CHIMENTOS
La música Beat argentina como semilla del Rock Nacional

La historia del rock argentino suele ordenarse a partir de una secuencia conocida. Primero aparecen Los Gatos, Almendra y Manal como tríada fundacional. Después irrumpe “La balsa” como hito inaugural. Más tarde se afirma una frontera entre lo que sería el rock “auténtico” y aquello que quedaría del lado de lo comercial, lo bailable o lo complaciente. Ese relato organizó durante décadas la memoria del género. También dejó afuera una parte importante del mapa.
Sobre esa zona trabaja Julián Delgado, quien acaba de publicar Historia de la música beat en la Argentina (Gourmet Musical), un libro surgido de su tesis doctoral en Historia, defendida en 2022 y desarrollada con una beca del CONICET obtenida en 2017. Su investigación se concentra en el período 1964-1970 y propone revisar la música beat en la Argentina no como una prehistoria menor del rock nacional, sino como el terreno mismo en el que se consolidó una nueva música juvenil y se formaron las condiciones para lo que vendría después.
Apoyado en un trabajo de archivo con discos, revistas, diarios, documentos discográficos y materiales audiovisuales, el libro reconstruye un universo más amplio y heterogéneo que el fijado por la memoria posterior. Ahí aparecen no solo las bandas que quedaron en el centro del relato, sino también grupos como La Joven Guardia, Los Náufragos, Carlos Bisso y su Conexión N°5, Los Vips, Los Tammys y Pintura Fresca, entre muchos otros.

La hipótesis central es contundente: la música beat fue el capítulo decisivo en la formación y el arraigo del pop-rock en la Argentina. En ese proceso se jugaron la apropiación local de una gramática musical global, el papel de la industria cultural, el pasaje del inglés al castellano y la futura separación entre pop y rock. En charla con Teleshow, Delgado explica por qué eligió el arco 1964-1970, se detiene en el impacto de Los Shakers y “La balsa”, discute la idea de autenticidad y revisa cómo parte de la propia escena beat terminó empujando la exclusión de algunos de sus protagonistas.
—El libro nace de tu tesis doctoral, pero se percibe detrás un trabajo de largo aliento. ¿Cómo fue ese recorrido?
—Sí, el origen formal está en mi tesis de doctorado en Historia, que defendí en 2022, pero el trabajo venía de bastante antes. La tesis la hice con una beca del CONICET de cinco años, que obtuve en 2017 y estos temas los venía trabajando desde antes incluso de eso. El libro retoma esa investigación, aunque no de manera lineal: hubo cambios, refinamientos y un proceso de corrección editorial importante.
A mí me interesaba que conservara la densidad de una investigación histórica, pero que al mismo tiempo pudiera ser leído más allá del ámbito académico. Y ahí hay un punto que me parece importante subrayar: este es un libro de investigación en un campo donde hay una enorme tradición de libros testimoniales sobre música. No es que acá no haya testimonios, pero entran en juego otros materiales. Discos, revistas, diarios, documentos de discográficas, archivos audiovisuales. Ese trabajo permite reconstruir el período de una manera distinta.

—¿Cómo llegaste a la música beat como objeto de investigación?
—Llegué a partir de mi primer libro, de 2017, sobre Almendra, Tu tiempo es hoy. Mientras lo investigaba, me encontré con algo que me llamó mucho la atención: algunas de las ideas más instaladas sobre Almendra y sobre el origen del rock nacional no se verificaban cuando uno volvía a las fuentes de época. Lo más claro era esto: la idea de que Almendra era una banda de rock, en el sentido en que después se la recordó, no aparecía así en esos años. Yo encontraba que en ese momento Almendra era presentada como una banda de música beat. A partir de ahí empecé a ver que había un universo de grupos mucho más vasto y heterogéneo del que quedó fijado en la historia oficial del rock.
Ese hallazgo me llevó a seguir dos pistas. Por un lado, la de ese conjunto más amplio de bandas y artistas. Por otro, la de los vínculos entre esa música, la agitación política de la época y la intervención de la industria cultural. Ahí apareció con mucha claridad el papel de las discográficas, de los promotores, de la radio, de la televisión y de la prensa. Eso hace que el libro se corra un poco de una visión romántica, de la idea de que unos pocos pioneros inventaron solos algo nuevo.
—El recorte temporal del libro va de 1964 a 1970. ¿Por qué elegiste ese período?
—Porque me interesaba estudiar un momento breve, pero muy intenso, y hacerlo de manera exhaustiva. 1964 es un año muy claro porque es cuando empieza a circular la etiqueta beat en la Argentina. En este caso, no remite a la poesía beatnik, sino de manera muy evidente a The Beatles y, más en general, a la renovación musical que representó la invasión británica.

El show de los Beatles en el programa de Ed Sullivan, en febrero de 1964, fue un acontecimiento en Estados Unidos, pero también un suceso global. Y en ese mismo momento, en la Argentina, Odeón, la discográfica que representaba al grupo, sacó una tirada muy grande de discos. Ahí se abre una etapa nueva. Hay una respuesta inmediata de la juventud, pero también de la producción musical local. Empiezan las versiones de canciones de los Beatles, aparecen nuevos grupos y otros se reformulan para hacer música beat.
El corte en 1970 tiene otro sentido. La música beat no desaparece ese año. La etiqueta sigue circulando. Pero, para mí, 1969 y 1970 son un momento sintomático porque ahí empiezan a aparecer músicos y jóvenes que reniegan de esa etiqueta. Ya no me interesaba solo identificar bandas beat, sino explicar cómo en la Argentina se construyó la diferenciación entre pop y rock.
—¿Ese rechazo se vuelve visible en casos concretos?
—Sí. Un caso muy claro es el de Los Gatos. Durante el período que yo estudio, fueron una de las grandes bandas de música beat. A fines de 1969 sacan su cuarto LP, que se llama Beat número uno. Y casi enseguida, en una entrevista de comienzos de 1970, dicen: “Nosotros no somos beat”. Reniegan del beat.
Ese gesto es muy interesante porque muestra que en ese momento empieza a instalarse una jerarquía dentro de la propia música juvenil. En 1964 no existe todavía la idea de que dentro de las músicas jóvenes hay algunas más legítimas y auténticas que otras. Eso empieza a formularse en esos años, y una de sus consecuencias es que la música beat queda asociada a una música comercial. Después esa distinción va a adoptar otras formas. La revista Pelo, por ejemplo, opone lo progresivo a lo complaciente. Pero esa diferencia no es una singularidad argentina. Es una traducción local de una discusión más amplia, que circula a nivel global en esos años y que organiza la separación entre pop y rock.
—Tu investigación propone que la música beat fue bastante más amplia de lo que suele reconocerse.
—Sí. El archivo muestra un panorama mucho más amplio y más diverso que el canon posterior. Ahí aparecen Almendra, Los Gatos y Manal, por supuesto, pero también una enorme cantidad de grupos que luego quedaron relegados o directamente afuera de la memoria legitimada del rock. Para mí hay dos dimensiones importantes. Una es reconstructiva: volver a ese universo, ver su heterogeneidad, recuperar conjuntos olvidados o mal recordados. La otra es más argumental: entender cómo se produjo la exclusión. Es decir, cómo algunos artistas pasaron a formar parte de la historia oficial y otros quedaron del lado de lo comercial, lo bailable o lo menor.
No se trata de hacer una reivindicación nostálgica de los excluidos ni de condenar a quienes definieron ese canon. Me interesa, más bien, entender cómo funciona ese proceso. En la música popular todo el tiempo se establecen jerarquías sobre qué se considera valioso y qué no. Lo que me importaba era mostrar cómo se configuró eso en la Argentina de los años 60.
—En ese punto, una palabra clave del libro es autenticidad.
—Sí. La autenticidad es central. En la música popular es un valor que opera todo el tiempo. Mi argumento es que en los años 60, con la música beat, el sentido de la autenticidad se transforma. Hasta ese momento, en la música popular argentina, la autenticidad estaba muy asociada a la idea de raíz, a un origen antiguo, popular o étnico. Eso se ve en el folclore o en el tango. Yo lo llamo en el libro una autenticidad objetiva, en el sentido de que parecería estar fundada en algo exterior a los sujetos.
Con la música beat empieza a afirmarse otra idea de autenticidad, más ligada al paradigma del arte moderno y a la expresión de una subjetividad. Lo auténtico pasa a ser lo que expresa de manera genuina lo que una persona o una generación vive, siente y piensa. Ese desplazamiento es muy importante para entender por qué una música cosmopolita, claramente inspirada en el pop rock global, pudo ser postulada como una representación auténtica de la juventud argentina.

—Y ahí “La balsa” ocupa un lugar decisivo.
—Sí, “La balsa” es un momento central del libro. Me interesaba entender por qué había sido el éxito que fue en 1967 y por qué después se convirtió en una pieza tan importante del relato sobre el rock nacional.
La respuesta no está solo en el análisis musical. Es una buena canción, pero no alcanza con decir eso. Lo que aparece con mucha claridad en las fuentes es que “La balsa” expresa, para quienes la escuchan en ese momento, algo de la experiencia juvenil. Y por eso puede ser leída como una música argentina, aunque sea una canción de pop rock eléctrico, con guitarra, bajo, órgano y batería, y aunque la influencia de los Beatles sea muy evidente.
Hay varios elementos que ayudan a eso. La letra está en castellano. No es una canción romántica en el sentido más clásico. Hay una primera persona, un tono que dialoga con cierta sensibilidad contracultural y hasta con una forma de crítica social. Además, la canción está interpretada por sus propios autores. Eso la distingue de un modelo anterior de música juvenil más ligado al intérprete, como podía verse en El Club del Clan.
—También señalás que el éxito de “La balsa” fue concreto, material.
—Sí, y eso es importante. Cuando hice la investigación, fui con cierta sospecha sobre el alcance real del éxito. Pensaba que tal vez la memoria posterior lo había agrandado. Pero la investigación, en ese punto, me cerró la boca. Fue un gran éxito. Durante la segunda mitad de 1967 y buena parte de 1968 fue una canción decisiva.
Eso no quiere decir que haya sido el disco más vendido de la historia argentina de ese momento. Leonardo Favio, por ejemplo, vendía mucho más. Incluso es probable que “El extraño del pelo largo” haya tenido una circulación comparable o mayor en ciertos formatos. Pero lo que comprobé es que “La balsa” efectivamente produjo un antes y un después dentro de la música juvenil de su tiempo. Y ahí aparece una paradoja interesante: el discurso rockero, que se presenta como antimasivo, encuentra en canciones como “La balsa” un éxito de gran escala. Esa tensión entre autenticidad, masividad y mercado es una de las grandes paradojas del género.
—Tu trabajo a la vez relativiza la idea de “La balsa” como punto de partida absoluto.
—Sí, porque en muchos sentidos, “La balsa” es más un punto de llegada que un punto de partida. Antes ya había un proceso en marcha. Las primeras respuestas argentinas a la invasión británica, de hecho, fueron en castellano. Después, con la irrupción de Los Shakers, en 1965, se puso muy de moda cantar en inglés. Pero el castellano nunca desapareció.
Lo interesante es que la propia industria estaba buscando eso. Yo encontré una compilación de 1966, un año antes de “La balsa”, que se llama Beat en castellano. Eso muestra que había una búsqueda en curso, tanto de parte de los músicos como de las discográficas y otros actores de la industria musical. Por eso insisto en que “La balsa” no sale de la nada. Condensa una serie de experiencias previas y, al mismo tiempo, logra lo que muchos venían buscando: una canción beat en castellano que consigue articular autenticidad, circulación masiva y reconocimiento generacional.
—¿Qué lugar ocupan Los Shakers en esa historia?
—Un lugar fundamental. Los Shakers irrumpen en 1965 y marcan otro momento decisivo. Musicalmente eran excelentes, tenían una imagen muy fuerte y una sonoridad muy cercana a los Beatles. Además, contaron con una campaña de promoción importante por parte de Odeón.

A partir de su aparición se vuelve muy fuerte el canto en inglés. Y ahí hay otro argumento del libro: muchas veces esa elección se recuerda como simple imitación, como una marca de dependencia cultural. Para mí, en esa coyuntura, tiene que leerse más bien como un intento genuino de participar de un fenómeno global. Cantar en inglés era, en ese contexto, una forma de hacer música beat como se entendía que había que hacerla. Después, por supuesto, vuelve a crecer el peso del castellano, y con fuerza. Pero es importante no proyectar sobre 1965 o 1966 los valores que se van a consolidar un poco más tarde.
—En ese proceso también intervino de manera fuerte la industria cultural.
—Sí. Y para mí ese es uno de los puntos centrales. El desarrollo de la música beat no puede pensarse sin el papel de la industria cultural. Ahí entran las discográficas, la radio, la televisión, la prensa, los compilados, los festivales y los promotores. En el caso de “La balsa”, por ejemplo, el papel de Ricardo Kleiman es clave. Está su programa de radio, Modart en la noche, y después el programa de televisión Modart número uno. Los Gatos ocupan un lugar central en ese dispositivo. También hay cobertura de revistas como Gente, un trabajo fuerte de prensa y una articulación muy visible con los sellos discográficos. Se tiende a oponer industria y autenticidad, como si fueran dimensiones incompatibles. A mí me interesa mostrar que en este caso conviven. La existencia de una campaña de promoción no le quita ningún mérito a la canción ni a los músicos. Lo que hace es mostrar que la cultura es una producción social compleja, donde intervienen actores diferentes con intereses distintos.
—Tu libro también vuelve sobre una serie de nombres que quedaron fuera del canon. ¿Cuáles te parece importante redescubrir?
—Ojalá el libro sirva, entre otras cosas, para eso, para dar ganas de escuchar. Hoy, además, tenemos la posibilidad de buscar mucho de ese material en Spotify o en YouTube. Hay varios nombres interesantes. Los Tammys, por ejemplo, son un caso temprano de banda que se reformula bajo el impacto beat. Los Vips son otra banda para escuchar, sobre todo por sus versiones de los Beatles y por la circulación que tuvieron en la época. Los In también son importantes, no solo por lo musical sino porque ahí participaron músicos que después tuvieron un papel fuerte en la escena, como Francis Smith.
Si pienso en el pico de 1969 y 1970, hay tres nombres que para mí son centrales. El primero es La Joven Guardia, con Roque Narvaja al frente y “El extraño del pelo largo” como gran himno de ese momento. Fue un boom enorme, tanto por la canción como por su circulación posterior en compilados y hasta en el cine. El segundo es Carlos Bisso, primero en Conexión N° 5 y después al frente de su propio proyecto. Me interesa porque muestra otra zona de la beat, con una impronta más soul, con versiones diversas y con un perfil escénico muy marcado. Y el tercero es Los Náufragos, que quedaron asociados a la música más popular y bailable, pero que fueron absolutamente centrales en la escena y permiten pensar de otra manera la relación entre juventud, masividad y cambio cultural.
—En el caso de Los Náufragos, planteás que también pusieron en circulación formas de cambio, aunque no en el mismo registro que el rock más politizado.
—Sí, eso me parece importante. La historia no se hace solo con los discursos más radicales o más explícitamente politizados. Los Náufragos tienen canciones que hablan de transformaciones en las costumbres, en las relaciones entre varones y mujeres y en ciertas formas de libertad juvenil. Lo hacen desde una música más lúdica, más bailable, más accesible, pero eso no significa que no estén diciendo nada. Pienso en canciones como “Otra vez en la vía” o “Yo en mi casa y ella en el bar”. Ahí hay una sensibilidad de época muy clara. Tal vez no sea una música que se presente a sí misma como profunda o comprometida, pero forma parte de los cambios culturales de esos años.

—El libro termina con la escena de Carlos Bisso rechazado por el público en vivo. ¿Por qué te interesó cerrar ahí?
—Porque esa escena condensa de manera muy fuerte el proceso de exclusión que intento describir. Carlos Bisso había sido una figura central de la música beat. Y en determinado momento aparece en un escenario y el público lo echa. Él mismo, después, no termina de entender qué pasó. Para mí ahí está el punto: lo que cambió fue el código. Bisso seguía leyendo la escena con parámetros anteriores, pero para una parte del público y del ambiente musical ya representaba otra cosa, asociada a lo comercial, a lo romántico, a una música que había dejado de ser legítima. Esa escena pone en acto la ruptura.

—En esa ruptura, el baile parece tener un papel clave.
—Sí, el baile es central. La música beat era, de manera evidente, una música bailable. Esa dimensión formaba parte de su circulación social. Los bailes, los programas de televisión, los carnavales y los clubes eran espacios muy importantes. En cambio, cuando empieza a consolidarse el discurso del rock nacional más serio o progresivo, una de las cosas que se redefine es justamente la relación con el baile. Aparece la idea de una música para escuchar, para pensar, para sentarse, para tomarse en serio. El baile empieza a ser visto con desconfianza, como si remitiera a lo superficial. Eso tiene una dimensión estética, pero también ideológica. En los años 1969 y 1970 la idea de una música comprometida, seria, progresiva, con una conciencia social más fuerte, empieza a organizar mucho del prestigio dentro del campo. Ahí el beat queda del lado de lo bailable, de lo pasatista y de lo comercial.
—¿Y esa oposición merece ser revisada hoy?
—Me parece que sí. No para negar la potencia que tuvo el discurso del rock nacional, sino para ver también sus zonas problemáticas. En esa descalificación del baile hay una mirada bastante elitista sobre la cultura. Como si el cuerpo, la fiesta o la accesibilidad fueran automáticamente signos de menor valor. Y ahí se cuelan cuestiones de clase y de género. Muchas veces, cuando se descalifica una música por corporal, por masiva o por supuestamente superficial, también se está descalificando a ciertos públicos. Eso hoy vale la pena pensarlo con más distancia. En cualquier caso, lo importante para mí no es juzgar retrospectivamente, sino entender las razones históricas de los actores. La historia siempre trabaja con esa contingencia: las cosas no tenían por qué pasar como pasaron. La pregunta es por qué tomaron esa forma.
—En el tramo final del libro volvés sobre Almendra y la comparás con Pintura Fresca. ¿Qué buscabas mostrar con esa operación?
—Quería mostrar que las trayectorias de las bandas no eran tan opuestas desde el comienzo como después pareció. Almendra y Pintura Fresca tienen, en varios aspectos, recorridos paralelos. Son grupos de jóvenes de Belgrano, con pequeñas bandas previas formadas entre amigos, con primeras experiencias muy parecidas y con un ingreso fuerte a la escena a fines de los 60. Pero en ese mismo momento se abren dos caminos. Almendra pasa a ser leída como la primera gran banda de un rock nacional distinto de la música beat, mientras que Pintura Fresca cae rápidamente del lado de la descalificación, del bastardeo crítico y de lo menor. Ponerlas en paralelo sirve para mostrar que esa diferencia no estaba dada de antemano. Se construyó. Y eso ayuda a entender cómo se definió el canon posterior.
—Entonces, ¿la música beat fue efectivamente el antecedente de lo que luego sería el rock nacional?
—Sí, sin dudas. Pero no en el sentido de una etapa rudimentaria o imperfecta que debía ser superada. La música beat fue el capítulo decisivo en la formación y el arraigo del pop rock en la Argentina. Ahí se consolidaron formas de hacer música juvenil con instrumentos eléctricos, bandas propias, autores e intérpretes, circuitos de difusión específicos y una apropiación local de una gramática musical global. Después, parte de ese mismo universo produjo una diferenciación interna y empezó a construir la idea de un rock más auténtico frente a un beat más comercial. Pero esa distinción se formula dentro de ese proceso, no fuera de él. No hay rock nacional sin música beat.

—¿Qué te gustaría que el libro deje en los lectores?
—Ojalá deje, antes que nada, ganas de escuchar esa música. Me gustaría que alguien lo lea y vaya a buscar canciones de La Joven Guardia, Los Náufragos, Los Shakers, Carlos Bisso, Los Vips y Pintura Fresca. Que descubra que había un universo mucho más amplio de lo que solemos recordar. Y también me gustaría que ayude a complejizar ciertos relatos muy fijados. No para reemplazarlos por otro dogma, sino para abrir preguntas. Si el libro sirve para pensar de otra manera la relación entre juventud, industria cultural, autenticidad y música popular en la Argentina de los años 60, entonces ya cumplió su objetivo. Porque, al final, el punto principal es bastante claro: entre 1964 y 1970, la música beat no fue un desvío menor antes del rock verdadero. Fue el territorio mismo donde esa nueva música juvenil se volvió posible, masiva y propia en la Argentina.
Fotos: Nico Castez
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Solita Silveyra contó cómo avanza su recuperación tras el accidente doméstico que tuvo: “Hay días que duele muchísimo”

Después de más de un mes alejada del ojo público, Soledad Silveyra reapareció en sus redes sociales con un video en el que mostró cómo avanza su recuperación tras la fisura de cadera que sufrió a raíz de una caída en su domicilio. La actriz de 74 años, internada desde el 7 de septiembre en el sanatorio Otamendi, compartió un mensaje que combinó emoción, humor y agradecimiento hacia quienes la acompañaron durante estas semanas.
“A un un mes y diez días. Gracias a todos por el cariño que tanto bien hace”, escribió la actriz en el pie de la publicación. El episodio que derivó en su internación había sido confirmado por Pepe Ochoa durante la emisión de LAM: el panelista detalló que Silveyra se encontraba sin compañía en su vivienda cuando ocurrió el infortunado accidente.
En el video, la actriz se mostró en plena actividad de rehabilitación. “Acá estoy haciendo mis ejercicios. Ya suelto los brazos. Hay días que duele muchísimo y hay otros días que me levanto mejor y con más espíritu”, contó con la franqueza que la caracteriza. Consultada sobre cómo se comporta como paciente en esta difícil circunstancia,la actriz no dudó: “Soy buenísima paciente. Hago todo lo que me dicen”.
Silveyra dedicó además un tramo del mensaje a agradecer a quienes la acompañaron en su proceso de recuperación. Mencionó a su cuñada Evangelina Membriani, a quien le atribuyó un rol central: “Mi cuñada Evangelina Membriani, a quien le debo la vida”. También reconoció la atención recibida de parte de los profesionales que la recibieron en el sanatorio Otamendi y de su kinesiólogo, a quien apodó “Miguelo”, aunque protagonizó un momento desopilante al no poder recordar la palabra “kinesiología”. “Miguelo que es mi, mi… Ay, nunca me sale la palabra”, dijo Solita entre risas antes de necesitar ayuda de una colaboradora cercanaa para completar la frase.
Antes de despedirse, envió un saludo especial a dos integrantes del equipo que la atendió: “A todos los que me atendieron en Otamendi, mis abrazos, especialmente a Laurita y a Carlitos. Laurita, que seas muy feliz. Ya falta poco para el casamiento. Chau, familia, los quiero. Gracias”.
La publicación que hizo la actriz en sus redes sociales se llenó rápidamente de mensajes de apoyo de figuras del espectáculo. Su colega y amiga Graciela Borges escribió con humor: “No voy más con flores, después me echan, jajaja, te amamos”. Marley le envió un escueto “Fuerza Solita”, mientras que Ángela Leiva le dedicó un “Te adoro Solita, vamooo” y Benja Amadeo acompañó con emojis de fuerza.
Un mes atrás, según detalló Pepe Ochoa, la actriz de 74 años “se quebró la cadera, es una fisura la que tiene ahora”, precisó, y remarcó que Solita ya arrastraba complicaciones físicas previas. “Ya venía mal de la espalda, venía con algunos problemas de salud, que había suspendido un par de funciones”, agregó, en referencia al estado general de la actriz antes del accidente doméstico.
Tras la caída, la propia actriz se comunicó con uno de sus hijos, quien acudió de inmediato a asistirla. “Llamó a su hijo Facundo, quien fue a socorrerla”, contó Pepe, y agregó que posteriormente la actriz fue trasladada al centro de salud porteño, donde permanece internada.
Sobre el estado anímico de la artista, el panelista de LAM tomó contacto directo con Baltasar, otro de los hijos de Silveyra. “Me dijo que Solita está puteando en el cuarto, que se quiere ir”, relató Pepe, en tono distendido, aunque aclaró que el proceso de recuperación demandará tiempo. “Es para rato, es para largo esto de que tiene que operar, pero de ánimo está bien, está cansada”, completó.
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Mariano Iúdica reveló la extraña enfermedad que le diagnosticaron a sus 56 años: “El dolor me hace llorar”

Mariano Iúdica sorprendió al revelar detalles de un problema de salud que le provocó episodios de dolor intenso. El conductor de Polémica en el bar habló en vivo con Rodrigo Lussich, quien sospecha que podría padecer la misma afección, y contó cómo la atravesó, qué alimentos le desencadenaban los síntomas y qué tratamiento le recomendaron.
Todo ocurrió durante una emisión de Intrusos, cuando Lussich contó que sentía fuertes molestias en el dedo gordo del pie. “Tengo miedo de tener gota porque me duele el dedo gordo del pie”, reconoció. Y describió la intensidad del malestar: “Solo duele cuando apoyo. Por momentos piso y veo las estrellas”.
Ante la consulta, Iúdica confirmó que había sufrido gota y recordó los momentos más difíciles: “Tuve gota, sí. La sufrí mucho en viajes al exterior con jamón crudo”. Luego, Mariano graficó el sufrimiento que le provocaba la enfermedad con una frase contundente: “La gota me hace llorar, es como que te ves un taladro con vidrio”.
El conductor también le explicó a su colega que debía prestar atención al tratamiento y a los hábitos alimentarios. “Hay una cosa que tenés que tomar todos los días por lo menos por dos meses, se llama colchicina”, le aconsejó. Y fue tajante respecto de las restricciones alimentarias: “Busca en Google lo que no tenés que comer. Sin jamón crudo, es veneno. Carnes no, mariscos no”.
MARIANO IÚDICA CONTÓ EL DOLOR QUE SUFRE POR LA ENFERMEDAD CONOCIDA COMO GOTA
Durante la charla también intervino el médico Guillermo Capuya, quien explicó el origen del dolor: “El dolor de la gota es insoportable, es el acúmulo de ácido úrico ahí en la articulación”. Mauro Szeta, por su parte, sumó su experiencia personal: “La padecí y tengo la solución”, dijo, al mencionar los lupines y la colchicina.
Mientras intenta descubrir qué provoca sus molestias, Lussich también planteó una hipótesis relacionada con su actividad teatral: “Tengo la teoría de que el problema del dedo tiene que ver con las zapatillas armatoste que uso para las funciones”. Por ahora, su sospecha abrió una conversación que terminó con Iúdica exponiendo públicamente el sufrimiento que le ocasionó la enfermedad.
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El reencuentro de Paula Chaves y Zaira Nara: “Hay mucho cariño y mucho amor”

Paula Chaves y Zaira Nara se cruzaron frente a las cámaras de Intrusos (América TV) y protagonizaron un distendido ida y vuelta que dejó en evidencia el estado actual de su vínculo, marcado durante años por un distanciamiento público que recién en los últimos meses comenzó a ceder.
La modelo estaba dando una nota cuando el cronista del programa advirtió la presencia de Zaira en las inmediaciones y forzó el encuentro en vivo. “Vi a Zai, sí”, reconoció Chaves con naturalidad al ser consultada sobre si la había saludado. Y aclaró que la relación entre ambas ya había encontrado su cauce antes de ese momento: “Nosotras ya tuvimos nuestra charla. Nos juntamos, hablamos, todo muy bien”. Sobre la posibilidad de profundizar el diálogo en un evento público, fue directa: “Este ámbito no permite una charla mucho más profunda, pero ya la tuvimos”.
Cuando Nara se sumó al móvil, el tono viró hacia la complicidad. “Nos amamos”, soltó la hermana de Wanda Nara ante la insistencia periodística, mientras Paula le elogiaba la altura y le ofrecía llevarla en su camioneta hasta el auto, que había quedado estacionado a veinte cuadras por un operativo policial. “Te damos la exclusiva”, bromeó la conductora con el cronista.
El notero intentó indagar más sobre la naturaleza de la amistad, pero las dos cerraron filas con humor. “Basta, no nos gusta hablar de nuestra vida privada”, lanzó Zaira, imitando el discurso habitual de las figuras que esquivan preguntas sentimentales. Chaves completó el cuadro con una definición clara: “No hay orgullo. No hay rencor. Hay mucho cariño y mucho amor”.
El reencuentro televisivo cobra relevancia porque el quiebre entre ambas fue uno de los conflictos más comentados de la farándula argentina en los últimos años. Amigas íntimas y comadres, se distanciaron alrededor de 2021 y durante mucho tiempo evitaron coincidir o siquiera cruzar miradas en eventos públicos. La versión que más circuló apuntó al romance que Zaira mantuvo con el polista Facundo Pieres, exnovio de Paula durante su adolescencia, algo que la propia Chaves habría vivido como una transgresión de límites dentro de su círculo afectivo.
A esa tensión se sumaron otras capas: según reveló Yanina Latorre en SQP (América), parte del conflicto se remontó al primer Wandagate de 2021, cuando Paula quedó involucrada como intermediaria entre Wanda y la China Suárez y terminó expuesta en una disputa que no le correspondía.
Apenas días antes de este encuentro, Nora Colosimo, madre de Zaira, reavivó la polémica al confirmar en LAM (América) lo que durante años fue una sospecha del ambiente: “Fue por Pieres, totalmente. Tengo entendido que a Paula la enojó y le molestó”. Sin embargo, rechazó que su hija hubiera actuado con deslealtad. “No fue ‘Tatiana’ si Paula está casada con Pedro hace muchos años. Facundo fue ex de Paula cuando tenía 15 o 17 años”, argumentó, y cerró con una frase que no dejó lugar a ambigüedades: “En esa no la banqué a Paula”.
El deshielo entre las modelos había comenzado meses atrás, cuando coincidieron de forma casual en el atelier de una diseñadora que las viste a ambas. “Hubo un acercamiento, a veces la vida te cruza en momentos puntuales. Fue lindo para las dos, hay mucho cariño”, contó entonces Nara en diálogo con Intrusos. Chaves, por su parte, describió aquel encuentro como obra “del destino” y pidió reservar los detalles: “Es un tema nuestro y queremos preservarlo”.
El cruce del jueves por la noche, con abrazo, risas y un viaje compartido en camioneta, pareció confirmar que la etapa más ríspida del conflicto quedó atrás. “Está todo muy bien, por suerte”, cerró Paula antes de subirse a la chata rumbo al auto de su examiga.
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