CHIMENTOS
La estricta condición que imponen Letizia Ortiz y Felipe VI en sus cenas privadas que sorprende a todos sus invitados

Detrás del glamour, los looks y las fotos oficiales, las cenas de la realeza esconden detalles que no siempre salen a la luz. Y en el caso de Letizia Ortiz y Felipe VI, hay una condición clave que se repite en cada encuentro y que todos deben respetar.
Cada vez que los monarcas reciben a líderes políticos o figuras internacionales en el Palacio Real, nada queda librado al azar. Desde la disposición de la mesa hasta el último plato, todo responde a un protocolo milimétrico que busca transmitir una imagen muy clara.
Pero hay una regla que atraviesa todas esas decisiones y que se convirtió en una marca registrada de su reinado: la apuesta por una cocina saludable basada en productos españoles.
Lejos de los banquetes recargados de otras épocas, la impronta actual tiene mucho que ver con el estilo personal de Letizia Ortiz, conocida por su enfoque en la alimentación equilibrada y el bienestar. Según trascendió, desde Casa Real las consignas hacia los chefs son claras: platos livianos, ingredientes de calidad y una fuerte presencia de la gastronomía local.
Esto no significa que falte sofisticación. Todo lo contrario. Los menús se diseñan con meses de anticipación y suelen estar a cargo de reconocidos chefs, que tienen libertad creativa… pero dentro de ciertos límites. La idea es que cada comida funcione también como una carta de presentación del país.
Además, dependiendo del invitado, pueden incluirse guiños a otras culturas, generando una experiencia gastronómica que combina tradición española con toques internacionales. El cambio respecto a años anteriores es evidente. Durante el reinado de Juan Carlos I, los menús solían ser más abundantes y clásicos.
Hoy, en cambio, predominan opciones más livianas, con fuerte presencia de pescados, vegetales y preparaciones menos cargadas. El escenario tampoco pasa desapercibido. Las cenas se desarrollan en largas mesas cuidadosamente montadas, con manteles blancos impecables, vajilla elegante y detalles que refuerzan la imagen de sobriedad y sofisticación.
Así, entre protocolo, política y estética, Letizia Ortiz y Felipe VI logran algo más que una simple comida: construyen un mensaje. Porque en la realeza, incluso lo que se sirve en el plato… también comunica.
Letizia Ortiz, Felipe VI
CHIMENTOS
Enrique Rottenberg, el argentino que se reinventó en Israel y Cuba: a los 78 años estrenó un filme y tiene un nuevo sueño

A los 78 años, Enrique Rottenberg sigue moviéndose detrás de las mismas inquietudes que lo acompañan desde hace décadas: contar historias, explorar los límites de la imaginación y encontrar nuevos caminos para expresarse a través del arte, tal como detalló en una charla exclsuiva con Teleshow.
Pasaron apenas horas del estreno de su nuevo filme en una sala de Palermo que se mostró llena de familiares, amigos y los propios actores. El aplauso del final no fue de compromiso, fue la confirmación de que el trabajo está muy bien hecho.
Nació en Buenos Aires, se fue del país cuando apenas era un adolescente, construyó buena parte de su carrera en Israel, encontró en La Habana otro territorio para reinventarse y, después de una vida atravesada por el cine, la fotografía, la literatura y los proyectos culturales, acaba de regresar a las salas argentinas con 4 historias increíbles, una comedia que lleva su firma como guionista y director.
Pero su presente no se agota en un estreno cinematográfico, ya que también trabaja en uno de los proyectos culturales más ambiciosos de su trayectoria: la futura Fábrica de Arte Contemporáneo (FAC), un espacio que buscará convertirse en una referencia para las artes visuales en Buenos Aires.
Hermano de Miguel y tío del reconocido productor teatral Carlos Rottemberg, Enrique construyó un recorrido propio, lejos de los caminos más previsibles de la industria del espectáculo argentino. Su historia tiene algo de aventura personal, de búsqueda permanente y de inconformismo. A los 13 años dejó atrás la ciudad en la que había nacido para instalarse en Israel. Allí estudió Filosofía en la Universidad de Tel Aviv y posteriormente se formó en cine en la escuela Camera Obscura. Dos disciplinas que, con el paso del tiempo, terminarían encontrándose en su manera de mirar el mundo: la reflexión sobre la condición humana y la necesidad de transformarla en imágenes, relatos y experiencias.

En Tel Aviv comenzó a desarrollar su actividad cinematográfica. Produjo películas del realizador Amos Guttman y también se animó a dirigir su propio largometraje, La venganza de Itzik Finkelstein, que obtuvo siete Premios Ophir de la Academia de Cine de Israel y representó a ese país en los Premios Óscar.
Su recorrido, sin embargo, nunca estuvo atado a una sola geografía ni a una única manera de contar. El realizador fue construyendo una trayectoria en la que los desplazamientos, los encuentros y las nuevas posibilidades creativas funcionaron como motores de su trabajo.
Su primer acercamiento al cine argentino había ocurrido antes de aquella etapa israelí, cuando participó en Sola, la película dirigida por Raúl de la Torre y protagonizada por Graciela Borges. Estrenada en 1976, la producción reunió también a Luis Brandoni, Mabel Manzotti y Lautaro Murúa. Aquella experiencia significó uno de sus primeros contactos con una industria que, pese a la distancia, nunca desaparecería de su horizonte. Sin embargo, no fue lo que esperaba, y la crítica fue despiadada: “La dirección de Raúl de la Torre no nos muestra a este director con la fuerza de sus otras realizaciones”, rezó La prensa en su momento, en tanto que otro de los recuerdos de Enrique es ese texto que sobre la película refería: “Como el título del filme va a quedar”.
Pero si hay una característica que atraviesa su biografía es la disposición a meterse en territorios que otros consideran incómodos o difíciles de transitar. En 1979, mientras vivía en Israel, una pareja se acercó para proponerle una película sobre homosexualidad. Le explicaron que la industria cinematográfica local solía ocuparse de otras temáticas, como si aquella historia no tuviera lugar en la pantalla. La respuesta de Rottenberg fue buscar una explicación desde otro lugar: el de los potenciales espectadores.
Les preguntó cuántas personas calculaban que integraban la comunidad homosexual. La estimación rondaba el ocho por ciento de la población. Israel tenía entonces aproximadamente cuatro millones de habitantes y el cálculo despertó inmediatamente su interés. Si existían 320.000 potenciales espectadores, pensó, también habría que sumar a sus padres: otros 640.000. De esa manera, llegó a una cifra cercana al millón de personas que podían tener algún vínculo con la historia.

El razonamiento parecía prometedor, pero la realidad terminó imponiendo sus propias reglas. La mayoría de aquellos potenciales espectadores permanecían alejados de la vista pública y asistir a una sala para ver una película sobre homosexualidad no era una posibilidad sencilla. Rottenberg recuerda que la convocatoria estuvo muy lejos de las expectativas iniciales y que, probablemente, no llegaron a superar los cinco mil espectadores. La experiencia dejó al descubierto una contradicción de la época: podía existir un público interesado en una historia, pero no necesariamente las condiciones sociales para que ese público se animara a acercarse a verla.
En 1993 volvió a dar un giro decisivo. Dejó Israel y se instaló en La Habana, una ciudad que se convirtió en otro escenario de exploración personal y profesional. Allí desarrolló distintas actividades empresariales, pero también profundizó su relación con la fotografía, la literatura y el cine documental. Entre sus trabajos se encuentran Zenaida (2018) y Cien años juntos (2025), dos proyectos que forman parte de una producción artística que se resiste a quedar encerrada en una sola disciplina.
Esa misma libertad aparece ahora en 4 historias increíbles, su nueva película, una comedia argentina que propone un juego con lo cotidiano, las relaciones de pareja y las posibilidades —a veces disparatadas— de conocer verdaderamente a otra persona. El filme cuenta con las actuaciones de Héctor Díaz, Maida Andrenacci, Carlos Portaluppi, Lola Berthet, Roly Serrano, Jackie Parisier y Magela Zanotta, y tiene a Díaz como protagonista absoluto de sus cuatro relatos.
La estructura parte de una premisa sencilla y, al mismo tiempo, permite desplegar situaciones extraordinarias: un hombre cuenta cuatro historias increíbles en las que siempre es el personaje central. En una de ellas, una condición médica le impide repetir cualquier palabra; en otra, un médico interviene el cerebro de su esposa; también aparece una aplicación capaz de leer los pensamientos y que, como si tuviera vida propia, desarrolla celos; finalmente, un espejo se convierte en un dispositivo capaz de decir la verdad.
Detrás de esos mecanismos fantásticos hay una pregunta mucho más cercana de lo que parece: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conocer al otro y cuánto de ese deseo tiene que ver, en realidad, con la necesidad de controlarlo? La búsqueda de pareja funciona como el punto de partida de una reflexión sobre la vulnerabilidad que supone cualquier vínculo. El protagonista, un hombre cercano a los cincuenta años, atraviesa cuatro situaciones en las que las reglas de la realidad se suspenden para poner a prueba sus relaciones.

Cada historia ensaya una variante de un mismo conflicto. La imposibilidad de repetir palabras, la intervención sobre el cerebro de otra persona, la lectura de pensamientos y un espejo que revela verdades parecen ofrecer soluciones extraordinarias a los problemas de la convivencia. Sin embargo, lejos de facilitar el entendimiento, esos recursos terminan amplificando las distancias. Saber qué piensa alguien no significa comprenderlo; acceder a su intimidad tampoco concede derechos sobre ella.
En ese sentido, la película encuentra uno de sus puntos más interesantes en la paradoja de una sociedad cada vez más conectada, pero no necesariamente más preparada para aceptar al otro. La tecnología promete información, acceso y respuestas inmediatas, aunque ninguna aplicación puede garantizar la intimidad de un vínculo ni reemplazar la confianza que requiere una relación. Rottenberg utiliza el humor y la fantasía para explorar esa contradicción y mostrar que, detrás de los dispositivos más sorprendentes, persiste una dificultad profundamente humana: aceptar que la otra persona no siempre será como uno espera.
En la charla exclusiva con Teleshow, el director explicó también la particular modalidad de trabajo que le permitió concretar la película mientras desarrollaba su vida fuera de la Argentina. “Fui rodando cada vez que llegaba a Buenos Aires”, contó. Una dinámica que habla de su manera de organizar los proyectos y de una relación con el país que nunca terminó de interrumpirse, aún cuando su vida transcurrió durante décadas en otras ciudades. “O ellos me iban a visitar allá o yo venía para acá”, recordaría sobre el lazo familiar nunca perdido.
La inquietud artística también tiene un nuevo capítulo en el lazo sanguíneo. Rottenberg es padre de Mika Rottenberg, una reconocida artista visual que vive en los Estados Unidos y cuya obra alcanzó proyección internacional y se exhibió en instituciones de enorme prestigio, entre ellas el MoMA, la Tate y el Museo de Israel, en Jerusalem. Sus trabajos exploran las relaciones entre los cuerpos, las máquinas, la producción, los espacios y la poesía, mediante instalaciones y piezas de videoarte que invitan al espectador a descifrar imágenes y sentidos.

La relación de Enrique con el universo creativo de su hija tuvo, como suele suceder en los vínculos entre generaciones, un tiempo de descubrimiento. “Mika, en la década del noventa, comienza a trabajar con el videoarte, pero, entonces, no la entendí, pensaba que todo debía tener, como en el cine, comienzo, desarrollo y final”, recordó. Su confesión revela una mirada sincera sobre las diferencias entre disciplinas y también la capacidad de reconocer que el arte puede expresarse mediante lenguajes que no necesariamente responden a las estructuras conocidas.
Aquello que inicialmente le resultaba difícil de comprender terminó convirtiéndose en parte de un diálogo artístico entre dos generaciones. Mientras él había desarrollado buena parte de su trayectoria a partir de la narración cinematográfica, su hija exploraba otras formas de construcción visual, donde el relato no siempre necesita una estructura tradicional para producir una experiencia en quien observa.
Ahora, a los 78 años, Rottenberg tiene puesta buena parte de su energía en Buenos Aires. Su próximo gran desafío es la Fábrica de Arte Contemporáneo (FAC), un ambicioso proyecto cultural que tiene prevista su inauguración en los primeros meses de 2027. Ubicado en la intersección de Perú y San Juan, en el corazón de la ciudad, el espacio buscará convertirse en un punto de encuentro para las artes plásticas, el videoarte y las distintas expresiones del arte contemporáneo latinoamericano.

La iniciativa pretende abrir un lugar para la experimentación, el intercambio y la circulación de nuevas propuestas artísticas. No se trata solamente de levantar un espacio expositivo, sino de construir un ámbito capaz de generar encuentros entre artistas, obras y espectadores, y de ofrecer una plataforma para lenguajes que muchas veces necesitan nuevas formas de exhibición y comprensión.
Hay algo profundamente significativo en que ese proyecto encuentre a Rottenberg nuevamente trabajando en la ciudad donde nació. Después de haberse marchado a los 13 años, de haber estudiado, producido y dirigido en Israel, de haber elegido La Habana como escenario de otra etapa de su vida y de haber explorado distintos lenguajes creativos, Buenos Aires vuelve a ocupar un lugar central en sus planes.
Enrique Rottenberg se define como un artista obsesivo, alguien que persigue sus sueños con perseverancia y que encuentra en cada proyecto una razón para seguir adelante. Su recorrido demuestra que nunca entendió la creación como una actividad limitada a una edad, una disciplina o un país. Porque cuando muchos podrían considerar que llegó el momento de mirar exclusivamente hacia atrás, él sigue pensando en lo que falta hacer.
Su nueva película, sus documentales, su relación con el arte de su hija y el desafío de poner en marcha la FAC forman parte de una misma historia: la de un hombre que hizo de la curiosidad una forma de vida. Un argentino que se fue muy joven, encontró su lugar en otras culturas y nunca dejó de buscar nuevas maneras de contar el mundo.
Enrique Rottenberg,4 historias increíbles,rodaje,cinematografía,cámara de cine
CHIMENTOS
Emilia Mernes reveló cómo vive la cancelación total tras su escándalo con Tini Stoessel: “Te juro que nunca me pasó en la vida”

Emilia Mernes habló sin filtros sobre el costado más difícil de la exposición pública: las críticas y los comentarios negativos que aparecen en las redes. Invitada a Olga, recordó que hubo una etapa de su carrera en la que las repercusiones de sus entrevistas llegaron a generarle nervios y ansiedad. Indirectamente todo eso quedó asociado al hate que recibió en su pelea con Tini Stoessel.
En este contexto, Emilia reconoció que los recortes de sus declaraciones, muchas veces sacados de contexto, podían transformarse en el disparador de muchos cuestionamientos. Sin embargo, aclaró que hoy transita esa situación de otra manera y que aprendió a no darle el mismo lugar a las opiniones ajenas.
“Un poco me pasaba, no te lo voy a negar, pero estoy más relajada ahora”, explicó Mernes cuando le preguntaron por los fragmentos de algunas entrevistas que circulan en internet. En ese sentido, la cantante describió una sensación que se fue instalando con el tiempo: la posibilidad de que cualquier palabra termine convertida en una polémica.
“Siento que en cualquier momento me pueden sacar de contexto por cualquier cosa porque funciona”, comentó Emilia. También señaló que eso forma parte del mundo de las redes, aunque consideró que las mujeres suelen quedar expuestas a ese tipo de revuelos. “Sé que también es algo de la época, no me lo tomo personal, es algo que hacen con todos y todas, sobre todo con nosotras. Pero a mí me agarraron un poquito de más”.
EMILIA MERNES CONTÓ CUÁNTO LA AFECTAN LAS CRÍTICAS QUE RECIBE EN LAS REDES SOCIALES
Uno de los momentos más fuertes llegó cuando contó cuánto la afectó toda esa presión. Emilia Mernes recordó que en su momento dar una nota la hacía alterar por completo. “A mí me pasaba que yo sabía que tenía que dar una entrevista y me ponía nerviosa… alguna que otra gotita de clona. No está bien pero con mucha terapia”.
Más allá de las situaciones que le costó manejar, Emilia aseguró que de todos modos pudo trabajar sobre eso. E incluso separa todo lo que pasa en las redes con su vida privada. Y entonces, para marcar la diferencia, puso el foco en el trato que recibe cuando sale a la calle. Según explicó, nunca vivió las agresiones que aparecen en los comentarios de las redes.
“Yo salgo a la calle y a mí nunca nadie me faltó el respeto, entonces te das cuenta que eso solo queda en las redes por amarillismo o lo que sea y que después salís al mundo real y no es así porque a mí nunca nadie me dijo nada en la cara”, explicó Mernes.
Luego Emilia le dedicó unas palabras a quienes la atacan con perfiles falsos o sin foto. “A ver el que no tiene fotito de perfil, vení y decime algo en la cara. Vení a ver si te animas”. Y recalcó que puede separar ambas cosas. “Te juro que nunca me pasó en la vida. Entonces es quedarte con lo verdadero, con la gente que te da amor que es lo importante. Después obvio van a haber tres bol… que te van a decir cosas, lo importante es no tomártelo en serio porque a veces te la crees”.
Emilia Mernes, Tini Stoessel
CHIMENTOS
Litto Nebbia revisita dos de sus discos clave de los ’70, pero advierte: «No me gusta hacer un cover de mí mismo»

Hay músicos que hacen carrera. Litto Nebbia hizo algo más difícil: hizo historia. Y la sigue escribiendo. A sus 75 años, con una rótula y un húmero recién recuperados, el fundador de Los Gatos ensaya con su quinteto el repertorio de dos álbumes que grabó hace medio siglo y que buena parte del mundo todavía no terminó de descubrir. Fuera del Cielo (1975) y Bazar de los Milagros (1976) son los protagonistas de un concierto que se celebrará el sábado 31 de octubre a las 21 en el Teatro Santa María, Montevideo 842, en la ciudad de Buenos Aires, con producción es de Darío Arellano.
No es nostalgia, aclara Nebbia. Es evocación. La diferencia, para él, es sustancial. Mientras la nostalgia mira hacia atrás con melancolía, la evocación convoca algo que estuvo vivo y puede volver a estarlo. Y lo que está convocando ahora es un período de su obra que quizás sea el menos conocido del gran público pero que, entre quienes lo siguieron de cerca, tiene la densidad de un clásico secreto: canciones largas, complejas, grabadas con músicos que venían del jazz y que no tenían miedo de tocar rock, folclore o lo que fuera necesario. Canciones que, en muchos casos, Nebbia no volvió a tocar desde que las registró.
Para la ocasión, el sello europeo Vampi Soul publicará reediciones en vinilo de ambos álbumes, con nueva masterización realizada por Mario Sobrino en Melopea, el sello que Nebbia fundó hace casi cuatro décadas y que sigue siendo su cuartel general creativo. Antes del show, Teleshow habló con él sobre la recuperación, los discos, Brasil, la industria musical y una serie documental de diez capítulos sobre su vida que podría estar lista a mediados del año próximo.
Nebbia atendió el teléfono apenas terminó de ensayar con Ariel Minimal —guitarrista y voz de Pez—, Mica Corley y Tomás Corley —bajo y batería de Los Reyes del Falsete— y Santi Martínez —teclados y voces de El Kuelgue—, los músicos que lo acompañarán en el escenario. Lo hizo con la misma energía con la que, según él mismo cuenta, encara cada nuevo proyecto: sin mirar demasiado atrás, sin pensar en jubilarse, convencido de que la vida —como la música bien escrita— no tiene fecha de vencimiento.

— En 2023 tuviste una fractura seria que te obligó a suspender conciertos. ¿Cómo fue esa recuperación?
— Me quebré la rótula y el húmero. Estuve un año en una cama. No podía ir al baño, no podía hacer nada. Me operaron, salió todo bien, pero después vino la recuperación, que con los huesos y la rótula son tres o cuatro años bajo la pata. Ahora estoy bien, no tengo dolor, camino despacito, tengo que cuidarme al bajar escaleras. Por eso había que postergar algunos aniversarios. El año pasado hicimos Pormelopea, que era de 1974. El año anterior, De Muerte en la Catedral, de 1973. Ahora les toca a estos dos, del 75 y el 76. Todos los años se cumple algo, cuando uno tiene tantos discos y tanto tiempo de carrera. Así que metí los dos juntos. Todos los días hago una hora, una hora y pico de ejercicios. A premio consuelo me digo: “Mick Jagger hace cincuenta años que hace eso por día”. El tipo sale corriendo al escenario. Si no movés el cuerpo, fuiste.
— ¿Qué lugar ocupa ese período —el de Fuera del Cielo y Bazar de los Milagros— dentro de tu trayectoria?
— Mirá, en esa época yo tenía un trío que duró más de seis años con dos grandes músicos que venían del jazz: Jorge “Negro” González en contrabajo eléctrico y Néstor Astarita en batería. Eran muy dúctiles, con una aplicación musical fenomenal, pero no eran ortodoxos. Si era rock, tocaban. Si era otra cosa, también. Entonces las canciones que yo llevaba tomaban un lenguaje nuevo que salía de la combinación de la experiencia de ellos y la mía por otro lado. Para colmo, en esa época nos juntábamos y grabábamos con músicos como Dino Saluzzi, Chango Farías Gómez, Rodolfo Acharrán, Manolo Juárez. Nadie tenía el prejuicio de tocar con el otro, a pesar de que algunos venían del folclore, otros del tango y otros del jazz. Tengo un muy buen recuerdo de esa época. Y fijate que estos dos álbumes acaban de salir en Europa, editados por Vampi Soul. Los compran tipos de Bélgica, de Holanda, de España. Lo importamos también para vender acá en los recitales.
— Fuera del Cielo nació de una experiencia escénica con el mimo Olkar Ramírez y con textos de Mirtha Defilpo. ¿Qué recordás de ese cruce entre música, teatro y palabra?
— Muy bueno. Nosotros éramos muy amigos de él. Era fotógrafo, había hecho varias tapas de discos nuestros. Pero también actuaba, practicaba danza, era mimo. Se anotó en el Festival Internacional del Mimo que se hizo en el Teatro General San Martín, en octubre del 74. Venían mimos de Venezuela, de Brasil, de todos lados. Y un día nos dijo: “No sé qué obra voy a preparar”. Entonces le pregunté si quería que le escribiéramos algo, de puro gusto, por hacer algo nuestro. Ahí Mirtha Defilpo escribió ese texto extenso que narra, poéticamente, las vicisitudes de un tipo que fracasa en casi todo lo que se mete. Un clown que fracasa. Por eso Fuera del Cielo. Yo inmediatamente le empecé a poner música. Cuando se lo mostré, a él se le ocurrió que por qué no actuaba en escena con él. Le dije: “Pero yo no soy mimo, me va a dar vergüenza”. Finalmente lo orquestamos: yo aparecía mientras él hacía su trabajo de mimo, narrando y cantando las vicisitudes, tocando el piano. Duraba 45 minutos. Tuvo muchísimo éxito. Cuando terminamos dijimos: “Uy, esto ahora va a quedar en la nada”.

— ¿Y para este concierto pensaste en traer un mimo?
— No, lo voy a tocar con los chicos que toco ahora. Nada de eso. Lo que sí hice fue una adaptación para llevar aquello al disco: quité las improvisaciones más largas que había metido para acompañar el trabajo de él, dejé toda la parte del texto musicalizada, los cambios, y logré una versión de 14, 15 minutos, que es la que está en el álbum. Después hicimos tres o cuatro canciones más. Es un disco que trae cinco temas nomás. Son muy largos. Muy contento de haberlo dejado registrado.
— Al volver a trabajar sobre estas canciones, ¿qué encontraste en ellas que quizás no habías advertido cuando las grabaste?
— Es una sensación muy noble volverte a encontrar con cosas que no tocaste desde que las hiciste, es decir, hace medio siglo. Muy rara. Por un lado decís: qué buena cosa que hacíamos en esa época. Tocábamos mucho por el interior, en bolichitos, en pubs, y todo el mundo nos escuchaba dos o tres horas tocar estas cosas que eran barbaridades para la época, porque eran bastante complejas. No era rock de tres acordes. Tengo la sensación de que dejé las canciones guardadas en un cofre, enterrado en el fondo de un jardín, y las saqué ahora. Enseguida me acuerdo las melodías. Pero lo siento todo muy fresco, con mucha energía para tocarlo. Eso es lo que pasa cuando escribís sin el prurito de: “Esto no lo pongo porque es difícil, no lo van a entender”. Yo escribí lo que salía. Y eso hace que ahora las canciones sean muy ricas. Hasta se pueden disfrutar un poco más, quizás.
— ¿Qué se mantiene intacto de las versiones originales y qué cambia al tocarlas hoy?
— No me gusta hacer un cover de mí mismo. No tiene sentido. Además, las químicas entre los músicos y el tempo de las canciones tienen que ver con ese momento de tiempo y espacio que se viven y después no se ven nunca más. Algunas de estas las canto un poco más acelerado o más lento, y nunca será como cuando las grabé. Es otra historia. Lo que sí hago es una adaptación: hay temas que duran 20 minutos con todos los arreglos del trío de esa época. Les rescato la línea melódica, la armonía, la letra, pero los adapto. Lo vamos a grabar para ver si el año que viene lo publicamos también como disco en vivo.

— Para esta revisión estás con Ariel Minimal, los hermanos Corley y Santi Martínez. ¿Qué encontraste en ellos?
— Son tipos que me gusta cómo tocan, pero más que nada que les gusta la música que yo escribo. Me llevo bien con ellos para hacer sonar esto. Ocurren cosas bárbaras porque a todos les gusta, pero muchas cosas que escribí ellos no habían nacido todavía. Es como un secreto a voces. Por el momento somos un quinteto y suena muy bien. Tiene otra química, otras improvisaciones. Por eso me gusta cómo está saliendo.
— Bazar de los Milagros tiene una influencia brasileña muy marcada e incluso su título viene de una novela de Jorge Amado. ¿Qué lugar tenía Brasil en tus búsquedas musicales de esos años?
— Ese disco es manifiestamente un disco dedicado a la climática de Brasil. El título viene de la lectura de dos o tres libros de Jorge Amado, el bahiano: Teresa Batista, Tienda de los Milagros. Me impresionaron mucho. Un día dije: “Voy a juntar todo esto”. Y por eso grabé el disco con Daniel Homer, que es otro loco de la música brasilera. A mí siempre me gustó Brasil desde la música más antigua hasta las cosas nuevas. Cuando vas allá te das cuenta de que toda la gente ama su música, la defiende a muerte. Acá nosotros nos creemos que somos nacionalistas. No es así. Acá discutimos treinta años sobre si empezó el tango o no. Los brasileros aman a todos sus artistas. Y logran meterse internacionalmente, cosa que es muy difícil con otras músicas. Si me preguntás cómo es reconocida la música argentina en el mundo, es el tango, sí. Por las viejas películas de Gardel o de Libertad Lamarque y también por la danza. Pero la música brasilera la reconocés en cualquier lugar de la Tierra.
— ¿Hubo un vínculo personal con esa música, más allá de lo estrictamente musical?
— Sí, cuando yo tenía 19 años conocí a Tom Jobim, conocí a Milton Nascimento. Una vez me invitó a su casa Elis Regina. Estuve con Hermeto Pascoal. He estado con algunos de ellos en distintos viajes. Eso hace que entiendas un poco más de su historia, de su música. Tienen unos libros muy buenos sobre su historia. Yo entiendo bastante. Me gustan los compositores. En cada zona tienen una onda distinta. Los de San Pablo, los cariocas de Río, los de Minas Gerais, donde no hay agua ni mar y hay una música espectacular. El más importante que salió de ahí es Milton Nascimento. Y como quince tipos más amigos de él, de sus barras. Todos cantan y tocan bien.

— Tu productora Melopea lleva casi cuatro décadas. ¿En qué proyectos estás concentrado ahora?
— Estamos sacando esencialmente discos míos. El negocio ha cambiado: no hay la cantidad de tiendas de discos que había antes, y una parte importante se vende digitalmente. Pero el que toca en vivo, como mi caso, vende mucho en los shows. Lo que más renovamos son mis discos personales y vamos sacando otros en menor medida que en otras épocas. Hubo años que yo producía veinte discos de otros artistas; ahora capaz que produzco tres. La economía está muy difícil para la gente. Hay que ser ubicado con la realidad, especialmente cuando uno hace lo que le gusta. Todo lo que hago de música tiene como búnker a Melopea, y siempre con capital que sale de la misma música: giras, derechos de autor, documentales, películas.
— ¿Y hay algún proyecto propio en puerta además del concierto?
— Sí. Mi hija Miranda, junto con el cineasta Marcelo Yapses, está haciendo una serie sobre mi historia. Diez capítulos de aproximadamente una hora cada uno. No es ficción. Está hecha con cuarenta testimonios. de músicos, escritores, gente que quiere opinar sobre mí. Yo también aparezco enlazando las narraciones. Cada capítulo está dedicado a una parte más o menos fundamental: mis inicios, Los Gatos Salvajes, Los Gatos, cuando empiezo como solista, el exilio, la vuelta, Melopea, hasta el capítulo más actual. Hay material inédito de actuaciones, reportajes, lugares en vivo. Y está hecha con un criterio bastante cinematográfico. Por ejemplo, Pablo Helman, el técnico que hace los efectos especiales con Martin Scorsese y antes con Steven Spielberg, que es muy amigo mío, tuvo la gentileza de mandarme algunas cosas inéditas de la última película de Scorsese donde él trabajó. Esas cositas van a estar de adorno. Si todo sale bien, es posible que a mediados del año próximo ya se pueda ver en alguna plataforma.
— Después de haber sido compositor, intérprete, productor y editor durante tantas décadas, ¿qué te sigue dando curiosidad?
— Esto es un poder de vocación: o lo tenés o no lo tenés. No es una tarea que vos algún día digas: “Ahora no lo hago más, me jubilo”. No existe eso. Lo que hacés es seguir adelante con nuevos proyectos que nacen a partir del último que hiciste. Querés intentar tocar con otro, escribir así, asado. Lo hacés con una conciencia totalmente de vida. Yo le explicaba el otro día a alguien que me lo preguntaba como si uno pudiera decidir parar: “Nosotros no sabemos de dónde venimos a este planeta, pero tampoco tenemos una fecha de cuándo nos vamos. Al no tener eso, para mí la vida es interminable”. Esa es mi idea. Hoy que soy más grande y estoy bastante estabilizado, si antes lo hacía cuando había épocas que no tenía para comer, imaginate ahora.
Litto Nebbia
INTERNACIONAL2 días agoEuropa entre Escila y Caribdis
DEPORTE2 días agoGoleada en contra y apenas 22 minutos para el Chango Zeballos en Monza
SOCIEDAD2 días agoLa reflexión de Gabriel Rolón sobre la felicidad: “Es ese momento de eternidad donde lo que fuiste, querés ser, te atormenta y temés coexisten”














