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“Lo que queda de la luz”, de Tessa Hadley: una novela sobre el matrimonio, la amistad y el peso de las renuncias del pasado

Si nos preguntaran por el mejor momento de nuestras vidas, seguramente tendríamos esa postal a mano. Es porque en general asociamos esa idea de “mejor momento” a tiempos felices que tienen que ver con el amor, la belleza, la familia, la amistad o los logros personales o profesionales de cada uno. Hay algo de idealización en las escenas del pasado ya sea porque a la distancia les damos valor a cosas que cuando eran puro presente se pensaban naturales o, simplemente, porque como la juventud lo tiñe todo, lo que en realidad extrañamos de esa escena es que éramos jóvenes. A medida que nos hacemos viejos, tendemos a pensar que lo mejor ya fue. ¿Puede acaso el mejor momento de la vida llegar cuando la mayor parte de nuestra existencia ya es pasado? ¿Es posible disolver un conflicto estructural, un trauma paralizante o una fobia cuando el tramo que queda es infinitamente más corto que el que ya vivimos? En su novela Lo que queda de luz, publicada originalmente en 2019 y publicada un año después en español por la editorial Sexto Piso, la inglesa Tessa Hadley (Bristol, 1956) reflexiona sobre esa pregunta crucial para todo ser humano.
La historia arranca con una muerte inesperada. Zachary, un londinense cincuentón rico, amante y promotor del arte, marido ideal y entusiasta, sufre un infarto en su galería de Clerkenwell una noche de verano. Es Lydia, su esposa, la que llama desde el hospital a su amiga Christine para avisarle en pleno shock lo que acaba de suceder. Christine estaba con su esposo Alex disfrutando de una noche tranquila y escuchando música cuando llega ese llamado que va a cambiar todo en sus vidas y sus destinos. Amigas las mujeres, amigos los hombres, amigas las parejas y hasta las hijas jóvenes de ambos matrimonios, acaba de morir la persona que mantenía en pie las amistades y hasta las identidades de todos. En la novela, Hadley irá desmontando pieza a pieza la construcción de esos vínculos de más de tres décadas que aparentaban ser inquebrantables.

Lo hará a través de un narrador en tercera persona que contará a través de siete capítulos los acontecimientos del presente de duelo pero también cómo se desarrolló aquello que unió para siempre a los cuatro amigos mayores. Así, el lector podrá saber que las acciones y sentimientos del presente estaban montados sobre hechos fundamentales del pasado y que, como suele ocurrir, ciertas brasas que parecían apagadas para siempre en realidad nunca habían dejado de arder.
Zachary era muy rico y su mujer, Lydia, bella y sensual, después de nacer en una familia sin recursos y a partir de su pareja con Zachary, desarrolló una severa adicción al ocio, pero también a la dependencia. Alex es director de un colegio y fue poeta, nació en República Checa y llegó a Londres a los 9 años con su familia, huyendo del régimen comunista; pasó toda su vida queríendo ser local y buscando no cometer errores provincianos. Aunque su padre fue un gran escritor, él siempre tuvo dudas acerca de su propia literatura o, al menos, no consiguió la legitimación de la crítica y los pares que podría haberlo hecho feliz. Christine, su mujer, es una pintora que que tiene miedo de pintar: no consigue explotar como artista. Su esposo ignora su obra, la menosprecia. En sus cuadros, Christine –una persona muy inteligente e ilustrada– aborda cuestiones clásicas del día a día de las mujeres como los cuidados y el mantenimiento del hogar (es admiradora de la portuguesa Paula Rego) y eso siempre ha sido visto como algo menor, en el mejor de los casos, como arte menor. La mayoría de las veces, ni siquiera como arte.
“Christine tiene una mente muy literal –dijo Alex–. Le gusta el arte de lo cotidiano”.

Tanto Lydia como Christine no consiguen terminar de ser ellas mismas; todo lo que son tiene que ver con sus esposos. Ellas son alguien en cuanto están en pareja: “Sus vidas íntimas estaban protegidas por la fuerte coraza de popularidad y el saber hacer de sus maridos”.
Las mujeres se conocieron muy jóvenes, fueron compañeras de colegio y Alex fue su profesor de francés. Alex y Zachary se conocieron también en la adolescencia. Ya en la universidad, Christine vivió un romance con Zachary y Lydia estaba profundamente obsesionada con Alex, quien por entonces estaba casado con su primera esposa. Pese a que Lydia hace todo por conquistarlo, Alex finalmente elige a Christine y todo conduce a Lydia a terminar con Zachary para consolidar el “happy together” del grupo.
Volvemos al presente. El bueno de Zachary, que no confiaba en su atractivo (“Soy como el hermano de todo el mundo, ¿verdad?”), el que realmente creía en el arte de Christine y el mismo que le daba a Lydia todo lo que parecía necesario para ella se sintiera feliz y valiosa, muere sorpresivamente y deja a todos huérfanos de amor y humanidad. Lydia no puede quedarse sola y acepta mudarse a la casa de su amiga para atravesar el duelo en grupo. Mientras se recuperan del impacto, los tres sobrevivientes comienzan entonces a preguntarse por sus propias decisiones del pasado y actúan con la cabeza puesta en el presente, tal vez para extenderlo todo lo posible ya que, a la luz de la muerte de Zachary, el final de sus vidas se percibe más cercano que antes.

El matrimonio en esta novela no es una institución, tampoco un contrato: es una costumbre. Hadley parece observar a sus personajes casados como a esos objetos que ya no vemos, de tanto usarlos. Christine, en uno de los momentos más lúcidos de la novela, dice que para ella el matrimonio es simplemente “aferrarse al otro a través de la sucesión de metamorfosis. O fracasar en el intento”.
Esta amarga definición ilumina el problema central del libro (y de tantas vidas): los cuatro protagonistas se casaron siendo personas distintas a las que son ahora, y la distancia entre esas dos versiones de sí mismos es el fantasma que recorre la novela. No hay nostalgia por la juventud perdida, sino algo más duro: la lucidez que llega cuando empezás a ver que ya no es posible deshacer nada de lo que hiciste.
Cuando esto sucede, las mujeres de la historia terminan de ser concientes del modo en que organizaron su existencia en función de los hombres que las eligieron. Pasado el shock, la muerte y luego la ausencia de Zachary llevan a Christine y a Lydia a preguntarse por sus propios deseos. En la novela hay también espacio para pensar en los conceptos de traición y lealtad, pero prefiero no abundar en eso.

El gran tema sobre el que se construye la novela de Hadley es el paso del tiempo aunque no como drama sino como la fuerza que va esmerilando los cuerpos, los deseos y las ambiciones. El título original es Late in the Day (Al final del día) pero el título en español parece concentrar mejor la idea madre de la novela. En Lo que queda de luz nos encontramos con ese resto, ese cachito vital que aún tienen por delante los personajes, algo que en el título original se pierde. Y entonces volvemos al comienzo de esta nota: ¿qué queda cuando la luz del día ya pasó? ¿Qué forma van adoptando los amores, los sueños y las frustraciones para quienes ya no tienen todo el tiempo por delante? ¿Cómo se hace para dedicar lo que queda para sostener la ilusión y la confianza en uno mismo?
A través de formas narrativas clásicas que bucean en profundidad en las características de sus criaturas, Hadley consigue que los personajes de esta novela, que tienen alrededor de cincuenta años, sean concientes de que si bien aún queda tiempo por delante, el margen para redireccionar o reinventarse ya es muy estrecho. Algunas críticas se detuvieron en una escena clave: transcurre en Venecia y todavía están los cuatro, por momentos todos juntos, a veces no (y no siempre sabe el lector qué está pasando entre ellos). En un momento, Christine le dice a Zachary: “A veces pienso que puedo prescindir del presente. El pasado es suficiente para mi vida”. En ese pasado, ya sabemos, siguen vivas todas las Christine que pudieron haber sido, aquellas a las que ella renunció por temor, por inseguridad, por falta de acompañamiento.
La historia de Lo que queda de luz no avanza en línea recta sino en espiral y a la manera de pentimento: cada regreso al pasado añade una capa de comprensión que permite ver el presente de otra manera. Es interesante porque la estructura de alguna manera reproduce el modo en que se activa la memoria cuando alguien muere: no es una cronología sino una acumulación de imágenes que pelean por buscar un sentido que no existe.

Tessa Hadley publicó su primera novela a los cuarenta y seis años, luego de varias décadas de escritura privada y una larga carrera académica. Ese trayecto alejada del sistemadefinió la madurez de su obra. No parecen interesarle los fuegos artificiales de la lengua así como tampoco la frivolidad y por eso su novela se lee como un intento de exploración de los sentimientos y los deseos humanos. Tal vez allí esté la herencia de Henry James, el escritor al que le dedicó varios años de su vida en sus trabajos académicos.
Sin embargo su prosa no se parece a la de James. Hadley escribe como sin esfuerzo, tratando de iluminar rincones de la historia y las experiencias que podrían quedar ocultos si no estuviera ella ahí, observando. No hay en su escritura alardes ni gran experimentación formal; hay, en cambio, una gran atención a los detalles —la ropa, la comida, los gestos— con los que construye el mundo social de sus personajes. La crítica Johanna Thomas-Corr encontró la fórmula justa para describir esa particularidad: “Su prosa —mesurada, irónica y de una perspicacia cautivadora— capta todas las contradicciones de la existencia humana. Con Hadley, uno sabe que hay un adulto en la sala”.
Hadley tiene fans entre las escritoras más jóvenes que ella como Zadie Smith o Chimamanda Ngozi Adichie y muchos ven en su modo de reflejar el flujo de la conciencia la influencia de Virginia Woolf, pero a partir de que narra la vida cotidiana y el mundo doméstico para explorar la existencia misma y la moral de su tiempo la asocian a otras grandes escritoras británicas como Elizabeth Taylor, la autora de Prohibido morir aquí.

Aunque habla de sus valores y su calidad literaria, en su reseña de Lo que queda de luz, que es la séptima novela de Tessa Hadley, el crítico Andrew Motion recurrió al concepto despectivo de “Hampstead novel” con el que cuestionan y se burlan de la ficción de adulterios y dilemas morales que transcurren en ambientes de clase media ilustrada londinense. La mayor crítica que le hace a la novela es que las historias matrimoniales ocupan demasiado espacio hasta que trata temas como el desplazamiento o la independencia de las mujeres.
Pienso que Motion escribió en influido por el que fue un momento muy rico para las mujeres, cuando la revolución de por los derechos estaba en marcha y sin grandes obstáculos a la vista. Cuando no imaginábamos ni en las peores pesadillas la era actual de desprecio y burla por esos mismos derechos. Sin embargo, y sin dejar de reconocer que la novela se ocupa de problemas burgueses en un ambiente burgués y en una ciudad europea, me atrevo a decir que es mejor dejar de abundar en tantas etiquetas para hablar de la literatura.
Y es que con esta historia Hadley consigue darles espacio a preguntas existenciales (cómo cambiar cuando ya es tarde o cómo conservar el entusiasmo vital cuando el tiempo va quedando corto) y esas preguntas, queridos lectores, van mucho más allá de los espacios físicos, sociales y simbólicos que las disparan porque son, en definitiva, las preguntas que nos hacemos todos los humanos que tenemos la fortuna de llegar a viejos.

Para ir terminando: hay una canción que me gusta mucho, que es de un artista que me gusta mucho. El tema es Day is done; el artista, Nick Drake, uno de los artistas más tristes de la historia. La letra de su canción habla de fiestas, partidos y carreras que están llegando al final, pero en realidad habla de la vida misma y del tiempo que nos queda para hacer y para cambiar cosas. Nick Drake consumió su vida muy rápido, por eso hablaba como alguien mucho mayor. Murió a los 26 años, pero hacía tiempo que su día, su fiesta, su partido y su carrera habían terminado.
El final de la letra dice así:
When the party’s through
Seems so very sad for you
Didn’t do the things you meant to do
Now there’s no time to start a new
Now the party is through
When the day is done
Down to Earth then sinks the Sun
Along with everything that was lost and won
When the day is done
……………………………….
Cuando la fiesta se acaba
Parece muy triste para ti
No hiciste las cosas que querías hacer
Ahora no hay tiempo para empezar de nuevo
Ahora que la fiesta se acaba
Cuando el día termina
El sol se hunde en la tierra
Junto con todo lo que se perdió y se ganó
Cuando el día termina
Si llegaste hasta acá, seguro, seguro, te quedaste pensando en esta pregunta: ¿hasta cuándo hay tiempo para tirar del mantel y empezar de nuevo?
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Pensó que estaba intoxicado y recibió un diagnóstico que le cambió la vida

Sas Parsad se despertó en medio de la madrugada con intensos dolores estomacales que inmediatamente asoció a una intoxicación alimentaria, pero fue el inicio de un largo camino que recorrió hasta recibir el diagnóstico que le cambió la vida.
Su odisea empezó hace 15 años. Parsad vive en la ciudad costera de Eastbourne, en Inglaterra, y tiene ahora 45 años. Pero todavía no olvida esa noche en la que empezó todo, cuando tenía 30 años.
Al principio, ni siquiera pensó en ir al médico: “Pensé que había comido algo dudoso, y que pasaría después de dos o tres días”, recordó en una entrevista a Metro. Sin embargo, después de diez días con dolores, decidió sacar un turno.
“Fue un dolor de calambres bastante alto, pero luego también urgencia, de necesidad de ir (al baño), y un tipo de dolor agudo, más bajo, pesado”, explicó. El profesional creyó que se trataba de una infección por Salmonella, pero todavía estaba lejos de descubrir lo que en verdad tenía.
El dolor aparecía y desaparecía constantemente. Pasó muchas noches despierto con problemas gastrointestinales. Su trabajo y su vida social se vieron significativamente afectados: estar lejos de un baño no era una opción posible para él.
Cada vez que salía de su casa, procuraba tener un baño cerca. (Foto: ilustrativa Pexels)
“Estaba prácticamente confinado en casa y no podía trabajar. Iba y venía al baño 100 veces o más al día, adolorido y sangrando constantemente. Tenía miedo de comer, en caso de que lo empeorara. Estaba cansado y sin energía”, recordó.
Cuando salía de su casa, estaba pendiente de sus necesidades: “Era, ‘¿Dónde están los baños, están limpios y puedo acceder a ellos?’ Antes, nunca había deseado usar un baño público, pero la frase ‘cuando tienes que ir, tienes que ir’ adquirió un significado completamente nuevo para mí”.
Pasó un largo tiempo sin dar con el diagnóstico, probando diferentes dietas y hábitos sin éxito. En el transcurso de dos años perdió 15 kilos y desarrolló brotes de psoriasis alrededor de los ojos y en los codos. Su mamá, con quien vivía en ese momento, lo animó a volver al médico y solicitar más pruebas.
El diagnóstico que le cambió la vida
Se sometió a múltiples resonancias magnéticas, una colonoscopia y una endoscopia que le permitieron dar con el diagnóstico: Parsad tenía la enfermedad de Crohn. Se trata de una enfermedad inflamatoria intestinal que causa hinchazón e irritación de los tejidos en el tracto digestivo.
“Me golpearon con: ‘Es la enfermedad de Crohn’. Me dijeron que era crónico, grave y de por vida”, contó. “Me dijeron que tendría que extirpar parte de mi intestino dentro de tres a cinco años y me aconsejaron que tomara medicamentos con esteroides e inmunosupresores de inmediato”.

Le diagnósticaron la enfermedad de Crohn. (Foto: ilustrativa Pexels)
El diagnóstico fue devastador para Parsad: “Creo que me desmayé. Es muy vago en mi memoria, pero recuerdo que me pusieron en la cama y me dieron un vaso de agua”, recordó.
Después de unos días, Parsad decidió hacer todo lo que esté a su alcance para mejorar su calidad de vida y se dedicó a aprender más sobre las formas de controlar su enfermedad.
Empezó a implementar el ayuno intermitente y cambió muchos de sus hábitos: “Recorté todos los azúcares, basura refinada, cosas procesadas y me deshice de todos los ingredientes molestos y dañinos que se esconden en los alimentos envasados”.
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Después de eso, empezó a notar beneficios casi inmediatos. “Los síntomas se desvanecieron, y mis niveles de energía estaban por las nubes. Me sentí mucho mejor… volví a encarrilar mi vida”, reveló en la entrevista.
Pero no sólo cambió su alimentación, también empezó a hacer ejercicio y priorizar el descanso: “Intento salir todos los días, tomo vitamina D, me mantengo hidratado, estoy estructurado con mi sueño, y me ha sorprendido lo mucho mejor que me hizo sentir”.
“Para mí, el vaso está medio lleno. Sí, tengo una condición crónica que puede ser desafiante a veces, pero en comparación con lo que algunas personas tienen que pasar, es una gota en el océano”, expresó a Metro.
“No tengo ninguna intención de someterme a ningún tipo de cirugía ni de tomar ningún medicamento mientras pueda evitarlo. Por ahora, toco madera, la tengo bajo control”, concluyó.
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Mike Rowe doubles down after blasting Kimmel’s ‘tone-deaf’ plumber jokes

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After being scorned on social media, «Dirty Jobs» television show veteran Mike Rowe doubled down on his criticism of Jimmy Kimmel’s «tone deaf» monologues mocking new Homeland Security Secretary Markwayne Mullin for being a former plumber.
Rowe said he had not noticed his post about late-night host Kimmel «belittling plumbers» had gone viral, because he had been too busy working.
«I want to apologize for not responding to any of the 22 thousand comments my last post inspired,» he wrote. «I’ve been filming all week and just noticed my observations about Jimmy Kimmel and a former plumber named Markwayne Mullin have gone viral.»
Rowe said that Kimmel’s digs at Mullin for being a former plumber are evidence of «longstanding stigmas and stereotypes» against blue-collar skilled trade workers as «uneducated, one-dimensional workers who never made it to college.»
LATE-NIGHT HOST JIMMY KIMMEL SHOWS UP TO ‘NO KINGS’ PROTEST WITH KIDS, HOLDS ‘ENOUGH ALREADY’ SIGN
«I did not suggest – even remotely – that a plumber was inherently qualified to hold a cabinet position,» he wrote on X. «What I said was that being a plumber should not disqualify a person from holding such a position.»
Mike Rowe said he took offense at Jimmy Kimmel bashing new Department of Homeland Security head Markwayne Mullin for being a former plumber. (Michael Buckner/WireImage; Getty Images)
Kimmel, a regular critic of the Trump administration, was recently criticized as elitist for using Mullin’s prior experience as a plumbing business owner as evidence that he is unqualified to lead the Department of Homeland Security.
«Trump’s got a whole new generation of thinkers lined up, including his newly confirmed secretary of Homeland Security, Markwayne ‘Chuck Mike Bruce Dave’ Melon — Mullin. Maybe Melon’s better,» Kimmel said on air March 24. «He’s the now former senator of Oklahoma. Before he was elected to the Senate, Markwayne Mullin was a low-level MMA fighter and a plumber. That’s right. We have a plumber protecting us from terrorism now. It worked for Super Mario. Why not Markwayne?»
He continued, «But honestly — I mean, if Trump is going to keep picking these unqualified people to run the department, why not have more fun with it? I mean, next time, instead of Markwayne, how about Lil Wayne for Homeland Security? At least we can get a concert out of it, right?»
Kimmel later doubled down, saying, «I’m not upset that the head of Homeland Security used to be a plumber. I’m upset that he isn’t still a plumber.»
JIMMY KIMMEL REFUSES TO BACK DOWN AFTER MOCKING SECRETARY MULLIN OVER PLUMBING BACKGROUND

Mike Rowe said that digs at Markwayne Mullin, right, for being a former plumber evidence «longstanding stigmas and stereotypes» against blue-collar skilled trade workers. (Photo by Jim WATSON / AFP via Getty Images)
Rowe had ripped late-night host Kimmel for the dig, saying he took offense at the «suggestion that skilled workers should never evolve into something new.»
He asked if Mullin’s career progression from plumbing business owner to Congress and then to a top Cabinet official is «not the embodiment of the American Dream?»
On Friday, he wrote that stereotypes reinforced by jokes like Kimmel’s are contributing to a critical shortage of American skilled laborers.
«Reasonable people can disagree as to what is funny and what isn’t. Frankly, I couldn’t care less. What I do care about,» he wrote, «is the extraordinary shortage of plumbers and electricians our country is facing, and the longstanding stigmas and stereotypes that continue to discourage people from considering a lucrative career in the skilled trades.»
«Jimmy’s joke – and his audience’s reaction to it,» wrote Rowe, «is proof positive that those stigmas and stereotypes are alive and well.»
JIMMY KIMMEL’S TRUMP, MELANIA DIGS AT OSCARS ‘FELL FLAT’ WITH CRITICS

Jimmy Kimmel, host of «Jimmy Kimmel Live!» at the Disney Advertising Upfront on May 13, 2025, at North Javits in New York City. (Michael Le Brecht/Disney via Getty Images)
Digging even deeper, Rowe asked, «What do their credentials and diplomas have to do with their actual competency? Are we not already surrounded by a legion of perfectly qualified experts who don’t know what the hell they’re doing?»
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«Jimmy is entitled to his opinion, along with anyone else who believes that Mullin is unqualified to lead the DHS,» he wrote on X. «The Constitution, however, says otherwise, and so does the Senate.»
Rowe, who runs a nonprofit promoting skilled labor careers called the mikeroweWORKS Foundation, concluded by encouraging people to launch a career in the skilled trades, saying, «Who knows? Could be the first step on your road to President.»
Fox News Digital reached out to spokespeople for Kimmel for comment.
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Crecen las denuncias tras el anuncio de indultos masivos por parte del régimen cubano: “Es una farsa más del comunismo”

El preso político cubano Lisandro Betancourt denunció su exclusión arbitraria del proceso de indultos
El reciente anuncio del régimen cubano sobre el indulto a 2.010 reclusos suscitó fuertes críticas entre presos políticos, sus familiares y organizaciones de derechos humanos, que denunciaron la exclusión de quienes cumplen condena por motivos políticos. El caso de Lisandro Betancourt Escalona, uno de los presos políticos más antiguos del país, se convirtió en un emblema de estas acciones.
Desde la prisión El Típico, en Las Tunas, Betancourt, de 63 años, enfermo y con discapacidad física, denunció en un audio difundido por el grupo de asesoría legal Cubalex su exclusión del indulto anunciado por el régimen. “Yo quiero darle a conocer al mundo la verdad del famoso indulto que dio el Gobierno tiránico de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, que es una farsa más y una mentira más“, afirmó.
Betancourt, quien lleva más de 35 años tras las rejas, detalló que en el penal solo fueron indultados seis reclusos, a quienes correspondía la libertad condicional y no les había sido otorgada. “Los demás indultos que se dieron, fueron a personas que ya estaban pasadas de libertad condicional hacía mucho tiempo y les dieron un famoso indulto. Eso es una farsa más del comunismo y el mundo tiene que conocer eso”, subrayó.
El preso político, que tiene amputadas ambas manos, carece de visión en un ojo y padece diabetes, hipertensión, cardiopatía, artritis, gota y un aneurisma, resaltó: “Personas enfermas y con discapacidad como yo no han sido beneficiadas”.
Betancourt Escalona es actualmente uno de los presos políticos de más larga data en las cárceles de Cuba. Fue condenado hace 36 años por “atentado” y “otros actos contra la seguridad del Estado”, figuras penales que la dictadura de la isla utiliza con frecuencia para castigar el disenso abierto.
En el audio, anunció además que comenzará una huelga de hambre como protesta por la arbitrariedad del indulto y su exclusión.
El régimen cubano había presentado el indulto como un gesto “humanitario”, basado en un análisis de la conducta, tiempo cumplido y estado de salud de los sancionados. Según el anuncio oficial, los beneficiados incluirían “jóvenes, mujeres, adultos mayores de 60 años, los que arriban al término de libertad anticipada en el último semestre y próximo año; así como extranjeros y ciudadanos cubanos residentes en el exterior”.
Sin embargo, la nota difundida por la prensa estatal aclaraba que no serían objeto de la medida quienes hubieran cometido “delitos contra la autoridad”. Justamente esta categoría incluye figuras como “desacato”, “atentado” y “resistencia”, imputaciones habituales contra manifestantes y opositores.
Organizaciones y fuentes consultadas por Infobae consideran que esta exclusión reduce de manera drástica el alcance real de la medida para los presos políticos.
La ONG Prisoners Defenders documentó que la excarcelación se limitó a presos comunes. Javier Larrondo, presidente de la organización, confirmó a Infobae: “En la Prisión de Trabajos Forzosos Toledo 2, Marianao, La Habana, han soltado a 41 presos, todos comunes. Ni uno solo es preso político. Igualmente en la Prisión de Trabajos Forzosos El Yabú. Todos comunes. Se confirma el jueguecito del régimen para intentar engañar a la prensa, a costa de mortificar a los familiares”, expresó.
Larrondo detalló que la situación se repite en otros centros penitenciarios de todo el país, como Boniato, en Santiago de Cuba, Taco Taco, Remedios y La Lima, donde solo han sido liberados presos comunes. “Es un drenaje carcelario de presos comunes por todo el país para abaratar costes penitenciarios al tener la mayor tasa de presos del mundo: 90 mil para 9 millones de habitantes”, destacó a Infobae.
De acuerdo con Prisoners Defenders, Cuba cuenta con 242 centros penitenciarios y correccionales, y las cifras de excarcelados coinciden con la media de liberaciones esperadas por cada centro. “Pero ni un solo preso político excarcelado. Y muchas decenas de nuevos presos políticos se suma cada mes que pasa”, concluyó Larrondo.
El caso de Betancourt Escalona refleja el impacto de la medida en la población penitenciaria política. Mientras tanto, familiares y organizaciones denuncian que la situación en las cárceles cubanas sigue inalterada para los presos políticos, quienes continúan reportando arbitrariedades y condiciones de detención incompatibles con los derechos humanos.
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