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La tragedia reinventada: ‘Hamnet’ y el poder transformador del dolor en la creación artística

Hay una crueldad específica en la manera en que comienza Hamnet, insistiendo de manera casi obstinada en la vida de un niño cuyo nombre la mayoría de nosotros solo han visto como nota al pie de una obra maestra. La adaptación de Chloé Zhao de la novela de Maggie O’Farrell, con Jessie Buckley como Agnes y Paul Mescal como William Shakespeare, convierte esa crueldad en su ambiente predominante. No es una tragedia de truenos y relámpagos, ni un espectáculo ni una proclamación, sino la lenta opresión de lo inevitable, que se apodera de un hogar como la humedad se apodera de la pared.
En las tragedias de Shakespeare, la muerte a veces es un espectáculo; en Hamnet, es una atmósfera, un sistema de presión que se mueve desde los bordes y marca el encuadre, la muerte es un límite omnipresente. Y en parte es porque la idea de la tragedia de la película es, a la vez, clásica y brutal: no trata la muerte como un punto de la trama que explica Hamlet, sino como una herida que reorganiza cómo vemos las cosas: el matrimonio, la maternidad, el lenguaje y, finalmente, la posibilidad del arte en sí mismo. El gran logro de la película de Zhao es que mantiene dos verdades aparentemente incompatibles en la misma mano, sin dejar que ninguna de ellas se evapore: la tragedia no se redime con el arte y el arte puede ser una forma auténtica, y muy poderosa, de transformación, más que un consuelo, una transmutación.
La premisa es especulativa, ya que la historia no nos da casi nada: Hamnet Shakespeare murió a los once años en 1596; se desconoce la causa; su gemela, Judith, sobrevivió. La película elige la peste como mecanismo, lo cual no es inverosímil, y construye un cosmos doméstico en torno a esta elección: el escenario es un pueblo pequeño, con su aliento y su tacto, sus puestos de mercado y sus animales, sus hierbas, su fiebre y sus escasos conocimientos médicos de la época. Lo que la obra cinematográfica recibe de O’Farrell -y a lo que se mantiene fiel incluso cuando cambia la temperatura de una escena o la gramática de su narración- es la decisión de desplazar el centro de gravedad del escritor hacia la esposa, alejándose del mito del genio y acercándose a la brutal intimidad de la maternidad.
Las críticas han calificado repetidamente la película como “devastadora”, como si la devastación fuera un género. Sin embargo, resulta más interesante la forma en que se construye esa devastación. No mediante escenas melodramáticas, sino a través de una paciente atención a los rituales cotidianos que la tragedia interrumpe y luego obliga a continuar de todos modos. Pasan cosas horribles pero la vida continua, el show debe seguir. La tragedia, en su formulación teórica más antigua, no es simplemente una historia triste. La Poética de Aristóteles la define como la imitación de una acción seria y completa que, mediante los recursos artísticos, despierta la piedad y el miedo, y logra lo que la tradición ha llamado catarsis: una purificación, clarificación o descarga cuyo significado exacto sigue siendo objeto de debate.
Cuando los cineastas adaptan novelas que ya orbitan alrededor de Shakespeare, a menudo toman prestado su prestigio de como una especie de iluminación: la obra trata sobre el arte, por lo tanto, debe ser arte. La película de Zhao hace algo más estimulante. No presenta la catarsis como la recompensa del público por sufrir el dolor, sino como un problema: ¿qué significa desear la purificación de una experiencia que, para quienes la viven, no tiene una forma definitiva? Durante toda la trama el dolor es un nuevo órgano con el que la familia debe aprender a vivir. Por eso, el poder emocional de la película es inseparable de su presión ética, ya que se niega a convertir el dolor en un mero instrumento, incluso cuando también es, inevitablemente, material para el arte. Y, en una escena final conmovedora y colectiva, la catarsis no es tanto una purificación sino la convicción muy femenina de que el dolor de unos es el dolor de todos.
Y pienso en términos de convicción femenina, ya que Agnes se presenta -en la novela y también en la película- como una persona con un nombre que no existe para orbitar alrededor del suyo. Jessie Buckley la interpreta con una especie de opacidad feroz, como si la vida interior del personaje fuera incandescente y estuviera protegida; es terrenal, intuitiva y, a veces, salvaje. La película la fotografía no como un símbolo, sino como una presencia: alguien cuyo conocimiento del mundo es táctil y específico. La subjetividad del relato nos devuelve repetidamente al cuerpo y los sentidos de Agnes, a lo que ella percibe, a lo que teme y a lo que no puede dejar de saber. Su devoción es absoluta, casi mítica, mientras que la de William se complica por el hecho de que se va, de que debe irse. Su trabajo le lleva a Londres y al mundo público, incluso cuando su mundo privado se desmorona.

La película no lo condena con el moralismo directo que a veces utilizan los dramas sobre el duelo como atajo emocional, sino que hace que forme parte de la arquitectura de la tragedia. La ausencia de William no causa la muerte de Hamnet, pero se convierte en una especie de catástrofe secundaria, una réplica, una pérdida resonante, porque la tragedia no termina con el suceso que se puede fechar. Se irradia hacia el exterior y altera la física moral del hogar. En este sentido, la tragedia de la película no solo la pérdida familiar, sino la forma en que el dolor reorganiza la relación matrimonial en dos lenguajes incompatibles.
Es aquí donde la adaptación se convierte no solo en una cuestión de trama, sino también de teoría de la tragedia. La novela de O’Farrell es, entre otras cosas, un acto de restitución imaginativa que le otorga a Agnes una conciencia y un mundo. La película de Zhao mantiene ese proyecto, pero cambia las obligaciones del medio. Una novela puede detenerse en la interioridad, deslizarse entre perspectivas sin anunciarse y hacer que la metáfora parezca un hecho. El cine, en cambio, debe exteriorizar y encontrar equivalentes: gestos, luz, ritmo, sonido. La solución de la película consiste en construir una red sensorial —bosque, agua, humo, tela, barro, aliento, silbidos, hierbas— y dejar que el dolor se mueva a través de ella como el tiempo lo hace a través de un paisaje.
La fotografía de Lukasz Zal, conocido por su capacidad para hacer que la luz parezca un personaje vivo más, es crucial: las imágenes tienen una belleza castigada, como si el mundo insistiera en ser hermoso incluso cuando la belleza resulta insoportable. La banda sonora de Max Richter, por su parte, no solo desata lágrimas incontenibles, sino que flota y regresa como un pensamiento del que uno no puede deshacerse.
Sin embargo, hablar de la tragedia en Hamnet no es simplemente hablar del dolor. La tragedia, en su sentido clásico, es también una teoría del conocimiento: nos dice lo que los seres humanos pueden y no pueden saber, lo que aprenden demasiado tarde, lo que los dioses (o el destino, o la historia) les ocultan. La película de Zhao está obsesionada con el momento en que el conocimiento se vuelve irreversible. Agnes, en particular, es retratada como alguien con una especie de segunda visión, no en un sentido sobrenatural, propio del género, sino en el sentido en que ciertas personas parecen leer los patrones del mundo con una precisión aterradora. La crítica ha tachado la obra con la definición de “pornografía del dolor” para describir la sumisión emocional de su público. Y creo yo que es un signo de los tiempos. Cuando salíamos de la función varias personas dijeron frases como “es demasiado”, “fue mucho”.
Yo pienso distinto: la tragedia puede convertirse en pornografía cuando trata el sufrimiento como un espectáculo, cuando las lágrimas del público son la prueba del valor del producto. Pero la tragedia también puede convertirse en anestesia cuando es demasiado refinada, demasiado estetizada, demasiado cuidadosa para no ofender. Hamnet se arriesga a ambos peligros y los evita al convertir el dolor no en una ocasión para exhibirse, sino en una condición que lo cambia todo. No dice “miren cuánto sufre”. Dice: “miren lo que el sufrimiento hace al tiempo, al lenguaje, al cuerpo”.
Podemos ver Hamlet y sufrir con todas las muertes trágicas y sangrientas pero nos cuesta ver el dolor de una mujer al parir o frente a la muerte. La distancia pareciera ser hoy una condición de la aceptación del dolor de los demás. Susan Sontag en su libro Acerca del dolor de los demás plantea: “Mirar el dolor de los demás es siempre una experiencia cargada de ambigüedad moral.” Hamnet no permite una mirada cómoda, distanciada sino que nos obliga a preguntarnos qué significa mirar, conmovernos, incluso disfrutar de una obra construida sobre una pérdida irreparable.

Históricamente, la conexión entre la muerte de Hamnet y Hamlet es una cuestión de conjeturas ya que podríamos pensar en muchas muertes en las obras posteriores, y la película, al igual que la novela, construye su afirmación final no como una certeza académica, sino como una lógica emocional: la muerte se convierte, en la mente del artista, en una presión que debe encontrar forma. Agnes ve Hamlet y ve la traducción de su catástrofe privada al lenguaje público. La obra no es un funeral sino una recreación que reabre la herida. Sin embargo, también es, sin lugar a dudas, una transformación: lo indecible recibe voz, lo informe recibe forma. La película no pretende que Agnes supere la muerte. Ofrece algo más severo: el reconocimiento de que el arte puede ser a la vez violencia y misericordia. Y quizás el logro más interesante de la adaptación es su insistencia en que la transformación artística no es una victoria sobre la tragedia, sino una complicación adicional de la misma.
El gesto final de la película —Agnes enfrentándose a la obra— podría haberse escenificado fácilmente como una catarsis edificante: los muertos viven en el arte; por lo tanto, el dolor se redime. Zhao no hace eso. La escena es conmovedora, pero también es casi cruel. Sugiere que el poder del arte reside en parte en su capacidad para reabrir lo que la vida intenta, torpemente, cerrar. En este sentido, la película se alinea con una tradición más oscura y adulta de la teoría de la tragedia: la idea de que no nos reconcilia con el sufrimiento, sino que nos entrena para mirarlo sin mentir. La catarsis, entonces, no es alivio; es claridad. Y el texto de Hamlet de principio a fin da cuenta de esto.
Hay obras que utilizan el duelo como atajo hacia la seriedad; tratan las lágrimas como una prueba. La película, a pesar de su exuberancia, no da esa sensación. Parece una meditación sobre lo que el dolor hace a la imaginación y lo que la imaginación responde. También parece, de manera política, una corrección al mito del genio solitario. La creación de Hamlet, en el mundo imaginario de esta película, no es el producto de un hombre solo con sus pensamientos. Está entrelazada con el trabajo de una mujer, la vida de un niño, la ruptura de un hogar. La tragedia es comunitaria; la transformación también lo es, porque la obra se hace pública y allí se convierte en el lugar donde el dolor privado se expone y, en cierto sentido, se comparte.

Hamnet no es tan interesante como una historia sobre Shakespeare, sino como una historia sobre lo que significa la tragedia en un mundo en el que hemos heredado la tragedia como cultura. Sabemos lo que significa “shakespeariano”, sabemos lo que significa “trágico”, creemos saber de antemano cómo deben funcionar las historias de dolor. La película de Zhao perturba ese conocimiento al devolver la tragedia a su unidad más pequeña: la familia. La catástrofe no es la caída de un rey y el universo moral no se reorganiza para dar sentido a esa muerte. La insistencia de la película en la transformación artística no es, por tanto, un intento de dar sentido a lo que no lo tiene, sino un intento de mostrar cómo los seres humanos, ante lo insignificante, crean formas de todos modos, no porque las formas rediman, sino porque las formas son una manera para sentir que seguimos respirando.
Si Harold Bloom tiene razón al afirmar que Shakespeare inventa lo humano al ofrecernos personajes que se escuchan a sí mismos y se convierten en algo más de lo que eran, entonces Hamnet sugiere una consecuencia aún más dura: la tragedia es uno de los motores de esa invención, porque nos obliga a revisarnos o a colapsar. La película no sentimentaliza esta revisión. La muestra como costosa, parcial, a veces imposible. Y, sin embargo, también justifica por qué seguimos recurriendo al arte ante la pérdida: no porque el arte la repare sino porque el arte puede contenerla en una forma que podemos ver, expresar y, por un momento, nos ayude a sobrevivir.
El resto es silencio.
[Fotos Hamnet: Universal Pictures]
press site
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Los ingresos petroleros de Rusia, el alma de su maquinaria de guerra, se desploman

Tradición
Problemas
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Gaza’s Rafah border crossing partially reopens under ceasefire deal

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Gaza’s Rafah border crossing with Egypt resumed limited operations Monday under the terms of the Israeli-Hamas ceasefire agreement, reopening a critical gateway that had been largely closed for nearly two years.
The reopening comes with tight restrictions. Only a small number of people will be permitted to travel in either direction and commercial goods will not be allowed to pass through the crossing, officials said.
Egyptian authorities said the first day of operations will allow up to 50 Palestinians to cross in each direction, a figure that reflects the narrow scope of the initial reopening rather than a full return to prewar travel.
Health officials in Gaza say tens of thousands of residents with urgent medical needs are seeking evacuation through Rafah, underscoring the pressure on the crossing even as access remains tightly controlled. Thousands of Palestinians currently outside Gaza are also hoping to return.
US MILITARY TO OVERSEE NEXT PHASE OF PEACE DEAL FROM COORDINATION BASE IN ISRAEL
Ambulances line up to enter the Egyptian gate of the Rafah crossing on the way to the Gaza Strip, in Rafah, Egypt, Sunday, Feb. 1, 2026. (AP Photo/Mohamed Arafat)
Before the war, Rafah served as Gaza’s primary passage to the outside world. All other crossings into the territory are shared with Israel. Under the ceasefire framework that took effect in October, Israeli forces continue to control the corridor between the crossing and the areas where most Palestinians live.
Israel and Egypt are vetting travelers, and the crossing is being overseen with international involvement, officials said, as part of efforts to prevent weapons smuggling while allowing limited humanitarian movement.

A crane enters the Egyptian gate of the Rafah crossing to the Gaza Strip, in Rafah, Egypt, Sunday, Feb. 1, 2026. (AP Photo/Mohamed Arafat)
Egypt has said the crossing must function in both directions and has pushed back against any use of Rafah as a mechanism to permanently displace Palestinians from Gaza.
US ENVOY WITKOFF SAYS HIGH-LEVEL MIAMI TALKS FOCUSED ON ‘UNIFIED GAZAN AUTHORITY’ AS ISRAEL CEASEFIRE ADVANCES
Elsewhere in the territory, fighting-related incidents continued despite the ceasefire. Gaza hospital officials accused an Israeli navy vessel of firing on a tent camp near the southern city of Khan Younis, killing a 3-year-old Palestinian boy. Israel’s military said it was reviewing the report.
Egyptian authorities said roughly 150 hospitals across the country are prepared to receive patients evacuated from Gaza, while the Egyptian Red Crescent has set up support areas on the Egyptian side of the crossing.

A truck carrying humanitarian aid at the Rafah border on the Egyptian side, in Rafah, Egypt, on Thursday, Jan. 29, 2026. (Reuters)
Israel seized control of the Rafah crossing in May 2024, describing the move as part of its campaign against Hamas smuggling routes. The crossing was briefly opened for medical evacuations during a short-lived ceasefire in early 2025.
The U.S.-brokered ceasefire that took effect on Oct. 10 halted more than two years of fighting that began with the Hamas-led terror attacks on southern Israel on Oct. 7, 2023. The ceasefire’s initial phase focused on hostage exchanges, increased humanitarian aid and a limited Israeli pullback.
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A second phase envisions a new Palestinian governing arrangement for Gaza, the deployment of an international security force, the disarmament of Hamas and steps toward reconstruction — goals that remain unresolved.
The Associated Press contributed to this report.
middle east,israel,world
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Las contradicciones de la economía brasileña: entre el déficit y el récord de inversiones extranjeras

La economía brasileña atraviesa una fase marcada por grandes contradicciones y por incertidumbres que podrían tener un fuerte impacto en 2027, cuando quienquiera que sea el nuevo presidente deberá enfrentarse a una situación fiscal crítica. La semana pasada, el Banco Central confirmó la tasa Selic en el 15%. Se trata del tipo de interés de referencia fijado por el Banco Central de Brasil, que sirve como ancla para todos los demás tipos de interés, como préstamos, hipotecas, tarjetas de crédito y títulos públicos. Con este nivel, la tasa real, que incluye la inflación prevista para los próximos 12 meses, se mantiene en torno al 10,6%, el nivel más alto desde mayo de 2006, cuando era del 10,7%.
La semana pasada, el Tesoro reveló además que las cuentas del Ejecutivo en 2025 registraron un déficit de 61.700 millones de reales (11.738 millones de dólares), casi el doble del límite fiscal tolerado y un 32% superior al déficit de 2024, que fue de 42.900 millones de reales (8.161,3 millones de dólares). El ministro de Hacienda, Fernando Haddad, quien ya ha anunciado que dejará su cargo este mes, declaró, sin embargo, que la meta fiscal fue cumplida. En realidad, para llegar a esta afirmación —según los expertos—, el ministro no incluyó algunos gastos relacionados con sentencias y acciones judiciales en los ámbitos de la sanidad, la educación y la defensa nacional, así como los reembolsos por deducciones indebidas del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS).
En un editorial titulado “Como en los tiempos de Dilma”, en referencia a las pedaladas fiscales del gobierno de Dilma Rousseff que condujeron a la peor recesión económica de la historia brasileña, el diario O Estado de São Paulo critica las declaraciones de Haddad. “El gobierno alcanza su meta fiscal mediante una maniobra para excluir gastos del cálculo, pero los números no mienten: la deuda galopa y Lula parece decidido a revivir la pesadilla de su delfina”. “Durante el desastroso gobierno de Dilma Rousseff, una táctica similar se conoció como ‘contabilidad creativa’ y fue uno de los factores que condujeron a su proceso de impeachment. Es importante reconocer una diferencia significativa: en la era Dilma, el déficit se ocultaba mediante fuertes manipulaciones; en la administración de Lula, la maniobra para alcanzar el objetivo se realiza a la luz del día”, concluye O Estado de São Paulo.
Las proyecciones incluidas en el último Informe de Proyecciones Fiscales del Tesoro Nacional, que analiza la evolución de las cuentas públicas brasileñas en la próxima década y fue presentado la semana pasada, advierten que el gobierno de Lula deberá conseguir 14.000 millones de reales (2.663,4 millones de dólares) adicionales este año para alcanzar el objetivo fiscal, que prevé un superávit primario del 0,25% del PIB (equivalente a 34.300 millones de reales, es decir, 6.525 millones de dólares). Las necesidades de mayores ingresos serán aún más elevadas en 2027, cuando, según las estimaciones, faltarán 46.000 millones de reales (8.751 millones de dólares), para alcanzar el objetivo de un superávit del 0,5% del PIB (73.000 millones de reales, o sea 13.888 millones de dólares).
En el tercer mandato de Lula, la deuda pública como porcentaje del PIB saltó del 71,7% al momento de su asunción al 78,7% a finales del año pasado. El Tesoro prevé que alcanzará el 83,6% en 2026. Se trata de un aumento de casi 12 puntos porcentuales en un solo mandato, que recuerda a los datos del gobierno de Dilma Rousseff, cuando entre 2011 y 2015 la deuda pública pasó del 51% al 65% del PIB.
También las cuentas de las principales empresas estatales del país están en rojo. El déficit registrado en 2025 fue de 5.870 millones de reales (1.117 millones de dólares), según los datos divulgados por el Banco Central el viernes pasado. Es el segundo peor resultado desde el inicio de la serie histórica en 2001, solo por detrás del récord de 8.100 millones de reales (1.541 millones de dólares) en 2024. En el cálculo se excluyen únicamente la petrolera estatal Petrobras y los bancos públicos como el Banco do Brasil y la Caixa Econômica Federal. En particular, pesa de forma significativa la crisis de Correos, que acumuló pérdidas por 6.100 millones de reales (1.160 millones de dólares) en los primeros nueve meses de 2025, casi el triple de las registradas el año anterior, cuando el resultado negativo fue de 2.100 millones de reales (400 millones de dólares).

También preocupa el clima de tensión dentro del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), responsable del cálculo del Producto Interno Bruto (PIB). El dato correspondiente a 2025 se dará a conocer el próximo 3 de marzo, pero los enfrentamientos entre el presidente de la institución, Marcio Pochmann, y parte del personal técnico hacen temer discrepancias en la elaboración de los datos. El pasado 19 de enero fue despedida la investigadora Rebeca Palis, hasta entonces responsable de la Coordinación de Cuentas Nacionales, el área encargada del cálculo del PIB. En señal de solidaridad, al menos otros tres directivos del área que ella coordinaba presentaron su dimisión. La semana pasada, además, otra directiva fue destituida de la Gestión de Sistematización de Contenidos Informativos (GECOI). Según el sindicato del sector, Pochmann está llevando a cabo “una caza de brujas contra los empleados públicos que defienden la posición técnica, institucional e histórica del IBGE”.
A pesar de este escenario tan complejo, en 2026 el Ibovespa, la bolsa brasileña, alcanzó máximos históricos, superando los 183.000 puntos, impulsado principalmente por un fuerte flujo de capitales extranjeros. Solo en enero, las inversiones foráneas ya superaron más de la mitad del total registrado en todo 2025, favorecidas por un dólar más débil y por valoraciones aún atractivas de la Bolsa brasileña, a pesar de los riesgos asociados a los altos tipos de interés, al contexto fiscal y a las incertidumbres electorales. Hasta el 23 de enero de este año, los extranjeros invirtieron 17.728 millones de reales (3.373 millones de dólares) en el mercado bursátil brasileño, frente a los 25.473 millones de reales (4.846 millones de dólares) de todo 2025.
Otro dato positivo es la caída de la tasa de desempleo. Con una media anual del 5,6% a finales de 2025, alcanzó el nivel más bajo de la serie histórica. Al menos cinco factores explican este resultado. En primer lugar, Brasil está envejeciendo y, con el envejecimiento, aumenta el número de personas que salen del mercado laboral sin ser sustituidas en la misma proporción, lo que reduce la tasa de desempleo. Además, el aumento de la escolarización ha hecho que en los últimos años los jóvenes dediquen más tiempo al estudio, retrasando su entrada en el mercado laboral, lo que también tiene un impacto directo en el desempleo. Otro fenómeno decisivo ha sido la expansión de las aplicaciones de reparto y transporte de pasajeros. “Esto ha contribuido a reducir la tasa de desempleo, porque una persona despedida que de otro modo estaría desempleada puede encontrar rápidamente trabajo como conductor o repartidor. Es una forma de seguir siendo productivo para la economía”, declaró al diario O Globo Bruno Imaizumi, economista de 4Intelligence.
El año 2026 será, por tanto, no solo el de las elecciones presidenciales en Brasil, sino también el de una crucial prueba económica, cuyo impacto será determinante para el mandato del próximo presidente. Desde el empleo hasta la deuda pública, el nuevo gobierno deberá navegar con extrema cautela entre datos y políticas económicas para no llevar al país a una nueva recesión.
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