varias, con advertencias tales como que esto derivará en un cierre masivo de frigoríficos, en una caída adicional del consumo y en una «reprimarización de la economía».

En definitiva, los argumentos clásicos de quienes defienden el cierre comercial: que vender ganado en pie significa una renuncia a un agregado de valor local, y que por lo tanto redundará en mayor desempleo y hasta en una caída del ingreso de divisas, y que todo esá pensado para el beneficio de un puñado de grandes ganaderos.

Algunas opiniones, como la del inefable Alberto Samid, que suele ser entrevistado por su condición de empresario frigorífico, llegaron al extremo de advertir que Argentina podría llegar al extremo de «tener que importar carne», porque el mercado interno se quedará sin producto procesado a nivel local. Una afirmación algo temeraria para un país en el que se consume el 70% de la carne vacuna y apenas se exporta el 30% -en Uruguay, por caso, la proporción es exactamente a la inversa-.

Pelea política y producción estancada

En medio de tanto ruido político -con acusaciones cruzadas sobre querer transformar al país en «colonia» o de querer cerrarlo al estilo «comunista»-, resulta difícil el análisis objetivo. Pero para eso siempre resultan de utilidad las cifras.

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La carne vacuna aporta un 9,5% del total de dólares de exportación generados por la cadena agropecuaria. Es una mejora significativa respecto de 2014 -gestión Cristina Kirchner- cuando el aporte era de apenas 4,9%.

La producción en volumen es de unas 3,14 millones de toneladas, en un mercado en el que los desincentivos de precio hace que resulte difícil aumentar el tamaño total del rodeo. Un reporte de Ignacio Iriarte, basado en las estadísticas de vacunaciones de aftosa, marca una caída en el stock de vaquillonas y novillitos, como consecuencia de la menor cantidad de nacimientos en 2023 y del alto nivel de faena en 2024.

Durante la sequía suele incrementarse la faena, dado el mayor costo de engorde del animal. Y se esperaba una recuperación del stock más rápida. Los números son provisorios y podrían mejorar, dado que hay crías chicas que no se alcanzaron a vacunar y recién serán contabilizadas en la primera campaña de 2025.

El año pasado se faenaron 13 millones de animales, un nivel que se considera relativamente alto en el mercado, dado que el stock total está en 53 millones de animales, menor al promedio de los últimos años.

Es por eso que una de las preocupaciones en el ámbito ganadero es aumentar el rodeo. Expresado en términos relativos a la población, hoy no se llega a 1,2 vacas por persona, mientras que en Uruguay la relación es de tres a uno.

Con esos números sobre la mesa, los partidarios del cierre del mercado argumentan que cuanto mayor sea la exportación, más se agravará la situación del mercado interno. Sin embargo, hay recordadas experiencias que marcan exactamente lo opuesto. Por caso, en 2006, cuando Guillermo Moreno era el secretario de Comercio de Néstor Kirchner, hubo un cierre casi total del mercado. En el cortísimo plazo se logró el objetivo de una caída en el precio en carnicerías, porque se incrementó la oferta dirigida al mercado interno, pero tras ese efecto de apenas seis meses se produjo el efecto opuesto: un alza de precios con una brusca caída en el consumo.

Lo que había ocurrido era una masiva salida de ganaderos del negocio, que ante la pérdida de rentabilidad enviaron sus animales a faena y se pasaron rubros más convenientes, como el sojero. Aquel cierre exportador hizo que se perdieran 10 millones de cabezas y que, además, el consumo interno cayera de un pico de 68 kilos per capita a un mínimo de 56 kilos en 2012.

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El sector frigorífico fue afectado por la pérdida de empleo, y el negocio se concentró en menor cantidad de manos, al tiempo que se dio un proceso de extranjerización, con la llegada de grandes empresas de Estados Unidos y Brasil, que compraron 18 establecimientos argentinos y se quedaron con la cuarta parte de la Cuota Hilton.

Apertura de nuevos mercados de carne 

Quienes defienden la medida de la exportación en pie alegan que se trata de un tipo de venta que no compite con la ya existente. Actualmente, el 70% de la exportación de carne vacuna argentina va hacia China. Y los expertos del negocio afirman que es virtualmente imposible que se venda ganado en pie a ese país, por una cuestión logística: la gran distancia a recorrer hace difícil el traslado de los animales vivos. Ese tipo de oferta ya está cubierto por Australia, con mayor cercanía geográfica y menores costos.

En cambio, Argentina podría aprovechar la oportunidad de abastecer mercados hoy demandantes y más cercanos geográficamente, como Turquía, Egipto y Marruecos. Se trata de países que requieren un tipo especial de faena, por cuestiones culturales y sanitarias, y por lo tanto prefieren recibir el animal vivo.

Desde ese punto de vista, no habría un perjuicio evidente para los frigoríficos argentinos, dado que no se estaría sustituyendo exportación de cortes cárnicos por venta de vacas, sino que se buscaría el objetivo de generar nuevos mercados para ampliar el total exportado.

Y, contra la acusación de que exportar ganado en pie reprimariza la economía y resulta perjudicial, los defensores de la medida responden que se trata de una práctica común entre las principales potencias exportadoras del mundo. En la región, se destacan Brasil -con la venta de 750.000 cabezas al año- y Uruguay, con 250.000-. Pero también es una práctica común en grandes productores como Australia, Francia, México y Canadá.

El otro argumento de la polémica apunta a la caída en el consumo del mercado interno. La realidad es que sí hubo una caída, con un nivel que en 2024 llegó a 47,8 kilos per capita según la Cámara de la Industria Cárnica.

De todas formas, los precios del mercado interno el año pasado tuvieron una variación menor a la inflación promedio -81% versus un IPC de 117%-. Esto implica que el análisis se hace más complejo, porque intervienen factores como el deterioro salarial y, también, un cambio de tendencia en los hábitos del consumidor, algo que se está verificando a nivel mundial por los cambios en la conformación de las dietas.

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Lo cierto es que, aun con la disminución del consumo, Argentina sigue liderando el ranking internacional de consumo de carne vacuna, junto con Uruguay-.

El fracaso del último cierre peronista

La realidad es que todos los intentos de cerrar el mercado exportador con el objetivo de abaratar la carne para el mercado local terminaron en rotundos fracasos. El más reciente fue el cierre exportador durante la gestión de Alberto Fernández.

La medida se tomó para cumplir con la promesa de campaña de proveer cortes a precio popular, algo que no se estaba verificando, al punto que el consumo había caído 11% respecto del último año de la gestión macrista.

Con el cierre se pretendía forzar una baja de los precios. Y de hecho, durante un breve período, en el invierno 2021, en pleno cierre de la campaña electoral para las PASO, Alberto Fernández festejaba que los precios mostraban una leve caída de 2,3% en las carnicerías. Los datos habían sido provistos por el CEPA (Centro de Economía Política Argentina), dirigido por Hernán Lechter, uno de los economistas preferidos de Cristina Kirchner, que lo había propuesto como secretario de Comercio y chocó con el veto del ex ministro Matías Kulfas.

Era en aquel momento en que la propia Cristina ironizaba sobre la queja de los ganaderos, que afirmaban que la carne que se exportaba a China era diferente a la consumida en el mercado local porque se componía de «vacas viejas». La vice, tras preguntarse con sorna si el campo argentino era «un geriátrico de vacas», dejó en claro su visión sobre cuál era la forma de levantar los niveles de consumo local: recortar el margen de ganancia de los ganaderos y frigoríficos.

«Obvio que si yo tengo vacas quiero poder venderlas a precio dólar, pero ¿qué hacemos entonces, dejamos que nadie coma carne?, ¿les decimos que a la gente que no van a poder comer más carne hasta que no tengan los sueldos como en 2015?», se preguntaba Cristina.

Por ese entonces, las agremiaciones del sector cárnico advertían que se estaba cometiendo un error en la interpretación de los datos, porque esa baja de precio obedecía a una cuestión estacional, pero que en cambio sobre fin de año ocurriría un faltante de producto, con la consecuente suba de precios.

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El resultado del cierre exportador es conocido: no sirvió desde ningún punto de vista: se perdieron exportaciones por unos u$s1.500 millones, hubo suspensiones de personal en los frigoríficos, el consumo no se recuperó, los precios internos volvieron a subir y el gobierno perdió las elecciones legislativas.

Más vacas y con más kilos

En plena polémica por el cierre exportador, los críticos de la medida machacaban con un argumento clásico: que la solución pasaba por incentivos para vender animales más gordos, es decir, venderlos con 430 kilos en vez de 290, como es la norma local. De esa forma, se lograría mantener la misma producción de carne pero con una faena de 10 millones de animales por año, en vez de 13 o 14 millones.

¿Qué puede esperarse ahora tras la decisión de la exportación en pie? Los expertos afirman que, si todo saliera bien, habría un incentivo para un aumento en la producción, y una diferenciación entre el tipo de ganado engordado para la faena y el que se embarque vivo a los nuevos mercados.

Los expertos afirman que Argentina tiene recursos como para agregarle valor a su stock vacuno. En los últimos 10 años, apenas se logró una mejora de 6 kilos por animal, y se ubica muy por debajo del nivel de países competidores. Señala Ignacio Iriarte que «en los Estados Unidos, donde los bifes ya no caben en el plato, cada novillo rinde hoy unos 440 kilos carcasa, contra 280-290 kilos en nuestro país».

Los analistas afirman que, sólo por efecto del engorde, se podría incrementar la producción cárnica en unas 400.000 toneladas respecto de los niveles actuales.



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