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CHIMENTOS

La música Beat argentina como semilla del Rock Nacional

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Los integrantes de la agrupación argentina Conexión Nº 5 posan en un entorno natural para la portada de su disco editado por el sello RCA.

La historia del rock argentino suele ordenarse a partir de una secuencia conocida. Primero aparecen Los Gatos, Almendra y Manal como tríada fundacional. Después irrumpe “La balsa” como hito inaugural. Más tarde se afirma una frontera entre lo que sería el rock “auténtico” y aquello que quedaría del lado de lo comercial, lo bailable o lo complaciente. Ese relato organizó durante décadas la memoria del género. También dejó afuera una parte importante del mapa.

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Sobre esa zona trabaja Julián Delgado, quien acaba de publicar Historia de la música beat en la Argentina (Gourmet Musical), un libro surgido de su tesis doctoral en Historia, defendida en 2022 y desarrollada con una beca del CONICET obtenida en 2017. Su investigación se concentra en el período 1964-1970 y propone revisar la música beat en la Argentina no como una prehistoria menor del rock nacional, sino como el terreno mismo en el que se consolidó una nueva música juvenil y se formaron las condiciones para lo que vendría después.

Apoyado en un trabajo de archivo con discos, revistas, diarios, documentos discográficos y materiales audiovisuales, el libro reconstruye un universo más amplio y heterogéneo que el fijado por la memoria posterior. Ahí aparecen no solo las bandas que quedaron en el centro del relato, sino también grupos como La Joven Guardia, Los Náufragos, Carlos Bisso y su Conexión N°5, Los Vips, Los Tammys y Pintura Fresca, entre muchos otros.

Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
Julián Delgado invirtió cinco años en la elaboración de su libro sobre la música beat en Argentina

La hipótesis central es contundente: la música beat fue el capítulo decisivo en la formación y el arraigo del pop-rock en la Argentina. En ese proceso se jugaron la apropiación local de una gramática musical global, el papel de la industria cultural, el pasaje del inglés al castellano y la futura separación entre pop y rock. En charla con Teleshow, Delgado explica por qué eligió el arco 1964-1970, se detiene en el impacto de Los Shakers y “La balsa”, discute la idea de autenticidad y revisa cómo parte de la propia escena beat terminó empujando la exclusión de algunos de sus protagonistas.

—El libro nace de tu tesis doctoral, pero se percibe detrás un trabajo de largo aliento. ¿Cómo fue ese recorrido?

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—Sí, el origen formal está en mi tesis de doctorado en Historia, que defendí en 2022, pero el trabajo venía de bastante antes. La tesis la hice con una beca del CONICET de cinco años, que obtuve en 2017 y estos temas los venía trabajando desde antes incluso de eso. El libro retoma esa investigación, aunque no de manera lineal: hubo cambios, refinamientos y un proceso de corrección editorial importante.

A mí me interesaba que conservara la densidad de una investigación histórica, pero que al mismo tiempo pudiera ser leído más allá del ámbito académico. Y ahí hay un punto que me parece importante subrayar: este es un libro de investigación en un campo donde hay una enorme tradición de libros testimoniales sobre música. No es que acá no haya testimonios, pero entran en juego otros materiales. Discos, revistas, diarios, documentos de discográficas, archivos audiovisuales. Ese trabajo permite reconstruir el período de una manera distinta.

Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
«Yo encontraba que en ese momento Almendra era presentada como una banda de música beat», explica Delgado sobre uno de los disparadores de la investigación que dio vida al libro de editado por Gourmet Musical

—¿Cómo llegaste a la música beat como objeto de investigación?

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—Llegué a partir de mi primer libro, de 2017, sobre Almendra, Tu tiempo es hoy. Mientras lo investigaba, me encontré con algo que me llamó mucho la atención: algunas de las ideas más instaladas sobre Almendra y sobre el origen del rock nacional no se verificaban cuando uno volvía a las fuentes de época. Lo más claro era esto: la idea de que Almendra era una banda de rock, en el sentido en que después se la recordó, no aparecía así en esos años. Yo encontraba que en ese momento Almendra era presentada como una banda de música beat. A partir de ahí empecé a ver que había un universo de grupos mucho más vasto y heterogéneo del que quedó fijado en la historia oficial del rock.

Ese hallazgo me llevó a seguir dos pistas. Por un lado, la de ese conjunto más amplio de bandas y artistas. Por otro, la de los vínculos entre esa música, la agitación política de la época y la intervención de la industria cultural. Ahí apareció con mucha claridad el papel de las discográficas, de los promotores, de la radio, de la televisión y de la prensa. Eso hace que el libro se corra un poco de una visión romántica, de la idea de que unos pocos pioneros inventaron solos algo nuevo.

—El recorte temporal del libro va de 1964 a 1970. ¿Por qué elegiste ese período?

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—Porque me interesaba estudiar un momento breve, pero muy intenso, y hacerlo de manera exhaustiva. 1964 es un año muy claro porque es cuando empieza a circular la etiqueta beat en la Argentina. En este caso, no remite a la poesía beatnik, sino de manera muy evidente a The Beatles y, más en general, a la renovación musical que representó la invasión británica.

Día Internacional de los Beatles – The Beatles – The Cavern – Perú – entretenimiento – 15 enero
9 de febrero de 1964, The Beatles debutan en la TV estadounidense disparando, a la vez, el inicio de la ‘beatlemanía’ hacia el mundo entero. Su «ruido» se escucha en Argentina y va a nacer un nuevo género: la música beat (EFE)

El show de los Beatles en el programa de Ed Sullivan, en febrero de 1964, fue un acontecimiento en Estados Unidos, pero también un suceso global. Y en ese mismo momento, en la Argentina, Odeón, la discográfica que representaba al grupo, sacó una tirada muy grande de discos. Ahí se abre una etapa nueva. Hay una respuesta inmediata de la juventud, pero también de la producción musical local. Empiezan las versiones de canciones de los Beatles, aparecen nuevos grupos y otros se reformulan para hacer música beat.

El corte en 1970 tiene otro sentido. La música beat no desaparece ese año. La etiqueta sigue circulando. Pero, para mí, 1969 y 1970 son un momento sintomático porque ahí empiezan a aparecer músicos y jóvenes que reniegan de esa etiqueta. Ya no me interesaba solo identificar bandas beat, sino explicar cómo en la Argentina se construyó la diferenciación entre pop y rock.

—¿Ese rechazo se vuelve visible en casos concretos?

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—Sí. Un caso muy claro es el de Los Gatos. Durante el período que yo estudio, fueron una de las grandes bandas de música beat. A fines de 1969 sacan su cuarto LP, que se llama Beat número uno. Y casi enseguida, en una entrevista de comienzos de 1970, dicen: “Nosotros no somos beat”. Reniegan del beat.

Ese gesto es muy interesante porque muestra que en ese momento empieza a instalarse una jerarquía dentro de la propia música juvenil. En 1964 no existe todavía la idea de que dentro de las músicas jóvenes hay algunas más legítimas y auténticas que otras. Eso empieza a formularse en esos años, y una de sus consecuencias es que la música beat queda asociada a una música comercial. Después esa distinción va a adoptar otras formas. La revista Pelo, por ejemplo, opone lo progresivo a lo complaciente. Pero esa diferencia no es una singularidad argentina. Es una traducción local de una discusión más amplia, que circula a nivel global en esos años y que organiza la separación entre pop y rock.

—Tu investigación propone que la música beat fue bastante más amplia de lo que suele reconocerse.

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—Sí. El archivo muestra un panorama mucho más amplio y más diverso que el canon posterior. Ahí aparecen Almendra, Los Gatos y Manal, por supuesto, pero también una enorme cantidad de grupos que luego quedaron relegados o directamente afuera de la memoria legitimada del rock. Para mí hay dos dimensiones importantes. Una es reconstructiva: volver a ese universo, ver su heterogeneidad, recuperar conjuntos olvidados o mal recordados. La otra es más argumental: entender cómo se produjo la exclusión. Es decir, cómo algunos artistas pasaron a formar parte de la historia oficial y otros quedaron del lado de lo comercial, lo bailable o lo menor.

La Balsa, la primera canción de rock nacional que fue un éxito, de Litto Nebbia y por Los Gatos

No se trata de hacer una reivindicación nostálgica de los excluidos ni de condenar a quienes definieron ese canon. Me interesa, más bien, entender cómo funciona ese proceso. En la música popular todo el tiempo se establecen jerarquías sobre qué se considera valioso y qué no. Lo que me importaba era mostrar cómo se configuró eso en la Argentina de los años 60.

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—En ese punto, una palabra clave del libro es autenticidad.

—Sí. La autenticidad es central. En la música popular es un valor que opera todo el tiempo. Mi argumento es que en los años 60, con la música beat, el sentido de la autenticidad se transforma. Hasta ese momento, en la música popular argentina, la autenticidad estaba muy asociada a la idea de raíz, a un origen antiguo, popular o étnico. Eso se ve en el folclore o en el tango. Yo lo llamo en el libro una autenticidad objetiva, en el sentido de que parecería estar fundada en algo exterior a los sujetos.

Con la música beat empieza a afirmarse otra idea de autenticidad, más ligada al paradigma del arte moderno y a la expresión de una subjetividad. Lo auténtico pasa a ser lo que expresa de manera genuina lo que una persona o una generación vive, siente y piensa. Ese desplazamiento es muy importante para entender por qué una música cosmopolita, claramente inspirada en el pop rock global, pudo ser postulada como una representación auténtica de la juventud argentina.

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Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
Eran días en los que los lanzamientos se daban a través de «un simple», discos de dos temas (lado A y B). De ahí que las discográficas, luego compilaban los principales hits de distintos artistas en un Long Play como este de la RCA

—Y ahí “La balsa” ocupa un lugar decisivo.

—Sí, “La balsa” es un momento central del libro. Me interesaba entender por qué había sido el éxito que fue en 1967 y por qué después se convirtió en una pieza tan importante del relato sobre el rock nacional.

La respuesta no está solo en el análisis musical. Es una buena canción, pero no alcanza con decir eso. Lo que aparece con mucha claridad en las fuentes es que “La balsa” expresa, para quienes la escuchan en ese momento, algo de la experiencia juvenil. Y por eso puede ser leída como una música argentina, aunque sea una canción de pop rock eléctrico, con guitarra, bajo, órgano y batería, y aunque la influencia de los Beatles sea muy evidente.

Hay varios elementos que ayudan a eso. La letra está en castellano. No es una canción romántica en el sentido más clásico. Hay una primera persona, un tono que dialoga con cierta sensibilidad contracultural y hasta con una forma de crítica social. Además, la canción está interpretada por sus propios autores. Eso la distingue de un modelo anterior de música juvenil más ligado al intérprete, como podía verse en El Club del Clan.

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—También señalás que el éxito de “La balsa” fue concreto, material.

—Sí, y eso es importante. Cuando hice la investigación, fui con cierta sospecha sobre el alcance real del éxito. Pensaba que tal vez la memoria posterior lo había agrandado. Pero la investigación, en ese punto, me cerró la boca. Fue un gran éxito. Durante la segunda mitad de 1967 y buena parte de 1968 fue una canción decisiva.

Eso no quiere decir que haya sido el disco más vendido de la historia argentina de ese momento. Leonardo Favio, por ejemplo, vendía mucho más. Incluso es probable que “El extraño del pelo largo” haya tenido una circulación comparable o mayor en ciertos formatos. Pero lo que comprobé es que “La balsa” efectivamente produjo un antes y un después dentro de la música juvenil de su tiempo. Y ahí aparece una paradoja interesante: el discurso rockero, que se presenta como antimasivo, encuentra en canciones como “La balsa” un éxito de gran escala. Esa tensión entre autenticidad, masividad y mercado es una de las grandes paradojas del género.

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Los Shakers: «Break it all»/»Rompan todo» (1965)

—Tu trabajo a la vez relativiza la idea de “La balsa” como punto de partida absoluto.

—Sí, porque en muchos sentidos, “La balsa” es más un punto de llegada que un punto de partida. Antes ya había un proceso en marcha. Las primeras respuestas argentinas a la invasión británica, de hecho, fueron en castellano. Después, con la irrupción de Los Shakers, en 1965, se puso muy de moda cantar en inglés. Pero el castellano nunca desapareció.

Lo interesante es que la propia industria estaba buscando eso. Yo encontré una compilación de 1966, un año antes de “La balsa”, que se llama Beat en castellano. Eso muestra que había una búsqueda en curso, tanto de parte de los músicos como de las discográficas y otros actores de la industria musical. Por eso insisto en que “La balsa” no sale de la nada. Condensa una serie de experiencias previas y, al mismo tiempo, logra lo que muchos venían buscando: una canción beat en castellano que consigue articular autenticidad, circulación masiva y reconocimiento generacional.

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—¿Qué lugar ocupan Los Shakers en esa historia?

—Un lugar fundamental. Los Shakers irrumpen en 1965 y marcan otro momento decisivo. Musicalmente eran excelentes, tenían una imagen muy fuerte y una sonoridad muy cercana a los Beatles. Además, contaron con una campaña de promoción importante por parte de Odeón.

Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
Otro de los habituales Long Play compilandos éxitos de distintas bandas, en este caso de la discográfica EMI

A partir de su aparición se vuelve muy fuerte el canto en inglés. Y ahí hay otro argumento del libro: muchas veces esa elección se recuerda como simple imitación, como una marca de dependencia cultural. Para mí, en esa coyuntura, tiene que leerse más bien como un intento genuino de participar de un fenómeno global. Cantar en inglés era, en ese contexto, una forma de hacer música beat como se entendía que había que hacerla. Después, por supuesto, vuelve a crecer el peso del castellano, y con fuerza. Pero es importante no proyectar sobre 1965 o 1966 los valores que se van a consolidar un poco más tarde.

—En ese proceso también intervino de manera fuerte la industria cultural.

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—Sí. Y para mí ese es uno de los puntos centrales. El desarrollo de la música beat no puede pensarse sin el papel de la industria cultural. Ahí entran las discográficas, la radio, la televisión, la prensa, los compilados, los festivales y los promotores. En el caso de “La balsa”, por ejemplo, el papel de Ricardo Kleiman es clave. Está su programa de radio, Modart en la noche, y después el programa de televisión Modart número uno. Los Gatos ocupan un lugar central en ese dispositivo. También hay cobertura de revistas como Gente, un trabajo fuerte de prensa y una articulación muy visible con los sellos discográficos. Se tiende a oponer industria y autenticidad, como si fueran dimensiones incompatibles. A mí me interesa mostrar que en este caso conviven. La existencia de una campaña de promoción no le quita ningún mérito a la canción ni a los músicos. Lo que hace es mostrar que la cultura es una producción social compleja, donde intervienen actores diferentes con intereses distintos.

—Tu libro también vuelve sobre una serie de nombres que quedaron fuera del canon. ¿Cuáles te parece importante redescubrir?

—Ojalá el libro sirva, entre otras cosas, para eso, para dar ganas de escuchar. Hoy, además, tenemos la posibilidad de buscar mucho de ese material en Spotify o en YouTube. Hay varios nombres interesantes. Los Tammys, por ejemplo, son un caso temprano de banda que se reformula bajo el impacto beat. Los Vips son otra banda para escuchar, sobre todo por sus versiones de los Beatles y por la circulación que tuvieron en la época. Los In también son importantes, no solo por lo musical sino porque ahí participaron músicos que después tuvieron un papel fuerte en la escena, como Francis Smith.

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La Joven Guardia, El Extraño Del Pelo Largo

Si pienso en el pico de 1969 y 1970, hay tres nombres que para mí son centrales. El primero es La Joven Guardia, con Roque Narvaja al frente y “El extraño del pelo largo” como gran himno de ese momento. Fue un boom enorme, tanto por la canción como por su circulación posterior en compilados y hasta en el cine. El segundo es Carlos Bisso, primero en Conexión N° 5 y después al frente de su propio proyecto. Me interesa porque muestra otra zona de la beat, con una impronta más soul, con versiones diversas y con un perfil escénico muy marcado. Y el tercero es Los Náufragos, que quedaron asociados a la música más popular y bailable, pero que fueron absolutamente centrales en la escena y permiten pensar de otra manera la relación entre juventud, masividad y cambio cultural.

—En el caso de Los Náufragos, planteás que también pusieron en circulación formas de cambio, aunque no en el mismo registro que el rock más politizado.

—Sí, eso me parece importante. La historia no se hace solo con los discursos más radicales o más explícitamente politizados. Los Náufragos tienen canciones que hablan de transformaciones en las costumbres, en las relaciones entre varones y mujeres y en ciertas formas de libertad juvenil. Lo hacen desde una música más lúdica, más bailable, más accesible, pero eso no significa que no estén diciendo nada. Pienso en canciones como “Otra vez en la vía” o “Yo en mi casa y ella en el bar”. Ahí hay una sensibilidad de época muy clara. Tal vez no sea una música que se presente a sí misma como profunda o comprometida, pero forma parte de los cambios culturales de esos años.

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Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
«Los Náufragos tienen canciones que hablan de transformaciones en las costumbres; pienso en canciones como ‘Otra vez en la vía’ o ‘Yo en mi casa y ella en el bar’», explica el autor

—El libro termina con la escena de Carlos Bisso rechazado por el público en vivo. ¿Por qué te interesó cerrar ahí?

—Porque esa escena condensa de manera muy fuerte el proceso de exclusión que intento describir. Carlos Bisso había sido una figura central de la música beat. Y en determinado momento aparece en un escenario y el público lo echa. Él mismo, después, no termina de entender qué pasó. Para mí ahí está el punto: lo que cambió fue el código. Bisso seguía leyendo la escena con parámetros anteriores, pero para una parte del público y del ambiente musical ya representaba otra cosa, asociada a lo comercial, a lo romántico, a una música que había dejado de ser legítima. Esa escena pone en acto la ruptura.

Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
Carlos Bisso, que arrasó en la fase beat, cuando llegó la etapa más rockera fue marginado por ser considerado «demasiado comercial o pasatista»

—En esa ruptura, el baile parece tener un papel clave.

—Sí, el baile es central. La música beat era, de manera evidente, una música bailable. Esa dimensión formaba parte de su circulación social. Los bailes, los programas de televisión, los carnavales y los clubes eran espacios muy importantes. En cambio, cuando empieza a consolidarse el discurso del rock nacional más serio o progresivo, una de las cosas que se redefine es justamente la relación con el baile. Aparece la idea de una música para escuchar, para pensar, para sentarse, para tomarse en serio. El baile empieza a ser visto con desconfianza, como si remitiera a lo superficial. Eso tiene una dimensión estética, pero también ideológica. En los años 1969 y 1970 la idea de una música comprometida, seria, progresiva, con una conciencia social más fuerte, empieza a organizar mucho del prestigio dentro del campo. Ahí el beat queda del lado de lo bailable, de lo pasatista y de lo comercial.

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—¿Y esa oposición merece ser revisada hoy?

«Rock De La Mujer Perdida», quinto y último álbum de estudio de Los Gatos, editado en 1970, marca claramente la diferencia entre el sonido beat inicial de la banda con «La Balsa» (1967) y este mucho más rockero, en gran medida deudor de un nuevo guitarrista en el grupo… un tal Pappo.

—Me parece que sí. No para negar la potencia que tuvo el discurso del rock nacional, sino para ver también sus zonas problemáticas. En esa descalificación del baile hay una mirada bastante elitista sobre la cultura. Como si el cuerpo, la fiesta o la accesibilidad fueran automáticamente signos de menor valor. Y ahí se cuelan cuestiones de clase y de género. Muchas veces, cuando se descalifica una música por corporal, por masiva o por supuestamente superficial, también se está descalificando a ciertos públicos. Eso hoy vale la pena pensarlo con más distancia. En cualquier caso, lo importante para mí no es juzgar retrospectivamente, sino entender las razones históricas de los actores. La historia siempre trabaja con esa contingencia: las cosas no tenían por qué pasar como pasaron. La pregunta es por qué tomaron esa forma.

—En el tramo final del libro volvés sobre Almendra y la comparás con Pintura Fresca. ¿Qué buscabas mostrar con esa operación?

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—Quería mostrar que las trayectorias de las bandas no eran tan opuestas desde el comienzo como después pareció. Almendra y Pintura Fresca tienen, en varios aspectos, recorridos paralelos. Son grupos de jóvenes de Belgrano, con pequeñas bandas previas formadas entre amigos, con primeras experiencias muy parecidas y con un ingreso fuerte a la escena a fines de los 60. Pero en ese mismo momento se abren dos caminos. Almendra pasa a ser leída como la primera gran banda de un rock nacional distinto de la música beat, mientras que Pintura Fresca cae rápidamente del lado de la descalificación, del bastardeo crítico y de lo menor. Ponerlas en paralelo sirve para mostrar que esa diferencia no estaba dada de antemano. Se construyó. Y eso ayuda a entender cómo se definió el canon posterior.

—Entonces, ¿la música beat fue efectivamente el antecedente de lo que luego sería el rock nacional?

—Sí, sin dudas. Pero no en el sentido de una etapa rudimentaria o imperfecta que debía ser superada. La música beat fue el capítulo decisivo en la formación y el arraigo del pop rock en la Argentina. Ahí se consolidaron formas de hacer música juvenil con instrumentos eléctricos, bandas propias, autores e intérpretes, circuitos de difusión específicos y una apropiación local de una gramática musical global. Después, parte de ese mismo universo produjo una diferenciación interna y empezó a construir la idea de un rock más auténtico frente a un beat más comercial. Pero esa distinción se formula dentro de ese proceso, no fuera de él. No hay rock nacional sin música beat.

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Cinco hombres con trajes coloridos posan entre árboles y vegetación junto a un cuerpo de agua con las letras Conexión Número 5 al frente
La Joven Guardia logró su mayor éxito beat con «El extraño del pelo largo». Tras la separación, su líder, Roque Narvaja, lograría una respetada carrera solista aquí y en España

—¿Qué te gustaría que el libro deje en los lectores?

—Ojalá deje, antes que nada, ganas de escuchar esa música. Me gustaría que alguien lo lea y vaya a buscar canciones de La Joven Guardia, Los Náufragos, Los Shakers, Carlos Bisso, Los Vips y Pintura Fresca. Que descubra que había un universo mucho más amplio de lo que solemos recordar. Y también me gustaría que ayude a complejizar ciertos relatos muy fijados. No para reemplazarlos por otro dogma, sino para abrir preguntas. Si el libro sirve para pensar de otra manera la relación entre juventud, industria cultural, autenticidad y música popular en la Argentina de los años 60, entonces ya cumplió su objetivo. Porque, al final, el punto principal es bastante claro: entre 1964 y 1970, la música beat no fue un desvío menor antes del rock verdadero. Fue el territorio mismo donde esa nueva música juvenil se volvió posible, masiva y propia en la Argentina.

Fotos: Nico Castez



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El conflicto entre Nicolás Repetto y Juan Pablo Varsky por el nombre del nuevo programa del conductor

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Juan Etchegoyen contó el conflicto que tuvo que enfrentar Nicolás Repetto por el nombre de su programa de televisión (Video: Infobae a las 9-Youtube)

Lo que comenzó como un rumor fue tomando forma y ahora tiene detalles concretos: Nicolás Repetto vuelve a la televisión en enero, por El Trece, a las 21.15, con un programa que todavía no tiene nombre definitivo. El periodista Juan Etchegoyen reveló en Infobae en Vivo que el conductor confirmó el proyecto con un mensaje de WhatsApp —“Hola, está confirmado”— y que la producción está en manos de Kuarzo, la productora de Martín Kweller. Lo que no estaba cerrado era el título del ciclo, y ahí apareció un problema inesperado.

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La semana pasada, Etchegoyen ya había adelantado que el equipo de Repetto barajaba el nombre Clink Clank para el regreso. Pero registrarlo desencadenó una reacción inmediata: los abogados de Juan Pablo Varsky recibieron una alerta de marcas y patentes porque Varsky tiene registrado Clank, el ciclo de entrevistas que conduce en el stream. “A los abogados de Juan Pablo Varsky les saltó una alerta de marcas y patentes cuando Nico Repetto y Martín Kweller registraron el nombre Clink Clank”, contó Etchegoyen en el programa. El cruce llegó pese a que entre Varsky y Kuarzo existe una relación comercial: ambos son socios en la FM Now, que se transmite desde esa productora.

La situación derivó en una reunión de máxima urgencia. Según detalló Etchegoyen, Varsky le planteó directamente a Kweller su malestar: “Mirá, no me gustaría que esté Clank en el nombre de Nico Repetto”, le habría dicho, con el argumento de que, dada la envergadura del regreso del conductor, no se trataría de un ciclo cualquiera. Kweller, según la misma fuente, cerró el encuentro con una propuesta de salida: “Déjame ver cómo lo podemos acomodar, que desaparezca por lo menos la K de Clank y ver qué nombre le podemos poner”.

El desenlace todavía no es oficial, pero desde Kuarzo ya hay una tendencia clara. “A mí me dicen desde Kuarzo que el nombre posiblemente llegue a ser Clink solamente, y sacarle el Clank”, precisó Etchegoyen, que también consultó al entorno de Varsky: “Creemos que esto va a llegar a buen puerto. Si no llega a buen puerto, tenemos una segunda vuelta de todo este escándalo”, le respondieron. El periodista consideró que el acuerdo es el desenlace más probable.

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En el piso de Infobae en Vivo, el conductor Gonzalo Sánchez aportó una lectura que refuerza la lógica del cambio: los nombres de una sola palabra son, históricamente, la marca de Repetto. “Fax, Love, Clink. Es resello de él”, enumeró Sánchez, en alusión a los programas que el conductor condujo a lo largo de su carrera. La conexión con el concepto de dinero —clink remite al sonido de las monedas— encaja además con el formato de entretenimiento y juegos que se espera para el ciclo, en el que habitualmente hay premios en juego.

El programa se emitirá de lunes a viernes a las 21:15, en el segmento de entretenimiento nocturno de El Trece. La fecha de arranque está prevista para enero, cuando Kaczka se tome sus vacaciones habituales tras el fin de Es mi sueño, mientras que Pergolini retomaría Otro día perdido recién en marzo o abril.

Volviendo a Repetto, la producción realizó un casting extenso para sumar humoristas y cantantes, que ya fueron seleccionados. Las grabaciones comenzarán en noviembre para que el ciclo esté listo para su estreno en enero. El formato contempla la participación de invitados famosos junto a otros participantes desconocidos pero con talento, en una estructura que combina el juego con la dinámica de entrevistas que caracterizó a otros éxitos del conductor, como Nico y Decime cuál, cuál, cuál es tu nombre.

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• De 15 a 18: Infobae a la Tarde: Manu Jove, Maia Jastreblansky y Paula Guardia Bourdin; rotan en la semana Marcos Shaw, Lara López Calvo y Tomás Trapé.

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Qué ver en Netflix: la miniserie de 8 episodios que está causando furor y es el plan perfecto de viernes

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Hay personajes que no buscan encajar… buscan reemplazar. “Ripley”, la miniserie de 8 episodios de Netflix, se mueve en ese terreno inquietante donde la ambición empieza a borrar los límites.

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La historia sigue a Tom Ripley, un estafador de poca monta en Nueva York que recibe una oportunidad inesperada: viajar a Italia para convencer al hijo de un millonario de volver a su casa. Ese encargo, que parece simple, termina cambiando todo.

Lejos de cumplir solo con el trabajo, Ripley se deja seducir por ese mundo de lujo, privilegios y vidas que no le pertenecen… pero que empieza a desear con intensidad.

Ahí es donde la serie construye su eje más fuerte. No se trata solo de engañar a otros, sino de transformarse, de inventarse una identidad hasta el punto de perder cualquier referencia con la realidad.

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LA MINISERIE DE NETFLIX QUE ESTÁ MARCANDO TENDENCIA MUNDIAL

Ambientada en la Italia de los años 60, la miniserie de Netflix apuesta por una estética cuidada y un ritmo pausado que refuerza la tensión psicológica, donde cada gesto y cada silencio tienen peso.

A medida que avanza, el relato se vuelve más oscuro. Lo que comenzó como una mentira controlada se transforma en una red cada vez más compleja, donde el fraude, la manipulación y hasta el crimen empiezan a aparecer.

El formato breve potencia esa sensación. En ocho episodios, la historia evoluciona sin desbordes, construyendo un clima incómodo donde el espectador queda atrapado entre la fascinación y el rechazo hacia su protagonista.

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“Ripley” no es solo una miniserie de suspenso en Netflix. Es un retrato sobre la obsesión por pertenecer, sobre el poder de reinventarse… y sobre el precio que se paga cuando la mentira deja de ser un recurso y se convierte en una forma de vida.

 

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El adiós de los colegas de Oscar González Oro al conductor que hizo de la radio una compañía para millones

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Oscar González Oro, “el Negro”, murió este viernes a los 74 años (Adrián Escandar)

Oscar González Oro, “el Negro”, murió este viernes en Punta del Este a los 74 años. Con su partida se apaga una de las voces más reconocibles de la radio argentina, un hombre que durante casi cuatro décadas convirtió las mañanas en un territorio propio y que construyó, micrófono mediante, una relación íntima con varias generaciones de oyentes. Fueron años de mañanas compartidas, de información, entrevistas, opiniones, humor, música, silencios y esa familiaridad que solo algunos grandes conductores consiguen establecer con quienes están del otro lado. González Oro no fue simplemente un nombre de la radio: para muchos fue una compañía cotidiana, una voz que entraba en las casas ya comenzado el día y que, con el paso del tiempo, terminó formando parte de la vida de quienes lo escuchaban.

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La noticia provocó una inmediata conmoción entre periodistas, conductores, amigos y colegas que compartieron con él micrófonos, estudios, viajes y distintas etapas de una profesión que lo tuvo como uno de sus grandes protagonistas. Eduardo Feinmann lo despidió desde la emoción más profunda: “Inmenso dolor. Te quiero, te querré siempre”. Una frase breve, pero cargada de todo aquello que muchas veces resulta imposible explicar cuando muere alguien cercano. Claudio Savoia, en tanto, también recordó al periodista y escribió: “Estaba enfermo. QEPD. Abrazo grande a sus amigos, familiares y oyentes. Gran periodista”. En esas palabras aparece también una de las dimensiones más importantes de González Oro: la de haber construido un vínculo que trascendió ampliamente a sus compañeros de profesión y alcanzó a millones de oyentes que durante años hicieron de sus programas una parte de su rutina.

Sergio Lapegüe fue otro de los periodistas que puso en palabras el lugar que ocupó el Negro en la radio argentina. Al comunicar la noticia en Lape Club Social (América), recordó especialmente esas mañanas en las que su voz acompañó durante años a una enorme cantidad de personas. “Nos acompañó durante tantas mañanas en diferentes radios, haciendo el programa más escuchado por las mañanas, acompañó a la gente”, explicó. Y quizá allí esté una de las claves para comprender la dimensión de su figura: logró algo que no todos los conductores consiguen, que una audiencia no solamente lo escuchara, sino que sintiera que estaba acompañado por alguien conocido. La radio tiene ese extraño poder de convertir una voz en presencia, y el Negro supo construir esa cercanía durante décadas.

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Nelson Castro también lo recordó desde el conocimiento personal y profesional que mantuvo con él a lo largo de los años. “Hace poco tiempo me contaba que estaba bien”, señaló en declaraciones a TN, antes de reconstruir parte de la historia de aquel hombre al que conoció cuando llegó a Buenos Aires y cuya trayectoria siguió de cerca. Habló de su “tremendo éxito”, de su “impronta” y de su talento, pero también de aquello que ocurría detrás del personaje radial: “Un hombre con gran olfato, gran voz y vocación”. Castro destacó además su cultura y su pasión por la lectura, y recordó especialmente cuánto adoraba a sus hijos. En ese retrato apareció también una faceta más íntima, la de un hombre profundamente sociable, acostumbrado a salir, encontrarse con amigos, ir al cine y disfrutar de una vida intensa fuera del estudio de radio.

Para Castro, la pandemia significó un golpe particularmente duro para González Oro justamente por ese modo de vivir. “A él lo afectó mucho la pandemia, las restricciones, porque era un hombre con una intensa vida social, salir con amigos, cine”, explicó. Y también recuperó una pequeña historia detrás de una de las frases que quedaron asociadas para siempre a sus programas: el célebre “dale, gas”. Según contó, el origen estaba en el apellido del operador, que era largo, y González Oro lo apocopaba para utilizarlo como una manera característica de cerrar cada salida al aire. Una pequeña marca de identidad que, con el tiempo, terminó formando parte del lenguaje de su audiencia.

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Por su parte, Fabián Doman dejó unas palabras que sintetizan el sentir de muchos: “Murió Oscar González Oro a sus 74 años. El hombre más importante de la radio”.

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Oscar Gómez Castañón, en tanto, eligió ubicarlo dentro de una tradición mayor de la radio argentina. “El Negrito fue el último gran número uno de la segunda mañana. En la saga de (Cacho) Fontana, de (Héctor) Larrea”, sostuvo, trazando una línea con algunos de los nombres más importantes de la historia de la radio. Y habló también de ese vínculo casi secreto que se establece entre un conductor y su audiencia, una relación que muchas veces resulta difícil de explicar para quien nunca la experimentó: “Uno la radio la elige completa, con todos los horarios y toda la vida, y conoce los hijos, lo que vivió y no vivió. No a muchos medios les permitís meterte a tu cama o a tu ducha, a la radio sí”.

La frase resume como pocas el fenómeno González Oro. Porque durante casi cuarenta años su trabajo no transcurrió solamente dentro de una cabina, frente a un micrófono y detrás de un vidrio. Su voz ingresó en cocinas, oficinas, autos, dormitorios, bares y comercios. Estuvo presente en cumpleaños, separaciones, pérdidas, nacimientos, viajes y rutinas. Fue parte de la vida cotidiana de quienes lo eligieron una y otra vez. Y esa confianza, construida lentamente durante años, es uno de los legados más difíciles de reemplazar.

Beto Casella también recordó al Negro desde una conversación que mantuvieron apenas unos días antes de su muerte. Al aire de su programa en Rock & Pop contó que el último sábador le había escrito para preguntarle cómo estaba. La respuesta fue directa y, a la distancia, conmovedora: “Hola, amigo. Estoy bien, aunque la salud no me acompaña. Me cuesta trabajo caminar y mantener el equilibrio, el resto bien”. Casella, con quien compartió aire en la TV abierta, explicó que sabía que su colega atravesaba problemas de salud y recordó que lo había visto en una entrega de los Martín Fierro de Radio, donde recibió una mención especial.

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Fabian Doman recuerda al Negro Oro

“Versiones había un montón, pero tenía un vínculo muy amoroso, en una época comíamos. Pero mirá vos… el sábado, preguntarle cómo andará, y esa fue la respuesta”, relató Casella, todavía atravesado por la incredulidad de una conversación que, sin saberlo, sería una de las últimas. Hay algo particularmente doloroso en esos mensajes cotidianos que parecen insignificantes cuando ocurren y adquieren otro peso cuando la persona ya no está. Un simple “¿cómo estás?” que queda suspendido en el tiempo.

Carlos Monti también puso el foco en la marca que dejó en la historia de la radio argentina. Con la perspectiva de quien compartió durante años el mismo universo profesional, definió su legado a partir de una característica que lo distinguió frente al micrófono: “El Negro marcó un estilo de conducción radial que ha dejado su huella en la radiofonía argentina”.

Luis Ventura, en tanto, eligió recordarlo desde un lugar mucho más íntimo. “Yo tenía una frecuencia de comunicación con él. Lo llamaba permanentemente”, contó, antes de detenerse en uno de los episodios que más lo marcó de los últimos años de González Oro: el reencuentro con los premios Martín Fierro y con APTRA. “No me voy a quedar con ninguna angustia ni tristeza, porque me di el gusto de reconciliarlo con el Martín Fierro y con APTRA”, explicó Ventura, quien recordó que una de las primeras gestiones que realizó cuando asumió aquella comisión tuvo justamente que ver con sanar una herida que permanecía abierta.

“Una de las primeras gestiones que hicimos con esta comisión, una de las cosas que yo pedí justamente era sanar esa herida abierta de que el hombre más popular de la radiofonía argentina tuviera su homenaje”, relató. González Oro había decidido no asistir a la fiesta del Martín Fierro, pero Ventura logró convencerlo y traerlo nuevamente a Buenos Aires desde Punta del Este, para que pudiera recibir en persona aquel reconocimiento. “Cuando él había desistido de asistir a la fiesta del Martín Fierro, yo lo traje de Montevideo, de Punta del Este. Lo traje para acá”, recordó.

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Aquella noche quedó grabada en la memoria de Ventura como uno de los momentos más especiales de los últimos años del conductor. “Se llevó la distinción y la honorabilidad de ese privilegio de tener el bronce en la mano y disfrutarlo y agradecerlo. Ovación. Unánime”, contó. Y destacó el carácter excepcional de aquella escena: “Son pocos esos casos donde el Martín Fierro genera unanimidad”. Para el presidente de APTRA, ese reconocimiento no fue solamente un premio, sino también una manera de reparar una historia y devolverle a González Oro un homenaje que, según su mirada, la radiofonía argentina le debía.

Después de aquel encuentro, Ventura siguió intentando convencerlo para que regresara, aunque fuera por un rato, a ese mundo del que había decidido alejarse. “Lo llamé un par de veces porque lo quise traer para estar en vivo en varios pisos. Y no quiso saber nada”, contó. La respuesta de González Oro, según recordó, fue tan breve como definitiva: “Me retiré”. Dos palabras que, con el paso del tiempo, adquieren otra dimensión y que hoy forman parte del recuerdo de un hombre que durante casi cuatro décadas había hecho de la radio su territorio, hasta decidir finalmente correrse del micrófono y comenzar otra etapa de su vida.

Oscar González Oro construyó su historia en la radio durante décadas y llegó a convertirse en uno de esos nombres que ya no necesitan presentación. El Negro era, para quienes lo escuchaban, mucho más que un conductor: era una voz reconocible, una presencia cotidiana y una compañía. Este viernes, desde Punta del Este, esa voz se apagó definitivamente. Quedaron sus programas, sus frases, sus entrevistas, sus historias y, sobre todo, la memoria de millones de personas que durante años encontraron del otro lado del parlante a alguien que les hablaba como si estuviera allí, en la misma habitación.

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Y quizá esa sea la forma más profunda de despedir a un hombre de radio: entendiendo que algunas voces no desaparecen del todo cuando dejan de sonar. Permanecen en la memoria de quienes las escucharon durante años, asociadas para siempre a una época de sus propias vidas. Para muchos, la voz del “Negro” González Oro será, desde ahora, también eso: el recuerdo de tantas mañanas que empezaron con él.

Noticia en desarrollo…

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