CHIMENTOS
La historia de la vieja y querida Paparazzi: 25 años junto a la gente, un amor para toda la vida

«Otra categoría para destacar: portales que, con contenido de espectáculos, nos meten en el detrás de escena, en estrenos y ojo eh, también en exclusivas… Y el Martín Fierro a sitio de contenido de espectáculos es para… ¡Paparazzi!«.
«Paparazzi es una marca histórica del periodismo de espectáculos argentino que supo adaptarse al entorno digital. Continuó acercando al público a las noticias, exclusivas y protagonistas que definen la agenda del entretenimiento consolidándose como una referencia para seguir el pulso de la cultura popular y el mundo de las celebridades».
Cinco meses atrás, la fría noche del 4 de junio de este mismo año, entre el formal Nacho Girón y la ahora mega escandalosa y polémica Julieta Prandi anunciaban lo que puede considerarse el broche de oro a 25 años transpirando la camiseta y batiendo el parche para informar con la verdad y de manera divertida, y también una puerta abierta a nuevos y apasionantes desafíos, ya no con el papel sino a través del celu y de la compu.
La vieja y querida Paparazzi se ganó un Martín Fierro, nada más y nada menos. Reconocimiento para quienes la hacemos, para quienes transpiramos la camiseta todos los días y jugamos cada partido o cada nota como si fuera el último, para los que están ahora y los que pasaron por esa redacción con espíritu de tribuna futbolera que discute, goza los éxitos y sufre las derrotas con ese fervor propio del más popular de los deportes, y también un premio para la gente.
Para todos y cada uno de los que en ese cuarto de siglo o agarraron la revista y leyeron aunque sea un párrafo, o ahora empuñan el teléfono y la scrollean en la casa, en una oficina, en un bondi, en el tren, sobre la cama, —¿en el baño?—, en el sillón, de parados, tomando mate, comiéndose un sánguche, mirando la tele, los que llegan por Facebook, o por Insta, o por Twitter, los que comentan, los que putean, los que agradecen.
Al fin y al cabo, sin más ni más, Paparazzi es la gente. Para la gente. Con la gente. Y sobre todo, de la gente.
Empezar por la gente el recorrido de los 25 años de historia de Paparazzi resulta entre ineludible y placentero. Se lo merece ese público que siempre estuvo, los verdaderos dueños de esta marca, de este medio, de este sentimiento hecho publicación en su origen y ahora reconvertido en página web, o portal, o ámbito digital, o como quieran llamarlo. Paparazzi sos vos, que ahora estás leyendo esto. A Paparazzi se la quiere —o no—, se la lleva en la piel, en el alma, en la sangre, o se la mira de reojo y tapándose la nariz. Pero jamás de los jamases pasó ni pasará inadvertida.
RIAL, VENTURA Y SU LOCURA MAS GRANDE
Como cualquier película, o serie, la de Paparazzi también tuvo un primer capítulo. Y contó con protagonistas, lógicamente: Jorge Rial y Luis Ventura por un lado, Costancio Vigil y Editorial Atlántida por el otro. La empresa había abandonado el segmento chismoso al dar de baja Teleclick y sentía que le faltaba algo, por eso llamó a los máximos expertos en el país, que estaban arrancando Intrusos y necesitaban consolidar la marca y su liderazgo. La combinación de casi 80 años de experiencia y la fuerza y los bríos de la dupla más explosiva de todos los tiempos fue demoledora.
En las reuniones siguientes ya no eran tres, sino cuatro: a ellos se sumó Gonzalo Abascal, propuesto por Atlántida como timón periodístico del barco y junto a Ventura, finalmente, los cerebros de la Paparazzi que cuando llegó a los puestos de diarios hizo explotar todo y revolucionó la forma de contar los chismes y la vida de los famosos.
A partir del primer número, salido casi de apuro el 8 de noviembre de 2001, los cuernos fueron cuernos y no «una separación en buenos términos», las amantes fueron amantes y no «amigas íntimas», las crisis fueron crisis y no «necesitamos un tiempo para ver la vida de otra manera». Sobre todo, los famosos fueron gente con una vida como la de todo el mundo y no seres superiores a los que nunca le pasaba otra cosa que estrenar una película, una obra de teatro o un programa de televisión en los que, además, solo conocían el éxito.
Nadie pudo quedar ajeno a esa revista nueva y diferente. Todos tuvieron que ajustar sus modos, y por qué, no copiar. Los famosos quedaron impávidos y los lectores, agradecidos. En las páginas de esa Paparazzi revolucionaria no había que adivinar nada ni leer entre líneas ni acertar enigmáticos. Todo estaba contado de manera sencilla y entretenida y sobre todo mostrado.
Llegaron tapas como Rímolo presa con un traje a rayas, la muerte de Jazmín —el perro de Susana Giménez—, el juicio por la muerte de Rodrigo, los problemas maritales de Tinelli, y tantas otras. Había empezado el momento, definitivamente, en el que las cosas se empezaban a contar de otra manera. Sin vueltas ni maquillajes, al pan pan.. y al vino vino.
TIEMPO DE DEFINICIONES
Jorge Rial quedó como la cara visible. Luis Ventura como una suerte de hombre orquesta: el director periodístico que debía decidir la portada o dar el sí a las propuestas de tapa que se le hacían, el que ponía la cara cuando una figura se enojaba y llamaba para putear y el que aportaba el mayor caudal de chimentos calientes. Abascal era el que ponía la maquinaria en funcionamiento y también jugaba de arquero, de 2, de 5, de 10 y de 9. De todo un poco.
Abajo de ellos, la tropa, que cada vez fue más grande. Un ejercito de gente —en su mayoría joven— que llegó con su creatividad, sus ganas de crecer y de aportar, sus dudas, sus temores, sus cavilaciones. Muchos de ellos, pasado el tiempo, transcurridos los años, manejan medios, extendieron sus dominios a otros ámbitos como la tele, la radio o el streaming, y hasta cruzaron las fronteras del periodismo y conquistaron con su talento otros rubros más redituables que andar dándole a las teclas y a las preguntas. Alguna vez, era tal el arrojo y la decisión que Ventura, querido por todos, los (nos) llamó «los Talibanes».
Pasado el impacto inicial, terminada ya esa sorpresa y con la competencia asumiendo que había un viraje hacia un periodismo más real y menos color de rosa, hubo que buscar otra variante. Algo que permitiera salir otra vez de lo que ya hacían todos para llamar la atención de nuevo y robustecer un caudal de ventas que se había amesetado.
Ese período, que se conoció como relanzamiento, terminó derivando en una época sensacional y que confirmaría a Paparazzi como la revista más vendida del país, desbancando incluso a semanarios con décadas de trayectoria. Fue la época que combinó a Las chicas Paparazzi con la información más pura y dura. Las primicias más explosivas. Los títulos más fuertes. Un bombazo al medio del arco imposible de frenar.
En Paparazzi, básicamente, siempre hubo lugar para todo el mundo. Fue una casa de puertas abiertas para grandes y para chicos. En su interior nunca faltó un vaso de agua, un té caliente o un matecito con bizcochitos para nadie. Salieron en sus páginas desde las divas —Moria, Mirtha, Susana, la Alfano, Graciela Borges— hasta las aspirantes. Desde Darín, Suar, Tinelli o Pergolini, hasta el actor con 10 minutos en pantalla. Aquí, sin ir más lejos, tuvieron sus primeras notas Wanda, como se dijo, y María Eugenia La China Suárez. ¿Les suenan, no?
Pamela David, Silvina Luna, Sabrina Rojas, La Ritó, Luciana Salazar, la Jelinek, Jésica Cirio, Evangelina Anderson, Belén Francese, Victoria Vannucci, Amalia Granata, la paraguaya Dallys Ferreyra, la uruguayísima Claudia Fernández, las brasileñas Lola Bezerra y Tamara Alves, hasta Emilia Attias. Todas las que pasaban por la tapa de Paparazzi salían disparadas hacia el estrellato. De ahí iban al teatro, o a la tele, o las llamaba Tinelli. Algunas no tenían ni un minuto de fama, pero una aparición en ese sitio alcanzaba para que las conociera todo el mundo. En esa Paparazzi, por ejemplo, Flor de la Ve tuvo la primera tapa de su carrera con un título que escandalizó a muchos un montón de tiempo antes de la ley de género: «La mujer del año soy yo».
Ni hablar Wanda Nara. La mujer más famosa y mediática de los últimos 20 años prácticamente nació en Paparazzi. En sus páginas dijo que era virgen y protagonizó una edición (precisamente, la que se tituló «Virgencita mía») de la que ya no tuvo retorno y que debe ser una de las tapas más analizadas, comentadas, mostradas, estudiadas y cuestionadas de la historia del periodismo gráfico argentino.
También hubo cartas para jugar —un invento ciento 100% Paparazzi— y coberturas de Gran Hermano inigualables e imposibles de imitar. Una de ellas, la de 2007, el GH de Marianela Mirra y Diego Leonardi, le permitió a Paparazzi alcanzar un hito que, por entonces, representaba tocar el cielo con las manos: 100.000 ejemplares vendidos, una cifra impresionante y lograda casi en tiempo récord. Fue con una tapa de Nadia Epstein, quizás para confirmar que los villanos interesan más que los buenitos.
UN CAMBIO CLAVE, Y EL EXITO TOTAL
La zona de confort no duró mucho. Una vez que comprobó que Abascal tenía buena mano para encabezar proyectos difíciles, Atlántida se lo llevó a conquistar otros objetivos y en Paparazzi llegó la era de alguien que venía de abajo y pedía pista: el querido e inolvidable Juan Pedro Reca.
Entrerriano, fana de Independiente, simpatizante de Patronato y de los Dallas Cowboys de la NFL yanqui, amante de los buenos vinos, los asados con picadas previas y postres posteriores, de ir a morfar afuera, y de las mujeres en todas sus formas y sentidos, gruñón, puteador como pocos, gustoso de viajar, conocer y recorrer Estados Unidos y Europa, papá de tres siempre ocupado y preocupado, discutidor serial y polémico en muchas de sus expresiones, tenía apodo de centrofobal alemán: para todos era El Tanque.
Nos lo arrebató el año pasado un infarto repentino y recontrahijodemilputas cuando seguía capitaneando el barco enfrentando olas distintas, desconocidas, las virtuales, y también lo estaba llevando a un buen puerto de números extraordinarios. Sin un homenaje para él, el recuerdo por los 25 años de Paparazzi no era recuerdo ni uncarajo.

Hábil para elegir los temas de tapa, y certero y preciso en la selección de las fotos que las ilustraban, el Tanque Reca fue dejando atrás la época de las chicas y metiendo a Paparazzi en una era mucho más informativa, dura, guerrera y sin concesiones hacia las estrellas. El enfoque trajo más enfrentamientos con las figuras, pero también más cercanía con los lectores, que se siguieron sumando de a miles.
Algunas notas generaron los escándalos más grandes que recuerde el siglo XXI. Como estandarte, el hallazgo de Juana Viale en una situación de intimidad callejera con el ministro Martín Lousteau cuando los dos estaban en pareja. No solo el país, hasta el mundo habló de eso. Las conversaciones entre Sebastián Ortega y Marcelo Tinelli cuando el conductor del Bailando blanqueó el romance con su ex Guillermina Valdés hicieron explotar el bochornómetro de los famosos.
Los periodistas pasaron del otro lado del mostrador y también se volvieron protagonistas. Jorge Rial, accionista —»dueño»— y hombre fuerte de Paparazzi, también fue tratado sin concesiones y tanto su romance como su separación de la Niña Loly Mariana Antoniale merecieron infinidad de tapas. Una de ellas quedó definitivamente establecida como la más vendida de la historia de la revista. Récord absoluto y total. Nadie contaba de esa forma la novelita y los ejemplares salían como pan caliente. Ni él se salvó del olfato investigador de los sabuesos de PPZ.
Tiempo más tarde le tocó a Ventura cuando él fue noticia. Su salida de la revista, intempestiva, de un día para el otro, brutal, fue un golpe tremendo al corazón de los trabajadores, un mazazo que costó digerir. Luisito, Ventura o Venturita era capaz de volver trajeado del Hotel Alvear y a los tres minutos estar en patas en la redacción tomándose unos mates con la muchachada. Después se fue Rial, pero no hubo tantos lamentos. Como se pudo, se siguió.
Los cuernos repetidos de Pampita, sus crisis recurrentes, el motorhome, las primeras fotos de la China y Vicuña, las fotos del casamiento de Cabré y Eugenia Tobal que el galán no querían que se vieran (cuentan que su bronca por esa tapa de Paparazzi le duró más que su amor por la actriz), los sucesivos tropiezos amorosos de Tinelli, y nuevas figuras como Tini Stoessel (en ese entonces protagonista de Violetta) y Lali Espósito (en ese momento, de novia con Mariano Martínez), las chicas de Combate (una producción que unió a Mica Viciconte y Flor Vigna sigue siendo la única nota que aceptaron dar juntas), Laurita Fernandez y sus amores, entre muchos otros, marcaron el rumbo en ese momento de ventas todavía al por mayor.
EL RIVAL NUEVO Y DISTINTO QUE SE TERMINO CONVIRTIENDO EN ALIADO
De repente, la competencia de Paparazzi no fueron las otras revistas o los programas de chimentos. No, pasó a ser el celular. Internet revolucionó al mundo y los hábitos de consumo cambiaron. Para colmo, los smartphones permitieron llevar la web a todos lados y la gente, de repente, empezó a informarse por el aparatito y pasó a darle la espalda al papel. Sobre todo las nuevas generaciones.
El desafió llegó más tarde que temprano. Sin perder la salida semanal a los cada vez menos puestos de diarios que fueron quedando en pie, Paparazzi tuvo primero su página, después su perfil en Facebook, luego el de Twitter y finalmente el de Instagram. La nueva época estaba en marcha y era, se suponía, un problemón. Efectivamente, lo fue.
La caída en las ventas no se detuvo nunca. La redacción de «la revista» se fue achicando y la de «la web» se agigantó. La economía del país tampoco ayudó mucho en esos años. Encima, sobre llovido, mojado: vino la pandemia y la decisión metió miedo y causó mucha tristeza: la revista dejaba de salir en abril de 2020 y todos los esfuerzos se concentraban en la web.
El Wandagate marcó un rumbo a seguir. Las historias ya no se contaban en «una nota de tapa» sino en «mil textos», todos con enfoques distintos. «La tapa es un golpe a la mandíbula del lector, que la tiene que ver y tiene que sentir un impacto», decía Ventura en los tiempos fundacionales de Paparazzi. Bueno, había que buscar lo mismo, pero no una vez sino muchas más, y no una por semana sino a cada rato y 7 por 24 por 12 y por los 365 días del año, porque ya nadie descansa ni un maldito minuto. Un laburo incansable y agotador, pero también apasionante.
Ya no hay «ventas» sino «tráfico», ya no hay «lectores» sino «usuarios». Los números se han multiplicado de manera demencial. Un mes, el mejor de todos hasta ahora, la gente apretó sus deditos contra la pantalla e hizo click en alguna nota de Paparazzi 66 millones de veces. ¡¡S-e-s-e-n-t-a y s-e-i-s m-i-ll-o-n-e-s!! Argentina tiene 47 millones de habitantes, así que no hay mucho para imaginar.
PAPARAZZI SOMOS TODOS
Como todas, la historia de Paparazzi tiene nombres propios. Corita Debarbieri, hoy columnista de Yanina Latorre, fue una de las pioneras en la redacción. Otros que metieron corazón, pases cortos y textos sin igual fueron Nico Coppa, hoy capo en Clarín como Abascal; Lucas Beltramo, el bostero de TyC (igual, en Paparazzi perdía las discusiones que en la tele gana todos los días); Noelia Santone, que sigue haciendo quilombo en Infama; Mariel Fuentes y Flor Maccione, ahora una dupla imbatible en otros rubros; Luchito López, Leito Fernandez, Matu Centeno; Sole Cotelo, que hoy desparrama su poesía en Barcelona; Norita Cohen, dedicada de lleno a su familia y al emprendimiento familiar; Celeste González; el matero y teceista balcarceño Ever Correa. Cristina Valerio corrigió los artículos de todos con dedicación, celo, rigor y, sobre todo, amor de madre, y le cedió todas esas cualidades a Pablo Onetti y Mauri Koch.
Las fotos del hoy kinesiólogo Diego Omar hicieron historia. Las de los intrépidos Carlitos González y El Gitano, lo mismo, pero de otra forma. La colombianita Patricia González, Aldanita Anglesi, el recordado Alejandro Fiore (no el actor, el fotógrafo), Carlitos Ventura, gigante por altura y por estatura humana, el Moco Romero, Dieguito Parruelo pusieron arte, belleza y muy buenas imágenes. Julito Gómez, otro que ya no está; Alejandra Bello, El Loco Perruelo; El Lobo Gauna, tipazo como pocos; Sergio Castro, El Guille Torchelli, Agusto Santone metieron diseño como pocos.
Pero Paparazzi no solo es pasado, también es presente en las investigaciones y el terciopelo para escribir en una web de Florencia Zielinski. La picardía, la rapidez y el ojo para encontrar los famosos focos de Agustín Challiol. Los textos siempre exactos y bien redactados de Luquitas Leiva, la búsqueda infatigable del seductor de las letras Juan Martinich. La chispa de Jéssica Sena, la más nuevita del grupo. Las entrevistas provocativas de Luciana Elbusto, famosa por mérito propio. La capitanía actual de Martín Fernández Paz, que se fue y volvió para agarrar la manija en una época difícil y dolorosa; las indispensables, eficaces y siempre dispuestas chicas de redes: Rocío Contreras, Luli Medina y Florencia Ghibaudo. Los de imagen, los de sistemas (¡salute, querido Edgardo García!), la gente de People, los directivos, los de archivo, los de estadísticas, las de la entrada, las de limpieza. Ninguno puede quedar afuera.
Pero ninguno de verdad, porque si hay algo que se sabe después de 25 años remando y remando es que los de antes, los de ahora, los de las dos épocas, y la gente, sobre todo la gente, todos somos Paparazzi.
Paparazzi
CHIMENTOS
Damián Mahler cuenta cómo los Beatles atravesaron su vida: “Es una música que te hace ser quien sos”

Hay una canción de Los Beatles que suena en la casa de Damián Mahler como un juego compartido con su hija. Hay otra, Blackbird, que lo acompaña desde hace años y que todavía lo conmueve por “esa sencillez aparente”. Entre esas dos postales íntimas aparece el corazón de The Beatles Symphonic Fantasy.
En una conversación cruzada por la música, los recuerdos de los discos compactos y la relación con su padre, Damián Mahler habló con Teleshow, sobre por qué los Beatles son mucho más que una banda para él. También anticipó la posibilidad de un futuro homenaje a la obra de su papá, el músico y compositor Ángel Mahler.
Damián Mahler dirige y arregla The Beatles Symphonic Fantasy, espectáculo que llega al Teatro Coliseo el jueves 12 de noviembre, a las 20.30. El músico concibe la propuesta como un recital de rock en el que la orquesta amplifica el repertorio de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, con banda, formación sinfónica y más de dos horas de animaciones.
—¿Cuál es la canción de los Beatles que estás tarareando todo el día?
—Mirá, hay una que es favorita en casa: Hello, Goodbye. Jugamos con mi hija a cambiarle la letra. Dice “you say yes, I say no” y empezamos a cambiar las posibilidades según el humor del momento. Esa es una favorita de la casa.
—¿Y una favorita tuya, más personal, tenés?
—Es medio difícil elegir, pero Blackbird es un tema que siempre me acompaña mucho. Me parece una canción tan simple y profunda a la vez. Hay algo de esa sencillez aparente que me destruye: ese pie marcando el tempo, esa guitarra tan sensible y la letra. Es una obra maestra, como cincuenta más de los Beatles.
—Pensaba en la película I Am Sam, con Sean Penn, que tiene canciones de los Beatles. Mucha gente que quizás no era fanática pudo entender mejor el sentido de las letras y las melodías a través de esa historia…
—Creo que lo que tuvo esa película, que vi de chico, fue que me conmovió mucho sin que yo entendiera en profundidad todo lo que proponía. Después la volví a ver de grande y me destruyó. Salió en 1999, si no me equivoco. Yo tenía 11 años y la vi cerca de su estreno, tal vez en el cine con amigos, porque de chico iba mucho al cine. Esa película refleja algo que parece secundario, pero no lo es: lo que significan los Beatles en la vida de una persona. No son solamente una banda que te gusta. Es una música que te hace ser quien sos. A través de esa música, hay una filosofía, más que una banda a la que uno sigue porque le gusta.
—En tu caso, además, está tu propia mirada como músico. ¿Te da pudor incorporar otros arreglos, otras lecturas y otros colores los temas?
—Lo hacemos constantemente con el profundo respeto que esta música merece. La cuidamos como el tesoro que es e intentamos estar a la altura de lo que más me conmueve de este espectáculo: la consumen personas para quienes los Beatles significan mucho. Para mí, estar a la altura de ese significado y de esa presencia de los Beatles en la vida de quienes nos van a ver es una de las misiones más lindas que nos tocaron con este espectáculo. Vemos padres con hijos, abuelos con nietos; hay mucho cruce de generaciones. Tenemos la posibilidad de darles un momento para atesorar y recordar en familia.
—¿Cuáles fueron los temas que más te costaron recrear o a los que resultó más difícil sumarles esos nuevos colores?
—Toda la música de la primera época, la que es más rock de los años 60, fue la que más me intrigaba. Por un lado, parece más sencilla; por otro, me preguntaba cuál era el rol de la orquesta dentro de esa música. Uno escucha Come Together y en cinco minutos se me ocurren veinte cosas que podría hacer una orquesta dentro de esa canción. Pero tal vez en Love Me Do estaba más limitado en cierto aspecto. Cuando conecté con la potencia y la alegría de esa música, porque era puro gozo y explosión, pensé: “La orquesta tiene que subirse a esto”. A partir de ahí empezó a fluir mucho más fácil.
—Hablás de una primera etapa, ¿cuál sería la otra gran etapa de los Beatles para vos?
—La música de los Beatles tiene por lo menos cuatro etapas, pero para mí hay una división muy marcada entre una música más bailable y la etapa de estudio. A partir de 1966 dejaron de tocar en vivo y empezaron a producir música de estudio, mucho más experimental, con más colores y desarrollo. Por ejemplo, Here Comes the Sun, Something, Come Together, Hey Jude y Lady Madonna forman parte de esa segunda época. En cambio, Love Me Do, Please Please Me, Eight Days a Week, Day Tripper y Help! pertenecen a una primera etapa.
— ¿Te acordás cuál fue el primer tema de los Beatles que escuchaste?
—No me acuerdo del primer tema, pero en casa no se escuchaba mucho a los Beatles, así que los descubrí, entre comillas, solo. Cuando cumplí doce años, mi papá me regaló tres discos compactos, que conservo y tengo conmigo: uno de Kiss, uno de Queen y uno de los Beatles.
—¿Cuál de los Beatles?
—Help!, donde está “Yesterday”. Recuerdo el impacto de escuchar una canción que no tenía nada que ver con lo que venía sucediendo en ese álbum. Pensaba: “Qué raro”. Era una canción con guitarra y cuerdas. La música sinfónica no me resultaba extraña, por supuesto, pero sí esa canción en ese contexto.
—¿Eso fue a que edad?
—A los 12 o 13 años, fue cuando papá me regaló ese disco. Yo escuchaba mucho discos compactos y leía los libritos, las letras, los créditos y todo lo que venía con el álbum. Era una maravilla. Para mí era un plan sentarme a escuchar ese disco que tenía, que me habían regalado o prestado, y sumergirme en el universo que proponía.
—¿Qué va a ver y escuchar el público en el espectáculo?
—Se va a encontrar con una banda de rock y una orquesta. Es un recital de rock con orquesta. No queremos que vengan esperando algo sinfónico dentro de los parámetros más habituales. Es un espectáculo que celebra esta música. Nos conectamos mucho con la idea de un recital de rock, y la orquesta funciona como un potenciador de todo ese material.
—Visual también…
—Claro, hay un desarrollo visual en las pantallas. Son dos horas, o más de dos horas, de animaciones realizadas para el espectáculo por un estudio de animación. Cada canción de los Beatles tiene distintos significados y lecturas. El fanático de los Beatles va a reconocer algunas referencias. En Hey Jude, por ejemplo, se ve el sueño que tuvo McCartney con su madre, que había fallecido, y que lo inspiró a escribir la canción. Todo eso aparece volcado en las pantallas. Es un espectáculo multimedia si se quiere, pensado para que todos los sentidos estén exaltados.
—El show será en el Coliseo y después seguirá su recorrido…
— Sí. La semana pasada estuvimos en Kuwait, por primera vez, y fue increíble. Eso tiene que ver con la cualidad universal de esta música. Parece mentira: uno piensa qué lejos está un lugar y, al mismo tiempo, qué cerca nos deja la música. La música siempre es un elemento que unifica y acerca a las personas. Vamos a Portugal a principios de diciembre para hacer una fecha en un escenario muy grande. Estamos muy entusiasmados. El año que viene también tenemos Europa y volvemos a Medio Oriente.
—¿Por ahora siempre con los Beatles?
—Sí, por ahora con los Beatles.
— Te lo pregunto también por esos tres discos que te regaló tu papá. ¿Hay posibilidad de que algún día hagas algo con otras bandas?
—Mis dos bandas favoritas son Queen y los Beatles, así que Queen va a llegar en algún momento. El año próximo y el otro van a ser años muy fuertes para los Beatles, porque se vienen las películas. Creo que también serán años lindos para el espectáculo, porque va a recibir un poco de ese impulso.
—¿Le pedías consejos a tu papá?
—Se los sigo pidiendo, te digo. Éramos muy compinches en ese sentido. Era algo medio silencioso, entre nosotros dos. Por supuesto, al principio era mucho más “Papá, decime cómo es la vida”. Después tuvimos una relación muy linda: llamados de una o dos horas, o encuentros en los que charlábamos sobre lo que yo quería hacer y cómo hacerlo. Había una necesidad genuina de ver al otro brillar, de verlo en su mayor posibilidad. Creo que eso era lo lindo que teníamos. Con el tiempo, no te diría que se equiparó, pero fuimos encontrando otro lugar. Él empezó a verme como un colega y yo le decía: “No, estás loco, vos sos un demente”. Y él me decía: “No, pero es así”. Yo le respondía: “No, de ninguna manera”.
—¿Pensás en hacer un homenaje a tu papá?
—Sí, lo tengo pensado desde el día cero. Tengo que estar emocionalmente listo para hacerlo, porque la música de papá me hacía llorar muchísimo incluso cuando él estaba vivo. Imaginate ahora. Quiero hacer un homenaje a él, a su música, a todo lo que fue y a lo que sigue siendo para mucha gente. Muchas personas le escriben por Instagram y me dicen: “Estoy cantando esta canción de tu papá, me encanta”, o “Lo tengo siempre presente”. Quiero hacer honor a lo que significa en esta cultura.
CHIMENTOS
Mauro Icardi recibió una perimetral tras la denuncia que involucra a su hija y aseguran que podrían detenerlo

Tras el fuerte escándalo por el que Mauro Icardi está acusado de agredir a su hija mayor Francesca Icardi, se conocieron más detalles de cómo avanza la investigación. Fue la conductora de «SQP» , Yanina Latorre quien reveló que el futbolista está dentro del peor de los escenarios. Después de haber recibido una perimetral por la que no podrá acercarse ni contactar a la niña dentro de los próximos 45 años, se supo que podrían haber más accionar judicial.
A través de sus redes sociales, Latorre explicó que la policía solicitó a Icardi los dispositivos de su hija, a lo cual él se negó rotundamente. «La policía se habría apersonado con una orden fiscal y él se habría negado a entregar las pertenencias de Francesca», expresó vía Instagram. De acuerdo con esta versión, el ex de Wanda Nara tendría en su poder tanto la mochila como el teléfono celular y que la menor habría pedido que se los devolviera.
Por otro lado, la conductora aseguró que Mauro niega todas las acusaciones y que el conflicto se habría desencadenado cuando le prohibió a la niña «ir a una juntada». En las últimas horas, Nara además había solicitado una Cámara Gesell para continuar profundizando sobre los hechos y de esta manera, resguardar el bienestar de su hija. «Están evaluando pedir la detención de Icardi», comunicó Latorre, dando a entender que el panorama para el futbolista se vuelve mucho peor.
Eso no fue todo ya que en el último documento que se difundió, se revela que la empresaria acusó a su expareja de posesión de arma de fuego, poniendo en peligro a los menores a su cargo. «Habida cuenta lo manifestado por la Sra. Nara en cuanto Icardi tendría a disposición arma de fuego, también habré de poner ello en conocimiento del Sr. Agente Fiscal de intervención a sus efectos», se puede leer en la resolución judicial.

QUÉ DICE LA RESTRICCIÓN QUE LE IMPUSO LA JUSTICIA A MAURO ICARDI
La Justicia dictó una contundente medida cautelar contra Mauro Icardi luego de la denuncia que presentó Wanda Nara por el presunto episodio de violencia que habría sufrido su hija Francesca. La resolución establece una restricción perimetral y una prohibición absoluta de contacto entre el futbolista y la menor durante 45 días corridos. La decisión fue tomada por el Juzgado de Garantías N° 2 de Tigre, en el marco de una causa por presuntas lesiones leves contemplada bajo la Ley de Violencia Familiar.
Uno de los puntos centrales de la resolución establece que Icardi no podrá acercarse a menos de 100 metros de Francesca. Además, deberá mantener una distancia mínima de 300 metros respecto de su domicilio y de cualquier otro lugar en el que se encuentre la niña. La disposición busca garantizar la protección de la menor mientras avanza la investigación judicial y alcanza todos los espacios en los que pueda estar, no solamente su vivienda habitual.
Pero la restricción no se limita a la distancia física. El futbolista también tiene prohibido comunicarse con su hija por cualquier medio: no podrá llamarla por teléfono, enviarle mensajes, contactarla a través de redes sociales o aplicaciones de mensajería ni intentar establecer comunicación mediante terceras personas. La resolución advierte que, si incumple alguna de estas disposiciones, podría ser imputado por el delito de desobediencia.
Mauro Icardi, Wanda Nara
CHIMENTOS
“María Gabriela Epumer fue una referente para mí”: la cineasta Andy Testa y la película que la acercó a la guitarrista

En una de las imágenes de Perfume, una mano enciende una cámara. En otras, esa misma cámara acompaña ensayos, estudios de grabación, viajes y recitales. La mano es la de María Gabriela Epumer, guitarrista, cantante y compositora que integró Viuda e Hijas de Roque Enroll, fue una figura clave en la banda de Charly García y desarrolló una carrera solista antes de su muerte, en 2003.
El documental, dirigido por Lucía S. Ruiz y codirigido y guionado por Andrea “Andy” Testa, se construye a partir de 50 horas de registros que la propia Epumer filmó —o filmaron sus allegados— entre mediados de los años 90 y 2002. El material permaneció durante años en cajas que guardó su familia: había cintas de video y audio, fotografías, vestuarios y recortes de prensa.
Perfume, una película de María Gabriela Epumer, tendrá su estreno comercial el 12 de noviembre. Desde el 13 podrá verse los viernes de noviembre en Malba Cine y llegará a salas de distintas ciudades del país con distribución de Moving Pics.
Testa, que conoció primero a Epumer a través de su trabajo con Charly García y asistió de adolescente a un homenaje que se hizo tras su muerte (el 30 de junio de 2003, a los 39 años, los mismos que hoy tiene Testa), define a la música como una referencia personal. En diálogo con Teleshow, la realizadora habló de la confianza de la familia Epumer, de la decisión de dejar que la artista condujera el relato desde sus propios archivos y de una proyección íntima que reunió a Charly con los hermanos de la guitarrista.

—La familia de María Gabriela Epumer les entregó un archivo íntimo y desconocido incluso para ellos. ¿Cómo fue ganar esa confianza?
—El proyecto empezó con Lucía Ruiz, la directora, que se acercó a la familia con la idea de hacer una película sobre María Gabriela. Ellos aceptaron y nos entregaron las cajas: nos dijeron que las tenían guardadas, pero que ni siquiera sabían qué había dentro de las cintas. Fue un gesto de mucha confianza y, al mismo tiempo, una responsabilidad enorme. Ahí aparecieron vestuarios, cientos de fotos, recortes de revistas, material sonoro y unas 50 horas de registros audiovisuales. Primero tuvimos que digitalizar y catalogar todo.
A partir de ese hallazgo, sentimos que la película estaba esperando ser en esas cajas. María Gabriela había registrado muchos momentos de su vida artística: ensayos, salas de grabación, tras bambalinas de recitales, viajes. Hay pasajes íntimos, pero lo que atraviesa el archivo es su deseo de dejar documentado el trabajo de una música y una artista.

—¿Por qué eligieron usar solamente ese archivo y evitar una reconstrucción más convencional de su vida y su carrera?
—Cuando apareció el material, entendimos que tenía una fuerza propia. Si incorporábamos imágenes de otra naturaleza, la película perdía algo de su identidad. Queríamos que fuera ella quien condujera el relato, desde su voz, su cámara y su forma de mirar. El registro empieza aproximadamente en 1995 y llega hasta 2002, un año antes de su muerte. Esa delimitación de tiempo estaba dada por el propio archivo y decidimos respetarla.
El trabajo de guion y montaje fue compartido entre Lucía, Lorena Moriconi y yo, con mucho ida y vuelta. Nos propusimos hilvanar las imágenes con sutileza, encontrarles un ritmo lento pero sin pausa y permitir que el público se detenga en gestos que cuentan mucho. Por ejemplo, María Gabriela prende la cámara, se ve su mano, las líneas de su palma, y después la entrega para que otra persona filme. Ahí aparece su confianza y también una manera de crear con los demás.

Había tomas que en una producción más homogénea se descartarían: el comienzo de una escena antes de que todo esté listo, un desequilibrio de luz, el diafragma automático que vela una imagen o el corte de una cinta. No quisimos corregir esos rastros. Eran parte de la materialidad del archivo y de una relación artesanal con la música. La película no es cronológica: propone un viaje con ella, una entrada a su mundo.
—El viaje de Epumer a La Pampa, junto a su familia y la comunidad ranquel, ocupa un lugar central. ¿Qué encontraron allí?
—En el archivo estaba el registro de un viaje que hizo con su hermana Claudia, su papá y miembros de la comunidad de descendientes ranqueles para la restitución de los restos del cacique Panquitrúz. Las imágenes tienen una espiritualidad muy fuerte: la caminata, los abrazos, los silencios, la forma en que filma.
Nos interesaba que ese momento conviviera con las imágenes de los recitales masivos y de las bandas con las que tocaba, porque esos mundos aparentemente distantes también eran parte de su identidad. Por eso pensamos ese viaje como el corazón de la película. Fuimos a La Pampa para conocer el lugar que ella había filmado. Al llegar, encontramos la pirámide y la figura del zorro sobre la que María Gabriela había hecho zoom. Estaban ahí, aunque el paso del tiempo también se veía en la madera envejecida y en los colores gastados. Eso nos hizo pensar mucho en la ausencia, pero también en que ella estaba muy viva en sus imágenes.

—Charly García autorizó el uso del material desde los inicios del proyecto y después vio la película terminada. ¿Cómo vivieron ese encuentro?
—Cuando ya habíamos digitalizado y catalogado el archivo, empezamos a escribir el proyecto, armar la carpeta y buscar los fondos necesarios para hacer la película. En ese momento tuvimos un primer contacto con Charly, a través de su mánager, Guillermo “Tato” Vega. Necesitábamos su autorización porque sabíamos que era una figura fundamental en la vida de María Gabriela, como ella lo fue en la de él. Charly firmó el permiso para que usáramos los materiales que habíamos seleccionado y eso nos abrió una puerta muy importante.
Pasaron dos años y medio o tres desde aquel contacto hasta que terminamos el armado. Entonces volvimos a comunicarnos para que pudiera ver la película. Era importante por una cuestión ética: trabajábamos con la obra y la vida de una persona que ya no está para decirnos qué le parecía. Queríamos saber qué sentían la familia y las personas cercanas a ella. Con Charly, además, no sabíamos si querría verla completa ni qué le iba a pasar, porque era alguien a quien quiso muchísimo. Intentamos cuidar ese momento, como también cuidamos las proyecciones que hicimos para la familia y los allegados.

—¿Qué pasó durante la proyección en La Fábrica?
—Yo nunca había visto a Charly en persona. Para mí era alguien imposible de conocer, porque su música me acompañó toda la vida. Cuando llegó a La Fábrica, el lugar donde compartió tiempo con María Gabriela mientras componían, ensayaban y grababan, fue un momento muy fuerte. Entra con una presencia que te hace pensar: “Claro, es Charly”. Pero también encontré a un Charly diferente de la imagen televisiva: más humano, muy perceptivo y amoroso.
Durante la función lo íbamos mirando. Él estaba atento a la pantalla, nos miraba a los ojos y seguía la película con concentración. Al terminar, tenía un brillo en los ojos, levantó el pulgar y dijo: “Me encantó”. Después compartimos un rato con pocas palabras, más bien desde la alegría de estar ahí. Estaban Lito y Claudia Epumer, Fernando Kabusacki y otras personas centrales en la vida de María Gabriela. Fue un privilegio ver que una película podía reunirlos alrededor de una hermana, una amiga y una compañera artística. La intención siempre fue celebrarla, no construir una película desde el golpe bajo o la nostalgia.

—Antes de codirigir Perfume, Epumer ya era una referencia para vos. ¿Qué lugar ocupaba en tu historia?
—Yo la conocí primero a través de Charly García, por su voz y por su presencia en esa banda. Al año de la muerte de María Gabriela hubo un recital homenaje en el Dorrego. Yo tenía 15 o 16 años y fui. Me impactó mucho: por un lado, conocí su trabajo como solista cuando ella ya no estaba; por otro, me llevé una especie de llave. Desde entonces fue una referenta musical para mí. Escuchaba Perfume todo el tiempo y sigue siendo un disco que me gusta mucho.
Cuando Lucía me contó que tenía este proyecto entre manos, sentí muchísimo deseo de que la película existiera. Después de trabajar durante tanto tiempo con sus imágenes, la quiero mucho más y la siento muy cerca, aunque nunca la conoció en vida. Intentamos hacer la película con mucho respeto y afecto.
—En un posteo escribiste que “Charly fue mi papá cuando mi papá no estaba”. ¿Cómo atravesó esa experiencia la realización de la película?
—Desde la adolescencia supe que quería dedicarme al cine. Me gustaba escribir y el arte fue una forma de refugio, un lugar afectivo que me contenía. Tuve una infancia muy dura, marcada por el abandono de mi padre y por situaciones de violencia. Con mis hermanas y mi mamá atravesamos momentos complejos, y desde muy chica sentí que tenía que protegerla. A los 39 años, y como mamá de una hija que está por cumplir 11, todavía me pregunto por esa ausencia y por qué no pude tener con él un vínculo como el que hoy veo entre mi hija y su papá.

Mi papá amaba a Charly García. De chica, con mis hermanas, escuchábamos un casete de Parte de la religión y un CD de Sui Generis una y otra vez. Era una herencia contradictoria: a veces sentía que mi papá quería más a Charly que a mí, algo que de chica no podía entender. Pero esa música se convirtió en una compañía propia. Más grande entendí por qué algunas letras se habían quedado en mí. Cuando Charly canta “cuando estés mal, cuando estés solo, cuando estés cansado de llorar, no te olvides de mí”, hay algo que habla directamente de esa pregunta: si alguien en el mundo piensa en mí.
Por eso, cuando Charly vio Perfume, se juntaron muchas cosas personales. La poesía y el arte pueden acompañar, cubrir, ayudar a sentir aquello que a veces no se logra explicar de forma racional. El cine, en este caso, reunió mucho amor. También me confirmó que el arte no es solo una consigna: puede acercar a las personas, ayudarlas a encontrarse con lo que sienten y a estar fuertes junto a otros.
María Gabriela Epumer,Andy Testa
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