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SOCIEDAD

Intentó robar en un local de Córdoba, pero lo echaron con agua caliente y golpes de un cajón de cerveza

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Un intento de robo en una despensa de Jesús María, provincia de Córdoba, fue frustrado por dos mujeres, quienes lograron ahuyentar al asaltante arrojándole agua caliente y golpeándolo con un cajón de cerveza. El hecho quedó registrado en un video, lo que permitió que este circulara rápidamente por redes sociales y medios locales.

El episodio sucedió en un local ubicado sobre la avenida Miguel Juárez al 900. En ese momento, la dueña del comercio se encontraba con una amiga, quien había ido a hacerle compañía y tomar mates con ella, cuando un joven ingresó y pidió dos cigarrillos sueltos.

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Después de pagar por ellos, el agresor esperó a que la mujer abriera la caja registradora para sacar una cuchilla de la cintura y amenazarla para que le entregara la recaudación. No obstante, al percatarse de que estaba armado, su amiga comenzó a atacarlo.

“Yo no me medí, primero lo ataqué a los manotazos y vi que tenía la cuchilla”, relató la joven durante un diálogo con El Doce.tv. Y continuó: “Yo tenía el cajón a mano y se los empecé a revolear”. En paralelo, la propietaria del negocio le arrojó el agua caliente que guardaba en el termo.

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Ante la resistencia y el lanzamiento de objetos, el delincuente terminó por huir del lugar sin lograr concretar el robo. Asimismo, la mujer afirmó haber reconocido al atacante. Según indicó, el joven “es de la zona, vive a la vuelta del negocio” y, aunque intentó cubrirse el rostro, “todo el barrio lo reconoció”.

“Es la primera vez que nos pasa con esta violencia”, remarcó la mujer al subrayar la gravedad de la amenaza con cuchillo. Por este motivo, decidió presentar pruebas a la policía para identificar al asaltante, incluyendo videos de las cámaras del negocio y de vecinos, así como imágenes y datos personales del sospechoso.

A pesar de esto, recriminó la falta de respuestas por parte de las autoridades al apuntar: “Llevé todas las pruebas a la policía, videos de las cámaras, del negocio. Video de las cámaras de los vecinos del barrio, fotos del Face del ladrón, domicilio y ‘bien, gracias’. Es la bronca más grande”.

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Detuvieron al jefe de la Policía Federal en Córdoba

Un jefe de la Policía Federal Argentina fue detenido en Córdoba tras ser acusado de robar perros pitbull y dinero durante operativos antinarcóticos. El principal acusado es Alejandro Falcón, comisario a cargo de la división de Drogas Peligrosas de la delegación local, quien quedó bajo investigación por hurto calificado, falsedad ideológica, peculado y dádivas.

El comisario de la Policía Federal fue detenido en el marco de una causa por robo y peculado

La detención de Falcón se realizó a finales de julio. La causa está a cargo del fiscal federal Maximiliano Hairabedian, con intervención del juez federal Carlos Ochoa, subrogante del Juzgado Federal N° 1 de Córdoba. Además, otros tres policías están imputados, aunque permanecen en libertad mientras se determina su grado de participación en los hechos investigados.

Uno de los episodios bajo investigación es la supuesta sustracción de dos cachorros pitbull durante un procedimiento antidroga. La acusación sobre el robo de los animales se sumó a una pesquisa más amplia que también analiza el faltante de dinero en distintos operativos oficiales.

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Por este motivo, la Justicia Federal intenta determinar si existió un patrón de irregularidades en actuaciones que debían realizarse bajo control judicial y con resguardo de bienes incautados.

No obstante, Falcón enfrenta también una imputación por presunto peculado, es decir, uso indebido de bienes estatales. En este contexto, los investigadores evalúan un viaje personal a Rosario que habría realizado en un móvil oficial y utilizando combustible de la fuerza, con la sospecha de que el propósito del viaje era visitar a una pareja y no cumplir funciones policiales.

Durante procedimientos oficiales, el acusado habría sustraído perros pitbulls y dinero (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación se inició a partir de dos denuncias: una de ellas fue presentada por un particular que aseguró haber sufrido el robo de dinero durante un procedimiento, y la otra fue realizada por una policía miembro de la misma repartición.

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Actualmente, Falcón se encuentra alojado en el pabellón para policías de la cárcel de Bouwer y negó las acusaciones al declarar ante la Justicia. “La causa está en una etapa inicial y la imputación no implica una condena ni una prueba definitiva de los hechos. Por ahora, se trata de una sospecha que justifica el avance de la investigación”, sostuvo el fiscal Hairabedian, tras informar que el agente había asumido la jefatura de Drogas Peligrosas a fines de diciembre de 2023.

La investigación avanza para determinar el alcance de cada episodio, la posible responsabilidad de los otros tres imputados y si las irregularidades fueron hechos aislados o parte de una práctica recurrente en la delegación cordobesa. La recolección de pruebas documentales, testimonios y peritajes apunta a reconstruir las circunstancias de cada procedimiento bajo sospecha.

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Cómo devolverle el brillo original a una olla de acero inoxidable con un método casero y sencillo

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Las ollas de acero inoxidable son uno de los elementos más utilizados en la cocina, pero, con el paso del tiempo, pueden perder su brillo y presentar manchas blancas o zonas opacas. Lejos de necesitar productos especiales, existe un método casero para dejarlas como nuevas.

Este truco consiste en usar vinagre blanco, que ayuda a eliminar ciertos residuos acumulados sobre el acero inoxidable. Al ser ácido, ayuda a disolver los depósitos minerales que se forman con el agua y a devolverle el brillo a la superficie sin recurrir a productos abrasivos.

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Cómo devolverle el brillo a una olla de acero inoxidable con vinagre blanco

All-Clad, fabricante especializado en utensilios de cocina, explicó que el vinagre blanco es una alternativa ideal para eliminar las manchas y decoloraciones sobre el acero inoxidable. Como si fuera poco, sirve para limpiar las marcas blancas que deja el agua.

El vinagre blanco ayuda a devolverle el brillo al acero inoxidable. (Imagen ilustrativa generada con IA).

Este método es muy sencillo y consiste en unos pocos pasos:

  1. Dejar enfriar la olla: antes de comenzar, asegurarse de que esté completamente fría.
  2. Preparar la mezcla: colocar partes iguales de agua y vinagre blanco en el interior.
  3. Calentar la preparación: llevar la olla al fuego hasta que la mezcla comience a hervir suavemente.
  4. Retirar del fuego: dejar que el líquido se enfríe antes de continuar con la limpieza.
  5. Lavar con detergente: utilizar una esponja suave para retirar los restos de suciedad.
  6. Enjuagar y secar: eliminar los residuos con agua y secar inmediatamente con un paño limpio.

Este procedimiento es especialmente útil si la superficie tiene manchas provocadas por los minerales del agua, ya que ayuda a recuperar el aspecto brillante del acero inoxidable.

Qué errores hay que evitar al limpiar una olla de acero inoxidable

Por más que este material se caracteriza por su resistencia y durabilidad, algunos hábitos comunes de limpieza pueden deteriorar su superficie. Por este motivo, es fundamental usar elementos adecuados que no rayen el acero inoxidable.

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“Aprendí a callarme para que me quisieran”

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A los trece años renuncié a mi primera cita sin que mi madre llegara a prohibírmela.

Me había enamorado de un compañero de la escuela, un chico tierno que me invitó a tomar un helado un sábado. Yo soñaba con mi primer beso, pero había un problema: era hijo de un ordenanza del club. Para mi madre, Luisa, eso bastaba para que no fuera alguien apropiado para mí.

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Durante días ensayé cómo pedirle permiso. Busqué las palabras, imaginé sus objeciones, pensé en qué momento encontrarla de buen humor. Cada argumento que se me ocurría duraba poco: enseguida aparecía en mi cabeza su respuesta. Antes de hablar con ella, ya habíamos discutido muchas veces. En todas ganaba ella.

Finalmente no le pregunté. Me quedé sin cita y sin beso, pero sentí alivio. Había evitado un problema. En ese momento no podía darme cuenta de lo que estaba aprendiendo: renunciar a algo que deseaba podía traerme tranquilidad.

Desde afuera, nuestra familia parecía tenerlo todo. Viajábamos, estudiábamos idiomas, tomábamos clases de equitación y usábamos ropa de marca. Mi padre era un empresario exitoso y afectuoso; mi madre, una mujer elegante, religiosa y agradable con los demás. A quienes nos conocían en reuniones sociales les habría costado imaginar cuánto nos condicionaba su reacción ante cualquier cosa que se apartara de sus expectativas.

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Mi hermano Sebastián intentó discutir esas reglas. Quería salir con amigos, volver más tarde, tomar sus propias decisiones. Mi madre respondía con reproches y castigos, y las discusiones ocupaban cada vez más espacio en casa. Yo observaba y procuraba no sumar motivos de enojo. Mientras él peleaba por hacerse escuchar, yo aprendía a pasar inadvertida.

Sebastián atravesó un sufrimiento profundo y llegó a intentar quitarse la vida. Aun entonces, yo sentía que mi madre seguía viendo desobediencia donde necesitábamos que pudiera reconocer dolor. Mi padre evitaba enfrentarla, convencido de que así preservaba la paz familiar. Su cariño no alcanzaba para protegernos de lo que ocurría en casa.

Yo encontré una manera de desenvolverme: había cosas que contaba y otras que ocultaba. Mi madre conocía una versión de mí que podía aprobar. El resto quedaba afuera de nuestras conversaciones. Aprendí a disfrutar a escondidas y a sentir culpa por deseos que no tenían nada de malo. Antes de hacer algo, pensaba cómo evitar que se enterara.

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Con los años dejé de vivir con ella, pero seguí pendiente del disgusto ajeno. Me casé con un hombre con quien tampoco me sentía escuchada. Cuando algo me dolía, dedicaba horas a pensar cómo explicárselo. Si no me entendía, buscaba otra manera: una palabra más precisa, un tono más amable, un momento más oportuno. Me costaba considerar que quizá el problema no estuviera en mi forma de decirlo.

Con mis hijos también cedía para evitar conflictos. Poner un límite significaba enfrentar su frustración, y yo no sabía tolerarla sin sentir que estaba haciendo algo malo. Podía estar agotada o en desacuerdo y aun así terminar aceptando. Después me quedaba el malestar, pero al menos nadie estaba enojado conmigo.

Hasta que empecé a tener problemas en la piel. Durante casi un año sufrí brotes, ardor y una sequedad extrema. Recorrí consultorios, me hicieron estudios y no encontraba una explicación clara para lo que me pasaba. La incertidumbre se sumaba a la incomodidad de vivir pendiente de mi piel.

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En terapia empecé a reconocer cuánto me costaba expresar el enojo, cuánto esfuerzo ponía en acomodarme a los demás. No puedo asegurar qué relación tenía eso con los brotes, pero esa etapa me obligó a prestarme una atención que llevaba años postergando. Empecé a preguntarme cómo estaba yo, además de comprobar cómo estaban todos los demás.

Después de varios intentos por hablar con mi marido, decidí separarme. Me dolió aceptar que explicar mejor lo que necesitaba no garantizaba que él pudiera escucharlo. También tuve que reconocer mi parte: llevaba tanto tiempo adaptándome que muchas veces ni yo sabía qué quería.

A los cuarenta y siete años empecé a averiguarlo. Qué me gustaba, cómo quería vivir, qué estaba dispuesta a aceptar. Parecían preguntas sencillas, pero enseguida se interponía otra: qué iba a pensar alguien de mi respuesta. Incluso estando sola, seguía consultando mentalmente con los demás.

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Fui descubriendo que podía cambiar de opinión o decir que no. Lo más difícil venía después: sostener una decisión cuando alguien se disgustaba. Mi impulso era explicarme, justificarme, ofrecer algo a cambio o ceder. Tuve que aprender a esperar antes de hacer cualquiera de esas cosas.

Mi madre seguía convencida de que había una manera correcta de vivir. Para ella, el matrimonio era indisoluble. Sebastián y yo nos divorciamos y formamos nuevas parejas, pero nuestras decisiones continuaban siendo motivo de conflicto. Éramos adultos y todavía había cosas que preferíamos ocultarle para evitar sus reacciones. Mi hermano llegó a no contarle que había tenido un hijo con su nueva mujer.

Con el tiempo también pude ver sus miedos. Cuando mi padre enfermó de cáncer cerebral, ella se ocupó de cuidarlo, pero se resistía a contratar ayuda porque no quería que otras personas lo vieran en sus momentos más íntimos y difíciles. Queriendo preservar su intimidad, se fueron quedando cada vez más solos.

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Verla en esa situación me ayudó a comprenderla. Detrás de su necesidad de controlar también había una mujer asustada, a la que le costaba aceptar ayuda y admitir que las cosas podían ser distintas de como las había imaginado. Pude sentir ternura por ella sin dejar de reconocer cuánto me habían dolido sus exigencias.

Durante años creí que evitar las discusiones era una manera de cuidar a mi familia. Hoy puedo ver todo lo que dejé sin decir para conseguirlo. Me acostumbré tanto a no incomodar que terminé viviendo relaciones en las que apenas había lugar para mí.

Todavía me cuesta poner límites sin culpa. A veces digo que sí demasiado rápido y recién después me pregunto por qué acepté. O me descubro preparando una larga explicación para una decisión que no necesita permiso. Pero ahora puedo reconocerlo y darme tiempo antes de responder.

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Pienso en aquella chica de trece años que quería ir a tomar un helado y terminó sintiendo alivio por habérselo perdido. Me gustaría que hubiera podido ir. Hoy, cuando quiero algo y mi primera reacción es descartarlo para evitar un conflicto, trato de escucharme un poco más antes de volver a traicionarme.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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SOCIEDAD

De la nevera al agua del grifo o la luz: los ciberataques ya impactan en la vida cotidiana

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Subir la temperatura de neveras en supermercados de 12 países para estropear toneladas de comida. Dejar colgadas las webs de medio mundo. Ejecutar el mayor robo de la historia. Acceder a datos personales del primer ministro surcoreano y su gabinete. Y al historial médico e información financiera de casi medio millón de moldavos. Este es el resumen de lo que han conseguido los ciberataques más relevantes solo en las últimas dos semanas. Si ampliamos el foco hasta el verano podemos sumar a la lista problemas en la distribución de agua en 12 Estados de EE UU o el hackeo del sistema de salud australiano. Los analistas temen que esta sea la nueva normalidad: un escenario en el que todo, también el mundo físico, se puede tambalear a golpe de teclado y movimiento de ratón.

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