INTERNACIONAL
La estrepitosa caída del Príncipe Andrés: las orgías con Epstein, los abusos y el suicidio que marcó su final

Alguna vez fue el Principito. No el de Saint Exupery sino el de Mario Benjamín Menéndez. Así lo llamó el dictador argentino en abril del 82, en los momentos en que reinaba la euforia y envalentonado toreó a Thatcher y a los ingleses: “Que traigan al Principito”. El príncipe Andrés integró las tropas inglesas que viajaron a las Islas Malvinas. No entró en combate ante la protección de sus superiores que no querían darle un disgusto a la Reina. Ni tampoco regalarle el eco internacional y mediático a los argentinos si el miembro de la Casa Real caía en combate.
Por esos días Galtieri, desde el balcón de la Casa Rosada, dijo: “Si quieren venir, que vengan. Les presentaremos batalla”. El inconsciente colectivo unió ambas frases, la de Menéndez y la de Galtieri: “Traigan al Principito. Le presentaremos batalla”.
Leé también: Denunciaron al príncipe Andrés por un abuso sexual cometido bajo la sombra de Jeffrey Epstein
Los problemas graves de Andrés sobrevinieron lejos del combate. Fue cuando en vez de batalla, procuró que le presentaran menores de edad.
A principios de esta semana el Príncipe Andrés otra vez fue noticia. Renunció a algunos de sus títulos y honores y volvió a prometer alejarse de la vida pública. Pero de las acusaciones en su contra, más que negarlas de forma general, no dijo mayor cosa.
Lo que ocurrió es que el martes se publicó en Inglaterra Nobody´s Girl: A memoir of surviving abuse and fighting for justice (La Chica de Nadie: un testimonio de una sobreviviente del abuso y de la pelea por justicia) escrito por Virginia Giuffre con la colaboración de la periodista Amy Wallace.
Giuffre fue una de las denunciantes principales de Jeffrey Epstein y fue quien aseguró que el Príncipe Andrés había abusado tres veces de ella, entregada por Epstein, siendo menor de edad.
El dato imprescindible es que se trata de un libro póstumo. Virginia Roberts Giuffre se suicidó el 25 de abril. Tenía 41 años.
Virginia Giuffre fue una de las víctimas que denunció al financista Jeffrey Epstein (Fotos: Reuters/AP).
La red de trata del poderoso financista Jeffrey Epstein fue un escándalo internacional cuando se develó. Llevó al multimillonario y a su ex pareja, Ghislaine Maxwell, a la cárcel. Epstein murió en la cárcel en un aparente sucidio, aunque algunos -dadas las circunstancias extrañas de esa noche- creen que pudo haber sido asesinado para que no hablara.
Fueron muchas las chicas contratadas inicialmente para hacer masajes a Epstein y para luego tener relaciones sexuales con él, que fueron entregadas a hombres muy poderosos. Magnates, miembros del espectáculo, empresarios, expresidentes, ministros, políticos. La Lista de Epstein, es decir la enumeración de los que participaban en las fiestas sexuales organizadas por él, sobrevuela desde hace años como una amenaza sobre la cabeza de los poderosos.
El libro de Giuffre vuelve a poner el tema en la conversación pública y señala, una vez más, al Príncipe Andrés.
Hay una foto en la que Virginia a los 17 años es abrazada por Andrés (que hasta la aparición de la imagen negaba conocer a la chica y luego ante la evidencia solo atinó a decir que no se acordaba de ella) con la mano apoyada en la cintura desnuda y por detrás también sonríe Ghislaine Maxwell, la armadora de la red de chicas para que Epstein las entregara.
Virginia había nacido en una zona humilde de Palm Beach, Florida. De niña no tuvo los cuidados necesarios y acusó al padre de haber abusado de ella. Se escapó de la casa a los 13 años. Ante el desamparo terminó en las manos de Ron Eppinger, un hombre de 60 años que terminó condenado por abuso sexual. “Fui su prisionera durante seis meses. Me mandaba a hoteles en los que hombres me violaban y le pagaban a él por ‘mis servicios’”, escribe Virginia. Fue rescatada por el FBI. Al poco tiempo empezó a trabajar en Mar-a Lago, club propiedad de Donald Trump (del que casi no habla en su libro). Ella se desempeñaba en los vestuarios. Allí conoció a Ghislaine, que tras ganarse su confianza, le ofreció ganar 400 dólares de una manera muy sencilla: debía hacer masajes a un millonario. Ese hombre era Epstein.
Esa fue la puerta de entrada. De ella y de muchas otras adolescentes. Virginia habla de cómo eran los encuentros, cómo se sumaba Ghislaine, cómo ella las iba guiando y convenciendo, cómo captaban otras chicas, de los viajes a bordo de aviones privados, de los hombres famosos que concurrían, de las fiestas sexuales en las que participaban.
Era un sistema, una maquinaria impune. Jeffrey Epstein junto a su esposa, Ghislaine Maxwell, en un viaje que hicieron en su jet privado. Según comprueban otras imágenes dentro del expediente, en el asiento vacío viajaba Jean-Luc Brunel.
(Foto: AFP / US District Court for the Southern District of New York)
En el libro Virginia habla sobre la culpa, el insomnio, la vergüenza que se le imponían, que pesaron sobre ello durante décadas. “Me enseñaron a sonreír mientras me destruían”, afirma.
La crítica que publicó The Guardian dos días atrás pide al lector que no se confunda con los detalles escatológicos ni buscando chismes protagonizados por celebridades: “Es un libro sobre el poder, la corrupción, un sistema de abusos sexuales a escala industrial y sobre la manera en que las instituciones se ponen del lado de los perpetradores antes que el de las víctimas”.
El libro describe también cómo los medios sensacionalistas la revictimizaron inventando declaraciones de personas sobre su pasado, extrapolando opiniones y con títulos que la juzgaban o hablaban de sus costumbres sexuales.
Narra que Epstein la obligó ya desde la primera vez que el masaje se convirtiera en una masturbación; y que la sometió a sesiones de sexo sadomasoquista en las que sintió tanto dolor que prefería desmayarse para dejar de sufrir. En otra ocasión un poderoso amigo de Epstein fue muy violento con ella y cuando Virginia se quejó, Epstein le respondió: “A veces vas a tener que aguantar cosas como esas”.
De todas maneras lo que más revuelo genera del libro son las referencias al Príncipe Andrés quien es mencionado 88 veces.
Virginia cuenta que un día de marzo de 2001, Ghislaine Maxwell la despertó con una frase: “Este va a ser un día muy especial”. La comparó con Cenicienta porque iba a conocer un príncipe apuesto. Cuando supo que era Andrés se entusiasmó: “Pensé que conocer a un príncipe sería un honor. No entendí que me estaban entregando”.
Apenas los presentaron, Ghislaine le pidió a Andrés, de 41 años en ese momento, que calculara la edad de Virginia: “17”, acertó Andrés y agregó: “Mis hijas tienen casi tu misma edad”.
Esa noche fueron todos a bailar a un club, después ella regresó con Andrés. Antes recibió el consejo/orden de Ghislaine Maxwell: “Con él tenés que hacer todo lo que hacés con Jeffrey”.
Tuvieron sexo esa noche luego de estar poco tiempo en el jacuzzi. “Fue muy breve. Estuvo amigable pero prepotente como si creyera que tener relaciones sexuales conmigo fuera su derecho de nacimiento”, escribió Virginia. Virginia Giuffre con el príncipe Andrés. Ella tenía 17 años y él 41. Se conocieron en las fiestas sexuales de Jeffrey Epstein. (Foto: BBC)
Un mes después tuvieron otro encuentro en Nueva York, en la mansión de Epstein. Hubo un tercer día: una orgía en la isla privada del financiasta de la que participaron Andrés, Epstein, otros hombres y ocho chicas muy jóvenes. Para Virginia casi ninguna tenía más de 18 y no hablaban inglés.
Cuando explotó el caso Epstein, Andrés estuvo en el ojo de la tormenta. Apareció la foto con Virginia y la denuncia de la mujer se publicó en todos los medios. El Príncipe Andrés salió a responder. Lo hizo en una entrevista televisiva exclusiva que creyó sería su estrategia defensiva más eficaz. Se equivocó.
La entrevista fue el 16 de noviembre de 2019 en el programa Newsnight de la BBC. La realizó la periodista Emily Maitlis. Andrés la concedió con una sola idea en mente. Limpiar su imagen. Dar su versión de los hechos en un ámbito que él imaginó seguro. Era la contracara limpia -lavada- de la batalla mediática que estaban entablando los tabloides con sus portadas sensacionalistas y las guardias permanentes.
Pero nada resultó como el Príncipe supuso. La periodista, sin perder la amabilidad, fue implacable. Preguntó y repreguntó. De a poco lo puso contra las cuerdas, resaltando las incongruencias en su relato, las mentiras. Y Andrés se mostró endeble, dubitativo, soberbio y, en especial, muy poco creíble. De a poco, ante los ojos de millones, el miembro de la casa real británica, en el marco imponente del Palacio de Buckingham, se fue derritiendo.
Un colapso colosal. La Reina Isabel II de Gran Bretaña, el Príncipe Felipe -Duque de Edimburgo- y sus tres hijos: el rey Carlos III, la Princesa Ana y el Príncipe Andrés posan en los terrenos del Castillo de Balmoral el 9 de septiembre de 1960. (Foto: AFP)
La entrevista hizo un daño irreparable a su credibilidad. Imprecisiones, respuestas evasivas, contradicciones, falta de empatía y una peculiar pero esperable petulancia lo condenaron. Un vocero de la Corona lo describió como un desastre mediático. Algún asesor de imagen declaró que pocas veces había presenciado una intervención pública tan calamitosa. El diario The Guardian dijo: “No parecía consciente de la seriedad del caso, riendo en varios tramos de la entrevista, sin expresar piedad o inquietud por las víctimas de Epstein”.
Al día siguiente, en medio de la tormenta mediática y popular que generó (el efecto contrario al que quería obtener), Andrés anunció -por primera vez- que se alejaba de sus deberes públicos (nadie tenía muy en claro cuáles eran) hasta nuevo aviso.
Las preguntas más importantes fueron sobre su relación con Jeffrey Epstein y sobre la denuncia de Giuffre
Allí dijo que conoció a Epstein en 1999 a través de la que fue su pareja Ghislaine Maxwell (hoy con una condena a 20 años de prisión). Que Epstein lo sorprendió -se supone que gratamente- por su capacidad para reunir gente extraordinaria bajo el mismo techo. Andrés no aclaró si él mismo se consideraba extraordinario, aunque por su postura altiva, algo sobradora, se adivinaba que sí.
Aseguró que solo había visto tres veces en su vida a Epstein y que la última vez había sido en 2006. Informada, la periodista, con velocidad le mostró una foto de 2010 en la que se los veía caminar por el Central Park. Andrés balbuceó algo relacionado a acompañar a alguien que la está pasando mal. “Es una cuestión que me incomoda a diario, no haber estado a la altura de lo que se espera de un miembro de la Casa Real”, respondió.
Enseguida Maitlin le recordó que la última vez que se había alojado en su casa Epstein ya había sido condenado: “¿En qué momento le pareció buena idea quedarse en la casa de una persona condenada por delitos sexuales?”. Andrés quiso convertir su debilidad en una virtud: “Me pareció algo honorable y apropiado en ese momento. Puedo haber estado influenciado por querer ser demasiado honorable”. A eso le siguió un silencio largo e incómodo. La periodista, con inteligencia, percibió que no era necesaria en esa instancia la repregunta. El Príncipe, en esos segundos de silencio, se transfiguró como si se hubiera dado cuenta del derrumbe inevitable de su figura. El príncipe Andrés era íntimo amigo de Jeffrey Epstein: el financista se suicidó en la cárcel, después de haber sido condenado por el escándalo de su red de trata de personas y abuso sexual. (Foto: Reuters/Michel Euler/Pool-AP)
En otro momento calificó la conducta de Epstein como inapropiada. Recibió la réplica veloz de la periodista: “¿Inapropiada? Era un agresor sexual”.
Virginia había declarado que le había llamado la atención lo profuso que transpiraba el Príncipe. También que le había dado un poco de asco. Bailaba mal y transpiraba demasiado. En la entrevista de la BBC, Andrés negó parte de esa afirmación: solo lo del sudor; si decía que bailaba bien corría el riesgo de que lo hicieron tirar unos pasos frente a cámara y el engaño hubiera sido develado.
Apeló a su pasado en Malvinas, trató de jugar la carta de la épica del veterano de guerra. Al mismo tiempo utilizó una coartada científica. Dijo que no era cierto porque en esa época él no podía transpirar como consecuencia de haber estado en Malvinas. Una condición médica llamada anhidrosis por -según sus palabras- “haber sufrido una sobredosis de adrenalina en la Guerra de Malvinas cuando me dispararon”.
La coartada no fue creída por casi nadie. Era una afección del pasado, que nunca había sido mencionada y que recién traía a la conversación cuando la joven lo describió empapado en transpiración. Pero hubo otro elemento que terminó de sacarle todo viso de veracidad a la defensa de Andrés: un diario dominical, tres días después, publicó una foto de Andrés, de la época en que se cometió el abuso inicial contra Virginia, mojado por el sudor copioso. El epígrafe de la foto se burlaba de Andrés: “Los príncipes no transpiran. Brillan”.
En algún otro momento de zozobra mediática Andrés intentó volver a recordar su pasado en el conflicto bélico del 82 a través de alguna publicación en las redes sociales y recibió repudio cercano a lo unánime.
Más allá de divorcios, rumores y algunas tapas inevitables de tabloides, el primer gran problema público de Andrés vinculado con hechos delictivos ocurrió en 2011. En el marco de las filtraciones de Wikileaks se lo acusó de hechos de corrupción, fraude y tráfico de influencias. Varios parlamentarios británicos solicitaron que se le quitaran sus poderes como agregado comercial. La Casa Real logró que las denuncias quedaran en nada.
En 2021, Virginia demandó a Andrés en los tribunales de Nueva York. Al tiempo hubo un acuerdo extrajudicial. Se cree que la mujer recibió varios millones de dólares (medios británicos afirman que fueron 12 millones). El pago salió de las arcas de la Corona: la Reina utilizó ese dinero para tapar los escándalos de su hijo.
Pocos días atrás también se reveló que Andrés le pidió a miembros de su custodia policial permanente que investigaran a Viriginia Giuffre, que le trajeran datos y descripciones de viejos errores de la joven, para poder acusarla (o extorsionarla) y contragolpear cuando se vieran amenazados por lo que sucediera en los tribunales.
Más malas noticias para Andrés: la justicia norteamericana reabrirá el caso en las próximas semanas. Foto de archivo: la reina Isabel y el príncipe Andrés. (Foto: Reuters)
El comunicado de Andrés de esta semana decía: “Hemos concluido que las continuas acusaciones contra mí, distraen del trabajo de Su Majestad y de la Familia Real. He decidido, como siempre, priorizar mi deber hacia mi familia y mi país. Mantengo mi decisión de hace cinco años de retirarme de la vida pública. Dejaré de usar los títulos y honores que se me han conferido. Como ya lo he dicho, niego de manera tajante las acusaciones en mi contra”.
Entre los títulos que debió resignar están el de Duque de York y su membresía en la Orden de la Jarretera, la orden de caballería de mayor rango y prestigio en Inglaterra y también la más antigua.
Unos años atrás, ya su madre, la Reina, ante las presiones, lo había obligado a renunciar a los grados militares, al uso del título de su alteza real y lo había dispensado de sus obligaciones públicas.
La pérdida reciente de Andrés de los honores y títulos no bastaron. El hermano de Virginia Giuffre no se conforma y le exigió al rey que también le saque el título de Príncipe.
Dicen que otro que no está de acuerdo con que Andrés mantenga el status real es su sobrino William. Fuentes cercanas a él, según medios ingleses, afirman que William está convencido de dejar fuera de su ceremonia de coronación a su tío Andrés.
Más allá de que estas pérdidas no dicen nada a gran parte del resto de los habitantes del mundo, para Andrés resultan dolorosas por la pérdida de status, pero en especial porque son eslabones nuevos en la cadena de desprestigio y humillaciones que se creó hace más de una década. Su figura está abollada y parece insalvable. Sólo le queda la reclusión en algún palacio y esquivar los momentos de alta exposición.
Se sabe que no aparece en las celebraciones navideñas de la Casa Real y que este ostracismo se extenderá al menos seis meses. Ya ha salido del foco antes y discretamente ha vuelto a aparecer hasta que lo golpeara un nuevo escándalo, una revelación inédita.
Esta vez parece que su rehabilitación pública será más difícil, casi imposible.
Príncipe Andres, Corona británica, Jeffrey Epstein, Ghislaine Maxwell, abusos sexuales
INTERNACIONAL
En el desmontaje de la dictadura de Venezuela, el concepto de amnistía debe ser nulidad de acusaciones que violan derechos humanos

La suplantación del “estado de derecho” por “leyes infames” que son normas del socialismo del siglo 21 que violan derechos humanos, es la base del “terrorismo de Estado” institucionalizado con fiscales sicarios y jueces verdugos en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia. En el desmontaje de la dictadura/narcoestado en Venezuela urge la liberación de presos y exiliados políticos víctimas de ese sistema, lo que impone la necesidad de ampliar el concepto de amnistía otorgándole como la “nulidad de toda acusación, acción, procedimiento o juicio que viole los derechos humanos”.
La palabra amnistía proviene “del griego amnestia que significa olvido o perdón” y se define como “el perdón de cierto tipo de delitos, que extingue la responsabilidad de sus autores”. Las Naciones Unidas la apunta como “un instrumento jurídico que tiene por efecto la posibilidad de impedir en un periodo de tiempo el enjuiciamiento penal y, en algunos casos, las acciones civiles contra ciertas personas o categorías de personas con respecto a una conducta criminal especifica cometida antes de la aprobación de la amnistía, o bien, la anulación retrospectiva de la responsabilidad jurídica anteriormente determinada”.
El Diccionario Enciclopédico de Derecho enseña que se entiende por “amnistía un acto del Poder soberano que cubre con el velo del olvido las infracciones penales de cierta clase, dando por conclusos los procesos comenzados, declarando que no deben iniciarse los pendientes o bien declarando automáticamente cumplidas las condenas pronunciadas o en vías de cumplimiento”.
De donde se estudie, la amnistía hoy es una institución para olvidar o de cualquier forma perdonar a quienes han cometido delitos. En el concepto actual la condición imprescindible o sine qua non para conceder o beneficiarse con una amnistía es la comisión de delito, y su otorgamiento o aplicación es la aceptación expresa o tácita de que se han perpetrado delitos que se deben olvidar, perdonar o de cualquier forma ya no sancionar. Hoy no se da amnistía a inocentes.
El problema de aplicar tal cual la institución jurídica de la amnistía a los presos, perseguidos y exiliados políticos por las dictaduras del socialismo del siglo 21 o castrochavismo radica en se estaría otorgando perdón a las víctimas acusadas falsamente y sometidas a tipificaciones y procedimientos de leyes infames, con la agravante de que quienes se lo otorgan son los criminales, los violadores de derechos humanos.
Es el mundo al revés, las víctimas son perdonadas por delitos que no cometieron pero que terminan aceptando, y los delincuentes, los violadores de derechos humanos, son los que perdonan asegurándose impunidad, porque esa acepción de amnistía empieza por legitimar tipificaciones, acusaciones, procesos y atropellos sin cuya aceptación no es posible el perdón, el olvido o la amnistía.
Pretender desmontar un sistema narcoterrorista con el tipo de amnistía vigente es solamente jugar en la cancha del crimen organizado, bajo sus reglas y en su beneficio, pero como la liberación incondicional de presos, exiliados y perseguidos políticos es urgente, lo que corresponde —si se quiere seguir usando el termino amnistía— es ampliar el concepto con la inequívoca acepción de para la situación actual de Venezuela y de acuerdo a los datos de la realidad objetiva, “la amnistía no es perdón ni olvido de delitos (que no se cometieron) y que representa la nulidad de toda acusación, acción, procedimiento o juicio que se haya iniciado, se tramite o se haya sentenciado violando los derechos humanos”.
El nuevo alcance o definición de amnistía para las víctimas del socialismo del siglo 21 está destinado a no aceptar acusaciones, delitos o estigmas que son parte de la narrativa de asesinato de la reputación y fundamento del terrorismo de Estado implantado en Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, liberando a las víctimas, pero sin dar impunidad a los victimarios.
Un aspecto adicional es el de las reparaciones por daños morales, económicos y personales a que tienen derecho las víctimas hoy excarceladas, presas, exiliadas o perseguidas. Si se formula la amnistía como perdón y olvido y no como nulidad de acciones abusivas y delictivas en su contra, nadie tendrá derecho a reclamo alguno y los victimarios, verdugos, sicarios, torturadores, carceleros y todos los miembros de la cadena criminal podrán quedar impunes penal y civilmente. La amnistía como perdón u olvido y no como nulidad es certificado de que los mafiosos de la dictadura/narcoestado actuaron legalmente.
El derecho es dinámico y su formulación obedece a los cambios que se producen con circunstancias, tiempos, realidades y fenómenos sociales. Eso es exactamente lo que ahora sucede con la necesidad de cesar dictaduras narcoterroristas usando sus propios operadores y mecanismos, por lo que la exacta definición y ampliación de conceptos -en este caso el de amnistía- resultan imprescindibles para no caer en la trampa del continuismo y la impunidad.
*Abogado y Politólogo. Director del Interamerican Institute for Democracy
Domestic,Politics,South America / Central America,Government / Politics
INTERNACIONAL
Cuba le comunicó a las aerolíneas que en 24 horas se queda sin combustible para aviones

El Gobierno cubano advirtió a las aerolíneas internacionales que operan en la isla que a partir de este lunes el país se queda sin combustible para aviación debido al asedio petrolero de Estados Unidos.
Por el momento las aerolíneas afectadas -principalmente estadounidenses, españolas, panameñas y mexicanas– no han comunicado públicamente cómo van a afrontar esta situación, que podría generar alteraciones en rutas, frecuencias y horarios, al menos en el corto plazo.
No obstante, este hecho no es nuevo en Cuba. En situación similares previas -tanto en el período especial en los años 90 como en cuellos de botella momentáneos en los últimos meses- las aerolíneas habían salvado el problema reacomodando sus rutas con paradas extra para repostar en México o República Dominicana.
Fuentes del sector confirmaron este domingo el anuncio del régimen castrista a la agencia de noticias EFE. La mayoría de vuelos que conectan la isla con el exterior cubren rutas a Florida, en Estados Unidos (Miami, Tampa, Fort Lauderdale), España (Madrid), Panamá (Ciudad de Panamá) y México (Ciudad de México, Mérida, Cancún), aunque Cuba también tiene conexiones regulares con Bogotá (Colombia), Santo Domingo (República Dominicana) y Caracas (Venezuela).
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó el pasado 29 de enero una orden presidencial que amenazaba con aranceles a aquellos países que suministrasen petróleo a Cuba, tras alegar que la isla era un peligro de seguridad nacional para su país.
Cuba, que produce apenas un tercio de sus necesidades energéticas, anunció esta semana un duro plan de emergencia para tratar de subsistir sin importaciones de crudo y derivados que incluía el fin de la venta de diésel, la reducción de los horarios de hospitales y oficinas estatales y el cierre de algunos hoteles.
El sábado el gobierno empezó a cerrar algunos hoteles de la isla y a trasladar a los turistas a otras instalaciones como parte del paquete de medidas adoptado ante el asedio petrolero de Estados Unidos, confirmaron fuentes del sector.
El viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga aseguró el viernes en la televisión estatal que «se ha diseñado un plan en el turismo para reducir los consumos energéticos, compactar las instalaciones turísticas, y aprovechar la temporada alta que está transcurriendo en estos momentos en nuestro país».
El también titular del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera no especificó detalles sobre esta «compactación» de la infraestructura turística, pero las fuentes -que prefirieron el anonimato- adelantaron a la agencia EFE que desde el viernes se están cerrando hoteles y reubicando a los turistas internacionales en otros centros.
Esto afecta principalmente a algunas instalaciones turísticas ubicadas en el balneario de Varadero (oeste) y de los cayos del norte de la isla.
Entre las principales cadenas hoteleras que operan en Cuba están las españolas Meliá e Iberostar, y la canadiense Blue Diamond, entre otras.
México envía ayuda humanitaria mientras negocia la posibilidad de mandar petróleo
En tanto, el gobierno de México informó este domingo el envío de más de 814 toneladas de víveres destinados a la población de Cuba a bordo de dos buques de la Marina armada que zarparon del puerto de Veracruz.
El envío de ayuda por parte del gobierno de la presidenta izquierdista Claudia Sheinbaum ocurre mientras México sigue negociando una eventual entrega de petróleo a la isla sin ser sancionado por Estados Unidos, que amenazó con imponer aranceles al país que le suministre hidrocarburos.
Los víveres, que fueron embarcados desde temprano en el puerto de Veracruz (este), incluyen entre otros, leche líquida y en polvo, productos cárnicos, galletas, frijol, arroz y artículos de higiene personal, la mayor parte de ellos en el buque Papalopan (536 toneladas) y el resto en el Isla Holbox.
«Informamos que aún quedan más de 1.500 toneladas de leche en polvo y frijol pendientes de ser enviadas», agregó la Cancillería en el comunicado.
Cuba enfrenta una profunda crisis agudizada por la suspensión de abastecimiento de crudo desde Venezuela, tras la caída del mandatario de ese país, Nicolás Maduro, en una intervención de fuerzas estadounidenses el 3 de enero.
Las ventas de petróleo y derivados de México a Cuba sumaron 496 millones de dólares en 2025, menos de 1% de la producción de la petrolera estatal mexicana Pemex, informó la propia empresa la semana pasada.
INTERNACIONAL
Transforman colchones viejos en aislantes térmicos con hongos: la innovación que apunta a revolucionar la construcción sostenible

Un grupo de investigadores ha conseguido convertir colchones viejos en aislamiento térmico para la construcción utilizando hongos. Esta propuesta innovadora, presentada por la Universidad de Swinburne y difundida por Popular Science, reimagina la gestión de un residuo de gran presencia en los vertederos, y abre nuevas posibilidades para la economía circular y la sostenibilidad en el sector de la edificación.
La acumulación de colchones desechados representa un desafío ambiental de gran escala. Cada año, millones de estos productos terminan en vertederos a nivel global. Según datos citados por Popular Science, un colchón puede tardar hasta 120 años en descomponerse por completo en condiciones de relleno sanitario. Además, su tamaño voluminoso y la mezcla de materiales—espumas, telas y metales—complican el reciclaje, demandando procesos costosos y muchas veces inviables para las plantas de tratamiento tradicionales.
El resultado es la saturación de rellenos sanitarios, donde estos colchones permanecen durante décadas sin degradarse, liberando contaminantes y ocupando espacio necesario para otros residuos.
El reciclaje convencional de colchones enfrenta obstáculos tanto logísticos como técnicos. La separación manual de componentes y la falta de mercados viables para materiales recuperados dificultan la gestión eficiente de estos desechos. Por eso, la búsqueda de soluciones alternativas cobra urgencia, especialmente ante el crecimiento de la industria del descanso y el aumento en la rotación de estos productos.

Frente a este panorama, un equipo de la Universidad de Swinburne, en Australia, ha desarrollado un método novedoso para transformar colchones fuera de uso en un material aislante basado en hongos.
Según detalla Popular Science, el proceso parte del desmontaje de los colchones para separar la espuma de poliuretano, principal residuo, que se desinfecta y tritura, quedando lista para convertirse en el sustrato donde se cultiva el micelio, la red de filamentos vegetativos de los hongos.
El micelio, al crecer sobre la espuma triturada, consume parte del material y lo une en una estructura compacta y ligera. Esta transformación ocurre en condiciones controladas de temperatura y humedad durante solo unas semanas. El resultado es un panel rígido, de baja densidad, en el que el micelio actúa como aglutinante natural y otorga al material propiedades aislantes.
El protagonismo de los hongos radica en su capacidad para descomponer y reorganizar los residuos en compuestos útiles, sin necesidad de adhesivos sintéticos ni procesos industriales contaminantes. Además, el proceso no requiere altas temperaturas ni grandes consumos energéticos, lo que reduce la huella ambiental respecto a los métodos tradicionales de manufactura de aislamientos.

El producto final presenta características técnicas comparables, e incluso superiores, a los materiales de aislamiento térmico convencionales. De acuerdo con Popular Science, los paneles generados con micelio y espuma reciclada muestran una baja conductividad térmica, lo que los hace adecuados para conservar la temperatura interior en edificios y reducir el gasto energético en calefacción o refrigeración.
Durante los ensayos, estos paneles demostraron resistir temperaturas aproximadas a los 1.832 grados Fahrenheit (1.000 ℃), lo que los posiciona como una alternativa eficaz frente a riesgos de incendio y condiciones extremas.
A diferencia de muchos aislantes sintéticos, los paneles de micelio no liberan compuestos tóxicos, son biodegradables y pueden producirse localmente a partir de residuos urbanos. Su resistencia a la humedad y a ciertos patógenos añade ventajas en términos de durabilidad y sanidad, minimizando riesgos para la salud de los ocupantes de los edificios.
Las aplicaciones potenciales de este aislante micológico abarcan desde viviendas hasta infraestructuras comerciales. Su ligereza facilita el transporte y la instalación, mientras que la flexibilidad del proceso permite adaptarlo a diferentes tamaños y formas según necesidad. Además, el ciclo de vida del material cierra un circuito; al concluir su uso, puede compostarse o biodegradarse sin dañar el entorno.

El impacto futuro de esta innovación depende de su capacidad para escalar y ser adoptada por la industria. El equipo de Swinburne visualiza un modelo en el que los centros urbanos recolecten colchones desechados y los transformen en aislantes para nuevas construcciones, cerrando el ciclo de los materiales y reduciendo significativamente la generación de residuos.
La propuesta encaja en las tendencias de economía circular, donde los productos al final de su vida útil se reincorporan al sistema productivo como materia prima, en vez de convertirse en desechos. La posibilidad de replicar este enfoque en distintas ciudades y países abre la puerta a un cambio estructural en la gestión de residuos y la fabricación de materiales de construcción más limpios.
A pesar de los avances, persisten desafíos técnicos y logísticos. El escalado del proceso, la estandarización de la calidad del material y la aceptación por parte de las normativas de construcción son obstáculos que el equipo sigue investigando. Además, la viabilidad económica en comparación con los materiales tradicionales determinará el ritmo de adopción de esta tecnología.
Las proyecciones indican que, si se implementa a gran escala, este método podría reducir notablemente el volumen de colchones enviados a vertederos, disminuir las emisiones asociadas a la producción de aislantes convencionales y fomentar una nueva cultura de aprovechamiento integral de los residuos.
La investigación divulgada por Popular Science muestra que la colaboración entre ciencia, industria y sociedad puede gestar soluciones innovadoras para los retos ambientales contemporáneos.
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