SOCIEDAD
Cerro La Hoya: precio y horario del centro de esquí de Esquel

El Cerro La Hoya es uno de los centros de esquí más elegidos en el país por los turistas en la temporada de invierno. Ubicado en la ciudad chubutense de Esquel, recibe a miles de turistas todos los años y, este 2025, muchos quieren saber el precio de los pases y los horarios del cerro.
El centro cuenta con 30 pistas, que tienen distintos niveles para cada perfil de esquiador, y 8 medios de elevación, según la página oficial de Turismo de Esquel. El cerro no solo tiene las propuestas usuales de una montaña con un centro de este deporte, sino también encuentros y competencias, por ejemplo.
Precio del Cerro La Hoya: pases, escuela y equipamiento
Pases
La Hoya presenta un tarifario único para ascensos al cerro, en todas sus modalidades, válido para temporada alta, media y baja. Los precios, con el valor de la tarjeta de proximidad reutilizable, son:
- Día Peatón: ida y vuelta por el teleférico Las Lengas con un ascenso y un descenso, y los días que esté habilitado dicho medio de elevación, $21.000
- Día Esquiador: acceso ilimitado a todos los medios de elevación desde la apertura hasta el cierre, $85.000
Para reservar o conocer más detalles, la recomendación es acceder a la web oficial de La Hoya y dirigirse a la tienda online.
Equipos
El equipo completo incluye esquíes, tablas, botas y bastones, dependiendo de la metodología elegida.
Alquiler de esquí
- 1 a 2 días. Gama sport: $47.250; gama alta: $58.000; ski junior (0,80‑1,30 m): $42.250
- 3 a 4 días. Gama sport: $44.000; gama alta: $54.000; ski junior: $39.300
- 5 o más días. Gama sport: $42.500; gama alta: $52.200; ski junior: $38.000
Alquiler de snowboard
- 1 a 2 días. Gama sport: $53.200; gama alta: $63.000; snow junior (1‑1,30 m): $48.200
- 3 a 4 días. Gama sport: $49.500; gama alta: $58.600; snow junior: $44.850
- 5 o más días. Gama sport: $47.850; gama alta: $56.700; snow junior: $43.380
Este tarifario permite a los visitantes elegir el equipo según su nivel de exigencia y duración de la estadía, con importantes descuentos por períodos más extensos.

Escuela
El tarifario de escuelas del Cerro la Hoya ofrece clases para distintos niveles de esquí y todas las edades, incluso los pequeños esquiadores (3–5 años) y club junior (6–11 años) . A continuación, los detalles:
- Clases individuales:
- 2 hs: $153.800
- 4 hs: $300.400
- 6 hs: $420.600
- 8 hs: $520.400
- Clases semi‑exclusivas (grupos de 2 a 5 personas):
- 2 hs: desde $193.400 (2 personas) hasta $329.600 (5 personas)
- 4 hs: desde $347.400 hasta $591.000
- 6 hs: desde $445.600 hasta $720.400
- 8 hs: desde $498.400 hasta $847.800
- Clases grupales (hasta 10 personas):
- 2 hs: $61.600
Además, hay programas especialmente diseñados para niños:
- Pequeños esquiadores (3–5 años):
- 2,5 hs por día: $91.600; paquetes de hasta 5 días: $342.900
- 5 hs por día: $132.000; hasta 5 días: $496.900
- Club junior (6–11 años):
- 2,5 hs por día: $95.300; hasta 5 días: $360.600
- 5 hs por día: $139.200; hasta 5 días: $523.300
- Primeros Pasos (incluye pase diario, equipo completo y casco):
- 2 hs: $170.800
Todos los precios incluyen impuestos y son válidos para toda la temporada, sin diferencias entre alta, media o baja. Además, se aclara en el sitio oficial que las clases grupales requieren un mínimo de cuatro participantes (excepto el programa “Pequeños esquiadores” con cupo máximo de ocho y el club junior de hasta diez).
También se detallan condiciones clave: las clases arrancan por bloques de dos horas (a partir de cuatro horas), los grupos se organizan según el nivel y criterio de la dirección de la escuela, y hay políticas claras de asistencia y reprogramación por demoras o condiciones climáticas. Para utilizar el programa “Primeros Pasos”, se permite una compra por persona y disciplina por temporada.

Horarios del Cerro La Hoya
- La organización del cerro confirmó a LA NACION que las telesillas de La Hoya abren a las 11 y cierran a las 17.
Cómo comprar pases, equipamiento o clases en el Cerro La Hoya
- Pases: para adquirir los pases del Cerro La Hoya, es necesario que los turistas vayan a la tienda online oficial del cerro y detallen la cantidad de pases a comprar y los detalles de los esquiadores.
- Equipo: para reservar o consultar disponibilidad del equipamiento, es posible contactarse al +54 29 4541 3608 o escribir a infoesquelskirental@gmail.com
- Escuela: las reservas deben gestionarse exclusivamente por correo electrónico a escuela@skilahoya.com o al WhatsApp +54 11 3315 9602
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La frase del día, de Stephen Hawking: “La vida sería trágica si no fuese divertida”

“La vida sería trágica si no fuese divertida” es una de las frases más recordadas de Stephen Hawking, el físico que no solo transformó la manera de entender el universo, sino que también dejó reflexiones profundas sobre la existencia humana. Con pocas palabras, el científico resumió una idea clave: incluso frente a las mayores dificultades, el humor y la capacidad de disfrutar son esenciales para seguir adelante.
Hawking no hablaba desde la comodidad ni desde una teoría abstracta. Diagnosticado a los 21 años con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurodegenerativa que fue limitando progresivamente su movilidad y su capacidad de hablar, vivió durante décadas con un cuerpo cada vez más frágil. Aun así, desarrolló una de las carreras científicas más influyentes del siglo XX, con aportes fundamentales al estudio de los agujeros negros, la relatividad y el origen del universo. En ese contexto, su afirmación sobre la vida y el humor adquiere un valor particular: no se trata de negar la tragedia, sino de no dejar que esta lo sea todo.
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El humor como forma de resistencia
Para Hawking, el humor era una forma de resistencia. En entrevistas y conferencias, solía bromear sobre su propia condición física y sobre los desafíos cotidianos que enfrentaba. Esa actitud no solo descolocaba a su interlocutor, sino que también transmitía un mensaje poderoso: incluso en las situaciones más adversas, es posible elegir cómo mirar la realidad. Reír, disfrutar y encontrar lo absurdo o lo curioso de la vida no elimina el dolor, pero lo vuelve más llevadero.
La frase también dialoga con su visión de la ciencia. Hawking entendía el conocimiento como una aventura intelectual, impulsada por la curiosidad y el asombro. Explorar el universo, formular preguntas y buscar respuestas no debía ser una tarea solemne o inaccesible, sino un proceso estimulante, casi lúdico. En ese sentido, la diversión no era algo superficial, sino una parte esencial del aprendizaje y del progreso humano.
Para Hawking, el disfrute no estaba separado del conocimiento. La curiosidad, el asombro y el placer de descubrir eran motores tanto de la ciencia como de la vida diaria. Observar el universo, hacerse preguntas y explorar ideas nuevas podía ser, además de profundo, divertido. En ese sentido, la frase también refleja su manera de entender el aprendizaje: como una experiencia que debe inspirar y entusiasmar, no solo imponer esfuerzo y solemnidad.
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Un mensaje vigente en la actualidad
En un mundo marcado por la aceleración, la incertidumbre y la presión constante, las palabras de Hawking mantienen plena vigencia. Recordar que la vida sería puramente trágica sin un componente lúdico invita a repensar rutinas, prioridades y modos de enfrentar los problemas. El humor no resuelve las dificultades, pero ayuda a transitarlas con mayor fortaleza y perspectiva.
Años después de su muerte, en 2018, la frase sigue funcionando como un recordatorio simple y profundo. Stephen Hawking habló del origen del universo y de los límites del tiempo, pero también dejó enseñanzas sobre cómo vivir. Entre ellas, una destaca por su claridad: encontrar lo divertido no es un lujo, sino una necesidad para que la vida no se reduzca solo a la tragedia.
¿Quién fue Stephen Hawking?
Stephen Hawking fue uno de los físicos teóricos más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI. Se destacó por sus investigaciones sobre los agujeros negros, la relatividad y el origen del universo, y por su enorme capacidad para divulgar la ciencia al público general. A pesar de convivir durante décadas con una enfermedad neurodegenerativa, desarrolló una carrera extraordinaria y se convirtió en una figura inspiradora, no solo por sus aportes científicos, sino también por su mirada lúcida, irónica y profundamente humana sobre la vida.
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A 10 años de la masacre de Montañita: cuatro amigas, unas vacaciones por Sudamérica y un trágico final

Hace 10 años, el 22 de febrero de 2016, los padres de Marina Menegazzo y María José Coni escucharon sus voces por última vez. Durante la charla, las jóvenes mendocinas de 21 y 22 años, respectivamente, admitieron que pretendían extender sus vacaciones por Ecuador unos días más a pesar de que sus otras dos amigas, Sofía Sarmiento y Agostina Cano, ya habían regresado al país unos 10 días antes.
Con su mochila a cuestas, las chicas tenían planeado salir desde la playa de Montañita -donde estaban hospedadas- hacia Guayaquil, continuar por tierra hasta Lima, Perú, y luego tomar un vuelo desde esa ciudad a Santiago de Chile. El último tramo, hasta Mendoza, pensaban hacerlo en micro.
La fecha pactada para abordar el avión era el 25 de febrero. Sin embargo, nunca pudieron hacerlo: las drogaron, intentaron abusar sexualmente de ellas, las golpearon hasta matarlas y arrojaron sus cuerpos en la playa.
Por el doble femicidio, la justicia ecuatoriana condenó (en agosto del 2016) a 40 años de prisión a Alberto Segundo Mina Ponce, el autor material de los asesinatos; y a Aurelio Eduardo “El Rojo” Rodríguez, su coautor. Mientras que José Luis Pérez Castro, considerado cómplice del hecho ya que su ADN apareció en la escena del crimen, recién fue condenado en septiembre de 2017. Él también recibió prisión perpetua.

Un viaje por Sudamérica
El verano de 2016 había empezado en Mendoza con esa electricidad especial que tienen los grandes planes. Para cuatro amigas jóvenes, soñadoras y llenas de ilusión, era el inicio de una aventura largamente esperada: visitar varios países de Sudamérica.
“Majo”, Marina, Sofía y Agostina habían trabajado, ahorrado, planeado rutas, revisado presupuestos. Querían recorrer pueblos, cruzar fronteras, escuchar acentos distintos, caminar calles desconocidas y volver con historias que contar durante años.
Majo era organizada, responsable, aplicada. Estudiaba Contabilidad en la Universidad Nacional de Cuyo y quienes la conocían la describían como reservada, sensible, de esas personas que piensan antes de hablar y que siempre se preocupan por los demás. Marina, en cambio, era espontánea, luminosa, de risa fácil. Estudiaba Fonoaudiología en la Universidad de Aconcagua y tenía esa energía contagiosa que hace que los demás se sientan cómodos cerca.

El viaje no era solo turismo. Era también un símbolo: independencia, crecimiento, alas desplegadas. Y así lo insinuó “Majo” en una carta que le escribió a su familia antes de partir. Un mensaje lleno de corazones, colores y gratitud. Decía que no le gustaban las despedidas, que los iba a extrañar “horrores”, pero que había llegado el momento de volar. Prometía volver en cuarenta y cinco días.
El 10 de enero de 2016, el sueño empezó oficialmente. Salieron de Mendoza rumbo a Santiago de Chile. Allí se reunirían todas, y desde Chile volarían a Lima para comenzar el ascenso mochilero por Perú y Ecuador.
Querían ver paisajes imposibles, playas, ruinas, mercados, ciudades vibrantes. Durante las primeras semanas, todo fue exactamente lo que habían imaginado: fotos, risas, caminatas interminables, la emoción de sentirse libres.

Eran cuatro amigas viviendo el viaje de sus vidas, compartiendo habitaciones pequeñas, anécdotas absurdas, comidas improvisadas y esa sensación incomparable de despertar en un lugar nuevo. Hasta que llegaron a Montañita.
Montañita, el destino de playa ecuatoriano que las sedujo por su ambiente bohemio
Montañita era, en esos años, un imán para viajeros jóvenes. Un pequeño pueblo costero del Pacífico ecuatoriano, famoso por su ambiente bohemio, su “onda hippie”, sus olas perfectas para surf y su vida nocturna intensa. La calle principal era de tierra y desembocaba directamente en la playa. Allí todo sucedía: hostales económicos, restaurantes sencillos, puestos improvisados que vendían bebidas, música sonando a todo volumen desde parlantes gigantes cada pocos metros. Montañita tenía esa promesa peligrosa de los paraísos turísticos: la ilusión de que nada malo puede pasar allí.

Los días transcurrieron entre playa, charlas y planes de regreso. El 10 de febrero Sofía y Agostina tuvieron que regresar a Mendoza por compromisos personales. Marina y “Majo”, en cambio, todavía tenían tiempo. Quedaban casi dos semanas más.
Ambas se alojaron en un hostal sencillo, cerca de la casa comunal, con cocina compartida y ventana hacia la calle principal. En las redes sociales se las veía felices, sonriendo con el mar de fondo y disfrutando de los atardeceres.
El robo que alteró los planes del viaje
Pero el final del viaje se complicó: les robaron dinero destinado al transporte. Fue un golpe inesperado. Se preocuparon, pero mantuvieron su espíritu independiente. Avisaron a sus familias, quienes se ofrecieron a ayudarlas.
El 22 de febrero era el día de salida hacia Guayaquil. Tenían que retomar el camino para volver a casa. Pero en Montañita, el tiempo se detuvo. Pasaron gran parte del día en un bar local, buscando a alguien que pudiera acercarlas. El calor era pesado, la ansiedad crecía.

En ese contexto apareció un hombre del lugar, conocido como “El Rojo”, que les ofreció ayuda y un lugar donde pasar la noche. Desde ese momento no se supo nada más de ellas. Ni mensajes, ni llamadas, ni publicaciones. En Mendoza, la preocupación invadió a las familias. La desaparición se volvió pública y sus padres denunciaron la desaparición en los medios de comunicación.
La noticia más devastadora
El 26 de febrero de 2016, un pescador encontró el cadáver de “Majo” en una zona de maleza y desechos cerca de la playa de Montañita, envuelto en sacos de yute, fundas plásticas negras y cinta adhesiva. La autopsia determinó que tenía un traumatismo craneoencefálico grave causado por un objeto contundente, una fractura en su fémur, lesiones genitales compatibles con intento de abuso sexual resistido, marcas de defensa en manos y un dedo roto.

Esa confirmación destrozó a ambas familias, que todavía no entendían qué había pasado ni dónde estaba Marina, ya que los cuerpos no aparecieron juntos. Pero eso no duraría mucho, porque apenas dos días después, el 28 de febrero, a unos cuarenta metros de distancia en la misma zona boscosa, hallaron el cuerpo de Marina, también envuelto en plástico negro, sacos y cinta de embalar.
Marina presentaba seis heridas punzocortantes de arma blanca en el cuello, desde la mandíbula hasta la región cervical, una de las cuales perforó su columna vertebral y médula espinal, causándole parálisis temporal antes de morir por hemorragia. No presentaba signos claros de abuso sexual, pero sí indicios de haber sido inmovilizada.
Del doble femicidio hasta se hizo eco el mismísimo presidente de Ecuador, por entonces Rafael Correa, quien dijo que haría todo lo posible para que la investigación avanzara y se encarcelara a los culpables. Finalmente, los tres detenidos -más allá de sus distintas responsabilidades en el hecho- recibieron la pena máxima.

Pero ninguna condena alcanzó para reparar lo irreparable. “Ni 40 ni 100 años me devuelven a mi hija ni me devuelven la alegría de mis otros hijos y de toda la familia, pero por lo menos se hizo justicia”, declaró a los medios Gladys Steffani, la madre de “Majo” a la salida del juicio donde se condenó al tercer acusado, un año y siete meses después del hecho.
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Todo por los niños, pero sin los niños: el debate sobre prohibir redes sociales a menores

Hay consenso: a los chavales hay que sacarlos de las redes sociales. El clamor se ve en las encuestas, en gobiernos de todo signo, en Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. El presidente propuso prohibir las redes a los menores de 16 y el líder de la oposición no se opuso: esa idea la tuve yo antes, respondió. Más de una década de críticas y debates, y estudios y más debates y más estudios han desembocado en esto: las redes son tan malas que hay que prohibirlas… para los menores. Hay numerosos ejemplos de daños tangibles, horripilantes, que han creado las plataformas digitales regidas por los tecnoligarcas que repite Sánchez: suicidios, autolesiones, ciberacoso, depredadores sexuales. Es la salida fácil. El conocimiento que vamos acumulando deja claro que las redes son especialmente dañinas para los críos más vulnerables, pero las pruebas de que son malas para la salud mental de todos los menores son, cuando menos, contradictorias.
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