INTERNACIONAL
Proponen un nuevo indicador global para evaluar cómo cada país cuida la naturaleza

(Freepik)
La situación del planeta no es muy buena: hay contaminación, muchas especies desaparecen y el calentamiento influye en que el clima cambia haciendo más calor o más frío en exceso. Si bien algunos mejoraron, como el agujero en la capa de ozono, todavía hay grandes problemas como la basura en los océanos, la destrucción de bosques y el aire contaminado en las ciudades.
Un grupo integrado por científicos de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, la investigadora argentina Sandra Díaz, de la Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet, representantes del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas y colegas de los Estados Unidos, Australia y China consideran que la humanidad necesita cambiar la forma de ver y cuidar la naturaleza.
Publicaron una original propuesta en la revista Nature. Sugirieron la creación de un “Índice de Relación con la Naturaleza” (NRI), que consistiría en un medidor para saber cómo los seres humanos se llevan con la naturaleza en cada país.

La idea es usar el índice para monitorear si hay áreas naturales protegidas y espacios verdes cerca de todas las personas, si las fábricas cuidan el ambiente o si se usan energías limpias, además de ver si las leyes protegen a los animales y las plantas.
Con este nuevo índice, se busca que los gobiernos, las escuelas y toda la gente puedan trabajar juntos para mejorar, no solo pensando en crecer económicamente, sino en vivir bien junto a la naturaleza.
En diálogo con Infobae, la doctora Díaz, que es investigadora del Conicet en el Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal, explicó: “Pretendemos que el índice contribuya a contrarrestar las narrativas que quieren convencernos de que ya no se puede hacer nada por un mundo mejor y más justo”.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La idea es que “el futuro que queremos y nos merecemos todavía depende en parte de lo que colectivamente imaginemos y sobre todo hagamos. Si bien el partido de fútbol pinta mal, todavía no terminó”, ilustró.
Remarcó que se trata de “una visión utópica en el verdadero sentido de la palabra: no es algo fantasioso, ingenuo e imposible, sino una dirección hacia la cual hay que apuntar y moverse”.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El nuevo índice busca evaluar el progreso de los países hacia un futuro en el que tanto los humanos como el resto de los seres vivos prosperen juntos.
A diferencia de otros marcos ambientales que se enfocan en los daños causados al ambiente, el NRI promueve un enfoque aspiracional que impulsa las acciones beneficiosas tanto para los humanos como para su entorno.
Yadvinder Malhi, coautor y Director del Centro Leverhulme para la Recuperación de la Naturaleza de la Universidad de Oxford, destacó la urgencia y la oportunidad de la iniciativa.
“Hacen falta visiones de futuro claras, pero esperanzadoras y viables. La crisis planetaria es profunda, pero también es una invitación. Una invitación a replantearnos nuestra relación con la Tierra, no como consumidores implacables de una naturaleza mercantilizada y explotada, sino como participantes integrales en nuestro mutuo florecimiento con el resto del mundo natural”, expresó Malhi en un comunicado.

El índice se basa en tres dimensiones principales:
- La naturaleza está prosperando y es accesible: evalúa el tamaño de las áreas silvestres y su accesibilidad por parte de la gente.
- La naturaleza se usa con cuidado: mide cómo los recursos naturales son utilizados de manera sostenible.
- La naturaleza está protegida: analiza el apoyo legal e institucional para proteger el ambiente y la biodiversidad y los recursos financieros que se destinan a ello.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Estas dimensiones se evaluarán a través de indicadores nacionales que permitirán comparar el desempeño entre países y determinar qué tan bien trabajan las sociedades para preservar su entorno natural.
La herramienta busca complementar el reconocido Índice de Desarrollo Humano (HDI) al incluir la conservación y el cuidado de la naturaleza como elemento clave del bienestar global.
Este índice podría implementarse formalmente en 2026, como parte del Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Los investigadores desarrollaron la herramienta a través de talleres y consultas internacionales con expertos y comunidades de cinco regiones geográficas de las Naciones Unidas.
También realizaron encuestas en países como Egipto, India, Perú, Polonia y China para incorporar las percepciones de personas con diferentes niveles de ingresos, educación y contextos culturales.
Se intentó garantizar que las métricas propuestas sean comprensibles, relevantes y accesibles para el público global.
Un ejemplo preliminar del índice, que fue publicado en el estudio, muestra que países como Costa Rica, conocido por sus políticas de conservación, se destacan tanto en el NRI como en el Índice de Desarrollo Humano.
“Esto indica que es posible combinar avances en desarrollo humano con una relación de respeto hacia la naturaleza”, señaló la doctora Díaz.

Antes de elaborar el Índice de Relación con la Naturaleza, los investigadores tuvieron en cuenta que las sociedades mejoraron en áreas como salud, educación y estándares de vida, pero a menudo al costo de un daño ambiental sin precedentes.
Diversas actividades humanas generaron la crisis global, con el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. “Es evidente que algo fundamental debe cambiar en la manera en que nuestras sociedades miden y persiguen el desarrollo”, afirmaron los autores del estudio.
El índice NRI plantea entonces una nueva forma de abordar los problemas globales y evita una narrativa que retrata a los humanos únicamente como destructores de la naturaleza.
Aunque tiene un enorme potencial, la implementación del NRI enfrenta varios desafíos prácticos. Muchos de los indicadores necesarios para medir relaciones saludables con la naturaleza todavía no existen o carecen de datos consistentes y actualizados globalmente.

Por ejemplo, métricas como el acceso a áreas verdes o la protección efectiva de la biodiversidad en áreas legalmente protegidas no están bien representadas en los datos nacionales.
También existe el riesgo de que el índice malinterprete situaciones de pobreza extrema, donde los bajos niveles de impacto ambiental no reflejan una relación balanceada con la naturaleza, sino una falta de recursos básicos.
Según aclararon los investigadores, “ser demasiado pobre para dañar a la naturaleza no forma parte de nuestras aspiraciones”.
Para superar esos desafíos, los autores proponen desarrollar indicadores innovadores y adaptarlos a las realidades de países con diferentes niveles de desarrollo.

Además, sugieren que el NRI podría incentivar a los gobiernos a mejorar la recopilación de datos ambientales, como lo hizo el HDI en su momento para datos sociales.
El equipo espera que el NRI sea una herramienta para motivar la cooperación internacional hacia un mundo más sostenible.
Buscan que se genere un “prestigio” asociado con un desempeño ambiental positivo para fomentar cambios en políticas, economía y cultura.

Aunque todavía está en desarrollo, la introducción de la herramienta podría marcar un cambio profundo en cómo las sociedades evalúan su progreso y ampliar el concepto de desarrollo humano hacia una coexistencia armoniosa con la naturaleza.
“Nuestra meta es asegurar que las próximas generaciones puedan prosperar junto con el resto de la vida en la Tierra”, concluyeron.
El próximo paso será optimizar los indicadores y completar el modelo final del índice para su posible inclusión en el Informe sobre Desarrollo Humano 2026. Esa etapa, según los autores, requerirá el esfuerzo colectivo de gobiernos, científicos y comunidades a nivel mundial.
Environment,Science
INTERNACIONAL
Cómo leer a Thomas Pynchon, el enigmático escritor detrás de “Una batalla tras otra”

Thomas Pynchon es el hombre invisible por excelencia de las letras estadounidenses. Su invisibilidad es autoimpuesta, estratégica, casi metafísica. Desde la década de 1960, ha rechazado el papel público que se espera de un gran novelista estadounidense. No da conferencias, no recorre festivales, no se somete a la coreografía de los perfiles y retratos. Su ausencia se ha convertido en uno de los grandes mitos autorales del período de la posguerra: una forma de publicidad negativa tan completa que se endureció hasta convertirse en leyenda.
Casi no hay fotografías públicas de él como adulto. Sus cameos en Los Simpson, con una bolsa de papel en la cabeza, no fueron una contradicción del mito, sino su expresión más perfecta.
El nombre de Pynchon sigue siendo intimidante hasta hoy: novelas de mil páginas, entropía, cálculo, canciones con letras absurdas, prosa que parece dispararse en diez direcciones a la vez. Pero Pynchon no es simplemente difícil; muy por el contrario es esclarecedor. Es uno de los novelistas esenciales del poder: de quién lo ejerce, quién lo narra, quién desaparece en su interior y cómo sus redes sobreviven a los seres humanos atrapados en ellas.

Nacido en 1937 en Long Island, educado durante un tiempo en Cornell, donde Vladimir Nabokov formaba parte del cuerpo docente, y empleado brevemente por Boeing a principios de la década de 1960, Pynchon surgió de la misma matriz estadounidense de la posguerra que produjo el estado militar-industrial que pasaría el resto de su carrera analizando. Pocos novelistas han comprendido con tanta agudeza las continuidades ocultas entre la guerra, la burocracia, la ingeniería, las finanzas, los medios de comunicación y la fantasía.
En Pynchon, los cohetes y los bienes raíces, el mapa colonial y las canciones pop, las agencias de inteligencia y las rimas infantiles pertenecen todos al mismo gran circuito. La historia nunca es solo historia. Es toda una infraestructura con bases ocultas pero necesarias para sostener el sistema.
Su ficción es esencialmente una secuencia de postulaciones que compiten por el premio a la Mejor Conspiración en un Colapso Global. Pero a diferencia de las películas que nos regalan una coherencia inexistente en su obra, Pynchon insiste en el peso específico de la historia, su ruido, su multiplicidad, su negativa a resolverse en una sola imagen moral. Sus novelas no se limitan a describir la paranoia; se preguntan si la paranoia es, de hecho, la única respuesta razonable a la modernidad.
Ya escribí en un artículo anterior sobre Vineland, la novela en la que se basa la multi nominada Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson así que amplio a continuación un mapa de ruta para los lectores que deseen atravesar su laberinto:
En términos de Hollywood, esta es la novela revelación que hace que todos se den cuenta de que hay un maestro en acción: una novela californiana breve e incandescente de 1966 que contiene, en miniatura, casi todo lo que va a ocupar su escritura a partir de entonces.
Su protagonista es Oedipa Maas, uno de los grandes nombres de la ficción estadounidense: cómica, determinada, algo vacilante frente al destino. Oedipa, una mujer de los suburbios del sur de California, es nombrada albacea de la herencia de su antiguo amante, un magnate de nombre Pierce Inverarity. A medida que comienza a resolver sus asuntos, tropieza con lo que podría ser el rastro de un sistema postal clandestino, el Tristero, una red en la sombra que opera bajo los canales oficiales de comunicación. ¿O tal vez está sea que está cayendo en la paranoia al ver patrones donde no los hay?.

Pynchon nunca resuelve la cuestión. Sabe que la conciencia moderna está estructurada precisamente por esa incertidumbre. La brillantez de la novela radica en su engañosa amabilidad. Es breve, divertida, legible e inquietante. Avanza con la velocidad de una novela policíaca y la inestabilidad metafísica de Kafka. La California que retrata es ya plenamente pynchoniana: saturada de comercio, medios de comunicación, narcóticos, ficciones legales, imperios privados y mensajes codificados. Sin embargo, presten atención, la comedia nunca anula el terror. Lo agudiza.
Si tu interés por Pynchon se despertó con la adaptación de Paul Thomas Anderson de 2014, estás en excelente compañía. Anderson sigue siendo el cineasta con el temperamento más adecuado para Pynchon: capaz de equilibrar el absurdo con el anhelo, la escena social con la niebla emocional, la broma con la herida. Su Vicio propio entendió algo que muchas adaptaciones pasan por alto: que Pynchon no es frío sino por el contrario, a menudo es melancólico, incluso tierno.
Publicada en 2009 pero ambientada en 1970, Vicio propio su héroe, Larry “Doc” Sportello, es un investigador privado cuyo método de investigación consiste en gran parte en deambular, escuchar, olvidar, resurgir y, de alguna manera, intuir conexiones a través de una neblina de humo de marihuana. A su alrededor, Los Ángeles está cambiando de forma. La contracultura está siendo monetizada, criminalizada y reintegrada en la maquinaria de la propiedad y la vigilancia. El idilio de la playa se está convirtiendo en una estafa inmobiliaria; el amor libre se está convirtiendo en una herramienta de poder; el sueño está siendo embargado.
Lo que hace que la novela sea tan conmovedora es la forma en que su aparente desenfado oculta un diagnóstico preciso. No se trata de nostalgia por los sesenta, sino de cómo fueron neutralizados: por el capital, por la policía, por la heroína, por el desarrollo.

El título es perfecto. Vicio propio, o vicio inherente, un término legal que describe una tendencia innata al deterioro, se convierte en el veredicto de Pynchon sobre todo un momento histórico. La podredumbre no fue accidental. El sueño llevaba en sí mismo los mecanismos de su propia captura. Para los lectores que vienen del cine, esta es una de las obras más placenteras de Pynchon: relajada en la superficie, devastadora en el fondo.
Esta es, casi con seguridad, mi novela preferida. Cuando se hace la pregunta qué autor escribirá la gran novela norteamericana (pregunta que funciona como una utopía nacional) siempre pienso que es esta, que ya la escribió Pynchon.
Un drama histórico con la envergadura de un mito nacional, pero escrito por alguien que desconfía de la idea misma de mito nacional, y que además ha dedicado mucho tiempo a la astronomía del siglo XVIII, la contabilidad colonial, los rumores ocultistas y la lógica de los dibujos animados. Eso es Mason y Dixon. Publicada en 1997 y a menudo considerada por los lectores devotos como la novela mayor más cálida, divertida y emocionalmente accesible de Pynchon, narra la historia de Charles Mason y Jeremiah Dixon, los topógrafos ingleses encargados de trazar la línea que se convertiría en una de las líneas divisorias simbólicas de la historia estadounidense.

Sin embargo, a Pynchon no le interesa ofrecernos una solemne narrativa fundacional. En su lugar, nos presenta una picaresca contra-Ilustración: un mundo de ambición científica, violencia imperial, charlas de taberna, maravillas mecánicas, animales parlantes, intrigas jesuitas, dolor, amistad y el absurdo de convertir la tierra en geometría. Tan bien escrita. la prosa es uno de los grandes placeres de la novela. Pynchon adopta un lenguaje estilizado del siglo XVIII —sustantivos en mayúscula, ortografía falsamente arcaica, palabras floridas como una forma de revelar cómo el lenguaje mismo participa en la construcción del mundo. La línea que trazan Mason y Dixon no es solo territorial. Separa a los pueblos, las economías, los regímenes legales, las violencias futuras. Un instrumento de topografía se convierte en un instrumento del imperio.
Y, sin embargo, este puede ser también el libro más humano de Pynchon porque está tan atento a los hombres comunes que se esconden detrás de la abstracción de la Historia escrita con mayúscula. Mason y Dixon no son santos de yeso de la ciencia. Son melancólicos, cómicos, obstinados, vulnerables. Discuten, beben, lloran, aguantan. La amistad que ocupa el centro de la novela le confiere una calidez inusual. Pynchon muestra aquí que los sistemas son construidos por criaturas frágiles y divertidas que apenas comprenden las consecuencias del trabajo que están realizando.
Tarde o temprano, hay que hablar del cohete. Si el cine reciente nos ha devuelto a la bomba, a la física, al terror sublime del poder tecnológico, entonces El arco iris de gravedad sigue siendo la novela ineludible de la razón convertida en arma del siglo XX. Publicada en 1973 y ambientada en gran parte en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas inmediatas, es la obra maestra de Pynchon.

Su fama se debe en parte a su escala y dificultad, pero la dificultad por sí sola no explica su influencia. Muchos libros son difíciles. Esta es una novela de guerra, una novela científica, una novela de espías, una farsa obscena, un lamento teológico, una pesadilla psicosexual y una profecía del siglo corporativo por venir. Su trama, en la medida en que se puede aislar, gira en torno a Tyrone Slothrop, un teniente estadounidense en Londres cuya vida erótica parece estar misteriosamente correlacionada con los puntos de impacto de los cohetes V-2 alemanes.
A partir de esta premisa escandalosa se desarrolla una vasta indagación sobre el condicionamiento, el deseo, la investigación estatal, el capitalismo multinacional, la extracción colonial y la conversión de la vida humana en datos utilizables. Pynchon comprendió antes que la mayoría que la guerra no terminó con los desfiles de la victoria sino que generó sistemas: aeroespacial, inteligencia, farmacéutico, logística, tests psicológicos, tecnocracia. El cohete no es solo un arma. Es el emblema de una civilización que ha fusionado la trascendencia con la aniquilación. Apunta hacia arriba mientras garantiza el impacto. La leyenda que rodea a la novela no ha hecho más que profundizar su aura. Ganó el Premio Nacional del Libro.
Según se dice, un jurado del Pulitzer la recomendó; la junta la rechazó. Proliferaron las historias sobre su obscenidad, su ilegibilidad, su exceso. Pero el exceso es precisamente el punto. Pynchon rechaza la pacatería mediante la cual la catástrofe se vuelve narrable. En su lugar, nos ofrece saturación: canciones, fórmulas, alucinaciones, escatología, misticismo, adquisiciones militares. El siglo XX no cabe dentro del decoro. Y hoy toma una relevancia impensada.
La última novela publicada de Pynchon, de 2013, es también una de las más fácilmente legibles. Ambientada en Nueva York entre el colapso de la burbuja de las .com y las secuelas del 11 de septiembre, Al límite se lee hoy con una inquietante familiaridad. Es su novela sobre el capitalismo digital, la opacidad financiera, la cultura de Internet anterior a las plataformas y la transformación del espacio virtual en una arena de control. No sé si les suena conocido.

Su protagonista, Maxine Tarnow, es una de las creaciones más atractivas de Pynchon: una investigadora de fraudes, madre, neoyorquina y detective renegada que se mueve por una ciudad en la que ya no se puede confiar. A medida que investiga una operación tecnológica sospechosa y sus vínculos con el dinero, el código y las redes ocultas, la novela se convierte en una reflexión sobre el Internet primitivo que se desvanece: el Internet antes del cercamiento, antes de la colonización total de la atención por parte de las redes sociales, antes de que el ya conocido “capitalismo de vigilancia” se convirtiera en vocabulario común.
Lo que Pynchon capta aquí no es meramente una conspiración, sino un estado de ánimo: la sensación de que algo estaba siendo cerrado, privatizado, militarizado y borrado, todo al mismo tiempo. Nueva York, en esta novela, no es solo un lugar de trauma, sino de rastreo de datos, comunidades desaparecidas, fortunas especulativas y corporaciones fantasma. Describe la ciudad como un sitio donde la memoria y la tecnología chocan.
Si las novelas anteriores trazan las infraestructuras ocultas del imperio, la guerra y las finanzas, Bleeding Edge muestra esas infraestructuras en su mutación digital. Es una obra tardía muy acertada: más triste de lo que parece a primera vista, muy cómica, recelosa de la retórica tecno-utópica y atenta a la extraña intimidad entre el código y la catástrofe.
Podría seguir escribiendo sobre Pynchon y su dramática influencia en las letras norteamericanas y occidentales en general. Lo que él comprendió, con una profundidad inusual, es que los sistemas modernos no están ocultos porque sean imaginarios. Están ocultos porque son las bases estructurales, los cimientos sobre los que opera la vida diaria. Cadenas de venta online, patentes, leyes de zonificación, deuda, software, contratos militares, mapas, archivos y clasificación. Y Pynchon insiste en contar esta arquitectura invisible con densidad. Insiste en que la historia es desordenada, que la causalidad se ramifica, que la comedia pertenece a la tragedia, que lo bajo y lo alto son inseparables, que un chiste sucio puede iluminar la misma estructura que un tratado filosófico.

Es difícil en parte porque el mundo que describe es difícil. Y, sin embargo, su ficción no es meramente diagnóstica. Está llena de rincones de posibilidad humana: canciones, amistades, desvíos eróticos, comunidades de aficionados, momentos de gracia, solidaridades temporales, pequeñas zonas fugitivas donde la lógica oficial falla en su control.
Pero no se descuiden. Pynchon no ofrece consuelo. Sus novelas no terminan con tranquilidad, sino con suspensión: un grito a la espera de interpretación, una línea que aún se traza, una red que aún zumba, un cohete congelado en su descenso sobre el teatro donde todos estamos sentados. No nos concede el alivio de la comprensión completa porque sabe que la modernidad no merece esa forma.
Leemos a Pynchon porque nos recuerda que la versión oficial de la realidad es siempre parcial, a menudo interesada, y por lo general escrita por instituciones con excelente manejo de la burocracia comunicacional. Lo leemos porque devuelve la escala a nuestro pensamiento: la escala de los sistemas, sí, pero también la escala de lo extraño. Nos recuerda que el mundo está más conectado, es más absurdo, está más embrujado y es más vulnerable a un diseño oculto de lo que a la historia oficial le gusta admitir.
Ya sea que comiences con La subasta del lote 49, te desvíes hacia Vicio propio, te comprometas por meses con Mason y Dixon o, finalmente, te atrevas con El arco iris de gravedad, estás entrando en un universo ficticio en el que la paranoia puede estar justificada, los chistes tienen peso metafísico y la prosa puede hacer el trabajo del cine sin dejar de ser más fiel que el cine al caos de la historia.
Eso sí, siempre Al límite, no hay medias tintas con Pynchon, abrochate el cinturón de seguridad porque te vas a subir a una montaña rusa impredecible, que genera adrenalina y náuseas por igual. Y cuando bajes de la primera, vas a querer subir deinmediato a la que sigue.
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INTERNACIONAL
Trump advirtió que la cumbre con Xi Jinping podría retrasarse si China no colabora en la reapertura del estrecho de Ormuz

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió este domingo que su reunión prevista con el mandatario chino Xi Jinping podría posponerse si Beijing no colabora en los esfuerzos internacionales para reabrir el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo que permanece bloqueada por Irán en medio del conflicto en Oriente Medio.
En una entrevista telefónica concedida al Financial Times, Trump dejó claro que espera una respuesta de China antes de viajar a Beijing para una cumbre bilateral prevista para finales de mes.
“Creo que China también debería ayudar porque obtiene el 90 por ciento de su petróleo de los Estrechos”, afirmó el mandatario estadounidense durante la conversación con el diario, en referencia a la fuerte dependencia energética de la economía china respecto del crudo transportado desde el Golfo Pérsico.
Trump agregó que su administración quiere conocer la postura de Beijing con antelación y no esperar hasta la cita diplomática prevista entre ambos líderes.
“Nos gustaría saberlo antes. Es mucho tiempo”, señaló Trump.
El presidente estadounidense también dejó abierta la posibilidad de modificar su agenda diplomática si no hay señales de cooperación por parte del régimen de Xi Jinping.
“Podríamos retrasarlo”, dijo al ser consultado sobre su visita a China, sin especificar por cuánto tiempo podría aplazarse el encuentro.
La advertencia forma parte de la presión de Washington para que sus socios internacionales participen en la reapertura del estrecho de Ormuz, un corredor marítimo estratégico entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo.
El paso quedó prácticamente cerrado tras la escalada militar iniciada hace más de dos semanas entre Estados Unidos, Israel e Irán, lo que provocó fuertes tensiones en los mercados energéticos y elevó el precio del crudo a niveles superiores a los 100 dólares por barril.
Durante la entrevista con el Financial Times, Trump sostuvo que los países que dependen del suministro energético del Golfo deberían participar activamente en garantizar la seguridad de la ruta marítima.
“Es lógico que las personas que se benefician del estrecho ayuden a garantizar que no ocurra nada malo allí”, afirmó.
El mandatario también dirigió su mensaje hacia los aliados europeos y otros socios estratégicos de Washington, al insistir en que la reapertura del estrecho requiere un esfuerzo internacional coordinado.

Afirmó que los miembros de la OTAN se arriesgan a un futuro “muy malo” si sus miembros no ayudan a reabrir esa vía marítima clave para el comercial mundial que permanece bloqueada por el régimen iraní
Un día antes de la entrevista, Trump había pedido públicamente a potencias como China, Francia, Japón, Corea del Sur y el Reino Unido que envíen buques militares para ayudar a garantizar la navegación en la zona.
Según explicó el propio presidente, la cooperación podría incluir desde el despliegue de dragaminas hasta operaciones destinadas a neutralizar amenazas en la costa iraní.
“Lo que sea necesario”, respondió cuando se le preguntó qué tipo de asistencia espera de otros países. Trump también mencionó la posibilidad de que fuerzas aliadas contribuyan a neutralizar ataques con drones o minas navales que, según Washington, están afectando el tráfico marítimo en el Golfo.
La presión diplomática de Estados Unidos coincide con un aumento de las tensiones en el estrecho, donde el tránsito de petroleros se ha reducido drásticamente debido a los ataques y a los riesgos para la navegación.
Antes del conflicto, alrededor del 20 % del suministro mundial de crudo atravesaba diariamente ese paso estratégico, considerado uno de los puntos más sensibles del comercio energético global.
El cierre de la vía marítima ha tenido un impacto inmediato en los mercados. Los precios internacionales del petróleo han subido cerca de un 45 % desde el inicio de la guerra, reflejando la preocupación de los inversores por posibles interrupciones prolongadas en el suministro.
En paralelo a las declaraciones de Trump, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, mantuvo reuniones en París con el viceprimer ministro chino He Lifeng para preparar la eventual cumbre entre ambos líderes. Ese encuentro diplomático busca avanzar en la agenda bilateral y en la organización del viaje presidencial a Beijing, inicialmente programado para finales de marzo.
Xi Jinping había invitado a Trump a visitar China durante una reunión celebrada en Corea del Sur en octubre pasado, donde ambos mandatarios acordaron una tregua en las tensiones comerciales y tecnológicas entre sus países. Sin embargo, la nueva crisis en Medio Oriente y el bloqueo del estrecho de Ormuz han añadido un factor geopolítico clave que ahora condiciona el calendario del encuentro.

La Casa Blanca sostiene que la reapertura del corredor marítimo es fundamental para estabilizar el comercio energético y reducir la presión sobre los precios globales del petróleo. En ese contexto, la administración Trump intenta reunir apoyo internacional para restablecer la navegación en una ruta considerada esencial para el abastecimiento energético de Asia, Europa y otras regiones del mundo.
Asia / Pacific
INTERNACIONAL
Macron exigió a Irán reabrir el estrecho de Ormuz y cesar los ataques en la región tras la muerte de un soldado francés

El presidente francés, Emmanuel Macron, habló este domingo con su homólogo iraní, Masoud Pezeshkian, para exigirle el cese inmediato de los ataques contra los países vecinos y la reapertura del estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que circula aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural licuado que se comercializa en el mundo.
La conversación se produce en un momento en que Europa debate hasta dónde llega su implicación en un conflicto desatado por la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero.
Macron trasladó a Pezeshkian que Francia opera en un contexto “estrictamente defensivo”, orientado a proteger a sus ciudadanos, a sus socios regionales y a garantizar la libertad de tránsito marítimo. Calificó de “inaceptable” que su país sea objeto de agresiones, después de que un dron de diseño iraní matara a un soldado francés en la región del Kurdistán iraquí.
Arnaud Frion, de 42 años, murió y otros seis soldados franceses resultaron heridos el jueves por la noche en un ataque con dron en la región de Erbil, en el Kurdistán iraquí.
“Le pedí que pusiera fin de inmediato a los ataques inaceptables que Irán está llevando a cabo contra países de la región, ya sea directamente o a través de intermediarios, como en Líbano e Irak”, declaró Macron en X tras su llamada con Pezeshkian.
Advirtió, además, que la escalada tiene graves consecuencias tanto para el pueblo iraní como para el conjunto de la región.
Solo un nuevo marco político y de seguridad, subrayó, puede garantizar estabilidad duradera, y ese marco debe incluir mecanismos que impidan a Irán adquirir armamento nuclear y controlen su programa de misiles balísticos y demás actividades desestabilizadoras de Teherán.
El estrecho de Ormuz permanece bloqueado de facto desde el inicio del conflicto. Su cierre ha disparado los precios del crudo y amenaza con agravar la inflación global. Sin embargo, este fin de semana París afirmó que mantendrá a su portaaviones de propulsión nuclear Charles de Gaulle en el Mediterráneo oriental y no lo enviará por el momento a Ormuz.
La respuesta europea al conflicto no ha sido uniforme. Francia, Alemania y Reino Unido emitieron el 1 de marzo un comunicado conjunto en el que expresaron su voluntad de colaborar con Washington para limitar la capacidad iraní de lanzar misiles y drones, aunque sin integrarse en las operaciones ofensivas.
Macron desplegó además sistemas de defensa antiaérea en Chipre, país miembro de la Unión Europea cuyas instalaciones han sido alcanzadas por drones atribuidos a Irán. España desplegó la fragata Cristóbal Colón en aguas chipriotas integrada en el grupo naval del Charles de Gaulle, aunque la ministra de Defensa, Margarita Robles, descartó el 11 de marzo que el buque participe en operaciones en Ormuz, delimitando así el alcance de la implicación española en el conflicto.

Francia mantiene acuerdos de defensa con varios países del Golfo, entre ellos Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, lo que amplía el alcance de su compromiso regional. Tras la llamada con Pezeshkian, Macron se comunicó con el emir de Kuwait para expresar su solidaridad después de que depósitos de combustible del aeropuerto kuwaití fueran alcanzados por ataques iraníes. El presidente francés ha multiplicado los contactos diplomáticos en los últimos días con líderes del Golfo, del Mediterráneo oriental y con el propio Trump, con quien también habló este domingo.
En la misma llamada, Macron pidió a Pezeshkian el regreso a Francia de Cécile Kohler y Jacques Paris, dos profesores franceses condenados en Irán a más de 30 años de cárcel por espionaje y refugiados desde noviembre en la embajada francesa en Teherán a la espera de autorización para salir del país. Su caso se ha vinculado a posibles negociaciones de canje con Mahdié Esfandiari, ciudadana iraní condenada en Francia por apología del terrorismo, en lo que París ha calificado de “diplomacia de rehenes”.
Diplomacy / Foreign Policy,Europe
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