• Sáb. Jun 12th, 2021

Uno se enamora de esta tierra cuando se está en ella. Me pregunto si, a la distancia, verdaderamente se siente esa nostalgia extrema por la Argentina. Ese cuestionamiento ilustra ambigüedades y contradicciones. Son miles los que suben al avión en Ezeiza.

Ezequiel (24), el hijo de hijo de la lectora que nos escribe este domingo, empezó a viajar por el país y el mundo a los 14 años para ir a los campeonatos de bicicleta BMX. Hoy, a los 24 años, administra su empresa “One Place World”.

Sentir que la familia queda desmembrada para buscar un futuro mejor, es de un alto voltaje emocional. “Cuando viajó a Australia fue para él ver funcionar las cosas, todo lo que acá no sucedía. Pero cuando se acomodan en otro continente y ves la posibilidad de que no vuelvan, algo en vos se parte. Es un dolor silencioso y no podés quejarte porque fue el mensaje recibido”, dice Laura.

Es que la carga transgeneracional que acarrean los hijos se siente como un reclamo a los problemas que en el país no resolvimos, y ponemos tanto énfasis en lo mal que estamos que el desarraigo nos atraviesa.

Es así que los hijos, tal vez, no tengan ese sentimiento de abandono de las raíces. Laura hace un mea culpa que es una postal de nuestra idiosincrasia: “Ezequiel no creció en un entorno de orgullo por el lugar de origen, mamó las quejas por la burocracia, los desórdenes económicos y políticos”.

Ese llamado de atención que hacen los hijos por una Argentina que nos fue de las manos, duele. Debemos recuperar la identidad como país, como ciudadanos, y por nuestros abuelos inmigrantes.