CHIMENTOS
José María Muscari llevó al teatro su obra más íntima: la adopción de su hijo y los desafíos de armar una familia

Hay un momento, después del aplauso, en el que la sala queda en silencio. No es un silencio incómodo. Tampoco es el de una obra que terminó y todavía espera que alguien se levante de la butaca. Es otra cosa. Es ese instante en el que el público parece necesitar unos segundos para entender qué acaba de pasarle.
Eso ocurre después de la presentación de Lucio y yo, la nueva obra escrita y dirigida por José María Muscari, con producción general de Paola Luttini. Primero fueron los aplausos, fuertes, sostenidos. Después, ese silencio particular. El que invita a pensar. El que aparece cuando una historia consiguió atravesar la frontera del escenario.
Y la historia que Muscari decidió llevar al teatro es, probablemente, la más personal de toda su carrera: la suya con Lucio, su hijo adolescente, el joven que llegó a su vida a los 15 años y con quien comenzó a construir una familia desde un lugar inesperado para ambos.
En escena, Esteban Pérez y Máximo Meyer interpretan a Muscari y Lucio. Pero sobre el escenario también aparecen ellos mismos, los verdaderos. Sus voces, sus imágenes, sus cumpleaños, sus videos, sus recuerdos. La pantalla en el fondo del escenario se convierte así en una tercera protagonista, mientras los actores intentan reconstruir ese vínculo que tuvo que aprenderse en el camino.
“Felicidad. Muy extrema”, fue lo primero que dice Muscari en charla con Teleshow después de la función en el Centro Cultural de la Cooperación, con las sensaciones en carne viva. Porque allí aparece esa mirada inevitable de quienes llegan para comprobar si aquello que se anuncia como una historia real funciona también arriba de un escenario. La respuesta, para él, es contundente: “Estamos todos emocionados, todos movilizados, todos muy, muy tocados por la obra”.
El conmovedor pedido de un chico de 15 años: busca que alguien lo adopte y lo quiera
Esa emoción que se documenta en aquello que cualquiera que haya estado en la sala pudo percibir: el aplauso y, después, el silencio: “Yo creo que es una obra que te lleva a tu propio viaje, a tu vínculo con tu propia paternidad, con tu maternidad”, explica. “No hay forma que la obra no te abrace y te meta adentro”.
Porque aunque el centro sea la adopción del joven de Corrientes, la obra habla también de todos. De quienes alguna vez fueron hijos. De quienes son padres. De quienes tuvieron una relación cercana con sus propios padres y de quienes todavía cargan con conversaciones pendientes. De quienes atravesaron la adolescencia de un hijo y de quienes todavía recuerdan lo que significaba tener 15, 16 o 17 años. Y, especialmente, habla de lo que significa convertirse en familia.
Muscari no quiso hacer una historia prolija. No quiso esconder los momentos difíciles ni convertir su experiencia en una postal perfecta. “No quería que sea una obra mentirosa, como una película de entretenimiento de Netflix”, explica. Si iba a contar su vida, iba a hacerlo a fondo y con honestidad brutal. Porque si se trata de abordar un vínculo desde la verdad, hay que hacerlo con todos los altibajos que ese vínculo tiene.
Esa decisión atraviesa toda la obra. Están los momentos mágicos, pero también los difíciles. Está el encuentro, pero también el proceso de conocerse. Está el amor, pero también el trabajo cotidiano que requiere sostenerlo: “En un vínculo y en una paternidad, en una adopción, hay que poner mucho huevo y mucho trabajo diario de los dos lados”, confiesa el director.

Y en ese punto aparece una de las palabras que más repite cuando habla de Lucio: magia. Pero no una magia automática. Se encarga de aclarar que su historia es extraordinaria y que él tuvo la enorme fortuna de encontrarse con un hijo “muy mágico”. Pero también sabe que esa magia no aparece sola: “Está buenísimo poder mostrar cómo se construye esa magia a diario”.
El joven, además, no quedó afuera del proceso creativo. Todo lo contrario. Ayudó durante la escritura, participó en la selección musical y acompañó los ensayos. Estuvo presente. Y estuvo también el día del estreno. Y hay algo particularmente conmovedor en ese gesto “Es muy fuerte tener dieciocho años, que tu vida esté representada ahí arriba”, reconoce su padre. Por eso el cuidado fue extremo.
Junto a Paola Luttini, productora de la obra y además madrina del joven, tuvo una premisa desde el comienzo: los actores no debían parecerse físicamente a ellos. No quería imitaciones. Muscari explica que si elegía intérpretes parecidos, el público iba a leer rápidamente una copia. Y él quiso huir de eso.

La búsqueda era otra: que Esteban Pérez y Máximo Meyer se dejaran llevar por el vínculo. Y ocurrió: “Ellos se dejan habitar por las circunstancias y se transforman, por ósmosis, en mí y en Lucio”, explica. El resultado sorprendió incluso al propio director. El público empieza diciendo que no se parecen en nada y termina encontrando en ellos gestos, emociones y formas de relacionarse que resultan reconocibles.
Para conseguirlo hubo dos meses de ensayos intensos. Pero también hubo algo más difícil de ensayar: la confianza. Lejos de ser un improvisado en la materia, José María lleva 70 obras dirigidas, pero reconoce que esta experiencia es diferente. Nunca había hecho una biopic. Nunca había tomado una historia real y colocado en el centro a dos personas tan cercanas: él y su hijo. “Me puedo dar el lujo de decir que hay algo que estoy haciendo por primera vez”, reconoce con orgullo.

La obra, además, llevaba mucho tiempo dentro suyo. Cuando terminó de escribirla, hace aproximadamente dos años y medio, decidió no hacerla inmediatamente. Había que esperar. Lucio tenía que terminar el secundario. Tenía que ser mayor de edad. La historia necesitaba distancia y ese tiempo terminó siendo fundamental.
El joven también fue construyendo el proyecto junto a su padre. De repente, una canción que aparecía en algún momento del día podía convertirse en parte de la obra. Un recuerdo podía encontrar su lugar. Un video guardado en el teléfono podía transformarse en material escénico.
Porque la pantalla es, justamente, otro de los grandes protagonistas: “Siempre supe que había un tercer protagonista de la obra, que era el video”, revela el director. Pero no se trata de videos filmados especialmente para el espectáculo. Son fragmentos de la vida real, la de entrecasa: “Los registros, los cumpleaños, la familia, todo está dentro de nuestro celular y eso es lo que aparece en la pantalla”.

Así, mientras Esteban y Máximo cuentan la historia, los verdaderos protagonistas de la historia aparecen frente al público. La ficción y la realidad se miran de frente. Y quizás por eso la reacción de los espectadores haya sido tan fuerte.
“Yo nunca hice una obra de teatro que el público a la salida me salude llorando. Es la primera vez que me pasa y me gusta que me pase en mi obra número 70”, cuenta Muscari. La frase parece resumir algo más profundo. Porque Lucio y yo no solamente habla de un cambio en la vida de Lucio. También muestra un cambio en Muscari.
Después de títulos tan diversos como Sex, La casa de Bernarda Alba y Extinguidas, entre otros, el director siente que esta obra abre una nueva camino en su carrera: “Una vertiente más sincera, más emocional, más honda, más comprometida, más sensible, más humana, más verdadera”, describe.
Y hay algo de esa transformación que también aparece cuando habla de su propia infancia. Muscari recuerda al chico que no tenía habitación propia y dormía con sus padres. Ahora mira a su hijo. al que acaba de terminar de equiparle su dormitorio después de una mudanza: “Qué bueno que pude tener revancha”, dice.

No habla desde el resentimiento. De hecho, aclara que tuvo “una adolescencia bárbara”, con padres amorosos. Pero reconoce que la relación que construyó con Lucio es diferente. Más cercana. Más abierta. Más propia de otra generación.
Y ahí aparece otra de las definiciones más contundentes de la charla: “No quiero ser el amigo de mi hijo. No soy su amigo, pero sí quiero ser un padre cercano”.
Un padre con quien pueda hablar de drogas, de sexo, de su novia, de sus emociones. Un padre que pueda escuchar sin convertir esa cercanía en una pérdida de roles: “Cada uno ocupando su rol, pero sin esas distancias impuestas que siento yo que no sirven para nada”.
Quizás ahí esté el corazón de Lucio y yo, en ese intento de derribar distancias, en esa decisión de contar que una familia no necesariamente comienza con una escena perfecta. Que a veces empieza con dos personas que no se conocen, que llegan con sus propias historias, sus propias heridas y sus propios miedos.

Y que después tienen que aprender a convivir, a escucharse, a ser padre y a ser hijo. Y aprender, finalmente, a quererse.
Cuando termina la función, el aplauso llega como una ola. Pero después aparece ese silencio. Muscari lo escucha. Y quizás en ese silencio esté la respuesta que buscaba cuando decidió llevar su historia al escenario: el público ya no está mirando solamente la vida de otro.
Está mirando su propia historia, su propia familia, sus propios padres, sus propios hijos. Y eso, después de 70 obras, es algo que para Muscari parece tener un significado especial. Porque esta vez no salió a contar la vida de otro. Esta vez se animó a abrir la puerta de su propia casa.
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CHIMENTOS
Siempre fue conflictiva, con una vida caótica y ahora Fernanda Iglesias confirmó la verdad de su problemas: “A los 53 años me diagnosticaron…”

Impulsiva, vehemente y directa. Fernanda Iglesias se ha caracterizado por marcar su huella en sus múltiples apariciones en la pantalla chica, con ese estilo que algunas voces consideraban bastante confrontativo, al menos poco conciliatorio para expresarse en los paneles.
La periodista tomó notoriedad al retirarse de la silla de LAM, lo que activó la atención y principalmente por su operativa de despotricar contra el programa de Ángel de Brito. Inclusive le declaró una guerra pública a Yanina Latorre, que alcanzó una cierta obsesión por buscar algunas informaciones sobre la vida privada de la angelita más famosa y exitosa.
Ahora, Fernanda acaba de revelar que padece una enfermedad de salud mental, un diagnóstico al que accedió tardíamente, pero que le permitió resolver sus comportamientos más difíciles. “Hay que animar a la gente, sobre todo a los jóvenes, a tratarse”, arrancó en Puro Show.
Hasta que enumeró la montaña de cuestiones que padeció a lo largo de su vida, las acciones propias que la impulsaron a dañar las relaciones personales a su alrededor. “A mí me pasó que no lo hice a tiempo, me enojaba, tenía problemas para vincularme, era conflictiva y fue re duro para mí”, contó.
En ese brutal testimonio, Iglesias iluminó con sumo detalle la verdadera adversidad que le detectaron a nivel psicológico. “Yo tengo un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad”, corroboró con mucha valentía para identificar con total claridad esa afección.
En ese contexto, la comunicadora especificó el plan de abordaje de los profesionales sobre su cuadro y narró: “Y empecé a tratarme a los 53 años”. Y remarcó con mucha seguridad: “Es importante arrancar antes para que la vida no sea tan caótica”.
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El emotivo álbum de Marina Borensztein para su hija en su cumpleaños: «Te felicito por vivir la vida que querés»

Marina Borensztein celebró los 27 años de su hija Malena con un álbum familiar que cruzó Madrid, Londres y varias generaciones. La escritora eligió las redes sociales para acompañar a la distancia a la joven, a quien llama Poupe, y reunió postales de su infancia, de los afectos que marcaron su historia y de los vínculos que construyó con el paso de los años.
Malena vive en Londres, mientras que Marina reside en Madrid, España, junto a su pareja, Oscar Martínez. La distancia no impidió el festejo: la hija de Tato Bores publicó un carrete de imágenes para homenajear a su única hija en el día de su cumpleaños y también adelantó que viajará la próxima semana a la capital inglesa para compartir la celebración en persona.
Las fotos trazaron un recorrido íntimo. Hubo postales de Malena bebé junto a una Marina mucho más joven, tardes de playa, paseos por un parque y escenas que dejaron ver la complicidad entre madre e hija. En cada imagen se asomó una parte de la vida que ambas compartieron antes de que los kilómetros separaran sus rutinas cotidianas.
Entre las fotografías apareció una postal especialmente significativa: un atardecer frente al mar con Berta Szpindler, la madre de Marina y esposa de Tato Bores. Berta, que murió en 2020, formó parte central de la familia Borensztein y su recuerdo volvió a estar presente en esta fecha especial para Malena.

La publicación también incluyó una imagen de la joven con su padre, Jorge Leyba, expareja de Marina. A ese retrato se sumaron varias fotos junto a Oscar Martínez, quien ocupa un lugar importante en el entorno familiar. Malena y el actor consolidaron un vínculo cercano, que quedó reflejado en distintas escenas de la intimidad compartida.
“¡Feliz cumpleaños mi Poupé! Te deseo todo lo mejor de la vida en este nuevo comienzo y más coraje para seguir construyendo. Te admiro y te felicito por todo lo que estás haciendo con tu vida que es vivir la vida que querés. Te amo hasta el más “finito y más allá”…”, dejó plasmado Marina al lado del carrete de fotos.
Lejos de las grandes declaraciones, Marina eligió una frase breve para resumir lo que siente por su hija. En una historia de Instagram la definió como “toda mi vida”. El mensaje acompañó el cumpleaños número 27 de Malena y puso en palabras el lazo que las une, aun cuando cada una transita su día a día en una ciudad diferente.

El apodo Poupe, que remite a muñeca en francés, también forma parte de esa intimidad. Con ese nombre cariñoso, Marina suele referirse a Malena, fruto de su relación anterior a Oscar Martínez. Madre e hija compartieron distintos momentos públicos a lo largo de los años, aunque en esta oportunidad el foco estuvo puesto en las imágenes familiares y en los recuerdos que eligió rescatar.
La cercanía de Malena con Martínez se construyó desde el afecto y la convivencia. Marina y el actor llevan casi dos décadas juntos y conformaron una familia ensamblada entre Buenos Aires, Madrid y los viajes que impone la vida profesional y afectiva de cada uno. En agosto, la escritora celebró 19 años de relación con el intérprete mediante una carta en la que lo llamó “mi compañero, mi amigo, mi maestro, mi familia, mi amante, mi amor”.

Ahora, el cumpleaños de Malena volvió a reunir esas historias en una misma publicación: la presencia de su padre, el recuerdo de su abuela Berta, las fotos con Oscar y la mirada de una madre que eligió revivir momentos de distintas etapas. La próxima semana, Marina viajará a Londres para sumarse al festejo y abrazar a Poupe en su nuevo año.
Antes del viaje, Marina seguirá cerca de Malena a través de las llamadas, los mensajes y las fotos que se intercambian. El encuentro en Londres permitirá que madre e hija celebren juntas, lejos de Madrid, una fecha que ambas guardarán entre los recuerdos familiares compartidos de este año.
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Elina Costantini destapó los secretos más íntimos de su relación y cómo es el sexo con Eduardo Constantini a sus 80 años: “Si yo soy guerrera, él es…»

A sus 36 años, Elina Costantini es una mujer llena de intereses, ímpetus y entusiasmo. Una naturaleza dominada por las ganas de explorar e ir hasta el fondo de las cosas. Y así como hoy está completamente compenetrada con Frida Kahlo, su vida y su obra, con la misma intensidad vive su romance eterno con Eduardo Costantini, su esposo.
Eduardo, viejo lobo de mar, acaba de cumplir 80 años y tiene en su haber tres ex mujeres y diez hijos, la más pequeña, Kahlo Milagro, la niña que tuvo con su esposa Elina, con quien se casó en 2019. La pareja desafió prejuicios, los de la familia, los de una sociedad que encuentra morbo en la diferencia de edad, y sigue unida, enamorada, como dos adolescentes.
Entrevistada por Rulo Schijman para Infobae, Elina aseguró que el tema de la edad jamás fue importante para ella. “Mis parejas siempre han sido grandes. Tuve solamente dos parejas en mi vida. Obviamente, he conocido a muchas personas, pero solo dos parejas. Mi primer novio y Eduardo”, aclaró. El señor en cuestión, el anterior, tenía incluso un año más que el dueño del MALBA.
“Yo no podría nunca estar en pareja con alguien joven, a no ser que tenga una cabeza que me cautive”, explicó la modelo sobre lo que la hechiza de los hombres mayores, su “inteligencia emocional”. Con Eduardo, dice, “somos el amor de nuestras vidas” y el prejuicio de que se casó con él por el dinero siendo tan joven la tiene sin cuidado.
LA CANDENTE VIDA SEXUAL DE ELINA Y EDUARDO COSTANTINI
“A mí me interesa el amor. Si los dos no hubiésemos sentido que somos el amor de nuestras vidas, no estaríamos juntos”, sostuvo Elina, quien hoy no se imagina una vida sin Eduardo aunque sabe adelantarse a lo que podría pasar. “Después de Eduardo, estaría muy sola. Voy a estar con mis hijos, acompañando a mis hijos y trabajando como hasta el día de hoy”, dijo.
La joven Elina insiste en que, si el empresario muere, en ella no quedaría “nada de amor”. Es que la vida que hoy comparten es plena, rebosante de intimidad. “Somos excesivos, empalagosos. Porque el amor es intenso y hay que disfrutarlo. No sabés hasta cuándo”, sostuvo ella, quien aseguró que no hablan con su esposo del final.
“Eduardo va a ser un hombre longevo. Llevamos casados siete años, tal vez podemos llegar a pasar los 25 años. Eduardo es un hombre muy fuerte. Y si yo soy guerrera, él es el triple”, aseguró la modelo. “Nosotros somos muy pasionales”, confesó, entre risas, esta mujer, que para su cumpleaños le regaló remeras blancas y boxers, nunca slips.
“Es importante el bóxer, Eduardo es muy estético”, confesó sobre su marido con quien tienen una intimidad candente y activa. “El sexo es muy importante en la vida, ¿o no? Somos súper pasionales. El sexo para nosotros es un 72 o 75 por ciento de nuestra relación”.
elina costantini, eduardo costantini
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