CHIMENTOS
La noche de pasión de Daniela Celis en pleno Martín Fierro, confirmando su romance: «Tenía una habitación y se fueron juntos»

El amor está floreciendo en pleno otoño dentro del mundo de la farándula; entre tantas separaciones, rupturas y diferentes escándalos, hay una nueva pareja que se formó; Daniela Celis y Nick, ex participante de Gran Hermano Generación Dorada.
Diferentes testigos vieron cómo fue la noche apasionada que tuvieron. En un romance que venía enfrentando serios rumores desde hace unos días, finalmente en la gala de los premios Martín Fierro, y particularmente en lo que fue el after, todo salió a la luz.
A partir de un video que compartió el periodista Fede Flowers, en su cuenta de X, mostró cómo la parejita bailó muy pegado y hasta parece que se dan un beso. Pero su encuentro no quedó ahí y todo siguió, en un plano muy íntimo, en una de las habitaciones del hotel Hilton, a donde las paredes fueron testigos de su pasión desmedida.
“¡INFRAGANTIS! Daniela “Pestañela” Celis y Nick ex participante de la última edición dorada de Gran Hermano se fueron juntos y a las 3.22 AM del after del Martín Fierro en Puerto Madero”, detalló el joven periodista.
DANIELA CELIS TUVO SU NOCHE DE PASIÓN LUEGO DE LOS MARTÍN FIERRO
Empero, dado a que están atravesando la mejor parte de su romance, es decir, los primeros días y semanas, tuvieron una noche larga y que se cerró, todo creen y por lo que dijo Flowers, con un desenlace feliz para ambos.
“Se fueron abrazados directo al hotel Hilton donde ella tenía una habitación reservada para el evento”, sentenció el colega. De este modo, Daniela, quien pasó un 2025 muy difícil por el accidente de Thiago Medina, hoy pudo rehacer su vida por completo.
Como todo romance, trajo sus repercusiones; muchas a favor y otras en contra, porque aún está la esperanza de los fanáticos que la vieron formalizar su relación con Thiago en GH; en un presente personal y profesional muy bueno, Daniela va en este 2026 por su gran revancha.
Daniela Celis, Martín Fierro
CHIMENTOS
Silvia Pérez: «Siempre voy a ser una chica Olmedo, hasta el último día de mi vida»

Hace casi cuarenta años, Silvia Pérez supo que esa etiqueta no se borra. Fue chica Olmedo, y lo será —dice ella misma, entre risas— “hasta el último día de mi vida”. Pero en ese tiempo que va desde los sketches que hoy se viralizan en TikTok hasta el presente, construyó otra carrera: estudió con los mejores maestros, produjo su propio teatro, trabajó con Francis Ford Coppola, protagonizó la película que considera “la de su vida” y se convirtió en profesora de yoga y meditación. Ahora, Silvia Pérez vuelve a la Calle Corrientes con 8 Mujeres, la comedia de misterio de Robert Thomas que dirigirá José María Muscari, y lo hace con una certeza que, según cuenta, le costó años alcanzar: ya no le importa probarle nada a nadie.
La convocatoria de Muscari llegó en el momento exacto. Pérez acababa de desear, “desde adentro”, volver al teatro comercial después de años en el circuito alternativo. El director la contactó casi al mismo tiempo y le propuso repetir el rol que ya había hecho quince años atrás en la misma obra: Regina, la cuñada que nadie esperaba y que llega a revolver una casa repleta de secretos. “Le dije: re, quiero, estoy. Ni lo pensé”, recuerda. Muscari les había escrito ese mismo día a las seis actrices que ya habían hecho la obra —las otras dos integrantes originales, Norma Pons e Hilda Bernard, fallecieron—, y en menos de dos horas todas habían respondido que sí. Para él, cuenta Pérez, fue una señal.
El elenco lo completan Marita Ballesteros, Cecilia Dopazo, Emilia Mazer, María Leal, Linda Peretz, Juana Repetto y Mónica Villa. 8 Mujeres se estrena el 8 de octubre en el Teatro Multiteatro (Corrientes 1283), con funciones de jueves a domingos.

— ¿Por qué quisiste volver al teatro comercial ahora?
— Hacía muy pocos días que había pensado o deseado, desde adentro mío, volver a hacer teatro comercial, porque hace años que estoy haciendo teatro alternativo. Y dije: “Ay, qué ganas que tengo de hacer una obra comercial”. Eso pasó, y justo me llama Muscari y me dice: “¿Quisieras hacer de nuevo? Estoy viendo de hacer 8 Mujeres”. Le dije: “Re, quiero, estoy”. Ni lo pensé. Y me dio mucha alegría, primero porque es una obra que fue muy bien, que disfruté mucho. Era muy lindo estar con un elenco tan maravilloso, de tantas actrices tan talentosas. Nos llevábamos muy bien. Fue todo un momento muy lindo.
— ¿Cómo fue la reacción de todo el elenco cuando Muscari las convocó?
— Ese mismo día nos llamó a las seis de las ocho que ya lo hicimos, porque Norma Pons y Hilda Bernard no están más en este plano. Y en menos de dos horas, las seis le contestamos que sí, que queríamos hacerlo y que podíamos. Para él fue como una señal también eso, porque no sucede muy a menudo.
— Todas van a hacer los mismos personajes de hace quince años. ¿Cómo se resuelve eso con el paso del tiempo?
— Es una apuesta tan atípica y tan singular, tal como es Muscari. La obra es atemporal, la apuesta que está haciendo es atemporal. Mi personaje especialmente podría tener este cambio de edad sin que le afectara. Por ahí Cecilia lo dice porque ella era la hija mayor de la familia, una chica que está estudiando en un colegio, entonces por edad no cerraría. Pero lo que está planteando Muscari es maravilloso, ¿entendés? Porque todas estamos haciendo los mismos personajes que hemos hecho.

— ¿Qué podés adelantar de tu personaje, Regina?
— Es la hermana del hombre en cuestión, alrededor del cual gira toda la obra. Llega sin que nadie la espere y genera más intriga, más lío del que ya hay. Es una comedia, fundamentalmente, y eso es muy importante decirlo. Una comedia donde nos reímos de cosas muy profundas, porque te vas a ir pensando. Su sexualidad es parte de lo que la obra plantea: podría decir que es lesbiana, pero también cuenta que sale con hombres, así que podría ser bisexual. Eso es lo que escribió Robert Thomas: temas tan vigentes hoy —la sexualidad, el poder del dinero en los lazos familiares, los vínculos, la psicología de cada personaje— tratados con una mirada de avanzada. Y en cada escena sospechás de una de estas ocho mujeres, creés que vas por ahí, y en la siguiente escena te cambia todo. Está llena de secretos, de mentiras, de intrigas. Vamos descubriéndonos unas a otras.
— ¿Cómo es trabajar con Muscari, a dónde llega en sus búsquedas?
— Es distinto a todo, por lo menos para mi experiencia. Es una persona disruptiva, está constantemente creando. Cuando tuvimos la primera lectura dijo que la obra estaba bien, que no necesitaba adaptarla. Y hoy es casi otra obra: continuamente nos va agregando gags que se le ocurren en el momento y le dicta a su asistente, y vos a veces decís: “¿De dónde lo saca?”. Sabe muy bien lo que quiere y tiene esta singularidad de marcar una coreografía actoral además de la puesta. Yo voy por lo que él me dice, sé que tiene certeza y lo pruebo de una. Y por otro lado es sumamente contenedor y amoroso con cada una de nosotras. Te dice todo lo que tenés que escuchar sin ningún prurito, pero siempre con una palabra alentadora primero. El objetivo que planteó el primer día fue: “El objetivo es ser felices”. No habló de que salga bien la obra. Y estamos yendo por ese objetivo todo el tiempo.
— ¿Y cómo construyen la complicidad siendo ocho actrices, con todo lo que implica compartir camarines y escenas?
— No hay ningún tipo de tensión. De hecho, no la hubo hace quince años tampoco. Hay algo espontáneo que surge entre nosotras que nadie se está proponiendo. Nadie está siendo bueno ni cuidando al otro de manera forzada, es algo que surgió solo. Y que Juana Repetto venga con su bebé de seis meses lo suma más todavía. Todos estamos pendientes. Además, de alguna manera todas nos conocemos: somos actrices de trayectoria, conocidas también por la televisión. Haber juntado a ocho actrices de tantos años de recorrido es algo bastante significativo.

— Es inevitable hablar con vos de tu época de chica Olmedo. ¿Qué sentís cuando surge el tema?
— Sé que es inevitable. En ese momento, de hecho tengo libros escritos donde cuento esto, era muy la frase: “sin darme cuenta”. Porque yo necesitaba mucho trabajar —mantenía a mi hija yo sola— y lo primordial era que estaba trabajando y me sentía muy agradecida de tener trabajo siempre. El tema de ser sexy, salir en tapas de revistas, la ropa interior y todo eso, para mí era como un accesorio de mi trabajo. Hoy lo pienso y me tengo mucho amor y cariño, porque realmente soy una luchadora, una guerrera, siempre fui para adelante. Siempre defendí mis valores. Nunca hice nada que no quisiera hacer. Me quedé sin trabajo por esa situación en algunos momentos, pero gracias a Dios siempre pude seguir adelante.
— ¿A qué te referís con que te quedaste sin trabajo por defender tus valores?
— Algunas veces tuve problemas con productores, no quería aceptar lo que me proponían y me echaron de programas. Eso sucedía antes un montón. Lo que pasa es que ahora, por ejemplo, se puede decir y lo están contando, se puede considerar un delito, pueden hacer que no trabajes más. Pero esas cosas sucedían en ese momento. Yo pensaba que siempre me iba a ir bien si seguía mis principios, y de hecho me fue bien. La pasé mal en muchos momentos, pero siempre seguí trabajando.

— También trabajaste con Jorge Porcel, y en las últimas semanas se habló mucho de lo que pasaba a su alrededor. ¿Qué recordás de esa experiencia?
— Mirá, en una oportunidad Gerardo Sofovich me hizo reemplazar a Luis Albinoni en “La peluquería” y trabajar con él, y él me la hizo pasar muy mal. No tuve ningún problema porque me haya faltado el respeto físicamente, aunque de alguna manera, si no me miraba cuando yo le hablaba mientras grabábamos, era una manera de faltar el respeto. Y después, cuando ya había muerto el Negro, hicimos una película en homenaje a él, El profesor Punk, que la pasan a cada rato ahora, y no tuve ningún inconveniente con él. Yo siempre me hice respetar. Lo que pasa es que a veces a la gente no le gustaba eso, y pagabas las consecuencias.
— Más allá de la figura popular que conserva el público, ¿qué lugar ocupa Olmedo en tus recuerdos personales?
— Muy importante en lo laboral y en mi profesión. Después de su muerte fui a estudiar teatro con casi todos los maestros que existen acá, terminando con Gandolfo. Pero la realidad es que yo aprendí a ser actriz al lado del Negro. A estar presente en el escenario, en una grabación, a estar pendiente de lo que iba a decir, que no se sabía nunca. Era como una escuela de teatro. De hecho, una vez en el escenario me tiró en el sillón y me dijo: “Si esto no es una escuela de teatro, ¿qué es?”. Ahora, últimamente, cuando salgo al escenario me da fuerza recordar eso. Digo: “Yo puedo”. Y después en el plano personal, más allá de recordarlo por su genialidad, hubo un costado difícil y duro que tiene que ver con el ser humano, con ese vacío que uno puede sentir más allá de tener todo aquello que el mundo considera que necesitamos —la fama, el dinero—, que a veces si tu corazón no está bien y tenés una niñez difícil, es difícil la vida. Me parece importante recordar eso.

— ¿Hubo algo de eso? Porque vos has hablado de que mantuvieron una relación fuera de la exposición pública. Hoy a la distancia, ¿entendés por qué fue?
— Sí, entiendo por qué fue, pero me parece que no es tampoco para decirlo en una nota. Yo era muy chica. Me sentía como que era muy grande, pero tenía 31, 32 años. Y había muchas situaciones donde me sentía como que quería salvar situaciones, sin conocer ni siquiera quién era yo y qué podía hacer con mi vida. Pasaron algunas situaciones que no amerita volver a recordar en este momento.
— ¿Y eras vos la que quería mantener esa relación en reserva?
— No sé si llamarla una relación tampoco. Sí puedo decirte lo que significó, sobre todo profesionalmente. La muerte de él me hizo pensar en mí, en quién soy, en qué quiero, y en algo que a veces se pierde de vista en este mundo, que tiene una velocidad de tren bala.
— ¿Cómo fue la transición después de su muerte, el proceso de reinventarte como actriz?
Durante mucho tiempo no me llamaron para trabajar porque todo el mundo tenía la imagen de Olmedo al lado mío. Eso fue muy duro y me hizo empezar a estudiar teatro y a pensar qué quería. El primer proyecto que hice fue mío: El último pasaje, una obra de Marise Monteiro que produje yo, con mi hija y con Alejandro Odara. Me ayudó mucho Carlos Gandolfo a ver qué quería hacer y qué era lo que la gente podía recibir después de haberme visto en esa etapa. Elegí una comedia dramática. Después, de a poco, sobre todo los autores y guionistas jóvenes que miran sin tanto prejuicio, empezaron a llamarme. Como Anahí Berneri, que me dio la película de mi vida con Encarnación. Después tuve la posibilidad de trabajar con Coppola cuando vino a hacer acá su película. Hice una película italiana también con Alessandro Gassmann. Y así empecé de nuevo, de a poco.

— A partir de la muerte de Olmedo también te volcaste al yoga, la meditación, la respiración consciente, los viajes a la India, ¿todo eso lo seguís manteniendo?
— Sí, lo mantengo. Soy profesora de yoga y de meditación, de hecho lo hice dos veces. Fue una manera de acercarme a mí, porque estaba bastante alejada de mí. Como bien te dije, no me daba cuenta de nada: agradecía tener trabajo, pero nunca pensé en mi carrera, en qué quería para mí como actriz. Tenía un trabajo y lo agradecía, lo aceptaba, lo elegía, lo necesitaba. Empecé a pensar qué quería, y me llevó bastante tiempo.
— Tus sketches con Olmedo, el de Borges y Álvarez sobre todo, se viralizan en TikTok, X e Instagram casi cuarenta años después. No le sucede a mucha gente esa permanencia. ¿Qué te pasa con eso?
— ¡Y pensá que van a ser casi cuarenta años! Hoy estoy reconciliada con todo eso y sé que siempre voy a ser una chica Olmedo hasta el último día de mi vida. Y lo agradezco. Cada vez que entro a un ensayo y un técnico me dice “uy, anoche te vi”, o cuando por ejemplo fui al programa de Jey Mammon, que estaba Walter Nelson y dijo “te vemos siempre”… Todos siguen viendo esos sketches. Y eso es hermoso. Estoy muy agradecida.
Silvia Pérez,díptico,retrato
CHIMENTOS
Lourdes Sánchez rompió el silencio y habló de su infidelidad con un rugbier que causó la separación del Chato Prada: “Vivía una agonía”

Se esfumó por el aire y ese sentimiento se disipó como partículas volando por el viento. Ya no vibran en la misma sintonía, aquella frecuencia que los conectaba se estropeó. Lourdes Sánchez y Chato Prada ejecutaron la compleja decisión de romper su pareja.
Tras dieciséis años de caminar por el mismo sendero, que incluyó la configuración de una familia con su pequeño de diez años, los famosos disolvieron su matrimonio. La posibilidad de desentenderse cabe para todo el mundo, aunque en esta historia apareció un factor clave: una infidelidad.
La confirmación de la separación brotó en LAM, de la mano de Ángel de Brito, que se erige en una palabra autorizada por el vínculo estrecho que profesa con ambos protagonistas. «No creo que quieran hablar, es una historia complicada. Ella está en Corrientes, hace un año y medio que es directora de cultura. Va y viene, por eso se la ve poco en los medios. Finalmente están separados después de 16 años de relación. Se acabó el amor«, arrancó.
Lejos de endulzar la trama, el conductor de América TV no dudó en contar la arista más controversial de esta ruptura. «Lourdes está teniendo una relación con otra persona, hace cuatro meses, hay una infidelidad de por medio«, describió el periodista.
LOURDES SÁNCHEZ HABLÓ DE SU SEPARACIÓN
Tras aportar fotos del joven de 27 años que ofició de tercero en discordia, en el programa se produjo el derecho a réplica de Sánchez, quien se comunicó con Ángel y contó una verdad muy sensible. “Lamento que no hablamos antes Ángel. No estoy triste, estoy triste por mi hijo”, admitió.
Sánchez exteriorizó una discursiva singular, que nadie avizoraba, dado que se lanzó a explicar su padecimiento en el matrimonio. “Hace años que estamos tratando de remontarla. Se apagó el amor hace tiempo”, añadió y cerró con la frase más resonante: “Vivía una agonía”.
CHIMENTOS
Crónica de un día de rodaje con Wanda Nara: risas, confesiones y el desafío de convertirse en actriz

A las cinco de la madrugada de un jueves de mayo, mientras el cielo anuncia una jornada de lluvia y temperaturas bajas, Teleshow se embarca con destino a Montevideo para acompañar desde adentro el rodaje de ¿Querés ser mi hijo?, la película protagonizada por Wanda Nara y Agustín Bernasconi. La propuesta es pasar una jornada completa junto al equipo, conocer el detrás de escena y observar cómo la empresaria se prepara para interpretar a Lucía, un personaje que la obliga a correrse de la conducción, de la publicidad y de la imagen pública que el público conoce. La película se estrena en cines el 22 de octubre. Aquí un viaje en el tiempo para ir palpitando cómo Wanda Nara consigue cada cosa que se propone.
El viaje a Montevideo comienza con una tenue lluvia otoñal y el movimiento del río como compañía. A medida que Buenos Aires va quedando atrás, la expectativa por llegar al set se mezcla con la incertidumbre propia de una filmación: nadie puede anticipar cuánto demorará cada escena, cuántas tomas serán necesarias ni en qué momento aparecerá Wanda frente a las cámaras. El destino final es un hotel boutique del elegante barrio montevideano de Carrasco, donde se ha montado parte de la producción. Son unos 30 minutos en auto desde el puerto hacia un sitio en el que el clima obliga a moverse entre interiores, tierra mojada al punto de convertirse en barro, luces artificiales y ventanas empañadas por el frío.
Al llegar al hotel, el set ocupa el salón principal de madera oscura y con un balcón interno repleto de bibliotecas, donde sucederá la magia en las primeras horas. Los camarógrafos se desplazan con sus equipos, los vestuaristas buscan las prendas que necesitan los actores y el personal de maquillaje y peinado termina de ajustar los últimos detalles. Parte del elenco que integran también Charo López y Jean Pierre Noher espera las indicaciones de Hernán Gerschuny, el director, mientras se verifican los colores, la iluminación y la posición de las cámaras. La producción está integrada por unas 30 personas, que trabajan alrededor de una escena y repiten cada movimiento hasta encontrar la forma ideal para llevar a cabo la escena. Y de repente aparece ella, con esa energía inevitable, y todos los ojos se direccionan en un único sentido.
La entrada de Wanda Nara al set parece congelar por unos segundos el ritmo laboral. Aparece con una bata de Hello Kitty, saluda al equipo y se acerca a los actores antes de comenzar el ensayo. Luego se ubica en el piso superior y le lanza su teléfono a una asistente como quien se libera de una carga: “Te aviso que voy a grabar”, le dice de manera juguetona, mientras deja atrás la bata para mostrar el atuendo de su personaje.
La flamante actriz se mueve entre el maquillaje, el peinado y las indicaciones del equipo, especialmente por parte de su coach actoral, Pablo Ini, quien la acompaña desde cerca. Mientras le retocan el pelo, también bromea con uno de sus compañeros con un spray, en un intento de romper con la seriedad que acompaña la jornada gris. La escena que se preparan para filmar muestra a Lucía intentando ganarse a su jefe, y Wanda debe ubicarse dentro del nivel superior de la habitación, mientras sus compañeros recitan sus líneas. El equipo ajusta las luces, revisa los movimientos y acomoda los elementos del espacio. “¿Cuándo entro?”, pregunta ella, atenta al momento exacto en el que debe comenzar su participación.
Cuando se pone en posición, tal como le indica el director y su coach, Nara empieza a desplazarse por la habitación con movimientos suaves. Repite sus líneas, escucha las correcciones y acepta los cambios que surgen durante el ensayo. En una parte de la escena, su personaje demuestra conocimientos relacionados con el fútbol, un aspecto que la actriz puede abordar desde una familiaridad que también forma parte de su vida pública. No parece un guiño casual del guion. El equipo vuelve sobre algunos detalles y ella repite las frases con paciencia, mientras afuera la lluvia sigue cayendo sobre Montevideo, omo si fuera algo inevitable.

Pasadas las 12.30, comienzan con una primera prueba de cámara de la escena. Tan solo 10 minutos más tarde, llega la primera toma para practicar el desenvolvimiento del elenco. El salón, que hasta ese momento había estado ocupado por voces, movimientos y ajustes, queda en silencio cuando se encienden las cámaras. Wanda empieza a decir sus diálogos y entra en el personaje con una energía distinta a la que había mostrado durante los momentos previos. La escena avanza sin que necesite interrumpirse para recibir indicaciones, y durante unos minutos la empresaria deja de ser la figura que había llegado al hotel con su bata y su teléfono para convertirse en el personaje de Lucía.
Cuando termina el ensayo, el silencio vuelve a instalarse en la habitación. Wanda queda rodeada por sus estilistas y por Pablo Ini, el coach actoral que trabajó con ella durante la preparación. El equipo revisa la toma y le da nuevas indicaciones. “Vamos con el ensayo dos”, anuncia la propia Wanda antes de volver a ubicarse. La segunda toma se interrumpe por una carcajada de la actriz, que vuelve a empezar después de recomponerse y, por su lado, Ini aprovecha para alejarse un poco del rodaje y sincerarse sobre su trabajo con la flamante actriz.

En el jardín, donde el olor a pasto mojado se mete a la fuerza en la filmación, Ini cuenta que hace tiempo quería llevar a cabo una historia como esta: “Yo tengo un proyecto de llevar a Wanda al cine hace tres años”, explica Ini a Teleshow. Pudo haber sido un proyecto en España que no se dio: tenía que ser en este Uruguay gris y otoñal: “El objetivo era trabajar con alguien que no fuera actriz y transformarla en una actriz de cine”.
El primer ensayo ocurrió cuando Wanda regresó de un viaje de Japón. Durante esa jornada, Ini observó que los métodos habituales no serían suficientes y que debía buscar otra forma de acompañarla. “Empecé a ver algunas cosas que ella tenía y dije: ‘Tengo que usar caminos no tradicionales’”, explica. Formado en Actor’s Studio y con trabajos como director de casting, su intuición lo llevó a improvisar con un personaje como Wanda para potenciar todo lo que tenía para dar. “Al tercer día ella me dijo: ‘Si vos no estás conmigo en el rodaje, yo no voy’”, relata el coach actoral, quien sigue de cerca a la protagonista en cada uno de sus pasos.
La preparación incluye análisis de texto, ejercicios para comprender qué necesita cada escena desde el punto de vista emocional y una revisión de los recursos que Wanda incorporó durante años en la pantalla chica. “Tiende a una forma de hablar quizás más comercial, más hacia arriba”, señala Ini, quien deja asomar gran entusiasmo en su tono de voz.

“Nosotros queremos que sea algo verdadero, íntimo, de pecho y muy cinematográfico”, explica. Para Ini, primero fue necesario trabajar sobre la persona, y después sobre el oficio. Por ello, Wanda tuvo que modificar la entonación, la respiración y la manera de sostener una frase. También se llevó tarea para el hogar: ver películas, estudiar los textos de manera monocorde, sin puntos ni comas, y hacer ejercicios de relajación y respiración. El resultado llegó cuando logró sostener los ojos cargados de lágrimas sin llegar a llorar. “En el cine lo más precioso y poderoso es cuando el actor contiene la emoción”, dice Ini, que reconoce emocionarse ante las lágrimas al verla actuar. “Es una hormiguita trabajadora”, la define.
Después de la primera parte del rodaje, el trabajo continúa durante el almuerzo. Pasadas las 15, Teleshow comparte una mesa con Wanda, Bernasconi, Gerschuny y otros medios, a pocas cuadras del hotel. El restaurante se encuentra en una zona turística de Montevideo y la comida llega mientras los periodistas hacen preguntas y los integrantes del equipo conversan sobre las escenas grabadas. En la mesa hay pesca del día, pastas y carnes rojas. El ruido de los cubiertos acompaña las respuestas y, entre miradas rápidas y comentarios sobre el rodaje, Wanda deja por un momento la dinámica del set y se dispone a enfrentar las preguntas como tantas otras veces, pero por primera vez como actriz protagonista de una ficción.
Ante la mirada atenta de sus colegas y el progresivo acercamiento de los celulares para grabar su voz con mayor nitidez ante la música alta de los parlantes del restaurante, Wanda recuerda el proyecto trunco en España. Al día siguiente, Pablo Ini le propuso ser Lucía y se entusiasmó. Cuenta que había visto la versión original mexicana junto a una de sus hijas y su hermana, Zaira, y notó algo que no le suele pasar: “A mí me cuesta mucho quedarme mirando algo, me aburro al instante y cambio. Y me quedé hasta el final viendo la película”, explica, antes de dar un sorbo de limonada y recargar energías para seguir contando su historia que, como tantas otras veces, encuentra un límite delgado entre la realidad y la ficción.

“Yo estuve casada dos veces, y a veces dejás un poco postergados tus sueños para complacer al otro y, sin darte cuenta, vas avanzando y estás metida en una vida que está muy alejada de lo que era tu esencia”, reflexiona. Para Wanda, Lucía se encuentra en una situación similar: es una mujer que debe volver a conectarse con su personalidad, sus deseos y sus proyectos. “El mensaje tiene que ver con la libertad que te da poder realizarte como mujer con lo que a vos te guste”.
La empresaria también habla sobre los prejuicios relacionados con las diferencias de edad, ya que su personaje es mayor a su novio en la ficción. “El hombre tiene a veces muchas más cosas permitidas que la mujer. Mi personaje permite poner en discusión esas diferencias y mostrar cómo una mujer puede recuperar la libertad de elegir, sin quedar condicionada por las decisiones de su pareja”.
Mientras Wanda se toma un momento para continuar su almuerzo, es Gerschuny quien toma la batuta y define al proyecto como un desafío hermoso. “Wanda no duda, se entrega, confía evidentemente en nosotros y en el equipo”, señala el director con orgullo. En este camino, uno de los desafíos que se propuso fue deswandizar a la protagonista. A través de Lucía, el director buscó recuperar zonas que el público no siempre conoce, especialmente aquellas vinculadas con la fragilidad. “No íbamos a poner a la Wanda siempre excepcional, siempre linda y siempre con filtro”, ejemplifica.
Wanda interviene y ratifica lo que sintió al mirarse al espejo con la ropa de Lucía: “Me agarró una angustia, me largué a llorar y no paraba. Me vi vestida como muy de señora”. Agrega que la imagen le recordó a momentos de su vida más íntimos, frágiles, lejanos de la exposición pública. Según el director, este tipo de momentos fueron importantes para construir a Lucía como una mujer real y no como una versión idealizada de Wanda.
El vínculo con Bernasconi también ocupa buena parte de la conversación. El joven actor cuenta que formó parte de un casting de unas 60 personas hasta encontrar al indicado y por un rato, los grabadores apuntan a él “Durante toda la etapa de MYA estuve como diez años sin actuar”, explica respecto al dúo pop que integró con Maxi Espíndola. Lo que lo esperaba era una propuesta que cobró forma recién durante el último callback, cuando supo que compañera iba a ser Wanda Nara.

Quienes estuvieron presentes aseguran que la química entre ambos apareció desde el principio. “En el primer encuentro me puse nerviosa y empecé a tartamudear”, reconoce Wanda, casi en el personaje imperfecto de Lucía. Ni hablar cuando llegó ese momento clave de cualquier comedia romántica: “Creo que no sé besar”, le dijo a Bernasconi, quien apeló a su experiencia para hacerla pasar como una escena más.
En este sentido, Wanda cuenta que trabajó junto a Rodrigo, el coordinador de intimidad, un rol que no conocía antes de comenzar la película. “Me parece súper importante”, afirma. El profesional mantuvo conversaciones individuales con ella y con Bernasconi, además de trabajar junto al director para definir qué se puede mostrar, qué límites tiene cada escena y qué acciones están permitidas.
El regreso al set para el segundo turno de filmación se ve interrumpido por unas fanáticas que le piden fotos. Es una escena como tantas otras antes de subir al auto y regresar al hotel boutique. Aquí Wanda repite las líneas, escucha las correcciones y, cuando finaliza una escena, busca rápidamente la mirada de sus compañeros y de su coach. La evolución se puede advertir entre una pasada y otra: al principio necesita más indicaciones, pero luego bastan dos palabras para modificar por completo la intención de una escena.

Pasadas las 17.30, el equipo sigue trabajando. Afuera, la luz del día comienza a ser un recuerdo y la lluvia continúa sobre Montevideo, pero dentro del hotel las cámaras siguen encendidas. Las escenas se repiten, las luces se ajustan para disimular la inminente oscuridad que se avecina y los actores vuelven a ocupar sus posiciones después de cada corte. El rodaje avanza sin que los errores, las risas o las tomas fallidas interrumpan el objetivo de terminar el trabajo que incluye al hall del hotel y una escena central de la trama como el encuentro de Wanda y su antagonista
La jornada de Teleshow termina entrada la noche pero el equipo de ¿Querés ser mi hijo? continúa con sus tareas. Wanda ya pasó de la bata de Hello Kitty a la concentración de una escena; del ensayo con su coach a una conversación sobre sus miedos; de las risas con Bernasconi a las pausas que exige el cine. Lo que haya pasado antes y después, es parte de la magia del cine y se verá desde el 22 de octubre. Es hora de emprender el regreso a casa y la llovizna no para, como si fuera parte de esta crónica con guion paralelo, que cuenta la historia de una mujer que se propuso cumplir cada uno de sus sueños.
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