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SOCIEDAD

¿Dos esposas de un mismo trabajador pueden recibir pensión por viudez? Esto dice la SCJN

La Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el caso de dos mujeres que exigieron el pago de los mismos recursos

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Dinero México
SCJN resolvió el conflicto entre dos mujeres que se identificaron como esposas del mismo hombre y exigieron el pago de la pensión (Freepik)

Cuando un trabajador fallece, su esposa tiene derecho a recibir una pensión por viudez. Sin embargo, muchas veces enfrentan obstáculos para reclamar los derechos generados por quien en vida fue su esposo o concubino y en casos extraordinarios se trata de inconvenientes inusuales, como que otra mujer se acredite también como cónyuge y exija el apoyo económico.

Tal fue el caso de dos mujeres que se acreditaron como esposas del mismo hombre, quien era trabajador de Petróleos Mexicanos (Pemex). Ambas exigieron a la compañía estatal la pensión.

En el conflicto tuvo que intervenir la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), para definir si dos esposas de un mismo trabajador pueden recibir pensión por viudez.

Conviene mencionar que el trabajador designó como beneficiaria de la pensión únicamente a una de ellas. Sin embargo, la mujer que no fue designada para recibir los recursos también los reclamó al demostrar el vínculo matrimonial.

Imágenes de matrimonio / Freepik.
Solamente una de las mujeres estaba registrada como beneficiaria de la pensión por viudez. Pero ambas probaron el vínculo matrimonial (Foto: Freepik)

Inicialmente el asunto fue tomado por la Junta de Conciliación y Arbitraje, pero las implicadas no estuvieron conforme con la resolución. Finalmente la SCJN determinó que ambas podrán recibir la pensión por viudez.

Las condiciones de la SCJN para que dos mujeres reciban pensión por viudez

El órgano judicial determinó que al declarar a ambas mujeres como beneficiarias de la pensión por viudez buscan garantizar el derecho a la protección de la familia establecido en la Constitución Política de México, ya que se trata de un pago que permite hacer frente a las consecuencias económicas de la pérdida de un familiar, sobre todo cuando éste es el principal sustento.

En ese sentido, la SCJN resolvió que el hecho de que una de las mujeres no esté registrada como beneficiaria no la excluye como acreedora del derecho a recibir la pensión por viudez, siempre y cuando cuente con un acta de matrimonio que no haya sido declarada nula.

Sumado a ello, sostuvo que su determinación no representa una violación a la voluntad del trabajador, debido a que está en concordancia con el Contrato Colectivo de Trabajo, bienio 2013-2015 ente Pemex y el sindicato de sus trabajadores, el cual establece que entre los beneficiarios debe de estar el cónyuge. con el fin de proteger el núcleo familiar.

El conflicto entre la viudas de un trabajador de Pemex se resolvió siete años después de su muerte REUTERS/Gustavo Graf
El conflicto entre la viudas de un trabajador de Pemex se resolvió siete años después de su muerte REUTERS/Gustavo Graf (GUSTAVO GRAF/)

Sin embargo, esto no significa que Pemex deberá hacer un pago doble, sino que los recursos serán repartidos equitativamente entre las beneficiarias. Un documento oficial emitido por la SCJN señala que: “Las prestaciones otorgadas al cónyuge deben ser proporcionales a cada una de las personas que hayan acreditado contar con ese vínculo matrimonial”.

Cabe mencionar que el trabajador falleció en septiembre de 2016, es decir que el conflicto entre sus deudos quedó resuelto más de siete años después de su muerte. Una de las mujeres es originaria de Veracruz y la segunda de Nuevo León. ambas declararon tener hijos en común con el empleado de Pemex.

El trabajador laboró para las empresas Pemex, Pemex Petroquímica y para la Productiva del Estado Subsidiaria de Petróleos Mexicanos de nombre Pemex Transformación Industrial, en el Centro de Trabajo Complejo Petroquímico Cangrejera.

Es importante mencionar que la resolución de la SCJN, que permite a dos esposas del mismo hombre recibir la pensión por viudez, fue en relación al caso específico suscitado en Pemex. Hasta el momento el órgano judicial no ha emitido un documento que haga extensiva esta determinación.

Aún así, este caso marca un precedente en la resolución de conflictos de este tipo, relacionados con los derechos de mujeres en situación de viudez que tenga problemas para hacer efectivo su derecho.

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Mundos íntimos. Viví obsesionado, temía enfermarme. A los 32 me descubrieron un tumor: estoy bien, pero sigo angustiado.

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Mientras escribo, una mano me aprieta la garganta. Una mano negra, con dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, muerto. Apenas me deja respirar, y sé que, si no hago algo, si no me zafo de ella, llegará el momento en que ya no dejará pasar ni un hilo de aire. Entonces moriré, como murió mi papá y mi abuelo. Tal vez a los 58 años, cumpliendo con una triste costumbre familiar, tal vez antes. Espero que sea después, mucho después.

Nunca hablé de lo que voy a hablar ahora. No, al menos, con la claridad con la que pretendo hacerlo. Siempre sentí eso de que “si no lo digo no va a ocurrir”. Por eso, como hipocondríaco, evito hablar de enfermedades. Una estupidez. Las desgracias ocurren incluso cuando nos negamos a pronunciarlas.

Me animo a pensar ahora que las cosas pueden funcionar de otra manera. Puede que las palabras conjuren ese destino, lo tuerzan y lleguen a liberarme. Sea como fuere, no pierdo nada con intentarlo. La mano, de cualquier forma, sigue apretando.

Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.

El momento más adecuado para comenzar este relato es el 23 de julio de 2013, día en que murió mi viejo, víctima de un cáncer generalizado. Él era una persona que, con sus 58 años, mantenía una vida sana y activa. Había dejado de fumar, iba a su trabajo en bicicleta, se cuidaba en las comidas, no bebía ni una gota de alcohol y entrenaba en el gimnasio al menos cuatro veces por semana. Por esto, procesar su enfermedad, tan vertiginosa que se lo llevó en apenas tres meses, fue difícil para todos.

Ese día de julio, por la mañana, mi mamá me llamó para decirme que papá no estaba bien. La notaba alterada, pero no imaginaba la verdadera razón.

Papá murió —afirmó entre lágrimas, al salirme al encuentro en la vereda, ni bien me bajé del remís.

En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.

Nos abrazamos. Luego, y sin poder creer todavía lo que acababa de escuchar, entré. Subí las escaleras, fui a la habitación y lo vi ahí, sobre la cama, irreconocible de tan flaco, con los ojos abiertos. Lloré y le dije, como si lo estuviera retando: «Así no, pa. Así no». Me acerqué, me incliné sobre él, le cerré los ojos con mi mano derecha y le di un beso en la frente.

Fue en ese momento cuando la mano se aferró a mi cuello, para no volver a soltarme.

Algún día hablaré de cómo mi viejo dijo durante toda su vida que iba a morir a los 58 años, igual que su padre, mi abuelo. También diré cómo llegó a esa edad con una salud y un estado físico envidiables; cómo, cuando ya quedaba poco para su cumpleaños, se enfermó, muriendo una semana exacta antes de cumplir los 59. Nunca logró liberarse de esa herencia que él mismo se había impuesto. Algún día hablaré de todo eso, pero hoy no. Hoy toca hablar de mí.

Mi hipocondría, que hasta ese momento se había mantenido en niveles manejables, se disparó. Empecé a pasar noches en vela asociando cada sensación de mi cuerpo con un tipo de cáncer diferente. Iba al médico, me hacía estudios (entre ellos, una videocolonoscopía) y volvía a casa con palabras tranquilizadoras.

No tenía nada. Me tenía que relajar. También empecé, a pedido de mi esposa, terapia. Mi miedo a tener cáncer ya afectaba mi vida cotidiana, y debía hacer algo al respecto. Era padre de dos hijos hermosos, una nena de cinco años y un nene de dos, no hacía mucho que me había recibido de Licenciado en Letras y acababa de firmar un contrato para publicar mi primera novela. Las cosas estaban saliendo bien, no podía arruinarlo todo por miedos irracionales.

La vida siguió, con ataques de ansiedad más o menos regulares, pero siguió.

A finales del 2014, un año y medio después de la muerte de mi viejo, saqué turno con el clínico porque me dolían las tetillas. No constantemente, pero sí de manera frecuente. Incluso, a veces, cuando me apretaba sin querer, la punzada llegaba a sobresaltarme. Mi autodiagnóstico fue, por supuesto, inmediato: cáncer de mama. Sabía que, aunque en menor proporción en comparación con las mujeres, podía afectarles a los hombres. Fui entonces a la consulta y mi médico, después de revisarme, me mandó a hacer una ecografía en ambas mamas. Antes de terminar, recapacitó y agregó una ecografía testicular. Según él, a veces, cuando dolía ahí arriba era porque había algo ahí abajo.

Como nos acercábamos a fin de año, estaba tapado de trabajo. Soy profesor de Literatura, y lo meses de noviembre y diciembre suelen dejar poco margen para cualquier otra cosa que no sea corregir y cerrar notas. A punto estuve de no ir a hacerme los estudios. Las tetillas ya casi no me dolían y me había acostumbrado a que hacerme chequeos era una pérdida de tiempo. Siempre salía todo bien. No obstante, terminé yendo. El doctor que me atendió era el mismo que le había hecho los controles a mi esposa en sus dos embarazos. Algo que, de alguna manera, me dio tranquilidad. Al menos por un momento.

Las ecografías de las mamas dieron bien. Cuando el doctor empezó a examinarme los testículos, lo hizo casi con desinterés, como si supiera que no iba a encontrar nada. Y, en efecto, no lo hizo, al menos en el primer testículo, el derecho. Sin embargo, al llegar al izquierdo, vio lo que él llamó una lesión. Me preguntó si me había golpeado y si me dolía. Le respondí, con respecto a la primera pregunta, que no lo recordaba y, con respecto a la segunda, que no, no me dolía. Después de eso, no dijo nada más hasta terminar la revisación. Antes de salir, no me pude aguantar y le pregunté con la voz ahogada (la mano estaba apretando con todas sus fuerzas) si podía ser un tumor, a lo que me respondió que sí, que podía serlo, pero que de cualquier manera tenía que verlo el médico clínico. No juzgo su cautela, envuelta en empatía hacia un chico de 32 años desesperado, pero no tengo dudas de que sabía perfectamente de qué se trataba.

La visita con el clínico vino poco después y él no dejó lugar a ninguna duda. Sí, se trataba de un tumor, pero no tenía que desesperarme. Lo tumores testiculares se encontraban entre los tipos de cáncer con más posibilidades de supervivencia.

De hecho, él mismo había tenido cáncer testicular hacía poco tiempo, por lo que sabía de lo que hablaba. De seguro, esa reciente experiencia influyó en su diagnóstico, que lo llevó a ser una especie de Dr. House real, que, de una molestia en una tetilla, llegó a la conclusión de un tumor en un testículo. Varios doctores, a lo largo de mis chequeos, expresaron su sorpresa y su admiración por esa perspicacia.

Del clínico pasé al urólogo y, a partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unos días, pasé por estudios y más estudios, consultas en la obra social, fechas para la cirugía y, por último, la operación. No hay mucho para decir sobre eso. El postoperatorio fue breve, y en dos días ya estaba en casa. Al cabo de una semana, mi vida era prácticamente la misma de antes. No tuve que hacer tratamiento, ya que la biopsia reveló un tumor de células de Leydig, algo extremadamente raro, que en la mayoría de los casos tenía un comportamiento benigno. Sólo tuve que concurrir asiduamente al oncólogo y hacerme chequeos cada tres meses durante los primeros años; cada seis meses después; y, ahora, con casi diez años cumplidos, uno por año. Y acostumbrarme a vivir con un testículo menos, algo que, a fuerza de ser honesto, no es para nada difícil.

Me gustaría decir que ya está, que todo terminó, que la mano desapareció de mi cuello y de mi vida, pero no sería verdad. Es cierto que nunca tuve ningún problema, que todos los chequeos me dieron bien, que desde el primer momento varios doctores me dijeron que no me preocupara. Sí, todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, en mi caso, la pelea siempre fue más mental que física. Tener cáncer a los 32 años, con dos hijos chiquitos, un año después de que mi viejo falleciera de lo mismo, incluso cuando el cáncer era lo que me mantenía despierto por las noches y la razón por la que todavía seguía yendo a terapia, era mucho para mí. Supongo que sería mucho para cualquiera. A veces, cuando me animo a bromear, digo que uno no sabe en verdad lo que es el miedo hasta que ve a un oncólogo observar con meticulosidad su tomografía.

Así y todo, seguí adelante, con determinación, tratando de respirar cuando la presión en mi cuello amenazaba con ahogarme. Una parte de mí (esa parte que busca el porqué de las cosas) pensaba que, después de todo ese infierno, las cosas serían más fáciles. Mi carrera como escritor despegaría, mis relaciones de pareja se destrabarían, mi vida espiritual se elevaría hasta un nuevo nivel… En definitiva, llegué a pensar que el paraíso estaba ahí, cerca, a pocos pasos de distancia. Tonto de mí.

El infierno, cuando es propio, es más profundo de lo que podemos llegar a creer y desear, con más círculos que los nueve detallados en el poema dantesco. Salió mi primer libro, y tuve que luchar para poder sacar el segundo, el tercero y el cuarto. No hay dudas de que la frustración es la gran compañera del escritor. Sigo trabajando como profesor a tiempo completo, algo que en teoría sólo iba a ser provisorio. Todavía no llego a fin de mes con relativa tranquilidad. De hecho, cada vez me cuesta más hacerlo. No, no hay un “después del infierno” cuando el infierno está en nuestro interior. No hay a dónde ir cuando el camino es hacia adentro.

Espero que escribir esto me libere de esos dedos duros y ásperos, adheridos a mi garganta. Mi viejo murió por esos dedos, estoy seguro. Puede que mi abuelo también. Ambos se enfrentaron al miedo a la muerte con una fijación propia del maníaco. Mi abuelo se dejó morir mucho antes de que la muerte se lo llevara; mi viejo se puso fecha de vencimiento, y ningún esfuerzo lo libró de esa profecía autoinfligida. No tengo dudas de que mi cáncer fue, también, la consecuencia de una obsesión. La opresión en mi garganta me lo confirma.

Mi intención es evadir ese destino que, conmigo, se convertiría en una macabra tradición familiar. No voy a dejar que me siga haciendo daño. Tampoco voy a dejar que esto pase a mis hijos. Tal vez, si aguanto, si me libro, llegue el momento en que pueda vivir mis días sin pensar, a cada momento, en la posibilidad de una fatalidad.

Quiero creer que el miedo a la muerte no dura toda la vida.

No obstante, mientras escribo, la mano me aprieta la garganta, esa mano de dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, ya muerto.

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Lucas Berruezo nació en Buenos Aires, en 1982. Es Licenciado en Letras por la UBA, docente y escritor. Sus cuentos y artículos circulan en varias antologías y revistas, tanto nacionales como internacionales. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela, “Los hombres malos usan sombrero”. Su segundo libro, “Frente al abismo”, salió en 2017, de la mano de Ediciones Erradícame, de España. Del 2020 es “Enfermos de oscuridad”, su tercer libro, editado por Azul Francia. Su última novela, “Colimba”, fue publicada en 2023 por Trapezoide Ediciones. Vive en Castelar, con su esposa y sus dos hijos.

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