INTERNACIONAL
Eduardo Halfon tras su historia de falsos nazis: “Se puede vivir sin patria, hay un vacío, pero te motiva”

No era fácil lo que Eduardo Halfon tenía para contar, no era lindo, no era edificante y, tal vez, incluso le daba un poco de miedo. Pero lo contó, lo contó casi casi casi como pasó, lo hizo en un libro al que llamó Tarántula, con el que ganó uno de los premios más prestigiosos del mundo, el Médicis.

Tarántula
Audiolibro
Para decirlo brevemente: en el libro él tenía trece años, había nacido en Guatemala pero vivía en los Estados Unidos, hablaba un castellano castigado por esa migración y los padres lo mandaron a un campamento de chicos judíos. Para que sea un judío guatemalteco, le dicen al protagonista, que se llama -ejem- Eduardo. Y en el campamento pasan cosas.
Lo que pasa -estrictamente no es un spoiler, es lo que se sabe que va a pasar, pero si preferís no saberlo, ESTE ES EL MOMENTO DE ABANDONAR ESTA NOTA-, lo que pasa es que los primeros días todo son juegos y esas cosas de campamentos y una noche todo cambia de repente.

“Nos despertaron a gritos. Estábamos boca arriba en nuestros catres, dentro de la enorme carpa verde. Ninguno de los doce se atrevía a decir algo. Ninguno osaba moverse en su saco de dormir. Volví la cabeza hacia el catre de al lado. En la luz opaca de la madrugada encontré el rostro de mi hermano observándome de vuelta, preguntándome con la mirada qué estaba pasando allá fuera, qué significaban tantos gritos”.
Y los que gritan, eso es lo siniestro, no son unos enemigos llegados de afuera, no son extraterrestres. Son nazis o parecen nazis. Pero son los mismos instructores que ayer jugaban a la pelota, el mismo Samuel Blum que los cuidaba, “nuestro amigo y protector incondicional, pero ahora uniformado de negro y con un garrote en la mano y lanzando alaridos y órdenes que ningún niño ahí entendía”.
Se trata -pero ellos no lo saben- de un simulacro. Que sientan, que sientan el miedo de un campo de concentración. Que sientan el rigor.
Eso -una experiencia real- cuenta Halfon en Tarántula. El protagonista se muere de miedo pero termina en medio de la selva dialogando con unos guerrilleros indígenas que lo miran raro, le recorren el cuerpo con un machete y le preguntan si él es de los malos. Y, años más,tarde, cuando ya es adulto y es escritor, confrontando con Samuel Blum, que tendrá mucho que decir sobre la experiencia.

Hablamos de esto en Buenos Aires, ahora que Halfon vino a presentarse en la Feria del Libro, donde conversó con la periodista Hinde Pomeraniec. Ahora que vive en Berlín, el lugar donde estuvieron los nazis de verdad. Hablamos después de que él tuviera una reunión con jóvenes influencers del libro, que lo mimaron, le preguntaron, se sacaron fotos, le pidieron charlas. Está contento y así arrancamos.
-¿No sentiste que estabas contando algo que no hay que contar, un secreto?
-Siempre siento eso, ¿no? En Duelo lo sentí con la historia de Salomón, el hermano de mi padre, que era una historia prohibida. En Monasterio lo sentí con la boda de mi hermana. En El boxeador polaco con la historia de mi abuelo. En este caso, sentía que iba a haber muchos judíos a quienes no les iba a gustar que yo contara esto. Pero ¿sabes la reacción que he recibido de algunos judíos a quienes no les gustó? Lo que no les gustó es que contara de Bitajón, los grupos encargados de Seguridad en las comunidades. Como que revelara su secreto. Eso no gusta. Y cuando investigué no encontré casi nada.
-Hay dos momentos importantes, más allá de esa noche. La charla con los guerrilleros indígenas y la charla posterior con Samuel. ¿Estás hablando de dos costados de tu identidad?
-Siento que es una manera de acercarme a las dos partes de la identidad de las cuales más huyo. O sea, yo sigo fuera de Guatemala. Me alejan la inseguridad, la violencia, la pobreza. Es un país que me atrae y me expulsa al mismo tiempo. Es una cosa muy extraña, pero lo mismo te puedo decir del judaísmo. Yo me fui del judaísmo.

-¿Qué quiere decir que te fuiste del judaísmo?
-Me alejé. Me fui. Renuncié. No sé qué verbo usar, pero desde la adolescencia, después del bar-mitzvah empecé a alejarme. Le dije a mi familia que yo ya no iba a ir a ningún evento judío, que renunciaba a ser un judío practicante. Mi madre lloró dos años. Mi abuelo no entendía: imagínate decirle eso a un sobreviviente del Holocausto. No fue sino hasta que entré a la literatura, hasta que empecé a escribir, que empecé a buscar mi camino de vuelta hacia estos dos grandes temas, pero a buscarlo a través de la escritura, a través de historias. No el judaísmo como práctica y no el país de Guatemala para vivir, sino el judaísmo y Guatemala de mi memoria, de mi infancia.
-Es la materia prima de la que estás hecho, quieras o no.
-Estoy hecho de eso, estoy hecho de eso. Estoy construido sobre esas dos grandes columnas que yo sentía, por alguna razón, que tenía que destruir para volver a construir.
-¿Y cómo te fue con eso?
-Estoy en ello. Ahí sigo. Obviamente, no logro salir de eso porque sigo escribiendo sobre ello y sigo fuera de Guatemala.
-Te fuiste muy chico.
-Me fui a los diez años. Pero incluso antes de eso: ser judío en un país católico. Yo creo que los judíos argentinos no me pueden entender, porque son muchos. Yo no tenía amigos judíos, no había casi un posible noviazgo judío. Nada, nada. Todos mis amigos tenían casas católicas, celebraciones católicas, Primera Comunión.

-¿Y era importante la religión?
-Era súper importante para ellos. Todo giraba alrededor del catolicismo. ¿Y por qué en mi casa no? ¿Y por qué en Navidad no? No tenía aliados. Entonces en Guatemala existía Macabi. Era el único lugar donde los judíos nos juntábamos los sábados.
-Igual eran pocos.
-Poquísimos. Imagínate, cien familias, cien familias en todo el país. Eso sí, tres sinagogas.
-La otra charla importante es la que tenés con Samuel en Berlín.
-Para mí era importante que él hablara en el libro. Darle el micrófono y decir: “Bueno, explícate”. Y él me explica como lo haría un militar.
-Él tiene sus motivos. Mucha gente estaría de acuerdo.
-En teoría, usar elt teatro, usar la dramatización, la actuación con fines didácticos es válido. Lo que pasa es que se le fue la mano, ¿no? O sea, llevaron al extremo la idea de sentir que sucede en uncampo.
-¿Vos estabas realmente asustado?
-Absolutamente. Recuerdo las diferentes reacciones de los niños. Hubo algunos, como yo, que obedecimos inmediatamente por el miedo. Mi reacción fue agachar la cabeza y hacer todo lo que me decían que hiciera. Pero hubo niños que empezaron a pelear. Duro. Y entonces se dieron algunas trompadas con los monitores. Pero me impresionó como algunos reaccionaban con fuerza y otros con obediencia.
-Un poco de eso se trataba, creo. De pensar qué hubieras hecho en ese lugar.
-Creo que parte de ellos quería instigar a la rebelión. Y también ver qué pasta tenía cada uno.
-Cómo es eso de vivir en Alemania? Finalmente…
-Dicen que somos como 6.000, 8000. Nuevos. De los viejos ya no hay. Llegan israelíes que se van a vivir a la tierra de sus abuelos.
-Yo estuve en Frankfurt, en Berlín, todo bien. Y el día en que me subí a un tren… me dio algo. ¿Vos, que pensás en la identidad, cómo te sentís?
-Dos cosas importantes: Yo soy un huraño, un ermitaño. Vivo en las afueras de Berlín, cerca del bosque donde Hitler anunció su solución final. La conferencia de Wannsee fue a un kilómetro de casa. Un bosque precioso. Pero no me junto con gente, no tengo amigos. No hablo el idioma, no hablo alemán. Llevamos cinco años allá.
-¿Y cómo vivís?
-En inglés
-¿Y por qué vivís ahí, otra vez como afuera?
-El primer año fue por una beca y luego cada año decidimos quedarnos un año más y un año más. Es el colegio de mi hijo, que es muy bueno. Y porque encontramos esta casita en un bosque.
-Es como una continuidad del desarraigo. Tu abuelo cayó en Guatemala de casualidad, se fueron a Miami, vos te vas a Alemania pero no a quedarte… y escribís sobre la identidad…
-Tengo el privilegio de poder decidir quedarme en Berlín, donde a mi hijo lo están llevando todas las semanas a la ópera y a la sinfónica y a los parques. Y en Guatemala están sus abuelos, ahí están sus tíos. Entonces vamos todos los veranos y el niño se la pasa bomba. Pero ¿sabes qué pasa? Que ahora le estoy heredando a mi hijo esta misma forma de vivir. Desarraigados, sin una tierra propia. Mi hijo ha vivido en cuatro países en ocho años. Habla cuatro idiomas.
-¿Y se puede vivir sin patria?
-Se puede. Hay un vacío, porque lo hay. Pero ese vacío también te motiva a otras cosas, te mueve a buscar otras cosas, a vivir de otra manera, a ser un extranjero permanente.
-¿Y cómo es ser un extranjero permante?
-Es vivir desde afuera, ver desde afuera. ¿Yo creo que para escribir también es importante esa distancia, ¿no?
*Eduardo Halfon terminará sus presentaciones en la Argentina este martes 6 con una conversación con Julián Gorodischer en el marco de la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF. Maipú 71. Actividad organizada por Fundación Medifé.
Eduardo Halfon Tenenbaum (Ciudad de Guatemala, 1971) es un escritor y profesor guatemalteco cuya obra explora temas de identidad, memoria y desplazamiento.
♦ Nacido en una familia de origen judío polaco y árabe, emigró a Estados Unidos a los diez años. Este traslado marcó profundamente su literatura, centrada en la búsqueda de raíces y comprensión de la identidad.
♦ Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Estatal de Carolina del Norte y posteriormente enseñó literatura en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala durante ocho años.
♦ Su carrera literaria comenzó en 2003 con Esto no es una pipa, Saturno.
♦ Ha publicado alrededor de veinte obras, incluyendo El boxeador polaco.
♦ Sus libros han sido traducidos a múltiples idiomas, como inglés, francés, alemán, portugués, japonés, croata y noruego.
♦ Reconocido en 2007 como uno de los 39 mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá.
♦ Ha recibido diversos premios, entre ellos la beca Guggenheim (2011), el Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana en Francia (2015), el Premio Nacional de Literatura de Guatemala (2018) y el premio Médicis en Francia por su novela Tarántula.
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La verdadera historia detrás de la “mandíbula Habsburgo”: política, poder y deformidad genética

Durante siglos, la imponente familia Habsburgo marcó el pulso de Europa. Entre el siglo XIII y el siglo XIX, ostentaron el poder como reyes de Alemania, archiduques de Austria y, desde el siglo XV, como emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, además de gobernar la monarquía española entre 1516 y 1700.
A la par, una singularidad física —la prominente “mandíbula Habsburgo”— se instaló en la historia, consecuencia directa de una política familiar donde los matrimonios entre parientes consolidaron el poder, pero también sellaron el destino biológico de la dinastía.
De acuerdo con Smithsonian Magazine, la malformación se relacionó con la estrategia de los Habsburgo de mantener el poder a través de matrimonios entre familiares directos. Las alianzas familiares incluyeron enlaces entre primos y tíos con sobrinas.
Los encargados de retratar a la dinastía no lograron ocultar el prognatismo mandibular. Algunos miembros, como Carlos II de España, experimentaron dificultades al comer o articular palabras. Charles V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, fue descrito en 1517 como “de rostro alargado y boca ladeada”.

De acuerdo con especialistas, citados por History Extra, los Habsburgo llevaron la práctica de la consanguinidad más lejos que otras casas reales europeas.
Según el historiador Martyn Rady, los matrimonios endogámicos favorecieron alianzas políticas y militares, pero generaron consecuencias biológicas severas. Solamente dos de los once matrimonios reales españoles entre 1516 y 1700 se efectuaron fuera del círculo familiar. La continuidad de estos enlaces provocó problemas de salud física y mental, así como deformidades.
Investigaciones recientes analizaron decenas de retratos y confirmaron una relación directa entre el grado de parentesco de los progenitores y la gravedad de las alteraciones maxilofaciales. El estudio de 2019, dirigido por el profesor Román Vilas de la Universidad de Santiago de Compostela, detalló que a mayor índice de consanguinidad, más pronunciada la deformidad mandibular.

El “coeficiente de consanguinidad” alcanzó valores extremos en Carlos II de España, con un índice de 0,254, cifra diez veces superior a la considerada elevada en hijos de primos hermanos.
El emperador Maximiliano I, su hija Margarita de Austria, Carlos I de España y Carlos II figuran como los casos más notorios de la mandíbula Habsburgo.
En ese sentido, Carlos II, apodado “El Hechizado”, padeció epilepsia, trastornos físicos y severa incapacidad para masticar debido a la malformación ósea. Su autopsia evidenció deterioro corporal extremo: corazón diminuto, pulmones dañados y cráneo con exceso de líquido.
En algunos registros, un enviado británico observó cómo Carlos II ingería alimentos “tragando todo entero”, ya que sus dientes no se encontraban alineados. Los trastornos digestivos y una lengua grande dificultaron la comunicación verbal. Su árbol genealógico ejemplifica el impacto acumulativo de generaciones de endogamia: la abuela materna también era su tía, y su madre resultó ser sobrina de su padre.

El final de la dinastía Habsburgo española se selló con la muerte de Carlos II en 1700, sin descendencia. Este deceso desencadenó una guerra de sucesión en Europa. De acuerdo con Martyn Rady, el linaje austríaco intentó heredar el trono español, pero la corona finalmente pasó a la casa francesa de los Borbones.
Marie Antoinette, hija de la emperatriz María Teresa y del emperador Francisco I, formó parte del linaje, aunque solo manifestó una pequeña alteración en el labio inferior. Las generaciones actuales de la familia Habsburgo continúan existiendo, pero la característica mandíbula desapareció como consecuencia de cambios en las prácticas matrimoniales.
Hoy, la historia de la mandíbula Habsburgo es símbolo de los riesgos biológicos de la consanguinidad, además de un recordatorio del costo humano de la política dinástica.
Habsburgo, consanguinidad y genética constituyen tres conceptos unidos en la crónica de una familia cuya ambición definió la política continental, pero cuyo legado se vio marcado por una clara señal biológica: la mandíbula de su linaje real.
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La vida oculta de Michelangelo: del niño huérfano fascinado por el mármol al genio del Renacimiento

Michelangelo Buonarroti llegó al mundo el 6 de marzo de 1475 en Caprese, un pequeño pueblo cercano a Florencia que entonces hervía de ideas, tensiones políticas y ambición artística. Sin saberlo, aquel niño se convertiría en una de las figuras más influyentes del Renacimiento y en un creador capaz de redefinir para siempre la escultura, la pintura y la arquitectura.
Cinco siglos después, su nombre sigue asociado a obras que desafían el paso del tiempo y continúan asombrando por su fuerza y perfección. Falleció en Roma el 18 de febrero de 1564, cuando su leyenda ya estaba grabada en la historia del arte.
Su infancia estuvo marcada por la pérdida: Michelangelo tenía apenas seis años cuando murió su madre. Parte de su crianza transcurrió en Settignano, un pueblo de canteras de mármol donde el martillo y el cincel eran sonidos cotidianos. Allí, rodeado de piedra, aprendió a observar cómo la materia bruta se transformaba en forma y símbolo.
Años más tarde afirmaría que había absorbido el amor por el mármol casi como una herencia temprana, forjando desde niño una relación íntima con el material que consagraría su genio.
A los 13 años, ya instalado en Florencia, ingresó como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandaio, uno de los pintores más prestigiosos de la época. La ciudad era el epicentro cultural del Renacimiento y un imán para artistas, pensadores y mecenas poderosos.
En ese entorno vibrante, Michelangelo no solo aprendió las técnicas del dibujo y la pintura, sino que también accedió a círculos intelectuales decisivos que marcarían el rumbo de una carrera destinada a cambiar la historia del arte, según reconstruye History Extra.

A los 15 años, la familia Medici seleccionó a Michelangelo para asistir a su academia. Lorenzo de’ Medici, llamado “el Magnífico”, se convirtió en su principal mecenas. Allí, el joven artista tuvo acceso a valiosas colecciones y conoció a pensadores y humanistas que enriquecieron su aprendizaje.
Según declaraciones de la historiadora Catherine Fletcher, este vínculo con los Medici resultó determinante tanto en su formación artística como en los desafíos políticos de su vida.
Paralelamente a su acercamiento a la filosofía y las humanidades, Michelangelo comenzó a esculpir mármol y produjo sus primeras obras significativas. Tras la muerte de Lorenzo en 1492, el artista se trasladó temporalmente a otras ciudades italianas, entre ellas Venecia y Bolonia, antes de establecerse en Roma en 1496.

Ya instalado en la capital, recibió el encargo de esculpir una estatua de Baco para un cardenal y poco después completó la célebre Pietà antes de cumplir los 25 años. De acuerdo con History Extra, este trabajo consolidó su fama, aunque debió firmarlo personalmente tras escuchar que otros atribuían la obra a diferentes escultores.
Regresó a Florencia a finales de 1499 como un artista reconocido. Se le asignó la tarea de culminar un proyecto largamente postergado: esculpir un monumental David en un bloque de mármol abandonado durante décadas. Michelangelo dedicó años a este encargo, que marcó un hito técnico y artístico por la escala y la precisión que imprimió al material.
El David, completado en 1504, se instaló en la plaza principal de Florencia. Simbolizó la libertad y la resistencia de la ciudad frente a poderes tiránicos.

De acuerdo con Fletcher, la estatua también reflejó una crítica hacia los Medici y sirvió de inspiración para otros movimientos republicanos en Europa. El sentido de libertad que transmitió el David trascendió lo artístico y se volvió una manifestación política.
En la misma época, Leonardo da Vinci integró el comité encargado de definir el lugar para el David, lo que intensificó la rivalidad entre ambos artistas. Si bien compartieron espacios y contrincaron por el reconocimiento, sus carreras se desarrollaron de modo paralelo y su legado se alimentó del intercambio constante de ideas.
Con el éxito de David, Michelangelo recibió encargos de mayor envergadura. Según History Extra, el papa Julio II lo citó en Roma para que diseñara su tumba, proyecto que se extendió durante cuarenta años.

En medio de estos trabajos, le encomendaron pintar el techo de la Capilla Sixtina entre 1508 y 1512. Esta obra monumental, que incluyó escenas del Génesis, se considera uno de los máximos exponentes del arte del Renacimiento. Fletcher señaló que, a pesar de contar con asistentes, Michelangelo controló minuciosamente todas las fases del proyecto.
Posteriormente, entre 1536 y 1541, pintó el Juicio Final también en la Capilla Sixtina. La extraordinaria escala y la potencia expresiva de estos frescos catapultaron su prestigio como artista integral.
Durante sus años finales en Roma, Michelangelo se enfocó sobre todo en la arquitectura. Destacan sus aportes al diseño de la Basílica de San Pedro, uno de los grandes templos de la cristiandad. Aun en su vejez, mantuvo actividad artística: trabajó en la escultura Rondanini Pietà pocos días antes de su muerte.

Michelangelo falleció en Roma, a los 88 años, el 18 de febrero de 1564. Sus restos descansan en la Basílica de Santa Croce, en Florencia, junto a otras figuras ilustres de la historia italiana.
De acuerdo con testimonios de época y análisis contemporáneos, Michelangelo vivió casi toda su vida sin vínculos románticos evidentes. Sin embargo, en sus últimos años, escribió numerosos sonetos dirigidos a Tommaso dei Cavalieri, lo que ha generado debates en torno a su orientación afectiva.
El legado de Michelangelo permanece vivo a través de sus esculturas, su arquitectura y sus pinturas. Se lo reconoce como una referencia artística universal cuyo genio marcó la transición entre la Edad Media y la modernidad. Su obra continúa asombrando al público y consolidando su lugar entre los grandes nombres de la cultura occidental.
La figura de Michelangelo representa no sólo la creatividad del Renacimiento italiano, sino también la capacidad de influencia humana a través del arte. Su huella sigue vigente en la historia, la estética y la identidad de Occidente.
miguel ángel
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Inside NORAD’s holiday command: How the same team that tracks Santa guards North America

NEWYou can now listen to Fox News articles!
Deep inside a command center that monitors everything from Russian bombers to North Korean missile launches, a handful of service members are preparing for a very different kind of flight pattern — one led by a jolly man in a red suit.
Each December, the North American Aerospace Defense Command — or NORAD — transforms part of its high-tech operations floor into a holiday command post dedicated to tracking Santa Claus. The same radar systems that protect North American airspace will soon be tuned to follow a sleigh moving at high speed from the North Pole.
The Santa mission, now approaching its 70th year, began by accident. In 1955, a Colorado Springs newspaper printed a phone number from a Sears advertisement inviting children to «call Santa.» The number, misprinted by one digit, rang the operations line of what was then the Continental Air Defense Command. When Col. Harry Shoup, the duty officer that night, realized kids were calling to talk to St. Nick, he played along — and a military tradition was born.
RUSSIAN AIRCRAFT FLY IN ALASKAN AIR DEFENSE IDENTIFICATION ZONE, US SAYS
U.S. President Donald Trump participates in NORAD Santa tracker phone calls from the White House in 2018. (Jonathan Ernst/Reuters)
Today, the Santa Tracker is a global phenomenon that draws millions of online visitors and calls from children in more than 200 countries. But behind the festive lights and holiday cheer, NORAD’s real mission continues without pause — scanning the skies and seas 24 hours a day for potential threats to the U.S. and Canada.
The North American Aerospace Defense Command doesn’t need special equipment to find Santa — it uses the same technology that guards the continent every day.
Tracking begins with the North Warning System, a network of radar stations stretching across Alaska and northern Canada. Those sensors detect everything entering the northern approaches to the U.S. and Canada — including, once a year, a fast-moving sleigh departing the Arctic.
From there, NORAD’s Space-Based Infrared System satellites pick up the heat signature — described tongue-in-cheek each year as Rudolph’s nose — and relay that data to the operations center at Peterson Space Force Base in Colorado Springs.
The same systems that track ballistic missile launches and foreign aircraft feed the Santa map millions of families follow each Christmas Eve. The website and app, NORADSanta.org, draw millions of visits worldwide, supported by partnerships with private-sector tech companies to handle the data load.
For the troops and civilians who staff NORAD’s operations center, the holiday season looks different from most. The command never shuts down; watch officers, radar technicians, and support staff work through Christmas Eve and Christmas Day just as they do any other time of year.
While much of the focus turns to Santa tracking, the real work continues in the background — scanning radar feeds, monitoring satellite data, and staying ready to respond to any threat that might appear. Most of the roughly 1,500 people assigned to NORAD and U.S. Northern Command at Peterson Space Force Base and nearby Cheyenne Mountain take at least part of a holiday shift, trading hours, so others can spend time with family.
SOME DRONES OVER US BASES MAY HAVE BEEN CONDUCTING SURVEILLANCE: NORTHCOM GENERAL

U.S. President Joe Biden and first lady Jill Biden participate in NORAD Santa tracker phone calls from South Court Auditorium at the White House in Washington, U.S., December 24, 2021. (Elizabeth Frantz/Reuters)
Still, the Santa operation brings a change of pace. Hundreds of volunteers — many of them military spouses, retirees, and local community members — come into the command center each year to answer calls and messages from children around the world. The phone lines open on Christmas Eve, and volunteers work in shifts to handle thousands of questions about Santa’s location.
The room looks a little different that night: screens glow with maps of the sleigh’s route, phones ring constantly, and there are cookies and coffee between the workstations. For a few hours, a command built for high-stakes warning and response turns into a small slice of holiday normalcy, even as the mission carries on.
That same command routine was recently dramatized in the new Netflix film «A House of Dynamite.» In the movie, a single unidentified missile triggers a cascade of decisions across the command center, highlighting how fragile the system can appear when seconds count.

Joint US military and civilian officers monitor TV and computer screens at headquarters for Northcom’s Domestic Wing Center May 12, 2004 in Colorado Springs, Colorado. (Robert Nickelsberg/Getty Images)
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The Missile Defense Agency, however, pushed back on the film’s portrayal of a failed interceptor test. An internal memo noted a scene claiming a 50% chance of interception, arguing that, in reality, U.S. missile defense systems have «displayed a 100% accuracy rate in testing for more than a decade.»
So, yes, NORAD is tracking holiday cheer — and ensuring the foundation of American readiness stays intact. On the floor where the phones are answered, and the consoles stay lit, the message is simpler: someone always has the watch.
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