POLITICA
¿Vuelve el “Zar del Juego”? Cristóbal López quiere recuperar sus acciones en Casino Club e Inverclub

Nueve años después de anunciar su salida del negocio de las apuestas, Cristóbal López quiere volver a ser el “zar del juego”. Así se lo comunicó a quien fuera su socio histórico en las firmas Casino Club e Inverclub, Ricardo Benedicto. Quiere recuperar su participación accionaria, aunque eso dependerá de la resolución de todos sus problemas judiciales, confirmaron a tres fuentes al tanto de las tratativas.
“López quiere volver y así se lo dijo a Benedicto, pero por ahora no es posible por todos los frentes abiertos que tiene”, detalló una de las fuentes. “Y hay otro obstáculo: Benedicto quiere continuar con el plan de pagos y honrar lo que acordaron en su momento para quedarse con la parte que era de Cristóbal, incluso a pesar del achicamiento del negocio, en particular tras la pandemia, por el aumento de los impuestos y la competencia del juego online”.
Consultado por , López respondió a través de un vocero. “Él lo niega. No vuelve al negocio del juego”, fue la respuesta oficial, en tanto que otros miembros de su círculo niegan que el traspaso de las acciones que tenía en Casino Club en 2016 haya sido una venta simulada para evitar embargos ante el avance de la Justicia.
Esos mismos integrantes de su círculo íntimo indican, no obstante, que López se ilusiona con recuperar su participación accionaria no más allá de 2027. Confía que para entonces habrá dejado atrás el “caso Oil”. Es decir, la investigación penal que afronta junto a su ahora exsocio en el Grupo Indalo, Fabián de Sousa, por la presunta apropiación indebida de $8000 millones del fisco (unos 552 millones de dólares al tipo de cambio oficial entonces vigente).
Absueltos en 2021 por un fallo dividido del tribunal oral que los juzgó, López y De Sousa continúan bajo la lupa porque la Corte Suprema de Justicia revocó ese fallo en mayo de 2024. Ordenó dictar una nueva sentencia con parámetros que podrían complicarlos y dejó firme la condena a 4 años y 8 meses de prisión del entonces titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Ricardo Echegaray.
López y De Sousa confían, sin embargo, en obtener un fallo favorable, gracias a sus abogados y lobistas. Entre ellos, Marcelo D’Alessandro, quien se desempeñó como ministro de Seguridad porteño durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta y pasó a tomar las riendas de las “relaciones institucionales” del Grupo Indalo.
“Más que para entablar relaciones con el Gobierno [de Javier Milei], D’Alessandro vino para [tratar con] la Justicia”, indicó uno de los lugartenientes de López a . “Viene a suplantar a [Julián] Leunda, abogar por López entre jueces y fiscales, y fortalecer los contactos con gobernadores e intendentes”, detalló.
El ingreso de D’Alessandro al Grupo Indalo consolidó la reconfiguración del holding tras la escisión entre López y De Sousa, lejos de los tiempos en que C5N dedicó una extensa cobertura a la participación del exministro del Pro en, por ejemplo, un viaje a Lago Escondido junto a jueces, fiscales y ejecutivos del Grupo Clarín.
Con ese mismo objetivo de cerrar frentes judiciales, López y De Sousa también decidieron sumarse al pelotón de acusados en la causa Cuadernos que ofrecieron pagar –bajo la forma de una “reparación integral del daño”- a cambio de obtener sus sobreseimientos. ¿Su propuesta? Desembolsar poco más de 680.000 dólares al tipo de cambio vigente. ¿Resultado? El tribunal oral rechazó la propuesta y afrontarán un juicio oral.
“López y Benedicto no están en conflicto, ni mucho menos, y tuvieron una reunión a la que sumaron a los hijos de ambos”, afirmó otra fuente al tanto de las tratativas. “Les explicaron cómo es la situación y les comunicaron qué condiciones deberían darse para concretar un eventual traspaso [de las acciones]”.
¿Cuáles serían esas condiciones? “En principio, dos”, replicó uno de los informantes. “La primera, que Cristóbal resuelva todos sus quilombos judiciales. La segunda, que Benedicto incumpla con el plan de pagos anuales que acordaron y refinanciaron hasta 2030 o 2031, y eso habilite a Cristóbal a ejecutar la cláusula”.
Considerado uno de los 50 hombres más ricos de la Argentina, con un patrimonio que en 2020 rondaba los US$330 millones, según cálculos de la revista Forbes, Benedicto cultiva el bajo perfil. Pero en 2016 concentró los titulares de los diarios cuando le compró el 30% de las acciones en Casino Club e Inverclub, que eran de López, por las que acordó pagar US$61 millones y US$ 39 millones, respectivamente.
Hasta aquel momento, López controlaba el 30% de las acciones de Casino Club, al igual que Benedicto y un tercer socio, Juan Castellano, mientras que el 10% restante estaba en manos de Héctor Cruz. Pero López vendió su participación en ese emporio y en Inverclub, con la que participaba en el barco Casino de Buenos Aires, el City Center de Rosario, el casino de Neuquén, tres bingos en la provincia de Buenos Aires y un casino en Miami.
Así, en los papeles Benedicto controla hoy el 60% de Inverclub, con salas de juego en Mendoza, Neuquén, Santa Fe y en Estados Unidos. También es socio del grupo español Cirsa en los barcos de Puerto Madero y las salas de bingo del Hipódromo de Palermo. Y por medio de Casino Club, controla más de 20 salas en Misiones, La Pampa, Santa Cruz y Chubut.
“El vínculo entre Cristóbal y Ricardo no se cortó jamás. De hecho, en la oficina de Benedicto hay una foto que se sacaron ellos dos juntos a sus hijos durante esa reunión que tuvieron a fin de año y en la que explicaron la situación a sus hijos”, precisó la tercera fuente. “La premisa fue que los chicos supieran a qué atenerse si uno de los dos llegaba a morir de improviso”.
Junto al empresario patagónico, esa premisa no tiene matices. “Él siempre quiso dar vuelta la operación. Pero hoy no puede ejecutar la cláusula de revocación y queda mucho por resolver”, completó otra fuente. “Pero si cierra el ‘caso Oil’, se verá qué pasa. En su fuero íntimo, lo que él [por López] quiere es redimirse”.
Cristóbal López,Hugo Alconada Mon,Cristóbal López,Conforme a,Cristóbal López,,Del gabinete de Larreta al kirchnerismo. El exministro Marcelo D’Alessandro ahora trabaja para Cristóbal López,,Más subsidios al rey del juego,,La provincia responsabilizó a Milei. Libertarios denuncian que Río Negro le otorgó subsidios millonarios a Cristóbal López
POLITICA
Macri negó tener diferencias con Milei por la relación con Estados Unidos, pero pidió no descuidar el vínculo con China

“China es un mercado que la Argentina tiene que atender, no para polemizar, sino porque ha hecho explotar nuestras exportaciones de carne, arándanos y cerezas”, declaró Mauricio Macri, presidente del PRO y ex presidente de la Nación, durante una entrevista exclusiva con Infobae. De esta manera, el dirigente negó que exista una diferenciación con Javier Milei respecto al vínculo comercial entre Argentina, China y Estados Unidos, y reivindicó la visión pionera de su padre en la materia.
Macri recordó la actitud innovadora de Franco Macri al impulsar el acercamiento con China en un contexto donde pocos lo hacían. “En el 89, cuando ni se hablaba de China. Papá dijo: Hay que ir a China. Vamos a traer una fábrica de catalizadores y fuimos para allá… Él siempre fue un visionario”, aseguró. Añadió que su padre también fue el primero en plantear la necesidad de unirse con Brasil: “Él siempre tuvo visiones claras. También dijo: Las privatizaciones tienen que llevarse a cabo, pero los argentinos tienen que tener un rol importante, no el operador extranjero”.
Profundizando sobre su postura actual, Macri enfatizó el carácter complementario de la relación con China. “Lo que yo dije es algo medio obvio, ¿no? Si lo que ha hecho explotar la exportación de carne en el día de hoy, de arándanos, de cerezas, de lo que sea, es China, es porque, bueno, es un mercado que la Argentina tiene que atender”, reiteró.
Aclaró, sin embargo, que esto no significa relegar la relación bilateral con Estados Unidos: “Eso no significa que tengamos la mejor relación posible con Estados Unidos, que esta cercanía de Estados Unidos la veo como muy positiva”.
A modo de ejemplo, Macri evocó la política exterior durante su presidencia: “Uno puede, como lo logramos en mi gobierno, tener con Obama y con Trump las mejores relaciones del mundo y con Xi Jinping también”. Enfatizó la necesidad de sumar aportes internacionales para generar desarrollo interno: “Me parece que hay mucho para sumar a una Argentina que todavía tiene mucha gente debajo de la línea de pobreza y tiene mucho para progresar”.
En respuesta a la repercusión de declaraciones previas, el ex mandatario subrayó que quienes intentan generar polémica con el tema de China lo hacen por motivos externos: “Los que lo han tomado para polemizar, bueno, tienen que hacerlo para así tener más clics en el diario”, planteó.
Así, Macri reivindicó la importancia de mantener abiertas distintas vías de relaciones internacionales en simultáneo, privilegiando que “los argentinos tengan un rol importante” en el desarrollo y fortalecimiento económico del país.
La aclaración surgió porque, en una entrevista con el editor del sitio Seúl, Hernán Iglesias Illia, había afirmado: “China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso”.
Y, en ese momento, agregó: “Yo lo logré, a pesar de la presión de Obama y de Trump, que fue tremenda. Obama, con sus buenas maneras; y Donald, a lo Donald. Decir ‘no, somos mejores amigos, pero yo a mi relación con China la mantengo’”.
POLITICA
Secuestrado: el capítulo del libro en el que Macri relata los terribles 14 días que cambiaron su vida y el vínculo con Franco

Capítulo 10 – Secuestrado
Mi década del noventa comenzó en las primeras horas del sábado 24 de agosto de 1991 en la esquina de Figueroa Alcorta y Tagle. Esa noche fui secuestrado por una banda de expolicías que me mantuvieron en cautiverio a lo largo de catorce días. Este hecho cambió mi vida para siempre, cambió mi relación con mi padre y cambió mi visión acerca de lo importante y lo superfluo. De alguna manera, fue como si una nueva versión de mí mismo hubiera nacido en aquellas jornadas aterradoras encadenado en un sótano. Creo que no existe ningún aspecto de mi personalidad que no haya sido afectado de una manera u otra por la experiencia de haber estado en cautiverio sin saber si saldría con vida.
El silencio, las voces que aparecen un par de veces por día porque quieren grabar mi voz o pasarme a través de un hilo algo para comer. Es una situación de despersonalización muy difícil de explicar. Solo estás ahí. Esperando que suceda algo que no sabés qué es.
El secuestro nos transformó, en un instante, en una familia de altísimo perfil público. Papá podía ser el número uno de los empresarios, pero su cara y su voz eran prácticamente desconocidas hasta ese momento. De un día para el otro, los Macri pasamos a ser algo así como unos Kennedy de cabotaje y comenzamos a ocupar un espacio inédito en las revistas y en la televisión.
Antiguamente, los franceses llamaban “delfines” a los herederos al trono. Muchas veces me habían considerado el delfín de Franco Macri. Por eso para mis secuestradores no era Mauricio sino apenas “el pescadito”, como me llamaban con un sarcasmo cruel.
Todo lo que sucedió durante el secuestro tiene la forma de una pesadilla. Yo llevaba ya varios meses separado de Yvonne Bordeu, la madre de mis tres primeros hijos, y había quedado en ver a Dana, una chica con la que estaba empezando a salir. Preocupada porque no había llegado a la cita que teníamos, fue quien se comunicó de inmediato con papá que, también preocupado, salió corriendo hasta mi casa, a pocas cuadras de la suya. En la vereda, producto del forcejeo, habían quedado mis anteojos. Fue la primera señal que recibió de lo que había ocurrido.
Pocos minutos después de salir en mi búsqueda, sonó el teléfono en su casa. Atendió Eva Bomparola, su pareja de entonces, del otro lado sonó una grabación con mi voz: “¿Con el señor Francisco Macri? Habla su hijo Mauricio. Por favor, comuníqueme con mi padre. He sido secuestrado”.
Eva se comunicó con papá a su celular y le pidió que volviera de inmediato sin decirle de qué se trataba. El teléfono sonó otra vez en medio de la madrugada en la casa de la calle Eduardo Costa. Volvió a sonar la misma grabación con mi voz, pero esta vez, al finalizar, una voz diferente ordenaba buscar “bajo el tobogán de la Plaza Alemania”. Papá fue allí junto con su amigo Rafael Alazraki y estuvieron buscando sin saber qué, pero no hallaron nada. Al cabo de un nuevo llamado, su amigo regresó a la plaza con la persona que cuidaba la casa y encontraron una botella cubierta de alambre y cemento. Dentro estaba el primer mensaje. La pesadilla apenas comenzaba.
El mensaje que dejaron los secuestradores incluía una especie de proclama revolucionaria sin firma seguida de una cifra: siete millones de dólares era el precio que le habían puesto a mi vida. Intentaban mostrar que había algún tipo de móvil ideológico o político detrás, siguiendo el estilo de tantos secuestros producidos años atrás desde las organizaciones guerrilleras de los setenta. Sin embargo, durante la década siguiente los secuestros de empresarios habían dejado de estar motivados por la política y se habían vuelto una manera de financiar un oscuro entramado de expolicías, “mano de obra desocupada” del gobierno militar, como se los llamaba entonces. Muchos de esos secuestros les habían costado la vida a sus víctimas. El mío podía ser uno de aquellos casos.
Mientras, yo estaba ya lejos de allí, acostado, a oscuras. Sabía que había pasado un largo rato en una especie de féretro en el que me habían encerrado hasta llegar al sótano en el que me depositaron. No sabía qué harían los secuestradores ni cuál había sido la reacción de mi padre, si había habido un pedido de rescate y, sobre todo, si saldría vivo de allí.
Le siguieron mandando mensajes a papá. La primera exigencia era mantener el secreto sobre lo que estaba ocurriendo. Franco sabía que las horas en las que se podía mantener el silencio de las pocas personas que estaban al tanto se esfumaban como arena entre los dedos. Las posibilidades de explicar mi súbita ausencia se reducían.
Papá decidió simular que seguía con su vida normal mientras todo no hacía más que volverse anormal hasta la locura. Cualquier filtración sobre lo que realmente estaba ocurriendo me ponía en peligro. Para el resto del mundo, yo había salido de viaje de manera urgente hacia Brasil por temas de trabajo. Ese sábado a la mañana debí leer en voz alta los títulos del diario. La grabación fue enviada a papá. Fue la primera prueba de vida de las muchas que vendrían.
El primer fin de semana de mi secuestro, Franco decidió pedirle ayuda al embajador norteamericano Terence Todman. Quería que le recomendara gente especializada en este tipo de situaciones. La desesperación crecía en el puñado de personas que lo rodeaban. La negociación que papá había decidido llevar él mismo con los secuestradores avanzaba, y había que reunir una suma gigantesca de dólares en efectivo en pocos días.
Las indicaciones eran precisas: el dinero debía ordenarse en fajos de 10 mil dólares agrupados de diferentes maneras, con billetes de distinta denominación dentro de un modelo determinado de bolso. La logística para llevarlo a cabo hacía que todo pareciera aún más delirante. En la planta baja de su casa, papá junto a Luis da Costa y sus colaboradores más cercanos se dedicaron durante horas a contar y ordenar los billetes. El plazo se había fijado para el jueves siguiente. El martes ya se habían reunido todos los billetes, que apilados ocupaban una superficie de un metro de alto por tres metros de largo, según recordaría Franco.
El lunes habían llegado los agentes norteamericanos de Ackerman, la consultora de seguridad recomendada por Todman. Las discusiones sobre cuál podía ser la mejor estrategia para lograr mi liberación fueron intensas. Papá no quería correr riesgos. El tema seguía siendo cómo mantener el secreto sobre lo que estaba ocurriendo, pese a que cada vez más gente estaba al tanto. Ahora se habían sumado mi hermano Gianfranco, mi mamá, la madre de mis tres primeros hijos y mi amigo Nicolás Caputo.
El miércoles, una radio anunció que papá había sido secuestrado. El rumor corrió rápidamente. Franco desmintió todo de inmediato. Pero ya todos sabían que algo raro estaba pasando. El cuento del viaje a Brasil duró apenas veinticuatro horas más. El jueves estalló la noticia y toda la prensa ya estaba hablando de mi secuestro.
Hasta ese momento, papá confiaba en su extraordinaria capacidad como negociador, esa que yo había visto en innumerables oportunidades, intentando construir en cada llamada que recibía de los secuestradores un espacio de confianza. Pero a diferencia del terreno en que solía moverse, esta vez no había del otro lado un hombre de negocios o un banquero o un político, sino una banda de comisarios convertidos en delincuentes profesionales. Ese jueves le anunciaron que las negociaciones quedaban interrumpidas. Los secuestradores se habían sentido traicionados por la noticia en los medios. Fiel a su estilo, Franco insistió en que podría ayudarlos a que las cosas no se agravaran aún más.
Yo no sabía que estaba en un pequeño espacio en el sótano de una casa de la avenida Juan de Garay 2882. Allí, el tiempo no pasaba. Había un precario baño químico. Mi única conexión con el mundo exterior era un pequeño televisor blanco y negro que estaba en esa jaula en la que estaba atrapado. Al principio, la pantalla era una ayuda para soportar el limbo en el que me encontraba. Pero con el correr de los días se convirtió en un enemigo. A través de ese televisor, yo veía las cámaras que hacían guardia día y noche frente a la puerta de la casa de papá en la calle Eduardo Costa. Mi desesperación crecía cuando veía a mis hijos entrar y salir. Lo vi a papá cuando salió a saludar desde el balcón del primer piso. Imagino a mis padres en ese momento, me imagino a mí mismo como padre ante el secuestro de un hijo y no puedo asimilar el nivel de desesperación que debe haber sentido mi familia en esos días.
Al poco tiempo papá descubrió el origen de la filtración que llegó a los medios. Los teléfonos de Eduardo Costa estaban “pinchados”. Todas sus sospechas recaían sobre una empresa competidora que practicaba el espionaje industrial. Fue así como se convirtieron en los primeros en enterarse de lo que estaba ocurriendo y se lo comunicaron al gobierno del entonces presidente Carlos Menem.
Los días se sucedían entre la irrealidad de lo que se vivía en el campamento que se había armado en la casa de mi padre y lo no menos irreal que estaba viviendo yo mismo en esa espera incierta. Papá dirigía la empresa más difícil de su vida con la asistencia de Mike y Peter, los dos expertos americanos recomendados por Todman, junto con quienes había construido su estado mayor.
Todos los días llegaban pistas que había que chequear y que luego se descartaban. Muchas de ellas de gente bienintencionada y otras directamente absurdas. Unos daban precisiones de un lugar de cautiverio en el Tigre o en San Telmo, y hasta aparecieron videntes que afirmaban basados en visiones y percepciones extrasensoriales que me habían asesinado.
El gobierno se puso a disposición, pero Franco fue tajante: no quería saber nada con esta ayuda. Tenía muy claro que mi vida estaba en juego y no quería que nada interfiriera en las negociaciones y pudiera convertir el desenlace en una tragedia.
Papá sufría lo que estaba pasando hasta lo indecible. Los secuestradores le habían exigido que él mismo fuera quien entregara el dinero del rescate. Él estaba dispuesto y decidido a hacerlo, pero los expertos americanos que lo acompañaban rechazaron de plano la idea. La experiencia internacional señalaba que, si mi padre se exponía a entregar el dinero, era muy probable que él mismo pasara a ser víctima de un nuevo secuestro.
La situación en el sótano no había cambiado hasta que los medios mostraron la llegada de una ambulancia a la casa de papá. Esto comenzó a generar alarma entre los secuestradores. Efectivamente, según supe después, Franco había tenido una crisis cardíaca producto del estrés que estaba viviendo. Esto me sirvió para convencer a mis captores de que papá no podía estar a cargo de la entrega del dinero, pero que era, sí, la única persona posible con la que negociar el pago del rescate. También les pedí que me permitieran hacerle llegar un mensaje a mi amigo Nicolás, para que le diera a mi padre su celular, de modo que todas las conversaciones se hicieran a través de ese teléfono, que era más seguro que cualquiera que tuviera papá, a esa altura probablemente intervenido legal o ilegalmente.
Los secuestradores accedieron y las negociaciones se restablecieron. Hubo un nuevo mensaje, oculto bajo un cartel junto al estadio de River Plate, con nuevas indicaciones.
El tiempo se estaba acabando y papá les ofreció a los secuestradores una lista de personas posibles para la entrega del dinero, y eligieron a Nicolás y al chofer que nos acompañaba desde hacía muchos años, de extrema confianza de la familia, Roberto Pascual. Finalmente, el jueves le pasaron a Franco una lista muy sofisticada de instrucciones para el pago: Nicky y Roberto deberían cumplir con dieciocho escalas a lo largo de un recorrido que les insumiría desde el amanecer hasta la noche. Si no se hubiera tratado de lo que se trataba, habría parecido una búsqueda del tesoro. Aunque en este caso, el tesoro de millones de dólares estaba en el baúl del auto.
En cada posta, Nicky tenía que realizar una acción preestablecida por los secuestradores. Podría ser simplemente mostrarse o tomar un objeto que había sido dispuesto con anterioridad en algún sitio. Finalmente, la última parada antes de abandonar el auto consistía en buscar una moneda de cincuenta centavos de dólar. Solo si encontraban esa moneda se podría avanzar hasta la última estación.
De allí fueron hasta un puente en Dock Sud, se bajaron del auto y lo dejaron con la llave puesta. Tenían instrucciones de alejarse durante casi media hora en un sentido determinado. El auto desapareció, por supuesto. Al cabo de toda esa jornada en movimiento, ambos estaban exhaustos y aterrados.
Hubo un último llamado, según recordaría papá, con las instrucciones para recuperar el auto. En él elogiaron la conducta de Franco, diciendo que se había comportado como “un hombre de honor que cumplió con todo lo acordado”.
Esas últimas 72 horas fueron las peores de todas. La razón es simple: ya se había pagado el rescate, ya se había entregado lo que habían pedido, pero… ¿cumplirían con su parte? ¿Por qué habrían de hacerlo?, pensaba yo, cada vez más inquieto. Yo era el único testigo de su crimen. ¿Cuál era el sentido de dejarme en libertad si ya tenían el dinero en sus manos? Según me contó el hombre que me vigilaba, el debate existió y no todos estuvieron de acuerdo en qué debían hacer. La pregunta era simple y terrible: ¿matarme o no matarme? Ellos ya habían asesinado a la mayoría de las víctimas de sus secuestros. ¿Por qué estarían dispuestos a hacer una excepción conmigo?
Ese jueves grabé las noticias del día, como lo había hecho tantas veces. Según papá, mi voz transmitía algo diferente. Nadie sabe leer los matices de la voz de un hijo mejor que sus padres. Yo descontaba que me iban a matar y papá registró con desesperación lo que yo estaba sintiendo. Esa noche se quebró y lloró desconsoladamente.
Parecía que todo estaba ya perdido. A través de mi voz, los secuestradores le informaron que habría nuevas demandas para verme con vida. Un nuevo mensaje escrito con tono político demandaba la entrega de alimentos y ropa por un monto total de un millón de dólares por día en distintos barrios humildes del Gran Buenos Aires. Papá se ocupó de organizar la distribución junto con monseñor Ubaldo Calabresi, el nuncio papal, y a través de la ayuda de Cáritas.
Sin embargo, esa misma madrugada me soltaron. Me dejaron al costado de un camino y me dijeron que caminara. Esperaba un disparo en cualquier momento. Caminaba y caminaba. Me habían dado unos cospeles para hablar por teléfono y algo de plata para un taxi. Tenía que esperar un rato. Encontré un taxi y llegué a Florida y Paraguay, a la casa de una amiga. Como pude, llamé desde el teléfono público de la esquina. Atendió Gianfranco y corrió a contarle a papá que era yo, que estaba vivo. “Viejo, tu hijo te quiere hablar”, recordó papá que le dijo en ese momento.
Lo que vino después fue la alegría y la emoción contenida del reencuentro, enfrentar a los medios, que habían convertido mi secuestro en el gran tema nacional de esas semanas, colaborar con la Justicia, recuperarme, volver a trabajar y, sobre todo, descubrir a la nueva persona que había surgido desde mi interior a partir de esta experiencia.
Nunca volvimos a hablar con papá del tiempo del secuestro. Como siempre, para él el pasado era algo que debía ser archivado o enviado a la papelera. Toda su actuación durante aquellos días dramáticos fue impecable. Hizo todo lo que un hijo puede esperar de su padre y más. Su amor no tuvo fisuras. Estuvo sin dormir durante catorce días esperando cada llamado de los secuestradores. Era un león enjaulado, rabioso y lleno de impotencia.
Pido disculpas a los lectores por haberme detenido demasiado en este hecho de mi propia biografía. Tengo un motivo. En el momento de mi liberación, me encontré con el enorme amor de mi padre, correspondido por el mío hacia él, de un modo que nunca antes nos había sucedido a ninguno de los dos.
Lo que yo no sabía es que allí, primero sin notarlo y después de manera cada vez más evidente, comenzaba la etapa más difícil de mi relación con él.
En su personalidad comenzó a filtrarse un rasgo inesperado. El hecho de haber logrado mi liberación, lo puso en un nuevo rol frente a mí. Ahora era mi salvador. Había salvado mi vida. Su ego y su omnipotencia crecieron hasta niveles superlativos. Y no era para menos.
Por mi parte y sin buscarlo, me convertí de la noche a la mañana en una persona extrañamente famosa. Las personas me paraban por la calle para saludarme y contarme lo felices que se habían sentido al saber que estaba con vida. El secuestro había conmovido a muchísima gente. Hoy creo que nadie está preparado para este tipo de exposición. Mi popularidad súbita por haber sobrevivido despertó en papá una competencia extraña. Yo estaba preparado para ocupar su lugar en Socma, pero no para aparecer en los medios.
Como sea, creo que papá pudo haber visto heridos su narcisismo, su vanidad, su ego: es difícil saberlo. Esto lo llevó, como en tantas otras cosas, a redoblar su apuesta. Y comenzó a buscar por sí mismo fama y publicidad. El paradigma de aquellos años fueron sus grandes fiestas de fin de año en Punta del Este. Parecía decidido a ocupar siempre un rol protagónico. Más allá de su voluntad, se convirtió en un emblema de cierta frivolidad que parecía haberse instalado en el aire durante la década del noventa.
El secuestro provocó que toda nuestra relación se desequilibrara. Desde ese momento, ninguna agresión me afectaría tanto como las suyas. Lo increíble era que, al mismo tiempo, nadie me demostró más amor que él. Me llevó mucho tiempo y mucho trabajo entender que para él se trataba de algo imposible de controlar. Como dije, una suerte de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Pasaba de una emoción a la otra en segundos, sin siquiera darse cuenta.
Los años siguientes fueron los peores de nuestra relación. Se desató una guerra permanente. Me echaba y me contrataba todas las semanas. Me ayudaba y luego me boicoteaba.
Me empoderaba y al instante me desautorizaba.
Mi futuro ya no estaba tan claro. Ser el delfín de Franco había dejado de ser una buena idea. Mi vida tendría que ser la mía y no la suya. Poco tiempo después, Isabel Menditeguy me ayudó muchísimo a reflexionar sobre todo aquello. Me impulsó a comenzar un proceso psicoanalítico muy profundo en el que pude revisar el vínculo con papá y conocerme o, más bien, reconocerme, desde otro lugar.
No iba a ser fácil lo que teníamos por delante Franco y yo. Para un hombre como él, la empresa familiar debía ser mi lugar. Para mí, ya no. Empezó a tomar forma un nuevo sueño, exclusivamente mío, independiente y autónomo: alcanzar la presidencia de Boca Juniors.
Había sobrevivido a un cautiverio. No estaba dispuesto a pasar nunca más por esa situación.
POLITICA
La acusación que rompió la tregua de Milei con Tapia y la pelea final de Kicillof con Cristina Kirchner

“Sabés qué pasa. Si íbamos a fondo, la Selección argentina quedaba fuera del Mundial”. La confesión de un altísimo funcionario, a fines de 2024, explica con qué “amenaza” Claudio “Chiqui” Tapia forzó una tregua con Javier Milei por las SAD.
Todo quedó sellado con la foto de Karina Milei, Manuel Adorni y el presidente de la AFA, en la Conmebol, en Paraguay, para la oficialización de las sedes de la Copa del Mundo. Fue hace un año, el 11 de diciembre de 2024. En la imagen, los tres exhiben sonrientes una camiseta albiceleste con la inscripción que mandó a imprimir el mandamás del fútbol argentino: Karina y Manuel 2030. La del Chiqui, sin fecha (de caducidad).
Desenfrenado, Chiqui Tapia exhibió un poder atrevido en la asamblea donde decidió entregarle el título a Rosario Central y hasta habló de “unanimidad”. Otra vez, al exbarrendero se le cruzó la escoba de la Brujita. Como con las SAD, Sebastián Verón fue el freno de mano para las andanzas del exyerno de Hugo Moyano.
El pase Milei-Verón está probado. El Presidente sentó una camiseta de Estudiantes en el Sillón de Rivadavia. Más directa fue la denuncia de ARCA contra Sur Finanzas, de Ariel Vallejo, cercano a Tapia, por evasión impositiva y presunto lavado de dinero.
Tapia desafió: “No es la primera vez que vivimos esto, pasaron tres presidentes en apenas nueve años que me ha tocado presidir el fútbol argentino y me quedan muchos años más“. Después, Milei canceló el viaje al sorteo del Mundial en Washington.
Como los tiempos cambian, Vallejo tuvo que cambiar de abogado. Hasta esta semana, era patrocinado por el estudio del ministro de Justicia Mariano Cúneo Libarona.
Vallejo, un festivo usuario de las redes sociales que sortea entradas a la cancha, camisetas del Inter de Miami y botines de Messi, comenzó con un local en Almirante Brown y creció velozmente. Firmó contratos con el municipio de Lomas de Zamora. Como siempre, aparece la sombra de Martín Insaurralde, el del BandidoGate.
Sur Finanzas, de Adrogué a los clubes de fútbol
El 18 de noviembre de 2024, Sur Finanzas anunció: “Ya no otorgamos créditos personales. Olvidate de los créditos personales: te ofrecemos herramientas innovadoras pensadas para hacer crecer tu empresa de la manera más segura”. Cambia. Todo cambia.
El financista cercano a Tapia está implicado en la causa por lavado de activos que comparte con Elías Piccirillo, el ex de Jesica Cirio, ex de Insaurralde. Investigan si durante el anterior gobierno compraban dólares al valor oficial a través de permisos de importación que otorgaba la Aduana, vaya a saber cómo, y los vendían al valor blue. Ganancias fabulosas, a cero costo y riesgo.
La jueza federal María Eugenia Capuchetti quiere unificar los expedientes contra Vallejo porque son varios y en diferentes fueros. Capuchetti ya ordenó medidas de prueba y cambió como auxiliar a la Policía Federal por la Gendarmería. La Federal estaba por orden del fiscal Eduardo Taiano, que integra un Comité de la Superliga Argentina de Fútbol. Política, justicia y fútbol, una tríada malnacida.
El viernes, la fiscal de Lomas de Zamora Cecilia Incardona ordenó las primeras medidas por la denuncia del Gobierno. La ruta Vallejo también aparece en el causa Andis.
Sugestivamente, Tapia, que pretendía lugares en el Banco Provincia, pisó el freno ante la idea de ampliar de ocho a doce los cargos de directores. Es una concesión de Axel Kicillof para que La Cámpora y la oposición aprueben el endeudamiento por casi 4 mil millones de dólares.
“Sería una locura en estas circunstancias. Pensá que te endeudás y gastás en cargos. Pero además el PRO y la UCR tendrían que votar eso. Una locura”, dicen cerca del titular de la AFA. Hay un compromiso pendiente: la promesa de que Mónica Cappellini, que responde al intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, llegue al directorio después de haberle cedido a Tapia la presidencia de la Ceamse. El titular de la AFA había sido eyectado por Jorge Macri, pero logró volver gracias a Kicillof.
La Ceamse -empresa pública de gestión de residuos del AMBA- es tan arbitraria como la AFA. “¿Cuánto paga cada municipio por la basura? Ah, nooo, eso es un misterio jamás develado. Siempre depende de la cara del cliente», admite un conocedor profundo del conurbano.
En la hora de los depredadores -el título del último libro de Giuliano da Empoli– la arbitrariedad manda, como el duelo de gestos desafiantes entre la vicepresidenta Victoria Villarruel y Karina Milei el viernes en el Senado, con Patricia Bullrich inmolándose por la Hermana de Hierro. Las peleas ideológicas reducidas a la profundidad de un mail y un palco.
Giuliano da Empoli recupera la figura de César Borgia (modelo del Príncipe de Maquiavelo) para describir a los nuevos líderes políticos.
- El poder moderno ya no radica en la reflexión, sino en la acción resuelta e irreflexiva que produce asombro y hace sentir el poder.
- Estos líderes se sienten cómodos operando en el caos y desprecian las reglas y las instituciones, las cuales son vistas por el pueblo como una “estafa” de las élites.
- A diferencia de los políticos de posguerra centrados en las “formas” y el lenguaje ininteligible, los borgianos se enfocan en la “cosa” (resolver problemas reales).
La pelea final de Kicillof
El Gobernador está en un momento definitorio. El endeudamiento que necesita para sostener la Provincia y el proyecto presidencial sigue trabado. Dicen que es por el fondo para los municipios. “Una opción es establecer un nuevo sistema de reparto”, admiten cerca del Gobernador. Sin embargo, hay un arco volador en La Plata. A cada concesión, aparece otro pedido. La canilla libre será hasta el límite.
La pulseada impacta en el Gabinete. Kicillof decidió que si el endeudamiento sale antes del 10 de diciembre, Gabriel Katopodis seguirá como ministro de Obras Públicas. “Hay que seguir analizando el escenario para ver si se lo necesita más en la Legislatura o mejor que siga en el ministerio”, dicen en el palacio de calle 6.
¿Martín Mena deja el Ministerio de Justicia bonaerense? Mena es el operador de Cristina Kirchner en la justicia. Era quien negociaba con Sebastián Amerio la integración de la Corte. Tiempo pisado. La consagración de la Hermana de Hierro barajó nuevos intermediarios. La ruptura tácita entre el Gobernador y CFK, también.
Kicillof puso como negociadores en la Legislatura a Katopodis y a Mariano Cascalleres, el intendente de Almirante Brown, que siempre quiso la Presidencia de Diputados. Pero, los intendentes y Sergio Massa creen que la definición ya está: dos años para Alexis Guerrera y dos años para un representante de los barones del conurbano: dicen que Juan Pablo de Jesús no quiere, pero ellos insistirá. Dicen también que la secretaría administrativa a cargo de un hombre del ex intendente del Partido de la Costa, Miguel Antonio De Lisi, funciona como un relojito. Aplauden los Chocolate Rigau.

La última cena libertaria
La Libertad Avanza reclamará la vicepresidencia primera de la Cámara de Diputados bonaerense. Hubo una cena en Avellaneda convocada por el presidente de LLA bonaerense, Sebastián Pareja. El tema sobrevoló, pero en forma de chistes. Buena onda y tinto. El espíritu estudiantil sigue hoy en el Congreso partidario, con Karina, en Mar del Plata. Contrataron varios hoteles, para los 746 libertarios que esperan en La Feliz.
“Cena cordial y amigable”, definió uno de los participantes. La jornada dejó una foto de una torre de legisladores sonrientes. El actual y tambaleante presidente de bloque, Agustín Romo, parado en una silla para salir en la pic. Romo responde a Santiago Caputo y alguna vez casi termina a las trompadas con el parejista “El Nene” Vera. Esta vez fueron todas sonrisas. Romo también festeja que Milei autorizó los viajes al exterior para las vacaciones. En diciembre último lamentó que tuvo que cambiar Punta del Este y Miami por Pinamar.
El flujo de dinero por senderos difusos y subterráneos contrasta con la realidad a la vista. En octubre, hubo 143 Procesos Preventivos de Crisis (PPC). La cifra más alta desde 2018.
La IOSFA, la tercera obra social del Estado más grande con más de 600.000 afiliados (detrás de PAMI e IOMA), reporta una deuda que supera los $200.000 millones.
La intervención de OSPRERA (que atiende a más de 700.000 rurales y estibadores) solicitó un Proceso Preventivo de Crisis (PPC) para ahorrar $10.500 millones. El juez Sebastián Casanello investiga las llamadas del secretario de Trabajo, Julio Cordero, en una causa que busca dilucidar si hay un interés oculto en la intervención estatal.
En medio de las crisis del clan Moyano, en el último fin de semana largo, la mutual de Camioneros en La Plata sufrió un rarísimo robo: se llevaron dos cajas fuertes de hierro con documentación.
Hay un nuevo Milei: se muteó y se entrega al pogo. Los saltitos en las reuniones de gabinete parecen una metáfora de la gran apuesta libertaria de fin de año: ya festejan el arrebato de la primera minoría al peronismo. La alfombra roja para las reformas laboral, tributaria y previsional, que justo el Presidente piensa colar cuando el Mundial acapare las miradas. Sonríe Chiqui Tapia.
Javier Milei, Karina Milei, Santiago Caputo, Claudio Tapia, AFA
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