CHIMENTOS
Mario Pergolini quiso recordar su encuentro con Sandra Mihanovich pero se arrepintió de contar la anécdota: “Para qué lo dije”

Desde su paso por diversos escenarios a la intimidad de su vida, este miércoles, Sandra Mihanovich recordó todo tipo de situaciones de su carrera. En ese marco, Mario Pergolini quiso rememorar un ‘casi encuentro’ que tuvo con la cantante, sin embargo, la anécdota no terminó como el conductor esperaba y este se terminó arrepintiendo de contarla.
La charla en Otro Día Perdido (Eltrece) partió de una observación de Sandra Mihanovich sobre la estatura de Pergolini. “Vos sos re alto. Yo pensé que no eras tan alto. No sé por qué. No te recordaba tan alto”, le dijo la artista. A partir de ese comentario, el ex CQC reconstruyó un episodio que, según relató, tuvo lugar en una cantina ubicada cerca de su casa, en una esquina, donde él la vio mientras ella compartía una comida con su familia.
Fue en ese punto cuando Mario Pergolini admitió que eligió no acercarse. “Yo me acuerdo una vez en una cantina ahí cerca de mi casa, en una esquina, vos estabas comiendo. Yo no te saludé una vez”, contó. La confesión abrió una serie de preguntas de Mihanovich, que buscó precisar si aquel cruce había sido advertido por ella. “¿No nos saludamos? ¿Nos vimos?”, planteó la cantante.
Pergolini explicó que la evitó de manera deliberada, aunque sin una razón concreta que pudiera desarrollar en ese momento. “No nos saludamos. Yo creo que no”, respondió primero. Ante la insistencia de Sandra Mihanovich, que quiso saber si él efectivamente la había visto, el conductor reconoció: “Yo te vi, yo te vi, yo te vi. No, me dio no sé qué”.
La situación tomó otro tono cuando el propio Pergolini entendió que acababa de revelar una escena que, del otro lado, no había dejado registro. “Qué boludo, ¿para qué lo dije? No te habías dado cuenta”, lanzó, en una frase que marcó su arrepentimiento inmediato tras advertir que la anécdota solo existía en su memoria.
Mihanovich ensayó entonces una interpretación posible de esa distancia. “Me tendrías miedo tal vez”, comentó. La respuesta de Mario Pergolini descartó esa idea y ubicó el motivo en otro terreno. “No, respeto”, contestó, antes de ampliar que prefirió no interrumpir un momento que percibía como íntimo y distendido.
Según su explicación, la decisión respondió a la imagen que veía desde afuera: Sandra Mihanovich estaba con su familia, conversaba y todos parecían disfrutar la reunión. “Estás ahí con familia, estás charlando, están todos tan divertidos, la estaban pasando tan bien que dije: ‘Yo voy, paro todo’”, relató Pergolini al cerrar su recuerdo sobre aquel cruce que, al final, quedó reducido a una observación a la distancia.
En otro tramo de la charla, la cantante repasó distintos episodios de su trayectoria artística. En ese contexto, contó qué le ocurre en algunas ocasiones cuando interpreta sus canciones en vivo. “Me contaron que tenés medio como un Alzheimer en el escenario”, comentó el conductor, en alusión a los momentos en los que la cantante puede olvidar parte de la letra.
Mihanovich explicó que no se trata de desconocer la canción, sino de un bloqueo repentino. “A veces se hace un blanco. No es que no sepas la letra: es un blanco en el que te falta una palabra y todas las demás no aparecen”, señaló.
Ante esa descripción, Pergolini se mostró sorprendido y le preguntó si eso podía sucederle incluso después de haber cantado esos temas durante tantos años. La artista respondió que sí, aunque aclaró que no le ocurre con frecuencia. “No sabés lo que soy, me puede pasar. Hace bastante que no me pasa igual”, afirmó.
Luego agregó que, cuando atraviesa una situación así sobre el escenario, suele apoyarse en la reacción del público. “Me asombra cuando me pasa, pero la gente te lo canta y eso está bueno”, sostuvo.
Mihanovich también explicó cómo enfrenta esos errores en vivo. “Yo, en general, cuando me equivoco no lo disimulo, hago hincapié en el error y me ayudan. Si tratás de disimularlo, es más complicado”, concluyó.
CHIMENTOS
Mario Pergolini recordó su encuentro con Keith Richards: “Fue una desilusión”

Mario Pergolini creyó estar ante un momento histórico cuando Keith Richards dejó su famoso vaso de “destornillador” naranja sobre una mesa, con el vaso a medio terminar, en el backstage de uno de los shows de los Rolling Stones en Buenos Aires. Lo que parecía una oportunidad irrepetible —tomar un sorbo de la bebida de uno de los guitarristas más icónicos del rock mundial— terminó siendo una de las mayores desilusiones de su vida. El conductor lo contó en Otro Día Perdido, el programa que conduce por la pantalla de Eltrece, en el día que recibió al mítico Ronnie Wood en el estudio, y la historia se convirtió en uno de esos relatos de backstage que muy pocos tienen el privilegio de protagonizar.
Todo ocurrió durante una de las primeras visitas de los Rolling Stones a la Argentina, en el marco de los shows que organizaba Rock & Pop, la radio ligada a Pergolini en aquellos años. El propio conductor describió la escena con lujo de detalles: Richards bajó rodeado de su equipo de seguridad, con su característico andar y su forma de hablar tan particular, y de inmediato se apoderó del ambiente. “Era como el diablo bajando para vos”, recordó el animador, divertido.
El guitarrista tenía en la mano su célebre destornillador naranja, la bebida que lo acompañó durante décadas y que mezcla vodka con jugo de naranja, aunque en proporciones que varían según quien cuente la historia. La sala tenía poca gente. En ese contexto íntimo, Richards dejó el vaso sobre la mesa, se alejó unos instantes y el conductor vio la oportunidad. “Estaba con Eduardo, un amigo, y dijimos: ‘bajémonos el destornillador’”, relató, refiriéndose a tomar un trago del vaso abandonado.
La lógica detrás de la decisión fue explicada por el propio Rada con una comparación que Pergolini adoptó de inmediato: era como si el Papa dejara el cáliz con el vino consagrado y alguien aprovechara para tomarlo. “Si deja el cáliz con el vino, se las toma, pasa alguien al lado y dice: ‘Me tomo la que bendijo el Papa’”, ilustró Pergolini ante la risa de sus compañeros. La idea era clara: compartir aunque sea un instante con el aura del músico, ser parte, por un segundo, de las mismas huestes del rock and roll. “Un Rolling más”, sintetizó Aristarán.
El acuerdo fue sencillo: medio vaso cada uno, para dejarle al guitarrista lo que quedaba. Ambos bebieron con la convicción de quien toma una poción mágica. Pero la magia no llegó. Pergolini se quedó esperando algún tipo de reacción, algún efecto que justificara el acto. Nada. “Es como cuando estás esperando la poción mágica de las películas, que el tipo toma y no reaccionás. No te volvés el superhéroe ni nada”, graficó.

La explicación llegó después, con el golpe final de la anécdota: el vaso no tenía alcohol. El famoso destornillador de Richards era, en ese momento, puro jugo de naranja. Las teorías sobre por qué no había vodka circularon entre los tres conductores durante el programa: quizás el equipo del músico ya le ponía jugo solo, sin alcohol, ante la evidencia de que su cuerpo no necesitaba —o no toleraba— más. “Ya ni pega”, apuntó Botto. “Puede ser”, admitió Aristarán.
El desenlace fue tan lapidario como cómico. Pergolini y su amigo se habían tomado, con toda la ceremonia de un ritual sagrado, medio vaso de jugo de naranja cada uno. “Una desilusión. Cara de culo toda la noche”, cerró el conductor, entre las risas de sus compañeros. Aristarán remató con una conclusión filosófica: “Por eso no sos del todo malo vos. No llegaste a tomar el elixir adecuado”.
La anécdota, contada décadas después en tono de humor, dice bastante sobre aquella época dorada del rock en la Argentina, cuando los músicos más grandes del mundo llegaban a Buenos Aires y la cercanía con ellos dependía más del azar y la audacia que de cualquier protocolo. Pergolini, que fue una de las figuras centrales de la industria del entretenimiento y la radio en los años noventa, supo estar en ese backstage. Solo que el elixir no estaba donde esperaba.
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CHIMENTOS
Robo y fuga: Lali Espósito sufrió un alarmante episodio a días de su casamiento con Pedro Rosemblat

Lo que debía quedar como uno de los recuerdos más pintorescos del casamiento de Lali Espósito y Pedro Rosemblat terminó convirtiéndose en una pequeña investigación doméstica. A pocos días de la celebración, el conductor reveló que su flamante esposa sufrió el robo de un accesorio muy particular durante la fiesta y, entre risas, expuso al responsable: nada menos que uno de los productores de su propio programa.
La historia salió a la luz este martes en Industria Nacional, el ciclo que Rosemblat conduce en Gelatina. Allí, Pedro reconstruyó el episodio y puso el foco en una pieza que había lucido Lali durante la celebración: un casco de gemas que, por su extravagancia y valor simbólico, no pasó inadvertido. “Mariana tenía en su cabeza un casco de gemas que, a mí no me consta, pero quizás lo usó Cleopatra, quizás lo usó la reina de la Vendimia en el Siglo XIV, quizás lo usó Lady Di”, ironizó.
Sin embargo, el accesorio desapareció y la preocupación llegó al día siguiente. Según relató el conductor, fue la propia Lali quien advirtió que ya no tenía la pieza y comenzó a reconstruir qué había ocurrido durante la noche. “Al día siguiente, ella me dice: ‘No encuentro el casco, no encuentro el casco. Che, ¿vos viste que yo me saqué el casco? ¿En algún momento le di el casco a alguien?’”, contó.
La incógnita no tardó demasiado en despejarse. Rosemblat explicó que, a la mañana siguiente, comenzó a circular un video que terminó aportando la prueba que necesitaban para descubrir el destino del preciado complemento. Con cierta solemnidad y mucho sentido del humor, le pidió al operador que reprodujera las imágenes y las detuviera en el momento indicado.
ROSEMBLAT CONTÓ EL ROBO QUE SUFRIÓ LALI ESPÓSITO EN SU BODA
El registro mostraba a un hombre subiéndose a un automóvil con el casquete de gemas colocado sobre la cabeza, como si se tratara de un souvenir más de la celebración. La secuencia dejó en evidencia al protagonista de la maniobra y permitió identificarlo sin demasiadas vueltas.
La sorpresa llegó con el nombre del responsable: Ian, productor del ciclo que conduce el propio Pedro. Así, el flamante matrimonio pudo resolver el misterio del accesorio desaparecido, aunque el episodio dejó una anécdota insólita: el hombre que se llevó una de las piezas más llamativas del look de Lali no era un invitado desconocido, sino alguien que trabaja a diario con su marido.
CHIMENTOS
En el día en que cumpliría 58 años, la frase de Ricardo Fort sobre su final que aún estremece: “Siempre pensé que me iba a morir joven”

Este 5 de noviembre se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Ricardo Fort, empresario, productor y figura de la televisión argentina que convirtió su vida en espectáculo público. Nacido en Buenos Aires en 1968, hoy habría cumplido 58 años. Su muerte, el 25 de noviembre de 2013, cerró una carrera mediática breve, pero sus frases, videos y escenas continúan en las redes sociales y en la memoria popular.
Conocido como El Comandante, Fort construyó una imagen asociada al lujo, los autos deportivos, los viajes a Miami, los guardaespaldas y las discusiones televisivas. Sin embargo, su biografía también tuvo pasajes más íntimos: una infancia atravesada por las diferencias con su padre, una relación estrecha con su madre, el deseo de convertirse en padre y una larga convivencia con el dolor físico.
La niñez marcada por el mandato familiar y el deseo de ser artista
Ricardo Aníbal Fort nació el 5 de noviembre de 1968. Era hijo de Carlos Augusto Fort y Marta Campa de Fort, y nieto de Felipe Fort, fundador de Felfort, la empresa de chocolates y golosinas creada en 1912. Creció en el seno de una familia económicamente consolidada, vinculada a una de las marcas históricas de la industria alimenticia argentina.
Su infancia transcurrió con privilegios materiales, aunque él mismo relató que existían tensiones familiares. Su madre, Marta Campa, cantante lírica, tuvo un lugar central en su vida. Fort habló de ella en numerosas entrevistas y la incorporó a sus programas de televisión, donde las conversaciones entre ambos se convirtieron en algunas de las escenas más recordadas de su carrera.

En cambio, el vínculo con su padre fue más complejo. Carlos Fort esperaba que su hijo siguiera el recorrido de la familia y se preparara para trabajar en la empresa. Ricardo, desde muy joven, parecía orientarse hacia otra dirección: le interesaban la música, el escenario y la posibilidad de hacerse conocido.
En una entrevista describió una etapa difícil de su adolescencia, cuando fue apartado de la cercanía cotidiana con su madre. “Yo era muy nene de mamá, era muy mimado y ella me superprotegía”, recordó.
Esa distancia entre las expectativas de su padre y sus propios deseos se convirtió en una constante. Fort no quería limitarse al rol de heredero. Quería cantar, actuar, producir obras y ocupar un lugar propio en el mundo del espectáculo. La riqueza familiar le dio herramientas para financiar proyectos, pero no resolvió su necesidad de reconocimiento.
Al terminar la escuela secundaria, viajó a Estados Unidos. Pasó tiempo en Los Ángeles y luego se instaló en Miami, ciudad que se transformó en parte de su identidad pública. Allí intentó desarrollar una carrera musical, frecuentó el ambiente nocturno y encontró un espacio donde podía vivir con mayor libertad lejos del mandato familiar.

Miami fue, para Fort, mucho más que un sitio de vacaciones. Era un lugar asociado a la independencia, la estética que admiraba y una vida sin las restricciones que sentía en Buenos Aires. Años después, su particular modo de nombrar la ciudad, “Maiameee”, quedaría incorporado al repertorio de frases que sus seguidores repiten hasta hoy.
La muerte de Carlos Fort en 2007 significó un cambio en su historia. Ricardo volvió a involucrarse en la empresa familiar, pero también empezó a invertir de forma más decidida en su carrera artística. La etapa que había imaginado durante años estaba por comenzar.
Antes de convertirse en una presencia cotidiana de la televisión, Fort había tomado una decisión determinante: quería ser padre. En 2004 nacieron sus hijos mellizos, Marta y Felipe Fort, mediante gestación por sustitución en California, Estados Unidos. Sus nombres fueron elegidos como homenaje a Marta Campa y a Felipe Fort, su abuelo.
Para Fort, la paternidad representó una dimensión íntima que contrastaba con la exhibición permanente de su vida. Mostró a sus hijos en algunas apariciones públicas y habló de ellos con frecuencia. También explicó que el deseo de formar una familia influyó en su decisión de dejar atrás una etapa de excesos. Reconoció haber tenido consumos problemáticos durante su juventud y señaló que el deseo de ser padre lo llevó a modificar hábitos. “Decidí ser padre y tener otro tipo de vida”, afirmó.

Su llegada masiva a la pantalla fue en 2009, con Reality Fort, emitido por América TV. El programa mostraba viajes, reuniones familiares, preparativos de eventos, vínculos sentimentales y la rutina de un hombre que buscaba hacer de su propia intimidad un producto televisivo. Fort entendió rápidamente que su vida podía ser el eje de un ciclo: él era el protagonista, pero también el productor de la historia que quería contar.
Su estilo llamó la atención. Los autos, los relojes, la ropa de marcas internacionales y la presencia de guardaespaldas formaban parte de un personaje construido a la vista de todos. Fort no ocultaba el dinero ni intentaba moderar su exhibición. Para él, esa era una forma de diferenciarse y de sostener una identidad reconocible.
La popularidad aumentó con sus participaciones en ShowMatch y en Bailando por un sueño. Como jurado, protagonizó discusiones con otros integrantes del programa y se convirtió en tema habitual de los ciclos de espectáculos. Sus peleas, sus romances y sus respuestas espontáneas alimentaban la conversación mediática.
Sin embargo, Fort sostenía que su objetivo no era ser conocido solo por las polémicas. “Nunca quise ser mediático; sí artista”, repetía. Esa idea atravesó buena parte de su carrera. Quería ser cantante, actor y productor; la televisión, en cambio, solía ubicarlo en el lugar de celebridad polémica.

En una de sus frases más citadas, respondió a una discusión sobre el rating con una línea que resumía su personaje: “Yo no manejo el rating. Yo manejo un Rolls-Royce”. La declaración se volvió un meme antes de que los memes se masificaran. Era una respuesta exagerada, pero también una forma de defender el mundo que había elegido mostrar.
Fort trasladó su ambición al teatro. En 2010 estrenó Fortuna, una obra que produjo y protagonizó en la calle Corrientes. Luego llegaron Fortuna II, Mi novia, mi novio y yo y Fort con caviar. Esos espectáculos le permitieron reunir elencos, cantar, bailar y sostener una presencia escénica fuera de los estudios televisivos.
En 2012 también condujo Fort Night Show, un programa de América TV que combinaba entrevistas, humor, musicales y juegos.

En ese período terminó de consolidar una filosofía de vida basada en la urgencia de cumplir los deseos. “El tren de Ricardo Fort pasa solo una vez en la vida”, dijo durante una emisión de Bailando por un sueño. La frase quedó asociada a su forma de entender el presente: no dejar pasar oportunidades, apostar por lo que quería y vivir bajo sus propias reglas
Mientras su fama crecía, los problemas de salud comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante. Fort padeció lesiones en la columna y en las rodillas, se sometió a varias intervenciones quirúrgicas y convivió con dolores que afectaron su movilidad. En sus últimas apariciones públicas, se lo veía caminar con dificultad, aunque trataba de mantener su ritmo de trabajo.

La exposición de ese deterioro físico agregó un tono diferente a la imagen que había construido. El hombre que se mostraba rodeado de lujos también aparecía en escenas donde el dolor condicionaba cada movimiento. Fort habló de los tratamientos y de la medicación que necesitaba para afrontar sus problemas de salud.
En 2013 sufrió una fractura de fémur y fue internado en el Sanatorio de la Trinidad, en Palermo. Murió el 25 de noviembre de ese año, 20 días después de haber cumplido 45 años. Su entorno confirmó la información y los medios la difundieron: sufrió un paro cardiorrespiratorio en un cuadro asociado a una hemorragia digestiva.
Su fallecimiento causó impacto entre sus seguidores y en el mundo del espectáculo. Por entonces, Fort era una de las figuras más reconocibles de la televisión argentina. Había pasado de los videos caseros de viajes y fiestas a ocupar espacios centrales en programas de alto alcance, producir espectáculos y generar una comunidad de admiradores.

Después de su muerte, una frase que había pronunciado años antes adquirió otra dimensión: “Siempre pensé que me iba a morir joven”. El comentario circuló ampliamente cuando se conoció la noticia de su fallecimiento y pasó a formar parte de los recuerdos sobre sus últimos años.
Su historia fue revisitada en documentales, podcasts y producciones audiovisuales. La docuserie El comandante Fort abordó los conflictos familiares, su relación con la fama, sus vínculos personales, la paternidad y el dolor físico que atravesó en la última etapa de su vida.

Más de una década después, Ricardo Fort conserva una presencia inusual en las plataformas digitales. Sus frases aparecen en publicaciones, videos, audios y conversaciones. Para quienes lo siguieron en televisión, persiste el recuerdo del empresario que buscaba ser artista. Para quienes lo descubrieron después, es una figura que se adapta a la lógica de las redes sociales.
Cada 5 de noviembre, su vida vuelve a ser recordada a través de esas escenas, sus frases y el relato de un hombre que nunca dejó de perseguir el reconocimiento que imaginaba desde niño.
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