POLITICA
Máximo Kirchner cuestionó a empresarios “de balances sucios” que respaldan la ley de ficha limpia
Así, en un acto público, el presidente del PJ bonaerense hizo referencia al comunicado difundido por la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina (AmCham) en preocupación por la falta de tratamiento de dicha legislación.
El diputado y presidente del Partido Justicialista bonaerense, Máximo Kirchner habló ayer en un acto realizado en Berazategui, provincia de Buenos Aires, sobre el respaldo empresarial que tiene lugar para que la ley de ficha limpia sea aprobada en el Congreso de la Nación. En particular, se refirió a los empresarios con “balances sucios” que respaldan la iniciativa promovida desde el PRO y recientemente boicoteada por la Libertad Avanza en la Cámara Baja.
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En ese marco, el hijo de Cristina Kirchner hizo alusión puntual a la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina (AmCham) e IDEA: “Los empresarios de los balances sucios quieren Ficha Limpia porque Cristina (Kirchner) es la única que puede romper con la idea de que el pueblo no puede vivir mejor”. El comentario llegó un día después de que AmCham Argentina expresara su “profunda preocupación” por la caída del tratamiento del proyecto en el Congreso.
La Cámara de Comercio de EEUU en Argentina había comunicado en un mensaje público que “Como Cámara, alentamos las iniciativas que promuevan la transparencia y fortaleza de las instituciones, con la visión de un país con bases sólidas para los próximos cien años. Esperamos que los políticos estén a la altura de lo que demanda la sociedad, alcanzando los consensos necesarios para que la institucionalidad se convierta en una política de Estado tan valiosa como la democracia”.
En otro tramo de su discurso, Máximo Kirchner apunto contra el Gobierno de Javier Milei: “Cuando los escucho hablar de Dios, Patria y familia, pienso que si el Gobierno sigue así non va a quedar patria”, sostuvo. “Que los jubilados ya no pueden tener todos los medicamentos y eligen qué comprar y qué dejar”, cuestionó. También se refirió a la situación respecto a la educación pública y, en relación a la álgida interna con Axel Kicillof, posicionó a su madre Cristina como alguien con un rol político preponderante en la actualidad,: “Sigue y sigue para que nuestro pueblo vuelva a confiar en sí mismo. No hay que dejarse doblar por los discursos de la desesperanza”, concluyó.
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Viejas riñas porteñas
Hay que ubicar las cosas en su contexto. Lo que a los ojos del siglo XXI puede parecernos un show bárbaro y bestial, en otras épocas fue un entretenimiento frecuente e incluso una verdadera pasión de multitudes. Me refiero a un divertimento que imperaba en Buenos Aires en tiempos de la colonia y hasta mucho después de la independencia: la riña de gallos.
Hoy es absolutamente ilegal tirar dos aves al centro de un círculo, apostar dinero por una de ellas y verlas lastimarse hasta que alguna de las dos dé con el pico en el suelo. Pero no lo era cuando Buenos Aires era una aldea en crecimiento. Los reñideros estaban presentes en casi todos los barrios porteños y allí asistían, gustosos, miembros de todas las clases sociales.
Es que, por más que nos duela reconocerlo por la pena que nos dan estos pobres animales, las riñas eran una verdadera expresión popular. Un visitante inglés que habitó la urbe para 1820 escribió en una de sus crónicas: “Junto a las puertas de las casas de la gente pobre hay siempre un gallo atado a la pata, lo que demuestra que las riñas deben ser diversión muy difundida”.
Pero claro que esta es una competencia que no se inventó en Buenos Aires. Viene de bien lejos en tiempo y espacio: hay registros desde la antigua Grecia, en el 500 A.C. De ahí las riñas pasaron a la antigua Roma, llegaron al territorio español y fueron los españoles, cuando trajeron las aves de corral al territorio americano, los que instalaron aquí su emplumado pasatiempo.
En 1767 se inauguró el primer reñidero porteño, de José de Alvarado, en el entonces llamado Hueco de Monserrat, por la zona donde hoy se levanta el edificio de Desarrollo Social. Más adelante en el siglo XIX hubo muchos más. Entre los más destacados, se puede mencionar uno ubicado en la actual esquina de Chile y México, otro en Venezuela al 700 y hasta se abrió uno, muy concurrido, en la mismísima calle Florida. Algunos eran más bien precarios, pero otros tenían gradas y hasta palcos para que el público siguiera con comodidad las alternativas de la lucha, plena de espolones yendo y viniendo y picotazos a repetición.
Además de las cantidades de dinero que corrían en las apuestas, la actividad se ampliaba mediante la creación de criaderos y hasta escuelas de pelea para gallos. Tal como pasa hoy con diversos juegos populares, esto era, para algunos, un pingüe negocio.
El historiador Oscar Troncoso recuerda el nombre de algunos gallos que fueron legendarios por su valentía: rememora a ‘el Belgrano’, animal al que apodaron ‘el asesino de Balvanera’, pues así era de feroz; otros ejemplares destacados fueron el ‘Tigre Overo’ y el ‘Gaucho Cenizo’, que se convirtió en mito aquella jornada en la que el pobre continuó peleando después de perder ambos ojos. Pero también estaban las aves que rehuían al combate, como ‘Naranjo Barbucha’, que en su primera contienda se escapó del circo para correr a esconderse atrás de un árbol en otro de los reñideros célebres, el de Gandulfo, ubicado en Montes de Oca y Suárez, en Barracas.
Tan popular era la cosa que, en mayo de 1861, el Jefe de Policía Rafael Trelles emitió el Reglamento Oficial para la Riña de Gallos. Haciendo una lectura de esta legislación, es difícil creer que se cumpliera a rajatabla. Por ejemplo, había una norma que decía que el público “no podrá proferir palabras obscenas dentro del circo”. Con el fervor de la lucha y habiendo dinero en juego, imposible que no se escaparan decenas de improperios.
Por fortuna para los gallos, para el año 1891 se prohibían sus riñas en la ciudad de Buenos Aires. Empezaba a tener influencia la Sociedad Protectora de Animales, que promovió esta medida. Pero, clandestinamente, la movida no se detenía. De hecho, el drama teatral El Reñidero, de Sergio De Cecco, transcurre precisamente en uno de estos escenarios, en Palermo, en 1905. Lo que sí, como muestra la obra, ya era un espectáculo más marginal, para guapos, malevos y matones de algún turbio caudillo político. Pero ese ya es otro cantar.
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