DEPORTE
Taco de José López y gol en contra de Ramos Mingo: Palmeiras puntero

Palmeiras se sostuvo como líder del Brasileirao al derrotar 2 a 1 a Bahia, de visitante, en la previa de su debut en la Copa Libertadores (este miércoles vista a Junior en Barranquilla). Y lo hizo con protagonistas argentinos determinantes en los dos arcos. El primero fue José López, atacante con muchas chances de integrar la lista mundialista de Lionel Scaloni, se lució con un taco muy preciso en la asistencia a Jhon Arias para el 1 a 0.
El segundo, Santiago Ramos Mingo, el zaguero surgido de Boca, consolidado en el Bahia. Tras un córner, la metió en contra en un intento de rechazo y resultó el 2 a 1 del Verdao (Duarte había igualado de cabeza). Una torpeza dentro de un rendimiento general que es bien valorado por la torcida: jugó las 10 fechas del torneo local, sin salir ni un minuto, y con apenas una amonestación.
Mirá la asistencia del Flaco López
El delantero de Palmeiras le dio el pase a Arias, de Palmeiras, ante Bahia. Fuente: Globoesporte.
El ex Lanús sintió el cansancio y en el segundo tiempo fue reemplazado. De todas maneras, más allá del taco, el balance del argentino es muy positivo en Palmeiras: acumula nueve goles y seis asistencias en la temporada, entre el torneo Paulista y el Brasileirao.
Agustín Giay, otro de la última lista de Scaloni, fue titular en Palmeiras: evitó un gol sobre la línea y anuló a Erick Pulga. Lo negativo: lo amonestaron.
El gol en contra de Ramos Mingo
El defensor de Bahia le regaló la victoria a Palmeiras, por el Brasileirao. Fuente: Globoesporte
Homenaje ejemplar
La torcida de Bahia tuvo un recibimiento especial para Everton Ribeiro. El futbolista había sido operado de cáncer el año último y la hinchada le preparó un telón especial.

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Fue el primer socio de Maradona en Argentina, jugó en Racing y San Lorenzo y tiene canción propia: el gesto de Diego que jamás olvidó

La magia sucede. No se puede forzar, ni impostar, ni inventar; sucede. Es un chispazo, un relumbrón. Un rapto de inspiración, dos elementos que se combinan. Cuando Sergio Luna conoció a Diego Maradona, la magia sucedió. Y advirtió que podían hablar en un idioma que todos los futboleros conocen, pero que solo los privilegiados logran llegar a decodificar.
“Apareció en el entrenamiento de la Selección juvenil, en el predio del Sindicato de Empleados de Comercio. En este entonces hacíamos fútbol contra la Mayor, previo al Mundial 78. Jugábamos contra el Tolo Gallego, Ardiles… Me acuerdo que estaba Ricardo Fusani y dijo: ‘Ahí está Diego’. Y él entró como en Boca o en el Napoli, con los botines desatados. Se puso a hacer jueguito y tiró la pelota para arriba. Nosotros nos quedamos admirándolo”, evoca Lunita, aquel enlace que fue el primer socio de Pelusa en el seleccionado, al punto que sus apellidos se pronunciaban en dueto, eran indivisibles.
Sí, en sus primeros palotes con la Albiceleste, antes de Ramón Díaz en el Mundial Sub 20 de 1979, Luna fue el que leyó mejor a aquel Pelusa inasible hasta para el marcador más recio. Los orígenes, la “calle”, fueron algunas de los puntos que lo unieron, además de su pasión por la pelota.
“La afinidad nació en los entrenamientos. Éramos dos jugadores que armábamos para adelante. Con la capacidad que tenía él y un poco la mía, estábamos conectados y sabíamos lo que íbamos a hacer”, explicó el hoy entrenador, de 68 años, en diálogo con Infobae.
Luna tuvo doble mérito para llegar a combinarse con uno de los futbolistas más legendarios que dio la disciplina, porque saltó a la Selección sin el cartel de los clubes más populares.
“Yo vivía en Las parejas, mi viejo fue futbolista semiprofesional, jugaba en Argentino Las Parejas. Y a los 9 años retorné a San Francisco, Córdoba, y ahí empecé la competencia en el baby, a participar torneos juveniles. Tuve la suerte y la conducción de mi papá, que siempre me cuidaba. Un día caí para ir a un baile y me dijo: ‘Vos mañana jugás. O te vas de joda o mañana jugás’. Me llevaba al cine o jugábamos a las cartas, para enfocarme en lo que quería. No garantiza que vayas a llegar, pero es muy importante”, ilustró sus inicios.

En ese camino incipiente apareció César Luis Menotti, luego de algunos tropiezos que lo habían golpeado. “En Sportivo Belgrano jugué un año en Reserva, a los 15 tuve la frustración de probarme en River, quedé, y no me pudieron dar un lugar en la pensión. Mi viejo les dijo: ‘No tengo cómo mandarle el sánguche todos los días’. A los 16 fui a Boca, quedé a finales del 75, Había jugado en Reserva todo el año en Sportivo Belgrano y me mandaron el telegrama para que me presentara en el predio porque había hecho uso de la opción por mi pase; me compró”, detalló su derrotero. Hasta que llegó la chance.
“En el 76 debuté en Primera, se formó la Selección con promesas de los equipos del Interior y fui el único que quedó de ese grupo. Menotti me recomendó para Huracán o Vélez. Y en agosto del 76 vine a Buenos Aires como jugador profesional. Cuando me citaron por primera vez para Argentina, mi papá me abrazó y me dijo: ‘Te recibiste de doctor’”, completó su desembarco botín con botín con Maradona. Tal era el nivel de Luna que en el primer partido como titular de Diego en un seleccionado (en el estadio del Deportivo Chascomús, ante un combinado local), lució la casaca N° 9. Y la 10 quedó para su socio…
-¿En ese momento tomabas consciencia de lo que habías logrado?
-Lo tomaba con naturalidad. Era un orgullo tener la camiseta N°10 y que Diego usara la 9. Me acuerdo de un partido que jugamos en Vélez contra una selección de Rosario: jugamos un partidazo. Era un jugador… ¿Qué vamos a descubrir? Siempre lo caracterizó su humildad. Era hermoso estar con Patón Bauza, Abel Alves, Olarticoechea… Tantos jugadores que tuvieron trascendencia. Tengo todo grabado a fuego y todos acá en el barrio me halagan por las cosas vividas. Estaba cumpliendo mi sueño, era algo por lo que me había esforzado, preparado. Era feliz en esa etapa. Conseguía algo que muy pocos podrían haber logrado desde donde yo salí.
-¿Mantuviste contacto con él a lo largo del tiempo?
-Después que llegó a la notoriedad mandaba tarjetas de fin de año. Me quiso llevar a Argentinos para jugar juntos, no se dio. Conversábamos de fútbol. Cuando terminaba cada torneo, me decía: ‘Sergio, nos vemos en la próxima Selección’. Fui declarado intransferible por Menotti para el exterior para ser tenido en cuenta.
-¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
-Cuando dejé el fútbol, él tenía un sobrino en Estrella de Maldonado y yo dirigía a otro club de baby. Empecé a escuchar a alguien que me decía: “Luna, no seas tan defensivo”. Era él. Después del partido vino y le dijo a mi hijo más chico: “No sabés cómo le pegaba a la pelota tu viejo”. Eso me lo guardo para siempre. En mi casa todos somos maradonianos, es palabra santa.
-¿Cómo era Menotti con ustedes?
-Hablaba lo justo y necesario, se ganaba el respeto con su presencia. Daba las charlas y corregía ciertas cosas. Me acuerdo que a mí nunca me nombraba, y yo decía: “¿Estaré haciendo las cosas bien?“. Entonces un día me acerqué, tomé coraje y le dije: ”Profe César, no me nombró“. “Si no te dije nada es porque estás haciendo las cosas fenómeno. Seguí así”, me respondió. Te generaba una autoestima muy grande. Y nosotros éramos una banda de buenos pibes. Diego era atrevido. Venía con más calle que todos nosotros y eso que yo también venía de un lugar con mucha calle. Todos éramos unidos, nos ayudábamos mutuamente. Cuando concentrábamos, nos alojábamos en el hotel Los Dos Chinos. Y cuando teníamos que ir a la AFA a probarnos los trajes o a cumplir ciertos trámites, el Patón Bauza y Roberto Gáspari eran los que nos guiaban. No existía el egoísmo que hoy puede existir en el fútbol. Compartíamos lo mismo.
-¿Cuáles fueron tus mejores momentos?
-Vine a Vélez, me tocó el servicio militar y perdí continuidad. No lo hice, pero todas las mañanas, tenía que presentarme a las 6 y después retornar al club. Era un esfuerzo muy grande, pero te limitaba. Cuando aparecí en Vélez me fue muy bien. Otro año con el Toto Lorenzo en Racing fui el mejor jugador del torneo en Punta del Este; todavía tengo el trofeo. Otro momento bueno fue cuando vine del León de México a Sarmiento. Y 1983 fue muy bueno, salimos subcampeones con el San Lorenzo del Bambino Veira, los famosos Camboyanos.
-¿Cómo era ese San Lorenzo?
-Era un equipo que atacaba mucho, pero también nos atacaban. Quedamos muy amargados y perdimos por un punto. Teníamos jugadores con muy buen pie. Se generaba mucho fútbol, capaz por eso dejábamos abandonados a los defensores.
-¿Y cuál era la mayor virtud del Bambino Veira?
-El Bambino era muy motivador, te daba mucha confianza, te daba ese respaldo y esa libertad, que no sé si hoy sería bueno darla. Nos fuimos de pretemporada y yo recién me había casado y nos dijo “pueden traer a sus señoras”, nos consiguió el hotel y todo. Llegaba al jugador desde ese punto. A mí me decía: “Sergio, sos una gacela”. O “estás pasando un momento de fábula”. Cosas que te hacían sentir bien.
-¿Y cómo llegaste a Bolivia, donde te convertiste en ídolo?
-A principios del 84 me llaman López y Cavallero para ir a Deportivo Español y les dije que no. En el 85 vienen ellos a San Lorenzo y, como me querían en Español, pensé que iba a tener lugar, pero me dijeron que no iba a ser prioridad. Y en un entrenamiento en la Ciudad Deportiva aparecieron dos personas: eran el presidente y el entrenador de Jorge Wilstermann. Me dijeron: ‘Luna, queremos hablar con usted, lo queremos llevar’. Les dije un número para que me desecharan y, por el contrario, me lo dieron. Y pagaron el préstamo. Como tenía buena relación con el presidente (Fernando) Miele, me acompañó a firmar a Bolivia, hasta revisó mi contrato. Mi señora recién había tenido familia de Damián (Luna, su hijo, ex delantero de San Lorenzo e Independiente). Entonces, le dijo que esperara a cobrar la prima para ir, pero, apenas se hizo el pago, llegó mi familia también allá. Me instalé, al principio fue duro, porque la vida es distinta. Me fue bien, salimos campeones, estaban el Negro Quinteros y Alfredo Almada, wing de Quilmes. Al otro año retorné, como tenía que firmar el 20%, me dieron la libertad y fui otro año más. De ahí fui a Litoral de La Paz, me vio The Strongest y me mudé. Fueron los mejores años de mi vida.

-¿Por qué?
-Considero que, cuando fui a Bolivia, hice el clic. Tenía esposa, hijo, empezás a ver la vida de otra manera, y a mis cualidades le agregué entrega, garra; pude identificarme con la gente y me fue muy bien.
-¿Creés que si hubieras hecho antes ese clic tu carrera hubiera sido distinta?
-No me quejo, pero de haber hecho el clic antes, me hubiera ido mejor. Disfruté del recorrido, pero quizá hubiera sido distinto. Me faltaba entender que no solamente era meter un pase, una asistencia, y antes no se veía tanto eso, como ahora que te las cuentan todas a las asistencias. Hacías una buena jugada y te tildaban de discontinuo. Hoy hacés una jugada por partido y sos distinto. Y por ahí me faltó alguien que me exigiera más. Yo no reniego de mi papá, todo lo contrario, pero para él siempre jugaba bien. Capaz necesitaba ese reto. Me di cuenta con mi hijo Damián.
-¿Lo exigiste mucho?
-A Damián le exigí más, sobre todo cuando estaba en San Lornzo, que lo dirigí en Inferiores. Sabía de sus cualidades y condiciones, tenía más condiciones que yo. Pero esa lesión que tuvo en la rodilla lo condicionó. Aún hoy, como padre, pienso que si a Damián no le hubiera pasado eso… Vos pensá que a los 17 años le decían “el pibe maravilla”. Cuando ganó la Sudamericana, todos hablaban de Damián, decían que valía 10 millones de dólares. Eso te va generando el deseo de que pudiera cumplir eso. Aún me duele como papá. Ha sido un excelente jugador, pero sobre todo es una gran persona. No contó con esa dosis de suerte.
-¿Cuánto incide la suerte en la carrera de un futbolista?
-Incide la suerte, hay muchas circunstancias, como que las cosas se den en el momento justo. Por ejemplo, que cuando yo estaba se formara una Selección Sub 18, que mandaran a pedir en todo el país a los mejores chicos de esa edad. Tiene que ver con el gusto, que busquen al buen jugador o la fortaleza, que sean rudos o temperamentales. Son factores que están. No se puede programar nada, pero con Damián tuve la gran alegría de verlo jugar, y también sufrimos el acompañamiento de ciertas frustraciones, porque estaba marcado para un camino distinto.
Bolivia, su segundo hogar
Luna jugó casi diez años en Bolivia. En The Strongest permaneció cinco y se ganó el estatus de leyenda. Obtuvo dos títulos, pero además logró condecoraciones que no entran en una vitrina. “Me hicieron un libro en Bolivia con la historia de mi vida, tengo una canción, y soy el único jugador que se paró arriba de la pelota en un clásico. Era algo natural, veníamos mal ese año, Bolívar siempre era un hueso duro de roer, le ganamos 3-1, me paré arriba de la pelota e hice visera. Y los hinchas me hicieron un trapo enorme conmigo parado arriba de la pelota. Recibo el cariño de The Strongest y de otros clubes. No sé si habrá sido bueno o malo como jugador, pero siempre traté de ser noble”, explica.

“Sergio Oscar Luna, tus goles son la cura, hay cuentos que perduran, de la cuna hasta la tumba”, reza la canción “A Sergio Oscar Luna”, de Marraketa blindada, un rap que lo emocionó. “Nunca imaginé tener una canción, pasó a ser un himno familiar”, comentó con la voz quebrada el día de su presentación.
“Cuando terminaba de jugar, mi señora a veces se fastidiaba porque yo me quedaba mucho tiempo a firmar autógrafos o a sacarme una foto. Y yo le decía a mi señora: ‘Si soy algo o alguien es gracias a esa gente’. Esas actitudes hacen que me tengan presente, que me valoren más como persona que como jugador. Y es lo mejor que podés dejar en la vida.
-¿De Diego te pudiste despedir?
-Quise verlo cuando estaba en Gimnasia y no me dejaron llegar. Me quedé con las ganas. No pude ir al velorio. Mis hijos y mi señora, todos fueron. Yo no pude, lo lloré mucho, no entendía que estuviera muerto.
-¿Cómo te enteraste de su muerte?
-No lo podía entender. Llegamos a casa con mi esposa y encontramos a Damián que estaba llorando. Y me dijo: “Murió Diego”. Fue como que se fuera alguien de mi familia. Hay mucha gente joven que no lo conoció, no vivió su etapa y no tiene la mejor referencia de él porque siempre se agarran de otras cosas, como la droga. Pero él estaba comprometido no solo a nivel futbolístico, sino también en lo social. Yo hoy no veo a los jugadores de la Selección comprometidos así. Uno se va fortaleciendo cuando conocés a tus raíces. Cuando las desconocés, te desviás del camino. Toda mi vida traté de mantener mis orígenes, porque todos formamos parte de una familia grande y el futbolista es un privilegiado, y desde ese rol tenés que hacerte escuchar. Hoy no veo eso.


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Con doblete de Galván y la vuelta al gol de Colidio, River Plate goleó 3-0 a Belgrano en el Monumental

Galván anotó doblete en la goleada de River. Foto: Twitter @RiverPlate
El Millonario sigue en racha desde la llegada del Chacho. Este domingo 5 de abril, en el Estadio Monumental, por la fecha 13 del Torneo Apertura de la Liga Profesional, River Plate de Eduardo Coudet derrotó 3-0 a Belgrano de Ricardo Zielinski.
Desde el inicio, el equipo dirigido por Eduardo Coudet tomó las riendas del encuentro. Con control del balón, movilidad y una presión elevada, River llevó a Belgrano a su propio terreno y empezó a crear oportunidades claras, aunque el primer gol tardó en llegar.
La defensa del conjunto cordobés se rompió a los 35 minutos de la primera parte, cuando Galván se encontró un rebote en el área luego de que Sebastián Driussi no pudiera vencer en el mano a mano a Cardozo. La pelota quedó suelta y, con el arco vacío, el mediocampista solo tuvo que empujarla para poner el 1-0 para el Millonario.
En la segunda mitad, River continuó con la ofensiva y no dejó que Belgrano respirara. Este dominio se tradujo nuevamente en el marcador apenas a los 13 minutos, cuando Facundo Colidio recibió un buen centro de Galván y, de cabeza, venció´a Cardozo para poner el 2-0.
Con el partido prácticamente decidido, el Millonario siguió buscando aumentar la diferencia ante un oponente que ya no sabía cómo responder. Así, a los 37 minutos, Aníbal Moreno dejó a Tomás Galván mano a mano con Cardozo y, con un remate al segundo palo, el mediocampista puso el 3-0.
Los últimos minutos fueron irrelevantes. River controló el balón al ritmo de los “oles” de su afición, mientras que Belgrano intentó simplemente resistir ante el dominio de su rival.
El pitazo final ratificó una victoria clara y contundente. River Plate demostró ser superior de principio a fin, mostrando efectividad en los momentos decisivos y continua su ascenso en el torneo. Por su parte, Belgrano se vio superado por un adversario que fue mejor en todas las líneas.
Con esta actuación, River Plate no solo se llevó tres puntos para quedar como escolta de Independiente Rivadavia en la Zona B del Torneo Apertura, sino que funciona como envión anímico para la Copa Sudamericana.
River Plate,Belgrano,Torneo Apertura
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A 40 años de la tarde inolvidable del Beto Alonso en la Bombonera: quién se llevó la pelota naranja y la promesa de la vuelta olímpica

El profesor Menghi era extraordinario. Tenía a su cargo la cátedra de Literatura en 4° y 5° año. Siempre con un impecable traje oscuro y su pelo afirmado al cráneo por la gomina, destilaba una imagen de severidad, que se deshacía tan pronto como comenzaba su clase. Gracias a su conocimiento, viajamos hacia los escritores clásicos de nuestro idioma, germinando en mí, y en algunos compañeros más de aquella inolvidable camada del colegio Don Bosco de Congreso, una necesidad de querer conocer un poco más. También nos deleitaba con el origen de los dichos populares y las palabras. Recuerdo que en una ocasión, nos habló específicamente de predestinado. Para motivarnos, nos dijo que todos podíamos estarlo, solo había que tener fe. “Confíen siempre en un predestinado”. Y creo que eso fue el Beto Alonso. Desde sus inicios hasta el majestuoso epílogo de su carrera, plagada de éxitos y jornadas rutilantes, como aquella del 6 de abril de 1986 en la Bombonera.
La tarde de la pelota naranja. Ese Superclásico lleno de condimentos. El de la vuelta olímpica de River y los goles del Beto. Aquel festejo memorable, de cara a sus hinchas, con la camiseta de la banda estrujada entre sus manos, mientras su mirada pletórica se perdía en la de los miles de hinchas millonarios que deliraban en la popular visitante. En ese territorio enemigo, donde los triunfos se disfrutan un poco más, en tiempos donde a nadie se le pasaba por la cabeza que los visitantes no podían concurrir a los estadios.
La predestinación de Alonso. La que llegó con él, desde el debut en primera, en la lejanía de agosto del ‘71 en la cancha de Atlanta. Prontamente, el refinado paladar del hincha de River lo adoptó como símbolo, aunque su documento denunciaba que apenas había alcanzado la mayoría de edad. El gol a Santoro en el ‘72, el mismo que no había podido convertir Pelé en México ‘70. La tarde de los dos tantos salvadores frente a San Lorenzo en el ‘75, cuando el que parecía un fácil tránsito rumbo al título se había complicado, pero que su magia despejó para que el pueblo riverplatense ahuyentara los 18 años malditos sin títulos.

El pase al Olympique de Marsella, luego de una más de sus eternas polémicas con los dirigentes. El pronto regreso, apenas un año después, para romperla y ser convocados para el Mundial ‘78. El tricampeonato entre el ‘79 y el ‘80. La despedida a fines del ‘81, luego de la pelea con Di Stéfano. El paso por Vélez, hasta la vuelta, cual hijo pródigo, en el ‘84. Y de pronto, llegó esa tarde de abril, como antesala de todo lo que se viviría en el inolvidable ‘86 cruzado por la banda roja.
En la semana, el tema dominante era saber si River daría la vuelta olímpica en la cancha de Boca, como había trascendido desde Núñez, para festejar el título obtenido un mes antes y con varias fechas de anticipación. El tema tomó mucha trascendencia y llegó hasta los despachos oficiales, al punto que el Ministerio del Interior sugirió que no se realizara por una cuestión de seguridad. El propio Norberto Alonso contó que la noche anterior al partido se juntaron en una habitación de la concentración del estadio Monumental y él dijo: “Me van a sacar muerto, pero voy a dar la vuelta olímpica. Y eso hicimos, porque éramos los campeones y nunca me voy a arrepentir”.

Boca lo esperaba con una muy buena racha de 12 fechas sin perder. Luego de un interesante inicio de ese torneo de la temporada 1985/86, varias derrotas sucesivas terminaron con el ciclo de Alfredo Di Stéfano, quedando en su lugar, primero de manera interina y luego oficial, Mario Zanabria, quien dirigía la reserva. Marito le dio otra fisonomía al equipo, que se enriqueció con la llegada de varios refuerzos en el receso de fin de año, como lo fueron Jorge Higuaín, Milton Melgar y Jorge Rinaldi.
El partido de ida, disputado en el Monumental el 27 de octubre quedó en el recuerdo por varios motivos. El golazo de Alejandro Montenegro, ese lateral izquierdo, esforzado y potente, pero de poco contacto con la red adversaria, que la clavó para la posteridad en el ángulo del Loco Gatti. La artera y descalificadora patada de Roberto Passucci sobre Oscar Ruggeri, queriendo dirimir viejos rencores de un pasado cercano (habían sido compañeros en Boca hasta el año anterior) y la inmensa cantidad de papelitos que alfombraron el césped.

Esta situación hizo que se tomara una medida innovadora: Adidas preparó una pelota de color naranja, para que puedan distinguirse las líneas, si volvía a suceder lo que había acontecido unos meses atrás. ¿Se utilizó todo el partido? La respuesta es no. En las imágenes que han sobrevivido, de bastante buena calidad, porque Fútbol de Primera ya llevaba 8 meses al aire, se puede observar que los jugadores la patean en el calentamiento previo (Gatti uno de ellos), e incluso River posó para los fotógrafos con ella. Sin embargo, cuando Francisco Lamolina dio el pitazo inicial, la que rodó fue la tradicional Tango blanca y negra.
Al promediar el primer tiempo, hubo un córner para River. Roque Alfaro fue a tomarlo, tratando de esquivar los proyectiles que le caían desde la popular local. Acomodó el balón y justo le acercaron el otro modelo, el famoso naranja. Entonces lo cambió y con ese remató el tiro de esquina. Un rato más tarde, sería protagonista de la emblemática jugada de esa tarde, como lo recordó en diálogo con Infobae: “Yo era el encargado de la pelota parada y cada vez que iba a patear cerca de los palcos era una locura. Hasta una gallina me arrojaron (risas). Tuve la suerte de participar en el legendario gol de la pelota naranja, porque tiré el centro pasado, no llegó el Loco Gatti y por atrás apareció, para meter un cabezazo, el Beto Alonso, que es el ídolo futbolístico máximo que tiene River Plate hasta el día de hoy”.

Allí estaba el predestinado. El intocable. El mismo que, al promediar la primera rueda de ese torneo, se lesionó y cuando estuvo en condiciones de regresar, tuvo que aguardar en el banco de suplentes, porque Claudio Morresi, su reemplazante, la estaba rompiendo. Esperó pacientemente. Y ahora era su momento. Los relojes marcaban 31 minutos del primer tiempo y el centro pasado de Roque Alfaro describió una parábola perfecta en el aire. El Loco Gatti salió sin mucha convicción, en esa maniobra que para los arqueros es fatal, porque ya no se puede volver atrás. Y esa camiseta número 10 que se elevó entre él e Higuaín, para cabecear, con los ojos bien abiertos, rumbo a la red y a la leyenda, la pelota naranja.
Y entonces la carrera alborozada, imparable, besándose la camiseta, con la pureza del hincha, con esa esencia riverplatense que le brotaba por los poros a cada instante. Luego la sonrisa, los puños apretados, el abrazo de sus compañeros y el canto. La más maravillosa música que caía como bálsamo para sus oídos, desde la tribuna de River, en esa sana costumbre que iba a camino a cumplir 15 años: “Aloooooonso, Alooooonso”.
Matías Patanián es un hombre muy identificado con River. Fue su vicepresidente, pero sobre todo, uno de los más fanáticos seguidores del Beto Alonso. Es palabra autorizada para evocar los hechos de aquella tarde: “Es un recuerdo único y que está entre los cinco más importantes de la historia del club en los últimos 50 años. Tengo muy presente lo que pasó en la semana en la previa, con el Ministro del Interior, Antonio Tróccoli, pidiéndole a River que no de la vuelta olímpica. No fui a la cancha y lo escuché por radio, con un inolvidable relato de Víctor Hugo: ‘Dígame usted, hincha de River, si en el año 2000 le preguntan qué pasó el 6 de abril del ‘86 y usted va a contestar de corrido que River campeón dio la vuelta olímpica en la cancha de Boca y el Beto Alonso hizo el primer gol con la pelota naranja’”.
Todo el resto de ese primer tiempo se disputó con la ya famosa pelota. Pero cuando Francisco Lamolina hizo sonar su silbato para comenzar el complemento, ella ya no estaba, siendo reemplazada por la tradicional. El árbitro la guardó en su vestuario y la tuvo en su poder durante varios años, hasta que la donó al Museo River Plate, donde ahora descansa en una merecida vitrina para ser adorada como un objeto único. Boca se fue al ataque, teniendo mayor posesión y acorralando a su rival, que se sostenía en las atajadas de Pumpido y la solvencia de Oscar Ruggeri, que también tuvo un partido aparte, porque era la primera vez que se enfrentaba a su ex equipo en la Bombonera.

Morresi se perdió el segundo en una contra, cuando definió cruzado, pero la capacidad de Gatti le dijo no. El cuadro local manejó la pelota y tuvo varias situaciones a través de tridente Melgar – Rinaldi – Tapia, para abastecer a Graciani, en un anticipo de los tiempos por venir en la era Menotti. Un tremendo remate del Vasco Olarticoechea fue devuelto por el travesaño al tiempo que el Bambino Veira recibió un proyectil desde los palcos, que le abrió una herida arriba de su ojo izquierdo.
A falta de cinco minutos, River sacó una contra que terminó en una infracción contra Claudio Morresi al borde del área. El predestinado la colocó con parsimonia, degustando el momento, como si supiese lo que estaba por suceder. Su remate se desvió en las manos de Roberto Passucci, que formaba parte de la barrera, y se metió suavemente en el arco, para decretar el 2-0 y ese festejo, de cara a su gente, que ya es un póster eterno.
“Si hacía falta algo para que el Beto esté en el podio de las tres leyendas más grandes de la historia de River -explica Patanián- era lo de aquella tarde en la cancha de Boca. Él participó en romper la racha de los 18 años sin títulos en el ‘75, fue campeón del mundo con la selección en el ‘78, siendo preponderante en el partido debut frente a Hungría. Debió tener más minutos en ese Mundial, donde él mismo declaró que se sentía el mejor de todos. Fue protagonista de ese día, de la primera Libertadores y de ser campeón del mundo. Por eso la historia le tendrá siempre guardado al Beto Alonso un lugar de leyenda máxima”
Alonso dio una de sus más recordadas cátedras. Como las que nos regalaba el profesor Menghi. En ninguna de sus clases se habló del Beto, pero por la poesía de su juego, bien lo merecía. Como un verdadero predestinado.
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