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Federal judge dismisses Boeing felony charges despite victims’ families opposition to $1.1B settlement deal

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A federal judge ruled in favor of the Department of Justice (DOJ) on Thursday, dismissing felony charges against aircraft giant Boeing in relation to two commercial plane crashes that claimed the lives of 346 people in Indonesia and Ethiopia.
Judge Reed O’Connor accepted the DOJ’s motion to dismiss in the Northern District of Texas.
Boeing, which previously agreed to plead guilty to conspiracy to defraud the government, made a deal with the Trump administration in May in return for the charges — tied to the Boeing 737 MAX 8 crashes in October 2018 and March 2019 — being dropped.
O’Connor, who was appointed by former President George W. Bush, said that despite some victims’ families’ opposition, the government did not act with bad faith, provided conclusory reasons for its dismissal, and satisfied its obligations under the Crime Victims’ Rights Act, Politico reported.
The non-prosecution agreement requires Boeing to pay more than $1.1 billion in fines, more than $455 million to strengthen the company’s compliance, safety and quality programs, and an additional $445 million for the crash victims’ families, a DOJ spokesperson told Fox News Digital.
BOEING PAYING $1.1B AS DOJ DISMISSES CRIMINAL FRAUD CASE; FAMILIES OF VICTIMS IN CRASHES SET TO OBJECT TO DEAL
The scene of an Ethiopian Airlines flight crash near Bishoftu, or Debre Zeit, south of Addis Ababa, Ethiopia, March 11, 2019. (AP Photo/Ted S. Warren, File)
«On top of the financial investments, Boeing must continue to improve the effectiveness of its anti-fraud compliance and ethics program and retain an independent compliance consultant,» the spokesperson wrote in a statement to Fox News Digital.
O’Connor noted it disregards the need for the company to be monitored by an unbiased consultant, as Boeing can choose who it hires, and said he understood families may be disappointed the agreement «fails to secure the necessary accountability to ensure the safety of the flying public,» according to the report.
Tracy Brammeier, partner of Clifford Law Offices who serves on the plaintiff’s team, said there would be a quick appeal of O’Connor’s Thursday ruling.
«The judge recognizes there is a miscarriage of justice on the part of the government’s decision not to prosecute the case, and that this was not in the best interest of the public, which the government serves,» Brammeier wrote in a statement to Fox News Digital. «Unfortunately, he feels the power to right this wrong is limited by legal precedent. The families are disappointed by the outcome but will act quickly to protect the interests of the families and the public on appeal.»
NTSB ISSUES URGENT SAFETY BULLETIN ABOUT ENGINES FOUND IN SOME BOEING 737 MAX JETS

People work at the scene of an Ethiopian Airlines flight crash near Bishoftu, or Debre Zeit, south of Addis Ababa, Ethiopia, March 11, 2019. (AP Photo/Mulugeta Ayene)
Three cases involving families of victims in the 2019 crash were settled Wednesday after jury selection, including a case on behalf of a 28-year-old mother from Kenya who left behind a daughter and her parents, Clifford Law Offices wrote in a news release.
The other two cases that settled were that of a 38-year-old father of seven from Yemen and Kenya, and a 30-year-old father of three from the UK and Kenya, who left behind a pregnant wife, according to Clifford Law Offices.
Flight ET-302 crashed in March 2019 shortly after takeoff from Addis Ababa Bole International Airport in Ethiopia, heading to Kenya and killing all 157 on board.
According to the attorneys, nearly a dozen cases related to the two crashes remain unresolved.

A Boeing 737 MAX jet lands in Seattle after a test flight to evaluate Boeing’s proposed changes to the automated flight control system on the MAX, a system that activated erroneously on two flights that crashed, killing 346 people. (AP Photo/Elaine Thompson)
A DOJ spokesperson told Fox News Digital «victims are at the heart of the Department’s mission» and the Boeing case is no exception.
«Rather than allow for protracted litigation, this agreement provides finality for the victims and requires Boeing to act now,» the spokesperson wrote in a statement. «As the Court recognized, the Department in good faith complied with its statutory obligations and met extensively with the crash victims’ families. While they are all experiencing grief, and nothing will diminish their losses, the victims have expressed a broad set of views regarding the resolution, ranging from support to disagreement. Ultimately, in applying the facts, the law, and Department policy, we are confident that this resolution is the most just outcome.»
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A Boeing spokesperson told Fox News Digital the company is «committed to honoring the obligations of our agreement with the Department of Justice … [and] to continuing the significant efforts we have made as a company to strengthen our safety, quality, and compliance programs.»
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INTERNACIONAL
Del conurbano a casi morir en Ucrania: la increíble historia de uno de los argentinos que combate en la guerra con Rusia

Julián Nieto tiene 30 años, es de Merlo y hasta hace poco su vida transcurría lejos del frente de batalla: trabajaba en una fábrica de muebles y en el acondicionamiento de sucursales para grandes empresas multinacionales. Hoy, su nombre se sumó a la lista de argentinos que viajaron como voluntarios a Ucrania para combatir en la guerra contra Rusia, la historia que cuenta Morir en guerra ajena, el documental de TN.
A los pocos días de haber llegado, un ataque con drones cambió su historia para siempre: perdió un ojo, estuvo a punto de perder una pierna y sobrevivió de milagro.
Nieto tenía experiencia militar previa. Había sido soldado del Ejército Argentino y, según él mismo relata, su decisión de ir a una guerra no fue algo largamente planeado. “¿Si había pensado antes alguna vez en ir a una guerra? No, es la primera vez que me lo planteé en serio y pelear por otro país que no es el tuyo”, explicó a TN.
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En ese punto, su motivación aparece atravesada por una idea que repite a lo largo de su testimonio: “Yo soy un defensor de la libertad y cada uno defiende la libertad desde donde puede, pero a veces no de donde quiere. Yo tengo la oportunidad de hacerlo ahora desde donde quiero y desde donde puedo”.
Antes de viajar, su vida estaba anclada en el conurbano bonaerense. “No tengo hijos, no tengo mujer, tengo a mi mamá y mis cuatro hermanos”, contó. Sobre el impacto de su decisión en su familia, fue directo: “Yo sé que mi mamá siente dolor, tristeza, porque creo que ella sabe que yo no voy mentalizado en volver”. Merlo perdió un ojo durante el ataque. (Foto: TN)
El ataque que casi lo mata ocurrió apenas días después de su arribo al frente. Nieto lo reconstruye con precisión. “De pronto estábamos hablando, esperando, formando. Uno de los comandantes recibe una alerta por radio. No entiendo su idioma, pero lo único que dijo fue ‘drone, dron’”, recordó. Como líder de grupo, dudó en ponerse a salvo primero. “Quedaba mal que yo saliera corriendo primero. Saqué a todos los muchachos del árbol, a uno lo manoteé, lo revolé, le dije que corra. No sé quién era”.
Cuando todos comenzaron a huir, él también lo hizo, pero no llegó lejos. “No llegué a ser más de 10 metros corriendo. Cuando vi que el impacto era inminente, me tiré al suelo. Caí con todos los protocolos, con la boca abierta para no reventarme los tímpanos”. La explosión fue inmediata. “Siento la explosión y no siento nada en el cuerpo”, relató. Segundos después, al incorporarse, se dio cuenta de la gravedad de las heridas: “Cuando abro los ojos no veía de uno y empiezo a gotear sangre en las manos. Ahí sí empecé a sentir el dolor”.
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El fuego y la metralla hicieron el resto. “Creí que me estaba prendiendo fuego porque sentí un ardor en todo el cuerpo, sobre todo en la pierna. Me doy vuelta y tenía la pierna que me estaba saliendo muchísima sangre”. Intentó ponerse de pie, pero cayó nuevamente. “En ese momento que caigo, una explosión más”. Logró arrastrarse hasta que apareció uno de sus hermanos, que también combate allí. “Me arrastro boca arriba y me encuentra mi hermano”, contó. La asistencia de sus hermanos y compañeros fue clave para salvarle la vida.
El ataque dejó un saldo devastador. “Básicamente el ataque hubo muchísimos muertos, lamentablemente, además de los heridos”, dijo. También tuvo un impacto psicológico en el resto de la tropa. “La otra consecuencia fue que muchos soldados se dieron cuenta que no estaban preparados para este tipo de guerra. Muchos pidieron irse”. En su caso, el golpe no quebró su decisión. “A mí en lo personal no me afectó y el hecho de haber perdido un ojo tampoco. Yo todavía estoy con la moral muy alta y espero la hora de recuperarme”, aseguró.
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La historia de Nieto se conoce en un contexto marcado por nuevas muertes de argentinos en el frente ucraniano. En las últimas horas se confirmó el fallecimiento de Cristian Airala, un misionero de 27 años que combatía como voluntario en una unidad de asalto del ejército de Ucrania y murió durante un ataque ruso con drones y misiles en la región de Járkiv. En el mismo episodio también murieron dos combatientes colombianos.
Airala, conocido por la chapa de guerra “Machete”, tenía formación previa en el Ejército Argentino y se desempeñaba como instructor de tiro. Su muerte se suma a una lista creciente de argentinos que perdieron la vida desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, hace más de tres años y medio, ya que los voluntarios extranjeros suelen ser destinados a unidades de asalto, las más expuestas del frente. No existen cifras oficiales, pero distintos episodios confirmados en los últimos meses dan cuenta de la magnitud del fenómeno.
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North Korea executed teens for listening to K-pop, watching ‘Squid Game’: report

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North Korean authorities executed teenagers for watching the South Korean television series «Squid Game» and listening to K-pop, human rights researchers announced in early February.
Amnesty International cited testimony from an escapee with family ties in Yanggang Province who said people, including schoolchildren, were executed for specifically watching the popular survival drama series.
It also separately documented accounts of forced labor sentences and public humiliation for consuming South Korean media elsewhere in the country, particularly for those without money or political connections.
«Usually when high school students are caught, if their family has money, they just get warnings,» said Kim Joonsik, 28, who was caught watching South Korean dramas three times before leaving the country in 2019.
WATCHDOG HIGHLIGHTS NATIONS WHERE CHRISTIANS FACE PERSECUTION AROUND THE GLOBE
A leaflet containing a U.S. dollar bill beneath USB drives loaded with K-pop music is seen during an interview with North Korean defector Park Sang-hak in Seoul, South Korea, on June 25, 2024. (Anthony Wallace/AFP via Getty Images)
«I didn’t receive legal punishment because we had connections,» he told Amnesty International in an interview.
NORTH KOREA MISSILE LAUNCH THAT PUT SOUTH KOREA, JAPAN ON HIGH ALERT ENDS IN FAILURE
Joonsik said three of his sisters’ high school friends were given multi-year labor camp sentences in the late 2010s after being caught watching South Korean dramas, a punishment he said reflected their families’ inability to pay bribes.
«The authorities criminalize access to information in violation of international law, then allow officials to profit off those fearing punishment. This is repression layered with corruption, and it most devastates those without wealth or connections,» said Sarah Brooks, Amnesty International’s deputy regional director.

Members of the North Korean Military Choir sing a Russian song during a concert following Russian–North Korean talks in Pyongyang, North Korea, on June 19, 2024. (Contributor/Getty Images)
RUSSIA’S TURN TO NORTH KOREA FOR MUCH-NEEDED AMMO A ‘LAST RESORT’ IN UKRAINE CONFLICT: ‘HITTING THE DREGS’
«This government’s fear of information has effectively placed the entire population in an ideological cage, suffocating their access to the views and thoughts of other human beings,» she added. «People who strive to learn more about the world outside North Korea, or seek simple entertainment from overseas, face the harshest of punishments.»

Fans of Korean pop music attend the KCON convention in Newark, New Jersey, on June 23, 2018. (Stephanie Keith/Getty Images)
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Several defectors told the human rights organization that they were required to witness public executions while still in school, describing the practice as a form of state-mandated indoctrination designed to deter exposure to foreign culture.
«When we were 16, 17, in middle school, they took us to executions and showed us everything,» said Kim Eunju, 40. «People were executed for watching or distributing South Korean media. It’s ideological education: if you watch, this happens to you too.»
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Las memorias feroces y sin épica de la danesa Tove Ditlevsen: miseria, desenfreno, literatura y adicciones

Advertencia al lector: lo que sigue es un artículo escrito bajo el influjo de una lectura inesperada y deslumbrante. Cada tanto sucede que cuesta salir de un libro aunque hayamos llegado al final. Hay algo en los personajes que nos acompañaron, en la propia escritura o en los hechos que se narran que no terminan de irse de nuestro lado. Cada tanto sucede que es todo eso junto –los personajes, la escritura, los hechos–, que no nos abandona ni nos permite leer otra cosa. Precisamente ahí estoy, a la espera de que se apague el calor de la lectura para poder ingresar a otro universo. Es desde ese pasaje, y todavía conmovida, que escribo lo que sigue.
Tove Ditlevsen (19917-1976) era una criatura cuando supo que lo único que le interesaba en la vida era la literatura. Quería leer y quería escribir pero para eso necesitaba espacio y silencio y en el miserable departamento en el que vivía no había nunca ni silencio ni espacio. Durante sus primeros años durmió con sus padres, en la misma habitación. Solo escapaba de la opresión por las noches, cuando se sentaba en el alféizar y miraba por la ventana hacia el cielo, por encima las calles mugrientas de Vesterbro, la zona roja de Copenhague. Cuando su hermano cumplió los 18 y huyó de casa, ella pasó a ocupar el sofá de la sala a la hora de dormir: perdió la ventana pero ganó intimidad algunas horas. Entonces comenzó a registrar por escrito lo que ocurría a su alrededor y también lo que le pasaba a ella misma, una mujer extremadamente sensible, adelantada a su tiempo y con ambiciones definitivamente por fuera de su clase.
El drama fue siempre parte de su historia y también de su escritura. Su primer poema narraba en verso el duelo de una mujer por la muerte de su hijito. Cuando murió, o mejor, cuando eligió morir, tenía 58 años y era una celebridad en Dinamarca, con treinta libros publicados entre poemarios, novelas, cuentos, memorias y relatos infantiles. Además, había escrito columnas en periódicos, por lo que todos en su país la conocían, sobre todo las mujeres.
Durante décadas Ditlevsen fue una escritora clave para generaciones de lectoras danesas pero su centralidad no atenuaba la incomodidad que provocaba su literatura. El canon de la época no estaba en condiciones de procesar una obra producida a partir de la vida doméstica, el matrimonio, la maternidad, la dependencia emocional y química y el deseo de escribir como tabla de salvación, todos temas considerados menores. Era, claro, una época que no podía procesar una literatura escrita por la mayoría de las mujeres.

Tove Irma Margit Ditlevsen nació en Copenhague en 1917 y se suicidó en 1976. Aunque practicó todos los géneros (incluso los textos a pedido para ser leídos en eventos y ocasiones especiales, habilidad que explotaron todos sus superiores en los trabajos precarios que emprendió para sobrevivir), son sus memorias las que, a partir de la traducción al inglés y luego al español en los últimos años, le dieron a su nombre trascendencia en todo el mundo. Esas memorias fueron pensadas como tres libros diferentes, Infancia, Juventud y Dependencia, que fueron publicados entre 1967 y 1971.
Décadas después, hubo un editor que advirtió que los textos componían un relato único: la historia de una niña criada en la pobreza y con una madre fría y calculadora; la de una joven que se niega a cumplir el destino miserable que se avizora y quiere escribir pese a que “las chicas no escriben poesía”, como le repite su padre, un fogonero socialista; y la de una mujer adulta atrapada en matrimonios complicados, una maternidad asfixiante y, sobre todo, adicciones peligrosas que la borran del mundo cada vez por más tiempo. Fue ese editor visionario el que decidió reunir en inglés las memorias en un solo libro, el audaz y apabullante Trilogía de Copenhague (publicado en español por Seix Barral).

En Infancia Ditlevsen construye una de las figuras maternas más perturbadoras de la literatura autobiográfica del siglo XX: una mujer desangelada, irritable y violenta que desaprueba todo. “El mundo era frío y peligroso porque la ira oscura de mi madre siempre terminaba en una bofetada”, escribe Ditlevsen. La casa es una cárcel, la lectura aparece como sorpresa y la escritura es una forma de escape, una salida secreta del tormento. La realidad que se avecina para Tove no es una promesa de felicidad y por eso las palabras por escrito actúan como desahogo.
En Juventud la narradora cuenta el pasaje a la adultez con cierto desapego y sin épica: trabajos de oficina poco estimulantes, el mismo abrigo y las medias corridas, habitaciones alquiladas (la ocupación nazi aparece en algunas escenas importantes pero siempre la crisis de la protagonista está en el centro), vínculos frágiles, la sensación persistente de no encajar. Muy alta y muy delgada, algo excéntrica, siempre aparece la idea de que no es atractiva. Esto le dicen en su casa y también las amistades ocasionales del barrio. Crecer pensando que no vas a gustarle a nadie no parece un buen comienzo para una vida esplendorosa.
La prosa de Ditlevsen es seca, sin afeites, algo distante (en algún sentido, hay algo de este estilo que se encuentra en la obra de la húngara Agota Kristof). No hay belleza ni en el retrato del ascenso social, al que llega como escritora exitosa y a través de su primer matrimonio, ni en las relaciones amorosas que se sucederán, algunas más sexuales que otras. Si hay algo que insiste en el libro es la ambición literaria siempre en tensión con su inseguridad. También es una constante la dependencia de los hombres que son quienes validan o impiden que se concrete su deseo de escribir. La escritura es una necesidad vital que siempre se ve amenazada por algo o por alguien.

“Para mí, escribir es como en mi infancia, algo secreto y prohibido, vergonzoso, algo que uno se esconde en un rincón para hacer cuando nadie más está mirando”.
Su primer marido es Viggo F., el editor de la revista que publica su primer poema, cuando ella tiene 22 años. El hombre es mucho mayor y solitario, tiene dinero, ama a los artistas, viste de verde y vive en una casa en la que todo es verde como su ropa, desde las paredes hasta las copas.
“Todo en la sala de estar es verde: la alfombra, las paredes, las cortinas… y siempre estoy dentro, como en un cuadro.”
Pero lo que más la sorprende y excita a Tove cuando conoce esa casa es que en el baño de Viggo F. hay una ducha. Tímidamente, casi en un beboteo, le pide permiso para usarla.
Viggo sabe que ella es joven y la induce a vincularse con otros autores de su edad, lo que le abre a Tove la puerta a nuevas amistades y posibles relaciones amorosas. Ebbe será su segundo marido, un hombre joven y hermoso, atrapado por la familia y por su imposibilidad para resolver su futuro. Estudia economía pero ama la literatura. Y fundamentalmente no puede abandonar el alcohol. Con Ebbe llegarán el amor real, la primera hija de Tove y el esfuerzo por adaptarse a una vida tradicional en una Dinamarca ocupada por los nazis. La maternidad y los primeros cuidados de la bebé le roban a Tove el deseo sexual y Ebbe comienza a sentirse abandonado. El centro romántico de las memorias están en esta relación de pareja, que no tendrá un final feliz aunque ambos mantendrán un hilo amoroso invisible hasta el final.
“Algo ha salido mal para cada uno de nosotros, y creo que nuestra juventud ha desaparecido junto con la ocupación”.

El tercer volumen, Dependencia, es el libro el que terminó de consolidar su prestigio internacional en estos últimos años y es, si se me permite, desesperante por lo que narra y por cómo lo hace. Ditlevsen narra 25 años de su vida aunque se detiene largo rato en su matrimonio con Carl (su tercer esposo), un médico con antecedentes de enfermedad psiquiátrica que la inicia en el uso de opioides y la conduce al descenso progresivo a la adicción al Demerol.
Con él tendrá otro hijo y también se hará cargo de un hijo que el hombre tuvo con otra mujer. También casada con él y completamente dependiente de las drogas se someterá a una cirugía de oído para poder seguir inyectándose. No estaba realmente enferma, era la excusa para seguir drogándose y él, en su delirio, alimentaba esa supuesta enfermedad. Nunca recuperará la audición de ese oído. Tove se hunde, deja de escribir, olvida su cuidado personal, ya no sale de su habitación y es la niñera la que queda a cargo de los chicos. Tove ya no reconoce las unidades de tiempo: “Una hora podría ser un año, y un año podría ser una hora. Todo depende de cuánto haya en la jeringa”.
Fríamente hablando, en su vida habrá cuatro matrimonios, cuatro divorcios, tres hijos y dos abortos. Sí, Tove Ditlevsen escribía literatura sobre partos, abortos y también sobre los efectos de la menopausia (cuando habla de su madre y de su tía), temas que, siempre supimos, resultan menores y poco sugerentes para los diseñadores de cánones.
“Me enamoré de un líquido transparente en una jeringa”, escribe cuando cuenta que, en realidad, abandonó a su anterior marido por la droga y no por otro amor. El título original del libro en danés significa a la vez “casada” y “veneno”, una ambigüedad que condensa el eje de esta historia. A propósito de la primera experiencia de la narradora con el Demerol, en la New York Review of Books Deborah Eisenberg escribió: “Ninguna película de terror que haya visto —por potentes que sean sus imágenes o metáforas— se ha acercado al resto del libro en cuanto a puro terror”.
El manipulador Carl pelea con sus fantasmas y también con la necesidad de controlar a su mujer: la droga, en inyecciones o como pastillas de metadona, se convierte en la herramienta para sedar las ambiciones de independencia de Tove y mantenerla en casa. En Los Angeles Review of Books, la crítica Nina Renata Aron destacó el tratamiento del tema en este libro como un gesto de vanguardia ya que estamos acostumbrados a leer estas vidas dependientes en relatos escritos por hombres, no por mujeres. Haber dedicado un fragmento tan extenso de sus memorias a la adicción fue “un acto radical para una mujer, en cualquier lugar del mundo, en 1971”, escribió Aron.

Ditlevsen no habla desde el arrepentimiento ni se posiciona como víctima. Tampoco busca romantizar la caída y si bien el final de Dependencia la muestra casi recuperada y con su nuevo marido, no hay final feliz, no puede haberlo. Victor es editor de un diario, un hombre que la admiraba como escritora, un hombre enamorado que asume el cuidado de su mujer; el que la persuade para irse a vivir fuera de la ciudad y el que habla uno por uno con todos los médicos del pueblo para que no le receten opioides a Tove, acostumbrada a manipular a los profesionales y a falsificar recetas. Consigue distanciarla de la droga y viven juntos más de dos décadas: casi una vida normal, pero también ese matrimonio terminará en divorcio.
En la vida real, y no en sus memorias, la pareja tuvo una relación turbulenta, desquiciada. Luego de divorciarse y ser la comidilla del ambiente literario, alejada de todo pudor la escritora publicó un anuncio anónimo, aunque reconocible, en el diario de su ex marido. Decía así:
Tras escapar de un matrimonio largo e infeliz, me siento sola en este mundo donde todos están en pareja. Tengo 52 años, mido 1,72 metros, soy delgada y rubia. Tengo un apartamento de ocho habitaciones en Copenhague y una preciosa casa de verano. No me falta dinero, solo amor. Me he labrado un nombre en la literatura, pero ¿de qué sirve si echo de menos a una pareja leal y cariñosa de una edad adecuada, preferiblemente que sepa conducir? Intereses: literatura, teatro, gente y felicidad doméstica. Por favor, envíen una fotografía y detalles de su situación personal.
A lo largo de sus memorias, Tove pasará cortas y largas temporadas en diferentes hospicios y sanatorios (algunas páginas me recordaron Un ángel en mi mesa, de Janet Frame, la novela en la que se basó Jane Campion para filmar su película del mismo nombre). Hay en el modo en que encara las peripecias de su vida una distancia, una mirada clínica, como de entomólogo, aunque nunca abandona las descripciones que ponen al cuerpo en escena. Esa combinación de frialdad formal y emociones intensas es una de sus marcas de estilo. Me gusta algo que escribió Parul Sehgal en The New York Times, quien habla de una prosa “plana, casi enmascarada”, que le añade inquietud a la abyección de lo que se narra, como si el propio lenguaje se mostrara reticente a ofrecer alguna clase de consuelo.
Esa idea es también, a su manera, formulada por Hilton Als en The New Yorker, cuando señala que la obra de Ditlevsen produce un efecto de extrañamiento constante: escribe desde dentro de las instituciones —el matrimonio, la familia, la maternidad— pero como si nunca terminara de pertenecer a ellas, es decir, como si todo el tiempo permaneciera en el umbral.
“Me rescataron de mis muchos años de adicción, pero desde entonces, la sombra de mi antiguo anhelo sigue regresando débilmente si tengo que hacerme un análisis de sangre o si paso por la ventanilla de una farmacia. Nunca desaparecerá por completo mientras viva”.
El reconocimiento internacional de Tove Ditlevsen llegó 45 años después de su muerte. La publicación en inglés de Trilogía de Copenhague promovió la lectura de toda su obra y la instaló como figura clave de patria literaria de la época: la literatura del yo o la autobiografía moderna. Es notable, leí en estos días muchos artículos sobre su vida y su obra y en casi todos en algún momento la señalan como antecedente de muchas de las obras de autores que se destacaron en estos años en la literatura confesional, como Annie Ernaux, Lucia Berlin, Karl Ove Knausgard o Rachel Cusk pero también, al menos cierta zona de los primeros tomos de la trilogía, hacen pensar directamente en la ficción, como es el caso de La amiga estupenda, de Elena Ferrante. El Nápoles de Ferrante tiene bastantes similitudes con el Vesterbro de Tove.
No es una sorpresa pero sí es una pena que los críticos norteamericanos o europeos no hayan leído aún Memorias por correspondencia, el maravilloso libro escrito por la artista colombiana Emma Reyes (1919-2003), que sin dudas, incluso por cuestiones cronológicas, tiene puntos de contacto con la autobiografía de Ditlevsen, sobre todo por el modo sobrio aunque brutal —y hasta con humor, por momentos– con el que cuenta el drama de su vida sin victimizarse.

Un artículo de Nina Siegal en The New York Times, recuerda que Ditlevsen llegó a escribir su propio obituario, en el que se muestra convencida de que sus memorias iban a ser la parte de su obra por la que se la recordaría en el futuro. No se equivocó. Sin embargo, aunque esas páginas dialogan con discusiones del presente acerca de temas de género, salud mental y literatura del yo, no es posible decir que quedan reducidas a una agenda: son literatura plena.
“Los que tenemos más miedo a la vida que a la muerte tenemos una dimensión extra”, escribió Tove Ditlevsen en un ensayo citado por Siegal y la frase podría funcionar muy bien como una clave de lectura de la trilogía. Y es que escribir fue, para alguien en constante pelea con su voluntad como ella, una pasión, sí, pero también una manera de demorar la salida de este mundo, algo que terminó haciendo por propia mano cuando, en lugar de apelar a la metadona para dejar de ver una realidad oprobiosa, atrapó en un puño una cantidad importante de pastillas para dormir, las bebió sin pausa y ya no despertó.
Cuentan que una multitud asistió a su funeral. En el prólogo a uno de sus libros de poemas, la novelista y poeta danesa Olga Ravn añade un dato que no sorprende. Cuenta Ravn que las fotografías de su cortejo fúnebre mostraban “un mar de mujeres trabajadoras siguiendo su ataúd por las calles de Copenhague”.
Tove Ditlevsen
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