INTERNACIONAL
Murió el húngaro Béla Tarr, director del clásico “Tango satánico”

El director húngaro Bela Tarr falleció este martes a los 70 años, anunció el realizador Bence Fliegauf a la agencia de prensa MTI en nombre de la familia.
El maestro del cine húngaro, fallecido tras una larga enfermedad, es conocido por su obras complejas y oscuras, entre la que destaca Satantango (1994), una película de siete horas sobre el colapso del comunismo en Europa del Este y su declive material y espiritual.
La película es una adaptación de la novela Tango Satánico, del premio Nobel de Literatura László Krasznahorkai, con el que colaboró en varias ocasiones.
La figura de Tarr ha alcanzado una prominencia internacional tardía, ubicándolo solo detrás de Miklós Jancsó entre los cineastas húngaros más reconocidos a lo largo de la historia.
El reconocimiento internacional de su obra se consolidó en años recientes, incluyendo un homenaje en el Festival de Tesalónica en 2002 y la publicación en 2011 del libro Béla Tarr. Le temps d’après por Jacques Rancière.
La trayectoria de Béla Tarr se inicia en una familia obrera de Budapest, aunque nació en Pécs. De niño, obtuvo un breve papel como actor en una adaptación televisiva de La muerte de Iván Ilich de León Tolstói y, salvo una pequeña intervención en Szörnyek évadja de Jancsó en 1986, no volvió a actuar.
La pasión por el cine surgió pronto, pero en su juventud tenía la intención de convertirse en filósofo. Tras serle denegado por el gobierno húngaro el ingreso a estudios universitarios de filosofía, optó por volcarse definitivamente en la dirección cinematográfica.
Los primeros trabajos de Tarr, consistentes en documentales sobre la vida de la clase trabajadora y los sectores humildes urbanos, llamaron la atención de los Estudios Béla Balázs. En 1977, estos estudios le propusieron rodar su primer largometraje, Családi tűzfészek (Nido familiar), cuando tenía apenas 22 años.
Esta cinta en blanco y negro fue filmada en seis días, con actores no profesionales y siguiendo la estética de la corriente social-realista del momento. A pesar de las comparaciones con John Cassavetes, Tarr ha declarado no haber visto ninguna de sus películas antes de rodar su ópera prima. La distribución de este film se realizó en 1979.

Su obra continuó con Szabadgyalog (El intruso) en 1980 y Gente prefabricada en 1981, esta última la primera en incluir actores profesionales como protagonistas. El giro radical en su estilo comenzó con una adaptación de Macbeth en 1982, rodada en vídeo y estructurada en solo dos actos, donde la condensación narrativa y la fidelidad al texto original marcaron su nueva etapa.
En lo visual, Tarr evolucionó hacia la experimentación con planos largos y una mirada metafísica, tono que lo emparenta con cineastas como Andrei Tarkovsky. Sus referencias más explícitas incluyen la pintura de Brueghel, el cine de Jancsó y, en menor medida, la obra de Rainer Werner Fassbinder, aunque siempre ha subrayado que no sigue dogmas estéticos fijos.
La colaboración con el novelista László Krasznahorkai marcó el inicio de su madurez creativa tras el rodaje de Őszi almanach (Almanaque de otoño). Juntos firmaron tres películas, comenzando con Kárhozat (La condena) en 1988, cuya puesta en escena explora los laberintos de la soledad, los celos y la traición a través de movimientos pausados y ambientes cerrados. El tratamiento metafórico y fragmentario del relato se convirtió en una de las señas de identidad de Tarr.

Sátántangó (Tango satánico), estrenada en 1994 y basada en una novela de Krasznahorkai, requirió una planificación de siete años y una duración inusual de 415 minutos (siete horas). La película relata el fracaso de una granja colectiva en la Hungría poscomunista y es considerada una de las cumbres de su filmografía. La escritora Susan Sontag expresó: “Volvería a ver Sátántangó una vez cada año”, ampliando el reconocimiento de Tarr ante la crítica internacional.
A partir de entonces, solo realizó obras muy breves, dedicando meses a la filmación de una sola toma. En Sátántangó, por ejemplo, la cámara acompaña el avance de una manada de vacas alrededor de un pueblo, o sigue durante largo tiempo la deriva de un personaje impulsado a abandonar su hogar. El trabajo coral y el tratamiento del tiempo en el relato se intensificaron con el paso de los años.
Tras rodar Werckmeister Harmóniák (Las armonías de Werckmeister) en el año 2000, con actores como Hanna Schygulla, Tarr rubricó un nuevo giro hacia la narración fantástica y la reflexión filosófica. La película, centrada en la llegada de una ballena a un pueblo y la búsqueda de nuevas armonías musicales, explora los límites de la violencia y la utopía social. El crítico Peter Hames comentó: “La película nos ofrece además la ilusoria búsqueda de la perfección de tono y escala perseguida por Eszter, la maravilla de la ballena (una cosa bella convertida en una monstruosidad circense) y la hermosura de la película misma”.

Con A Londoni férfi (El hombre de Londres), presentada finalmente en Cannes en 2007 tras el suicidio en 2005 del productor Humbert Balsan, Tarr volvió a articular relatos mediante planos secuencia extensos y una narrativa que experimenta con el flujo del tiempo.
En 2011, el director húngaro estrenó su última obra, A Torinói ló (El caballo de Turín), donde narra la existencia rutinaria de un padre y su hija en una granja azotada por el frío, y anunció que no volvería a dirigir. Desde entonces, su influencia sigue vigente en los estudios fílmicos, y sus películas circulan, finalmente, entre los públicos internacionales.
Durante mucho tiempo, las películas más tempranas del cineasta estuvieron prácticamente inaccesibles en formato doméstico fuera de Japón. Solo desde mediados de la década de 2000, títulos emblemáticos como Nido familiar, Las armonías de Werckmeister, La condena, El hombre de Londres y El caballo de Turín pasaron a estar disponibles en español, mostrando el lento pero efectivo avance de su legado.
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INTERNACIONAL
Trump confirmó que EEUU mantiene conversasiones con Irán pero afirmó que no están “listos” para un acuerdo

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó el domingo que Washington mantiene conversaciones con Irán mientras la guerra en Medio Oriente entra en su tercera semana, aunque sostuvo que Teherán todavía no está listo para alcanzar un acuerdo que ponga fin al conflicto.
“Sí, estamos hablando con ellos”, declaró Trump a periodistas a bordo del Air Force One cuando le preguntaron si existe algún canal diplomático para terminar la guerra, que se expandió por la región y generó turbulencias en los mercados globales.
El mandatario estadounidense no ofreció detalles sobre el carácter de los contactos ni sobre quién participa en esas conversaciones. Sin embargo, indicó que las negociaciones todavía no avanzan hacia un entendimiento definitivo. “Pero no creo que estén listos. Pero se están acercando bastante”, afirmó.
Las declaraciones de Trump surgieron en un contexto de versiones contrapuestas entre Washington y Teherán sobre la existencia de conversaciones diplomáticas. Horas antes, el régimen iraní negó que existan negociaciones con Estados Unidos.
El ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, rechazó la posibilidad de dialogar con Washington y aseguró que su país no considera necesario abrir conversaciones en el actual escenario del conflicto.
“Somos lo suficientemente estables y fuertes. Solo estamos defendiendo a nuestro pueblo”, declaró Araghchi en una entrevista con el programa “Face The Nation” de la cadena CBS, emitida el domingo.
El canciller del régimen iraní sostuvo además que Irán no ve motivos para mantener conversaciones con Estados Unidos después del inicio de los ataques que desencadenaron la actual guerra. “No vemos ninguna razón para hablar con los estadounidenses, porque estábamos hablando con ellos cuando decidieron atacarnos”, afirmó.
Araghchi también cuestionó la utilidad de un diálogo con Washington a partir de experiencias previas. “No hay buena experiencia hablando con los estadounidenses”, agregó.
Trump también se refirió a la posibilidad de un acuerdo para poner fin al conflicto y señaló que no tiene claro si desea avanzar hacia una negociación inmediata. “No estoy seguro de que quiera hacer un acuerdo para terminar la guerra”, afirmó el presidente estadounidense.
El mandatario explicó su postura al señalar que la estructura de liderazgo iraní sufrió cambios profundos tras el inicio de los ataques militares. “Porque en primer lugar nadie sabe siquiera con quién estás tratando, porque la mayor parte de su liderazgo ha muerto”, sostuvo.
Pese a esas dudas, Trump insistió en que Irán busca alcanzar un acuerdo para terminar la guerra. “Quieren hacer un acuerdo desesperadamente”, afirmó.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió este domingo que su reunión prevista con el mandatario chino Xi Jinping podría posponerse si Beijing no colabora en los esfuerzos internacionales para reabrir el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo que permanece bloqueada por Irán en medio del conflicto en Oriente Medio.
En una entrevista telefónica concedida al Financial Times, Trump dejó claro que espera una respuesta de China antes de viajar a Beijing para una cumbre bilateral prevista para finales de mes.
“Creo que China también debería ayudar porque obtiene el 90 por ciento de su petróleo de los Estrechos”, afirmó el mandatario estadounidense durante la conversación con el diario, en referencia a la fuerte dependencia energética de la economía china respecto del crudo transportado desde el Golfo Pérsico.
Trump agregó que su administración quiere conocer la postura de Beijing con antelación y no esperar hasta la cita diplomática prevista entre ambos líderes. “Nos gustaría saberlo antes. Es mucho tiempo”, señaló Trump.
El presidente estadounidense también dejó abierta la posibilidad de modificar su agenda diplomática si no hay señales de cooperación por parte del régimen de Xi Jinping.
“Podríamos retrasarlo”, dijo al ser consultado sobre su visita a China, sin especificar por cuánto tiempo podría aplazarse el encuentro.
(Con información de AFP)
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INTERNACIONAL
Cómo leer a Thomas Pynchon, el enigmático escritor detrás de “Una batalla tras otra”

Thomas Pynchon es el hombre invisible por excelencia de las letras estadounidenses. Su invisibilidad es autoimpuesta, estratégica, casi metafísica. Desde la década de 1960, ha rechazado el papel público que se espera de un gran novelista estadounidense. No da conferencias, no recorre festivales, no se somete a la coreografía de los perfiles y retratos. Su ausencia se ha convertido en uno de los grandes mitos autorales del período de la posguerra: una forma de publicidad negativa tan completa que se endureció hasta convertirse en leyenda.
Casi no hay fotografías públicas de él como adulto. Sus cameos en Los Simpson, con una bolsa de papel en la cabeza, no fueron una contradicción del mito, sino su expresión más perfecta.
El nombre de Pynchon sigue siendo intimidante hasta hoy: novelas de mil páginas, entropía, cálculo, canciones con letras absurdas, prosa que parece dispararse en diez direcciones a la vez. Pero Pynchon no es simplemente difícil; muy por el contrario es esclarecedor. Es uno de los novelistas esenciales del poder: de quién lo ejerce, quién lo narra, quién desaparece en su interior y cómo sus redes sobreviven a los seres humanos atrapados en ellas.

Nacido en 1937 en Long Island, educado durante un tiempo en Cornell, donde Vladimir Nabokov formaba parte del cuerpo docente, y empleado brevemente por Boeing a principios de la década de 1960, Pynchon surgió de la misma matriz estadounidense de la posguerra que produjo el estado militar-industrial que pasaría el resto de su carrera analizando. Pocos novelistas han comprendido con tanta agudeza las continuidades ocultas entre la guerra, la burocracia, la ingeniería, las finanzas, los medios de comunicación y la fantasía.
En Pynchon, los cohetes y los bienes raíces, el mapa colonial y las canciones pop, las agencias de inteligencia y las rimas infantiles pertenecen todos al mismo gran circuito. La historia nunca es solo historia. Es toda una infraestructura con bases ocultas pero necesarias para sostener el sistema.
Su ficción es esencialmente una secuencia de postulaciones que compiten por el premio a la Mejor Conspiración en un Colapso Global. Pero a diferencia de las películas que nos regalan una coherencia inexistente en su obra, Pynchon insiste en el peso específico de la historia, su ruido, su multiplicidad, su negativa a resolverse en una sola imagen moral. Sus novelas no se limitan a describir la paranoia; se preguntan si la paranoia es, de hecho, la única respuesta razonable a la modernidad.
Ya escribí en un artículo anterior sobre Vineland, la novela en la que se basa la multi nominada Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson así que amplio a continuación un mapa de ruta para los lectores que deseen atravesar su laberinto:
En términos de Hollywood, esta es la novela revelación que hace que todos se den cuenta de que hay un maestro en acción: una novela californiana breve e incandescente de 1966 que contiene, en miniatura, casi todo lo que va a ocupar su escritura a partir de entonces.
Su protagonista es Oedipa Maas, uno de los grandes nombres de la ficción estadounidense: cómica, determinada, algo vacilante frente al destino. Oedipa, una mujer de los suburbios del sur de California, es nombrada albacea de la herencia de su antiguo amante, un magnate de nombre Pierce Inverarity. A medida que comienza a resolver sus asuntos, tropieza con lo que podría ser el rastro de un sistema postal clandestino, el Tristero, una red en la sombra que opera bajo los canales oficiales de comunicación. ¿O tal vez está sea que está cayendo en la paranoia al ver patrones donde no los hay?.

Pynchon nunca resuelve la cuestión. Sabe que la conciencia moderna está estructurada precisamente por esa incertidumbre. La brillantez de la novela radica en su engañosa amabilidad. Es breve, divertida, legible e inquietante. Avanza con la velocidad de una novela policíaca y la inestabilidad metafísica de Kafka. La California que retrata es ya plenamente pynchoniana: saturada de comercio, medios de comunicación, narcóticos, ficciones legales, imperios privados y mensajes codificados. Sin embargo, presten atención, la comedia nunca anula el terror. Lo agudiza.
Si tu interés por Pynchon se despertó con la adaptación de Paul Thomas Anderson de 2014, estás en excelente compañía. Anderson sigue siendo el cineasta con el temperamento más adecuado para Pynchon: capaz de equilibrar el absurdo con el anhelo, la escena social con la niebla emocional, la broma con la herida. Su Vicio propio entendió algo que muchas adaptaciones pasan por alto: que Pynchon no es frío sino por el contrario, a menudo es melancólico, incluso tierno.
Publicada en 2009 pero ambientada en 1970, Vicio propio su héroe, Larry “Doc” Sportello, es un investigador privado cuyo método de investigación consiste en gran parte en deambular, escuchar, olvidar, resurgir y, de alguna manera, intuir conexiones a través de una neblina de humo de marihuana. A su alrededor, Los Ángeles está cambiando de forma. La contracultura está siendo monetizada, criminalizada y reintegrada en la maquinaria de la propiedad y la vigilancia. El idilio de la playa se está convirtiendo en una estafa inmobiliaria; el amor libre se está convirtiendo en una herramienta de poder; el sueño está siendo embargado.
Lo que hace que la novela sea tan conmovedora es la forma en que su aparente desenfado oculta un diagnóstico preciso. No se trata de nostalgia por los sesenta, sino de cómo fueron neutralizados: por el capital, por la policía, por la heroína, por el desarrollo.

El título es perfecto. Vicio propio, o vicio inherente, un término legal que describe una tendencia innata al deterioro, se convierte en el veredicto de Pynchon sobre todo un momento histórico. La podredumbre no fue accidental. El sueño llevaba en sí mismo los mecanismos de su propia captura. Para los lectores que vienen del cine, esta es una de las obras más placenteras de Pynchon: relajada en la superficie, devastadora en el fondo.
Esta es, casi con seguridad, mi novela preferida. Cuando se hace la pregunta qué autor escribirá la gran novela norteamericana (pregunta que funciona como una utopía nacional) siempre pienso que es esta, que ya la escribió Pynchon.
Un drama histórico con la envergadura de un mito nacional, pero escrito por alguien que desconfía de la idea misma de mito nacional, y que además ha dedicado mucho tiempo a la astronomía del siglo XVIII, la contabilidad colonial, los rumores ocultistas y la lógica de los dibujos animados. Eso es Mason y Dixon. Publicada en 1997 y a menudo considerada por los lectores devotos como la novela mayor más cálida, divertida y emocionalmente accesible de Pynchon, narra la historia de Charles Mason y Jeremiah Dixon, los topógrafos ingleses encargados de trazar la línea que se convertiría en una de las líneas divisorias simbólicas de la historia estadounidense.

Sin embargo, a Pynchon no le interesa ofrecernos una solemne narrativa fundacional. En su lugar, nos presenta una picaresca contra-Ilustración: un mundo de ambición científica, violencia imperial, charlas de taberna, maravillas mecánicas, animales parlantes, intrigas jesuitas, dolor, amistad y el absurdo de convertir la tierra en geometría. Tan bien escrita. la prosa es uno de los grandes placeres de la novela. Pynchon adopta un lenguaje estilizado del siglo XVIII —sustantivos en mayúscula, ortografía falsamente arcaica, palabras floridas como una forma de revelar cómo el lenguaje mismo participa en la construcción del mundo. La línea que trazan Mason y Dixon no es solo territorial. Separa a los pueblos, las economías, los regímenes legales, las violencias futuras. Un instrumento de topografía se convierte en un instrumento del imperio.
Y, sin embargo, este puede ser también el libro más humano de Pynchon porque está tan atento a los hombres comunes que se esconden detrás de la abstracción de la Historia escrita con mayúscula. Mason y Dixon no son santos de yeso de la ciencia. Son melancólicos, cómicos, obstinados, vulnerables. Discuten, beben, lloran, aguantan. La amistad que ocupa el centro de la novela le confiere una calidez inusual. Pynchon muestra aquí que los sistemas son construidos por criaturas frágiles y divertidas que apenas comprenden las consecuencias del trabajo que están realizando.
Tarde o temprano, hay que hablar del cohete. Si el cine reciente nos ha devuelto a la bomba, a la física, al terror sublime del poder tecnológico, entonces El arco iris de gravedad sigue siendo la novela ineludible de la razón convertida en arma del siglo XX. Publicada en 1973 y ambientada en gran parte en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas inmediatas, es la obra maestra de Pynchon.

Su fama se debe en parte a su escala y dificultad, pero la dificultad por sí sola no explica su influencia. Muchos libros son difíciles. Esta es una novela de guerra, una novela científica, una novela de espías, una farsa obscena, un lamento teológico, una pesadilla psicosexual y una profecía del siglo corporativo por venir. Su trama, en la medida en que se puede aislar, gira en torno a Tyrone Slothrop, un teniente estadounidense en Londres cuya vida erótica parece estar misteriosamente correlacionada con los puntos de impacto de los cohetes V-2 alemanes.
A partir de esta premisa escandalosa se desarrolla una vasta indagación sobre el condicionamiento, el deseo, la investigación estatal, el capitalismo multinacional, la extracción colonial y la conversión de la vida humana en datos utilizables. Pynchon comprendió antes que la mayoría que la guerra no terminó con los desfiles de la victoria sino que generó sistemas: aeroespacial, inteligencia, farmacéutico, logística, tests psicológicos, tecnocracia. El cohete no es solo un arma. Es el emblema de una civilización que ha fusionado la trascendencia con la aniquilación. Apunta hacia arriba mientras garantiza el impacto. La leyenda que rodea a la novela no ha hecho más que profundizar su aura. Ganó el Premio Nacional del Libro.
Según se dice, un jurado del Pulitzer la recomendó; la junta la rechazó. Proliferaron las historias sobre su obscenidad, su ilegibilidad, su exceso. Pero el exceso es precisamente el punto. Pynchon rechaza la pacatería mediante la cual la catástrofe se vuelve narrable. En su lugar, nos ofrece saturación: canciones, fórmulas, alucinaciones, escatología, misticismo, adquisiciones militares. El siglo XX no cabe dentro del decoro. Y hoy toma una relevancia impensada.
La última novela publicada de Pynchon, de 2013, es también una de las más fácilmente legibles. Ambientada en Nueva York entre el colapso de la burbuja de las .com y las secuelas del 11 de septiembre, Al límite se lee hoy con una inquietante familiaridad. Es su novela sobre el capitalismo digital, la opacidad financiera, la cultura de Internet anterior a las plataformas y la transformación del espacio virtual en una arena de control. No sé si les suena conocido.

Su protagonista, Maxine Tarnow, es una de las creaciones más atractivas de Pynchon: una investigadora de fraudes, madre, neoyorquina y detective renegada que se mueve por una ciudad en la que ya no se puede confiar. A medida que investiga una operación tecnológica sospechosa y sus vínculos con el dinero, el código y las redes ocultas, la novela se convierte en una reflexión sobre el Internet primitivo que se desvanece: el Internet antes del cercamiento, antes de la colonización total de la atención por parte de las redes sociales, antes de que el ya conocido “capitalismo de vigilancia” se convirtiera en vocabulario común.
Lo que Pynchon capta aquí no es meramente una conspiración, sino un estado de ánimo: la sensación de que algo estaba siendo cerrado, privatizado, militarizado y borrado, todo al mismo tiempo. Nueva York, en esta novela, no es solo un lugar de trauma, sino de rastreo de datos, comunidades desaparecidas, fortunas especulativas y corporaciones fantasma. Describe la ciudad como un sitio donde la memoria y la tecnología chocan.
Si las novelas anteriores trazan las infraestructuras ocultas del imperio, la guerra y las finanzas, Bleeding Edge muestra esas infraestructuras en su mutación digital. Es una obra tardía muy acertada: más triste de lo que parece a primera vista, muy cómica, recelosa de la retórica tecno-utópica y atenta a la extraña intimidad entre el código y la catástrofe.
Podría seguir escribiendo sobre Pynchon y su dramática influencia en las letras norteamericanas y occidentales en general. Lo que él comprendió, con una profundidad inusual, es que los sistemas modernos no están ocultos porque sean imaginarios. Están ocultos porque son las bases estructurales, los cimientos sobre los que opera la vida diaria. Cadenas de venta online, patentes, leyes de zonificación, deuda, software, contratos militares, mapas, archivos y clasificación. Y Pynchon insiste en contar esta arquitectura invisible con densidad. Insiste en que la historia es desordenada, que la causalidad se ramifica, que la comedia pertenece a la tragedia, que lo bajo y lo alto son inseparables, que un chiste sucio puede iluminar la misma estructura que un tratado filosófico.

Es difícil en parte porque el mundo que describe es difícil. Y, sin embargo, su ficción no es meramente diagnóstica. Está llena de rincones de posibilidad humana: canciones, amistades, desvíos eróticos, comunidades de aficionados, momentos de gracia, solidaridades temporales, pequeñas zonas fugitivas donde la lógica oficial falla en su control.
Pero no se descuiden. Pynchon no ofrece consuelo. Sus novelas no terminan con tranquilidad, sino con suspensión: un grito a la espera de interpretación, una línea que aún se traza, una red que aún zumba, un cohete congelado en su descenso sobre el teatro donde todos estamos sentados. No nos concede el alivio de la comprensión completa porque sabe que la modernidad no merece esa forma.
Leemos a Pynchon porque nos recuerda que la versión oficial de la realidad es siempre parcial, a menudo interesada, y por lo general escrita por instituciones con excelente manejo de la burocracia comunicacional. Lo leemos porque devuelve la escala a nuestro pensamiento: la escala de los sistemas, sí, pero también la escala de lo extraño. Nos recuerda que el mundo está más conectado, es más absurdo, está más embrujado y es más vulnerable a un diseño oculto de lo que a la historia oficial le gusta admitir.
Ya sea que comiences con La subasta del lote 49, te desvíes hacia Vicio propio, te comprometas por meses con Mason y Dixon o, finalmente, te atrevas con El arco iris de gravedad, estás entrando en un universo ficticio en el que la paranoia puede estar justificada, los chistes tienen peso metafísico y la prosa puede hacer el trabajo del cine sin dejar de ser más fiel que el cine al caos de la historia.
Eso sí, siempre Al límite, no hay medias tintas con Pynchon, abrochate el cinturón de seguridad porque te vas a subir a una montaña rusa impredecible, que genera adrenalina y náuseas por igual. Y cuando bajes de la primera, vas a querer subir deinmediato a la que sigue.
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INTERNACIONAL
Trump advirtió que la cumbre con Xi Jinping podría retrasarse si China no colabora en la reapertura del estrecho de Ormuz

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió este domingo que su reunión prevista con el mandatario chino Xi Jinping podría posponerse si Beijing no colabora en los esfuerzos internacionales para reabrir el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo que permanece bloqueada por Irán en medio del conflicto en Oriente Medio.
En una entrevista telefónica concedida al Financial Times, Trump dejó claro que espera una respuesta de China antes de viajar a Beijing para una cumbre bilateral prevista para finales de mes.
“Creo que China también debería ayudar porque obtiene el 90 por ciento de su petróleo de los Estrechos”, afirmó el mandatario estadounidense durante la conversación con el diario, en referencia a la fuerte dependencia energética de la economía china respecto del crudo transportado desde el Golfo Pérsico.
Trump agregó que su administración quiere conocer la postura de Beijing con antelación y no esperar hasta la cita diplomática prevista entre ambos líderes.
“Nos gustaría saberlo antes. Es mucho tiempo”, señaló Trump.
El presidente estadounidense también dejó abierta la posibilidad de modificar su agenda diplomática si no hay señales de cooperación por parte del régimen de Xi Jinping.
“Podríamos retrasarlo”, dijo al ser consultado sobre su visita a China, sin especificar por cuánto tiempo podría aplazarse el encuentro.
La advertencia forma parte de la presión de Washington para que sus socios internacionales participen en la reapertura del estrecho de Ormuz, un corredor marítimo estratégico entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo.
El paso quedó prácticamente cerrado tras la escalada militar iniciada hace más de dos semanas entre Estados Unidos, Israel e Irán, lo que provocó fuertes tensiones en los mercados energéticos y elevó el precio del crudo a niveles superiores a los 100 dólares por barril.
Durante la entrevista con el Financial Times, Trump sostuvo que los países que dependen del suministro energético del Golfo deberían participar activamente en garantizar la seguridad de la ruta marítima.
“Es lógico que las personas que se benefician del estrecho ayuden a garantizar que no ocurra nada malo allí”, afirmó.
El mandatario también dirigió su mensaje hacia los aliados europeos y otros socios estratégicos de Washington, al insistir en que la reapertura del estrecho requiere un esfuerzo internacional coordinado.

Afirmó que los miembros de la OTAN se arriesgan a un futuro “muy malo” si sus miembros no ayudan a reabrir esa vía marítima clave para el comercial mundial que permanece bloqueada por el régimen iraní
Un día antes de la entrevista, Trump había pedido públicamente a potencias como China, Francia, Japón, Corea del Sur y el Reino Unido que envíen buques militares para ayudar a garantizar la navegación en la zona.
Según explicó el propio presidente, la cooperación podría incluir desde el despliegue de dragaminas hasta operaciones destinadas a neutralizar amenazas en la costa iraní.
“Lo que sea necesario”, respondió cuando se le preguntó qué tipo de asistencia espera de otros países. Trump también mencionó la posibilidad de que fuerzas aliadas contribuyan a neutralizar ataques con drones o minas navales que, según Washington, están afectando el tráfico marítimo en el Golfo.
La presión diplomática de Estados Unidos coincide con un aumento de las tensiones en el estrecho, donde el tránsito de petroleros se ha reducido drásticamente debido a los ataques y a los riesgos para la navegación.
Antes del conflicto, alrededor del 20 % del suministro mundial de crudo atravesaba diariamente ese paso estratégico, considerado uno de los puntos más sensibles del comercio energético global.
El cierre de la vía marítima ha tenido un impacto inmediato en los mercados. Los precios internacionales del petróleo han subido cerca de un 45 % desde el inicio de la guerra, reflejando la preocupación de los inversores por posibles interrupciones prolongadas en el suministro.
En paralelo a las declaraciones de Trump, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, mantuvo reuniones en París con el viceprimer ministro chino He Lifeng para preparar la eventual cumbre entre ambos líderes. Ese encuentro diplomático busca avanzar en la agenda bilateral y en la organización del viaje presidencial a Beijing, inicialmente programado para finales de marzo.
Xi Jinping había invitado a Trump a visitar China durante una reunión celebrada en Corea del Sur en octubre pasado, donde ambos mandatarios acordaron una tregua en las tensiones comerciales y tecnológicas entre sus países. Sin embargo, la nueva crisis en Medio Oriente y el bloqueo del estrecho de Ormuz han añadido un factor geopolítico clave que ahora condiciona el calendario del encuentro.

La Casa Blanca sostiene que la reapertura del corredor marítimo es fundamental para estabilizar el comercio energético y reducir la presión sobre los precios globales del petróleo. En ese contexto, la administración Trump intenta reunir apoyo internacional para restablecer la navegación en una ruta considerada esencial para el abastecimiento energético de Asia, Europa y otras regiones del mundo.
Asia / Pacific
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