POLITICA
Un presidente “mentiroso”, “cobarde” y “maltratador”: el retrato de la vocera de Alberto Fernández

La exvocera de Alberto Fernández habla de un presidente “cobarde, maltratador y mentiroso”, que tiene un comportamiento compulsivo con las mujeres, es “violento” con su pareja y fue llevado al poder por un expresidente que a la vez lo desprecia y no lo deja gobernar. Pero dice que no es Alberto Fernández, sino Salvador Gómez. No es “el hijo de un juez”, sino de un senador y ha sido jefe de Gabinete, pero no de Néstor y Cristina Kirchner, sino de Pedro Sacristán. Eso sí: es profesor de la Facultad de Derecho y no tiene casa propia. Un amigo le presta desde hace años un departamento en Puerto Madero.
Escudada en un relato de ficción, la exvocera Gabriela Cerruti traza el perfil de un presidente que se parece demasiado al que ella conoció de cerca y que, a pesar de la deliberada intención de desacomodar algunas piezas de la historia y distorsionar ciertas biografías, se lee como un relato crudo de un gobierno ineficaz y corrupto, plagado de bajezas, aprietes, negociados, abusos e internas despiadadas.
Cerruti acaba de presentar en la Feria del Libro su primera novela, titulada El veneno del poder (editorial Sudamericana). Había pasado justamente inadvertida desde su lanzamiento, hace varias semanas: no hace falta ser crítico literario para darse cuenta de que es una obra menor, escrita en prosa vulgar, con giros previsibles y un ritmo narrativo un tanto desarticulado y errático. Pero el libro merece alguna atención, no por sus cualidades literarias, sino por eventuales confirmaciones que podrían asomar bajo el disfraz de la imaginación novelesca. Aun con maniobras distractivas y desvíos descabellados, es una trama que nos resulta demasiado familiar y cercana.
Las coincidencias entre el presidente Fernández y el presidente Gómez son tantas, y tan evidentes que obligan a formular una pregunta: ¿se esconde debajo de la novela la confesión de una vocera “arrepentida”?; ¿es la forma que encontró la exfuncionaria de bajarse de un barco hundido definitivamente tras las denuncias de corrupción y de violencia de género? La ficción, en este caso, más que un ejercicio creativo podría verse como un refugio para la cobardía: ¿se dice bajo la apariencia de una trama imaginaria lo que no se anima a decir “a cara descubierta”?
Retratado en este plano de ambigüedad, donde se cuenta, pero con una máscara, y se insinúa, pero sin hacerse cargo de una denuncia, el libro también expone a Cerruti a interrogantes éticos, aunque eso remita, para el kirchnerismo, a un territorio difuso. ¿No viola un pacto tácito de confidencialidad al describir, aun detrás de un antifaz, intimidades a las que tuvo acceso por la función que desempeñaba? Es un género polémico. Algunos escritores lo han transitado sin demasiados escrúpulos, pero con más talento y originalidad. En un plano más espinoso, ¿no se apela a la ficción para relatar hechos que hubiera estado obligada a denunciar en su momento?
Cerruti describe muchas circunstancias que, con nombres y detalles cambiados, son prácticamente un calco de las que reflejaron las crónicas periodísticas en el gobierno de Fernández: hay reuniones, viajes, internaciones y crisis que enfrenta Gómez en la novela y que vivió Fernández durante su mandato. “La pandemia fue su mejor momento. Tenía ochenta por ciento de popularidad, creía que era Churchill”, se burla en la página 73. Unos párrafos antes lo describe como un fabulador y un mentiroso compulsivo, con una vida personal desordenada, y torturado psicológicamente por la relación de sometimiento que tiene con un expresidente que lo puso en el lugar en el que está.
Las similitudes son demasiadas. Y si esos hechos supuestamente novelados son un espejo de la realidad, ¿por qué no lo serían otros? Cerruti cuenta, durante “el gobierno de Gómez”, aprietes a jueces, negocios oscuros y “arreglos” con periodistas: ¿es imaginación o recuerdo?
Habla de una primera dama con problemas de alcoholismo y depresión en el marco de una relación patológica con el presidente. Se llama Samantha y muere envenenada: una licencia supuestamente literaria para retratar un final traumático y desolador. Antes de matarla, en la página 116, le hace decir en referencia a su pareja: “No lo aguanto más. A veces lo quiero matar; a veces me quiero morir. Se volvió un monstruo, alguien muy horrible. Siempre fue pajero, y agrandado y mentiroso. Pero era dulce, me cuidaba”. También reproduce un diálogo entre ella y el presidente: “Salvador, te estoy hablando bien. No podés insultarme y maltratarme todos los días, todo el tiempo”.
El relato parece, por momentos, escrito por una testigo que no se hace cargo, sin embargo, de haber estado ahí: toma distancia, incluso, del dogma kirchnerista y no está escrito en “lenguaje inclusivo”, aunque es el que la vocera utilizaba desde el atril oficial. ¿No había convicción en aquella jerga militante del “todos y todas”?
Hay una figura que, curiosamente, no existe en la novela: el presidente Gómez no tiene vocera ni tampoco portavoz, como a Cerruti le gustaba llamarse a sí misma. Se corre de una escena que ahora parece incomodarla, como si aparecer en la trama hubiera implicado una suerte de autoincriminación.
¿Hasta dónde sabía Cerruti lo que pasaba en el infierno de Olivos? “Se fueron consumiendo mutuamente en un círculo de violencia y humillación”, cuenta sobre la pareja presidencial en la página 152.
La autora apela a una especie de “licuadora” para mezclar la realidad y hacerla aparecer como ficción. El personaje que encarnaría a Javier Milei (Jaime Malson) surge de fusionar características e historias personales del propio Milei y de Mauricio Macri: en lugar de perros tiene gatos a los que adora como si fueran sus hijos. Fue arquero de un club de fútbol, pero también un playboy millonario que sufrió un secuestro extorsivo en los años noventa. La forma de enmascarar las cosas es un tanto obvia y rudimentaria. Eso hace que los personajes ficticios remitan a la realidad de un modo bastante lineal, aun cuando propone un cóctel de biografías entrecruzadas: Sacristán es Cristina, pero también es Néstor.
Hay un periodista (Leopoldo Valaguer) que juega su propio partido dentro del oficialismo: “Tiene hace muchos años un enfrentamiento público con el Cardenal por informaciones que esparció, pero que nunca pudo comprobar”. ¿Será una alusión a las falsas denuncias de Horacio Verbitsky contra Jorge Bergoglio? Siguen las referencias a ese mismo periodista “imaginario”: “Sus amigos dicen que fue un jefe guerrillero y sus enemigos, un colaboracionista con la dictadura militar. Lleva y trae entre Gómez y Sacristán (¿entre Alberto y Cristina?), como lo hizo entre el gobierno y la oposición más ferviente en los setenta, o entre los sindicatos y los intelectuales en los ochenta”. Después da más detalles: “Escribió algunos buenos libros y otros olvidables y una columna de opinión todos los domingos que en algunas épocas tuvo más impacto que en otras en los círculos de poder”. No es difícil imaginar a quién se refiere: “Tiene la imagen de sí mismo más generosa de todos los tiempos”. Lo más sabroso podría estar en esta línea: “Nunca habla de dinero, ni para él ni para sus medios. Para eso hay otros personajes menores”. ¿Había plata negra para los amigos? Como en el resto del libro, Cerruti parece saber de qué está hablando. También cuando lo presenta al periodista Valaguer como un influyente que ponía y sacaba funcionarios. Cuenta que al presidente le “vendieron” la idea de crear el Ministerio de la Mujer: “El problema vino cuando Gómez nombró en ese lugar a una abogada desconocida para el movimiento de mujeres: la propuso Valaguer porque era su amante”. ¿También hay mensajes e insinuaciones cifradas?
No cuenta nada que no se supiera o que no se sospechara. Pero lo cuenta alguien que estuvo ahí. Hace el retrato de un presidente pusilánime y entregado a cierto desenfreno adolescente, capaz de maltratar a otros, pero a la vez torturado por un sentimiento de inferioridad frente a alguien que lo llevó a la presidencia: “¿Por qué me importa tanto lo que piensa? Estoy a los abrazos con todos los presidentes del mundo, tengo las mujeres que se me antoja, gané con el setenta por ciento de los votos. Pero estoy esperando qué va a decir de mí. Obsesionado buscando que me elija, que me mire. Eso, solamente eso. Que Sacristán por fin, de una puta vez, me quiera”, dice el presidente Gómez en la página 214. “Gómez habla de Sacristán con el despecho del amor no correspondido”. Más adelante, en la página 285, lo cuenta la propia autora: “Sacristán lo detesta, lo desprecia profundamente. Al mirar a Salvador Gómez ve la confirmación de su mayor error: su incapacidad para dejar legado, para construir herederos”.
El libro desciende todo el tiempo a la melodía del folletín para describir uno de los costados más penosos del presidente: lo muestra inmaduro, irresponsable, adolescente, mientras chatea con mujeres a las que casi no conoce y a las que les pide fotos desnudas y las invita a Olivos: “¿Te gusto?”; “¿me querés?”, imagina (¿o reproduce?) Cerruti uno de esos chats.
“Gómez: un tibio, según sus enemigos; un moderado, de acuerdo con la visión de sus aliados; un conciliador, para los poderosos. Seguía siendo, sin embargo, el mismo mentiroso, mujeriego y desordenado hasta la estafa puertas adentro de su dormitorio”, lo describe en la primera parte del libro. Luego nos cuenta estos detalles: “La Agencia de Inteligencia sabe perfectamente cuáles son los puntos débiles de Gómez, y tiene registro pormenorizado de sus chats telefónicos, sus escapadas a la hora de la siesta y el desfile de personajes pintorescos por el despacho presidencial. Sabe perfectamente que allí graba videos, toca la guitarra, baila tangos, juega con los perros y posa disfrazado imitando a los próceres que lo miran desde los cuadros”. Parece agregarle detalles a aquel video de Alberto Fernández desde el sillón de Rivadavia: “Decime algo lindo”.
No es en esos penosos pormenores donde Cerruti aporta algo que pueda resultarnos novedoso, pero tal vez sí cuando habla de la relación entre Gómez y el dinero. Hay que prestarle atención a un personaje central de la novela a la que también es fácil asociar con la pura y triste realidad. En el libro se llama Diana: fue pareja del presidente durante muchos años y se convirtió en una de las principales funcionarias de su gobierno. Es, a diferencia de Samantha, una mujer intelectualmente formada y con una trayectoria política propia. En la página 234, Cerruti describe así los sentimientos de Diana: “No puede ni sonreír. Está demudada, aunque disimula con compostura. Al final, no conocía nada a Salvador Gómez. Podía imaginarse que tuviera una enorme gama de problemas con mujeres, pero jamás hubiera pensado que él también manejaba dinero en valijas. El hombre decente, el hijo del senador… Aceptaba favores, eso sí. Pero uno nunca conoce del todo a las personas”.
Cerruti niega que Salvador Gómez tenga algo que ver con Alberto Fernández. Recurre a la muletilla de siempre: “Cualquier semejanza con seres conocidos será, sencillamente, porque en estos tiempos la realidad se parece demasiado a la ficción”. Dice que ella ha visto a otros presidentes que tenían comportamientos abusivos con mujeres. Se ha ubicado incluso como víctima de hombres que ya no pueden defenderse. Es evidente, sin embargo, que hasta el propio Alberto Fernández, a punto de enfrentar un juicio oral por violencia de género contra Fabiola Yañez, vería mucho de sí mismo en el retrato de Salvador Gómez. Si piensa en su exvocera, que levantaba el dedo desde el atril como una albertista fanática, quizá murmuraría lo mismo que dice Diana en la novela: “Uno nunca conoce del todo a las personas”. El kirchnerismo chapotea en el barro de las traiciones.
El libro quedará, probablemente, arrinconado en la mesa de saldos de la pseudoliteratura oportunista. Cualquiera que lo ojee recordará aquellos tiempos en los que la autora defendía lo indefendible y el país se avergonzaba de aquel presidente olvidado: ¿Gómez? ¿Fernández? La ficción, las máscaras y la impostura fueron las marcas de esa época.
POLITICA
Senado: tras semanas de tensión interna, Patricia Bullrich busca firmar la paz con Karina Milei

“No tengo ninguna ambición, en el lugar que ustedes quieran yo voy a estar; pero cortémosla con las peleas porque no le hacen bien nadie”. Palabras más, palabras menos, eso fue lo que dijo la jefa del bloque de senadores oficialistas, Patricia Bullrich (Capital), para tratar de alcanzar la paz y establecer un pacto de convivencia sin agresiones con la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei.
La charla entre las dos dirigentes e integrantes de la mesa política del gobierno de Javier Milei parece haber sido efectiva, ya que las relaciones comienzan a enderezarse en la Cámara alta, en donde hoy se respira un aire de armonía en la bancada que responde al Poder Ejecutivo.
Si bien no se habían conocido momentos tormentosos entre Bullrich y la hermana presidencial, al menos de manera pública, durante la segunda mitad de febrero y hasta mediados de marzo desde la Casa Rosada partieron rumores sobre el enojo de Karina Milei por el alto perfil que había adoptado la senadora y flamante jefa de la bancada de La Libertad Avanza.
El motivo, según el mensaje que usinas políticas libertarias se encargaron de desparramar en algunos portales de noticias, habría sido el protagonismo que estaba tomando Bullrich como responsable de los triunfos que el Gobierno empezaba a anotarse en el Congreso en las sesiones extraordinarias.
El detonante de los ataques fue un video con el que la senadora había celebrado la aprobación y el giro a la Cámara de Diputados del proyecto de Reforma Laboral el 12 de febrero pasado y en el que se ven imágenes de Bullrich recorriendo los pasillos del Senado, durante la sesión y en el festejo final con el resto de la bancada oficialista en el recinto, todo musicalizado con la canción Vogue, de Madonna.
El enojo de Karina Milei tuvo su traducción en un gesto público que expuso el malestar de la hermana presidencial en todos los medios: el bloqueo del ingreso al Ministerio de Seguridad de Diego Valenzuela, aliado político de Bullrich, al frente de un área de Migraciones con poderes ampliados.
A pesar de las fuertes señales de malestar, Bullrich no cambió de rumbo y mantuvo su alto perfil en redes sociales y mostrándose hiperactiva, no sólo en su papel de jefa del oficialismo en el Senado. Así, se la pudo ver tanto en Expoagro, mezclándose con productores rurales, como en el festival Lollapalooza rodeada de jóvenes, todo esto matizado con imágenes de salidas nocturnas con su esposo, el empresario y productor teatral Guillermo Yanco.
Además, el despacho de Bullrich en el primer del Senado se convirtió en un polo de atracción y un nuevo escenario político que excede la actividad parlamentaria. Un ejemplo fueron las reuniones que la senadora mantuvo con el gendarme Nahuel Gallo a pocos días de haber regresado al país tras permanecer en cautiverio más de un año en Venezuela, y con la familia de Germán Giuliani, el último argentino que permanece detenido por la dictadura chavista.
Algunas reuniones son menos públicas, pero no dejan de estar cargadas de gestos políticos, como la que mantuvo con miembros de la YPO, una organización que reúne a directores ejecutivos, en el Salón Illia en una tarde de jueves en un Senado desierto y de la que fue testigo. Allí, en un inglés trabajoso, pero correcto desde lo gramatical, la senadora hizo un panegírico de la gestión de Javier Milei y su batalla cultural contra las políticas del kirchnerismo y dijo que iba luchar con todas sus fuerzas para que Milei pueda tener un segundo mandato al frente del Poder Ejecutivo.
El malestar de la hermana presidencial también tuvo su correlato en el bloque del Senado, donde cada vez toma más forma “institucional” un sub-bloque que responde a Karina Milei.
“Se ponen en críticos, le exigen a Patricia que no negocie nada”, le explica a este diario un integrante de la bancada oficialista el accionar de sus compañeros alineados en el “karinismo” durante las reuniones de bloque. “Al principio le pedían que no acordara nada con [Victoria] Villarruel; ahora, le dicen que no ceda nada con los aliados, que le está dando mucho a los radicales”, abunda el legislador.
En el grupo de halcones, que algunos tildan de “karinistas”, se ubican senadores como Nadia Márquez (Neuquén), Joaquín Benegas Lynch (Entre Ríos), María Eugenia Orozco (Salta) y Agustín Coto (Tierra del Fuego). Todos entraron en diciembre último.
A ellos se suma el riojano Juan Carlos Pagotto, con mandato desde 2023 y alineado con los primos Martín y Eduardo “Lule” Menem, presidente de la Cámara de Diputados y mano derecha de Karina Milei, respectivamente.
Las tensiones parecen haber empezado a aflojar. El gesto de buena voluntad de Bullrich hacia la secretaria general de la Presidencia y el reparto de cuotas de poder en el Senado −Pagotto pasó a presidir la estratégica comisión de Acuerdos y Coto quedó al frente de la de Asuntos Constitucionales−, han ayudado a consolidar la idea de escaparles a las internas.
Según algunos observadores de la política libertaria, el telón de fondo de los chispazos de Karina Milei con la jefa de los senadores oficialistas sería una futura pelea por la candidatura en la Capital en 2027. La hermana presidencial quería ahí a Manuel Adorni, aunque hay que ver si eso sigue en pie después de los avatares turísticos e inmobiliarios del jefe de Gabinete. Bullrich sería un escollo para esa estrategia.
La senadora lo niega de manera categórica. “No tengo razón para desafiar a nadie. Ya me ofrecieron el oro y el moro para ser candidata a jefa de gobierno y dije que no. Que se queden tranquilos, donde quieran que esté yo voy a estar”, cuentan que la escucharon decir a Bullrich en reuniones en las que se comentaron los embates de Karina Milei. Por ahora, volvió la paz. Que sea duradera es el desafío que tiene por delante el oficialismo.
Gustavo Ybarra,Conforme a
POLITICA
El Gobierno debate el alcance y los tiempos de la reforma del Código Penal y dilata su envío al Congreso

El Gobierno abrió una nueva discusión interna sobre el futuro de la reforma del Código Penal, lo que dilatará su envío al Congreso.
El eje del debate en el Ejecutivo pasa por definir si avanzan con un paquete parcial de modificaciones —centrado en nuevos delitos y endurecimiento de penas— o si intentan llevar a la Cámara de Diputados una propuesta más amplia sobre el texto que quedó en revisión tras la salida de Mariano Cúneo Libarona y la llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia.
La definición se terminará de ordenar en las próximas reuniones de la mesa política. El sector integrado por Mahiques, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y Eduardo “Lule” Menem, entre otros, empuja la idea de enviar una parte de la reforma y avanzar por etapas.
La lógica es priorizar lo que consideran más viable en términos políticos y parlamentarios, sin abrir al mismo tiempo todos los frentes de discusión que arrastra una reforma completa.
En esa alternativa acotada quedarían incluidos varios de los cambios que la Casa Rosada ya empezó a trabajar como transición sobre el código vigente. Entre ellos figuran la tipificación específica de delitos como las estafas piramidales, los crímenes de “viudas negras”, las salideras, las entraderas y los motochorros, junto con el endurecimiento de penas para grooming, abuso sexual infantil, picadas callejeras, tenencia de armas en cárceles y maltrato animal.
También aparecen en ese paquete las modificaciones vinculadas a delitos migratorios, con figuras para castigar el ingreso ilegal, el fraude migratorio y la reincidencia de extranjeros deportados.
En Balcarce 50 explican que la discusión no pasa solo por la cantidad de artículos, sino también por el tipo de temas y la secuencialidad de su envío.
En el oficialismo reconocen que la idea de un esquema por partes busca concentrarse primero en delitos que entienden que tienen mayor consenso social y menor resistencia legislativa. La apuesta es mostrar una agenda de endurecimiento penal enfocada en seguridad urbana, protección de víctimas y nuevas modalidades delictivas, sin empantanar el trámite con debates más amplios.
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Del otro lado, sectores alineados con Santiago Caputo buscan que el envío al Congreso sea más ambicioso y reúna una mayor cantidad de modificaciones.
Esa postura plantea que fragmentar demasiado la iniciativa puede licuar el impacto político de la reforma y extender indefinidamente la discusión de puntos que el Gobierno considera centrales.
En ese lote más amplio aparecen temas sensibles, como el tratamiento penal de la corrupción, los cambios en lavado de dinero y otros capítulos que habían formado parte de los borradores previos.
En ese plano se concentra una de las mayores tensiones internas. En los últimos días hubo ruido en el oficialismo por la supuesta falta de suba de penas para delitos de corrupción y por versiones sobre una posible reducción relativa del peso de esos delitos dentro del nuevo esquema.
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La discusión también alcanzó a los cambios en lavado de dinero, donde algunos borradores bajo análisis elevan el umbral para que ciertos hechos sean punibles. En Nación aseguran que nada está cerrado, pero admiten que esos puntos están entre los más sensibles de la negociación política y técnica.
La disputa también atraviesa otros capítulos que quedaron bajo revisión con el cambio de conducción en Justicia. En el oficialismo reconocen que fueron perdiendo prioridad, al menos por ahora, debates de alto voltaje político como el aborto, el femicidio, la imprescriptibilidad de delitos de corrupción, los delitos de lesa humanidad o algunos aspectos penales vinculados al medio ambiente.
La pulseada seguirá además en la Secretaría de Legal y Técnica, que encabeza María Ibarzabal, el área que debe revisar la redacción final, habilitar la documentación y elevarla a la firma de Javier Milei.
En esa área se terminará de ordenar qué texto avanza, bajo qué formato y con qué alcance. En sectores neutrales del oficialismo repiten que la definición se tomará en los próximos días y que todavía no hay una versión cerrada.
Es por eso que mantienen en suspenso el envío de la reforma y siguen discutiendo no solo cuándo presentarla, sino también qué parte del Código Penal está dispuesto a poner en juego ahora.
Gobierno, codigo penal
POLITICA
Axel Kicillof busca hacer pie en las universidades y también en ese ámbito deberá convivir con La Cámpora

Este jueves, el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, presentará el Movimiento Derecho al Futuro Universidad y Ciencia con un acto en el Aula Magna del Pabellón 2 de Ciudad Universitaria, una de las sedes de la Universidad de Buenos Aires, y esa presentación lo pondrá otra vez en un territorio de convivencia con La Cámpora, que en las aulas de las universidades cuenta con presencia y conduce algunos centros de estudiantes de facultades en las más populosas casas de altos estudios.
Kicillof lanzará la pata universitaria de su movimiento a las 16 del jueves próximo, en un acto que exhibirá un desembarco de su fuerza política en el ámbito universitario. O un nuevo impulso.
Con su propio origen político (y el de buena parte de sus colaboradores de mayor confianza) en la militancia y la docencia universitaria, Kicillof ya articula con agrupaciones políticas estudiantiles, aun antes de presentar de modo oficial su vertiente universitaria. Según contó a un colaborador estrecho del gobernador, en el equipo del mandatario bonaerense están “trabajando con la Juventud Universitaria Peronista [JUP], a nivel nacional, y en la provincia de Buenos Aires, con el Movimiento Universitario del Conurbano [MUC, que integran estudiantes de las universidades del Gran Buenos Aires]”. La fuente aclaró que el kicillofismo no tiene “agrupaciones propias” aún en las universidades.
Una calificada fuente de la JUP afirmó a este diario que la agrupación, “en su grandísima mayoría, viene haciendo cosas con Axel”. Consultada sobre la posibilidad de que se conforme una agrupación universitaria puramente kicillofista, la fuente consideró que no es probable. “No queremos reproducir lógicas encorsetadas y sectarias de otros momentos”, argumentó. Esta agrupación peronista articula con Kicillof en universidades de Buenos Aires y del interior del país.
La presentación que Kicillof hará el jueves en la UBA incluirá “todo lo relacionado con ciencia y universidad: científicos, investigadores, técnicos, rectores, decanos, docentes, no docentes y estudiantes”, enumeraron cerca del gobernador.
El Pabellón 2 de la Ciudad Universitaria, donde se realizará la presentación del espacio de Kicillof, es sede de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, cuyo decano es Guillermo Durán. El centro de estudiantes de esta facultad es uno de los que, en la UBA, conduce La Cámpora. En el ámbito facultativo, el kicillofismo también tendrá como contrapartida dentro del peronismo a la agrupación que conduce Máximo Kirchner, que conduce, además, el centro de estudiantes de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA (que también tiene sede en la Ciudad Universitaria) y, dentro de un frente, los centros de estudiantes de Ciencias Sociales y de Filosofía y Letras, también en la UBA.
Por fuera de la UBA, La Cámpora preside el centro de estudiantes de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, además de centros de estudiantes en universidades del conurbano, como la de Avellaneda, Tres de Febrero o Hurlingham, entre otras, y en algunas del resto de la provincia, como la Universidad Nacional de Mar del Plata.
En la pata facultativa del kicillofismo marcan ejemplos de convivencia con el camporismo en la militancia estudiantil. Un dirigente de la JUP subrayó que “La Cámpora viene en retroceso” en el ámbito universitario, pero destacó que comparten frentes.
“A pesar del posicionamiento que tenemos, hay un frente universitario, el Frente Malvinas Argentinas, que conduce la JUP y que lo integran La Cámpora, CEPA [Corriente Estudiantil Popular Antiimperialista], el Partido Comunista. Se conformó para la última elección de la FUA [Federación Universitaria Argentina]”, recordó la fuente consultada. La FUA está presidida por la Franja Morada, la agrupación estudiantil de la UCR, que comparte con otras agrupaciones el Frente Reformista.
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