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Milei, Lula y la nueva Guerra Fría

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La pelea entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva parece, a primera vista, una disputa bilateral entre dos presidentes que tienen diferencias ideológicas profundas y una relación personal particularmente mala. En realidad, es algo bastante más importante. La crisis entre Argentina y Brasil es uno de los síntomas latinoamericanos de una transformación mucho mayor: el mundo relativamente unipolar que conocimos después de la Guerra Fría terminó y estamos entrando en una nueva etapa de competencia estratégica entre Estados Unidos y China.

No estamos frente a una repetición exacta de la Guerra Fría del siglo XX. No existen dos bloques perfectamente cerrados ni una división ideológica absoluta del planeta. Estados Unidos y China compiten en comercio, tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura, energía, defensa y cadenas de suministro, pero sus economías siguen profundamente interconectadas. Al mismo tiempo, potencias como India, Brasil, Turquía y otras buscan preservar márgenes de autonomía. Por eso resulta más preciso hablar de una bipolaridad competitiva, en la que Washington y Beijing son los dos grandes polos de poder, mientras los actores intermedios intentan evitar convertirse en simples piezas de ese enfrentamiento.

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En ese nuevo escenario, América Latina vuelve a adquirir relevancia. No porque Washington pueda tratarla como su patio trasero, como ocurrió en otros momentos de la historia, ni porque Beijing esté construyendo una esfera de influencia tradicional. La región posee alimentos, energía, minerales críticos, mercados, infraestructura estratégica y una posición geográfica excepcional respecto de Estados Unidos. China ya es un actor económico central y Estados Unidos conserva una enorme gravitación financiera, tecnológica, comercial y militar. América Latina es, por lo tanto, otro escenario de la competencia entre las dos grandes potencias.

Argentina decidió tomar posición. Javier Milei entendió algo que durante demasiado tiempo buena parte de la dirigencia argentina se resistió a reconocer: el mundo cambió y la Argentina necesita definir cuál es su espacio estratégico. El acercamiento a Estados Unidos, la alianza con Donald Trump y la decisión de reconstruir una identidad internacional claramente occidental tienen fundamentos que exceden la simpatía personal entre presidentes. Argentina necesita inversiones, tecnología, mercados, cooperación en defensa y seguridad y una relación privilegiada con la principal potencia occidental.

Desde esa perspectiva, el giro de Milei tiene una lógica. El problema aparece cuando una definición estratégica comienza a convertirse en una obligación de acompañar automáticamente cada batalla de Washington. Estados Unidos es un socio estratégico. No es la Argentina.

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Donald Trump tiene intereses estadounidenses que coinciden con los argentinos en numerosos asuntos, pero no necesariamente en todos. Washington quiere contener el avance estratégico de China, proteger sus cadenas de suministro, recuperar influencia en América Latina y evitar que Beijing transforme su enorme presencia económica en influencia política y militar. Argentina quiere crecer, atraer inversiones, exportar y aumentar su poder relativo. Las agendas pueden converger. Pero no son idénticas. Ésta es la diferencia entre alineamiento y subordinación.

Argentina puede ser firmemente occidental sin renunciar a su capacidad de decisión. Puede profundizar su relación con Estados Unidos sin transformar cada disputa estadounidense en una disputa argentina. Puede considerar a China un competidor estratégico de Occidente y, al mismo tiempo, negociar con Beijing cuando eso resulte conveniente para nuestros intereses. La autonomía no significa neutralidad. Significa tener capacidad para tomar decisiones propias. Y esa discusión aparece con particular claridad en Brasil.

Las diferencias de Milei con Lula son reales y, en muchos casos, legítimas. La visión económica del Partido de los Trabajadores es mucho más estatista que la que impulsa el gobierno argentino. La política exterior de Lula privilegia una autonomía frente a Washington que puede entrar en contradicción con determinados intereses occidentales. Su relación con los BRICS y con China merece ser seguida con atención, y sus posiciones frente a Venezuela, Israel y otros conflictos internacionales han generado diferencias profundas y justificadas con Buenos Aires. Pero también sería un error reducir a Lula a la caricatura de un presidente socialista que simplemente quiere acercar Brasil a China y enfrentar a Estados Unidos. Lula es algo bastante más complejo: un dirigente nacionalista y pragmático que entiende que Brasil tiene una escala suficiente para intentar jugar su propio partido.

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Brasil no quiere ser un aliado automático de Washington. Pero tampoco quiere ser un satélite de Beijing. Quiere ser Brasil. Ésa es una característica de su política exterior que atraviesa gobiernos de izquierda, centro y derecha. Itamaraty construyó durante décadas una cultura de autonomía estratégica que busca mantener relaciones simultáneas con las grandes potencias y preservar el mayor margen de maniobra posible.

Incluso si Flávio Bolsonaro llegara a la presidencia, sería ingenuo imaginar que Brasil abandonaría esa tradición para convertirse simplemente en un aliado subordinado de Estados Unidos. Un gobierno brasileño de derecha probablemente sería mucho más próximo ideológicamente a Milei y Trump, pero Brasil seguiría defendiendo sus intereses nacionales. Eso es lo que Argentina debería entender.

Porque el verdadero problema no es que Lula tenga una política exterior diferente a la nuestra. El problema sería que Argentina confundiera su oposición a Lula con una política de confrontación permanente hacia Brasil. La presión de Washington sobre Brasil agrega otra variable a considerar. La administración Trump ha decidido incrementar la presión económica y política sobre el gobierno brasileño. Los aranceles estadounidenses pueden ser explicados desde una lógica comercial, pero resulta imposible ignorar el contexto electoral en el que se producen. Washington tiene un interés evidente en que la derecha brasileña recupere el poder y en limitar la influencia de Lula.

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Pero aquí puede aparecer una paradoja clásica de la política internacional: la presión externa puede fortalecer al gobierno que se pretende debilitar.

Si Lula consigue presentar la disputa con Washington como una cuestión de soberanía brasileña, puede transformar una dificultad económica en una herramienta electoral. Cuanto más aparezca Estados Unidos interviniendo en la política interna de Brasil, más sencillo será para Lula presentarse como defensor de los intereses nacionales frente a una potencia extranjera.

Y hay un dato todavía más incómodo para Washington: el nacionalismo brasileño no pertenece exclusivamente a la izquierda. También atraviesa a la derecha. Por eso Trump puede estar apostando a debilitar a Lula y, al mismo tiempo, ayudándolo a construir el relato político que necesita para resistir.

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Esto no significa que Lula sea una víctima inocente ni que la oposición brasileña carezca de posibilidades. Significa que las grandes potencias también pueden equivocarse al calcular los efectos de su presión sobre actores más pequeños. La elección brasileña, entonces, tiene una importancia que excede ampliamente a Brasil.

Una victoria de Flávio Bolsonaro abriría una oportunidad extraordinaria para Buenos Aires. Podría existir una convergencia mucho mayor en seguridad, defensa, energía, infraestructura y comercio, además de una coordinación más estrecha con Washington. Después de años de distancia ideológica, Argentina podría encontrarse con un gobierno brasileño mucho más próximo.

Pero una victoria de Flávio también podría generar una paradoja para la propia estrategia argentina. Si Brasil volviera a alinearse políticamente con Washington, Argentina podría dejar de tener algo que hoy posee: un valor diferencial como principal socio sudamericano de Estados Unidos. Brasil tiene una escala económica, demográfica, territorial y estratégica muy superior a la argentina. Para Washington, un Brasil alineado con sus intereses tendría un peso que Argentina sencillamente no puede igualar. El éxito del acercamiento argentino a Estados Unidos podría, paradójicamente, fortalecer a un competidor regional mucho más grande por la atención de Washington.

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La victoria de un gobierno brasileño ideológicamente cercano a Milei sería, por lo tanto, una buena noticia para la relación bilateral, pero no necesariamente para la posición relativa de Argentina dentro de la estrategia estadounidense hacia Sudamérica.

Si Lula continúa en el poder, el desafío será diferente: Buenos Aires deberá administrar una relación ideológicamente incómoda con un país con el que comparte comercio, industria, frontera, infraestructura y numerosos intereses concretos. Ninguno de los dos escenarios debería ser una catástrofe.

El escenario realmente peligroso sería otro: que Argentina construya una política exterior que solamente funcione cuando gobiernan nuestros amigos. Eso no es estrategia. Es apostar. Y los Estados no deberían apostar su política exterior.

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Aquí aparece una de las principales restricciones estratégicas de la Argentina: la geografía. Estados Unidos puede ser nuestro principal socio estratégico. China puede ser un mercado indispensable. Europa puede ofrecer inversiones y tecnología. India y Medio Oriente pueden convertirse en mercados cada vez más relevantes. Pero Brasil es nuestro vecino. Y la geografía no se negocia.

Brasil continúa siendo nuestro principal socio comercial y uno de los pilares de la estructura productiva argentina. La relación bilateral no se limita al intercambio de bienes: existe una integración industrial profunda, particularmente en sectores como el automotriz, donde empresas de ambos países forman parte de cadenas de valor que atraviesan las fronteras.

Argentina puede diversificar mercados. No puede diversificar vecinos. Ésa es una diferencia fundamental.

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En un mundo bipolar, además, la relación con los vecinos adquiere todavía más importancia. Una Argentina enfrentada con Brasil pierde capacidad de negociación frente a Estados Unidos y China. Una Argentina capaz de mantener una relación pragmática con Brasil también aumenta su poder relativo. Esto no significa idealizar el Mercosur. Este bloque de integración comercial necesita reformas profundas. Argentina tiene razones para reclamar mayor flexibilidad comercial, acuerdos con terceros mercados y una estrategia de inserción internacional mucho más ambiciosa. El bloque no puede convertirse en una estructura burocrática que impida a sus miembros aprovechar oportunidades globales.

Pero reformar el Mercosur es muy diferente de destruirlo. La integración regional no debería defenderse por nostalgia, sino por interés.

Una Argentina y un Brasil con mayor coordinación económica, energética, industrial y de infraestructura tienen más capacidad de negociación frente a Washington y Beijing que dos países enfrentados y compitiendo por separado. En un mundo de grandes bloques económicos y tecnológicos, cierta escala regional puede convertirse en una fuente de poder.

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La cuestión, entonces, no es si Argentina debe elegir entre Estados Unidos y Brasil. Es una falsa disyuntiva. Argentina puede ser el socio estratégico más cercano de Estados Unidos en América del Sur y, al mismo tiempo, tener una relación pragmática con Brasil. Puede ser firmemente occidental y negociar con China. Puede criticar a Lula y sentarse con él a discutir comercio, energía, seguridad fronteriza e infraestructura. Eso no es contradicción. Es realpolitik.

Las grandes potencias lo hacen permanentemente: Estados Unidos compite con China y, al mismo tiempo, negocia con Beijing; India profundiza su relación con Washington mientras conserva vínculos estratégicos con Rusia; Turquía pertenece a la OTAN y mantiene canales con Moscú. Los Estados no necesitan admirarse para cooperar. Necesitan identificar intereses convergentes. El desafío argentino es precisamente ése: abandonar tanto la vieja tentación de mantenerse al margen de las grandes disputas como la nueva tentación del alineamiento automático.

Argentina no necesita ser neutral entre Washington y Beijing. Tampoco necesita convertirse en una pieza pasiva de la estrategia estadounidense. Necesita aumentar su propio poder. Ésa debería ser la vara con la que se evalúe cada decisión de política exterior. ¿Esta decisión aumenta nuestras exportaciones? ¿Atrae inversiones? ¿Mejora nuestra seguridad? ¿Nos permite acceder a tecnología? ¿Fortalece nuestra capacidad de negociación? ¿Reduce vulnerabilidades estratégicas? ¿Amplía nuestro margen de maniobra? Si la respuesta es afirmativa, hay una estrategia. Si la respuesta es simplemente que “nuestros aliados están contentos”, probablemente no.

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La elección brasileña debería ser leída desde esa perspectiva. Más allá de quién gane en octubre, Argentina tendrá que relacionarse con un Brasil que seguirá siendo una potencia regional y un actor relevante dentro de la competencia entre Washington y Beijing. En ninguno de los dos casos Argentina debería convertir esa relación en una extensión de sus preferencias ideológicas.

Brasil no tiene que ser nuestro aliado porque gobierne la derecha, ni nuestro adversario porque gobierne la izquierda. Tiene que ser nuestro socio porque es Brasil. Ésta debería ser la base de una política exterior pragmática. La relación con Brasil necesita menos épica y más estrategia. Menos personalización y más institucionalidad. Menos discusión sobre quién gobierna en Brasilia y más atención a los intereses permanentes de ambos países.

Eso no significa relativizar nuestras diferencias con Lula ni abandonar el acercamiento estratégico con Estados Unidos. Significa entender que una cosa es definir de qué lado estamos en la competencia global y otra muy distinta decidir cómo nos relacionamos con cada país desde nuestros propios intereses. Argentina puede elegir Occidente. Puede profundizar su alianza con Washington. Puede cuestionar a China cuando corresponda. Puede criticar a Lula y preferir a Bolsonaro. Pero también puede sentarse a negociar con todos ellos cuando los intereses argentinos así lo requieran.

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En definitiva, la Argentina necesita dejar atrás dos tentaciones que históricamente le hicieron daño: la idea de que debemos mantenernos al margen de las grandes disputas internacionales y la idea opuesta de que alinearnos con una potencia implica acompañarla automáticamente en todos sus conflictos.

El mundo que viene no funciona así. En esta nueva bipolaridad competitiva, Estados Unidos y China tendrán cada vez más capacidad para condicionar las decisiones de los países intermedios. Pero precisamente por eso Argentina necesita aumentar, no reducir, su margen de maniobra. Y allí Brasil adquiere una importancia que ninguna coyuntura electoral debería hacernos olvidar. Brasil no es Lula. Tampoco será Bolsonaro. Brasil es una potencia vecina con la que Argentina va a convivir, gobierne quien gobierne.

La política exterior argentina debería ser capaz de distinguir entre una diferencia ideológica coyuntural y un interés estratégico permanente. Podemos cambiar de presidente. Podemos cambiar de gobierno. Podemos incluso cambiar de orientación económica. Lo que no podemos cambiar es la geografía.

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Y en geopolítica, la geografía suele tener más memoria que la política.

Argentina ya eligió Occidente. Esa definición puede ser correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. El verdadero desafío consiste ahora en transformar ese alineamiento en poder, inversiones, tecnología, seguridad, mercados y capacidad de negociación. No se trata solamente de elegir un lado. Se trata de tener algo que ofrecer desde ese lado. Porque los presidentes pasan, las elecciones terminan y las ideologías cambian. Los intereses nacionales permanecen.

Y una política exterior verdaderamente estratégica no debería preguntarse primero quién gobierna en Brasilia, Washington o Beijing. Debería preguntarse qué necesita la Argentina de cada uno de esos actores y qué está dispuesta a hacer para conseguirlo.

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LLA analiza bajar a su candidato a gobernador en Chubut para acompañar la reelección de Torres

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En Chubut, el tablero electoral de 2027 comenzó a ordenarse alrededor de una negociación que podría modificar la competencia por la gobernación: La Libertad Avanza analiza la posibilidad de resignar una candidatura propia y acoplarse al proyecto de reelección de Ignacio “Nacho” Torres.

El movimiento implicaría que el espacio libertario desista de presentar un postulante propio para la gobernación y se incorpore al armado que conduce el mandatario provincial. La definición forma parte de las conversaciones que la Casa Rosada mantiene con el oficialismo chubutense y se inscribe en una estrategia más amplia del Gobierno nacional para cerrar acuerdos electorales con dirigentes provinciales.

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Torres, en diálogo con Infobae, reconoció la posibilidad de un acercamiento electoral con la Casa Rosada, aunque remarcó que todavía “faltan definiciones”.

La eventual candidatura de César Treffinger es uno de los puntos centrales de esa negociación. El diputado nacional de LLA había expresado su intención de competir por la gobernación, pero su postulación todavía no cuenta con una definición política de la conducción nacional del espacio.

En ese contexto, una alternativa que comenzó a tomar forma es que Treffinger deponga su aspiración provincial y sea considerado para una candidatura al Senado. Para la conducción libertaria, esa opción permitiría preservar a un dirigente propio dentro del armado electoral y, al mismo tiempo, avanzar en un acuerdo con Torres.

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El propio Treffinger admitió ante su entorno la posibilidad de alcanzar un entendimiento con el gobernador y resignar su candidatura a la gobernación. La decisión, en ese caso, quedaría supeditada a la estrategia que definan los principales armadores nacionales de La Libertad Avanza.

La negociación tiene una lógica estrictamente electoral: si LLA finalmente retira a su candidato, Torres ampliaría su base de sustentación y evitaría una competencia libertaria que podría fragmentar el electorado no peronista. Del otro lado, la Casa Rosada obtendría una vía para mantener presencia política en Chubut a través de un acuerdo con el oficialismo provincial.

César Treffinger

El escenario también está condicionado por la posición del peronismo, que todavía no logró ordenar su oferta electoral. Juan Pablo Luque y Dante Bowen mantienen sus aspiraciones y disputan espacios de poder dentro del armado opositor. Esa interna constituye, por ahora, uno de los principales obstáculos para consolidar una candidatura competitiva frente a Torres.

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Torres amplía su base política

Mientras LLA define qué hará, Torres avanza en la consolidación de una construcción política de alcance provincial. El gobernador busca ampliar su coalición y preservar una lógica de armado transversal, que reúne a sectores del PRO, radicales, peronistas disidentes y dirigentes libertarios.

En agosto, Torres respaldó el acercamiento entre el PRO y La Libertad Avanza, aunque planteó que cualquier entendimiento debía construirse sobre una agenda común de gestión y desarrollo, y no limitarse a una alianza electoral.

“Los acuerdos tienen que venir de la mano de para qué nos juntamos. El rejunte no tiene ningún tipo de sentido si es solamente para ganar una elección”, sostuvo el mandatario.

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La definición expone una de las claves de la estrategia del gobernador: ampliar su base electoral sin perder autonomía política frente a la Casa Rosada.

En Chubut, Torres ya gobierna con una coalición que excede al PRO y que incorporó dirigentes provenientes de distintos espacios políticos. La eventual incorporación formal de LLA significaría un nuevo salto en esa construcción y le permitiría llegar a 2027 con un frente electoral todavía más amplio.

Los gobernadores Rolando Figueroa, Ignacio Torres y Alberto Weretilneck

La reciente interna radical también fortaleció el esquema del gobernador. La victoria de Gerardo Merino en Esquel fue interpretada dentro del oficialismo provincial como un respaldo al alineamiento de la UCR con Torres y a la continuidad de esa sociedad política.

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El peronismo intenta ordenar su interna

Del otro lado del tablero, el peronismo chubutense comenzó a mover sus piezas, aunque todavía enfrenta dificultades para definir una conducción electoral común.

El principal nombre opositor es Juan Pablo Luque, quien fue derrotado por Torres en las elecciones de 2023, cuando puso fin a dos décadas de gobiernos peronistas en la provincia.

Pero Luque no es el único dirigente que pretende disputar el liderazgo del espacio. Dante Bowen, intendente de Dolavon, mantiene firme su intención de competir por la gobernación.

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Juan Pablo Luque y Dante Bowen

Bowen sostuvo que su carrera política solamente tendría continuidad si logra ser candidato a gobernador y descartó, al menos públicamente, la posibilidad de ocupar otro cargo dentro de un eventual armado peronista.

“Soy candidato a gobernador o me voy a mi casa”, resumió durante una entrevista televisiva.

La definición profundiza la tensión interna del peronismo, que deberá resolver primero su mecanismo de selección de candidaturas antes de intentar construir una estrategia común para enfrentar a Torres.

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Una de las alternativas que circuló para ordenar el tablero consiste en que Luque vuelva a competir por la intendencia de Comodoro Rivadavia, cargo que ocupó entre 2019 y 2023, y deje despejado el camino provincial para Bowen.

Sin embargo, esa posibilidad todavía no forma parte de un acuerdo político consolidado.

“La razón por la que quiero ser gobernador es porque me preparé toda la vida para esto”, sostuvo Bowen, al explicar que su recorrido político estuvo orientado hacia ese objetivo.

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La disputa entre ambos dirigentes se desarrolla mientras distintos sectores del peronismo buscan reconstruir una estructura capaz de competir por el poder provincial. La foto de unidad entre Luque y otros referentes, el diálogo con José Glinski y la construcción de Chubut Futuro, alineada con el Movimiento Derecho al Futuro que impulsa Axel Kicillof, forman parte de ese proceso de reconfiguración.

Por ahora, ninguna de las principales fuerzas terminó de cerrar sus candidaturas. Torres trabaja en ampliar su base política; el peronismo intenta resolver su disputa interna y La Libertad Avanza debe definir si competirá con una candidatura propia o si resignará esa postulación para integrarse al armado del gobernador.

La negociación entre la Casa Rosada y Torres puede convertirse, así, en una de las definiciones centrales del tablero electoral chubutense de cara a 2027.

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Rolando Figueroa,Ignacio Torres,Alberto Weretilneck,gobernadores,política,Argentina

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Por los viajes de Milei y Villarruel, Bartolomé Abdala quedará a cargo del Ejecutivo la próxima semana

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La próxima semana, Bartolomé Abdala, presidente provisional del Senado y senador de La Libertad Avanza, quedará al frente del Poder Ejecutivo nacional. La situación se dará por la coincidencia de los viajes internacionales del presidente Javier Milei y de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quienes cumplirán agendas oficiales en el exterior.

Según lo establece la Ley 20.972, cuando tanto el presidente como la vicepresidenta se encuentran fuera del país, la responsabilidad de la jefatura del Estado recae de forma transitoria en el presidente provisional del Senado. Por ese motivo, Abdala asumirá las funciones presidenciales hasta el regreso de Milei.

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No será la primera vez que el legislador por San Luis ocupe ese rol. Entre el 8 y el 9 de diciembre de 2025, Abdala ya había quedado a cargo del Ejecutivo por los viajes simultáneos de Milei a Noruega y Villarruel a Madrid. En esa ocasión, el senador expresó en sus redes sociales: “Ante los compromisos internacionales del presidente Javier Milei y de la vicepresidenta Victoria Villarruel, tengo el honor de estar a cargo del Poder Ejecutivo. Es un orgullo inmenso para mí asumir esta responsabilidad histórica”.

El senador Bartolomé Abdala compartió, el pasado miércoles, una cena junto a la secretaria de la presidencia Karina Milei y el resto del bloque de senadores libertarios. Foto: X @AbdalaBartolome

La designación de Abdala como presidente interino marca un hecho poco frecuente: un representante de San Luis vuelve a ocupar la máxima magistratura, algo que no sucedía desde diciembre de 2001, cuando Adolfo Rodríguez Saá fue presidente entre el 23 y el 30 de ese mes.

Según pudo saber TN, durante su gestión transitoria, Abdala permanecerá en su despacho del Senado, cumpliendo las funciones correspondientes y sin salir de la ciudad de Buenos Aires. El senador estará a cargo del Poder Ejecutivo hasta el regreso de Milei, previsto para el sábado 3 de octubre.

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Argentina Week con Javier Milei

El Presidente Javier Milei volverá a reunirse con su par francés Emmanuel Macron. REUTERS/Irina Dambrauskas
El Presidente Javier Milei volverá a reunirse con su par francés Emmanuel Macron. REUTERS/Irina Dambrauskas

Entre el próximo miércoles 30 de septiembre y el viernes 2 de octubre, el Presidente Javier Milei encarará una nueva gira internacional que lo llevará a París, Francia, para encabezar la segunda edición de la Argentina Week.

El jefe de Estado estará acompañado por parte de sus ministros, una docena de gobernadores y una delegación de empresarios, Javier Milei buscará mostrar el respaldo del círculo rojo nacional para ratificar el rumbo de su gestión y atraer a potenciales inversores globales.

El foro fue diseñado por la Embajada argentina en París que conduce Ian Sielecki.

Acompañarán al Presidente, la secretaria General, Karina Milei; los ministros Pablo Quirno (Relaciones Exteriores); Luis Caputo (Economía); Federico Sturzenegger (Desregulación), Juan Bautista Mahiques (Justicia); Mario Lugones (Salud); y el secretario de Comunicación y Medios, Fabián Fernández.

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Entre los mandatarios provinciales confirmados que asistirán al evento organizado por la embajada argentina en Francia están: Rolando Figueroa (Neuquén), Ignacio Torres (Chubut), Alberto Weretilneck (Río Negro), Alfredo Cornejo (Mendoza), Rogelio Frigerio (Entre Ríos), Gustavo Sáenz (Salta), Juan Pablo Valdés (Corrientes), Leandro Zdero (Chaco), Carlos Sadir (Jujuy), Marcelo Orrego (San Juan); Raúl Jalil (Catamarca) y Claudio Vidal (Santa Cruz).

Actividad de Villarruel

La vicepresidenta, Victoria Villarruel, ya estuvo junto al Rey de España, Felipe VI, en octubre de 2024. Foto: X @VickyVillarruel
La vicepresidenta, Victoria Villarruel, ya estuvo junto al Rey de España, Felipe VI, en octubre de 2024. Foto: X @VickyVillarruel

La vicepresidenta, Victoria Villarruel, participará del XII Foro Parlamentario Iberoamericano que se celebrará en Madrid los días 1 y 2 de octubre y reunirá a representantes parlamentarios de países iberoamericanos, y será inaugurado por el Rey de España Felipe VI.

La sesión inaugural se celebrará en el Congreso de los Diputados con las palabras de la presidenta de la Cámara, Francina Armengol, del secretario general iberoamericano, Andrés Allamand; el ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares; y el presidente del Senado de España, Pedro Rollán. La inauguración terminará con la intervención de Su Majestad el Rey.

El Foro escuchará conferencias magistrales sobre algunos de los principales desafíos actuales para las democracias como el impacto de la inteligencia artificial, a cargo de la directora de la Fundación ELLIS Alicante, Nuria Oliver; el filósofo y ensayista Daniel Innerarity analizará las amenazas actuales a la democracia, como la fragmentación política, la polarización, la desinformación y los populismos; y el presidente de la Rada de Ucrania, Ruslan Stefanchuk, abordará las amenazas híbridas y la desinformación en un contexto de conflicto armado.

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Habrá intervenciones para abordar las brechas de igualdad de género y el presidente de la Asamblea de la República de Portugal, José Pedro Aguiar-Branco, explicará la importancia de la diplomacia parlamentaria ante los desafíos geopolíticos actuales.

Luego las sesiones de trabajo con la participación de la vicepresidenta, Victoria Villarruel, y de la delegación legislativa del Senado nacional, integrada por los legisladores Martín Goerling Lara (Pro), Sandra Mendoza (Convicción Federal), Natalia Gadano (Moveré Santa Cruz) y Maximiliano Abad (UCR). se trasladarán a la Cámara del Senado de España.

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El viernes 2 de octubre, el Foro continuará en el Palacio del Congreso con una sesión plenaria en la que se presentarán las conclusiones de las cuatro sesiones de trabajo y tendrán lugar las intervenciones de los presidentes y jefes de delegación, donde se esperará el mensaje de Victoria Villarruel.

Bartolomé Abdala, presidente, Javier Milei

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La economía suma malas noticias y el juego político del Gobierno no alcanza para contrarrestar el impacto

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En apenas 72 horas, el INDEC difundió cuatro informes con números realmente preocupantes, todos de rubros sensibles. El martes, publicó el relevamiento de salarios y el miércoles, difundió los de ventas en supermercados, mayoristas y shoppings, en el mes de julio. El jueves, anotó el Estimador Mensual de Actividad Económica, también de julio. Y ese mismo día, el mayor sacudón fue producido por el registro de pobreza en el primer semestre de este año. Como primera reacción, el oficialismo intentó morigerar el efecto, argumentando cuestiones de coyuntura y ensayando comparaciones estadísticas. Poco, frente al cuadro señalado. Y con un agregado: el juego político más amplio de Olivos no logra amortiguar el impacto de la sucesión de noticias de la economía. Como agravante operan, además, las internas libertarias.

Para el oficialismo, la agenda política de esta semana incluía dos renglones principales, de distinta magnitud y por eso mismo, en este orden: el nuevo viaje de Javier Milei a los Estados Unidos, para asistir a la Asamblea General de la ONU, y el Congreso. El Gobierno sabía que iban a ser días de números negativos o al menos tenía indicios firmes, además de análisis de consultoras como los que anticipaban una suba porcentual en pobreza e indigencia -algo menos que el informe del INDEC- o registraban una nueva caída del consumo masivo en agosto. El punto es que no se trata de una cuestión de circunstancia.

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La demanda cruzada entre política y economía es sabida. Los oficialismos apuestan a que los resultados económicos -y más básico, el bolsillo- motoricen los planes políticos, en este caso la reelección presidencial. Cuando ocurre lo contrario -con riesgo sobre la credibilidad- la demanda se invierte: la economía necesita que el juego político del Gobierno sostenga la expectativa y corra el eje del temario público.

El giro presidencial sobre Malvinas fue interpretado en ese contexto y es algo que genera malestar en Olivos. Rechazan ese cuestionamiento como “basura” opositora. Y sostienen que la movida del Gobierno expresa una “estrategia”, cuya elaboración habría comenzado desde la llegada al poder, y no el aprovechamiento -que no sería cuestionable en sí mismo- de la presión de Donald Trump sobre el laborista Andy Burnham.

De todos modos, Malvinas fue el centro de la presencia de Milei en la ONU, con escasa chance de un encuentro en paralelo con Trump, que al final no se produjo. En el discurso ante la Asamblea General, el Presidente ratificó de hecho el alineamiento internacional y buscó explotar su habitual tono más que áspero, aunque esta vez, frente a otra platea. Por eso mismo dejó una contradicción, al reclamar una intervención más efectiva del organismo mundial que acababa de descalificar.

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El otro foco de interés político, para el círculo de Olivos, estaba puesto en las dos cámaras del Congreso. Esperaba aplacar en Diputados el tema de discapacidad y coronar proyectos en el Senado, después de algunos disgustos. Lo que ocurrió es significativo, pero no nuevo: las tensiones domésticas complican hasta la coronación de jugadas propias. Vale repasarlo.

El proyecto de Presupuesto 2027 incluyó un ajuste de tal magnitud en el área de discapacidad que fue calificado como un gesto de insensibilidad por socios de LLA. También provocó rechazo dentro del oficialismo, porque desarmaba el acuerdo que venía tejiendo en Diputados para tratar de ganarle la pulseada a la oposición, que había impuesto el tratamiento efectivo del tema. El cortocircuito fue serio, porque además realimentó recelos de aliados. Hubo rápidas tratativas, con atención directa de Martín Menem, y el oficialismo dio marcha atrás con ese tramo del Presupuesto para lograr dictamen.

Visto así, el Gobierno volvía a pagar costos por un daño autoprovocado, pero salía de un terreno de derrota y allanaba su camino para ir a la búsqueda de votos, con la mirada puesta en el tratamiento en el recinto. El clima doméstico -con proyección hacia socios y dialoguistas- volvió a enrarecerse en las últimas horas, cuando trascendió que el acuerdo para lograr dictamen es cuestionado especialmente por el equipo de Luis Caputo. Es decir, no se trataría de una historia cerrada.

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El malestar inicial había sido expuesto por Patricia Bullrich. Otros, en cambio, optaron por la reserva. La senadora evitó ir a la cuestión de fondo y prefirió concentrar su descarga -con señal directa a Economía- sobre dos aspectos: el desconocimiento de la “mesa política” del oficialismo y el efecto desgastante en la relación con aliados y dialoguistas en general.

Votación de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, en el Senado. Patricia Bullrich, en el centro

Los recelos y malestares tiñen buena parte de lo que sucede en el Senado. El oficialismo pudo celebrar esta semana que finalmente logró número para convertir en ley el proyecto que recorta subsidios al consumo de gas en zonas frías. En cambio, aprobó pero con modificaciones la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central. Hubo un entendimiento, que incluyó al peronismo y tuvo a Bullrich como eje -en su condición de jefa del bloque violeta-, para modificar el requisito impuesto en el texto original del proyecto para remover a las autoridades del banco. Quedó establecida la mayoría absoluta (la mitad más uno de los votos). El Ejecutivo pretendía que fuera mayoría de dos tercios. El texto vuelve a Diputados y parece imposible revertir la decisión de la Cámara alta.

La senadora tuvo además otro gesto crítico -extensible a Jorge Macri-, respecto de la ofensiva sobre dos juezas -una porteña, Laura De Marinis, y otra de Lomas de Zamora, Marta Eba Pascual- que de diferente forma se pronunciaron en contra de la baja de la edad de imputabilidad de menores. Las dos decisiones fueron revocadas en el escalón de las cámaras. La senadora rechazó los planteos a favor del juicio político a las juezas y sostuvo que, más allá de su conocida posición en la materia, estas cuestiones deben ser resueltos en las instancias judiciales.

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Por supuesto, la disputa entre Olivos y Bullrich no se circunscribe a estas últimas muestras de juego propio. Existen diferentes especulaciones sobre la apuesta de la senadora para las elecciones del 2027. Está claro, en cambio, que se trata de un proceso de construcción política. Y eso es lo que provoca tensión con el círculo de Olivos. El efecto aumenta cuando la economía hace crujir la realidad política.

La semana amplificó esas preocupaciones. El informe sobre salarios del mes de julio indica que el promedio de los trabajadores registrados -privados y públicos- estuvo dos décimas por encima de la inflación respecto del mes anterior y quedó 3,7 puntos porcentuales por debajo en la comparación interanual. Sólo la heterogénea franja de trabajo informal, siempre motivo de discusión, supera al IPC.

Los registros de julio sobre ventas en supermercados, mayoristas y shoppings expusieron números variados, con una mejora interanual en el último rubro. Sin embargo, los tres mostraron bajas en el acumulado de los primeros siete meses del año.

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El informe del EMAE mostró caídas en relación con el mes anterior (-2,9%) y también en el registro interanual (-1,4%). Como viene sucediendo desde hace rato, algunos renglones como minería, producción agropecuaria, pesca -esta vez, de manera muy significativa- muestran crecimiento y otros como industria y comercio repiten caídas.

El peor dato, claro, lo aportó el informe sobre pobreza en el primer semestre de este año. Llegó al 32,3%, que traducido a nivel nacional representa dos millones más de pobres y eleva a 15 millones el total. Las cifras exponen un crecimiento en comparación con el primer semestre del 2025 (31,6%), una diferencia que es mayor si se toman los segundos seis meses del año pasado (28,2%).

Dos datos se destacan por encima de todo. El primero: se quiebra la línea de descenso anotada a partir del pico del primer semestre del 2024 y extendida hasta el final del 2025. El segundo, más de fondo: se afirma un piso duro de pobreza, alrededor del 30%. Declaraciones en la vereda libertaria -con arrastre de autocelebración- y condenas desde franjas opositoras -con aire de chicana- sólo agregan patetismo político. Se trata del peor registro de la realidad.

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luciano ingaramo / comunicació

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