DEPORTE
A 45 años del “Mundialito” de Uruguay, un torneo inédito que fue la primera señal de alerta para Argentina rumbo a España ‘82

Fue un torneo atípico. Por formato, duración y ubicación en el calendario. Lo organizó Uruguay y lo ganó, pero fue un espejismo, porque meses más tarde, cuando aún estaba latente el festejo, fracasó rotundamente en las Eliminatorias, quedando fuera de España ’82. También fue una importante señal de alerta para Argentina, con una baja sensible en el rendimiento que haría eclosión, un año y medio más tarde en la Copa del Mundo.
El Mundialito. Uruguay lo ideó para celebrar los 50 años de la construcción del estadio Centenario y de la disputa de la primera Copa del Mundo. En esa dirección, se fue organizando, con el propósito que participaran las seis selecciones que, hasta allí, se habían consagrado en la máxima competencia. Sorpresivamente, Inglaterra declinó la invitación, argumentando que su liga, del mismo modo que ocurre 45 años más tarde, no se detiene para esa fecha. Su lugar fue para Países Bajos, que venía de ser el último doble subcampeón mundial, tras perder las finales frente a los locales, en Alemania ’74 y Argentina ’78. El sitio elegido en el calendario era extraño en aquella época y lo sigue siendo en la actualidad: entre el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981.

El seleccionado dirigido por César Luis Menotti había tenido grandes actuaciones luego de la gloria del ’78. Las dos giras por Europa del ’79 y ’80, los mostraron en un nivel excelso, con muy buenas demostraciones de fútbol, marcando una evolución con respecto al cuadro campeón, más el aporte de la nueva estrella que iluminaba el firmamento del fútbol: Diego Armando Maradona. La casaca celeste y blanca paseó su buen juego venciendo a Escocia 3-1 (primer gol oficial de Diego en la selección), en un vibrante empate 2-2 con Italia y el deslumbrante 5-1 frente a Austria, con tres tantos de Maradona, uno de ellos muy recordado, que lo marcó, casi gateando en el área, luego de perder la vertical.
Encaró con seriedad la preparación del Mundialito, que lo pondría, una vez más, frente a frente con los mejores del mundo. Para ello, Menotti decidió que ninguno de los convocados pudiese participar de la rueda final del Nacional ’80, que tuvo comienzo a fines de noviembre. Los más perjudicados fueron River Plate, que perdió cinco jugadores: Ubaldo Fillol, Alberto Tarantini, Daniel Passarella, Ramón Díaz y Leopoldo Luque y Argentinos Juniors, que tenía chances concretas de ser campeón por primera vez, por el esplendoroso momento que atravesaba Maradona, que había convertido 18 goles en 13 partidos de la fase de grupos. Diego le pidió a Menotti que lo dejara participar de los play-off, pero el entrenador le dejó en claro que las pautas eran iguales para todos, pero que, si el deseaba jugar esa instancia para Argentinos Juniors, debía renunciar a la Selección.

El formato se diseñó con dos zonas de tres equipos cada una, donde el ganador avanzaba a la final. La primera quedó conformada por Uruguay, Italia y Países Bajos, mientras que la segunda, sin dudas, el grupo de la muerte, con Argentina, Alemania Federal y Brasil. Cuando hay triangulares, lo más lógico es esperar a ver cual es el resultado del primer cotejo, para programar los otros, con el fin que haya emoción, paridad y equidad deportiva hasta el final. No fue lo que sucedió.
En la zona A, Uruguay debutó el 30 de diciembre venciendo con claridad a Países Bajos por 2-0 con goles de Venancio Ramos y Waldemar Victorino. Lo más natural era que luego se midiera el perdedor con Italia, sin embargo, éste lo hizo ante los anfitriones el 3 de enero. La Celeste, volvió a ganar por el mismo score (Julio Morales – Victorino), clasificándose para la final y dejando sin importancia al último encuentro.
Uruguay venía de tiempos de escasas alegrías a nivel selección. A la floja tarea del Mundial ’74, donde quedó eliminado en primera rueda, se le sumó el estruendoso fracaso de no clasificarse para el ’78, donde hubiese tenido una enorme cantidad de seguidores por la cercanía. En el plano de los equipos, el Club Nacional de Fútbol, tras casi una década sin que un cuadro oriental pudiese levantar la Copa Libertadores, lo había logrado en la edición ’80, hecho que se potenció un mes después del Mundialito, cuando se consagró como el primer campeón de la Copa Intercontinental en el renovado formato a partido único en Tokio frente a Nottingham Forest.

Sus adversarios de grupo no atravesaban un buen momento. Italia estaba en crisis desde el año anterior, sacudida por una investigación de apuestas ilegales, que involucró a varios clubes (Milan y Lazio fueron descendidos) y Paolo Rossi, su estrella, fue inhabilitado por dos años. Países Bajos, directamente, decidió participar con un equipo B, donde no estaban ninguna de sus estrellas del Mundial ’78, ni el legendario Johan Cruyff.
Si el match inaugural fue en una fecha completamente inapropiada, como la víspera del fin de año, ni hablar el esperado choque entre Argentina y Alemania Federal, que se dio en el insólito 1 de enero. Para los futboleros, fue maravilloso, porque habitualmente es un día vacío, donde el cuerpo nos trae el eco de la noche anterior. Sin embargo, en aquella ocasión, lo afrontamos de manera diferente, esperando que sean las 18 horas, para sintonizar ATC y ver al equipo de Menotti en una confrontación tan relevante.

La expectativa era inmensa. Y el partido estuvo a la altura. Alemania tenía un muy buen equipo, con una defensa sólida donde se destacaban Kaltz, Forster y Briegel y dos atacantes desbordantes de potencia e inmensos en sus rubros: Hrubesh (por contextura) Rummenigge (por talento y calidad). Supieron como jugarle a Argentina, que daba ventajas en el fondo, con la tendencia, a veces suicida, de tirar el achique.
El esperado encuentro Kempes – Maradona. Era la primera vez que jugarían juntos en la selección en forma oficial, pero estuvo lejos de ilusionar. Mario no estaba en su mejor forma física y debió salir lesionado ante de concluir el primer tiempo. Menotti había quedado impactado en la Eurocopa del ’80, por el desempeño del grandote Hrubesch, hablando en cada entrevista sobre él. Quizás por eso llamó la atención, que sobre el final de la etapa, los alemanes se pusieran en ventaja, por una increíble desatención. Si había un hombre a marcar, era ese delantero. Sin embargo, luego de un córner, saltó solo, como si paseara un domingo por su Hamm natal, y de cabeza puso el 1-0.
Tocado en su amor propio, Argentina salió dispuesto a dar vuelta la historia. Realizó un gran segundo tiempo, con enorme vocación ofensiva, actuando Diego más de punta, dejando la posición de armador en los talentosos pies de José Daniel Valencia, quien había ingresado por Kempes. Esos 45 minutos, quizás sus mejores con la celeste y blanca, parecieron darle la razón a Menotti, que sostenía que era un crack. Su talento era tan grande como su discontinuidad, que terminó prevaleciendo, privándolo de una carrera aún más deslumbrante, que lo ubicó como ídolo de Talleres de Córdoba.

El cuadro nacional se desprotegió en el fondo, pero allí, como siempre, estaba Fillol, para conjurar dos claras situaciones de riesgo que hubiesen sido lapidarias. A falta de seis minutos, luego de un córner lanzado desde la derecha, Passarella saltó más alto que toda la población alemana. Su cabezazo iba a las manos del arquero Schumacher, pero Kaltz, parado a su lado y junto a poste, la tocó apenas, desviando el recorrido, para marcar el autogol del empate.
Premio al tesón y la voracidad de ataque de Argentina y castigo a cierta tibieza alemana en los contragolpes. La historia no terminó allí. Cuando faltaban dos minutos y las sombras del atardecer se habían posado sobre el Centenario, salió un rápido contragolpe, manejado por Valencia. Cuando estaba llegando al área, esperó que Ramón Díaz le pasara por detrás, para asistirlo de manera brillante con el revés del pie. El Pelado hizo el resto, con su capacidad goleadora, clavándola en el ángulo más lejano de Schumacher, en uno de los mejores goles del ciclo. La jugada, luego la veríamos repetida hasta el infinito, en los inolvidables micros de tres minutos titulados “El fútbol de Menotti”, donde el Flaco mostraba los trabajos en las prácticas. Esa maniobra era un emblema, como su arenga sistemática, que se hizo latiguillo: “Vamos Pelado, vamos Pelado que usted puede”.
La lógica, ausente en la programación, marcaba que Alemania debería enfrentarse con Brasil. Sin embargo, éste se midió con Argentina, apenas tres días más tarde. Era el rival más temido por el cuadro de Menotti, que en su extenso ciclo al frente de la Selección, nunca le pudo ganar. Y aquella tarde, mereció perder. Quizás el desgaste ante los europeos, con tanto calor y poco tiempo de recuperación, haya influido. Lo concreto fue que se estuvo muy lejos del nivel.
Sorprendió Menotti con un mediocampo integrado por Barbas, Gallego y Ardiles. Ante la lesión de Kempes, y por lo que había demostrado, lo natural era el ingreso de Valencia por él. Ardiles no sentía la función de ser el armador de juego, ni Diego estuvo cómodo jugando de punta, en una versión terrenal. Pese a ello, fue el autor de la apertura del marcador, con un golazo, arrancando como puntero derecho, dejando un par de rivales en el camino, para definir con un remate preciso al primer palo, donde la tibia reacción del arquero Carlos, colaboró. Apenas iniciado el complemento, Edevaldo la clavó en un ángulo para establecer el empate y desde allí Brasil fue más y debió quedarse con el triunfo. Lo evitó, una vez más, el inmenso Fillol.
Tres días después, Alemania eliminado, con algunos suplentes y más ganas de estar en Múnich que en Montevideo, le opuso escasa resistencia a Brasil que lo apabulló por 4-1, dejando a Argentina fuera de la final por diferencia de gol. Sin Zico, su máxima estrella, ausente por lesión y con Sócrates actuando como centro delantero, avanzaron al partido decisivo sin mostrar demasiado.
Fue un torneo hecho a la medida de Uruguay, que se dio el gusto del ganarlo al imponerse por 2-1 a Brasil. con tantos de Victorino, el goleador del torneo y Barrios, descontando Sócrates de penal, para la efímera ilusión del Scracht. Fue una de las tardes más celestes de la historia en Montevideo. El precioso trofeo quedó en manos locales y desató una fiesta, post vuelta olímpica, que incluyó a los futbolistas campeones bañándose con los hinchas, en los fosos que bordeaban el césped del mítico Centenario.
El Mundialito fue un espejismo, como la otra cara de la moneda para la mayoría de los participantes del torneo. La excepción fue Países Bajos, que siguió tan mal como lo demostró allí, quedándose fuera de España ’82, torneo donde Alemania demostró que era mucho más parecido al cuadro que jugó con potencia y fervor ante Argentina, que el descolorido frente a Brasil. Italia fue una sombra, sin Catenaccio ni inventiva, características que iba a mantener hasta la fase de grupos del Mundial. De allí en adelante, fue otra historia, ganando cuatro partidos consecutivos, para consagrarse campeón y tener en Paolo Rossi al máximo artillero.
Durante el ’81, Brasil fue afinando la puntería, sobre todo en una gira por Europa. La imagen especuladora y poco agresiva del Mundialito, quedó en el olvido. Llegó a España ’82 como el gran candidato, con un mediocampo tan admirable como inolvidable: Sócrates, Toninho Cerezo, Falcao y Zico. En un partido increíble, Italia le ganó por 3-2 (resurrección de Paolo Rossi, autor de los tres goles), dejándolo con las manos vacías. La fiesta uruguaya se fue apagando con el paso de los meses y en agosto recibió el mazazo de quedarse afuera de la Copa del Mundo, a manos de Perú en las eliminatorias.
El balance para Argentina no fue bueno y encendió una señal de alerta, que el técnico no vio o no quiso observar. Ese torneo fue el punto de partida de un ’81 irregular, donde casi nunca jugó bien. Las preocupaciones aumentaron, sobre todo por el flojo rendimiento defensivo. Tanto Olguín como Tarantini la estaban rompiendo como zagueros centrales en sus equipos, Independiente y River, respectivamente, pero Menotti insistía en ponerlos como laterales en la Selección, con Luis Galván, lento e impreciso, como número dos. Los desacoples se hicieron evidentes y terminaron de explotar en el peor momento. Aquella Copa del Mundo disputada en España, donde fuimos con el trofeo como campeones defensores y volvimos con las manos vacías. De fútbol y de ilusiones.
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La historia de la nueva estrella argentina de la UFC, hija de un ex futbolista y que trabajó como maestra: “Pararte frente a un aula te da herramientas”

A los 26 años, Sofía La Bruja Montenegro está a punto de vivir el momento más importante de su carrera. El próximo 28 de febrero debutará oficialmente en la UFC, la compañía más importante de artes marciales mixtas del mundo, cuando enfrente a la lituana Ernesta Kareckaite en la división peso mosca femenina, en la Arena Ciudad de México, dentro de la cartelera de UFC México.
Será una noche histórica para ella y para las artes marciales mixtas argentinas, en un evento que tendrá como pelea estelar al mexicano Brandon Moreno frente a Asu Almabayev y que también contará con la presencia de Ailín Pérez, la argentina mejor posicionada en los rankings.
Pero antes de llegar al octágono más famoso del planeta, Montenegro atravesó un camino largo, áspero y profundamente humano. Un recorrido que empezó lejos de los reflectores, en un barrio cordobés (Observatorio), marcado por el sobrepeso, el bullying, la disciplina familiar y una vocación paralela que todavía la define: la docencia.
“Empecé primero con kickboxing a los 15, 16 años, en el centro vecinal de mi barrio. Tenía sobrepeso, entonces estaba buscando algún deporte para hacer. Había intentado con varios”, recuerda en diálogo con Infobae. En su casa, el deporte era casi una herencia genética, aunque con una forma muy clara: fútbol. “En mi familia son todos futbolistas. Mi papá jugó al fútbol, mis hermanos juegan al fútbol, siempre en primera. O sea, vengo de una familia realmente de deportistas destacados”.
Su padre, Ricardo Montenegro, fue futbolista profesional, con un paso destacado por Talleres de Córdoba y trayectoria en Atlético de Rafaela, San Juan y otros clubes del país. Sus hermanos también siguieron ese camino. Ella, en cambio, parecía ir por otro lado. “A mí siempre me iba bien en el colegio, entonces como que pensé que el deporte no era para mí primero. Y por el medio de querer bajar de peso terminé encontrando realmente lo que quería”.

Durante un tiempo incluso pensó en probar suerte con el fútbol. “Quise intentar jugar, me surgió la idea en su momento, y mi mamá me dijo que no. Que en mi casa todo el tiempo se habla de fútbol, que no podía ser que todos hiciéramos lo mismo”, cuenta entre risas. “Por consejo de mi mamá no lo probé. Se podría estar perdiendo a la siguiente Messi”, bromea hoy.
El kickboxing fue primero una excusa, después un refugio y finalmente una vocación. El cambio físico vino acompañado de uno emocional. “Cuando empecé a entrenar me veía bastante motivada y empecé mucho a bajar de peso. Eso también me hacía sentir bien. Empecé a andar mejor en mi vida en general, a mejorar mi estado de ánimo”, explica. “Porque por el hecho de tener sobrepeso, a esa edad, en plena adolescencia, siempre uno está a la vista de que lo señalen, de sentirse mal”.
Su familia acompañó ese proceso casi de manera natural. “Yo creo que por un lado mi familia nunca se hubiera imaginado la magnitud de donde llegué. Pero me veían motivada, entonces me apoyaron para que yo compitiera”, dice. Para su madre, el deporte fue clave en otro aspecto aún más profundo. “Ella siempre dice que está agradecida con el deporte porque fue lo que hizo que ninguno de nosotros tuviera el afán de salir tanto, de andar en la calle”, relata Sofía. “Vengo de un barrio que es un poco problemático, una zona roja, entonces para ella el deporte fue lo que nos sacó de la calle”.
Ese entorno familiar también fue una escuela invisible en la que su padre ofició de maestro. “Yo realmente aprendí en mi casa a ser atleta”, afirma con convicción. “Gracias a mi papá aprendí a ser disciplinada, a descansar bien, a comer bien, a invertir en tu deporte. A ser respetuosa, a saber cómo manejar la ansiedad y los malos resultados. Todo eso lo aprendí de él”, afirma sobre Ricardo, que disputó 55 partidos y marcó 6 goles con la camiseta de Talleres en el fútbol profesional entre 1988-1992, según el sitio BDFA (Base de Datos del Fútbol Argentino).

Sin embargo, mientras su carrera deportiva comenzaba a tomar forma, La Bruja avanzaba en paralelo con otro proyecto que parecía no tener nada que ver con los golpes y el octágono. Estudió el profesorado de educación primaria y a los 21 años estaba cerca de recibirse. “Yo soy maestra, hice el profesorado de educación primaria. A los 21 ya estaba por recibirme y hacía poco había empezado a entrenar MMA”, cuenta.
La decisión no fue sencilla. “Mi coach me recomendó que si realmente me quería dedicar a esto, que le metiera de lleno. Que la carrera podía esperar, que sí, me recibiera, pero que aprovechara mi edad para empezar a competir”, explica.
Fue entonces que se metió de lleno para triunfar en esta disciplina y durante años sostuvo su carrera como pudo. “Siempre hasta el día de hoy mi única casa fue la de mis padres, así que tuve mucho apoyo económico de ellos”, reconoce. “Trabajaba por horas, daba clases de boxeo, de kickboxing, llegué a trabajar en cinco o seis gimnasios diferentes para vivir de esas clases y poder sostener mi entrenamiento”. También daba clases particulares como maestra, pero evitó tomar un cargo fijo. “Eso sí me iba a sacar mucho tiempo”.
La docencia, sin embargo, nunca fue algo accesorio. “El hecho de haber estudiado para maestra me ayudó mucho en la forma de sociabilizar, de expresarme y de tener confianza”, explica. “Pararte frente a un aula te da herramientas. Me interesaba entender por qué la gente aprende ciertas cosas y por qué otras no, por qué nos enseñan a todos lo mismo”.

En su camino en las MMA remarca que estuvo lleno de sacrificios y dudas. “Uno nunca recibe de vuelta todo lo que le da el deporte”. “Tuve muchas veces ganas de abandonar, de dedicarme a otra cosa”, reconoce. En ese contexto, el trabajo con su psicólogo deportivo fue clave. “Trabajo con él hace más de tres años. Siempre con el mismo. Está muy presente en mis peleas”.
Antes de su combate en el Contender Series, en septiembre de 2025, esa relación tuvo un momento bisagra. “Él me dijo: ‘Sofi, no importa el resultado. Vos ya ganaste. Ya le ganaste a la Sofía de hace muchos años atrás que pensó varias veces en dejar la carrera’”.
La pelea frente a Jeisla Chaves fue una guerra. Montenegro perdió por fallo dividido, pero dejó una imagen tan fuerte que el propio Dana White, propietario de la empresa UFC, se acercó a hablar con ella. “Cuando me bajé de la pelea hablé con Dana White. Me dijo que había sido una guerra y que me iba a recompensar”.
Las horas posteriores fueron de una montaña rusa emocional. “Yo sentía que lo había dejado todo y que no me había alcanzado. No me lo podía sacar de la cabeza”, confiesa. Hasta que llegó la llamada. “Cuando me dijeron que me habían dado el contrato, fue muy loco. Primero lloré de tristeza, después de emoción. Ver a gente que no sabía ni quién era festejar conmigo fue increíble”.
Hoy, Montenegro se prepara para su debut con la misma intensidad. “Me vengo preparando extremadamente fuerte para febrero, pero muy feliz”, dice. Dividió su campamento entre Argentina y México y ya trabaja en la adaptación a la altura. “Mi equipo se encargó de estudiar a mi rival paso a paso”.
Este es sólo el comienzo, pero ella ya sueña en grande. “No lo veo tan lejano luchar por el título. Está dentro de mis planes”, afirma. Pero su meta principal va más allá de un cinturón: “Quiero destacar, ser de esos peleadores que uno recuerda. Me encantaría ser recordada como una mujer argentina que llegó y destacó en la UFC”.
En esa línea, también sueña con ver a la UFC regresar al país. “Tenemos un equipo argentino muy fuerte y muy bien posicionado en los rankings como lo son Esteban Ribovics, que es compañero mío, Francisco Prado, que también tuve la suerte de entrenar. Ailín Pérez, Kevin (Vallejos), Santiago Ponzinibbio, ya todos tienen un nombre que suena. Sería increíble ver a mi país gritando mi nombre con la pasión del fútbol”.
El 28 de febrero, Sofía Montenegro subirá al octágono con el sueño de que su nombre comience a posicionarse en la cabeza de todos, o su apodo: «La Bruja», el cuál nació como una broma y que hoy es su identidad: “Me lo pusieron unos compañeros cuando hacía kickboxing, cuando empecé, porque me enojaba bastante y esos me molestaban. Empecé a decirles que iban a despertarse todos con brujerías en la cabeza, a decir ese tipo de amenazas”, bromea. “Con los años, me fui adueñando más de ser bruja y de que el nombre vaya conmigo”, sentencia.
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No se sacaron ventaja: Rosario Central y River Plate empataron en el Gigante de Arroyito

Central y River no se sacaron ventaja. Foto: Twitter @RiverPlate
En la noche del domingo 1 de febrero de 2026, por la fecha 3 del Torneo Apertura de la Liga Profesional, el Millonario empató 0-0 frente a Rosario Central en el Gigante de Arroyito. Tras los triunfos ante Barracas y Gimnasia, River Plate llegaba con puntaje ideal, pero chocó con un conjunto canalla firme y bien plantado por Jorge Almirón, en un partido que además marcó el esperado regreso de Ángel Di María al fútbol argentino.
Desde el arranque, River intentó manejar la pelota y asumir el protagonismo, apoyado en un Juan Fernando Quintero encendido luego de su gran actuación en la fecha anterior. No obstante, Rosario Central cerró los espacios por los costados y apostó a lastimar de contra con la velocidad de Copetti y Véliz.
Al minuto 36 llegó la chance más clara para el equipo de Núñez y del partido. Tras un tiro de esquina ejecutado por Juan Fernando Quintero, la defensa del Canalla nunca pudo sacar la pelota y tras una serie de rebotes, el balón le llegó a Sebastián Driussi, que aprovechó y la mandó al fondo del arco.
Todo River Plate festejó con furia el gol, sin embargo, desde el VAR avisaron que había un posible offside, y tras algunos minutos de revisión, finalmente avisaron que el delantero se encontraba en posición adelantada antes de anotar y el gol fue anulado.
El trámite fue áspero y entrecortado. La ausencia de Matías Viña, expulsado en la jornada previa, obligó a Gallardo a rearmar la última línea con Lautaro Rivero, quien tuvo dificultades para frenar las proyecciones de un Di María siempre peligroso, aunque cumplió.
En el complemento, el entrenador del Millonario buscó variantes desde el banco con los ingresos de Santiago Lencina y Maximiliano Salas, intentando darle mayor energía al ataque. Sin embargo, River empujó más de lo que logró jugar y le faltó claridad en los metros finales.
Rosario Central también generó peligro: un disparo lejano de Di María exigió una gran intervención de Santiago Beltrán, quien respondió con solvencia y se afianza como titular ante la ausencia de Franco Armani. En los minutos finales, el desgaste y el miedo a perder terminaron imponiéndose sobre las ganas de ganar, sellando un empate que mantiene a River Plate en la pelea, aunque le pone fin a su arranque perfecto en el Torneo Apertura.
Rosario Central,River Plate
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Con incidentes, expulsiones y ambas hinchadas, Peñarol venció a Nacional en la Supercopa Uruguaya

El legendario estadio Centenario albergó este domingo una nueva edición de la Supercopa Uruguaya. Y encima, vino con clásico incluido… De un lado Peñarol, por ser el último campeón del Intermedio, y del otro Nacional, siendo quien conquistó la edición más reciente de la Liga AUF 2025. El ganador, tras haber igualado 0-0 en 120 minutos de juego, fue el Carbonero con un 4-2 en la tanda de penales.
Como pasa en la mayoría de los cruces entre estos dos clubes, la tensión fue realmente alta. No solo por el hecho de que durante el juego hubo una expulsión para cada equipo, sino también porque, al ser una final en estadio neutral, ambas hinchadas se vieron las caras. El recibimiento fue un verdadero espectáculo, sí. Pero al estar estos dos bandos, incidentes no faltaron…
El primer tiempo prácticamente no tuvo grandes ocasiones, el juego estuvo muy trabado, se repartieron algunas patadas y no mucho más… Y en la segunda parte, se les terminó el lujo de contar con 11 jugadores en cancha. A los 51′, Leandro Umpiérrez se fue expulsado por una terrible plancha a Coates. Pero la alegría al Bolso, le duró apenas dos minutos. Sí, a los 53′, Gonzalo Carneiro recibió una segunda amarilla luego de un manotazo en la cara de Eric Remedi.
El siguiente momento destacado ocurrió a los 87′: por incidentes y lanzamientos de bengalas sobre el campo de juego, el partido estuvo detenido durante algunos minutos. Finalmente continuó, la igualdad persistió, siguieron sin sacarse ventaja en el alargue y, efectivamente, se fueron a los penales. El héroe allí, fue el arquero del Aurinegro, Sebastián Britos, quien atajó uno de los lanzamientos de Nacional.
Video: así fue el tremendo recibimiento de ambas hinchadas
El penal que consagró a Peñarol

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