SOCIEDAD
El gobierno japonés desvela futuros videojuegos de Koei Tecmo, Konami y más empresas – Nintenderos

Parece que el gobierno japonés podría haber filtrado algunos de los mejores juegos de Nintendo Switch y ahora también de Nintendo Switch 2: por ahora no se sabe si llegarán a estas consolas, pero son proyectos futuros de importantes desarrolladoras.
El Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón ha anunciado los resultados de su proyecto IP360, una iniciativa que ofrece apoyo estratégico, a gran escala y a largo plazo para impulsar la creación de propiedad intelectual japonesa. El objetivo del programa es aumentar las ventas internacionales de contenidos japoneses hasta alcanzar los 20 billones de yenes para 2033.
Entre los proyectos de videojuegos que recibirán financiación pública destacan los siguientes:
- Applibot
- Está desarrollando una nueva propiedad intelectual de acción llamada Project Needle.
- Tendrá un mundo inspirado en la historia de Japón.
- Llegará a consolas y PC.
- Contará con localización completa en varios idiomas.
- Arc System Works
- Trabaja en una nueva propiedad intelectual de lucha.
- Hará uso de su característico estilo visual de animación cel shading.
- Se lanzará simultáneamente en las principales plataformas.
- Estará completamente localizada en varios idiomas.
- Koei Tecmo Games
- Desarrolla una nueva propiedad intelectual con el título provisional FUJI.
- Aprovechará la experiencia del estudio en la representación de culturas orientales y en los juegos de acción.
- Su objetivo es convertirse en un gran éxito internacional.
- Konami Digital Entertainment
- Está trabajando en un nuevo videojuego para consolas.
- El proyecto está pensado para atraer tanto a jugadores japoneses como al público internacional.
- Yokozuna Games
- Desarrolla Tactful Tactics, un juego cooperativo en línea.
- Combinará estrategia por turnos con exploración de mazmorras de estilo roguelike.
- Se lanzará en consolas y PC a nivel mundial.
- Applibot
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Fuente.
Koei Tecmo,Konami
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Cómo devolverle el brillo original a una olla de acero inoxidable con un método casero y sencillo

Las ollas de acero inoxidable son uno de los elementos más utilizados en la cocina, pero, con el paso del tiempo, pueden perder su brillo y presentar manchas blancas o zonas opacas. Lejos de necesitar productos especiales, existe un método casero para dejarlas como nuevas.
Este truco consiste en usar vinagre blanco, que ayuda a eliminar ciertos residuos acumulados sobre el acero inoxidable. Al ser ácido, ayuda a disolver los depósitos minerales que se forman con el agua y a devolverle el brillo a la superficie sin recurrir a productos abrasivos.
Cómo devolverle el brillo a una olla de acero inoxidable con vinagre blanco
All-Clad, fabricante especializado en utensilios de cocina, explicó que el vinagre blanco es una alternativa ideal para eliminar las manchas y decoloraciones sobre el acero inoxidable. Como si fuera poco, sirve para limpiar las marcas blancas que deja el agua.
Este método es muy sencillo y consiste en unos pocos pasos:
- Dejar enfriar la olla: antes de comenzar, asegurarse de que esté completamente fría.
- Preparar la mezcla: colocar partes iguales de agua y vinagre blanco en el interior.
- Calentar la preparación: llevar la olla al fuego hasta que la mezcla comience a hervir suavemente.
- Retirar del fuego: dejar que el líquido se enfríe antes de continuar con la limpieza.
- Lavar con detergente: utilizar una esponja suave para retirar los restos de suciedad.
- Enjuagar y secar: eliminar los residuos con agua y secar inmediatamente con un paño limpio.
Este procedimiento es especialmente útil si la superficie tiene manchas provocadas por los minerales del agua, ya que ayuda a recuperar el aspecto brillante del acero inoxidable.
Qué errores hay que evitar al limpiar una olla de acero inoxidable
Por más que este material se caracteriza por su resistencia y durabilidad, algunos hábitos comunes de limpieza pueden deteriorar su superficie. Por este motivo, es fundamental usar elementos adecuados que no rayen el acero inoxidable.
TNS
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“Aprendí a callarme para que me quisieran”

A los trece años renuncié a mi primera cita sin que mi madre llegara a prohibírmela.
Me había enamorado de un compañero de la escuela, un chico tierno que me invitó a tomar un helado un sábado. Yo soñaba con mi primer beso, pero había un problema: era hijo de un ordenanza del club. Para mi madre, Luisa, eso bastaba para que no fuera alguien apropiado para mí.
Durante días ensayé cómo pedirle permiso. Busqué las palabras, imaginé sus objeciones, pensé en qué momento encontrarla de buen humor. Cada argumento que se me ocurría duraba poco: enseguida aparecía en mi cabeza su respuesta. Antes de hablar con ella, ya habíamos discutido muchas veces. En todas ganaba ella.
Finalmente no le pregunté. Me quedé sin cita y sin beso, pero sentí alivio. Había evitado un problema. En ese momento no podía darme cuenta de lo que estaba aprendiendo: renunciar a algo que deseaba podía traerme tranquilidad.
Desde afuera, nuestra familia parecía tenerlo todo. Viajábamos, estudiábamos idiomas, tomábamos clases de equitación y usábamos ropa de marca. Mi padre era un empresario exitoso y afectuoso; mi madre, una mujer elegante, religiosa y agradable con los demás. A quienes nos conocían en reuniones sociales les habría costado imaginar cuánto nos condicionaba su reacción ante cualquier cosa que se apartara de sus expectativas.
Mi hermano Sebastián intentó discutir esas reglas. Quería salir con amigos, volver más tarde, tomar sus propias decisiones. Mi madre respondía con reproches y castigos, y las discusiones ocupaban cada vez más espacio en casa. Yo observaba y procuraba no sumar motivos de enojo. Mientras él peleaba por hacerse escuchar, yo aprendía a pasar inadvertida.
Sebastián atravesó un sufrimiento profundo y llegó a intentar quitarse la vida. Aun entonces, yo sentía que mi madre seguía viendo desobediencia donde necesitábamos que pudiera reconocer dolor. Mi padre evitaba enfrentarla, convencido de que así preservaba la paz familiar. Su cariño no alcanzaba para protegernos de lo que ocurría en casa.
Yo encontré una manera de desenvolverme: había cosas que contaba y otras que ocultaba. Mi madre conocía una versión de mí que podía aprobar. El resto quedaba afuera de nuestras conversaciones. Aprendí a disfrutar a escondidas y a sentir culpa por deseos que no tenían nada de malo. Antes de hacer algo, pensaba cómo evitar que se enterara.
Con los años dejé de vivir con ella, pero seguí pendiente del disgusto ajeno. Me casé con un hombre con quien tampoco me sentía escuchada. Cuando algo me dolía, dedicaba horas a pensar cómo explicárselo. Si no me entendía, buscaba otra manera: una palabra más precisa, un tono más amable, un momento más oportuno. Me costaba considerar que quizá el problema no estuviera en mi forma de decirlo.
Con mis hijos también cedía para evitar conflictos. Poner un límite significaba enfrentar su frustración, y yo no sabía tolerarla sin sentir que estaba haciendo algo malo. Podía estar agotada o en desacuerdo y aun así terminar aceptando. Después me quedaba el malestar, pero al menos nadie estaba enojado conmigo.
Hasta que empecé a tener problemas en la piel. Durante casi un año sufrí brotes, ardor y una sequedad extrema. Recorrí consultorios, me hicieron estudios y no encontraba una explicación clara para lo que me pasaba. La incertidumbre se sumaba a la incomodidad de vivir pendiente de mi piel.
En terapia empecé a reconocer cuánto me costaba expresar el enojo, cuánto esfuerzo ponía en acomodarme a los demás. No puedo asegurar qué relación tenía eso con los brotes, pero esa etapa me obligó a prestarme una atención que llevaba años postergando. Empecé a preguntarme cómo estaba yo, además de comprobar cómo estaban todos los demás.
Después de varios intentos por hablar con mi marido, decidí separarme. Me dolió aceptar que explicar mejor lo que necesitaba no garantizaba que él pudiera escucharlo. También tuve que reconocer mi parte: llevaba tanto tiempo adaptándome que muchas veces ni yo sabía qué quería.
A los cuarenta y siete años empecé a averiguarlo. Qué me gustaba, cómo quería vivir, qué estaba dispuesta a aceptar. Parecían preguntas sencillas, pero enseguida se interponía otra: qué iba a pensar alguien de mi respuesta. Incluso estando sola, seguía consultando mentalmente con los demás.
Fui descubriendo que podía cambiar de opinión o decir que no. Lo más difícil venía después: sostener una decisión cuando alguien se disgustaba. Mi impulso era explicarme, justificarme, ofrecer algo a cambio o ceder. Tuve que aprender a esperar antes de hacer cualquiera de esas cosas.
Mi madre seguía convencida de que había una manera correcta de vivir. Para ella, el matrimonio era indisoluble. Sebastián y yo nos divorciamos y formamos nuevas parejas, pero nuestras decisiones continuaban siendo motivo de conflicto. Éramos adultos y todavía había cosas que preferíamos ocultarle para evitar sus reacciones. Mi hermano llegó a no contarle que había tenido un hijo con su nueva mujer.
Con el tiempo también pude ver sus miedos. Cuando mi padre enfermó de cáncer cerebral, ella se ocupó de cuidarlo, pero se resistía a contratar ayuda porque no quería que otras personas lo vieran en sus momentos más íntimos y difíciles. Queriendo preservar su intimidad, se fueron quedando cada vez más solos.
Verla en esa situación me ayudó a comprenderla. Detrás de su necesidad de controlar también había una mujer asustada, a la que le costaba aceptar ayuda y admitir que las cosas podían ser distintas de como las había imaginado. Pude sentir ternura por ella sin dejar de reconocer cuánto me habían dolido sus exigencias.
Durante años creí que evitar las discusiones era una manera de cuidar a mi familia. Hoy puedo ver todo lo que dejé sin decir para conseguirlo. Me acostumbré tanto a no incomodar que terminé viviendo relaciones en las que apenas había lugar para mí.
Todavía me cuesta poner límites sin culpa. A veces digo que sí demasiado rápido y recién después me pregunto por qué acepté. O me descubro preparando una larga explicación para una decisión que no necesita permiso. Pero ahora puedo reconocerlo y darme tiempo antes de responder.
Pienso en aquella chica de trece años que quería ir a tomar un helado y terminó sintiendo alivio por habérselo perdido. Me gustaría que hubiera podido ir. Hoy, cuando quiero algo y mi primera reacción es descartarlo para evitar un conflicto, trato de escucharme un poco más antes de volver a traicionarme.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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De la nevera al agua del grifo o la luz: los ciberataques ya impactan en la vida cotidiana

Subir la temperatura de neveras en supermercados de 12 países para estropear toneladas de comida. Dejar colgadas las webs de medio mundo. Ejecutar el mayor robo de la historia. Acceder a datos personales del primer ministro surcoreano y su gabinete. Y al historial médico e información financiera de casi medio millón de moldavos. Este es el resumen de lo que han conseguido los ciberataques más relevantes solo en las últimas dos semanas. Si ampliamos el foco hasta el verano podemos sumar a la lista problemas en la distribución de agua en 12 Estados de EE UU o el hackeo del sistema de salud australiano. Los analistas temen que esta sea la nueva normalidad: un escenario en el que todo, también el mundo físico, se puede tambalear a golpe de teclado y movimiento de ratón.
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