SOCIEDAD
De la genialidad a la locura: la reunión entre Tolstoi y Lombroso que marcó un hito en la historia criminal
León Tolstoi y Cesare Lombroso.El escritor León Tolstoi y su esposa Sonia Andréievna Bers.El médico italiano Cesare Lombroso.El escritor León Tolstoi y su esposa Sonia Andréievna Bers.
Tolstoi estaba mortificado. Caminaba de aquí para allá con sus botas lustrosas de montar, la cabeza gacha y las manos a la espalda. El aire le parecía irrespirable ese día de agosto de 1897 cuando le avisaron que el médico italiano estaba en camino hacia su propiedad agrícola. Tenía la vehemente sospecha de que la reunión era obra de su mujer, Sonia Andréievna Bers, de quien se alejó todo el día.
Los mensajeros del Gran Duque le habían asegurado que era un gran honor para la Madre Patria que Cesare Lombroso, el científico más famoso de entonces, hubiese aceptado visitarlos.
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Tolstoi, una viviente contradicción
Liev Nikoláievich, conde de Tolstoi, novelista, pensador social y moral, se sentía entre la espada y la pared: no debía ser descortés, al menos no demasiado.
Nacido en Yasnaia Poliana, el 9 de setiembre de 1828, era hijo de ricos terratenientes. Tuvo instructores franceses y alemanes. Estudió lenguas y leyes hasta que se cansó y los abandonó. Después de un breve y fútil intento por mejorar las condiciones de vida de los campesinos y sirvos de sus tierras, se dedicó a alcanzar los excesos de la vida de la aristocracia moscovita. Nadie entendía la profunda contradicción de su espíritu atormentado. Sufría la desigualdad social y la forma en que el poder la acentuaba, pero no dejaba de aprovecharse de su noble y acomodada posición. Era una viviente contradicción.
Se casó en 1862 y durante los siguientes 15 años formó una extensa familia, administró con éxito sus propiedades y escribió sus dos novelas principales, Guerra y Paz, en 1869, y Ana Karenina, en 1877, que lo colocarían en la cumbre de la literatura universal.
La teoría de Lombroso
Su visitante, Cesare Lombroso, había nacido en Verona de padres judíos, siete años después que su anfitrión. Conoció la pobreza durante casi toda su vida y jamás se despegó de la modestia. Ya recibido de médico, trabajó en hospitales psiquiátricos.
En 1870, mientras hacía la autopsia de un bandido de apellido Vilella, este médico de baja estatura, abultado abdomen, eterno traje gris, largos bigotes, mentón barbado y lentes redondos, tuvo una inspiración. Vio en la parte posterior del cráneo de Vilella una pequeña cresta, como la de los pájaros, que interpretó como signo de primitivismo.
El argumento que implicaba esta inspiración se desarrolló en su mente. Los criminales son tipos atávicos desde el punto de vista de la evolución, que perduran entre nosotros. En nuestra herencia, yacen aletargados gérmenes procedentes de un pasado ancestral. En algunos individuos desafortunados, aquel pasado vuelve a la vida. Esas personas se ven impulsadas por su constitución innata a comportarse como lo haría un mono o un salvaje, pero en nuestra sociedad civilizada su conducta se considera criminal. Afortunadamente podemos identificar a los criminales natos porque su carácter simiesco se traduce en determinados signos anatómicos. Su atavismo es tanto físico como mental pero los estigmas o signos físicos son decisivos. Esto era tan cristalino como los efectos para el Derecho: se debía estudiar al delincuente, no al delito.
Seis años después de analizar el cráneo de Vilella, Lombroso publicó su famoso libro El hombre delincuente. Tuvo cinco ediciones y en ellas señaló que los que nacían delincuentes tenían estigmas bien definidos. Por ejemplo, mayor espesor del cráneo, mandíbulas grandes, frente baja y estrecha, nariz afilada como el pico de las aves rapaces, cejas pobladas, protuberancia en la parte superior de la oreja, grandes dientes caninos y paladar achatado como las ratas, arrugas precoces, poca sensibilidad al dolor, incapacidad de sentir vergüenza y gran apego al sueño. Y agregó rasgos sociales como hablar en jerga y tatuarse.
Un encuentro que fue un fiasco
La obra de Lombroso fue un éxito formidable en todo el mundo.
En 1896, Lombroso fue invitado por médicos rusos al Congreso General de Medicina a realizarse en Moscú al otro año. Lombroso llegó con un gastado traje gris y su aire ensimismado. Primero, se alojó en un hotelucho hasta que se corrió la voz de su llegada. Laas autoridades imperiales dispusieron que lo hospedasen en el Kremlin. Fue el médico italiano quien pidió conocer a Tolstoi. Lo admiraba.
Lombroso era un alma sencilla, de una sola pieza sentimental, no había contradicciones. El encuentro fue un fiasco, finalmente. El anfitrión estaba ensillando uno de sus caballos cuando llegó el invitado. Parecía un chico enojado por la visita del médico y se encerró en sí mismo. Hasta le rehuía la mirada, creído que lo consideraría un loco. Usó palabras corteses y frases cortas e intrascendentes. Lombroso quedó encantado con la condesa. Sonia llevó el peso de esa reunión imposible, pero nada pudo hacer contra la glaciar indiferencia de su marido. Lombroso se retiró pensando efectivamente que Tolstoi era una prueba viviente de la cercanía entre genio y locura. Tolstoi quedó rumiando que Lombroso era superficial y que su teoría del criminal nato no tenía ningún asidero científico.
El ataque de Tolstoi y el descrédito de la teoría lombrosiana
El novelista atacó a los lombrosianos en su última novela, Resurrección, de 1899. El protagonista, el príncipe Nejliudov, se plantea preguntas que la teoría lombrosiana no puede responder. ¿Por qué y con qué derecho una clase de personas encerraba, torturaba, desterraba, azotaba y mataba a otras, si por su parte no eran mejores que aquellos a quienes torturaban, azotaban y mataban? ¿Podían detectarse las inclinaciones criminales midiendo el cráneo? ¿Qué papel cumple la herencia en la criminalidad? ¿Existe la depravación congénita
Con los años, la teoría lombrosiana cayó en el descrédito. Sobre el final de su vida, Lombroso se volcó al espiritismo. El 19 de octubre de 1909, terminó de retocar el prólogo de un libro sobre la materia y se fue a acostar. Murió mientras dormía. Al hombre que fundó la antropología criminal, una ciencia hoy archivada, le faltaban pocos días para cumplir 74 años.
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Tolstoi, a los 82 años, cada vez más atormentado por la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza material, y por las continuas disputas con su mujer, que se oponía a deshacerse de sus posesiones, se marchó de su casa a escondidas acompañado por su médico personal y la menor de sus hijas. Tres días después, enfermó de neumonía y, el 20 de noviembre de 1910, murió en una remota estación de ferrocarril, lejos de casa.
SOCIEDAD
Por qué la app Radar Covid estaba destinada a desaparecer
La aplicación de rastreo de contactos Radar Covid tuvo una vida breve y ajetreada. Entre junio y diciembre de 2020 protagonizó docenas de artículos. Cientos de miles de españoles se la descargaron. Las comunidades autónomas discutieron cómo usarla bien, algunas con poco interés. El resultado final es que funcionó a ratos y pocos españoles supieron que podían tener covid gracias a la app. Y luego desapareció sin dejar rastro.
Pero lo que sabe poca gente es que esa desaparición silenciosa era parte del plan. En su diseño inicial, publicado el 25 de mayo de 2020 y colgado en la página para programadores GitHub, está escrito: la “disolución armoniosa” o el “desmantelamiento elegante” era un objetivo fundacional de la tecnología de rastreo detrás de Radar Covid.
“Años después la gente me preguntaba: ‘¿no estás triste porque haya desaparecido todo?’”, dice ahora Carmela Troncoso, la ingeniera española del Instituto Max Planck para Seguridad y Privacidad que impulsó la tecnología detrás de las apps de rastreo. “Y yo respondo que no, que es perfecto, que es la demostración de que nuestro diseño funcionó. Hizo lo que tenía que hacer y desapareció. Especialmente por ser una intervención en una emergencia así, sin tiempo para pensar y cuando la gente no tiene capacidad de decir que no. Si nos hubieran puesto otro tipo de sistema, se hubiera quedado ahí”.
Este desmantelamiento se basaba en dos conceptos que parecen simples, pero que requieren conocimiento y experiencia: “Primero, la gente debía tenerlo en sus móviles. Si todos lo desactivamos, el servidor no tiene nada. Por tanto, el poder de desactivar está en el usuario. Segundo, desde el principio estaba diseñado para que solo sirviera para una cosa. El intercambio de estos números aleatorios solo permitía una cosa. Siempre que hay información que se puede usar para otra cosa, se acaba usando”, explica Troncoso.
Es raro que alguien que ha estado muchísimas horas detrás de un proyecto celebre su fin. Pero así es en los proyectos donde manda la “privacidad en el diseño”. “La privacidad no es solo una etiqueta”, dice Seda Gurses, investigadora en la Universidad Tecnológica de Delft (Holanda) y que participó en la creación del rastreo de contactos. “A esa escala, requiere mucha experiencia y consultas para hacerlo bien. No es algo que una startup pueda manejar a menos que esté especializada en ingeniería de privacidad, pero aun así, esa empresa tendría que hablar con epidemiólogos, equipos de salud pública y unidades de pruebas”.
Puedo borrar ya la app de radar COVID? Lo pregunto porque sigo pagándola con mis impuestos, pero consume algunos megas.
— Sr. Paquito (@SrPaquito1) February 4, 2025
Radar Covid funcionaba por bluetooth y la información solo salía del móvil si había posibilidad de contagio. Un móvil con la app iba emitiendo códigos que detectaban otros dispositivos a menos de dos metros. Cuando alguien daba positivo y lo notificaba en la aplicación, los códigos que su móvil había ido mandando se subían a un servidor. El resto de móviles con la app consultaban ese servidor una vez al día. Cuando un dispositivo detectaba que había estado más de 15 minutos a menos de dos metros del móvil de un contagiado, le salta una notificación: “Has estado cerca de alguien que ha dado positivo”. Esa persona no sabe quién es, ni las autoridades sanitarias saben cuántos ni quiénes reciben esa alerta.
Si el rastreo de contactos hubiera servido todos los códigos al servidor, habría sido posible conocer redes de contactos o averiguar a quién una persona había tenido cerca en los últimos días. Su uso comercial o policial podría haber sido extenso. “¿Por qué era necesario un desmantelamiento elegante?”, se pregunta Gurses. “Porque existe algo que llamamos “function creep” (desplazamiento de funciones), que ocurre cuando un sistema diseñado para un propósito legítimo empieza a usarse para otros fines. Nos preocupaba que, una vez desplegado el rastreo digital de contactos, otras entidades, como las fuerzas del orden o las instituciones educativas, quisieran aprovecharse del sistema para usarlo con fines de vigilancia”, explica Gurses.
El reto de apps como Radar Covid es que necesitaban que millones de personas confiaran, las descargaran y las usaran. Hoy parece otra época, pero en aquel 2020 ser la fuente de un contagio era un problema social. Si además estaba la excusa de la privacidad, era un objetivo casi imposible. “La minimización de datos suele ser un principio clave en la privacidad en el diseño: se guarda la menor cantidad de información posible en un servidor central y, a nivel local, los datos se eliminan cuando ya no son necesarios. Este enfoque se puede aplicar en muchos contextos”, dice Bart Preneel, profesor de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y otro de los participantes en el proyecto inicial del rastreo de contactos.
¿La gente lo entendió?
La dificultad de convencer a ciudadanos de que el control de la tecnología estaba en sus manos hizo que muchos gobiernos y expertos pretendieran optar por caminos más invasivos. Fue uno de los problemas clave: la confusión y la dificultad para entender qué y cómo lo hacía exactamente. “¿La gente lo entendió?”, se pregunta ahora Troncoso. “No. ¿Y los gobiernos? Algunos más que otros. Había gente politizándolo. Ahora sabemos más y si volviéramos a tener que hacerlo tendría más éxito. Pero al final, con toda la evidencia, su influencia fue positiva. Donde se usó, ayudó, pero si solo tienes un 10-20% de la población usándolo, no será muy eficaz”, explica Troncoso.
“En mi opinión, muy pocos usuarios habrían usado voluntariamente una app que guardara datos detallados de ubicación y contactos”, dice Preneel. “Creo que el mundo médico no valora lo suficiente que una de las ventajas de estas apps era que permitían a los usuarios tener control sobre su comportamiento. Podían ver el impacto de sus decisiones en términos de riesgo (por ejemplo, ir a clase o tomar el bus). Este tipo de autonomía es difícil de medir, pero para algunas personas significó mucho”, añade.
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